Dame tu brazo, lector, ó toma el mío si lo prefieres, y vámonos á
_matar_ dos horas que me sobran, brujuleando por las calles de la _Muy
Noble, Leal y Decidida_ ciudad; que todos estos títulos ostenta en su
ejecutoria la perínclita capital de la Montaña, desde Don Fernando _el
Santo_ hasta Echevarría _el faccioso_, ó, si lo quieres más digerible,
desde la toma de Sevilla hasta la «_batalla de Vargas_». La noche, como
de otoño, está serena y apacible; y si bien el gas de los faroles que
acaban de encenderse apenas bastaría para hacer visible la obscuridad,
como, si mal no recuerdo, dijo en parecido caso el discretísimo y ameno
_Curioso Parlante_, para no darnos de testarazos contra las esquinas
tendremos á nuestra disposición los plateados rayos de la luna que,
como una enorme criba roja, llega en este instante, entre nubes de
púrpura y naranja, sobre los viejos paredones de la solitaria venta de
Pedreña.
Partimos de la calle de la Compañía, que es donde la casualidad nos
ha reunido, y cediendo á un impulso natural en todo el que tiene un
reló enfrente, alzas la vista y la fijas en la transparente esfera
iluminada del del Consistorio. Por supuesto que tú sabes que es el
Consistorio ese humildísimo edificio, porque yo te lo digo, pues ni de
los cuatro arcos sobre que descansan sus dos pisos no muy cumplidos,
ni de la _solana_ del primero, ni de los cuatro balconcillos del
segundo, ni aun de los mismos tres dorados escudos de armas que ostenta
la fachada, ni de ser ésta de labrada sillería, se puede deducir tan
alta jerarquía, dado el lustre que debemos suponer en un Municipio
de una capital de la significación mercantil de Santander. Pero el
hecho es que _eso_ es el Consistorio, ó el _Principal_, como aquí
se dice, y que no hay más en el pueblo para albergue de la _Excma._
Corporación... y de sus beneméritas _gigantillas_.--Se me olvidaba
advertirte que para las grandes solemnidades oficiales y para el día
del Corpus, hay unas colgaduras de seda con los colores nacionales
para cubrir las balaustradas de los balcones, y unas estrellitas y un
sol de luces de gas, entre cuyos rayos se exhiben, como si friéndose
estuvieran, las cabezas de los Mártires patronos, la nave de mi insigne
paisano Bonifaz, el Guadalquivir, la cadena rota por aquélla y la torre
del Oro, que son las figuras simbólicas del escudo de armas de esta
ciudad. No te advierto, porque ya lo supondrás, que este esplendoroso
ornamento no sale más que por la noche, ni que, entonces, colocado en
la mencionada solana del primer piso, se llama iluminación.
Algunos rayos de ella nos vendrían bien ahora para examinar las
cataduras de la gente que se vislumbra bajo los arcos; pero yo supliré
esa falta con mi práctica en el terreno, diciéndote, desde luego,
que los que están sentados en los poyos del soportal son señores que
han venido á menos, comadres que no se conforman con la sentencia
dada contra ellas en otros tantos juicios celebrados arriba por la
tarde, y ciudadanos sin profesión ni rentas conocidas, que fumando,
tosiendo, suspirando, maldiciendo ó meditando, esperan la hora de ir á
acostarse... los que de ellos tienen cama.--Los que peroran y se agitan
de pie junto al ángulo que mira á la plaza, ó sea el único ángulo
saliente del edificio, pues éste no tiene más que dos fachadas, son
jovenzuelos con _tuina_ de faldas y mangas cortas, señales evidentes
de que se hallan en esa edad en que se muda de voz y se crece á pulgada
por día, razón por la que no hay entonces ropa que siente bien más de
media semana. También fuman, y, por el olor, más anís que tabaco. Son
humanistas, alumnos del Instituto, y apostaría las orejas á que tienen
los bolsillos atestados de tronchos y pelotillas.--¿No lo dije? Ya le
arrimaron un tronchazo al pobre aldeano que va hacia la calle del Peso.
Estamos en la plaza de la Constitución, vulgo _Plaza Vieja_, y notarás
que no pasa de ser un trozo de calle un poco más ancha que sus demás
contemporáneas de Santander. Sin embargo, cuando yo era niño me parecía
inconmensurable este espacio. Cuatro casas nuevas, un bazar de modas,
un café vistoso, una botica de lujo y algunos otros establecimientos
restaurados á la moderna, le han quitado el antiguo carácter que le
hacía hasta venerable á los ojos de todo buen santanderino.--Muy pocos
años ha, en esta tienda de la esquina, donde se vendían estampas
del _Hijo Pródigo_ y liga de pescar pajaritos, pudiera yo haberte
hecho admirar, cuidadosamente trenzada sobre el cuello de su anciano
dueño, la única coleta que quedaba en España (sin contar las de
los toreros). Un poco más abajo fabricaba, empapelaba y vendía los
mejores caramelos de limón que yo he saboreado, doña Marcelina,
más conocida por _la Siete-muelas_, aunque yo hubiera jurado que no
tenía una sola. En aquella otra esquina vendía géneros _finos_ doña
Juana Barco, cuyo lorito, por charlatán, era en Santander tan popular
como su tienda. Aquí la clásica librería de don Severo Otero, con su
sempiterna tertulia de señores mayores. Enfrente la _Expendición de
bulas_ y el célebre estanco... y otros muchos establecimientos y tipos
acá y allá que vieron pasar años y generaciones sin dar un brochazo
de pintura á los marcos de sus puertas, ni hacer la menor alteración
en sus hábitos.--Para conmemorar la acción de Vargas en tiempo de
la Milicia que feneció el 43, se alzaba en este mismo sitio, en la
noche del 3 de noviembre, un templete de tablas de cabretón, sobre el
cual se colocaba una estatua, representando no sé si la Victoria ó
la Fama, á la que llamaba el pueblo la _vieja de Vargas_, creyendo á
ojos cerrados que aquélla era una imagen de la buena mujer que, según
pública opinión, _se apareció_ á los nacionales que iban á Vargas á
batir la facción, indicándoles el punto en que ésta se hallaba, por
dónde se la podía atacar, etc., etc... noticias á las cuales, según
las mismas fuentes, se debió el éxito de la expedición. Aquella noche,
tras un día de revistas, desfiles y gigantillas, había en torno al
templete música y cohetes, ruedas, suspiros, correos, carretillas y
cuanto daba de sí el arte pirotécnico, creyéndose en el colmo de la
felicidad el que para disfrutar de la fiesta hallaba un hueco en un
balcón de las inmediaciones.--_Echar á la plaza_, ó _ir á la plaza_,
se llamaba en las escuelas desafiarse dos ó más muchachos á escribir
