O también:
-- Ten en cuenta para cuando yo te falte que el oro de tu madre lo
tiene a recaudo la tía Agueda.
Y Jeli decía que sí con la cabeza.
-- Es inútil -- repetía el señor Agripino cada vez que volvía a ver al
compadre Menu con la fiebre --. Tiene ya la sangre apestada.
El compadre Menu escuchaba sin parpadear, con la cara más blanca que
el pañuelo que llevaba a la cabeza.
Ya no se levantaba. Jeli se echaba a llorar cuando no tenía fuerzas
para ayudarle a volverse de un lado; poco a poco, el compadre Menu
acabó por no hablar tampoco. Las últimas palabras que le dijo a su
chico fueron éstas:
-- Cuando me muera, ve al amo de las vacas, a Ragoleti, y que te dé
las tus onzas y los doce túmulos de trigo que me debe de mayo acá.
-- No -- respondió Jeli -- son dos onzas y quince tan sólo, porque ha
dejado usted las vacas hace más de un mes y hay que hacer la cuenta
justa con el amo.
-- ¡Es verdad! -- afirmó el compadre Menu, entornando los ojos.
-- Ahora sí que estoy en el mundo lo mismo que un potro perdido, que
se lo pueden comer los lobos -- pensó Jeli cuando se llevaron a su
padre al cementerio de Licodia.
María fué también a casa del muerto, con esa inquieta curiosidad que
despiertan las cosas espantosas.
-- ¡Mira cómo me he quedado! -- le dijo Jeli.
La niña se echó atrás asustada, por miedo a que quisiera hacerle
entrar en la casa donde había estado el muerto.
Jeli fué a recoger el dinero de su padre y se marchó con el ganado a
Passanitello, donde ya estaba alta la hierba en el terreno en barbecho
y el pasto era abundante; así que los potros estuvieron allí pastando
mucho tiempo, Jeli, en tanto, se había hecho muy mayor, y también Mara
debía haber crecido, pensaba él muchas veces según tocaba la flauta;
luego, cuando volvió a Tebidi, después de tanto tiempo, llevando
delante de él, poco a poco, las yeguas por los resbaladizos senderos
de la Fuente del tío Cosme, iba buscando con los ojos el puentecillo
del valle, la casa del valle del Tacitano, y el tejado de _las casas
grandes_, sobre el que revoloteaban siempre las palomas. Pero por
entonces el amo ya había despedido al señor Agripino, y toda la
familia de Mara estaba desalojando. Jeli se encontró a la muchacha
muy crecida y guapetona, a la puerta del corral, viendo cómo cargaban
su ropa en la carreta. Ahora la habitación vacía parecía más obscura
y ahumada que de costumbre. La mesa, la cama, la cómoda, las estampas
de la Virgen y San Juan, incluso los clavos para colgar las calabazas
de las semillas, habían dejado señal en las paredes donde estuvieron
tantos años.
-- Nos vamos -- le dijo Mara al ver que miraba --. Nos vamos a
Marineo, donde está ese caserío tan grande, en el llano.
Jeli se dió a ayudar al señor Agripino y a la "señá" Lía a cargar la
carreta, y cuando ya no hubo nada que sacar de la habitación, fué a
sentarse con Mara en el parapeto del abrevadero.
-- Tampoco las casas -- le dijo luego que la vió cargar la última
cesta en la carreta --, tampoco las casas, cuando se saca lo que
tienen dentro, parecen las mismas.
-- En Marineo -- respondió Mara -- tendremos un cuarto más bonito,
dice mi madre, y tan grande como el almacén del queso.
-- Cuando te marchas no quiero volver más por aquí: que me parecerá
que ha vuelto el invierno al ver esa puerta cerrada.
-- En Marineo encontraremos otra gente, a Pudda, "la Roja", y a la
hija del campero; nos divertiremos; por la siega irán más de ochenta
segadores con su cornamusa, bailaremos en la era.
