día siguiente de la muerte de su vieja y por no haberse puesto de
negro; el señor cura la regañó mucho cuando el domingo la vió a la
puerta de su casa cosiéndose el delantal que había mandado teñir,
único y pobre luto, y tomó argumento de ello para predicar en la
iglesia contra la mala costumbre de no observar las fiestas y los
domingos. La pobre muchacha, para que le fuese perdonado tan gran
pecado, fué a trabajar dos días a las tierras del cura, a fin de que
dijese la misa por su muerta el primer lunes del mes; y los domingos,
cuando las mozas vestidas de fiesta se apartaban de ella en el banco
y se reían, y los mozos, al salir de la iglesia, le decían groseros
piropos, se arrebujaba en su mantilla todo rota y apresuraba el paso,
bajando los ojos, sin que un mal pensamiento turbase la serenidad de
su rezo, o se decía a sí misma, a modo de merecido reproche: "¡Soy tan
pobre!"; o también, mirándose los brazos: "¡Bendito sea el Señor que
me los ha dado!", y seguía andando tan sonriente.
Una noche -- había apagado poco hacía la luz --, oyó en el sendero una
voz que cantaba hasta desgañitarse, con la melancólica cadencia
oriental de las canciones campesinas:
"Ya falta poco pa que te vea, niña del alma..."
-- ¡Es Janu! -- dijo en voz baja, saltándole el corazón dentro del
pecho como un pájaro espantado, y escondió la cabeza entre las
sábanas.
Al día siguiente, cuando abrió la ventana, vió a Janu con su traje
nuevo de fustán, en cuyos bolsillos quería meter a la fuerza sus
manazas morenas y encallecidas en el trabajo, asomando coquetonamente
de la escarcela del farseto un flamante pañuelo de seda; Janu estaba
tomando el sol de abril, apoyado en la tapia del huerto.
-- ¡Janu! -- dijo ella como si nada supiese.
-- ¡Se te saluda! -- exclamó el mozo con su mejor sonrisa.
-- ¿Qué haces ahí?
-- Vengo de la Plana.
La muchacha sonrió y miró a las alondras que saltaban aún por el verde
en la temprana hora matinal.
-- Has vuelto con las alondras.
-- Las alondras van adonde encuentran mijo, y yo, adonde hay pan.
-- ¿Cómo, qué dices?
-- El amo me ha echado.
-- ¿Por qué?
-- Porque había cogido las fiebres y no podía trabajar más que tres
días por semana.
-- ¡Ya se ve! ¡Pobre Janu!
-- ¡Maldita Plana! -- imprecó Juan, extendiendo el brazo hacia la
llanura.
-- ¿Sabes que mi madre?... -- dijo Nedda.
-- Me lo ha dicho el tío Juan.
Ella no dijo más, y miró al huertecillo del otro lado de la tapia.
Humeaban los guijarros húmedos; las gotas de rocío relucían sobre cada
brizna de hierba; los almendros en flor susurraban levemente, y dejaban
caer sobre el tejadillo de la casa sus flores blancas y rosadas que
embalsamaban el aire; un gorrión, petulante y temeroso a un tiempo,
piaba estrepitosamente, amenazando a su manera a Janu, que con su
rostro desconfiado parecía acechar el nido, del que asomaban entre las
tejas algunas pajas indiscretas. La campana de la iglesia llamaba a
misa.
-- ¡Qué gusto que da oír "nuestra" campana! -- exclamó Janu.
-- Esta noche he conocido tu voz -- dijo Nedda poniéndose colorada
y hurgando con una horquilla la tierra del tiesto en que tenía sus
flores.
El se volvió y encendió la pipa como hacen los hombres.
-- ¡Adiós, me voy a misa! -- dijo bruscamente Nedda, echándose atrás
luego de largo silencio.
-- Toma, te he traído esto de la ciudad -- le dijo el mozo desatando
su pañuelo de seda.
-- ¡Ay, qué bonito! ¡Pero esto no es para mí!
-- ¿Por qué? ¡Si no te cuesta nada! -- respondió el mozo con lógica
campesina.
