albahaca, cuando el rumor de tu vestido revolucionaba la calleja, si
veía en la ventana de enfrente otro rostro para ella conocidísimo,
sonreía, como si también ella estuviera vestida de seda. ¡Quién sabe
cuán pobres glorias soñaba apoyada en la barandilla, tras la albahaca
olorosa, fija la vista en aquella otra casa enguirnaldada con
sarmientos de vid! La risa de sus ojos no habría acabado en lágrimas
amargas, allá en la ciudad, lejos de las piedras que la habían visto
nacer, y que la conocían, si su abuelo no se hubiese muerto en el
hospital, si su padre no se hubiese ahogado, ni toda su familia se
hubiera dispersado a un golpe de viento funesto, arrastrando a uno de
sus hermanos hasta la cárcel de Pantelleria.
Mejor suerte les cupo a los que se murieron en la batalla de Lissa
el uno, el mayor, aquel que parecía un David de cobre, erguido,
guadaña en mano, e iluminado bruscamente por la llama de la yedra.
Alto y robusto, encendíase en brasas cuando le miraste a la cara con
tus ojos ardientes; murió como buen marinero, sobre la verga del
trinquete, firme en la cuerda, agitando la gorra y saludando por
última vez a la bandera, con su viril y salvaje grito de isleño; el
otro, aquel hombre que en el islote no se atrevía a tocarte el pie
para librarlo del lazo tendido a los conejos, y en el que te habías
prendido de aturdida que eres, se perdió una fosca noche de invierno,
solo, entre las olas desencadenadas separada su barca de la playa,
donde le esperaban los suyos corriendo como locos de un lado a otro,
en sesenta millas de tinieblas y tempestad. Tú no habrías podido
imaginarte el desesperado y tétrico valor de que era capaz para luchar
contra muerte tal el hombre que se atemorizaba ante la obra maestra
de tu zapatero.
Mejor para los que se han muerto y no "comen el pan del rey", como
el pobrecillo que está en la cárcel, ni ese otro pan que come su
hermana; ni andar como la mujer de las naranjas, viviendo de la gracia
de Dios, una gracia harto exigua en Aci-Trezza.
¡Esos, al menos, no han ya menester nada! Así lo dijo también el chico
de la tabernera la última vez que fué al hospital a preguntar por el
viejo y llevarle a hurtadillas esos caracoles estofados, que son tan
buenos de chupar para quien ya no tiene dientes, y halló la cama vacía,
con la colcha extendida y muy limpia, hasta que husmeando por el patio
dió con una puerta toda llena de pedazos de papel, y atisbó por el ojo
de la cerradura una sala muy grande y sonora, y fría en verano, y el
extremo de una mesa de mármol, sobre la cual había una sábana densa y
rígida.
Y pensando que aquéllos al menos ya no habían menester nada, se puso a
chupar uno por uno, por pasar el tiempo, los caracoles que ya no
servían.
Apretando contra tu pecho el manguito de zorro azul, te acordarás con
gusto de haberle dado cien liras al pobre viejo.
Quedan los chiquillos que te escoltaban como chacales y asediaban las
naranjas; siguen revoloteando en torno a la mendiga, levantándole las
sayas, como si tuviese pan escondido, atrapando tronchos de coliflor,
cáscaras de naranja y puntas de cigarro, todo lo que se tira, en fin,
pero que aun debe tener algún valor, puesto que hay gente que de ello
vive; vive tan bien, que aquellos desharrapadillos, gordos y
hambrientos, crecerán entre el barro y el polvo de los caminos, y,
fuertes y robustos como su padre y su abuelo, poblarán Aci-Trezza de
otros tantos pilluelos; pasarán la vida alegremente, echando las
muelas todo el tiempo que pueden, como el abuelo, sin desear más,
rogando a Dios tan sólo que les permita cerrar los ojos donde los
abrieron, en manos del médico del pueblo, que llega todos los días en
su borriquillo, como Jesús, para ayudar a la buena gente que se va.
-- ¡El ideal de la ostra! -- dirás tú --. ¡El ideal de la ostra
precisamente, y no tenemos más motivo para encontrarlo ridículo que
el no haber nacido ostras a nuestra vez.
Por lo demás, el tenaz aferramiento de esa pobre gente al peñasco en
que la fortuna los ha dejado caer, mientras sembraba príncipes aquí y
duquesas allá, esa valiente resignación a una vida trabajosa, esa
religión de la familia, que se refleja en el oficio, en la casa, en
las piedras que las circundan, me parecen -- al menos en este cuarto
de hora -- cosas muy serias y respetables.