El señor Agripino y su mujer habían echado a andar con la carreta;
Mara corría tras ellos muy contenta, llevando la cesta con los
pichones. Jeli quiso acompañarla hasta el puentecillo, y cuando ya
estaba para desaparecer en el valle, la llamó:
-- ¡Mara, Mara!
-- ¿Qué quieres? -- dijo Mara.
No sabía lo que quería.
-- Y tú, ¿qué vas a hacer ahora aquí sólo? -- le preguntó entonces la
muchacha.
-- Yo me quedo con los potros.
Mara se fué dando brincos, y él se quedó allí quieto en tanto pudo oír
el ruido de la carreta, bambaleándose sobre las piedras. El sol tocaba
las altas rocas del Cerro de la Cruz; las grises cabelleras de los
olivos se esfumaban en el crepúsculo, y en la lejanía del campo no se
oía más que la esguila de la "Blanca" en el silencio inmenso.
Mara, apenas se vió en Marineo entre gente nueva y en las faenas de la
vendimia, se olvidó en él; pero Jeli pensaba siempre en ella, porque
no tenía otra cosa que hacer en los largos días que se pasaba
contemplando la cola de sus caballos. Ahora ya no tenía motivo para
bajar al valle, del otro lado del puentecillo, y nadie le veía en la
hacienda. Así, ignoró mucho tiempo que Mara tenía novio, porque bajo
el puentecillo había pasado mucha agua. No volvió a ver a la muchacha
hasta el día de la fiesta de San Juan, según fué a la feria a vender
unos potros; una fiesta que se le trocó en veneno y le quitó el pan de
la boca por un accidente que le ocurrió a uno de los potros del amo;
Dios nos libre.
El día de la feria, el mayoral esperaba los potros desde el amanecer,
andando de un lado a otro, con sus polainas relucientes, por detrás
de las grupas de los caballos y las mulas, puestos en fila a un lado
y a otro de la carretera. La feria estaba ya para acabar, y Jeli no
asomaba aún con el ganado por el recodo que hacía la carretera. En las
empinadas cuestas del Calvario y del Molino de viento quedaba aún tal
cual rebaño de ovejas apretadas en corro, con el hocico en tierra y los
ojos cerrados, y tal cual pareja de bueyes de pelo largo, de esos que
se venden para pagar la renta de las tierras, esperando inmóviles bajo
el sol ardoroso. Abajo, en el valle, la campana de San Juan tocaba a
misa mayor, acompañada del largo estampido de los morteretes.
El campo de la feria parecía exaltar en un griterío que se prolongaba
entre los tenderetes de los vendedores alineados en la Cuesta de los
Gallos, descendía por las calles del pueblo y parecía regresar del
valle donde estaba la iglesia.
-- ¡Viva San Juan!
-- ¡Santo diablo! -- gritaba el mayoral --. Ese maldito Jeli me va a
hacer perder la feria.
Las ovejas levantaban el hocico atónito y se daban a balar todos a
una, y los bueyes andaban lentamente, mirando en derredor con sus
grandes ojos.
El mayoral estaba tan enfadado porque aquel día había que pagar el
arrendamiento de los Cercados grandes, "cuando San Juan llegase bajo
el olmo" decía el contrato, y para completar la cantidad se había
contado con la venta de los potros. Entre tanto, potros, caballos y
mulas había cuantas el Señor hizo, todos limpios y relucientes,
adornados de trenzas, lazos y cascabeles, que sacudían para espantar
el fastidio, volviendo la cabeza a todo el que pasaba, como si
esperasen un alma caritativa que quisiera compararlos.
-- ¡Se habrá tumbado a dormir el muy ladrón! -- seguía gritando el
mayoral --, y me deja colgados los potros...
