Cuando á la Pelindongona
la Hecharon los abangelios
Salió gomitando azufre
Trapisonda de Su cuerpo.
Anbre trujo el harrastrao
y se zampó por amuerzo
la Braña del Sel de abajo
que era rriqueza del pueblo.
Quema-casas jué dempues
tamien por trapisondero
y á las ánimas Benditas
llegó á dejarlas en cueros.
Salgamos en portision
Becinos de este lugar,
con la cruz y con el pendon
y conjuremos á ese bribon
dijiendo Quirielison
Cristelison
¡¡Viva la Costitucion!!
--Ya ve usté que eso es una infamia,--gritó don Hermenegildo cuando yo
hube concluído de leer el pasquín, que por cierto no carecía de sal y
pimienta.
--Sí, señor--le respondí;--pero es una infamia literaria. Si alguno
tiene derecho á demandar de injuria al autor, es la literatura nacional.
--¡Cómo qué!--repuso don Hermenegildo enfurecido.--¿No ve usté cómo se
me trata en ese papel?
--Sí que lo veo; y por lo mismo, soy de opinión de que no debe usted
enfadarse por ello.
--¡Que no debo enfadarme, y se me llama bribón, y quema-casas... y
aticuenta que ladrón!... ¡Paño! hombre, por el amor de Dios, ¡que esto
ya es mucho!
--Sí; pero se lo llaman á usted de cierta manera...
--Ya; pero me lo llaman.
--¿Y qué? Quien, como usted, ha recibido palizas y todo género de
agravios de esa misma gente sin perder su calma habitual, no debe
sulfurarse por un pasquín más ó menos.
--Será todo lo que á usté le dé la gana; pero la verdad es que este
golpe me ha desplomado más que ninguno, y que necesito hacer lo que
nunca he hecho.
--Corriente. En ese caso, ¿qué es lo que usted quiere?
--Contestar diez por uno.
--¿Sabe usted quién es el autor de la... _décima_?
--Sí, señor: el depositario; conozco su letra. Además, no hay en el
pueblo otro más que él que sepa escribir de manera que _caiga en copla_.
--Bueno. ¿Y qué va usted á decir en la contestación?
--¿Qué voy á decir? Verbo en gracia: «El muy desalmado que ha ofendido
mi hombría de bien... ecetra, haría muy bien en callarse si conoce la
vergüenza. Sepa todo el orbe de la tierra que la sanijuela del sudor
del pobre es él... ecetra. Y si no, que diga adónde fueron los ocho
mil reales de que se hizo cargo por la corta de maderas concedida en
el monte del lugar al señor conde de la Lechuga, y cuyos ocho mil
reales entregué yo mismo al Ayuntamiento. Item: que la obra pía del
hospital, de que él es patrono, renta ochocientos ducados, y no hay
nunca en aquella casa para dar una taza de caldo á un enfermo. Item:
que se han comido entre él y el alcalde que me antecedió y dos que me
han seguido después, tres anticipos, cuatro recargos, dos puertos y la
capilla de San Roque con todos sus ornamentos. Item: que por el aquél
de que estaban rejendías, desritieron entre él y el susodicho alcalde
antecesor las campanas de la Iglesia, cobraron á los vecinos el valor
de otras nuevas, y hoy es el día en que se toca á misa con un esquilón
por no haber campanas; pues el hombre infame que me ha querido injuriar
es el causante de este fraude... ecetra...». Todo esto, y mucho más que
yo iré apuntando, según usté vaya escribiendo, quiero yo que se ponga
en toda regla y que salga de contado en letras de molde en los diarios
de esta ciudad. En seguida compro una porrá de impresos y doy uno á
cada vecino y planto otro en cada esquina del pueblo.
--¡Caramba, don Hermenegildo! Repare usted que la empresa es delicada,
porque son muy graves los cargos que usted quiere hacer.
--Yo lo firmo treinta veces si es preciso.
--Puede costarle á usted muy cara esa firma.
--Tengo recursos para pleitear diez años seguidos; y aunque me quede
sin camisa, no me dará maldita la pena con tal de que yo ponga á ese
bribón las peras á cuarto.
--Y yo lo creo. Mas, por de pronto, vayámonos con calma, que ha
de serle á usted muy conveniente. Dice usted que puede acusar al
depositario de todas esas iniquidades que me acaba de enumerar.
--Sí, señor, y de otras muchas.