Ella se puso colorada, como si tanto gasto le hubiera dado cabal idea
de los cálidos sentimientos del mozo; se lanzó, sonriente, una mirada
entre acariciadora y salvaje, y cuando oyó los recios zapatones de él
sobre los guijarros del sendero, se asomó para acompañarle con los
ojos, según iban andando.
En misa, las mozas del lugar pudieron ver el precioso pañuelo de Nedda,
con aquellas rosas estampadas que daban ganas de comérselas, sobre las
que el sol, brillando a través de los vidrios de la iglesia, reflejaba
sus más alegres rayos. Cuando pasó junto a Janu, que estaba al lado,
junto al primer ciprés del atrio, apoyado de espaldas al muro, fumando
su pipa, sintió un gran calor en el rostro y que el corazón le latía
en el pecho con violencia, y echó a andar ligera. El mozo la siguió,
silbando, viéndola cómo andaba de prisa, sin volver la cabeza, con su
traje nuevo de fustán que hacía pesados y elegantes pliegues, sus
zapatos y su mantilla flamante. La pobre hormiga, ahora que su madre,
ya en el cielo, no era una carga para ella, había logrado hacerse un
poco de ropa con su trabajo. ¡Entre tantas miserias como tiene el
pobre, hay al menos el alivio que traen consigo las pérdidas más
dolorosas!
Nedda oía tras de sí, con grande placer o miedo -- no sabía cuál de las
dos cosas -- los pesados pasos del mozo, y veía sobre el polvo blancuzco
de la carretera, recta e inundada de sol, otra sombra que de cuando en
cuando se apartaba de la suya. De pronto, cuando estuvo a la vista de
su casucha, se dió a correr como una cervatilla asustada. Janu la
alcanzó, ella se apoyó en el umbral, toda ruborizada y sonriente, y
le puso la mano en el hombro.
-- ¡Eh, tú!
El se apartó con galantería un tanto rústica.
-- ¿Cuánto te ha costado el pañuelo? -- preguntó Nedda quitándoselo
de la cabeza, para extenderlo al sol y contemplarlo gozosa.
-- Cinco liras -- respondió Janu un poco amoscado.
Ella sonrió sin mirarle; dobló con mucho cuidado el pañuelo, fijándose
en la señal que habían dejado los pliegues, y se puso a canturrear
una cancioncilla que no se le venía a la boca de mucho tiempo atrás.
El puchero roto sobre la barandilla abundaba en capullos de claveles.
-- ¡Qué lástima -- dijo Nedda -- que no los haya abiertos! -- y
cortando el capullo más hermoso, se lo dió.
-- ¿Qué quieres que haga con él, si no está abierto? -- dijo él sin
comprenderla, y lo tiró.
Ella volvió la cara.
-- Y ahora, ¿dónde vas a ir a trabajar? -- le preguntó luego de un
momento.
El levantó la cabeza:
-- ¡Donde vayas tú mañana!
-- Iré a Bongiardo.
-- Trabajo encontraré; lo que hace falta es que no me vuelvan las
fiebres.
-- Para eso es menester no estarse al sereno por las noches, cantando
al pie de las puertas -- díjole ella muy colorada, apoyándose en el
quicio con cierta coquetería.
-- Si tú no quieres, no lo haré más.
Ella le dió un capirotazo y escapó adentro.
-- ¡Ohé, Janu! -- llamó desde la calzada el tío Juan.
-- ¡Voy! -- gritó Janu; y a la Nedda --: Si me llevas contigo,
también iré yo a Bongiardo.
-- Hijo mío -- le dijo el tío Juan cuando estuvo en la calzada -- la
Nedda no tiene ya a nadie, y tú eres un buen muchacho; pero no está
bien que vayáis juntos. ¿Entiendes?
-- Entiendo, tío Juan; pero, si Dios quiere, después de la siega,
cuando haya apartado los pocos cuartos que hacen falta, no estará mal
que vayamos juntos.
Nedda, que había oído detrás de la tapia, se puso colorada, aunque
nadie la veía.