Me parece que las inquietudes del pensamiento vagabundo se
adormecerían dulcemente en la serena paz de aquellos sentimientos
suaves y simples, que se sucedan inalterados, en calma, de generación
en generación. Me parece que podría verte pasar al trote de tus
caballos, con el alegre tintineo de sus cascabeles, y saludarte tan
tranquilo.
Acaso porque he intentado ser demasiado en el torbellino que te rodea
y te sigue, me ha parecido ahora leer una necesidad fatal en las
tenaces afecciones de los débiles, en el instinto que tienen los
pequeños de estrecharse unos con otros para resistir a las tempestades
de la vida, y he intentado descifrar el drama modesto e ignorado que
ha destrozado a los plebeyos actores que juntos conocimos. Un drama
que tal vez algún día te contaré, y cuyo nudo me parece que ha de
consistir en esto: que cuando uno de aquellos seres, más débil, más
incauto, o más egoísta que los otros, quiso separarse de los suyos
por deseo de lo ignorado, o por curiosidad de conocer el mundo, pez
voraz se lo tragó, y con él a los suyos. Verás que bajo ese aspecto no
le falta interés al drama. Para las ostras, el argumento más
interesante debe ser el que trata de las insidias del cámbaro, o del
cuchillo del buzo que las arranca de la roca.
JELI EL PASTOR
Jeli, el guardián de caballos, tenía trece años cuando conoció a don
Alfonso, el señorito; pero era tan pequeño, que no alcanzaba a la
panza de la "Blanca", la vieja yegua que llevaba la esquila de la
piara. Veíasele siempre de aquí para allá, por montes y llanos, donde
pastaba su ganado, derecho e inmóvil sobre algún teso o sentado en
una piedra. Su amigo don Alfonso, cuando estaba de veraneo, iba a
buscarle todos los días de Dios a Tebidi, y partían los buenos bocados
del amito, el pan de maíz del pastorcito y la fruta robada al vecino.
Al principio, Jeli trataba de "excelencia" al señorito, como es uso en
Sicilia; pero luego que se hubieron zurrado de lo lindo, su amistad se
estableció sólidamente. Jeli enseñaba a su amigo a trepar hasta los
nidos de pegas, en las copas de los nogales, más altas que el
campanario de Licodia; a cazar un pájaro al vuelo de una pedrada o a
montarse de un salto a pelo en las yeguas sin domar aún, agarrando por
la crin a la primera que se ponía a tiro, sin asustarse de los
relinchos de cólera de los potros salvajes ni de sus saltos
desesperados. ¡Ah, qué escapatorias por los campos segados, con las
crines al viento! ¡Los buenos días de abril, cuando el aire
encrespaba en ondas la hierba verde, y las yeguas relinchaban en los
pastizales! ¡Los claros mediodías estivales, en que el campo blancuzco
callaba bajo el cielo fosco, y los saltamontes brincaban entre los
surcos, como si los rastrojos se incendiasen! El limpio cielo de
invierno, a través de las desnudas ramas de los almendros, que se
estremecían al soplo del cierzo, y el sendero que resonaba helado
bajo los cascos de los caballos, y las alondras que cantaban en lo
alto buscando el calor y el azul. Las hermosas noches de verano, en
que subían poco a poco, como la niebla, el buen olor del heno, en que
se hundían los codos; el melancólico zumbido de los insectos
nocturnos, y aquellas dos notas de la flauta de caña de Jeli, las
mismas siempre -- ¡iuh, iuh, iuh! --, que hacían pensar en las cosas
lejanas, en la fiesta de San Juan, en la Nochebuena, en el alba de la
jira campestre, en todos los acontecimientos ya pasados, que a lo
lejos parecen tristes y hacen mirar a lo alto, húmedos los ojos, como
si todas las estrellas que van encendiéndose en el cielo lloviesen en
el corazón y le inundasen.
Jeli no tenía semejantes melancolías; estábase sentado en un ribazo,
hinchados los carrillos, dado a tocar y más tocar -- ¡iuh, iuh,
iuh! --. Luego reunía la piara a fuerza de gritos y pedradas y la
empujaba a la cuadra, más allá del Cerro de La Cruz.