--Concedido. Pero repare usted que no es ése el mejor medio de dejar
sin valor los gravísimos cargos que á usted se le hacen en este papel:
los delitos del prójimo no justifican los nuestros. Así, pues, antes de
lanzarnos á contestar al depositario, veamos el fundamento que puedan
tener sus imputaciones; en la inteligencia de que cuanto más inocente
sea usted, tanta mayor fuerza tendrán los cargos que haga á su enemigo.
--¿Será usted capaz de dudar que todo ese papel es un manojo de
imposturas, y que yo soy tan hombre de bien como el que más?
--Yo no dudo nada, don Hermenegildo; pero gusto de ver las cuestiones
claras.
--Pues también yo, ya que me apura; y por lo mismo, no tengo
inconveniente en dar á usté cuantas explicaciones me pida sobre el
particular.
--Así me gusta, y vamos al examen... Pero procedamos con orden. El
primer cargo que á usted se le hace en el pasquín es haberse almorzado
la braña del Sel de Abajo... ¿Qué hay de esto?
--Pues la cosa más sencilla del mundo. Cuando yo fuí alcalde noté que
en un bardal muy espeso que había á la bajada del monte, se enredaban
algunas ovejas de las que se arrimaban á pacer la yerba que había entre
la maleza. Dos de ellas que se quedaron allí sin que el pastor las
viera, perecieron por la noche comidas por el lobo. La gente de la
aldea, como usté sabe, es de por suyo dejadona y abandonada; así es
que, por más que yo decía «tener cuidado con las ovejas, que anda listo
el lobo», los pobres animales se enredaban todos los días y quedaban á
pique de fenecer. Viendo yo esto, y con ánimo de hacer un beneficio al
pueblo, voy ¿y qué hago? cierro el bardal dentro de un vallado, y todo
ello sin más retribución que la propiedad de lo cercado.
--Pero más sencillo era haber cortado el bardal, don Hermenegildo.
--Verdad es; pero ese remedio tenía el inconveniente de que mañana ú
otro día el bardal volvería á crecer.
--En efecto: es usted hombre previsor.
--Por lo demás, á mí me hubiera tenido más cuenta rozarle, pues crea
usté que yo salí perdiendo al comprarle por el vallado que le puse.
--Según fuera el bardal, don Hermenegildo.
--Pues hágase usté cuenta que como dos veces este cuarto.
--Entonces no era una gran cosa.
--Sí; pero cuente usté que cerré con el bardal toda la llanura en que
estaba, y que esta llanura, que es lo que se llama el Sel de Abajo,
pasa de ochenta carros de tierra.
--¡Ya!
--Conque ya ve usté que el vallado que rodea todo ese terreno tiene que
valer mucho más que el bardal.
--Naturalmente, señor don Hermenegildo. Y diga usted: ¿ese terreno era
de común aprovechamiento?
--Sí, señor.
--¿Y usted le cerró sin cumplir antes los requisitos legales?
--Nada, nada: un sencillo acuerdo del Ayuntamiento, y al sol. Y
desengáñese usté: todo el que quiera hacer un bien á un pueblo, tiene
que hacerle así; los expedientes se eternizan en la tramitación y nunca
se despachan como es debido.
--Estamos conformes. ¿Y le dejaron á usted gozar en paz la posesión de
ese cercado?
--¡En paz! ¡Buenas y gordas! En cuanto dejé la vara le denunciaron
á la Administración de Propiedades, y fué al pueblo un investigador
y... ¡qué sé yo cuánto ajo me revolvieron! Por aquel entonces no tenía
yo, aunque bien relacionado, los arrimos que tengo hoy; así es que el
expediente siguió su curso natural, sin que me sirvieran un rábano,
para matarle, más de veinte instancias que hice en apoyo de mi derecho.
--¿De modo que al fin le despojaron á usted del cierro?
--¡Quiá! no, señor... en España nunca se acaba la tramitación de un
expediente. Informes por acá; dictamen por allá; consulta por el
otro lado... Gracias á esto, pasóse una eternidad sin que recayera
fallo alguno definitivo; olvidáronse hasta mis enemigos del asunto, y
durmióse al cabo en estas ofecinas. Más que por dormido, por muerto le
daba yo, cuando, amigo, tres meses hace vuélvese á revolver el potaje,
y cátate que se pide que se me despoje de la finca. Por fortuna mía
no me encontraron esta vez tan desprevenido como la anterior; y por
si acaso no me servía, en apoyo de mi derecho, el tiempo que llevaba
en posesión de la finca y el tenerla cultivada como un jardín, voy y
escribo á _Su Excelencia_ una carta que echaba lumbres, _exigiéndole_
protección contra el atropello que quería cometerse contra mi
propiedad... Aquí está la contestación que tuve pocos días después:
la traigo en la cartera para restregarle con ella los hocicos, si no
anda derecho, á algún empleado de la Administración adonde voy á ir en
cuanto salga de aquí, con el aquél de dejar el asunto arreglado para
sinfinito. Vela usté... ¿Dónde mil diablos la he puesto yo? ¡Como tengo
tanto papelorio en la cartera!... Aquí está... No, pues no es esto...