Al día siguiente, antes de amanecer, cuando se asomó a la puerta para
salir, se encontró a Janu con su hatillo colgado del bastón.
-- ¿Adónde vas? -- le preguntó.
-- También voy a Bongiardo a buscar trabajo.
Los pajarillos, despiertos a las voces matutinas, comenzaron a piar
dentro del nido. Janu colgó de su bastón asimismo el hatillo de Nedda,
y echaron a andar con paso ligero, mientras el cielo se teñía en el
horizonte con las primeras llamas del día y el vientecillo se
agudizaba.
En Bongiardo había trabajo para todo el que lo quisiera. El precio del
vino había subido, y un rico propietario roturaba un gran trecho de
cercados para plantar viñedos. Los cercados daban 1.200 liras al año
de altramuces y aceite; plantados de viñedo, darían en cinco años doce
o trece mil liras, con sólo emplear diez o doce mil; la corta de los
olivos cubriría la mitad de los gastos. Era, como se ve, una
especulación excelente, y el propietario pagaba de buen grado un gran
jornal a los trabajadores empleados en la roturación: treinta cuartos
a los hombres y veinte a las mujeres, sin sopa; cierto que el trabajo
era un tanto cansado y que se dejaban en él incluso los harapos que
constituían todo el traje de los días de trabajo; pero Nedda no estaba
acostumbraba a ganar veinte cuartos diarios.
El mayoral se percató de que Janu, al llenar las esportillas de
piedra, dejaba siempre las más ligera para Nedda, y le amenazó con
echarle. El pobre diablo, para no perder el pan, tuvo que contentarse
con descender de treinta a veinte cuartos.
Lo malo era que aquellas tierras casi incultas no tenía gañanía, y
hombres y mujeres tenían que dormir todos revueltos en una cabaña sin
puertas, de suerte que las noches eran más bien frías. Janu decía
siempre que tenía calor, y dábale a Nedda su chaqueta de fustán, para
que se tapase bien. El domingo, toda la brigada se puso en camino
en distintas direcciones.
Janu y Nedda habían tomado por el atajo e iban atravesando el castañar,
charlando, riendo, cantando a ratos y haciendo sonar los cuartos en
los bolsillos. Calentaba el sol como en junio; los lejanos prados
empezaban a amarillear; las sombras de los árboles tenían algo de
festivo, y la hierba que allí crecía estaba aún verde y fresca.
Hacia mediodía sentáronse en la hierba, para comer su pan moreno
y sus blancas cebollas. Janu tenía también vino, buen vino de Mascalí,
que ofrecía a Nedda con largueza, y la pobre muchacha, que no estaba
hecha a ello, sentía la lengua áspera y que le pesaba la cabeza. De
trecho en trecho se miraban y se reían sin saber por qué.
-- Si fuésemos marido y mujer, podríamos comer y beber juntos todos
los días -- dijo Janu con la boca llena.
Nedda bajó los ojos, porque él la miraba de cierta manera.
Reinaba el profundo silencio del mediodía; las más pequeñas hojas
estaban inmóviles; las sombras eran escasas; difundido en el aire,
había una calma, un sopor, un zumbido de insectos que pesaba
voluptuosamente sobre los párpados. De pronto, una ráfaga de aire
fresco que venía del mar hizo susurrar las más altas copas de los
castaños.
-- El año será bueno para pobres y ricos -- dijo Janu --, y si Dios
quiere, para la siega apartaré... ¡y si tú me quieres!... -- y le
ofreció la botella.
-- No, no quiero beber más -- dijo ella, rojas las mejillas.
-- ¿Por qué te pones colorada? -- dijo él riéndose.
-- No te lo quiero decir.
-- ¿Porque has bebido?
-- ¡No!
-- ¿Porque me quieres?
Ella le dió un puñetazo en el hombro y se echó a reír también.
Oyóse de lejos el rebuzno de un asno que olía la hierba fresca.
-- ¿Sabes por qué rebuznan los burros? -- preguntó Janu.
-- Dilo tú que lo sabes.
