II

Dos años pasaron. Andrés fué ascendido y trasladado á la ventanilla de

«Caja», en el departamento de «Cuentas corrientes».

Cuatro ó cinco días llevaría desempeñando su nuevo cargo, cuando una

mañana quedóse como petrificado al ver aparecer á Lucía ante la

ventanilla. Mirábala Andrés, sin hacer el menor ademán para coger el

_talón_ que aquélla le alargaba y que debía hacer efectivo.

Al fin, Lucía, hubo de exclamar:

--¿Le ha dado á usted un aire?

Andrés, al oir que Lucía le trataba de usted, pareció volver á la

realidad.

--Me ha dado una alegría muy grande al verla.

--¿Sí? ¡Menos mal! De todos modos, no sé á qué santo se alegra usted de

verme.

--Porque siempre alegra ver una cara bonita.

--Le advierto que yo he venido á cobrar y no á que me echen flores--dijo

Lucía agitando el triangulito de papel con la mano.

--¿Continúa usted con tan mal genio como antes?

--¡Continúo con el que tengo desde que nací!

--¡Por muchos años!

--¡Y usted que lo vea!

--¡Gracias!

--¡No hay de qué!

--Lo que parece mentira, es que su marido la deje sola siendo tan

bonita.

--Mi marido hace lo que le parece... y vuelvo á repetirle que se deje de

floreos... y que los guarde para su señora.

--¡Soy viudo, hace un año!

--¿Ha enviudado usted?

--¡Acabo de decirlo!

--Lo creo: su pobre señora se moriría como único recurso, para no sufrir

á su marido.

--Mi señora murió al darme un hijo.

--¿Tiene usted un hijo?

--Sí.

--¡Pobre angelito, más le valía haberse ido con su madre!

--¡Me está usted ofendiendo!

--¡Le hago justicia!

--Y usted... ¿no tiene familia?--preguntó Andrés con cierto retintín.

--Sí, señor--replicó Lucía, poniéndose encendida--: tengo padre, madre,

esposo, tíos, primos... y demás parientes.

--Parece usted una esquela de defunción.

--Para usted... ¡como si fuera el cadáver!

--Quiero decir que si no tiene usted hijos.

--¡Ah! No, señor.

--No me extraña; su marido debe estar para sopitas y buen vino.

Lucía, que comprendió que cada vez perdía más terreno, replicó con

cierta acritud:

--Mi marido estará para lo que sea; pero yo no estoy para darle á usted

conversación; conque págueme y ponga punto final.

--¿No sería mejor ponerlos suspensivos?

--No, señor: final... final; porque ya me guardaré yo muy bien de volver

á cobrar nada.

Andrés, algo cortado por el tono seco empleado por Lucía en sus últimas

palabras, empezó á contar billetes.

Cogió Lucía el dinero que Andrés le alargaba, y con un «buenos días» muy

desabrido, se alejó de la ventanilla, dejando á su antiguo novio triste

y pensativo.

Lucía, en efecto, no volvió más, defraudando las esperanzas de Andrés;

un dependiente fué el que, en lo sucesivo, se presentó á cobrar.

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. · 第 23 / 34 题