Subía anhelante la cuesta del otro lado del valle, y gritábale a veces
a su amigo Alfonso:
"¡Llama al perro; ¡eh!, llama al perro!" O también: "Tírale una piedra
al _zaino_, que está antojado y va parándose a cada paso en las matas
del valle." O: "Mañana llévame una aguja gruesa, de las de la "señá"
Liá."
Sabía hacer toda clase de labores de aguja, y llevaba consigo un lío
de trapos para remendarse los calzones y las mangas del jubón; sabía
tejer asimismo trencillas de crin de caballo, y él mismo se lavaba
también con creta del valle el pañuelo que se ponía al cuello cuando
tenía frío. En suma: con tal de tener su zurrón, no tenía necesidad
de nadie en el mundo, aunque estuviera en los bosques de Resendone
o perdido en lo último de la llanada de Caltagirono. La "señá" Lía
solía decir:
-- Ahí tenéis a Jeli el pastor; como ha estado siempre sólo por el
campo, cual si le hubieran parido sus yeguas, sabe manejárselas.
Por lo demás, es muy verdad que Jeli no tenía necesidad de nadie; pero
todos los de la hacienda habrían hecho de buen grado cualquier cosa
por él, porque era un chico servicial y siempre había que ir a pedirle
algo. La "señá" Lía le cocía el pan por amor del prójimo, y él se lo
pagaba con preciosos castillos de mimbre para los huevos, mesas de
caña y otras cosillas.
-- Hagamos lo que sus animales -- decía la "señá" Lía --, que se
rascen el pescuezo por turno.
En Tebidi todos le conocían desde pequeño, cuando aun no se le veía
entre las colas de los caballos, según pastaban en el llano del
literero, y a sus ojos puede decirse que había crecido, aunque nadie
le viese nunca, andando, como andaba, de una parte a otra con su
ganado. "Había caído del cielo, y la tierra lo había recogido", que
dice el proverbio, como los que no tienen casa ni padres. Su madre
estaba sirviendo en Vizzini, y no le veía más que una vez al año,
cuando iba él con los potros a la feria de San Juan, y el día que se
murió fueron a llamarlo, tal que un sábado, por la noche, y el lunes
ya había vuelto Jeli a la piara; de suerte que no perdió ni un día;
pero volvió tan desolado el pobre chico, que los potros se le
escapaban a veces por los sembrados.
-- ¡Eh, Jeli! -- gritábale entonces el señor Agripino desde la era --.
¿Es que quieres probar el vergajo de las fiestas, hijo de perra?
Jeli se echaba a correr tras los potros desmandados y los llevaba poco
a poco hacia el monte. Pero ante los ojos tenía siempre a su madre,
con la cabeza envuelta en aquel pañuelo blanco, sin hablar ya.
Su padre estaba de vaquero en Ragoleti, pasado Licodia, "donde se
respiraba la malaria", según decían los campesinos de los alrededores;
pero en los terrenos pantanosos, los pastos son buenos y las vacas no
cogen las fiebres. Jeli, pues, estábase en el campo todo el año, bien
en Donferrante, ya en los cercados de La Encomienda o en el valle del
Tacitano, y los cazadores o los caminantes que tomaban los atajos
veíanlo siempre de aquí para allá, como perro sin amo. No lo pasaba
mal, porque estaba acostumbrado a ir con los caballos, que andaban paso
al paso delante de él buscando el trébol, y con los pájaros, que
revoloteaban en bandadas a su alrededor, en tanto el sol hacía su lento
viaje, hasta que se alargaban las sombras, deshaciéndose luego; tenía
tiempo para ver amontonarse las nubes poco a poco, figurando montes y
valles; sabía cómo sopla el viento cuando hay temporal y de qué color
son las nubes cuando está para nevar. Cada uno tenía su aspecto y
significación, y había siempre cosas que ver y que oír a todo hora del
día. Así, cuando al anochecer, el pastor se ponía a tocar en su flauta
de saúco, la yegua negra se acercaba, masticando trébol, y se quedaba
mirándole fijamente, con grandes ojos pensativos.
Donde únicamente le daba melancolía era en las desiertas landas de
Passanitello, donde no hay un arbusto ni una mata, y en los meses de
calor no vuela un pájaro. Los caballos reuníanse en coro, con la
cabeza baja, para hacerse sombra los unos a los otros, y en los largos
días de la trilla llovía aquella gran luz silenciosa, siempre igual y
agobiante, durante diez y seis horas.