-- Sí que lo sé; rebuznan porque están enamorados -- díjole él con
risa grosera; y la miró fijamente.
La muchacha bajó los ojos, como si viese llamas en ellos, y le pareció
como si todo el vino que había bebido se le subiese a la cabeza, y
todo el ardor de aquel cielo de metal le penetrase en las venas.
-- ¡Vámonos! -- exclamó entristecida, moviendo la cabeza, que le
pesaba.
-- ¿Qué tienes?
-- No lo sé, pero vámonos.
-- ¿Me quieres?
Nedda bajó la cabeza.
-- ¿Quieres ser mi mujer?
Ella le miró serenamente y estrechó entre las suyas, morenas, las
callosas manos de él; pero se puso de rodillas, que le temblaban para
levantarse. El la detuvo por el vestido, como extraviado, balbuciendo
palabras sin sentido, sin saber lo que se hacía.
Cuando se oyó cantar al gallo en una haciendo próxima, Nedda se
levantó sobresaltada y miró en derredor suyo, espantada.
-- ¡Vámonos! ¡Vámonos! -- dijo toda colorada y con prisa.
Según estaba para volver la esquina de su casita, se detuvo un momento
temblorosa, como si temiera encontrar a su viejecica a la puerta,
desierta seis meses hacía.
Llegó la Pascua, la gaya fiesta de los campos con sus gigantescas
hogueras, sus alegres procesiones por entre los verdes prados, bajo
los árboles cargados de flores, vestida de gala la iglesia,
enguirnaldadas las puertas de las casas y las mozas con sus trajes
nuevos de verano. A Nedda viósele alejarse del confesionario llorando,
y no compareció entre las muchachas arrodilladas ante el coro en espera
de comunión. Desde aquel día ninguna moza honrada le dirigió la
palabra, y cuando iba a misa no encontraba sitio en el banco de
siempre, y le era menester estarse todo el tiempo de rodillas; si la
veían llorar, pensaban quién sabe en qué pecados, y le volvían
horrorizadas la espalda, y los que le daban trabajo aprovechábanse de
ello para rebajarle el jornal.
Nedda esperaba a su novio, que había ido a segar a la Plana para
reunir los cuartos necesarios para poner la casa y pagar al señor
cura.
Una noche, según estaba hilando, oyó que se paraba al cabo del sendero
un carro de bueyes, y vió aparecer antes su ojos a Janu, pálido y
demudado.
-- ¿Qué tienes? -- le dijo.
-- He estado malo. Me han vuelto a dar las fiebres allá abajo, en esa
maldita Plana; he perdido más de una semana de trabajo y me he comido
los pocos cuartos que había reunido.
Ella entróse a toda prisa, descosió el jergón y quiso darle los
pequeños ahorros que había atado en el fondo de una media.
-- No -- dijo él --. Mañana iré a Mascalucia, a la poda de los olivos,
y no necesitaré ya nada. Después del la poda nos casaremos.
Hízole esta promesa tristemente, apoyado en el quicio de la puerta,
con el pañuelo alrededor de la cabeza y mirándola con ojos relucientes.
-- ¡Tú tienes fiebre! -- le dijo Nedda.
-- Sí, pero ahora que estoy aquí ya, se me quitará; de todos modos,
no me da más que cada tres días.
Ella le miraba sin hablar, y el corazón se le encogía al verle tan
pálido y enflaquecido.
-- ¿Y podrás tenerte en las ramas altas? -- le preguntó.
-- ¡Dios proveerá! -- respondió Janu --. Adiós, no puedo hacer esperar
al carretero que me ha hecho un lugar en su carro desde la Plana hasta
aquí. ¡Hasta la vista!
Y no se movía. Cuando el cabo se marchó, ella le acompañó hasta la
carretera, y le vió alejarse, sin una lágrima, aunque le parecía que
le veía irse para siempre; el corazón se le encogió nuevamente, como
una esponja no exprimida bastante; nada más; él la llamó despidiéndose
desde la revuelta del camino.
