donde era mayoral el señor Neri; pero como Jeli estaba poco práctico
en el oficio, tuvo que contentarse con un salario asaz escaso.
Ahora atendía a sus ovejas y a aprender cómo se hace el queso, el
requesón, la cuajada y todo fruto pastoril; pero en las charlas que
se traían por la noche en el corral entre los demás pastores y
labriegos, mientras las mujeres pelaban las judías del potaje, si se
hablaba del hijo del señor Neri, que se casaba con Mara la del señor
Agripino, Jeli no decía nada, y ni aun a abrir la boca se atrevía.
Cierta vez que el campero le aludió diciéndole que Mara ya no quería
nada con él, después de haber dicho todo el mundo que serían marido y
mujer, Jeli, que cuidaba de la olla en que hervía la leche, respondió
escurriendo el cuajo poco a poco:
-- Es que Mara ha crecido y se ha puesto tan guapa, que parece una
señora.
Pero como era paciente y trabajador, presto aprendió el oficio, como
si en él hubiera nacido, y como estaba hecho a andar con el ganado,
quería a sus ovejas, y así el "mal" no hacía tantos estragos en la
Salonia, y el rebaño prosperaba que era un gusto para el señor Neri
siempre que iba a la hacienda; tanto que, por año nuevo, se sirvió
inducir al patrón a que aumentase el salario a Jeli, de suerte que
vino a ganar casi lo mismo que cuando eran guardián de caballos.
Eran dineros bien gastados, que Jeli no se preocupaba de contar las
leguas buscando el mejor pasto para sus reses, y cuando las ovejas
parían o estaban malas, las llevaba a pastar en las alforjas del
borrico, y cargaba a cuestas con los corderos, que le balaban en la
cara, con el hocico fuera del saco, lamiéndole las orejas. En la
nevada famosa de la noche de Santa Lucía, cayeron cuatro palmos de
nieve en el "lago muerto" de la Salonia y en todos los alrededores,
durante leguas y leguas, que no se veía otra cosa por el campo cuando
abrió el día. Aquella vez habría sido la ruina del señor Neri, como
fué la de tantos otros, a no haberse levantado Jeli tres o cuatro
veces durante la noche a espantar las ovejas en el redil para que los
pobres animales se sacudieran la nieve de encima y no se quedaron
sepultados como muchos de los rebaños vecinos, según contó el señor
Agripino cuando fué a echar un vistazo a un campillo de habas que
tenía en la Salonia. Por cierto que dijo también que de aquella
historia de la boda del hijo del señor Neri con su hija Mara no era
verdad nada; que Mara tenía otra cosa en el pensamiento.
-- ¡Si decían que se casaba para Navidad! -- dijo Jeli.
-- ¡No es verdad nada de eso: no se casaba nadie; todo charlas de
gentes envidiosas que se meten en los negocios ajenos! -- respondió
el señor Agripino.
Pero el campero, que sabía la verdad, porque lo había oído contar en
la plaza cuando iba al pueblo, contó la cosa tal y como era,
después que se marchó el señor Agripino; ya no se casaban porque el
hijo del señor Neri había sabido que Mara, la del señor Agripino, se
entendía con don Alfonso, el señorito, que conocía a Mara de pequeña,
y el señor Neri había dicho que quería que su hijo fuese honrado,
como su padre, y que no quería más cuernos en casa que los de sus
bueyes.
Jeli estaba presente allí también, sentado en corro con los demás
para almorzar, y en aquel momento cortando el pan en rebanadas. No
dijo nada; pero se le quedó el apetito por todo el día siguiente.
Según conducía las ovejas, tornó a pensar en Mara cuando era niña, y
estaban juntos todo el día, y iban al valle del Tacitano y al Cerro
de la Cruz, y ella le miraba, con la barbilla respingada, según iba a
coger nidos a la copa de los árboles, y pensaba también en don
Alfonso, que iba a buscarle desde la quinta vecina y se tumbaban de
bruces en la hierba a hurgar con una pajita los nidos de grillos.