Pero donde el pasto era abundante y los caballos estaban a gusto, el
muchacho se ocupaba en cualquier otra cosa; hacía jaulas de caña para
grillos, pipas incrustadas y cestillos de junco con cuatro asas; sabía
levantar un cobijo cuando la tramontana empujaba hacia el valle las
largas hileras de cuervos, o cuando las cigarras batían las alas al
sol que abrasaba los rastrojos; asaba las bellotas del encinar en las
brasas de los sarmientos de zumaque, que parecíale comer tostadillas, o
cocía las grandes rebanadas de pan cuando empezaba a tener la barba del
moho, pues que cuando estaba en Passanitello durante el invierno los
caminos se ponían tan malos que, a las veces, transcurrían quince días
sin que por ellos pasara alma viviente.
Don Alfonso, que estaba pegado a las faldas de su madre, envidiaba a su
amigo Jeli el zurrón en que llevaba todo su menaje, el pan, las
cebollas, la botellita de vino, el pañuelo para el frío, el lío de
trapos con el hilo y las agujas gruesas, la cajita de hojalata con la
yesca y el pedernal; le envidiaba también la soberbia yegua "Pía", el
animal aquel de los rizos enhiestos en la frente, que tenía tan malos
ojos e hinchaba las narices como un mastín receloso cuando alguien
quería montarla. De Jeli, por el contrario, se dejaba montar y rascar
las orejas, que le gustaba mucho, y se estaba quieta a escuchar lo que
le decía.
-- Deja a la "Pía" -- le recomendaba Jeli --. No es mala; pero no te
conoce.
Luego que Scordu, el recovero, se llevó la yegua calabresa que había
comprado por San Juan, para que se la tuviesen con el ganado hasta
la vendimia, el potro zaino, una vez huérfano, no se daba paz y
correteaba monte arriba con largos y lamentosos relinchos, al viento
las crines. Jeli corría tras él, llamándolo con fuertes gritos, y el
potro se detenía a escuchar, tenso el pescuezo y erguidas las orejas,
acariciándose los flancos con la cola. "Como le han quitado la madre,
no sabe lo que le pasa -- observaba el pastor --. Hay que estarle a
la mira, porque sería capaz de tirarse precipicio abajo. También yo
cuando se me murió mi madre andaba a ciegas."
Cuando el potro comenzó de nuevo a oliscar el trébol y a darle unas
cuantas dentelladas de mala gana, repetía: "Mira, poco a poco empieza
a olvidársele. Pero también a él le venderán. Los caballos nacen para
que se los venda, como los corderos para el matadero y las nubes para
traer la lluvia. Sólo los pájaros no tienen más que hacer que cantar y
volar todo el día."
No se le ocurrían las ideas rápidamente y una tras otra, porque rara
vez había tenido con quien hablar, y por eso no tenía prisa de
sacárselas de la cabeza, donde estaba acostumbrado a que surgieran
poco a poco, como las yemas de los árboles bajo el sol. "También los
pájaros -- añadió -- tienen que buscarse el cebo, y cuando la nieve
cubre la tierra se mueren."
Luego reflexionó un momento. "Tú eres como los pájaros; pero cuando
llega el invierno te puedes estar al fuego sin hacer nada."
Don Alfonso contestaba que también él tenía que ir a aprender al
colegio. Jeli entonces abría mucho los ojos y se hacía todo oídos si
el señorito se ponía a leer, mirando al libro y a él con ojos
desconfiados, y permaneciendo atento, con ese ligero temblor de
párpados que indica la intensidad de atención en los animales que más
se acercan al hombre. Le gustaban los versos, que le acariciaban el
oído con la armonía de una canción incomprensible, y a veces fruncía
las cejas, sacaba la barbilla y parecía como si en su interior se
estuviera forjando un grave pensamiento; entonces decía que sí con la
cabeza, sonriendo burlonamente, y se rascaba la cabeza. Cuando luego
el señorito poníase a escribir, para hacer ver todas las cosas que
sabía, Jeli se habría estado mirándolo horas enteras, y de pronto
dejaba escapar una mirada de desconfianza. No podía comprender que
se pudiesen repetir en el papel las palabras que él había dicho o que
había dicho don Alfonso, y aun cosas que no había pronunciado su boca;
tanto, que acababa por echarse atrás, incrédulo, con maliciosa sonrisa.
