DECIMA NUEBA Y DEBERTIDA

Cuando á la Pelindongona

la Hecharon los abangelios

Salió gomitando azufre

Trapisonda de Su cuerpo.

Anbre trujo el harrastrao

y se zampó por amuerzo

la Braña del Sel de abajo

que era rriqueza del pueblo.

Quema-casas jué dempues

tamien por trapisondero

y á las ánimas Benditas

llegó á dejarlas en cueros.

Salgamos en portision

Becinos de este lugar,

con la cruz y con el pendon

y conjuremos á ese bribon

dijiendo Quirielison

Cristelison

¡¡Viva la Costitucion!!

--Ya ve usté que eso es una infamia,--gritó don Hermenegildo cuando yo

hube concluído de leer el pasquín, que por cierto no carecía de sal y

pimienta.

--Sí, señor--le respondí;--pero es una infamia literaria. Si alguno

tiene derecho á demandar de injuria al autor, es la literatura nacional.

--¡Cómo qué!--repuso don Hermenegildo enfurecido.--¿No ve usté cómo se

me trata en ese papel?

--Sí que lo veo; y por lo mismo, soy de opinión de que no debe usted

enfadarse por ello.

--¡Que no debo enfadarme, y se me llama bribón, y quema-casas... y

aticuenta que ladrón!... ¡Paño! hombre, por el amor de Dios, ¡que esto

ya es mucho!

--Sí; pero se lo llaman á usted de cierta manera...

--Ya; pero me lo llaman.

--¿Y qué? Quien, como usted, ha recibido palizas y todo género de

agravios de esa misma gente sin perder su calma habitual, no debe

sulfurarse por un pasquín más ó menos.

--Será todo lo que á usté le dé la gana; pero la verdad es que este

golpe me ha desplomado más que ninguno, y que necesito hacer lo que

nunca he hecho.

--Corriente. En ese caso, ¿qué es lo que usted quiere?

--Contestar diez por uno.

--¿Sabe usted quién es el autor de la... _décima_?

--Sí, señor: el depositario; conozco su letra. Además, no hay en el

pueblo otro más que él que sepa escribir de manera que _caiga en copla_.

--Bueno. ¿Y qué va usted á decir en la contestación?

--¿Qué voy á decir? Verbo en gracia: «El muy desalmado que ha ofendido

mi hombría de bien... ecetra, haría muy bien en callarse si conoce la

vergüenza. Sepa todo el orbe de la tierra que la sanijuela del sudor

del pobre es él... ecetra. Y si no, que diga adónde fueron los ocho

mil reales de que se hizo cargo por la corta de maderas concedida en

el monte del lugar al señor conde de la Lechuga, y cuyos ocho mil

reales entregué yo mismo al Ayuntamiento. Item: que la obra pía del

hospital, de que él es patrono, renta ochocientos ducados, y no hay

nunca en aquella casa para dar una taza de caldo á un enfermo. Item:

que se han comido entre él y el alcalde que me antecedió y dos que me

han seguido después, tres anticipos, cuatro recargos, dos puertos y la

capilla de San Roque con todos sus ornamentos. Item: que por el aquél

de que estaban rejendías, desritieron entre él y el susodicho alcalde

antecesor las campanas de la Iglesia, cobraron á los vecinos el valor

de otras nuevas, y hoy es el día en que se toca á misa con un esquilón

por no haber campanas; pues el hombre infame que me ha querido injuriar

es el causante de este fraude... ecetra...». Todo esto, y mucho más que

yo iré apuntando, según usté vaya escribiendo, quiero yo que se ponga

en toda regla y que salga de contado en letras de molde en los diarios

de esta ciudad. En seguida compro una porrá de impresos y doy uno á

cada vecino y planto otro en cada esquina del pueblo.

--¡Caramba, don Hermenegildo! Repare usted que la empresa es delicada,

porque son muy graves los cargos que usted quiere hacer.

--Yo lo firmo treinta veces si es preciso.

--Puede costarle á usted muy cara esa firma.

--Tengo recursos para pleitear diez años seguidos; y aunque me quede

sin camisa, no me dará maldita la pena con tal de que yo ponga á ese

bribón las peras á cuarto.

--Y yo lo creo. Mas, por de pronto, vayámonos con calma, que ha

de serle á usted muy conveniente. Dice usted que puede acusar al

depositario de todas esas iniquidades que me acaba de enumerar.

--Sí, señor, y de otras muchas.

