II

Malamente pasó aquella noche Juan Pacheco. Lo mismo fué meterse en la

cama que empezar á saltar en ella, como si el colchón estuviera sembrado

de alfileres, y es el caso que, con tanto saltar, no hacía más que

agitar en su cerebro la idea que aquella tarde había nacido en su

pensamiento: matarse. ¿Qué podía esperar de Dolores después de la burla

que había hecho de su cojera? ¡Nada! Pues si no podía esperar nada de

Dolores, él estaba de más en la vida. Otras muchas cosas pensó; pero á

todas renunció, por no encontrarlas viables; porque si en un principio

le pareció una buena idea la de ponerle fuego por los cuatro costados al

pueblo, luego pensó que era una barbaridad, de la que podía resultar que

se achicharraran los buenos y se pusieran en salvo los malos, como

Dolores y _Meleno_.

Sería la una de la madrugada cuando, después de mucho deliberar,

resolvió ser él solamente el que se quitara de en medio; lo que no pudo

resolver fué el modo de hacerlo, porque se tuvo que levantar para hacer

la hornada; pero esta idea se le coció á él en la mollera, mientras el

pan se cocía en el horno: se quitaría la vida segándose la garganta con

la navaja barbera que tenía su padre para afeitarse. Pero cortarse el

cuello así, sin que aquella descastada lo viera, para que no le saliera

el susto del cuerpo en toda la vida, era una tontería. ¿Iría á casa de

Dolores y se daría el tajo delante de la familia? ¡Bah! ¡No le dejarían!

¿Y cómo hacer?

Estas dudas vino á resolverlas, hacia las ocho de la mañana, un amigote

de Juan: «Dolores había ido á _Cornejilla la Nueva_ hacía un momento.»

Dolores, en efecto, iba muchos días á comer con sus tíos, labradores de

_Cornejilla la Nueva_, que distaba de la Vieja cosa de un kilómetro, y

regresaba por la tarde. Las dos _Cornejillas_ comunicaban por medio de

un camino vecinal, por el que no podían transitar carros, á causa de su

angostura; este camino, poco antes de _Cornejilla la Vieja_, se veía

cortado por un pequeño barranco de dos metros de ancho, que se salvaba

por medio de unos tablones que no tenían otra sujeción que su propio

peso, ni más seguridad que la buena intención de los caminantes; allí

mismo resolvió _Pelotón_ hacer la barbaridad.

Cuando Dolores regresara, él, que estaría esperando... ¡zas!... se

rebanaría el cuello y se dejaría la cabeza colgando de un pedacillo de

carne, para que no hubiera duda en la identificación.

¡Ya vería aquella mujer sin corazón quién era Juan Pacheco!

La impaciencia le tenía de tal modo inquieto, que, no bien hizo que

comía, pues no era cosa de atracarse, según su costumbre, estando

próximo á morir, cogió la navaja, se la metió en el bolsillo y... ¡hala

para el barranco!... que desde aquel día sería célebre. Cuando llegó,

miró la hora en un abultado reloj de plata, que bien pudiera hacer el

oficio de tartera quitándole la máquina, y vió que aun faltaban dos

horas largas para que Dolores regresara, según la que tenía por

costumbre. ¡Cuántas veces la había acompañado por aquel camino...

cuántas!

Dióse Juan á meditar sobre todo lo ocurrido antes de la guerra, en la

guerra y después de la guerra, sacando en consecuencia á qué extremos

llegan los hombres por su mala cabeza; porque ahora que lo miraba

fríamente, no dejaba de comprender que Dolores tenía razón... hasta

cierto punto. Lo cierto es que cuando él vino de la guerra no hablaba de

otra cosa más que de Doña Amparo, y, si es verdad que sólo la gratitud

era la que movía su lengua, el caso es que él no se había ocupado de

decirle á su novia ni una palabrica dulce; y esto, con las cartas tan

llenas de cariño y de zozobra por el estado de su salud, que ella le

había escrito, la verdad era que no estaba bien, y le parecía natural

que Dolores se hubiera enfadado; que mujer era, y, al fin y al cabo, las

mujeres no pueden comprender que un hombre piense en otra sin estar

enamorado de ella. Pero también aquel engaño de citarle en la ventana,

haciendo que él creyera que sería porque ella se estaba muriendo por

decirle algo, y salir luego con aquella andanada, aquellos modales,

aquel modo de cerrar la ventana dándole con ella en las narices y medio

espachurrándole un dedo, que bien negra tuvo la uña días y más días...

¡tampoco aquello estaba bien! ¿Que había dado lugar á ello? Sí, señor;

si no lo negaba; pero no estaba bien aquello, ¡congrio!, no estaba

bien.