Toda idea nueva que llamaba a su cabeza queriendo entrar dábale que
sospechar, y parecía como si la oliscase con la misma salvaje
desconfianza que su yegua "Pía". Pero no se maravillaba de nada; si le
hubieran dicho que en la ciudad los caballos van en coche, se habría
quedado impasible, con esa máscara de indiferencia oriental que
constituye la dignidad del campesino siciliano. Parecía atrincherarse
instintivamente en su ignorancia, como si fuese la fuerza de su
pobreza. Siempre que le faltaban argumentos repetía: "Yo no sé nada.
Yo soy pobre", con una sonrisa obstinada que quería ser maliciosa.
Había pedido a su amigo Alfonso que le escribiera el nombre de Mara
en un pedazo de papel que había encontrado quién sabe dónde, porque
recogía cuanto veía por el suelo y lo había puesto en el lío de los
trapos. Un día, luego de estar un rato callado, mirando muy pensativo
de una parte a otra, dijo serio, serio:
-- Yo tengo mi novia.
Alfonso, aunque sabía leer, abrió los ojos desmesuradamente.
-- Sí -- repitió Jeli --; Mara, la hija del señor Agripino, que estaba
aquí, y que ahora está en Marineo, en ese caserío tan grande del llano
que se ve desde el teso del Literero, allá arriba.
-- Conque... ¿te casas?
-- Sí; cuando sea mayor y tenga seis onzas de salario al año. Mara no
sabe nada todavía.
-- ¿Por qué no se lo has dicho?
Jeli movió la cabeza y se dió a reflexionar. Luego desató el lío y
desdobló el papel que había hecho que le escribiera.
-- Es verdad que aquí dice Mara; lo ha leído don Jesualdo, el guarda,
y fray Colás, cuando bajó en busca de las habas. Uno que sepa
escribir -- observó luego -- es como uno que conservase bien las
palabras en la caja del eslabón y pudiese llevarlas en el bolsillo y
mandarlas aquí y allá.
-- ¿Qué vas a hacer ahora con ese pedazo de papel, tú que no sabes
leer? -- le preguntó Alfonso.
Jeli se encogió de hombros; pero continuó doblando cuidadosamente su
papel escrito en el envoltorio de los trapos.
Había conocido a la Mara cuando niña, que bien se pegaron al
encontrarse en el valle, cogiendo moras en las zarzas. La chiquilla,
que sabía que "aquello era cosa suya", agarró a Jeli por el pescuezo,
como un ladrón. Se dieron sus buenas puñadas, por turno riguroso, como
hace el tonelero con los aros de los toneles, y cuando se cansaron,
calmáronse poco a poco, según se tenían agarrados.
-- ¿Tú quién eres? -- le preguntó Mara.
Y al ver que Jeli, más salvaje, no decía quién era:
-- Yo soy Mara, la hija del señor Agripino, que es el campero de todos
estos campos.
Jeli entonces soltó la presa sin decir nada, y la chica se puso a
recoger las moras que se le habían caído por el suelo, mirando de
reojo de cuando en cuando a su adversario con curiosidad.
-- Del otro lado del puentecillo, en el seto del huerto, hay muchas
moras muy gordas -- añadió la pequeña -- y se las comen las gallinas.
Jeli, en tanto, se alejaba paso a paso, y Mara, luego que le siguió
con los ojos hasta que se perdió en el encinar, volvió las espaldas a
su vez y fuese corriendo a casa.
Pero desde aquel día empezaron a domesticarse. Mara iba a hilar estopa
al parapeto del puentecillo, y Jeli empujaba el ganado poco a poco
hacía las faldas del Cerro del Bandido. Al principio quedábase
apartado de ella, revoloteándole alrededor, mirándola de lejos con
aire desconfiado, y poco a poco iba acercándosele con paso cauteloso
de perro acostumbrado a las pedradas. Cuando al cabo se encontraban
juntos, permanecían horas enteras sin abrir la boca; Jeli, observando
atentamente el intrincado trabajo de media que habíale mandado hacer
su madre a Mara, o viéndole ella a él incrustar caprichosos zigzag en
las varas de almendro. Luego íbanse cada cual por su lado sin decirse
palabra, y la niña, cuando llegaba a la vista de su casa, se echaba a
correr, levantándosele las sayas sobre las coloradas piernezuelas.
Por el tiempo de los higos chumbos, fuéronse a la espesura del
matorral, a comer higos todo el santo día. Vagabundeaban juntos bajo
los nogales seculares, y Jeli vareaba las nueces, que llovían como
granizo; la niña se daba a recoger con gritos de júbilo cuantas podía,
y luego escapaba a toda prisa, cogiéndose las dos puntas del delantal
y tambaleándose como una viejecilla.