--Concedido. Pero repare usted que no es ése el mejor medio de dejar

sin valor los gravísimos cargos que á usted se le hacen en este papel:

los delitos del prójimo no justifican los nuestros. Así, pues, antes de

lanzarnos á contestar al depositario, veamos el fundamento que puedan

tener sus imputaciones; en la inteligencia de que cuanto más inocente

sea usted, tanta mayor fuerza tendrán los cargos que haga á su enemigo.

--¿Será usted capaz de dudar que todo ese papel es un manojo de

imposturas, y que yo soy tan hombre de bien como el que más?

--Yo no dudo nada, don Hermenegildo; pero gusto de ver las cuestiones

claras.

--Pues también yo, ya que me apura; y por lo mismo, no tengo

inconveniente en dar á usté cuantas explicaciones me pida sobre el

particular.

--Así me gusta, y vamos al examen... Pero procedamos con orden. El

primer cargo que á usted se le hace en el pasquín es haberse almorzado

la braña del Sel de Abajo... ¿Qué hay de esto?

--Pues la cosa más sencilla del mundo. Cuando yo fuí alcalde noté que

en un bardal muy espeso que había á la bajada del monte, se enredaban

algunas ovejas de las que se arrimaban á pacer la yerba que había entre

la maleza. Dos de ellas que se quedaron allí sin que el pastor las

viera, perecieron por la noche comidas por el lobo. La gente de la

aldea, como usté sabe, es de por suyo dejadona y abandonada; así es

que, por más que yo decía «tener cuidado con las ovejas, que anda listo

el lobo», los pobres animales se enredaban todos los días y quedaban á

pique de fenecer. Viendo yo esto, y con ánimo de hacer un beneficio al

pueblo, voy ¿y qué hago? cierro el bardal dentro de un vallado, y todo

ello sin más retribución que la propiedad de lo cercado.

--Pero más sencillo era haber cortado el bardal, don Hermenegildo.

--Verdad es; pero ese remedio tenía el inconveniente de que mañana ú

otro día el bardal volvería á crecer.

--En efecto: es usted hombre previsor.

--Por lo demás, á mí me hubiera tenido más cuenta rozarle, pues crea

usté que yo salí perdiendo al comprarle por el vallado que le puse.

--Según fuera el bardal, don Hermenegildo.

--Pues hágase usté cuenta que como dos veces este cuarto.

--Entonces no era una gran cosa.

--Sí; pero cuente usté que cerré con el bardal toda la llanura en que

estaba, y que esta llanura, que es lo que se llama el Sel de Abajo,

pasa de ochenta carros de tierra.

--¡Ya!

--Conque ya ve usté que el vallado que rodea todo ese terreno tiene que

valer mucho más que el bardal.

--Naturalmente, señor don Hermenegildo. Y diga usted: ¿ese terreno era

de común aprovechamiento?

--Sí, señor.

--¿Y usted le cerró sin cumplir antes los requisitos legales?

--Nada, nada: un sencillo acuerdo del Ayuntamiento, y al sol. Y

desengáñese usté: todo el que quiera hacer un bien á un pueblo, tiene

que hacerle así; los expedientes se eternizan en la tramitación y nunca

se despachan como es debido.

--Estamos conformes. ¿Y le dejaron á usted gozar en paz la posesión de

ese cercado?

--¡En paz! ¡Buenas y gordas! En cuanto dejé la vara le denunciaron

á la Administración de Propiedades, y fué al pueblo un investigador

y... ¡qué sé yo cuánto ajo me revolvieron! Por aquel entonces no tenía

yo, aunque bien relacionado, los arrimos que tengo hoy; así es que el

expediente siguió su curso natural, sin que me sirvieran un rábano,

para matarle, más de veinte instancias que hice en apoyo de mi derecho.

--¿De modo que al fin le despojaron á usted del cierro?

--¡Quiá! no, señor... en España nunca se acaba la tramitación de un

expediente. Informes por acá; dictamen por allá; consulta por el

otro lado... Gracias á esto, pasóse una eternidad sin que recayera

fallo alguno definitivo; olvidáronse hasta mis enemigos del asunto, y

durmióse al cabo en estas ofecinas. Más que por dormido, por muerto le

daba yo, cuando, amigo, tres meses hace vuélvese á revolver el potaje,

y cátate que se pide que se me despoje de la finca. Por fortuna mía

no me encontraron esta vez tan desprevenido como la anterior; y por

si acaso no me servía, en apoyo de mi derecho, el tiempo que llevaba

en posesión de la finca y el tenerla cultivada como un jardín, voy y

escribo á _Su Excelencia_ una carta que echaba lumbres, _exigiéndole_

protección contra el atropello que quería cometerse contra mi

propiedad... Aquí está la contestación que tuve pocos días después:

la traigo en la cartera para restregarle con ella los hocicos, si no

anda derecho, á algún empleado de la Administración adonde voy á ir en

cuanto salga de aquí, con el aquél de dejar el asunto arreglado para

sinfinito. Vela usté... ¿Dónde mil diablos la he puesto yo? ¡Como tengo

tanto papelorio en la cartera!... Aquí está... No, pues no es esto...