¡Toma! ¡jé, jé, jé!... Si es la copia del auto del juez de primera
instancia. ¡Pues también tiene que ver este negocio! Es un pleito que
sigo hace más de dos años con un convecino. ¿No se empeña el condenado
en que he ido metiendo poco á poco en su prado los hisos de uno mío que
linda con él, y que le llevo yo apandada la mitad de la finca? Fortuna
que no parece la escritura de propiedad y que han sobrado testigos que
declaren en mi favor, que si no, me lleva el indino medio prado entre
las uñas... Pero, señor, ¿dónde se ha escondido esa carta?... ¡Ajajá!
Vela aquí, y con su canto sobredorado, Téngala usté.
--Pero ¿es de Su Excelencia el...?
--Del mismo. Pues qué, ¿sólo ustedes se han de cartear con la gentona?
¡Jojojó!
Y lleno de asombro yo, que apenas he saludado de lejos á un usía, de
que aquel tipo extravagante se tratase con un Excelencia, leí los
siguientes párrafos en la carta que ya tenía en la mano:
«Difícil, muy difícil, era el asunto que usted me recomendó. Según los
antecedentes que pedí, se halla usted completamente al descubierto por
haber prescindido de todas las prescripciones legales. _No obstante, he
dado las órdenes necesarias_ á fin de que la Administración no pretenda
molestarle de nuevo; y en cuanto al investigador, se guardará muy bien
de volver á denunciar el cercado. Gócele usted, _amigo mío_, en paz y
en gracia de Dios, sin escrúpulos ni recelos.
«¿Y cómo va _eso_? ¿Está lista su gente? No olvide usted que se
aproxima el día de la batalla y que el enemigo es aguerrido y temible».
La firma era de Su Excelencia, y el sobre dirigido al mismísimo don
Hermenegildo Trapisonda. Yo estaba pasmado. ¿Qué podía haber de común
entre dos tan heterogéneos personajes? ¿Qué batalla y qué enemigos eran
aquéllos que se mencionaban en la carta?
Expliqué mis dudas á don Hermenegildo, y me contestó con aire de cómica
y hasta grotesca importancia:
--Pues todo depende _en_ las elecciones.
--¡Ah, ya! Conque porque es usted elector. No había caído en la cuenta.
Mas, así y todo, paréceme que por un voto más ó menos...
--¡Un voto!... No está usté mal voto: treinta votos, señor mío, son los
que tengo disponibles. Ya ve usté que este número, en un distrito como
el mío, que tiene tan poquísimos votantes...
--Comprendo, comprendo... Pero ocúrreseme que cuando caiga esta
situación y vengan _los otros_, perderá usted todo cuanto ahora consiga.
--¡Ya está usté fresco! Cuando vengan los otros me paso á ellos con
mis veinte votos y me tiene usté tan campante como ahora.
--De manera que en el distrito nadie le puede toser á usted.
--Sí, señor: cualquiera de mi bando que amenace á Su Excelencia con
ponerse enfrente de mí con veintiún votos.
--¿Y si sus veinte votos se le desertan á usted en la hora crítica?
--Es imposible: estamos todos ligados por una cadena de compromisos de
muchísima importancia: hay elector de los míos que va á presidio en
cuanto yo diga media palabra.
--¿Y sería usted capaz de decirla?
--En cuanto él sea capaz de faltarme.
--¿Sin remordimiento de conciencia?
--¡Qué conciencia ni qué!... Pues si en elecciones (como en las últimas
me decía el candidato _mío_) se fuera uno á doler de la conciencia por
una barbaridad más ó menos, ya podía cerrarse para eneterno el Congreso
de los Diputados. Desengáñese usté: los delitos, por gordos que sean,
son pecados veniales cuando se cometen _electoralmente_. ¡Cuánto podría
yo contarle á este propósito! Personas bien estruídas, bien portadas y
bien buenas conozco yo, y usté quizás también, que han hecho cosas en
días de elecciones que al haberlas hecho en tiempos _corrientes_ les
hubieran valido un grillete, obrando en buena justicia.