Tres días después oyó un gran murmullo por aquel mismo lado. Se
asomó a la tapia y vió, en medio de un corro de campesinos y comadres,
a Janu tendido sobre una escalera de mano, pálido como un trapo lavado,
vendada la cabeza con un pañuelo todo lleno de sangre. Por la vía
dolorosa, antes de llegar a su casa, él teniéndola por la mano, le
contó cómo, con la debilidad de las fiebres, se había caído desde lo
alto de un árbol, hiriéndose de aquel modo.
-- ¡Te lo decía el corazón! -- murmuró con triste sonrisa.
Ella le escuchaba con sus grandes ojos muy abiertos, pálida como él,
y cogida de su mano. Al día siguiente se murió.
Entonces Nedda, sintiendo que se movía en su seno algo que el muerto
le dejaba en triste recuerdo, corrió a la iglesia a rogar por él a la
Virgen Santa. En el atrio se encontró al cura, que sabía su vergüenza,
escondió el rostro en la mantilla y se volvió atrás, acobardada.
Ahora, cuando buscaba trabajo se le reían en la cara, no por
escarnecer a la doncella culpable, sino porque la pobre madre no podía
trabajar como antes. Luego de las primeras negativas y de las primeras
risas, no osó buscar más, y se encerró en su casa, como herido
pajarillo que se refugia en su nido. Los pocos cuartos reunidos en la
media fuéronse uno tras otro, y después de los cuartos, el vestido
nuevo y el pañuelo de seda. El tío Juan las socorría lo poco que
podía, con esa caridad indulgente y reparadora, sin la cual la moral
del cura es injusta y estéril, y así impidió que se muriera de hambre.
La muchacha dió a luz una niña raquítica y débil; cuando le dijeron
que no era varón, lloró como había llorado la noche en que se cerró
la puerta de su casa, luego de haber salido el féretro, y se encontró
sin su madre; pero no quiso que la echasen al torno.
-- ¡Pobre hija! ¡Que empiece a sufrir lo más tarde posible! -- dijo.
Las comadres la llamaban desvergonzada porque no había sido hipócrita,
porque no era desnaturalizada. La pobre niña le faltaba la leche, pues
que a su madre le faltaba el pan. Se desnutrió rápidamente, y en vano
Nedda intentó exprimir en aquellos diminutos labios hambrientos la
sangre de su seno. Una noche de invierno, al anochecer, en tanto la
nieve caía sobre el tejado, y el viento golpeaba la puerta mal
cerrada, la pobre niña, fría, lívida, contraídas las manecitas, fijó
sus ojos vidriados en los ardientes de la madre, dió una sacudida y
no se movió más.
Nedda la zarandeó, la apretó contra su seno con ímpetu salvaje,
intentó calentarla con su aliento y sus besos y cuando se convenció
de que estaba muerta, la dejó sobre la cama en que había dormido su
madre, y se arrodilló ante ella, secos y extraviados los ojos, fuera
de las órbitas.
-- ¡Dichosas vosotras que estáis muertas! -- exclamó --. ¡Bendita
seas, Virgen Santa, que me has quitado a mi hija para que no sufra
como yo!
CAPRICHO
(Fantasticheria)
Una vez, al pasar el tren por Aci-Trezza dijiste, asomándote a la
ventanilla del vagón: "¡Quisiera que estuviésemos un mes aquí!"