¡Toma! ¡jé, jé, jé!... Si es la copia del auto del juez de primera

instancia. ¡Pues también tiene que ver este negocio! Es un pleito que

sigo hace más de dos años con un convecino. ¿No se empeña el condenado

en que he ido metiendo poco á poco en su prado los hisos de uno mío que

linda con él, y que le llevo yo apandada la mitad de la finca? Fortuna

que no parece la escritura de propiedad y que han sobrado testigos que

declaren en mi favor, que si no, me lleva el indino medio prado entre

las uñas... Pero, señor, ¿dónde se ha escondido esa carta?... ¡Ajajá!

Vela aquí, y con su canto sobredorado, Téngala usté.

--Pero ¿es de Su Excelencia el...?

--Del mismo. Pues qué, ¿sólo ustedes se han de cartear con la gentona?

¡Jojojó!

Y lleno de asombro yo, que apenas he saludado de lejos á un usía, de

que aquel tipo extravagante se tratase con un Excelencia, leí los

siguientes párrafos en la carta que ya tenía en la mano:

«Difícil, muy difícil, era el asunto que usted me recomendó. Según los

antecedentes que pedí, se halla usted completamente al descubierto por

haber prescindido de todas las prescripciones legales. _No obstante, he

dado las órdenes necesarias_ á fin de que la Administración no pretenda

molestarle de nuevo; y en cuanto al investigador, se guardará muy bien

de volver á denunciar el cercado. Gócele usted, _amigo mío_, en paz y

en gracia de Dios, sin escrúpulos ni recelos.

«¿Y cómo va _eso_? ¿Está lista su gente? No olvide usted que se

aproxima el día de la batalla y que el enemigo es aguerrido y temible».

La firma era de Su Excelencia, y el sobre dirigido al mismísimo don

Hermenegildo Trapisonda. Yo estaba pasmado. ¿Qué podía haber de común

entre dos tan heterogéneos personajes? ¿Qué batalla y qué enemigos eran

aquéllos que se mencionaban en la carta?

Expliqué mis dudas á don Hermenegildo, y me contestó con aire de cómica

y hasta grotesca importancia:

--Pues todo depende _en_ las elecciones.

--¡Ah, ya! Conque porque es usted elector. No había caído en la cuenta.

Mas, así y todo, paréceme que por un voto más ó menos...

--¡Un voto!... No está usté mal voto: treinta votos, señor mío, son los

que tengo disponibles. Ya ve usté que este número, en un distrito como

el mío, que tiene tan poquísimos votantes...

--Comprendo, comprendo... Pero ocúrreseme que cuando caiga esta

situación y vengan _los otros_, perderá usted todo cuanto ahora consiga.

--¡Ya está usté fresco! Cuando vengan los otros me paso á ellos con

mis veinte votos y me tiene usté tan campante como ahora.

--De manera que en el distrito nadie le puede toser á usted.

--Sí, señor: cualquiera de mi bando que amenace á Su Excelencia con

ponerse enfrente de mí con veintiún votos.

--¿Y si sus veinte votos se le desertan á usted en la hora crítica?

--Es imposible: estamos todos ligados por una cadena de compromisos de

muchísima importancia: hay elector de los míos que va á presidio en

cuanto yo diga media palabra.

--¿Y sería usted capaz de decirla?

--En cuanto él sea capaz de faltarme.

--¿Sin remordimiento de conciencia?

--¡Qué conciencia ni qué!... Pues si en elecciones (como en las últimas

me decía el candidato _mío_) se fuera uno á doler de la conciencia por

una barbaridad más ó menos, ya podía cerrarse para eneterno el Congreso

de los Diputados. Desengáñese usté: los delitos, por gordos que sean,

son pecados veniales cuando se cometen _electoralmente_. ¡Cuánto podría

yo contarle á este propósito! Personas bien estruídas, bien portadas y

bien buenas conozco yo, y usté quizás también, que han hecho cosas en

días de elecciones que al haberlas hecho en tiempos _corrientes_ les

hubieran valido un grillete, obrando en buena justicia.