--¿Y por qué no se ha obrado así con ellos?
--Porque era en época de elecciones.
--Es verdad; y ya usted me ha dicho que entonces los delitos no pasan
de pecados veniales.
--Cabal.
--¡Que me place esa jurisprudencia! Y mientras los pueblos duermen bajo
su amparo tranquilos y felices, continuemos nosotros examinando la
cuestión del cierro. Conque siga usted.
--Pues nada más tengo que añadir. Usté debe haberse convencido de que
el cierro es mío, y muy mío, por las razones expuestas.
--Sí, señor, y, sobre todo, por la de Su Excelencia; conque sigamos
adelante.--Segundo cargo del pasquín: «Quema-casas». ¿Por qué le llaman
á usted «quema-casas?»
--¡Ésa sí que es impostura gorda!--respondió don Hermenegildo
revolviéndose en su asiento y haciendo los más pintorescos extremos de
indignación.--Escuche usté y perdone. Las últimas elecciones fueron en
mi distrito de lo más reñido que se ha visto. Por de pronto, por amaños
de los contrarios, se habían excluído de las listas cuatro electores
de los nuestros, y se habían metido, por añadidura, dos de los suyos
con recibos falsos. Gracias á los manejos míos y á los del candidato
nuestro, que en esto de elecciones se mete por el ojo de una llave,
tumbamos á los dos intrusos y volvimos á meter en lista á tres de los
cuatro excluídos. Pues, señor, con este voto de menos que otros años,
la cosa estaba, la verdá, muy apurada, y yo no pensaba más que en la
manera de inutilizarles siquiera un voto, para dar al traste con sus
amaños. Busca de aquí, tira de allí, malógranse todas las zancadillas
que eché con aquel objeto, y llega en esto el día gordo. Con mi último
plan en la cabeza, échome á la calle, cójoles un votante que me debía
á mí algunos favores, y viendo que se hacía sordo á mis amenazas y á
todo cuanto le proponía, resuélvome á llevarle á mi casa por el aquél
de que habláramos más á gusto; accede el hombre por complacerme, aunque
protestando que no le haría cambiar de opinión, so pena de que le
abonase un pico de tres mil reales en el acto, pico que él tenía que
satisfacer á fin de mes por unas fincas compradas á plazos, y para cuyo
gasto no estaba yo autorizado por el candidato, por lo cual le dije que
votara conmigo y que después hablaríamos, á lo que me respondió que á
él no se la daba ningún guaja, porque en punto á elecciones sabía tanto
como el Gobierno... digo que accedió el hombre á irse conmigo á mi
casa, y contando con el buen saque que tiene, voy y planto entre los
dos un barril de vino de la Nava que yo tenía en la bodega... «Ahora»,
dije yo para mí, «ó revientas ó te emborrachas, porque el vino es de la
mejor calidad, y tú nunca has hecho al blanco una descortesía». Pues,
señor, tira que tira y habla que habla, llevábamos ya el barril bebido
hasta la mitad, cuando el hombre, más sereno que estoy yo ahora, dice
que se acerca la hora de votar y que me deja... y me dejó el condenado.
Quedéme yo solo renegando de mi poca habilidad, y pasóse, sin más
novedad, como una hora. Al cabo de ella entraba yo en la Casa-concejo,
precisamente al lado de mi hombre, cuando llega un vecino suyo gritando
y diciéndole que se le estaba quemando la casa.
--¿Al vecino ó al elector?
--Al elector.
--Y ¿era verdad que se quemaba, ó era una _bromita_ de usted?
--Bromita, ¿eh? Ardía tan de veras como estamos aquí los dos.
La cabecita de don Hermenegildo me pareció en este instante,
sobresaliendo por encima de los acartonados cuellos de su camisa, la
de una hiena asomada á la rendija de su madriguera. Aquellos ojuelos
fosforescentes, aquella boca enarcada y colmilluda, después de los
relatos que acababa de oir, no se prestaban á otra comparación más
consoladora. Seguí, no obstante, disimulando mi disgusto, y continuó
don Hermenegildo:
--Como el hombre estaba escamado por lo de la convidada, vuélvese de
pronto á mí, díceme que yo soy quien ha pegado fuego á su casa con la
mira de que él no vaya á votar, y ¡paño! me sacude tal guantada, que
me hizo dar tres vueltas alrededor. Amigo, la gente que me quiere mal
y que lo oyó, da en decir lo mismo que él... Y fortuna que la verdad
siempre triunfa y no se me pudo probar el hecho, que si no, me cuesta
cara la calumnia de mi vecino.