Volvimos, y pasamos no un mes sino cuarenta y ocho horas. Los
campesinos, que tanto abrían los ojos al ver tus grandes baúles,
creían que ibas a quedarte allí dos años. A la mañana del tercer día,
cansada de ver eternamente aquel verde y aquel azul, y de contar los
carros que pasaban por el camino, estabas en la estación, y
jugueteando impaciente con la cedenilla de tu frasco de olor,
alargabas el cuello por divisar un tren que no llegaba nunca. En
aquellas cuarenta y ocho horas hicimos todo lo que se puede hacer en
Aci-Trezza: paseamos por el polvo de la carretera y trepamos a las
rocas; con el pretexto de aprender a remar, te hiciste bajo el guante
unas ampollitas que robaban los besos; pasamos en el mar una noche lo
más romántica, echando las redes como para hacer algo que a los
barqueros les pudiera parecer merecedor de pescar una reuma, y el alba
nos sorprendió en lo alto del acantilado, un alba modesta y pálida,
que aun me parece estar viendo, estriada de amplios reflejos violeta,
sobre un mar verde profundo, como una caricia sobre aquel grupito de
casuchas que dormían acurrucadas a la orilla, mientras en lo alto del
promontorio destacábase tu figulina en el cielo transparente y límpido,
con las sabias líneas, obra de tu modista, y el perfil elegante y fino,
obra tuya. Llevabas un vestidito gris que parecía hecho aposta para
entonar con los colores del alba. ¡Lindo cuadro en verdad! Y bien se
adivinaba que tú lo sabías, según la manera de modelar a tu cuerpo el
chal y el modo con que sonreías con tus ojazos muy abiertos y cansados
ante el extraño espectáculo, al que se añadía lo extraño también de
estar tú presente. ¿Qué pasaba entonces por tu cabecita frente al
naciente sol? ¿Le preguntaste acaso en qué hemisferio te encontraría de
allí a un mes? Dijiste tan sólo ingenuamente: "No comprendo cómo se
puede vivir aquí todo la vida."
Y, sin embargo, ya ves: la cosa es más fácil de lo que parece. Basta,
primero, con no poseer 100.000 liras de renta y en compensación,
pasar toda clase de trabajo entre aquellos peñascos gigantescos
encuadrados en el azul que te hacían palmotear de admiración. Con eso
poco basta para que aquellos pobres diablos que nos esperaban
dormitando en la barca encuentran entre aquellas casuchas desquiciadas
y pintorescas, que vistas de lejos parecían a su vez mareadas, todo lo
que te afanas en buscar en París, en Niza y en Nápoles.
Es cosa singular; mas tal vez mejor que así suceda para ti y para
todos los que son como tú. Aquel montón de casuchas está habitado
por pescadores, "gente de mar" dicen ellos, como otros dirían "gente
de toga", que tienen el pellejo más duro que el pan que comen -- cuando
lo comen --; pues el mar no es siempre tan amable como cuando besaba
tus guantes... En los días negros, en que rezonga y bufa, es menester
contentarse con mirarlo desde la orilla, mano sobre mano o tumbado a
la larga, que es mucho mejor postura para el que no ha almorzado. En
esos días hay mucha gente a la puerta de la taberna; pero suenan pocos
cuartos sobre la hojalata del mostrador, y los chiquillos que pululan
por el pueblo, como si la miseria los engordara, chillan y se arañan
cual si tuvieran el diablo en el cuerpo.
De cuando en cuando, el tifus, el cólera, el mal año o la borrasca dan
un buen barrido en aquel rebullicio, que, a la verdad, parece que no
debiera desear cosa mejor que ser barrido y desaparecer; y con todo,
vuelve a rebullir en el mismo sitio, no sé decirte cómo ni por qué.
¿No te has entretenido nunca, después de una lluvia de otoño, en
desbaratar un ejército de hormigas, trazando al descuido el nombre
de tu última pareja en un baile, en la arena del paseo? Alguna de
aquellas pobres bestiezuelas se habrá quedado pegada a la contera de
tu paraguas, retorciéndose en espasmos; pero todas las demás, luego de
cinco minutos de pánico y de vaivén, habrán vuelto a aferrarse
desesperadamente a su tostado montecillo. Tú no volverías, ni yo
tampoco; mas para poder comprender semejante terquedad, heroica en
algunos aspectos, es menester hacernos pequeños también nosotros,
limitar todo el horizonte entre dos peñascos y mirar al microscopio las
pequeñas causas por que laten los corazones pequeños. ¿Quieres mirar
por esta lente, tú que miras la vida por el otro lado del anteojo?
El espectáculo te parecerá extraño, y tal vez por eso te divierta.