Cuanto más pensaba Juan, más lío se hacía con sus ideas, y á vuelta con

ellas, siempre venía á parar al mismo punto: Dolores tenía razón.

«Pero si tenía razón, lo menos que podía, que debía hacer, antes de

largarse el tajo, era decírselo y aun pedirle perdón. ¿Y quién era el

guapo que lo hacía, si no había un Dios que se acercara á hablarla? ¡Ah!

Si él hubiera podido hablarla, no hubieran llegado las cosas al extremo

que habían llegado; que moza que á él le dejara hablar, era moza

perdida, según las cosas que sabía decirle.»

La idea de hablarle antes de morir se aferró de tal modo á su

pensamiento, que ya no pensó en otra cosa que en lograrlo. Cuando ya

desesperaba de conseguirlo, se le ocurrió un modo que consideró como

infalible: quitaría las tablas que servían de puente y, así, no pudiendo

pasar, no tendría más remedio que detenerse y escucharle, bien que ello

fuera desde la otra orilla. «¿Y si se volvía para atrás? ¡Congrio! ¡Si

se volvía para atrás, de un salto se ponía al otro lado del barranco, la

cogía de un brazo, y quieras que no, tendría que oirle!»

En esto estaba Juan, cuando, á lo lejos, vió avanzar una mujer por el

camino vecinal: ella era sin duda alguna. Con gran entusiasmo puso

_Pelotón_ manos á la obra. Las tablas eran pesadas; pero fuerzas tenía

él más que sobradas, y así, cuando Dolores, que ella era, llegó al

barranco, se encontró con que no podía pasar.

Juan, haciéndose el desentendido, afilaba un palitroque con la navaja

barbera, haciéndose la ilusión de que, de un momento á otro, iba á

sentir á Dolores que le llamaba para que hiciera el favor de poner las

tablas en su sitio.

Dolores, que desde el primer momento comprendió lo que Juan había hecho,

y por qué lo había hecho, sintió una gran alegría y sonrió al pensar en

el chasco que se iba á llevar el mozo, si estaba esperando á que ella le

pidiera que franqueara el paso. Juan, más nervioso que una damisela, y

mirando de reojo á Dolores, sacaba astillas y más astillas del

palitroque, de modo que pronto acabara con él, y no acabara con los

dedos por milagro.

Dolores, que se había sentado en un montoncillo de tierra, tarareaba,

por lo bajo, una canción.

El mozo, que tomaba aquella actitud de Dolores por la más despreciativa

que mujer alguna pudiera tomar para despreciar á un hombre, empezó á

sudar y trasudar y á pensar que, en vista de que ella no decía nada,

debía decirlo de él... pero que no se le ocurría nada.

«Y ¡qué guapa estaba la condenada! ¡También tendría que ver eso de

matarse y que viniera otro con sus manos lavadas y se llevara aquel

pedazo de gloria! ¡¡Recongrio!!»

Y tal era la cara que Juan ponía, que Dolores, que de hito en hito le

miraba, sintió ganas de reir y tuvo lástima del pobre Juan.

No llevaba traza de terminar aquella situación, por cuanto Dolores no

tenía intención de despegar los labios, y á él no se le ocurría por

donde empezar. Tanto coraje le causó esto, que ello sirvió para

desatarle la lengua.

--¿Te vas á estar así hasta la noche?--dijo.

Volvió lentamente la cabeza Dolores, para mirarle, y contestó con la

mayor gravedad:

--No sé que te pueda importar mucho el que me esté ó no me esté; pero,

de todos modos, bien se comprende que aquí me tengo que estar hasta que

venga alguien que vuelva las tablas á su sitio y se pueda pasar.

--¿Y no estoy yo aquí para ponerlas?--replicó Juan con creciente

coraje.

--Entonces, ¿para qué te has tomado el trabajo de quitarlas?

--¿Y si no hubiera sido yo?

--No puede ser nadie más que tú, porque no hay otro en el pueblo que

tenga más mala sangre.

--¿Que yo tengo mala sangre? Ahora mismo vas á verlo--exclamó Juan, que,

como se ve, perdía en seguida los estribos--. Yo he sido el que ha

quitado las tablas, sí, señor, yo he sido; pero no te creas que las he

quitado para detenerte y estarme recreando en mirarte, que moza con tan

mal corazón como el que tú tienes, no es para que la mire nadie: las he

_quitao pa_ que no tengas más remedio que ver de lo que es capaz Juan

Pacheco.