Recordaba todas estas cosas horas y horas, sentado en un ribazo,
cogiéndose las rodillas con las manos; los altos nogales de Tebidi,
los espesos matorrales de los valles, las vertientes de los montes,
verdes de zumaques, y los olivos grises, que se esfumaban en la niebla
del valle; los techos rojos del caserío y el campanario, "que parecía
el asa de un salero" entre los naranjos del jardín. Aquí el campo
extendíase ante sus ojos, pelado, desierto, manchado de la hierba
abrasada, humeante, silencioso en el horizonte lejano.
En primavera, apenas las vainas de las habas empezaban a doblar la
cabeza, Mara fué a la Salonia con su padre, su madre, el muchacho y
el borrico, para recogerlas, y todos juntos durmieron en la hacienda
los dos o tres días que duró la recolección. Así que Jeli veía a la
muchacha de día y de noche, y muchas veces sentábase junto a las
teleras del redil y hablaban un rato, mientras el muchacho contaba
las ovejas.
-- Me parece estar en Tebidi -- decía Mara --, como cuando éramos
chicos y estábamos en el puentecillo del sendero.
Jeli se acordaba también de todo, aunque nada dijese, porque había
sido siempre un muchacho juicioso y de pocas palabras.
Acababa la recolección, la víspera de la marcha, Mara fué a despedirse
del muchacho, a punto que estaba haciendo el requesón y recogía el
suero con el cazo.
-- Vengo a decirte adiós -- díjole ella --, porque mañana nos volvemos
a Vizzini.
-- ¿Qué tal la cosecha de habas?
-- Malamente... la hierba tora se las ha comido todas este año.
-- Eso depende de que ha llovido poco -- dijo Jeli --. Figúrate, hemos
tenido que matar las corderas porque no tenían pasto... En toda la
Salonia no han nacido tres dedos de hierba.
-- Pero a ti eso poco te importa, que buen año o malo, tu salario lo
tienes siempre.
-- Sí, es verdad; pero me da lástima entregar los pobres animales al
cortador.
-- ¿Te acuerdas cuando viniste por la fiesta de San Juan, que te
habías quedado sin amo?
-- Sí que me acuerdo.
-- Mi padre fué quien te acomodó aquí con el señor Neri.
-- ¿Y tú, por qué no te has casado con el hijo del señor Neri?
-- Porque no era la voluntad de Dios. Mi padre ha tenido mala
suerte -- continuó a poco --. Desde que nos marchamos de Marineo, todo
nos ha salido mal. Las habas, la siembra, el pedazo de viña que
teníamos. Además, mi hermano se ha ido soldado y se nos ha muerto una
mula que valía cuarenta onzas.
-- Ya lo sé -- contestó Jeli --, la mula baya.
-- Ahora que lo hemos perdido todo, ¿quién quieres que se case
conmigo?
Mara desmenuzaba un vástago de endrina según hablaba, con la barbilla
hundida en el seno y los ojos bajos, rozando sin darse cuenta con el
codo el de Jeli. Pero Jeli, con los ojos en el suelo, a su vez no
contestaba nada; de suerte que ella continuó:
-- En Tebidi decían que seríamos marido y mujer, ¿te acuerdas?
-- Sí -- dijo Jeli, y dejó el cucharón en el borde de la
mantequera --. Pero yo soy un pobre pastor y no puedo pretender a la
hija de un propietario como eres tú.
Mara se quedó un tanto callada, y luego dijo:
-- Si tú me quieres, yo por mí me caso contigo de buena gana.
-- ¿De veras?
-- Sí, de verdad.
-- Mi padre dice que tú ya sabes tu oficio y que no eres de los que
te gastas el salario, sino que de un cuarto haces dos, y no comes para
no consumir tu pan; de suerte que llegarás a tener ovejas también tú,
y te harás rico.