--¿Y por qué no se ha obrado así con ellos?

--Porque era en época de elecciones.

--Es verdad; y ya usted me ha dicho que entonces los delitos no pasan

de pecados veniales.

--Cabal.

--¡Que me place esa jurisprudencia! Y mientras los pueblos duermen bajo

su amparo tranquilos y felices, continuemos nosotros examinando la

cuestión del cierro. Conque siga usted.

--Pues nada más tengo que añadir. Usté debe haberse convencido de que

el cierro es mío, y muy mío, por las razones expuestas.

--Sí, señor, y, sobre todo, por la de Su Excelencia; conque sigamos

adelante.--Segundo cargo del pasquín: «Quema-casas». ¿Por qué le llaman

á usted «quema-casas?»

--¡Ésa sí que es impostura gorda!--respondió don Hermenegildo

revolviéndose en su asiento y haciendo los más pintorescos extremos de

indignación.--Escuche usté y perdone. Las últimas elecciones fueron en

mi distrito de lo más reñido que se ha visto. Por de pronto, por amaños

de los contrarios, se habían excluído de las listas cuatro electores

de los nuestros, y se habían metido, por añadidura, dos de los suyos

con recibos falsos. Gracias á los manejos míos y á los del candidato

nuestro, que en esto de elecciones se mete por el ojo de una llave,

tumbamos á los dos intrusos y volvimos á meter en lista á tres de los

cuatro excluídos. Pues, señor, con este voto de menos que otros años,

la cosa estaba, la verdá, muy apurada, y yo no pensaba más que en la

manera de inutilizarles siquiera un voto, para dar al traste con sus

amaños. Busca de aquí, tira de allí, malógranse todas las zancadillas

que eché con aquel objeto, y llega en esto el día gordo. Con mi último

plan en la cabeza, échome á la calle, cójoles un votante que me debía

á mí algunos favores, y viendo que se hacía sordo á mis amenazas y á

todo cuanto le proponía, resuélvome á llevarle á mi casa por el aquél

de que habláramos más á gusto; accede el hombre por complacerme, aunque

protestando que no le haría cambiar de opinión, so pena de que le

abonase un pico de tres mil reales en el acto, pico que él tenía que

satisfacer á fin de mes por unas fincas compradas á plazos, y para cuyo

gasto no estaba yo autorizado por el candidato, por lo cual le dije que

votara conmigo y que después hablaríamos, á lo que me respondió que á

él no se la daba ningún guaja, porque en punto á elecciones sabía tanto

como el Gobierno... digo que accedió el hombre á irse conmigo á mi

casa, y contando con el buen saque que tiene, voy y planto entre los

dos un barril de vino de la Nava que yo tenía en la bodega... «Ahora»,

dije yo para mí, «ó revientas ó te emborrachas, porque el vino es de la

mejor calidad, y tú nunca has hecho al blanco una descortesía». Pues,

señor, tira que tira y habla que habla, llevábamos ya el barril bebido

hasta la mitad, cuando el hombre, más sereno que estoy yo ahora, dice

que se acerca la hora de votar y que me deja... y me dejó el condenado.

Quedéme yo solo renegando de mi poca habilidad, y pasóse, sin más

novedad, como una hora. Al cabo de ella entraba yo en la Casa-concejo,

precisamente al lado de mi hombre, cuando llega un vecino suyo gritando

y diciéndole que se le estaba quemando la casa.

--¿Al vecino ó al elector?

--Al elector.

--Y ¿era verdad que se quemaba, ó era una _bromita_ de usted?

--Bromita, ¿eh? Ardía tan de veras como estamos aquí los dos.

La cabecita de don Hermenegildo me pareció en este instante,

sobresaliendo por encima de los acartonados cuellos de su camisa, la

de una hiena asomada á la rendija de su madriguera. Aquellos ojuelos

fosforescentes, aquella boca enarcada y colmilluda, después de los

relatos que acababa de oir, no se prestaban á otra comparación más

consoladora. Seguí, no obstante, disimulando mi disgusto, y continuó

don Hermenegildo:

--Como el hombre estaba escamado por lo de la convidada, vuélvese de

pronto á mí, díceme que yo soy quien ha pegado fuego á su casa con la

mira de que él no vaya á votar, y ¡paño! me sacude tal guantada, que

me hizo dar tres vueltas alrededor. Amigo, la gente que me quiere mal

y que lo oyó, da en decir lo mismo que él... Y fortuna que la verdad

siempre triunfa y no se me pudo probar el hecho, que si no, me cuesta

cara la calumnia de mi vecino.

