III

Cierta tarde que Andrés iba de paseo por la calle de Alcalá, llevando de

la mano á su hijo Abelardito, que á la sazón contaba tres años, al pasar

por frente á San José, quedóse de pronto sin saber qué partido tomar:

Lucía y su madre avanzaban en dirección suya, y se hallaban á muy poca

distancia; ambas vestían de luto.

Lucía, al ver á Andrés sonrió, y, tanto ella como su madre, siguieron

andando hasta llegar á él.

Saludólas Andrés con gran azoramiento.

Lucía, sin dejar de sonreir ni de mirarle, dijo:

--Tienes un hijo bastante más guapo que tú.

Púsose Andrés sumamente colorado, y quiso responder algo; pero no acertó

á decir palabra.

Lucía, cogiendo al niño en brazos, besóle con apasionamiento.

--Rico, monín... ¿Cómo te llamas?... Tu papá es muy feo, ¿verdad?

Y al decir esto, juntaba su cara con la del nene y, siempre sonriente,

miraba al padre.

Por fin, quiso Dios que Andrés recobrara el habla, y hubo preguntas y

explicaciones por ambas partes. Lucía había enviudado hacía poco más de

un año.

Como la conversación no llevara trazas de terminar, Doña Luisa propuso

que Andrés las acompañara hasta su casa. Lucía, cuando llegaron,

insistió en que subieran, para darle unas galletas al bebé... ¡Era tan

monín, tan salado... y tan chiquitín!...

* * * * *

Doña Luisa, la madre de Lucía, se llevó al niño al comedor, y ésta y

Andrés quedaron solos en la sala. Andrés miraba á Lucía sin decir

palabra.

--¿Te has quedado mudo?--preguntó ella.

--Me he quedado asombrado al ver lo bonita que estás; eres una viudita

lindísima.

Lucía se puso colorada.

--¿Me quieres todavía un poquitillo, Lucía?

--¿Y tú á mí?

--¡Con toda mi alma; más que antes! Si tú quisieras, aun podríamos

remediar pasados errores... ¿Quieres ser mi mujer?

Lucía, cada vez más colorada, y con voz algo velada por la emoción,

respondió:

--Eso depende de ti.

--¿De mí?

--Sí.

--Pero tú, ¿me quieres?

--No he dejado de quererte nunca.

--No obstante, aquella mañanita del Banco...

--Aquella mañanita... yo era casada.

--Es verdad. Pero, entonces, no comprendo...

--Espera un momento.

Lucía, al decir esto, se levantó y dirigióse precipitadamente hacia un

gabinete contiguo.

Hacíase Andrés inútilmente reflexiones acerca de cuál podía ser la

causa que hiciera depender el matrimonio de él, cuando Lucía reapareció

en la sala, ocultando en sus manos un pequeñísimo objeto.

Avanzó resueltamente hacia Andrés, y, tomando asiento frente á él, dijo

así:

--¿Dices que si quiero ser tu mujer?

--¡Sí!--respondió el aludido, sin comprender en qué iba á parar aquello.

--Pues cómete esto--y Lucía puso ante los ojos de Andrés el pequeño

objeto que ocultaba.

--¡¡Un caramelo!!--exclamó Andrés.

--Un caramelo, no; es el mismo caramelo de aquel día--dijo Lucía,

haciendo un delicioso mohín.

Andrés vaciló un momento, miró á Lucía, miró al caramelo... y, por

último, tomó éste, que se hallaba en un estado lastimoso, de manos de

Lucía; le quitó el papel, como Dios le dió á entender, y echándoselo á

la boca, lo mascó con fuerza y se tragó los pedazos.

--¿Estás ya satisfecha?

--¡Sí! Ahora te pido que perdones mi terquedad; era una cuestión de amor

propio. Desde hoy mi voluntad será la tuya, Andrés--dijo Lucía,

levantándose y bajando la vista al suelo.

Andrés, levantándose también, se acercó á Lucía, á la ex novia que

recobraba, y estrechóla amorosamente contra su pecho, á tiempo que Doña

Luisa, con Abelardín, aparecía en la puerta de la sala.

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. · 第 24 / 34 题