--De manera que, al cabo, conseguiría usted su objeto: el pobre hombre
se largaría en el acto á apagar su casa...
--¡Cá! Primero votó.
--¡Demonio!
--Lo que usté oye: votó, y en seguida se fué; pero ya era tarde, porque
el fuego había tomado cuerpo, y la casa ardió hasta los cimientos.
--Por supuesto que usted iría á ayudarle inmediatamente.
--Le diré á usté: yo hubiera ido con mil amores; pero no podía
separarme mucho de la mesa, porque la elección iba muy reñida; y en
el mismo caso se hallaron la mayor parte de los vecinos, unos por
votantes y otros por inclinación á éstos... ¡toma! y hasta cuatro
guardias, que en cuanto oyeron lo del incendio quisieron ir á apagarle,
tuvieron que quedarse al pie, como quien dice, de la mesa, mandados por
el alcalde para la conservación del orden. ¿No ve usté que en estas
cosas electorales, en cuanto falta el orden y se meten á barullo, se
lo lleva todo la trampa? Así es que lo único que yo hice fué buscar
testigos de la injuria que había recibido y reclamar en el acto contra
el injuriante. Y caro que le salió, por cierto; pues amén de estar á la
sombra mucho tiempo, acabó de arruinarse con las costas de justicia.
--Pero ¿y la jurisprudencia aquélla de que son pecados veniales los
delitos cuando se cometen _electoralmente_?... Porque el agravio le
recibía usted de boca y mano de un votante y en el acto de ir á votar.
--Todo eso es verdad; pero como nosotros ganamos la elección... y luego
el candidato lo tomó tan á pecho... ¡Vaya! como que dijo que la ofensa
que á mí se me había hecho era como si se la hubieran hecho á él...
Andandito... No, y ello es la verdad que ese señor me aprecia á mí
mucho.
--¿De manera que si la elección se pierde, usted se queda con
la guantada, y quizá el pobre votante hubiera hallado medio de
indemnizarse de los daños que le causó el fuego?
--No le diré á usté que no. Por lo demás, y volviendo á lo que _nos_
interesa, el incendio, aunque creo que no necesito decírselo á usté,
fué pura casualidad, sin que tuviera yo más parte en él que en lo de
Troya.
--Por supuesto, don Hermenegildo; ¿cómo he de creer yo otra cosa?
--Pues al mismo tenor sucede con lo de las Ánimas benditas, sobre si
las dejé ó no las dejé en cueros.
--Efectivamente--dije repasando el pasquín:--ése es otro cargo que se
le hace á usted aquí.
--Tan calumnioso como todos los demás; y á la prueba me remito. Como
le dije á usté hace rato, yo fuí mayordomo de las Ánimas, y lo fuí
seis años. Las dos fincas que tenían en el pueblo, que eran un prado
y un molino de dos ruedas, venían á producir, bien administradas,
mil y doscientos reales, cantidad que había que invertir en misas y
sufragios. Dió la casualidad de que en cuanto yo tomé la mayordomía
vino un turbión y se llevó parte de la presa del molino y rompió el
eje de una rueda. Procedí, como era natural, á reparar las averías, y
subió la cuenta de gastos á cuatro mil reales. Consiguientemente, en
cerca de cuatro años no se cantó un responso ni se dijo una misa por
las ánimas en la Iglesia del pueblo. Los que me quieren mal tomaron de
aquí pie, y dieron en decir que si no se hacían sufragios era porque yo
me guardaba el dinero. Enseñé entonces las cuentas, que arrojaban la
cantidad que he dicho, y al verlas mis enemigos, empiezan á vociferar
que todo ha sido un amaño con el contratista de la obra, porque ésta
no podía costar arriba de quinientos reales, supuesto que la presa no
había perdido tres carros de piedra, y el eje había quedado servible
y podía volverse á colocar. Por aquí se dieron á murmurar; llevé á
juicio á unos cuantos; salieron condenados en costas, y á mí me amparó
la ley contra toda responsabilidad; pero ¡paño! no ha sido posible
hacer callar á todos los que me ladran por detrás, como el bribón del
depositario. Y ahí tiene usté explicado todo el aquél del negocio: de
manera que se ve, tan claro como el sol, que cuanto se dice en ese
papel es una pura calumnia.