--De manera que, al cabo, conseguiría usted su objeto: el pobre hombre

se largaría en el acto á apagar su casa...

--¡Cá! Primero votó.

--¡Demonio!

--Lo que usté oye: votó, y en seguida se fué; pero ya era tarde, porque

el fuego había tomado cuerpo, y la casa ardió hasta los cimientos.

--Por supuesto que usted iría á ayudarle inmediatamente.

--Le diré á usté: yo hubiera ido con mil amores; pero no podía

separarme mucho de la mesa, porque la elección iba muy reñida; y en

el mismo caso se hallaron la mayor parte de los vecinos, unos por

votantes y otros por inclinación á éstos... ¡toma! y hasta cuatro

guardias, que en cuanto oyeron lo del incendio quisieron ir á apagarle,

tuvieron que quedarse al pie, como quien dice, de la mesa, mandados por

el alcalde para la conservación del orden. ¿No ve usté que en estas

cosas electorales, en cuanto falta el orden y se meten á barullo, se

lo lleva todo la trampa? Así es que lo único que yo hice fué buscar

testigos de la injuria que había recibido y reclamar en el acto contra

el injuriante. Y caro que le salió, por cierto; pues amén de estar á la

sombra mucho tiempo, acabó de arruinarse con las costas de justicia.

--Pero ¿y la jurisprudencia aquélla de que son pecados veniales los

delitos cuando se cometen _electoralmente_?... Porque el agravio le

recibía usted de boca y mano de un votante y en el acto de ir á votar.

--Todo eso es verdad; pero como nosotros ganamos la elección... y luego

el candidato lo tomó tan á pecho... ¡Vaya! como que dijo que la ofensa

que á mí se me había hecho era como si se la hubieran hecho á él...

Andandito... No, y ello es la verdad que ese señor me aprecia á mí

mucho.

--¿De manera que si la elección se pierde, usted se queda con

la guantada, y quizá el pobre votante hubiera hallado medio de

indemnizarse de los daños que le causó el fuego?

--No le diré á usté que no. Por lo demás, y volviendo á lo que _nos_

interesa, el incendio, aunque creo que no necesito decírselo á usté,

fué pura casualidad, sin que tuviera yo más parte en él que en lo de

Troya.

--Por supuesto, don Hermenegildo; ¿cómo he de creer yo otra cosa?

--Pues al mismo tenor sucede con lo de las Ánimas benditas, sobre si

las dejé ó no las dejé en cueros.

--Efectivamente--dije repasando el pasquín:--ése es otro cargo que se

le hace á usted aquí.

--Tan calumnioso como todos los demás; y á la prueba me remito. Como

le dije á usté hace rato, yo fuí mayordomo de las Ánimas, y lo fuí

seis años. Las dos fincas que tenían en el pueblo, que eran un prado

y un molino de dos ruedas, venían á producir, bien administradas,

mil y doscientos reales, cantidad que había que invertir en misas y

sufragios. Dió la casualidad de que en cuanto yo tomé la mayordomía

vino un turbión y se llevó parte de la presa del molino y rompió el

eje de una rueda. Procedí, como era natural, á reparar las averías, y

subió la cuenta de gastos á cuatro mil reales. Consiguientemente, en

cerca de cuatro años no se cantó un responso ni se dijo una misa por

las ánimas en la Iglesia del pueblo. Los que me quieren mal tomaron de

aquí pie, y dieron en decir que si no se hacían sufragios era porque yo

me guardaba el dinero. Enseñé entonces las cuentas, que arrojaban la

cantidad que he dicho, y al verlas mis enemigos, empiezan á vociferar

que todo ha sido un amaño con el contratista de la obra, porque ésta

no podía costar arriba de quinientos reales, supuesto que la presa no

había perdido tres carros de piedra, y el eje había quedado servible

y podía volverse á colocar. Por aquí se dieron á murmurar; llevé á

juicio á unos cuantos; salieron condenados en costas, y á mí me amparó

la ley contra toda responsabilidad; pero ¡paño! no ha sido posible

hacer callar á todos los que me ladran por detrás, como el bribón del

depositario. Y ahí tiene usté explicado todo el aquél del negocio: de

manera que se ve, tan claro como el sol, que cuanto se dice en ese

papel es una pura calumnia.