-- Si es así -- concluyó Jeli --, también yo me caso contigo de buena
gana.
-- Bueno... -- le dijo Mara una vez que se hubo hecho la obscuridad y
fuéronse callando las ovejas poco a poco --, si quieres un beso, te
lo doy, puesto que vamos a ser marido y mujer.
Jeli lo recibió muy a gusto, y no sabiendo qué decir, añadió:
-- Yo siempre te he querido; hasta cuando quisiste dejarme por el hijo
del señor Neri...
Pero no tuvo valor para decirle lo demás.
-- ¿Lo ves? ¡Estábamos destinados el uno para el otro! -- concluyó
Mara.
El señor Agripino consintió, en efecto, y la "señá" Lía hizo a toda
prisa un jubón nuevo y un par de calzones de velludo para el yerno.
Mara estaba fresca como una rosa; con aquella mantilla blanca parecía
el cordero pascual, y aquel collar de ámbar le hacía más blanco el
cuello; de suerte que Jeli, cuando iba a su lado por las calles,
andaba muy tieso, vestido de paño y de velludo nuevo, y no se atrevía
a sonarse con el pañuelo de seda rojo para no hacerse notar; pero los
vecinos y cuantos sabían la historia de don Alfonso se le reían en las
narices. Cuando Mara dió el _sí quiero_ y el cura se la entregó por
mujer con una gran bendición, Jeli se la llevó a su casa, y le pareció
como si le hubiesen dado todo el oro de la Virgen y todas las tierras
que con sus ojos había visto.
-- Ahora que somos marido y mujer -- le dijo una vez llegados a casa,
sentado frente a ella y haciéndose muy pequeño --, ahora que somos
marido y mujer, puedo decirte que no me parece verdad que me
quieras..., cuando habrías tenido tantos otros mejores que yo...,
tan guapa como eres...
El pobre no sabía decirle otra cosa, y no cabía en el traje nuevo del
contento de tener a Mara en su casa, arreglando y tocándolo todo, en
su papel de ama. No encontraba momento para abrir la puerta y volverse
a la Salonia; cuando llegó el lunes, tardaba de modo insólito en
cargar las alforjas sobre la albarda del burro, el tabardo y el
paraguas de hule.
-- ¡Debías venir a la Salonia tú también! -- le dijo a su mujer, que
habíasele quedado mirando desde el umbral --. Debías venir conmigo.
Pero ella, echándose a reír le respondió que no había nacido para
pastora y que no tenía nada que hacer en la Salonia.
En efecto: Mara no había nacido para pastora, no estaba acostumbrada
a la tramontana de enero, cuando las manos se hielan sobre el cayado
y parece como si se le fueran a caer a uno las uñas; a los furiosos
aguaceros en que le entra a uno el agua hasta los huesos; al polvo
sofocante de los caminos, cuando las ovejas caminan bajo el sol
ardiente; a la yacija dura, al pan mohoso, a los largos días
silenciosos y solitarios, en que por el campo abrasado no se ve a lo
lejos, sino rara vez, algún campesino negro del sol, que lleva por
delante su borriquillo, por la carretera blanca y interminable. Al
menos, Jeli sabía que Mara estaba tan a gusto entre sábanas, hilando
ante el fuego, en corro con las vecinas, tomando el sol en el
arriate, mientras él volvía del campo cansado y sediento o empapado en
agua, cuando el viento empujaba la nieve hasta dentro de la casa y
apagaba el fuego de zumaques. Todos los meses iba Mara a cobrar el
salario a casa del amo, y no le faltaban huevos en el gallinero,
aceite en la lámpara ni vino en la botella. Dos veces al mes iba Jeli
a verla, y ella le esperaba en el balcón, huso en mano; luego, cuando
había atado el burro en la cuadra, quitándole la albarda y echando la
cebada en el pesebre, y colocada la leña bajo el cobertizo del corral
o lo que traía a la cocina, Mara le ayudaba a colgar el tabardo de
un clavo, a quitarse las perneras mojadas ante el hogar, y le servía
el vino, mientras el potaje hervía alegremente y ella preparaba la
mesa poco a poco, previsora, como buena ama de casa, al mismo tiempo
que le hablaba de esto y de lo de más allá, de la clueca, que había
puesto a empollar; de la tela que tenía en el telar, del ternero que
estaban criando, sin olvidar ninguno de los quehaceres de la casa; de
suerte que Jeli se sentía tan a gusto como un Papa.
