--¡Cómete este caramelo, Andrés!--dijo Lucía á su novio alargándole uno.
--Ya sabes que no me gustan--replicó éste.
--¡Que te lo comas!
--¡Que no me lo como!
--¡Pues no me vuelvas á dirigir la palabra!
--¡No te la dirigiré!
--¡Hemos terminado!
--¡Hemos concluído!
Lucía y Andrés continuaron el paseo muy serios y sin volver á cruzar la
palabra.
Detrás de los novios, á cierta distancia, iban las respectivas mamás,
hablando de _lo mal que está el servicio_; en último término, los papás
discutían acerca de _lo mal que está esto_.
Ambas familias tenían estrecha amistad, desde muchos años atrás, y puede
decirse que Lucía y Andrés eran novios desde que tuvieron edad para
pensar en ello.
Engolfados en la conversación los progenitores, no se enteraron de lo
ocurrido á la enamorada pareja, hasta que, terminado el paseo y llegado
el momento de despedirse, observaron la frialdad con que los muchachos
lo hacían.
--¡Ay... qué chicos estos!--dijeron las mamás besuqueándose en ambos
carrillos.
--¡Qué poca formalidad tenéis!--agregaron los papás sentenciosamente.
Cualquiera hubiera supuesto que la riña no pasaría adelante, y que ello
terminaría en dulces y sabrosas paces; pero no fué así: el pícaro amor
propio, la terquedad de los muchachos convirtió en montaña inaccesible
lo que sólo era grano de arena.
Andrés dejó de ir á ver á Lucía; ésta, muchas veces cogió la pluma para
escribir á su novio diciéndole: «Perdóname y ven». Pero otras tantas la
volvió á dejar, pensando que tanta razón había para que ella le pidiera
perdón á él, como él á ella: tan terco había sido el uno como el otro.
Y de este modo iban dejando pasar el tiempo, y dando lugar á que la
situación se hiciera por momentos más tirante.
Andrés dábase á todos los diablos y muchas veces llegó hasta muy cerca
de la casa de Lucía; pero otras tantas retrocedió, pensando que ella no
debía quererle mucho, por cuanto no intentaba hacer las paces por medio
de una cartita. ¿Qué culpa tenía él de que no le gustaran los caramelos?
Viendo que la cosa no se arreglaba, mediaron las mamás, y llegaron á
tomar cartas en el asunto los papás. ¡Era una verdadera tontería que
unos chicos que tanto se querían y que tan felices estaban llamados á
ser, rompieran las relaciones por un caramelo: ¡esto era ridículo! Pero
ningún resultado satisfactorio obtuvieron los mediadores; y no solamente
no consiguieron nada, sino que la discordia acabó por extenderse á ellos
mismos.
El padre de Andrés dijo que él no volvía á decir una palabra más sobre
el asunto; que hicieran lo que quisieran.
--«Esa niña--decía--está demasiado consentida y mal educada; es
demasiado terca, y una mujer terca no puede hacer feliz á su marido...
¡Vaya con la muñeca!»
La madre de Lucía concluyó por asegurar que Andrés tenía demasiados
humos, y que ella _no se rebajaba_ más.
--Se habrá figurado--decía á cuantos la querían oir--que no hay más
hombre que él en el mundo y que Lucía se va á quedar para vestir
imágenes. Total, porque tiene ocho mil reales de sueldo en el Banco de
España, ya se cree que es el _rey del petróleo_. Pues que se quede en su
casa, que mi hija se está tan ricamente en la suya; y que tenga cuidado,
que puede que vaya á caer con alguna que en vez de caramelos le haga
comer morcilla... ¡El demonio del niñito...! ¡Pues no faltaba más!
Y las relaciones entre los padres fueron suspendiéndose poco á poco,
hasta romperse del todo.
Pero si los padres se conformaron con esto, los hijos, no. Lucía
necesitaba _darle en la cabeza_ á su ex novio, para ver si se le
ablandaba, y, para ello, aceptó las relaciones de un comerciante,
conocido de casa, que, si bien era cierto que tenía muchos años, también
lo era que tenía mucho dinero.
No faltaría algún alma caritativa que se lo contara á Andrés, y
seguramente que las condiciones del nuevo novio le harían rabiar más.
Así sucedió. En cuanto Andrés supo que Lucía tenía novio... ¡y qué
novio...!, se declaró á una muchacha que vivía en el principal de su
misma casa, _para darle en las narices_ á su ex novia.
A los seis meses de esto, y al levantarse una mañana Andrés, para ir á
la oficina, la criada le entregó un paquetito que, momentos antes,
habían llevado para él. Desenvolvióle, con no poca curiosidad, y, cuál
no sería su sorpresa al encontrarse con una cajita de caramelos y una
cartulina plegada en tres dobleces, en la que Lucía y su esposo le
participaban el efectuado enlace.
Averiguar á dónde fueron á parar los caramelos al salir por la ventana
del cuarto de Andrés, es cosa bien difícil.
A los tres meses, Andrés contraía matrimonio.