Yo supongo que el lector, siguiendo en el diálogo á don Hermenegildo,

habrá ido formándose una idea del carácter de éste; mas si así no fuera

y esperase mi voto para decidirse... quédese bendito de Dios en su

incertidumbre, porque estoy resuelto á no sacarle de ella; y en mi

propósito de limitarme á consignar hechos, añado á los conocidos que,

al oir las últimas palabras de mi visitante, estuve tentado á plantarle

en la escalera sin más explicaciones; pero, reflexionando un momento,

opté por hacerlo de otra manera menos violenta, si me era posible.

--Y bien,--dije por decir algo, en un tono que nada tenía de suave.

--Pues nada--me respondió don Hermenegildo, frunciendo los ojuelos y

enseñando más mandíbula y más dentadura que nunca;--lo que falta es,

ahora que debe usted estar bien convencido de mi inocencia, poner mano

á la obra y emperejilarme en el acto la contestación; pero recia y

sangrienta... y sin miedo, ¡paño! que yo firmo.

--¿Conque ahora mismo?

--Pues ¿por qué he madrugado yo tanto? Además, que para usté es eso

como beberse un vaso de agua.

--Vuelvo á repetirle á usted que no le tiene cuenta meterse en

semejante empresa.

--¿Cómo! ¿después de haber oído mis explicaciones me dice usté eso?

--Precisamente porque las he oído.

--¿Es decir, que usté cree que el depositario tiene razón para tratarme

así?

--No creo tal, porque nunca la hay bastante para obrar en público como

él ha obrado con usted.

--Pues entonces...

--En plata, don Hermenegildo: no le complazco á usted, entre otras

razones que debieron haberle evitado á usted la madrugada y el remojón

de hoy, porque usted y el depositario tienen, á mi juicio, muy poco que

echarse en cara, y á entrambos les conviene mucho callarse la boca si

quieren morir en sus propios hogares en paz y en gracia de Dios.

Al oirme hablar así, la carita de don Hermenegildo tomó súbitamente

un color amarillo verdoso, sus ojuelos rechispearon en sus obscuras

cuencas, tembláronle los enormes labios y crujieron sus dientes.

Llevóse luego con coraje ambas manos á la cabeza, atusó dos veces las

greñas y se puso de pie, exclamando al mismo tiempo, con una voz muy

parecida al silbido de la culebra:

--Conque, según eso, ¿usté cree que tan buena es Juana como su ama?

--Cabalito,--le respondí, levantándome yo también.

--Pues en ese caso... conste que se desoye la voz de un hombre de bien

que pide amparo contra un infame; ¡porque yo soy muy hombre de bien!

--Concedido.

--¡Y conste que lo soy tanto como el primero!

--Enhorabuena.

--¡Y conste que usté me ha faltado!

--Corriente; pero conste también, por conclusión, que usted me está

_sobrando_ hace mucho tiempo.--Y le señalé la puerta.

--Ya lo veo--replicó don Hermenegildo ensayando, sin éxito, un tono de

conmoción.--Deme usté ese papel,--añadió alargando la mano.

--Ahí va el papel,--dije entregándole el pasquín que aún tenía yo entre

las mías.

--¡Y decir á Dios que ha de haber hombre que se niegue á dar en público

al autor de estas picardías todo lo que se merece!

--Sobre ese punto, vaya usted tranquilo: no faltará quien á él y á

usted les haga justicia en esa forma.

--Por de pronto, yo buscaré quién me sirva en lo que usté no ha querido

servirme.

--Y en todo caso, cuente usted con _Su Excelencia_.

--Ya se ve que sí; que por fortuna mía y de la nación, todavía puede

mucho.

--Así va ello.

--Usté lo pase bien.

--Vaya usted con Dios.

Y don Hermenegildo, echándome una mirada torcida y rencorosa, calóse

con mano trémula el sombrero, cogió el paraguas, arregló, ó más bien,

desarregló la capa sobre los hombros, y salió por el corredor como un

cohete, arrastrando la espuela y con una pernera del pantalón encogida

sobre la pantorrilla. En cuanto llegó á la escalera, cerré yo la

puerta y pedí á Dios, de todo corazón, que conservara para siempre en

el hijo del colono de mi abuelo el coraje que hacia mí le animaba al

despedirse, para que aquélla su visita fuera la última que me hiciera.

[Ilustración]

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Tipos y paisajes · 第 61 / 63 题