UN TIPO MÁS

Corría el mes de noviembre: hacía poco más de una hora que había

amanecido, y llovía á cántaros. Excusado creo decir que aún me hallaba

yo en la cama tan abrigadito y campante, gozando de ese dulce sopor

que está á dos dedos del sueño y á otros tantos del desvelo, pero que,

sin embargo, dista millares de leguas de los dolores, amarguras y

contrariedades de la vida; estado feliz de inocente abandono en que la

imaginación camina menos que una carreta cuesta arriba, y no procura

más luz que la estrictamente necesaria para que la perezosa razón

comprenda la bienaventuranza envidiable que disfrutan en esta tierra

escabrosa los tontos _de la cabeza_. Punto y seguido. Abrieron de

pronto la puerta de mi cuarto, y avisáronme la llegada de una persona

que deseaba hablarme con mucha urgencia.

Ustedes, caballeros lectores, que estarán hartos de devorar multitud

de artículos empezados con párrafos semejantes al anterior; artículos

cuyos protagonistas-autores es de rigor que se tuteen, en los

episodios que refieren, con un _Sandoval_, con un _Montellano_, con

un _Monteverde_, ó siquiera con un _Arturo_, _Eduardo_ ó _Alfredo_

á secas; artículos dados á luz en _ilustrados_ Semanarios, ó en la

sección de _Variedades_ de tal cual papelón madrileño, por la péñola

almibarada de algún revistero aristócrata; ustedes, pacientísimos

prójimos, que, de fijo, estarán avezados á ese género de literatura

bizarra, esperarán que yo les diga, en vista del comienzo de este

croquis, que la voz que me dió el recado era la de mi _ayuda de

cámara_, al cual mandé, después de llamarle _borrico_ y de ofrecerle

un puntapié, que corriese los _cortinajes_ de mi balcón para que

entrara la luz del día; que en seguida me envolví el cuerpo en una

cómoda bata, forrada de pieles de marta, y los pies en un par de

pantuflas morunas que no se oían al hollar la espesa alfombra del

suelo; que me arrellané en una muelle butaca delante de los troncos que

ya chisporroteaban en la chimenea; que encendí un aromático habano,

precisamente de la _Vuelta de Abajo_, y que, por último, después de

encasquetarme en la cabeza un gorro griego... ó tudesco, de finísima

felpa, dije al susodicho mi criado: «Que pase esa persona», es decir,

esa dama incógnita, ese vizconde elegante, ese matachín de moda, ese

bandido generoso ó ese marido agraviado... Pues no, señores; no hubo

nada de eso, al parecer tan común en la vida episódico-literaria de

nuestros revisteros del día... porque, aunque á ustedes no les importe

un rábano la noticia, han de saber que yo no tengo ayuda de cámara, ni

gasto bata forrada ni sin forrar, ni pantuflas morunas, ni gorro persa;

ni en mi cuarto de dormir hay pesados cortinajes, ni alfombra espesa,

ni vegueros á granel; ni allí han entrado jamás damas misteriosas, ni

vizcondes elegantes, ni bandidos de ninguna clase, ni matachines, ni

maridos agraviados... por mí.

He aquí, lisa, llana y prosáicamente, lo que sucedió:

Oído el recado, que fué transmitido por una modestísima fregona, abrí

desde la cama la desnuda vidriera del balcón; vestíme con lo primero

que hallé á mano, como hago todos los días; encendí un pitillo de

_Astrea_, y salí al encuentro del personaje anunciado, al cual conocí

en cuanto le eché la vista encima.

Era un hombre de mediana estatura, moreno, mejor dicho, ahumado, de

pequeña cabeza, con los ojos hundidos y muy brillantes bajo unas cejas

espesísimas y grises, separadas por una nariz afilada y seca, de una

boca rasgada y prominente. Llegábale el ancho almidonado cuello de su

camisa hasta rasparle las orejas por la altura de los oídos; vestía

pantalón de color de castaña con abultadas rodilleras, chaquetón azul

obscuro sobre chaleco de pana de cuadros muy alegres, y capa parda

sobre el chaquetón; calzaba medias _caseras_ de mezclilla y zapatos

fuertes de becerro; ceñía al pie izquierdo una roñosa espuela; asía

con la mano del mismo lado la corva empuñadura de cuerno de un enorme

paraguas de percal verde con contera de metal amarillo, y tenía en la

derecha el sombrero de copa alta, que acababa de quitarse de la cabeza.

El paraguas chorreaba; el sombrero, negro parduzco, estaba erizado como

si tiritase de frío; la extremidad inferior de la capa, parte de las

medias y los zapatos, estaban salpicados de lodo y empapados en agua,

y la cabeza, cubierta por unas greñas muy alborotadas, que se iban en

vicio por las sienes y la frente abajo, como se van por una pared vieja

y descuidada las bardas y los helechos.--La edad de este hombre se

perdía entre los laberintos de su cara; pero yo sé que tenía cincuenta

años, porque le conocía mucho. Era vecino de un pueblo cercano, había

sido su padre colono de mi abuelo y me dispensaba, tiempo hacía, la

no envidiable honra de venir á consultar conmigo todos los negocios

que tenía en Santander, y los tenía cada semana. Llamábanle en el

pueblo las mujerucas de buena fe, _tío Sildo_; los hombres _leídos_

y _escrebidos_, _don Beregildo_; pero él, sin hacer más caso de las

unas que de los otros, se firmaba siempre _Hermenegildo Trapisonda_, y

firmaba la pura verdad.

Saludámonos de la manera más cortés y volvimos á mi cuarto.

Don Hermenegildo comenzó por dejar el paraguas á la puerta para que el

chorro que despedía se largase por el corredor adelante, y el sombrero

encima de una silla; luego recogió los pliegues de la capa sobre los

muslos y se sentó, dejando ver las flacas pantorrillas hasta cerca de

las ligas por debajo de las perneras, que no pecaban de cumplidas; y

después de pasarse ambas manos por las greñas para domarlas un poco,

miróme de hito en hito, haciendo un horrible gesto, especie de sonrisa

con la cual mostró en todos sus detalles las enormes paletas de su

arranciada dentadura.

Yo me había sentado en otra silla enfrente de él, y le contemplaba con

curiosidad, esperando que me explicara el motivo de su tan apremiante

visita. Mas viendo que no comenzaba á hablar y que no cesaba de mirarme

y de sonreir,

--Usted dirá, señor don Hermenegildo,--exclamé al cabo para obligarle á

entrar en materia.

--Voy allá--me respondió con su voz ronquilla y desagradable.--¿Pero

ha visto usted qué tiempo más infernal tenemos? Jé, jé, jé. Desde las

cuatro de la mañana, hora en que salí de casa, hasta que he llegado á

la de usted, no ha cesado un minuto de llover. Yo pica que pica á la

jaca, y el agua cae que caerás.

--¿Por qué no esperó usted á que escampara?

--¡Esperar!... Aunque hubieran caído capuchinos de bronce... ruedas

de molino, no dejo yo el viaje... ¡Pues no faltaba más! ¡Jó, jó, jó!

Yo soy así. Conque vamos al caso. Yo tenía que venir á Santander á

resultas de tres expidientes que andan por acá á punto de resolución,

y, á la verdá, lo dejaba, lo dejaba por aquello de que «no por mucho

madrugar amanece más temprano», cuando, amigo de Dios, ocúrreme ayer,

¡paño! ese disgusto sin más acá ni más allá, que, vamos, fué como si me

plantaran un rejón en seco en metá de la nuca. «Esto no puede quedar

así, me dije yo al instante, y aquí tiene que arder Troya, ó pierdo yo

hasta el nombre que tengo. Pero ¿por dónde la tomo? torné yo á decir.

¿Me voy al juez de primera instancia y echo á presidio á ese tunante?

Esto, si bien desagravia á la ley, no me satisface la corajina, y yo

necesito satisfacer la que me ahoga... y mucho más. Por otra parte, el

recurso del pleito siempre me queda libre...». Y dale que le das á la

cabeza; torna de aquí y vira de allá, resuélvome á sacar á ese hombre á

la vergüenza pública, sin perjuicio de encausarle en el día de mañana.

¿Y cómo le saco? Pues, señor, discurre y más discurre otra vez, y

cátate que se me pone usté en la mollera y me digo: _Ese muchacho_ es

de por suyo dado al impreso, y tiene mucha inclinación á la _letra de

molde_: él va á ser el que me ayude en esta obra de caridad... Porque,

¡sí, señor! una obra de caridad es, y de las más grandes, abichornar en

público á ciertos hombres y sacarles las colores á la cara... Conque...

¡jó... jó... jó!... aquí me tiene usté.

Y esto dicho, don Hermenegildo puso los brazos en jarras, irguió su

cabecita, abrió cuanto pudo sus ojuelos de rámila, que lanzaban un

fulgor irresistible, y volvió á dejar al descubierto los peñascales de

su dentadura amarillenta.

Como ustedes pueden figurarse, no quedé de lo más enterado, con la

relación hecha por el hijo del colono de mi abuelo, del verdadero

motivo de su visita, aunque por lo del rejón y lo de mi afición al

impreso y á las letras de molde, y, sobre todo, por los antecedentes

que yo tenía del personaje, supuse desde luego que se trataba de uno

de los infinitos líos que eran la comidilla de tío Sildo, entre cuyas

marañas trataba este peine de enredarme á mí. Roguéle que me explicara

más clara y precisamente su pretensión, y continuó de esta manera:

--Usté sabe muy bien que mi padre fué un pobre rentero del difunto

abuelo de usté (que esté en gloria). Como yo no disfrutaba de otros

bienes que los cuatro terrones que machacaba á medias con el amo,

y como, á la verdad, no me tiraba mucho la afición á bregar con el

campo, tan aína como aprendí la escuela lo mejor que pude, marchéme á

Andalucía. Bueno.--Pues, señor, estuve por allá ocho años pudriéndome

la sangre detrás de un mostrador, y al cabo de ellos volvíme á la

tierra con ocho onzas ahorradas y alguna experiencia del mundo, que

no hay oro con qué pagarla. Cuando llegué al pueblo habíase muerto

el maestro, y propusiéronme que enseñara yo la escuela por un tanto,

mientras se buscaba la persona que la había de regentar. Dió también

la casualidad de que por entonces cayera enfermo, para no sanar nunca,

el secretario del Ayuntamiento, y me tiene usté á mí asistiendo en

su lugar á todos los actos en que se necesitaba una buena pluma y un

regular dictado; comenencias que, aunque me esté mal el decirlo,

reunía yo mejor que el más pintado. Como el hombre guardador y

hacendoso en todas ocasiones encuentra medios de mejorar su pobreza,

sin dejar de ser maestro ni secretario interino, híceme rematante de

arbitrios, amén de dos mayordomías que apandé: una del señor conde

de la Lechuga, para lo respetive á las posesiones que tiene en la

provincia, y otra de las Ánimas benditas, que en aquel entonces tenían

en el pueblo un par de fincas morrocotudas. Ya con este pie de fortuna

pude picar también en otras especulaciones, con lo cual llegué, como

quien dice, á echar raíces en el pueblo, y cátame alcalde de la noche

á la mañana... ¡Ay, amigo de Dios! ¡Nunca yo lo hubiera sido! ¡Qué

tremolinas, qué laberientos!... Cuando yo cogí la vara, estaba el

Ayuntamiento que daba lástima. El depositario se había comido hasta los

clavos de la caja; se echaban contribuciones cada mes y recargos cada

semana; había un anticipo cada quince días, y con todo y con eso se

adeudaban al médico dos trimestres, estaba la casa-escuela sin ventanas

y sin atriles y se debían tres puertos, que los vecinos habían pagado,

como siempre, adelantados. Traté, según era regular, de poner allí un

poco de orden, y empecé por acusar las cuarenta al depositario. Éste y

otros actos de justicia me valieron tres palizas y la tirria y mala

voluntad de una docena de facinerosos, encubridores de tantas maldades.

Cinco años viví haciéndoles toda la guerra que pude y bregando con todo

género de desazones; y con todo y con ello, para que al cabo de ese

tiempo dejara yo la vara, fué preciso que medio pueblo me la arrancara

poco menos que á mordiscos y á puntapiés... Porque, créalo usté, el

hombre toma tanta más ley á una cosa cuanto más se la disputan.

--Pero, don Hermenegildo--le interrumpí,--si la administración que

precedió á la de usted fué tan mala como ha dicho, no comprendo por qué

el pueblo, que debía estar á matar con ella, le despidió á usted, á

usted, que quiso ponerla en orden, á mordiscos y á puntapiés.

--Porque... porque... eso consiste en que los aldeanos son así--me

respondió don Hermenegildo un tanto contrariado por haber dicho quizá

más de lo que debiera.--Cuanto mejor los trata usté--continuó,--menos

se lo agradecen. Además, que á esos vecinos que más guerra me hicieron,

los compraron los contrarios, y por eso dieron en decir que mi

administración había sido más mala que todas las anteriores. ¡Ya ve

usté qué barbaridad!

--Efectivamente--repuse en el mismo tono que si lo creyera.--Pero noto

que hasta ahora no me ha dicho usted nada que me indique lo que yo

tengo que hacer en el asunto que le trae aquí.

--Voy allá de contado. Desde aquella ocasión el depositario, tres

regidores, el pedáneo de mi barrio, cuatro mandones que comían con

ellos la sangre del lugar, y la porrá de vecinos que se les fueron

detrás como burros balleneros, no me han dejado un minuto de sosiego.

Fortuna que á mí nunca me han faltado buenos arrimos acá y allá, que

si no, Dios sabe lo que hubiera sucedido; porque ha de saber usté que

la tirria que me tomaron cuando yo cogí la vara, ha venido hasta hoy

creciendo como la espuma.

--Eso es de cajón entre semejante canalla, don Hermenegildo. Pero vamos

al caso.

--El caso es que conmigo, en el curso de tanto tiempo, se han hecho

herejías... Hoy una paliza al entrar en una calleja; mañana me

encontraba al volver á casa con que me habían echado abajo el horno

del corral; otro día me amanecían en la cuadra dos vacas con el rabo

cortado al rape; otra vez se le daba espita á una cuarterola de vino en

la bodega, sin saberse cómo ni por quién; si se corría por el pueblo

que una res se había desgraciado en el monte, no había que preguntar de

quién era, porque de fijo era mía; y ¡qué se yo cuántas iniquidades

á este respetive se han cometido contra mí! Pues bueno: todas ellas

las he sufrido, como aquél que dice, con serenidad, y siempre me he

conformado con lo que la justicia ha podido hacer, que no ha sido

mucho, en reparación de mis agravios... Pero la última, la última

partida que se me ha jugado, la última, ¡paño! la última ha podido más

que yo y me ha descuajaringado sin poderlo remediar. Figúrese usté, y

perdone, que ayer, al ir á concejo, me encuentro con todo el vecindario

amontonado junto á la puerta leyendo un papel que había amanecido

pegado á ella, y dando cada risotada que metía miedo. Acércome poco á

poco á leerle yo también, entérome de lo que decía, y ¡paño! no faltó

un tris para que me cayera allí mesmo redondo de coraje y del rézpede

que me entró. En seguida, codeando á la gente y echando lumbre hasta

por los dientes, arrójome sobre el papel... y aquí está entero para que

usté le vea.

Al decir esto don Hermenegildo, convulso y descompuesto, echó mano al

bolsillo interior de su chaquetón; sacó de él una enorme cartera de

badana amarilla amarrada con un hiladillo azul, y después de revolver

muchos papeles que había en ella, tomó uno muy arrugado y me le

entregó.

--¡Lea usté!--me dijo, temblándole la voz y centelleándole los ojuelos.

Abrí yo el papel, que era del tamaño de medio pliego y tenía rotas las

cuatro puntas por donde había estado pegado, y leí en él lo siguiente,

escrito con muy mala letra y con la ortografía que copio:

Tipos y paisajes · 第 60 / 63 题