Pero la noche de Santa Bárbara volvió a una hora insólita, cuando
todas las luces estaban apagadas en la calleja y el reloj de la ciudad
daba la media noche. Una noche de lobos; y el lobo precisamente
habíasele entrado en casa, mientras él estaba al agua y al viento, por
mor del salario y de la yegua del amo, que estaba mala y era menester
que la viera luego el herrador. Golpeó y sacudió la puerta, llamando
a Mara con grandes voces, mientras le caía encima el agua del alero y
le chorreaba por los tobillos. Al cabo, fué su mujer a abrirle y
empezó a regañarle, como si hubiese sido ella la que hubiera
correteado por los campos con aquel temporal, con una cara, que le
preguntó:
-- ¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
-- ¡Tengo, que me has asustado! ¿Te parece hora de cristianos ésta?
¡Mañana estaré mala!...
-- Ve a acostarte, yo encenderé el fuego.
-- No, es menester que vaya por la leña.
-- Yo iré.
-- ¡Que no te digo!
Cuando Mara volvió con la leña en los brazos, Jeli le dijo:
-- ¿Por qué has abierto la puerta del corral? ¿Es que no había leña
en la cocina?
-- No, he ido por ella al cobertizo.
Ella se dejó besar fríamente, y volvió la cabeza a otro lado.
-- ¡Su mujer le deja en remojo a la puerta -- decían los
vecinos -- cuando está en casa el tordo!
Pero Jeli no sabía que era cornudo, ni los demás se lo decían, porque
nada le importaba, que ya se había casado con daño, después que el
hijo del señor Neri la había plantado al saber la historia de don
Alfonso. Jeli, por el contrario, vivía feliz y contento con tal
vituperio, y hasta engordaba como un cerdo, "que dientes y cuernos
duelen al apuntar, mas luego sirven para comer".
Al cabo, el zagal del ganado se lo dijo en su cara, cierta vez que
se pusieron a malas, a cuenta de unos quesos mordidos.
-- Como don Alfonso se entiende con tu mujer, te crees que eres su
cuñado, que te has puesto más orgulloso que un rey de corona con los
cuernos que llevas.
El mayoral y el campero creyeron que iba a correr la sangre; pero
Jeli se calló, como si no fuese con él, con una cara de tonto que los
cuernos le sentaban bien de verdad.
Acercábase la Pascua, y el mayoral enviaba a todos los hombres de la
hacienda a confesarse con la esperanza de que con el temor de Dios
ya no robasen más. Jeli fué también, y al salir de la iglesia buscó
al muchacho con quien había tenido aquellas palabras, y le echó los
brazos al cuello, diciéndole:
-- El confesor me ha dicho que te perdone; pero yo no estoy enfadado
contigo por aquellas habladurías, y si no vuelves a morder el queso,
a mí no me importa nada de lo que me dijiste rabioso.
Desde aquel momento, le llamaron de mote "Cuernos de oro", y el
remoquete quedósele, y a todos los suyos, aun después de haberse
lavado los cuernos con sangre.
La Mara había ido a confesarse a su vez, y volvía de la iglesia muy
envuelta en su mantilla, con los ojos bajos, como una Magdalena.
Jeli, que la esperaba taciturno en el arriate, según la vió venir de
quella manera, que bien se veía que traía el Señor consigo, la miraba
muy pálido, de pies a cabeza, como si la viese por primera vez o le
hubiesen cambiado a su Mara, y ni a levantar los ojos hasta ella se
atrevía, mientras desdoblaba el mantel y ponía las escudillas sobre la
mesa, tan tranquila y compuesta como de costumbre. Luego de pensarlo
un poco, le preguntó muy fríamente:
-- ¿Es verdad que te entiendes con don Alfonso?
Mara fijó en él sus límpidos y hermosos ojos, y se hizo el signo de la
cruz.
-- ¿Por qué quieres hacerme pecar en este día? exclamó.
-- ¡No, no quiero creerlo todavía!... Porque don Alfonso y yo
estábamos siempre juntos cuando chicos, y no pasaba día sin que
fuese a Tebidi... lo mismo que dos hermanos... Además, él es rico,
que tiene los dineros a paletadas, y si quisiera mujer, se casaría,
que no le faltaría pan que comer.
Mara, por el contrario, íbase calentando, y empezó a regañarle con
tan malos modos que él ya no levantaba la nariz del plato.
Al cabo, para que la gracia de Dios que estaban comiendo no se les
volviese veneno, Mara cambió de conversación y le preguntó si había
pensado en azadonar aquel poco de lino que habían sembrado en el
habar.
-- Sí -- respondió Jeli --, y se dará bien el lino.
-- Si es así -- dijo Mara --, este invierno te haré dos camisas
nuevas para que no tengas frío.
Jeli, en suma, no comprendía lo que quería decir cornudo ni qué eran
celos; todo lo nuevo entrábale difícilmente en la cabeza, y esto era
tan gordo que le costaba un trabajo de todos los demonios que le
entrara, máxime cuando veía ante sí a su Mara, tan guapa, tan blanca,
tan compuesta, la misma a quien había él querido y en quien había
pensado tanto tiempo, tantos años, desde chico, que el día que le
dijeron que se iba a casar con otro no tuvo fuerzas para comer ni
beber. Y aun pensando en don Alfonso, no podía creer en una bribonada
semejante, que le parecía estar viéndole aún con aquellos ojos
francos y aquella boca risueña con que iba a llevarle dulces y pan
blanco a Tebidi hacía tantos años -- ¡una acción tan negra! --, y que
aun no habiéndole vuelto a ver, porque él era un pobre pastor y se
pasaba todo el año en el campo, se le había quedado metido en el
corazón. Pero la primera vez que por desgracia volvió a ver a don
Alfonso ya hecho un hombre, Jeli sintió como un vuelco en el corazón.
¡Cómo había crecido y qué buen mozo era! ¡Con aquella cadena de oro
sobre el chaleco, aquella chaqueta de velludo y aquella barba
repeinada que parecía de oro también! Nada orgulloso además, que le
dió una palmada en el hombro y le llamó por su nombre. Había ido con
el amo de la hacienda, juntamente con una partida de amigos, a hacer
una excursión en el tiempo del esquileo de las ovejas; y había
llegado Mara de improviso, con el pretexto de que estaba encinta y
tenía antojo de requesón fresco.
Era un día hermoso y cálido en los campos rubios con los setos en flor
y las largas hileras verdes de las viñas. Las ovejas brincaban y
balaban del contento al sentirse despojadas de toda aquella lana, y en
la cocina, las mujeres hacían un buen fuego para cocer las muchas
cosas que el amo había llevado para el almuerzo. Los señores, en
tanto, esperaban a la sombra de los algarrobos, mandaban tocar
tamboriles y cornamusas y bailaban quienes tenían ganas con las
mujeres de la hacienda. Jeli, según esquilaba las ovejas, sentía como
si dentro de sí, sin saber por qué, le royera una espina, un clavo
agudo, una fina tijera que le trabajaba poco a poco peor que un
veneno.
El amo había mandado que se sacrificasen dos cabritos, el castrado de
un año, unos pollos y un pavo. En suma: quería hacer la cosa en grande,
sin ahorros, para hacerles los honores a sus amigos; y mientras todos
aquellos animales se retorcían en el dolor, y balaban los cabritos al
filo del cuchillo, Jeli sentía que le temblaban las piernas, y de vez
en cuando le parecía como si la lana que iba esquilando y la hierba en
que brincaban las ovejas se encendieran en sangre.
-- ¡No vayas! -- le dijo a Mara cuando don Alfonso la llamó para que
fuese a bailar con los demás --. ¡No vayas, Mara!
-- ¿Por qué?
-- ¡No quiero que vayas! ¡No vayas!
-- ¿Oyes cómo me llaman?
El no dijo más. Se quedó mudo como un muerto, encorvado, como estaba
esquilando las ovejas. Mara se encogió de hombros y se fué a bailar.
Estaba colorada y alegre, con sus ojos negros que parecían dos
estrellas, viéndosele al reír los dientes blancos, reluciéndole sobre
mejillas y pecho el oro de sus cabellos, lo mismo que la Virgen
"talmente". Jeli se irguió de pronto, empuñando las largas tijeras,
tan pálido como su padre el vaquero cuando temblaba con la fiebre
junto al fuego en la cabaña. Vió que don Alfonso, con su barba rizada,
su chaqueta de velludo y su cadenilla de oro sobre el chaleco, tomaba
a Mara de la mano y la invitaba a bailar; le vió que alargaba el
brazo, como para estrecharla contra su pecho, y que ella le dejaba
hacer; entonces, perdonadle, Señor, ya no vió más y le degolló de un
solo tajo, lo mismo que a un cabrito.
Después, según le llevaban ante el juez, atado, rendido, sin que
hubiese osado oponer la menor resistencia:
-- ¡Que! -- decía --, ¿tampoco tenía que matarlo?... ¡Si me había
quitado mi Mara!
"MALPELO"
(Rosso Malpelo.)
"Malpelo" se llamaba así porque tenía el pelo rojo, y tenía el pelo
rojo porque era un chicuelo granujilla y malo que prometía ser un
perfecto bribón. De suerte que todos en la mina de arena roja le
llamaban "Malpelo"; e incluso su madre, con oírle llamar siempre de
aquella manera, casi había olvidado su nombre de pila.
Por lo demás, sólo se le veía el sábado por la noche cuando volvía a
casa con los pocos cuartos de la semana; y, dado su _mal pelo_, era
de temer asimismo que sustrajera algunos; en la duda, por no errar,
la hermana mayor le tomaba la cuenta a pescozones.
Pero el amo de la mina confirmó que los cuartos no eran más; y, en
conciencia, eran demasiados para "Malpelo", un chicuelo a quien nadie
quería delante de su vista, que todo el mundo huía como un perro
roñoso, acariciándole con un puntapié cuando se les ponía a tiro.
Era en verdad feo, torvo, quisquilloso y salvaje. A mediodía,
mientras todos lo demás obreros de la mina comían en corro su potaje
y tenían su poco de recreo, él iba a acurrucarse con su cestillo
entre las piernas, a roer su poco de pan moreno, como los animales
sus semejantes; y cada cual le decía lo suyo, motejándole y tirándole
piedras, hasta que el capataz le mandaba al trabajo con un puntapié.
El engordaba con los golpes y se dejaba cargar mejor que el burro
romero, sin osar quejarse. Siempre iba andrajoso y sucio de arena
roja: que su hermana se había tomado los dichos y tenía otras cosas
en que pensar que en lavarlo los domingos. Esto, no obstante, era más
conocido que la ruda por todo Monserrato y la Carvana, tanto, que a
la mina donde trabajaban la llamaban la mina de "Malpelo", cosa que
al amo le molestaba un poco. En suma: le tenían por caridad y porque
maese Misciu, su padre, en aquella mina había muerto.
Había muerto, porque un sábado quiso terminar un trabajo a destajo
de un pilastrón dejado anteriormente para sostén del abovedado, y
que, una vez que ya no servía, habíalo calculado el amo a ojo en 35 ó
40 carros de arena. Maese Misciu cavaba, por el contrario, desde
hacía tres días, y aun le quedaba para la mañana del lunes. Fué un
mal negocio; y sólo un tonto como maese Misciu se dejaba engañar por
el amo de aquella manera; por eso le llamaban maese Misciu el
"Bestia", y era el burro de carga de toda la mina. El pobre diablo
dejaba que dijeran, y se contentaba con buscarse el pan con sus
brazos, en vez de emplearlos en pelearse con los compañeros.
"Malpelo" ponía una cara como si aquellas cosas cayeran sobre sus
espaldas, y tan pequeño como era y todo, tenía unos ojos que los
demás decían:
-- Anda, que tú no te morirás en la cama como tu padre.
Pero su padre tampoco murió en su cama, pese a ser una buena bestia.
El tío Mommu el "Patojo" había dicho que aquel pilastrón no lo
quitaba él ni por veinte onzas: tan peligroso era; pero, por otra
parte, todo son peligros en las minas, y si se va a hacer caso de
todas las tonterías que se dicen, mejor es meterse a abogado.
Así, pues, el sábado por la noche, maese Misciu picaba aún su
pilastrón cuando ya el Avemaría había sonado hacía un rato y todos
sus compañeros, encendiendo la pipa, se habían marchado, diciéndole
que se divirtiera rascando la arena por darle gusto al amo, y
recomendándole que no hiciera _la muerte del ratón_. Como estaba
acostumbrado a las burlas, no hacía caso, y sólo respondía con el
¡ah, ah!, de sus buenos golpes de zapa, en tanto murmuraba: "¡Este
por el pan! ¡Este por el vino! ¡Este por las sayas de la Anuncia!",
haciendo así el destajista la cuenta de cómo gastaría los dineros de
su contrata.
Fuera de la mina, el cielo hormigueaba de estrellas, y allá arriba,
la lamparilla humeaba, girando como una devanadera. El grueso
pilastrón rojo, despanzurrado a golpes de zapa, se retorcía y arqueaba
como si tuviese dolor de tripas y dijese ¡uy! a su vez. "Malpelo"
andaban limpiando el suelo, y ponía sobre seguro el pico, el saco
vacío y la botella del vino. El padre, que le quería al pobrecillo
decíale: "Echate a un lado", o "¡Ten cuidado!". "Mira si caen de
arriba pedruscos o arena roja, y escapa." De pronto, ¡puf!, "Malpelo",
que se había vuelto para colocar de nuevo las herramientas en la
esportilla, oyó un estruendo sordo, como el que hace la arena traidora
cuando se despanzurra toda de una vez, y se apagó la luz.
El ingeniero que dirigía los trabajos de la mina estaba en el teatro
aquella noche, y no habría cambiado su butaca por un trono cuando
fueron a buscarlo a cuenta del padre de "Malpelo", que había hecho la
_muerte del ratón_. Todas las mujerucas de Monserrato chillaban y se
golpeaban el pecho anunciando la gran desgracia que había caído a la
comadre Santa, la única, pobrecilla, que no decía nada,
castañeteándole los dientes tan sólo como si tuviera la terciana. El
ingeniero, cuando le dijeron el cómo y cuándo, que la desgracia había
sucedido hacía cerca de tres horas, y que Misciu el "Bestia" debía
haber llegado al otro mundo, fué, por descargar la conciencia, con
escalas y cuerdas a hacer el agujero en la arena. Pero ¡si, si,
cuarenta carros! El "Patojo" dijo que para descombrar el subterráneo
lo menos era menester una semana. Había caído una montaña de arena,
fina y bien quemada por la lava, que se podía empastar con las manos,
y necesitaba el doble de cal. Había para llenar carros y carros
semanas enteras. ¡Ah! ¡Si que hizo negocio maese "Bestia"!