Hemos sido muy amigos, ¿te acuerdas? Y me has pedido que te dedique
esta página. ¿Para qué? _A quoi bon?_, como tú dices. ¡Qué puede valer
lo que yo escribo para quien te conoce? Y para quien no te conoce, ¿qué
significas? El caso es que me he acordado de tu capricho un día que he
vuelto a ver a aquella pobre mujer a quien solías dar limosna con
pretexto de comprarle las naranjas que tenía puestas en fila en un
banquillo ante su puerta. Ya no existe el banquillo; han cortado el
níspero del corral, y la casa tiene una ventana nueva. Unicamente la
mujer no había cambiado, estaba un poco más allá tendiendo la mano a
los carreteros, acurrucada sobre el montón de piedras que cierren el
paso al antiguo "Puesto" de la guardia nacional; y yo, según iba con
mi cigarro en la boca, pensé que también ella, en su pobreza, te había
visto pasar blanca y magnífica.
No te enfades por haberme acordado de ti de tal suerte y con tal
motivo. A más de los gratos recuerdos que me dejaste, tengo otros
cien, vagos, confusos, dispares, recogidos aquí y allá, no sé dónde
-- acaso algunos son recuerdos de sueños tenidos con los ojos
abiertos --, y en el revoltiño que hacían en mi memoria, al pasar yo
por aquella calleja donde han transcurrido tantas cosas placenteras
y dolorosas, la mantilla de aquella mujeruca temblorosa, acurrucada,
ponía una nota triste y me hacía pensar en ti, en todo satisfecha,
incluso de la adulación que ofrece a tus pies el periódico de modas,
citándote, frecuentemente a la cabeza de la crónica elegante, y en el
deseo de ver tu nombre en las páginas de un libro.
Cuando escriba el libro, acaso tú ya no pienses en ello; entre tanto,
mi recuerdo, en todos sentidos tan lejos de ti, embriagado de fiestas
y flores, te hará el efecto de una brisa deliciosa en medio de las
ardientes veladas de tu eterno carnaval. El día que vuelvas allí, si
es que vuelves, y nos sentemos otra vez el uno junto al otro a rodar
pedruscos con el pie y fantasías con el pensamiento, hablaremos tal
vez de las embriagueces que la vida ofrece en otras partes. Puedes
también imaginar que mi pensamiento se ha acogido a aquel ignorado
rincón del mundo porque en él se ha posado tu pie -- por apartar mis
ojos del brillo que por doquier te sigue, sea de gemas o de fiebre --,
o porque te he buscado inútilmente por todos los lugares que la moda
hace placenteros. Ve, pues, que aquí, como en el teatro, ¡siempre
estás en el mejor sitio!
¿Te acuerdas del viejecillo timonel de nuestra barca? Le debes ese
tributo de agradecimiento porque ha evitado diez veces lo menos que
se te mojaran tus lindas medias azules. El pobre diablo ha muerto en
el hospital, en un gran sala blanca, entre blancas sábanas, comiendo
pan blanco, servido por las blancas manos de las hermanas de la
Caridad, que no tenían más defecto que el de no comprender los míseros
males que el pobrecillo balbucía en su semibárbaro dialecto.
Pero, de haber deseado algo, él habría querido morir en aquel rincón
obscuro, junto al fuego, donde tantos años había sido su cama, "bajo
las tejas", tanto que, cuando se lo llevaron, lloraba quejándose
mansamente, como hacen los viejos.
Había vivido siempre entre aquellas cuatro piedras, frente a aquel mar
hermoso y traidor, con el que tuvo que luchar día tras día, para sacar
con que pasar la vida y no dejar en él el pellejo; y, con todo, en los
momentos en que tomaba el sol tranquilamente, acurrucado en la barca,
con las rodillas entre los brazos, no habría vuelto la cara para
mirarte, y habrías buscado en vano en aquellos ojos atónitos el
reflejo de tu belleza, como cuando tantas frentes altivas se inclinan
a tu paso en los espléndidos salones y te miras en los ojos envidiosos
de tus mejores amigas.
La vida es rica, como ves, en su inexhausta variedad, y puedes, por lo
tanto, sin escrúpulos, gozar a tu manera de la parte de riqueza que te
ha correspondido.