En todo el invierno Mara no se atrevió a asomar la nariz con aquel
frío tan grande. A veces, al anochecer, veíase el humo de las fogatas
de zumaque, que Jeli hacía en el Llano del Literero o en el Cerro de
la Abundancia, para no quedarse aterido, igual que los abejarucos que
encontraba por las mañanas detrás de una piedra, o al reparo de su
surco. También a los caballos les gustaba menear un poco la cola en
torno al fuego, y se le apretaban unos con otros para calentarse.
Con el marzo volvieron las alondras al llano, los pájaros al tejado,
las hojas y los nidos a los setos, y Mara volvió a andar en compañía
de Jeli sobre la blanda hierba, entre las matas en flor, bajo los
árboles todavía desnudos que empezaban a pintarse de verde. Jeli se
metía entre los espinos como un sabueso para coger los nidos de
mirlos, que le miraban espantados con sus ojillos de pimienta; los dos
niños llevaban muchas veces entre la camisa conejitos desencamados,
casi pelados aún, mas ya con largas e inquietas orejas, correteaban
por los campos tras la piara de los caballos, entraban en los
rastrojos tras los segadores, paso a paso, con el ganado, deteniéndose
cada vez que una yegua se paraba a arrancar un matojo. Por la noche,
al llegar al puentecillo, se marchaban cada cual por su lado sin
decirse adiós.
Así pasaron todo el verano. Entre tanto, el sol empezaba a ponerse
tras el cerro de la Cruz, y los pardillos iban siguiéndole hacia la
montaña según obscurecía, por entre las chumberas. Ya no se oían
grillos ni cigarras y a aquella hora difundíase por el aire como una
gran melancolía.
Por entonces llegó a la cabaña de Jeli su padre, el vaquero, que había
cogido la malaria en Ragoleti, y ni aun tenerse sobre el burro que le
llevaba podía. Jeli encendió el fuego a toda prisa y corrió "a las
casas" a buscar algún huevo de gallina.
-- Extiende un poco de paja junto al fuego -- le dijo su padre --, que
siento que me vuelve la fiebre.
El calofrío de la calentura era tan grande, que el compadre Menu,
sepultado bajo su gran tabardo, la albarda del asno y el zurrón de
Jeli, temblaba como las hojas en noviembre ante la hoguera de
sarmientos, que le hacía una cara blanca como la de un muerto. Los
hombres de la hacienda iban a preguntarle:
-- ¿Cómo va, compadre Menu?
El pobrecillo no respondía más que con un quejido como el de un
perrillo nuevo.
-- Es malaria de la que mata como un escopetazo -- decían los amigos
calentándose las manos al fuego.
Llamaron asimismo al médico; pero eran dinero despilfarrados, porque
la enfermedad era tan clara que un niño sabría curarla; ya si la
fiebre no era de las que matan de todos modos, con el sulfato se
curaba en seguida. El compadre Menu se gastó un ojo de la cara en
sulfato, pero era lo mismo que echarlo al pozo.
-- Toma un buen cocimiento de "eucalitus", que no cuesta nada --
sugería el señor Agripino --; y si tampoco sirve como el sulfato,
por lo menos no te arruinas gastando.
Tomaba el cocimiento de eucalipto, y la fiebre le volvía con más
fuerza. Jeli asistía a su padre lo mejor que sabía. Todos las mañanas,
antes de salir con los potros, le dejaba el cocimiento preparado en
la gamella, el haz de sarmientos a mano, los huevos en la ceniza
caliente, y volvía temprano a la noche, con la leña, la botella de
vino y algún pedazo de carne de carnero que había ido a comprar a
Licodia. El pobre muchacho hacíalo todo con garbo, como una buena ama
de casa, y su padre, según le seguía con cansados ojos en sus
quehaceres por la cabaña, sonreía de cuando en cuando, pensando que
el chico sabría salir adelante cuando se quedara solo.
Los días en que remitía la fiebre algunas horas, el compadre Menu se
levantaba todo descompuesto, con el pañuelo atado a la cabeza, y se
ponía a la puerta a esperar a Jeli mientras calentaba el sol. Cuando
Jeli dejaba caer junto a la puerta el haz de leña y ponía sobre la
mesa la botella y los huevos, le decía: