Dos años pasaron. Andrés fué ascendido y trasladado á la ventanilla de
«Caja», en el departamento de «Cuentas corrientes».
Cuatro ó cinco días llevaría desempeñando su nuevo cargo, cuando una
mañana quedóse como petrificado al ver aparecer á Lucía ante la
ventanilla. Mirábala Andrés, sin hacer el menor ademán para coger el
_talón_ que aquélla le alargaba y que debía hacer efectivo.
Al fin, Lucía, hubo de exclamar:
--¿Le ha dado á usted un aire?
Andrés, al oir que Lucía le trataba de usted, pareció volver á la
realidad.
--Me ha dado una alegría muy grande al verla.
--¿Sí? ¡Menos mal! De todos modos, no sé á qué santo se alegra usted de
verme.
--Porque siempre alegra ver una cara bonita.
--Le advierto que yo he venido á cobrar y no á que me echen flores--dijo
Lucía agitando el triangulito de papel con la mano.
--¿Continúa usted con tan mal genio como antes?
--¡Continúo con el que tengo desde que nací!
--¡Por muchos años!
--¡Y usted que lo vea!
--¡Gracias!
--¡No hay de qué!
--Lo que parece mentira, es que su marido la deje sola siendo tan
bonita.
--Mi marido hace lo que le parece... y vuelvo á repetirle que se deje de
floreos... y que los guarde para su señora.
--¡Soy viudo, hace un año!
--¿Ha enviudado usted?
--¡Acabo de decirlo!
--Lo creo: su pobre señora se moriría como único recurso, para no sufrir
á su marido.
--Mi señora murió al darme un hijo.
--¿Tiene usted un hijo?
--Sí.
--¡Pobre angelito, más le valía haberse ido con su madre!
--¡Me está usted ofendiendo!
--¡Le hago justicia!
--Y usted... ¿no tiene familia?--preguntó Andrés con cierto retintín.
--Sí, señor--replicó Lucía, poniéndose encendida--: tengo padre, madre,
esposo, tíos, primos... y demás parientes.
--Parece usted una esquela de defunción.
--Para usted... ¡como si fuera el cadáver!
--Quiero decir que si no tiene usted hijos.
--¡Ah! No, señor.
--No me extraña; su marido debe estar para sopitas y buen vino.
Lucía, que comprendió que cada vez perdía más terreno, replicó con
cierta acritud:
--Mi marido estará para lo que sea; pero yo no estoy para darle á usted
conversación; conque págueme y ponga punto final.
--¿No sería mejor ponerlos suspensivos?
--No, señor: final... final; porque ya me guardaré yo muy bien de volver
á cobrar nada.
Andrés, algo cortado por el tono seco empleado por Lucía en sus últimas
palabras, empezó á contar billetes.
Cogió Lucía el dinero que Andrés le alargaba, y con un «buenos días» muy
desabrido, se alejó de la ventanilla, dejando á su antiguo novio triste
y pensativo.
Lucía, en efecto, no volvió más, defraudando las esperanzas de Andrés;
un dependiente fué el que, en lo sucesivo, se presentó á cobrar.