mejor una plana, y comprometerse á pasar por el fallo que dieran dos
_señores_ de los tres á quienes se consultase al mediodía entre los
que paseaban aquí: si el desafío era entre chicos de dos escuelas
rivales, el suceso hacía ruido en el pueblo, y ponía en gravísimo
apuro á los jueces, que se palpaban mucho y hasta se asesoraban de
los amigos antes de fallar. ¡Vaya si tomaban el lance por todo lo
serio! Te diré, para tu satisfacción, que en estas lides en que como
competidor entré más de dos veces, jamás gané los dos cuartos que valía
la apuesta.--Desde este segundo piso al de la casa de enfrente se
ataba, antes de misa de nueve en los días festivos del invierno, una
cuerda de cuyo centro pendía un lienzo de vara en cuadro, anunciando
las funciones de tarde y noche en el teatro; pero no con grandes
letreros ni finchados elogios, sino con un par de cuadros al temple,
en los cuales se representaban, con colores rabiosos, las dos escenas
más notables de los dos indispensables dramas. De tarde en tarde se
iza hoy también ese cartel, pero rara vez con _láminas_ y nunca con
éxito: apenas contemplan la operación de elevarle los transeúntes de
Cueto, ni le leen los chicos de la escuela de balde; y no exagero si
te digo que antaño aguardaban su exhibición con visible deleite, con
íntima satisfacción, hasta los hombres más á la moda, los elegantes
que vistieron en Santander los primeros gabanes blancos y calzaron
las primeras botas de charol con caña de tafilete encarnado... Pero
observo, pacientísimo lector, que me salgo del terreno de nuestro
objeto, evocando estas memorias que á tí no te importan un bledo.
Perdóname generoso este descuido. Cuando aún cree distinguir mi vista
en lontananza los hombres y las cosas que se van, después de haber
pasado entre ellos los mejores años de mi vida, no es dado á mi corazón
negarles un cariñoso adiós de despedida. ¿Ves estos individuos que con
paso igual y mesurado recorren la plaza, de abajo arriba y de arriba
abajo, y siempre en una misma línea, como péndolas de reló? Pues me
son entrañablemente simpáticos, precisamente por ser lo único que nos
resta de la antigua plaza Vieja. Verdad es que parte de ellos no son
los mismos hombres de entonces; pero son otros con los propios gustos
é idénticas inclinaciones, y tanto monta. Aquí los hallarás todas las
noches hasta las nueve y media, paseando sobre los mismos adoquines ó
las mismas losas, sin que se dé el caso de que un aficionado al arroyo
se intruse en la acera, ni de que pase á la de la izquierda el que
está habituado á la de la derecha. Repara un poco sus trajes, y los
hallarás en evidente desacuerdo con la moda actual; y aun acercándonos
más, podrías ver sobre las perneras de los pantalones de más de un
paseante, no viejo, la marca de la caña de la _media bota_ que calzan,
en su profundo amor á los usos del 45 é inmediatos.--Y supuesto que
esta curiosidad típica es la única que te puedo enseñar aquí, doblemos
la esquina y entremos en la calle de San Francisco, que es, salvas las
diferencias que supondrás, como si en Madrid te llevara á la Carrera de
San Jerónimo, ó en París al boulevard de los Italianos.
Estas seis que vienen, al parecer, mujeres, envueltos sus talles en
menguados chales y sus cabezas en flotantes pañuelos de seda cruda, á
manera de capucha, son las hembras de dos familias modestas que viven
en una misma escalera, y que después de cenar se han reunido para dar
el ordinario nocturno paseo callejero que ahora comienzan. Todas las
noches que no llueve hacen lo propio. El objeto principal de su paseo
es examinar, desde afuera, los escaparates de las tiendas: si hallan
un género _de imitación_ muy barato, no para comprarlo, sino para
saber que le hay, _por si acaso_, señalan la noche con piedra blanca;
y la señalan con dos piedras si al pasar de tienda á tienda descubren
algún gatuperio, notable por los actores, entre la obscuridad de algún
portal indiscreto; y, en fin, la marcan con tres piedras si topan con
una serenata.--Á la misma comunión pertenecen estas otras tapadas que
se cruzan con ellas, y á la propia las que están detenidas á nuestro
lado. De todas ellas y otras semejantes se compone la mayor parte del
pacientísimo público que en las noches de baile campestre acude á
_olerle_ desde los nuevos jardines de la calle de Vargas.--Medio punto
más arriba en el pentágrama social están colocadas las que vienen por
la izquierda; y lo digo porque, en vez del _foulard_, llevan _nube_
arrollada á la cabeza, y sobre los hombros una cosa que quiere imitar,
en forma y colorido, á los abrigos de las grandes damas... No me
engañaban mis presunciones: son _las de doña Calixta_, de quienes en
otra ocasión te hablé largamente, y dos de sus amigas íntimas. Por el
aire que traen se deja conocer que no van de brujuleo: si hubieran
salido con este fin, ya estarían alborotando las tiendas y corrillos
que dejan atrás; y no yendo de brujuleo, ni habiendo música en la
plaza, ni paseo en la Alameda, ni baile de campo, necesariamente van
_de reunión_... cursi, por supuesto.--Estas cuatro que cruzan rápidas,
envueltas en ricos capuchones, pisando recio, hablando mucho y oliendo
á jazmín y á heliotropo, ya pican más alto. Aunque aparentan no
cuidarse del vulgo, te advierto que no le pierden de vista y que le
conocen muy al pormenor; también se perecen por los descubrimientos del
género tenebroso y, sobre todo, por las tiendas; sólo que no se limitan
en ellas á contemplar ó á revolver géneros, sino que los compran, ó
cuando menos, los _comprometen_ para comprarlos otro día á la luz del
sol. Tampoco desdeñan las serenatas si las hallan al paso. Si esta
noche hubiera _recepción_ en alguna casa de lustre, no las verías en
la calle: si estaban invitadas, porque lo estaban; y si no, por no
darlo á entender con su presencia entre los desechados.--Aunque poco
práctico en el pueblo, no dejarás de traslucir por la pinta el asunto
que ocupa á esta pareja que se acerca á nosotros por la derecha. Ella
joven, suelta de movimientos, vestida de percal y sin más adorno ni
abrigo en la cabeza que una cabellera negra y abundante, graciosamente
peinada; él con la cara oculta entre las alas del sombrero muy caídas y
el cuello del gabán muy levantado; ella hablando recio y él casi por
señas... Ya están junto á nosotros, y hasta se los puede oir...
--Hijo, lleva usté un paso que... ¡María Santísima! ¡Aparémonos un poco
polamor de Dios!
Y pues que se paran, escuchémoslos:
--¡Se empeña usted en traerme por lo más concurrido!...
--¡No, que no! ¡Pues podíamos haber ido por los _Perineos_! ¿Le paece?
--Pero sin ir por los Pirineos hay otras calles...
--Lo que usté quiere son tapujos, y causalmente me gusta á mí llevar la
cara muy descubierta por todo el pueblo en estos ratos en que deja una
la costura y ha ganado con ella muy honradamente su por qué.
--¡Si no es eso, Cipriana!
--Pues en _el Tersícore_ bien amartelado se ponía y no tenía á menos
el ajuntarse á mí. Bien que sería porque no le vería estonces nenguna
señorona de la ristecracia... ¿Es, quizaes, anguna de esas de _marmota_
que van por ahí la que le hace encultarse?
--No ha de ser usted pesada, Cipriana... y sigamos andando.
--Te veo, inglés... ¡Cómo no!... ¡Ay, cristiano! ahora que arreparo:
mire qué canafeos tan devinos tiene aquí Miguel.
--¿Qué Miguel?
--¡Otra sí qué! ¿Qué Miguel ha de ser? Trabanco.
--¡Ah, ya!
--Y deben de ser de última, porque anoche le he visto otros iguales en
la comedia á la señora de _Barreduras_, por mal mote, que todo lo trae
de Francia... ¡Bien precioso es todo lo que hay en la vidrera! ¿Pues
el vidro? Mayor es que una sábana. ¡Y cómo repompa el gas en todas las
alhajas!... Padecen de puro brillante... ¡y como que lo serán!
--Conque ¿seguimos ó no?
--¡Eh, cristiano, no tenga prisa, que no le piden nada de esto! Déjenle
á una sastifacer tan siquiera la vista... Mire, ahí va la Gervasia
con el hijo de Pelagatos, que es bien riquísimo... ¡Y bien despacio
que van! ¿Quiere que los llame?... ¡Ay, qué chico ése! ¡cuánto más
parcialote y manejable es que usté!
--¡Para él estaba!
--Ahí va tamién la Sidora... ¿Sabe quién es el que la acompaña? Pues es
un melitar de tropa, abocao á capitán. ¡Y cómo la estima el venturao!
--¿Quiere usted que los sigamos?
--Lo que usté quiere ya lo sé yo... pero por no oirle tan siquiera, ya
estamos diendo... ¡Hija, qué hombre!... ¡para la primera le aguardo!
--¿Por qué?
--En _el_ Tersícore se lo diré de misas.
Y se van, lector... y nosotros nos iremos también, no detrás de la
pareja que ya habrás conocido á tu gusto, sino á continuar nuestras
exploraciones calle abajo, supuesto que en este sitio no veríamos ya
más que repetidos ejemplares de los modelos que por él has visto pasar.
Esta mocetona en mangas de camisa, con los brazos cruzados sobre el
estómago y una herrada sostenida encima de su cabeza por un prodigioso
esfuerzo de equilibrio, es una cocinera que viene de la fuente: no
tardará en _echar_ un cantar... Ahí le tienes, y á toda voz:
«Si quieres que á güeña vaiga
y me güelva la color,
dame más sastifaciones
y menos combresación».
Según canta al uso puro de su pueblo, debe de hacer muy pocos días que
ha llegado á la ciudad la cantadora. Me fundo en que los cantares de
las pejinas, ó de las que quieren aparentar que lo son, tienen otro
carácter, así en el tono como en la letra... Y me remito al ejemplo de
esta otra fámula del botijo, pelo enmarañado á la moda y chaquetilla
encarnada, que también viene cantando. Oigámosla cuando repita. Ahora:
«Á los mares prefundos
van mis sospiros,
sospiritos del alma,
probes sospiros;
que un marinero
con los ojos en glárimas,
muy retrecheros,
me dijo un día:
serenita priciosa,
tú me dechizas».
Notarás que su voz, aunque recia, es menos desagradable que la de su
colega, su música más melodiosa, y en cuanto á la copla, un tantico más
ingeniosa.
Y ya que de música tratamos, no desperdiciemos la que se oye en la
inmediata callejuela. Son los trovadores _el ciego_ de la bandurria
y su mujer, que le acompaña con una guitarra: hay á su lado un mozo
chupando un puro, y en la acera de enfrente media docena de curiosos
como nosotros. Tenemos que convenir en que el ciego hace primores con
su instrumento. Ahora canta á dúo con su mujer:
«Asómate á esa ventana,
asómate á ese balcón,
Menegilda de mi vida,
cara de luna y de sol».
Aquella cabeza que se asoma á aquella ventana que se abre, pertenece
á un cuerpo que se muere por el mozo del puro; y si no, mírale cómo
le saluda con la mano y se contonea y se sonríe, tan lleno de vanidad
como si aquella música y aquellos cantares que ha alquilado por real y
medio, fueran legítimos partos de su habilidad y de su ingenio.
¿Riña tenemos también? ¡Bah! no correrá la sangre. Es en la taberna de
al lado, entre dos aficionados al aguardiente. Míralos á la luz del
velón cómo gesticulan y manotean, al paso que juran y gritan. Óyelos un
momento:
--¿Á que no me lo vuelves á decir?
--Pus ahora te digo que no sólo en tí, sino que en tu padre y en tu
madre y en toa tu perra casta.
--¿Tú?
--¡Yo, yo!
--¡Ni tú ni cuatro mil como tú, lenguatón!
--Te digo que yo, y me sobro pa ello.
--¡Si no ha nacío tovía el que sea auto pa tanto!
--Que te digo que yo solo me sobro.
--¿Y serás capaz de sostenerlo?
--Cuando quieras.
--¿Á que no me lo dices en la calle?
--¡Por vida de toas mis entrañas!... Vamos á la calle y verás si yo no
soy más hombre que el mundo entero ahí y en tous laus.
Ya tenemos la comedia junto á nosotros: verás qué desenlace.
--Ya me lo estás dijiendo aquí.
--Pos aquí tarrepito que en tí y en toa tu arrastrá prisapia,
¡baldragazas!
--¡Ajuera too el mundo!... ¡Á ver, repite... repite... hombre!
--Que te digo que en tí y en tu padre y en tu madre y en tos tus cinco
sentíos.
--¡Tú?
--Yo.
--¡Tú?
--¡Yo, sí, yo! ¿lo quieres más claro?
--Pus ahora lo vamos á ver: ya lo estás hiciendo... ¡Vamos!
--¡Hombre!...
--Y mujer... Así se prueban los valientes... ¿Á ver cómo lo haces?
--Vamos... no matientes la pacencia, porque si matientas la pacencia,
me paece á mí que esa cara recondená...
--¿Qué? vamos á ver... ¿que harías tú á esta cara que no le debe ná á
la del mesmo rey?
--¡Si no juera más que golvértela al revés!
--Cuidiao la mano, mucho cuidiao con ella; porque si matocas ni tan
siquiera al pelo de la ropa...
--¿Qués lo carías estonces, eh?... vamos á ver, ¿carías?
--¿Qués lo caría? ¡Ajuera too el mundo! ¿Qués lo caría? ¡Pus atoca y
verás!
--Pus prevócame tú.
--Que matoques te digo.
--Que te digo que me prevoques.
--¡Á ver si matocas!
--¡Á ver si me prevocas tú!
--¡Á ver, hombre!
--¡Vamos á ver!
En vista de lo visto, podemos retirarnos nosotros en la ciega confianza
de que el asunto no pasará á vías de hecho; y sírvate de gobierno que
si en este pueblo se cumpliera todo lo que se promete en el capítulo de
amenazas, apenas quedarían hoy en pie los gigantes chopos de la Alameda
y la casa del _Pasiego_. Conste así en honra y prez de mis pacíficos
paisanos, por más que sean disputadores incansables. De mil pendencias
entre ellos, en noventa suenan bofetadas y en diez sale la navaja á
relucir. De éstas, en cinco se envaina el arma sin haberla usado; en
cuatro se hace sangre con ella, y en una se hiere de gravedad; y cuando
el juzgado se presenta á recoger lo que queda sobre el campo, resulta
casi siempre que el agresor es forastero. No podrás negarme que esta
estadística es consoladora, si se compara con las de otras provincias
en que, sin duda porque se vocea menos, se desbarrigan los hombres por
un quítame esas pajas.
Y andando, andando, hemos venido á dar enfrente de la cuesta de
Garmendia, ó del Cordelero. Tomémosla á pechos. Ciertamente que
nuestros abuelos debían de tenerlos muy robustos, ó estaban muy
atrasados en materia de rasantes, cuando convertían en calle un
precipicio como éste, sin más preparativos que construir en él
dos filas de casas y cubrir el suelo con una capa de morrillos
desiguales.--Tápate ahora las orejas, porque estas mujeres que bajan
la cuesta braceando y cerniendo las faldas con el exagerado contoneo
de sus caderas, van á echar un cantar, ó faltarán á la costumbre,
y tú no debes oirle: ahí le tienes. Me alegro que hayas sido sordo
por este instante, pues si la música de la canción te hubiera sacado
chispas de los oídos, la moral de la copla te hubiera achicharrado la
vergüenza... Y repara qué bien fructifica lo malo cuando se siembra á
tiempo, en este rapaz que apenas tendrá siete años; ¿á que no me dejaba
á mí publicar, sin correctivo, el Código penal, y haría bien, la copla
que él ha entonado á toda voz impunemente? Y eso que yo no ofendería
más que á algunos cuantos lectores, al paso que los nocturnos cantares
callejeros escandalizan á todo un pueblo.--Hemos llegado á la cúspide:
descansemos un instante, y en el ínterin, mira qué buen efecto hacen
allá abajo las luces de la calle del Correo, y enfrente, en lontananza,
la negra línea de árboles del paseo del Alta.
Este edificio obscuro, jiboso y carcomido que hallamos al doblar la
esquina, es la cárcel; nada tengo que decirte de ella, porque eres
hombre honrado; sin embargo, apostaría una oreja á que te infunde á
tí más horror que á los reos que la habitan ó á los pícaros que la
merecen. Verdad es que sin éste, al parecer contrasentido, no habría
delitos sobre la tierra; y el ser en ella hombres de bien, como tú y
yo, no tendría mérito alguno.
Ni el hospital, ni el cementerio, á los cuales nos conduciría esta
calzada de la derecha, tendrán á la hora presente el menor atractivo
para nuestra curiosidad, que seguramente no va buscando ayes de agonía
ni blandones funerarios. Echemos por la izquierda, y cátanos de
patitas en la calle Alta, venerable resto de la primitiva Santander;
desvencijado, vacilante y hediondo albergue de los mareantes del
_Cabildo de Arriba_, sempiterno rival del _Cabildo de Abajo_, ó sea de
los mareantes de la calle de la Mar.
La ebullición civilizadora del centro ha lanzado hasta aquí algunas
lavas que á duras penas han logrado ingerirse y arraigarse, en forma
de casas nuevas, entre este laberinto de balcones ruinosos, de
aleros retorcidos, de jarcia, de aparejos y de pestilentes residuos
de _parrocha_. Para que te formes una idea de cómo se vive en estos
carcomidos palomares, puedes asomarte á la puerta de uno de ellos. Ese
grupo que ves en el fondo, especie de caverna alumbrada por mortecino
candil, es una familia que se dispone á descansar de las rudas faenas
de todo el día, quizá sobre el duro suelo del miserable recinto, ó,
á todo tirar, sobre una semi-desnuda cama el matrimonio, y sobre un
montón de redes los demás. Por esta derrengada escalera se sube al
primer piso, en el cual vivirán por lo menos dos familias, y continuará
la escalera hasta el segundo, y allí se cobijarán sabe Dios cuántos
individuos; y se ramificará hacia arriba y hacia la derecha y hacia
la izquierda, y en todos los pisos hasta el quinto, y en todos los
cabretes y rincones, y en las buhardillas y hasta en los balcones,
habitarán pescadores oprimidos, sin luz, sin aire... y sin penas,
felizmente, pues á tenerlas, producidas por la idea de su condición, no
las sufrieran vivos muchas horas.
Y en prueba de que en este barrio no padece el ánimo gran cosa, repara
con atención el cuadro que presenta la calle, la bulla que en él reina.
En aquel portal cantan dos sardineras; canta en el balcón de allá
un pescador; canta también en el de al lado un muchachuelo; conversa
alegremente una familia desde aquella buhardilla con la que vive en la
de enfrente; y aunque riñen acá dos mocetonas y se arañan otras tres en
medio del arroyo, y en la taberna disputan dos pescadores, y gime un
rapaz en esta bodega, ni la riña, ni los arañazos, ni los juramentos,
ni los gemidos, reconocen por causa la menor pena: para reñir, arañarse
y llorar en estos sitios, basta un poco de terquedad contrariada,
y sobra un exceso de alegría. Dentro de una hora quedará todo esto
en silencio; á las tres de la mañana recorrerá la calle el avisador
gritando: «_¡apuya!_» y se levantarán los pescadores y se harán á la
mar sobre sus lanchas, á robarle, con frecuente riesgo de sus vidas,
el sabroso pez que tú puedes comer al mediodía, y que de fijo comerás,
sin parar mientes en los ímprobos trabajos que ha costado llevarle
hasta la plaza donde tu cocinera le adquiere regateándole cuarto á
cuarto.--Y así todo el año, excepto tres días, desde la víspera de San
Pedro, patrono del Cabildo, hasta el subsiguiente inclusive. Entonces
se alquila el tamborilero de la ciudad, se lanza todo el barrio á la
calle, corre por ella el vino, entóldanla gallardetes y banderas, se
encienden hogueras por la noche, tiembla el suelo con los bailes,
llenan el espacio cantares y cohetes, se come en las tabernas, se
duerme allí donde el sueño acomete, y si no se echa por la ventana la
casa, es porque nadie se acuerda de entrar en la suya mientras duran
las fiestas. ¡Bendita sea la Providencia Divina!... ¡Zambomba! algo
te ha llovido encima del sombrero... ¿Á ver?... Las tripas de una
sardina; pero no te extrañe el suceso, pues como estarán desbandullando
muchas en el balcón de encima y son raros en esta calle intrusos como
nosotros, estas buenas gentes arrojan á ella las inmundicias sin
escrúpulo ni reparo... Para huir de éste y otros inconvenientes no más
aseados, conviene que salgamos de aquí cuanto antes.
Ya estamos en plena civilización otra vez, y á fe que no lo deducirás
del cantar que de entonar acaba ese mozalbete de blusa... ¿Te va
chocando tanta música popular? Esperaba que me lo dijeras. Pues has
de saber que aquí se canta toda la noche... y todo el día. Canta la
fregona al ir á la fuente y en el fregadero, y canta el _peón_ cuando
trabaja y cuando deja de trabajar, y el aprendiz de zapatero cuando
va de «entrega», y el vago que se cansa de serlo, y el _motil_ ó
grumetillo que vuelve á bordo, y el oficial de sastre y todos los
jornaleros de todos los géneros y categorías en cuanto se echan á la
calle... y no te incluyo en esta música, que es de pura afición, á los
_artistas de profesión_, como los indígenas ciegos de vihuela, y los
de gaita y lazarillo con panderetas, exóticos, de la provincia, que
en ciertos días de la semana, como el sábado, aturden la población. Y
si de ella sales ahora, oirás cantar al carretero en el camino real,
y al mozo que ronda la casa de su moza, y al sacristán que va á tocar
á las oraciones, y al enterrador que abre una fosa... y á todo bicho
viviente; que aquí, como en ninguna parte, se evidencia la admitida
opinión de que los montañeses de todo el mundo son bullangueros y
danzarines de suyo.
¿Por qué te sobresaltas? ¿Crees que el ruido que se oye procede de
algún escuadrón de demonios que se ha escapado del infierno con todos
sus chismes de freir y de tostar? Pues es lisa y llanamente una
_cencerrada_ que se está dando en la calle contigua á algún viudo que
se ha casado hoy en ella. Acerquémonos y verás... Calderas, bocinas,
cencerros, campanillas, regaderas... de todo lo más acre, estridente y
ruidoso en materia de sonidos hay en esta infernal orquesta... Ahora
cesa la _instrumentación_ y comienzan las voces solas.
_Una._--¿Quién se casa?
_Coro._--Melitón el de la calva.
_Una._--¿Con quién?
_Otra._--Con Mariquita _la cancaneada_.
_Coro._--Pues siga la cencerrada.
¡Y dale que le das!... Y aquel pillete que asoma por la esquina con un
almirez, se une al grupo; y esa vecina que vuelve de la fuente con un
_calderón_ lleno sobre la cabeza, al ver lo que pasa derrama el agua
en el suelo, mete en el cántaro unos morrillos y ¡zurra que es tarde!
Silba un granuja, grazna un remendón, relincha un carretero, aúllan
por simpatía los perros vagabundos, lánzase á los novios de acá un
chiste, de allá una grosería y del otro lado una indecencia; y sin duda
porque la boda es de pro, confúndense en este pastel horripilante la
burda chaqueta y el elegante gabán, la camisa remendada y los guantes
de cabritilla, el luengo ropaje del sexo débil y la estirada librea
del que peina barbas y hace las constituciones y los bandos de orden y
buen gobierno; que en ciertas ocasiones y para determinados actos, la
humanidad no gasta remilgos ni para mientes en grados de alcurnia ni
de posición social: sola se exhibe con sus tendencias ingénitas, con
sus resabios esenciales, y ni la calidad ni el corte del vestido le
imponen deber alguno: entonces es nieta de Caín y nada más.--Ya sabes,
por el apóstrofe _coreado_ que oíste, que el novio se llama Melitón
y que es calvo, y que se llama la novia María y es _cancaneada_, ó
marcada de viruelas. Pues del mismo modo te irán diciendo poco á
poco cuántos años tienen, y qué caudal, y por qué se casaron, y una
multitud de cosas más, ciertas unas é inventadas otras, pero capaces
todas de hacer enrojecerse de vergüenza á los sillares de un cuartel.
Jamás he podido comprender yo el derecho en que se funda esta brutal
costumbre tan arraigada aquí aún y tan popular en toda España _in
illo tempore_. Y lo mismo que yo debía de pensar de las cencerradas
un señor muy conocido en Santander, cuando quiso disolver á tiros,
desde el balcón, una que le estaban dando; pero no la disolvió, porque
¡pásmate! se llamó _barbaridad_ al justísimo desahogo de mi anciano
amigo (q. e. p. d.), y eso que desde abajo le estaban poniendo,
siendo él el tipo de la honradez, como un trapo sucio; lo cual prueba
que sobre el derecho natural, y sobre el sentido común, y sobre el
sagrado de la familia, y sobre todo lo más santo y respetable, está la
tiranía de la _costumbre_, por estúpida, por indigna que ella sea de
la fama que lleva el siglo en que aún impera y nosotros alcanzamos.
¡Ah, pues las cencerradas, á pesar de lo que estás viendo, son aquí
tortas y pan pintado! Yo te puedo citar pueblos de esta provincia en
los cuales, pocos años hace, aún era _costumbre admitida_ sorprender
á los novios en el lecho, colocarlos amarrados y desnudos sobre un
carro cuyas ruedas se _desencambaban_ exprofeso, y sufriendo las
angustias de este bárbaro martirio, bajarlos al galope por las cuestas
más rápidas y desiguales de las inmediaciones, entre la algazara del
bromista vecindario; y por fin y término de la _broma_, darles un baño,
aunque fuese en el rigor del invierno, en el río más próximo, ó en el
mar, si no estaba á más de una legua del pueblo... Te aseguro que en
punto á cencerradas se han hecho primores en este país; y sin salir
de Santander te pudiera citar tres muy célebres... En fin, hombre, yo
he visto aquí una cencerrada ¡_de caballería_! Sí, señor: á caballo,
formados en escuadrón y con trajes _históricos_, iban los directores y
principales ejecutantes de la _sinfonía_. ¿Quieres más?... Pero observo
que te sobra con lo que estás viendo y que deseas alejarte de aquí; y
como á mí me sucede lo propio, nos vamos con nuestras meditaciones á
otra parte.
El mercado de Atarazanas. Bajo esta gótica ó morisca _socarreña_ en que
durante el día se venden frutas, harina y otros excesos al pormenor,
vendrán á reunirse muy pronto, con los farolillos encendidos, que
colocarán en fila junto á los respectivos chuzos, los serenos que á la
primera campanada de las diez se dispersarán por la ciudad á cumplir su
canora y nocturna obligación.
Pasamos por debajo del puente que, si mal no recuerdo, también se llama
de Vargas, en conmemoración de la susodicha batalla, y me complazco
en poder ofrecerte un espectáculo que te ha de borrar la desagradable
impresión que conservas del de la cencerrada que aún se oye desde aquí.
Y cuenta que no aludo al flamante pedestal que se alza en el centro
de ésta también nueva plaza, construída sobre la antigua dársena,
esperando pacientísimo la estatua, que nunca acaba de fundirse, de
nuestro heroico paisano don Pedro Velarde, y á la cual ha de servir de
base: refiérome al espectáculo que nos ofrece la naturaleza en este
momento, y en el que, según observo, te has fijado ya; espectáculo
frecuentísimo en Santander en las noches de otoño.--Mas, para que le
aprecies en toda su magnificencia, hemos de colocarnos sobre aquel
negro promontorio de enfrente, que es el famoso _paredón_ del Muelle de
las Naos.
Ya estamos en el verdadero punto de vista. Tiende la tuya en derredor
y dime si has admirado muchos cuadros más bellos que éste. La luna
en toda su plenitud, sin una sola nube que empañe su claridad,
reflejándose en el verdoso cristal de la bahía, produce sobre ella
una ancha faja de luz inquieta y fosforescente que, naciendo en la
angosta embocadura de San Martín, viene á perderse entre el bosque
flotante de naves, que cerca de nosotros parecen dormitar, como si
reponiendo estuvieran sus bríos para lanzarse mañana á luchar de nuevo
con las tempestades del embravecido Océano. Como barreras de este
líquido inmenso espejo, allá la negra mole de Cabarga, el gracioso
pico de Solares, los cerros ondulantes del Puntal, Pedreña, Guarnizo
y Muriedas, y más lejos las elevadas crestas del Asón y del Escudo
limitando el horizonte; acá la larga fila de monumentales edificios
iluminados por la pálida luz del astro y mirándose en las tranquilas
aguas que lamen los pulidos sillares del muelle, y las colinas de
Molnedo hasta el breve promontorio sobre el cual alza su joroba el
desmantelado castillo de San Martín, como inválido, inútil centinela
del puerto. Óyese el canto melancólico del remero, y el ruido lejano
del mar, y el acompasado martilleo del molinete, y el susurro de las
aguas; y como complemento de este panorama sublime y animado, mira una
diadema de nubes de oro y escarlata sobre el azul purísimo del cielo,
pugnando inútilmente por ceñir más de cerca el disco luminoso de la
luna...
Yo no he visto las noches del Bósforo, ni las de Nápoles, ni otras
cien noches más que los poetas melenudos y los _touristas_ de hoy han
hecho célebres en teatros, libros y salones; pero sí he observado que
en todos y cada uno de esos cuadros fantásticos y encantadores entran,
como elementos componentes, los que ahora estamos admirando: la luna
plateada, la barquilla ó la góndola surcando la tranquila superficie
de las aguas, los reflejos, los tornasoles y hasta torrentes de luz
juguetona, las montañas, la brisa, los palacios... De donde yo deduzco
que en Venecia, en Nápoles ó en Constantinopla podrá haber noches
poéticas hasta donde tú quieras, pero no más que las de Santander.
Ni un alma en la Ribera, y es natural: siendo el centro, durante el
día, de la ebullición mercantil, de noche es el sitio que más reposo
necesita... Sin duda por eso vienen á turbarle esos cantadores que
asoman por la esquina de la Aduana... Ocho nada más...
«Los de Santander
no van á Madrid,
porque se _le ha_ roto
el ferrocarril.
«Rió, rió,
rio-ja, ja, ja, ja;
los de la calle Alta
me la han de pagar».
Te prevengo para tu satisfacción que hace más de un año no privan aquí
entre la gente del pueblo más que ese cantar tal como le has oído, y
otro que no le va en zaga, así por la letra como por la música, que no
tardarán en _echar_ estos mismos trovadores... Ahí le tienes:
UNA VOZ. «Ayer mañana fuí á bordo
y le dije al capitán:
CORO. Que toma la vizcainita,
que toma la vizcainá».
Tiene este cantar sobre el anterior la desdichada ventaja de que no
se le oye el fin, pues preguntando la voz primera y respondiendo el
coro siempre con el mismo estribillo, llega la tarea de los cantadores
mucho más allá que la resignación de los que se ven en la angustiosa
necesidad de oirlos.
Te llamó antes la atención lo mucho que aquí se canta de noche, y ahora
caes en la cuenta de que las coplas que vas oyendo, cuando no pican
en indecentes, pecan de bárbaras y chocarreras, y me preguntas en qué
consiste esto. Yo no lo sé, amigo mío; pero es lo cierto que autores de
mucha y muy merecida fama aseguran que _el pueblo es_ UN GRAN POETA. Y
suelen decir en apoyo de su temerario aserto:--«¿De dónde proceden, si
no, esas tiernas baladas, esos cantares sentidos que andan en boca del
pueblo, y aunque bajo unas formas sencillas y desaliñadas, encierran
bellos y poéticos pensamientos?» Muchas ganas se me han pasado algunas
veces de contestar á estos señores lo que, aquí donde nadie nos oye, te
voy á decir en confianza.--¿De dónde proceden, preguntáis (les hubiera
yo dicho), esos cantares tan bellos que se oyen (muy de tarde en tarde
por cierto) en boca de los sencillos trovadores de las calles y de los
bosques? De vosotros, señores míos, de vosotros, ó de otros poetas
como vosotros, que los han creado tan bellos en la forma como en el
pensamiento; el pueblo los ha hallado después, los ha _traducido_ á su
lenguaje tosco y vicioso, los ha aplicado el aire que, en su sentir,
mejor les cuadraba, y se los ha cantado en seguida. De modo que, en mi
humilde opinión, lo único que deben esos ligeros fragmentos de bella
poesía al pueblo que los manosea, es el favor de encontrarse mutilados
y contrahechos á lo mejor de la vida, cuando nacieron perfectos.
Y no es posible otra cosa. Désele á ese «gran poeta» que, por ende,
debe sentir las bellezas del arte en todas sus manifestaciones; désele,
repito, un hermoso mármol del mismo Fidias, y suponiendo que le quiera
recibir por _descolorido_ y _ordinario_, se verá cómo no tarda en
colgar un cascabel del cuello de la estatua, en ponerla una cofia
en la cabeza y un ramillete de siemprevivas en la mano, cuando no un
refajo sobre las caderas, ó en pintarle las mejillas de almazarrón
y de verde las pantorrillas; y no por escarnio, no, señores, sino
porque cree sencillamente que así está más _maja_. Millones de hechos
como éste prueban con toda evidencia que el pueblo, es decir, la masa
indocta, no solamente no es capaz de crear nada bello, pero ni aun de
conservarlo... ni siquiera de distinguirlo. Y cuenta que estas mis
observaciones, que yo extendiera mucho más si la ocasión lo exigiese,
son hijas de un detenido estudio de este pueblo, que no solamente es
el que más canta en España y el que, proporcionalmente, más emigra á
América y á Andalucía y á multitud de puertos del mundo, y, por tanto,
el que más ve y oye y puede comparar, sino el que, como _instruído_,
figura el primero en la estadística[12]; es decir, que en materia de
cantares y de cantares _pulidos_, no debe tener en España otro pueblo
que le eche la pata. Pues ya has oído cómo canta. ¡Figúrate cómo
cantarán los demás! Y basta de _música_ por ahora.
No me negarás que es de gran efecto la perspectiva que en este momento
presenta el Muelle contemplado desde aquí en dirección á Molnedo:
hasta la soledad que en él reina contribuye á hacer el cuadro más
fantástico.--Repara esta especie de ovillo humano que yace sobre
el santo suelo en el hueco de esa puerta cerrada: son chicuelos de
la calaña de _Cafetera_, de aquel _raquero_ de quien te hablé en
las _Escenas_, que duermen, enroscados como anguilas en banasta y
sirviéndose mutuamente de colchón, almohada y cobertura, mientras
llegan del mar las lanchas á que pertenecen y que han de custodiar
luego hasta el amanecer en esta dársena. Lo más sorprendente es que, lo
mismo que ahora, se les halla durmiendo en este sitio y en igual forma
en las noches crudas de enero; y raya en lo admirable el ver cómo al
despertar se ponen á cantar, ó se pegan de trompadas, tan contentos,
holgados y retozones como si salieran de un lecho de plumas y damascos.
Pero ahora se me ocurre que quizá no les fuera dado á estos infelices
encontrar el sueño entre tanta comodidad y tanto abrigo. La Providencia
suele disponer estos y otros aún más raros contrasentidos en bien de
los desgraciados.
Nos aproximamos al _Suizo_, y aunque cerráramos los ojos, nos lo
dieran á conocer las _bofetadas_ que nos sacuden en las narices los
_aromas_ de la baja-mar. Echemos, pues, por detrás del Muelle, y por
de pronto, cedamos la acera á esta parranda de cítaras y guitarras. Los
que componen la comparsa son marineros, probablemente valencianos, que
matan así, y parándose en tal cual taberna, sus ahorros y el tiempo que
les sobra en el puerto.
Estos dos viejísimos edificios que se alzan con dificultad á los
extremos de este solar, son lo único que resta de la antiquísima
calle de la Mar, rival, como ya te dije, de su contemporánea y hasta
_comprofesora_, la calle Alta. Por tanto, los mareantes del Cabildo
de Abajo han tenido que diseminarse por las inmediaciones de sus
derrumbadas viviendas. En esta sucia y obscura calle en que ahora
entramos se albergan muchos; y si es que no los hueles desde aquí,
mira, como testimonios irrecusables, las redes y las sereñas secándose
en los balcones, y las bullangueras tertulias en las aceras.--Á
propósito de bulla, vamos á ver cuál es la causa de la que se oye en
la calle inmediata.--Tamboril, castañuelas, panderetas, cantares y
baile alrededor de una hoguera. No siendo hoy día ni víspera de los
Santos Mártires, patronos del Cabildo, ni fiesta ordinaria de precepto,
necesariamente ha de ser esto una boda. Preguntémoslo. Efectivamente:
aquel marinero de rostro cobrizo y de pelo crespo, y la moza que con
él baila, son los novios, según me informan. ¿Ves con qué agilidad
se zarandean todos? Pues estremécete: esta mañana se casaron los
protagonistas en la parroquia, al amanecer; pasó el cortejo á casa de
la novia, y se desayunó; se echó á la calle, y saltando y cantando
al son del tamboril, recorrió toda la ciudad; comió y bebió largo y
tendido, también en casa de la novia, y bailó después en la sala; tornó
á lanzarse á la calle; andúvolas casi todas otra vez; _echó_ las cuatro
en una taberna; bailó en ella durante una hora; salió de allí brincando
y gritando... y ahí le tienes aún, á las nueve y media de la noche,
rematándola entre saltos y cabriolas, como si no los hubiera probado
durante el día. Ésta es la costumbre aquí en tales lances entre la
gente del pueblo, y es bien seguro que estos novios no habrán faltado á
ella.--Repara cómo, al son de la fiesta, se piropean esta mujer desde
la calle y aquel hombre desde la ventana.
¡Cristo, cómo se ponen! Y por las señas, es un matrimonio.
--Sube á recogerte, ¡bribonaza!
--No me da la gana, ¡borrachón! Aquí me tengo de estar, que lo que tú
quieres es acabar conmigo.
--¡Sube acá, pícara, ó abajo yo!
--¡Con la josticia he de hacerte yo abajar, arrastrao!
--Pos yo no te he de dejar á la santimperie... Toma la cama.
¡Cataplum!... Un jergón á la calle... Y ahora el catre.
--Pero, diga usted, buena mujer, ¿qué es lo que pasa ahí?
--¡Ay, señor! ¿qué tiene de pasar? Ese venturao, que es de suyo un
enfelizote y güeno como el pan; pero es dao á la mosolina, y en cuanto
se prohibe, se le tristorna el celebro y no se puede con él. Á la probe
mujer la pegao endenantes una soba que la doblao; y ahora, porque no
asube, la echao la cama por la ventana. Pos el otro día, porque no
quería la enfeliz sobir á cenar goliéndose una paliza, dijo él que
la iba á abajar la cena; y tan aína lo dijo, despenzó á tirar por la
ventana toos los cacharros de la cocina. Y mire usté, señor, ¡quién lo
pensara cuando una los vió, como quien dice, ayer, como los ví el día
que se casaron los esgraciaos, triscar y bailar, lo mesmo que éstos que
está usté viendo ahora á la vera nuestra!
Ya lo oyes, lector; y por cierto que la noticia me ahorra á mí una
observación que iba á hacerte, á propósito de los héroes de la fiesta
que alumbra esa hoguera.
Estamos en la calle del Arcillero, la que lleva la palma á todas las
de Santander en materia de parrandas, pendencias y toda clase de ruidos
incómodos, especialmente en noches de verbena, carnaval ó víspera de
alguna fiesta popular: en estos casos ya sabe el señor Morfeo que no
tiene que acudir á estas vecindades. En este instante reina en ellas
alguna tranquilidad, lo cual consiste en que se han ido recogiendo en
los casuchos que ves á la derecha, el enjambre de comadres, sardineras,
raqueros y otros análogos personajes que pululaban poco ha en balcones,
tabernas, aceras y portales.--Algunos pasos más y nos hallaremos en el
punto de donde partimos para hacer la exploración, que podemos dar por
terminada en la calle de la Compañía.
Nadie en ella... nadie en la plaza... nadie en las calles inmediatas:
algún transeúnte, á lo más, que se dirige aceleradamente á su casa.
No te extrañe tanta quietud: en el reló del Principal han sonado ya
las diez, y esta hora es una especie de escoba que recoge, como por
encanto, de las calles de Santander, á todo bicho viviente, menos á los
perros y á los cantadores parrandistas, que ninguna noche se callan
por completo hasta que el alba asoma; retíranse los polizontes de su
retén del Principal (y aprovecho esta ocasión de presentártelos, ya
que no has podido conocerlos ni en la cencerrada, ni en la cuesta
del Cordelero, ni en otros varios sitios que hemos recorrido y en los
que debiéramos haberlos hallado) y aparecen los serenos... á _cantar_
también la hora, que es el papel que les está reservado y retribuído en
esta pajarera donde todo es música y gorjeos, ni más ni menos que si
en ella fueran cosa inusitada el sueño y el reposo, ó el llanto y los
pesares.
Y á Dios te queda, lector... Mas antes de separarnos y por si no
volvemos á vernos, escucha la postrera observación, la última palabra,
como si dijéramos:
Con lo que has visto y oído durante nuestro paseo, puedes formarte
una idea de lo que es la fisonomía general de este pueblo á la luz de
la luna: no quiero que me digas ahora si la encuentras parecida á la
de otros de España que te son muy conocidos, ó si la juzgas digna de
estudio por su originalidad; pero seguro estoy de que con estos datos
nocturnos, más los que ya posees, tomados por mí del natural, así de
este modelo como de la provincia entera, á la luz del sol y hasta á la
de los humildes tizones, tienes cuanto necesitas para poder saludar al
pueblo de la Montaña en sus diversas zonas y jerarquías como á persona
conocida; de lo cual me felicito, pues juzgándote leal, confío en que
harás justicia á mis paisanos, concediendo sin rebozo que si en sus
costumbres hay mucho que reprender entre algo que aplaudir, hay, en
cambio, muy poco que castigar. ¡Dichosos los pueblos de quienes, en los
tiempos que corremos, se pueda decir otro tanto!
1870.
[Ilustración]