Jeli, por el contrario, había andado durante toda la noche para que
los potros llegasen frescos a la feria y cogiesen un buen sitio al
llegar, y al pisar el Llano del Cuervo, aún no se habían puesto los
_tres reyes_ que brillaban sobre el monte Arturo con los brazos en
cruz. Por el camino pasaban de continuo carros y gentes a caballo que
iban a la fiesta; por eso el mozo tenía los ojos bien abiertos, para
que los potros no se espantaran con el insólito trajín y fueran todos
juntos a lo largo de la cuneta, tras de la "Blanca", que caminaba
derecha y tranquila con su cencerro al cuello. De cuando en cuando,
como el camino corría por lo alto del monte, se oía allá abajo la
campana de San Juan, que hasta el obscuro silencio del campo llegaba
la fiesta, y por todo el camino, a los lejos, lleno de gente a pie o
a caballo que iba a Vizzini, se oía gritar: "¡Viva San Juan!", y los
cohetes ascendían derechos y relucientes tras los montes de la
Canzinia, como las estrellas que llueven en agosto.
-- ¡Es como la Nochebuena! -- íbale diciendo Jeli al muchacho que le
ayudaba a conducir la piara --, que en todas las haciendas se hace
fiesta y luminaria y por todo el campo se ven hogueras.
El muchacho dormitaba, arrastrando muy despacio una pierna tras otra,
y no respondía nada. Pero Jeli, a quien aquella campana le hacía
hervir la sangre, no podía estar callado, como si aquellos cohetes que
rasgaban la obscuridad, callados y relucientes tras el monte, le
salieran a él del alma.
-- Mara habrá ido también a la fiesta de San Juan -- decía --, porque
va todos los años.
Y sin preocuparse de que Alfio, el muchacho, no respondía nada:
-- ¡No sabes! Ahora Mara es así de alta, que está más crecida que la
madre que la ha parido, y cuando la volví a ver no me pareció la misma
con quien iba a coger higos chumbos y a varear las nueces.
Y se dió a cantar en alta voz cuantas canciones sabía.
-- ¡Alfio! ¿Te duermes? -- le gritó cuando hubo concluído --. ¡Mira
que la "Blanca" va siempre tras de ti!
-- ¡No, no me duermo! -- respondió Alfio con voz ronca.
-- ¿Ves cómo nos mira el lucero allí, sobre Granvilla, como si
disparasen cohetes también en Santa Dominica? Ya poco falta para que
rompa el alba; pero llegaremos a la feria a tiempo de encontrar un
buen sitio. ¡Ya verás, "Morito", cómo tendrás cabezada nueva, con tus
jaeces colorados para la feria! ¡Y tú también, "Estrellado"!
Así íbales, pues, hablando a los potros para que se serenasen oyendo
su voz en la obscuridad. Pero le dolía que el "Estrellado" y el
"Morito" fueran a ser vendidos en la feria.
-- Cuando estén vendidos se irán con el amo nuevo, y ya no se los
verá en la piara, como ha pasado con Mara luego que se marchó a
Marineo.
-- Su padre está muy bien en Marineo; que cuando fuí a verlos me
pusieron delante pan, vino, queso y toda la gracia de Dios, porque él
es casi el mayoral, y tiene las llaves de todo, y si hubiese querido,
yo me habría comido toda la hacienda. Mara no me conocía casi de tanto
tiempo que hacía que no me había visto, y se puso a gritar: "¡Anda!
¡Mire quién está aquí! ¡Jeli, el guardián de los caballos, el de
Tebidi!" Es como cuando uno vuelve de lejos, que sólo con ver el pico
de un monte reconoce en seguida la tierra donde ha nacido. La "señá"
Lía no quería que le llamase de tú a su hija, ahora que ya se ha hecho
grande, porque la gente que no sabe nada murmura luego. Mara se reía,
y "dián" que acababa de cocer el pan, según estaba de colorada. Y
ponía la mesa y extendía el mantel, que no parecía la misma.
-- Y qué... ¿te acuerdas de Tebidi? -- le pregunté, apenas la "señá"
Lía salió para sacar vino fresco del barril.
-- Sí; sí que me acuerdo -- me dijo ella --. En Tebidi había una
campana y un campanario que parecía el asa de un salero, se tocaba
desde el atrio, y había también dos gatos de piedra, que hacían la
guardia de la puerta del jardín.
Yo sentía dentro de mí todas aquellas cosas según me las iba diciendo.
Mara me miraba de pies a cabeza, con unos ojos así, y tornaba a
decirme: "¡Cuánto has crecido!" Y se echó a reír y me dió un pescozón.
De esta manera perdió el pan Jeli, el guardián de los caballos, porque
precisamente en aquel momento, sobreviniendo de improviso un coche,
que no se había oído antes, según subía la cuesta paso a paso, se puso
al trote al llegar al llano, con gran estrépito del látigo y
cascabeles, como si lo llevase el diablo. Los potros, espantados, se
desbandaron en un relámpago, que parecía aquello un terremoto, y
fueron menester no pocos gritos, llamadas y "¡ohí, ohí!" de Jeli y del
muchacho antes de que se recogieran en torno a la "Blanca", que
trotaba también sin rumbo, con su cencerro al cuello. Apenas contó
Jeli sus caballos, se percató de que faltaba el "Estrellado", y se
llevó las manos a la cabeza, porque por allí el camino corría a lo
largo del barranco, y en las barranco fué donde el "Estrellado" se
rompió las patas, un potro que valía doce onzas como doce ángeles del
paraíso. Llorando y gritando llamaba Jeli al potro, que no se le veía
por parte alguna: "¡Ohí! ¡Ohí! ¡Ohí!" El "Estrellado" respondió, por
fin, desde el fondo del barranco con un doloros relincho, como si
hubiese tenido el don del habla el pobre animal...
-- ¡Ay, madre mía! -- gritaban Jeli y el muchacho --. ¡Ay qué
desgracia, madre mía!
Los caminantes que iban a la fiesta y oían llorar de aquel modo en la
obscuridad, les preguntaban qué se les había perdido, y luego, cuando
sabían de lo que se trataban, seguían su camino.
El "Estrellado" permanecía inmóvil donde se había caído, con las patas
en alto, y mientras Jeli íbale tocando por todas partes, llorando y
hablándole, cual si hubiese podido entenderle, el pobre animal
levantaba la cabeza trabajosamente y la volvía hacia él, con un
aliento roto por el espasmo.
-- ¿Qué se le habrá roto? -- lloriqueaba Jeli, desesperado de no poder
ver nada por la mucha obscuridad; y el potro, inerte como una piedra,
dejaba caer la cabeza pesadamente. Alfio, que se había quedado en el
camino al cuidado de la piara, tranquilizándose antes que el otro,
sacó el pan del zurrón. El cielo se había puesto blancuzco, y los
de alrededor parecían despuntar uno por uno, altos y negros. Desde la
revuelta de la carretera se empezaba a divisar el pueblo, con su monte
Calvario, y el del Molino de viento estampado en el amanecer, umbríos
aún, sembrados de las blancas manchas de los rebaños; y, como los
bueyes que pastaban en lo alto del monte, en el azul iban de un lado a
otro, parecía como si el contorno del monte se animase y hormigueara
de vida. La campana no se oía ya desde el fondo del barranco; los
caminantes eran cada vez más raros, y los pocos que pasaban tenían
prisa por llegar a la feria. El pobre Jeli no sabía a qué santo
volverse en aquella soledad; el mismo Alfio, por sí solo, de nada
podía servirle; por eso éste mordisqueaba tranquilamente su pedazo de
pan.
Al cabo vióse venir a caballo al mayoral, que desde lejos gritaba y
blasfemaba al ver los caballos parados en el camino; tanto, que Alfio,
asustado, se dió a correr monte arriba. Jeli no se movió de junto al
"Estrellado". El mayoral dejó la mula en el camino y bajó al barranco
a su vez, intentando ayudar al potro a levantarse tirándole de la
cola.
-- ¡Déjelo estar! -- decía Jeli todo pálido, como si hubiese sido él
quien se hubiese roto las pierna --. ¡Déjalo estar! ¡No ve que el
pobre animal no se puede mover!
El "Estrellado", en efecto, a cada movimiento y a cada esfuerzo que le
obligaban a hacer, daba un ronquido que parecía un cristiano. El
mayoral se desahogaba dándole puntapiés y pescozones a Jeli, clamando
contra los ángeles y santos del cielo. Alfio, en tanto, ya más
tranquilo, había vuelto al camino para no dejar a los caballos sin
guarda, e intentaba disculparse diciendo:
-- Yo no tengo la culpa. Yo iba delante con la "Blanca".
-- Aquí ya no hay nada que hacer -- dijo al cabo el mayoral, luego que
se persuadió de que todo era tiempo perdido --. Aquí ya no se
aprovecha más que el pellejo, que es bueno.
Jeli se echó a temblar como una hoja cuando vió al mayoral ir a sacar
la escopeta de las alforjas de la mula.
-- ¡Quítate de ahí, holgazán! -- le gritó el mayoral --. ¡Qué no sé
cómo no te tumbo junto a ese potro que valía bastante más que tú con
todo el puerco bautismo que te echó el ladrón del cura!
El "Estrellado", no pudiéndose mover, volvía la cabeza con ojos
espantosos, como si todo lo hubiese entendido, y el pelo se le rizaba
en ondas a lo largo de las costillas; parecía como si por debajo le
corriera un estremecimiento. Así, pues, el mayoral mató allí mismo al
"Estrellado", para sacar al menos la piel, y el ruido sordo que hizo
en la carne viva el tiro a boca de jarro le sintió Jeli dentro de sí.
-- Ahora, si quieres seguir mi consejo -- le dijo el mayoral --, ya
puedes no presentarte al amo a que te pague lo que te debe, porque te
lo pagará en moneda amarga.
El mayoral se marchó con Alfio, con los demás potros, que, sin volver
siquiera adonde quedaba el "Estrellado", iban arrancando la hierba del
ribazo. El "Estrellado" se quedó solo en el barranco esperando que
fuesen a despellejarlo, con los ojos espantados aún y las cuatro patas
estiradas; feliz al cabo, que no pensaba más. Jeli, que había visto la
sangre fría con que el mayoral apuntó y disparó mientras el pobre
animal volvía la cabeza penosamente, cual si tuviera sentido, dejó de
llorar y se quedó mirando al "Estrellado", sentado en una piedra,
hasta que llegaron los hombres que iban por la piel.
Ahora ya podía irse de paseo, a divertirse o estarse en la plaza todo
el día, viendo a los señorones en el casino, como mejor le pareciera,
que ya no tenía pan ni techo, y era menester buscarse un amo, si es
que alguno le quería después de la desgracia del "Estrellado".
Así son las cosas del mundo: mientras Jeli andaba buscando un amo, con
el zurrón a cuestas y cayada en mano, la banda tocaba en la plaza
alegremente, con sus sombreros de plumas, en medio de una muchedumbre
de gorras blancas, espesas como moscas, y los señorones estaban tan
divertidos sentados en el casino. Toda la gente andaba vestida de
fiesta, como el ganado de la feria, y en un rincón de la plaza había
una mujer con falda corta y medias color de carne, que parecía llevar
las piernas desnudas, tocando el tambor ante una tela pintada, donde
se veía una carnicería de cristianos corriendo la sangre a raudales;
y entre la gente que estaba allí mirando con la boca abierta, vió al
señor Colás, que conocía a Jeli de cuando estaba en Passanitello, y
le dijo que el amo se lo encontraría él, porque el compadre Isidoro
Macca buscaba un guardián para sus cerdos.
-- ¡Pero no digas nada de lo del "Estrellado"! -- le recomendó el
señor Colás --. Una desgracia a cualquiera le pasa; pero es mejor no
hablar de ello.
Fueron, pues, a buscar al compadre Macca, que estaba en el baile, y
mientras el señor Colás entró con la embajada, Jeli esperó en la
calle, en medio de la gente que estaba en la puerta. En la sala había
una porción de gentes que saltaban y se divertían, todas sofocadas,
haciendo un gran ruido de pisadas sobre el pavimento, que ni aun el
"ron-ron" del contrabajo se oía, y apenas acababa una tocata, que
costaba un grano, levantaban el dedo para indicar que querían otra,
y el del contrabajo hacía una cruz con carbón en la pared para llevar
la cuenta y empezaba otra vez.
-- Esos gasten sin pensar -- decía Jeli -- y no están apurados como
yo por falta de un amo, cuando tanto sudan y se afanan por gusto,
como si estuvieron a jornal.
El señor Colás regresó diciendo que el compadre Macca no tenía
necesidad de nadie. Entonces Jeli volvió las espaldas y se marchó
cabizbajo.
Mara vivía hacia San Antonio, donde las casas trepan por el monte,
frente al valle de la Canziria, todo verde de chumberas, y al fondo
las ruedas de los molinos que espumaban en el torrente; pero Jeli no
tuvo valor para ir hacia aquellos sitios ahora que ni aun para guardar
puercos le querían; y vagando por entre la gente, que le empujaba de
un lado a otro sin preocuparse de él, le parecía estar más solo que
antaño con los potros en las landas de Passanitello, y sentía ganas de
llorar. Por último, el señor Agripino se lo encontró en la plaza,
según iba de aquí para allá con los brazos colgando, viendo la fiesta,
y empezó a gritarle: "¡Jeli, Jeli!", y se lo llevó a su casa. Mara,
muy compuesta, con unos pendientes que le daban en las mejillas,
estaba a la puerta mano sobre mano, cargadas ambas de anillos,
esperando que anocheciese para ir a ver los fuegos.
-- ¡Oh! -- dijo Mara -- ¿También tú has venido para la fiesta de
San Juan?
Jeli no se atrevía a entrar, es verdad, porque estaba mal vestido;
pero el señor Agripino le empujó diciéndole que no se veían por
primera vez y que ya se sabía que había ido a la feria con los potros
del amo. La "señá" Lía le sirvió un buen vaso de vino, y después se lo
llevaron a ver la luminaria con las comadres y los vecinos.
Al llegar a la plaza, Jeli se quedó con la boca abierta de la
maravilla; era toda un mar de fuego, como cuando se incendian los
rastrojos, por los muchos cohetes que los devotos disparaban ante el
santo, que se regodeaba con ellos desde la embocadura del Rosario,
negro, negro, bajo el dosel de plata. Los devotos iban y venían por
entre las llamas como diablos, y había incluso mujer desceñida,
despeinada, con los ojos fuera de las órbitas, encendiendo cohetes a
su vez, y un cura con la sotana al viento y destocado, que parecía un
poseído de tanta devoción como tenía.
-- Ese es el hijo del señor Neri, el mayoral de la Salonia, y lleva
gastadas más de diez liras de cohetes -- decía la "señá" Lía,
señalando a un mozo que andaba dando vueltas por la plaza con dos
cohetes a la vez en cada mano, como dos velas; que todas las mujeres
se lo comían con los ojos, y le gritaban:
-- ¡Viva San Juan!
-- Su padre es rico y posee más de veinte cabezas de ganado -- añadió
el señor Agripino.
Mara sabía además que había llevado el estandarte grande en la
procesión, y que lo sostenía derecho como un huso, tan fuerte y
robusto era el mozo.
El hijo del señor Neri parecía como si oyese todo aquello y encendiese
los cohetes por la Mara, haciendo la rueda delante de ella; tanto que,
después de los fuegos, los acompañó y los llevó al baile y al
cosmorama, donde se veía el antiguo y el nuevo mundo, pagando él,
claro está, incluso por Jeli, que iba detrás de la comitiva como perro
sin dueño, a ver bailar al hijo del señor Neri con la Mara, que daba
vueltas y se acurrucaba como paloma enamorada, teniendo colgada con
garbo una punta del delantal. El hijo del señor Neri saltaba como un
potro; tanto que la "señá" Lía lloraba de gusto, y el señor Agripino
decía con la cabeza que sí, que iba bien la cosa.
Cuando al cabo se cansaron, fueron de aquí para allá por "el paseo",
arrastrados por la gente como por una riada, viendo los transparentes
iluminados, donde cortábanle la cabeza a San Juan, que a los
mismísimos turcos diera compasión, y el santo pataleaba como un
corderillo bajo la segur. Allí cerca estaba la banda, que tocaba bajo
un gran paraguas de madera todo iluminado, y en la plaza había tan
apretada muchedumbre que nunca se vieron tantos cristianos en una
feria.
Mara iba del brazo del hijo del señor Neri, como una señorita, y le
hablaba al oído y se reían, que ya se veía que se divertían mucho.
Jeli no podía más del cansancio, y se quedó dormido sentado en la
acera, hasta que le despertaron los primeros petardos de los fuegos
artificiales. Mara, siempre junto al hijo del señor Neri, apoyaba
ambas manos cruzadas en su hombro, y a la luz de los fuegos parecía,
ora blanca, ora roja. Cuando escaparon cielo arriba los últimos
cohetes en haz, el hijo del señor Neri se volvió hacia ella, que
estaba muy pálida, y le dió un beso.
Jeli no dijo nada; pero en aquel punto se le trocó en veneno toda
la fiesta que hasta entonces había tenido, y tornó a pensar en sus
desgracias, que se le habían olvidado, y en que se había quedado sin
amo y no sabía qué hacer ni adónde ir, y que no tenía pan ni cobijo;
en fin, que era mejor tirarse al barranco, como el "Estrellado", al
que se comían los perros en aquel momento.
Entre tanto, la gente a su alrededor estaba alegre. Mara saltaba con
las compañeras y cantaba por la callejuela pedregosa según volvían a
su casa.
-- ¡Buenas noches! ¡Buenas noches! -- decíanse las compañeras, a
medida que se iban dejando unas con otras.
Mara daba las buenas noches como si cantara, tal contento tenía en la
voz, y el hijo del señor Neri parecía entontecido sido enteramente, y
como si no quisiera dejarla, mientras el señor Agripino y la "señá"
Lía disputaban al abrir la puerta de la casa. Nadie se ocupaba de
Jeli; sólo el señor Agripino se acordó de él, y le preguntó:
-- Y ahora, ¿adónde vas a ir?
-- No lo sé -- dijo Jeli.
-- Mañana ven a buscarme y te ayudaré en encontrar colocación. Por
esta noche vuelve a la plaza donde hemos estado oyendo la banda; ya
encontrarás sitio en algún banco; que lo que es a dormir al sereno
debes estar hecho.
Sí que estaba hecho; pero lo que le daba más pena era que Mara no le
dijese nada y le dejase a la puerta de aquella manera, como a un
mendigo; tanto que se lo dijo al día siguiente, apenas pudo verla a
solas un momento en su casa.
-- ¡Ay, Mara, cómo te olvidas de los amigos!
-- ¿Eres tú, Jeli? -- dijo Mara --. No, no me olvidé de ti. ¡Pero
estaba tan cansada después de los fuegos!
-- ¿Es que quieres al menos al hijo del señor Neri? -- le preguntó
dándole vueltas al cayado entre los dedos.
-- ¡Qué estás diciendo! -- respondió bruscamente la Mara --. ¡Mi
madre está ahí y lo oye todo!