Yo supongo que el lector, siguiendo en el diálogo á don Hermenegildo,
habrá ido formándose una idea del carácter de éste; mas si así no fuera
y esperase mi voto para decidirse... quédese bendito de Dios en su
incertidumbre, porque estoy resuelto á no sacarle de ella; y en mi
propósito de limitarme á consignar hechos, añado á los conocidos que,
al oir las últimas palabras de mi visitante, estuve tentado á plantarle
en la escalera sin más explicaciones; pero, reflexionando un momento,
opté por hacerlo de otra manera menos violenta, si me era posible.
--Y bien,--dije por decir algo, en un tono que nada tenía de suave.
--Pues nada--me respondió don Hermenegildo, frunciendo los ojuelos y
enseñando más mandíbula y más dentadura que nunca;--lo que falta es,
ahora que debe usted estar bien convencido de mi inocencia, poner mano
á la obra y emperejilarme en el acto la contestación; pero recia y
sangrienta... y sin miedo, ¡paño! que yo firmo.
--¿Conque ahora mismo?
--Pues ¿por qué he madrugado yo tanto? Además, que para usté es eso
como beberse un vaso de agua.
--Vuelvo á repetirle á usted que no le tiene cuenta meterse en
semejante empresa.
--¿Cómo! ¿después de haber oído mis explicaciones me dice usté eso?
--Precisamente porque las he oído.
--¿Es decir, que usté cree que el depositario tiene razón para tratarme
así?
--No creo tal, porque nunca la hay bastante para obrar en público como
él ha obrado con usted.
--Pues entonces...
--En plata, don Hermenegildo: no le complazco á usted, entre otras
razones que debieron haberle evitado á usted la madrugada y el remojón
de hoy, porque usted y el depositario tienen, á mi juicio, muy poco que
echarse en cara, y á entrambos les conviene mucho callarse la boca si
quieren morir en sus propios hogares en paz y en gracia de Dios.
Al oirme hablar así, la carita de don Hermenegildo tomó súbitamente
un color amarillo verdoso, sus ojuelos rechispearon en sus obscuras
cuencas, tembláronle los enormes labios y crujieron sus dientes.
Llevóse luego con coraje ambas manos á la cabeza, atusó dos veces las
greñas y se puso de pie, exclamando al mismo tiempo, con una voz muy
parecida al silbido de la culebra:
--Conque, según eso, ¿usté cree que tan buena es Juana como su ama?
--Cabalito,--le respondí, levantándome yo también.
--Pues en ese caso... conste que se desoye la voz de un hombre de bien
que pide amparo contra un infame; ¡porque yo soy muy hombre de bien!
--Concedido.
--¡Y conste que lo soy tanto como el primero!
--Enhorabuena.
--¡Y conste que usté me ha faltado!
--Corriente; pero conste también, por conclusión, que usted me está
_sobrando_ hace mucho tiempo.--Y le señalé la puerta.
--Ya lo veo--replicó don Hermenegildo ensayando, sin éxito, un tono de
conmoción.--Deme usté ese papel,--añadió alargando la mano.
--Ahí va el papel,--dije entregándole el pasquín que aún tenía yo entre
las mías.
--¡Y decir á Dios que ha de haber hombre que se niegue á dar en público
al autor de estas picardías todo lo que se merece!
--Sobre ese punto, vaya usted tranquilo: no faltará quien á él y á
usted les haga justicia en esa forma.
--Por de pronto, yo buscaré quién me sirva en lo que usté no ha querido
servirme.
--Y en todo caso, cuente usted con _Su Excelencia_.
--Ya se ve que sí; que por fortuna mía y de la nación, todavía puede
mucho.
--Así va ello.
--Usté lo pase bien.
--Vaya usted con Dios.
Y don Hermenegildo, echándome una mirada torcida y rencorosa, calóse
con mano trémula el sombrero, cogió el paraguas, arregló, ó más bien,
desarregló la capa sobre los hombros, y salió por el corredor como un
cohete, arrastrando la espuela y con una pernera del pantalón encogida
sobre la pantorrilla. En cuanto llegó á la escalera, cerré yo la
puerta y pedí á Dios, de todo corazón, que conservara para siempre en
el hijo del colono de mi abuelo el coraje que hacia mí le animaba al
despedirse, para que aquélla su visita fuera la última que me hiciera.
[Ilustración]
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