Levantóse Dolores, un tanto sobresaltada, al ver á Juan esgrimir la

navaja, y acercóse al borde del barranco.

--Las he _quitao, pa_ que veas cómo, por tu culpa, me rebano ahora mismo

el pescuezo, y _pa_ que veas, de paso, si es mala la sangre que tengo.

--Pero ¿para qué quieres matarte, pedazo de bárbaro?--replicó Dolores

muy azorada, al ver la fiera actitud de Juan.

--¡_Pa_ no verte!

--¿Pues tienes más que no mirarme?

--¿No mirarte sabiendo que te puedo ver?

--¿Qué falta te hago yo para nada, si para ti no hay más que una mujer

en el mundo?

--Eso, eso que tú has dicho: una _na_ más.

--¡Tu Amparito!

--¡No, congrio: mi Dolores! Y puesto que tú ya no me quieres, ahora vas

á ver lo que hago.

Y al decir esto, con tanta furia se llevó la navaja al cuello, que

Dolores, espantada, dió un grito horrible y se tapó la cara con las

manos.

Al oir el grito dado por Dolores, suspendió Juan la operación del

degüello; pero no tan pronto que el filo de la navaja no causara un

pequeño corte en la piel. Breves momentos permanecieron en aquella

actitud. Descubrió su cara temerosa Dolores, y, con enérgico acento,

dijo:

--Tira eso, Juan; tira eso ahora mismo.

Lentamente bajó el brazo Juan.

--¡Que tires eso, te digo!--volvió á repetir la moza.

Juan miró la navaja, miró después á Dolores, y sintiendo sobre sí el

influjo del mirar de ella, arrojó violentamente la navaja al fondo del

barranco. Cuando Dolores le vió tirarla, dejóse caer en el montoncillo

de tierra y rompió á llorar con gran desconsuelo.

Ver Juan que Dolores lloraba y plantarse de un brinco á su lado, fué

cosa de un segundo.

Sentóse Juan junto á Dolores, rodeó su cintura con un brazo, y,

sacándola el pañuelo, que asomaba en uno de los bolsillos del

delantalillo, por no estar muy seguro del suyo, quiso secar aquellas

lágrimas que se vertían por su culpa.

--Quita de ahí, bruto; déjame en paz--decía Dolores con entrecortado

acento, porque la acción de Juan habíala conmovido muy de veras.

--Dolores... Dolorcicas--decía éste, hecho pura jalea--; no llores ó

bajo por la navaja, que bien merecido me tengo, por bruto, quitarme de

en medio; no llores, Dolorcicas, y, mírame ya una vez con aquel cariño

con que me mirabas antes.

--Como te lo mereces tanto--contestaba la moza sorbiéndose las lágrimas.

--No me lo merezco, ni poco, ni mucho, ni _na_; pero tú eres muy buena

para negarlo. Mira que tú no sabes lo que he _penao_ por ti en este

tiempo.

--¿Por mí, ó por la otra?

--No me hables más de la otra, que ni tan siquiera por casualidad me

acuerdo de ella.

--Mal hecho--respondió Dolores, ya más serena.

--¡Congrio! ¿Y por qué?

--Porque no debe olvidarse nunca el bien que se nos hace. Yo ni la he

olvidado, ni la olvidaré.

--¿Tú?

--¿Cómo olvidar el cariño con que te cuidó y te atendió en el hospital?

--¡_Miá_ que eres buena! Pero, entonces, dejando á un _lao_ lo de mi

cojera, que ya me barruntaba yo que era una añagaza del cochino de

_Meleno_, ¿no hiciste lo que hiciste por celos?

--¿Por celos? ¡En tan poco te crees que me tengo yo!

--Tienes razón: ella, en su esfera, es un ángel; tú, en la tuya, eres

otro... y cada oveja con su pareja... y Dios con todos, Dolorcicas.

--¿Sabes el placer más grande que yo tendría?

--Cuál.

--Conocer á esa señora. Te aseguro que, como cayera en mis manos, dos

besos en los que se llevara toda mi alma no se los quitaba nadie.

--No se los quitaría nadie; pero yo te aseguro que los que yo te voy á

dar, tampoco te los quita á ti ni el mismísimo _Sursum corda_.

Y Juan, abrazándose á Dolores, como náufrago que se ahoga, buscó su

fresca boca con afán; huíale Dolores, entre risas sofocadas; lucharon

algunos momentos y, al fin, sucumbió la muchacha, que vió ahogadas sus

risas por una lluvia de besos.

Hay que hacer constar aquí, que aquella era la primera vez que Dolores

consentía á Juan propasarse. Tanto le había visto sufrir al pobrecillo,

que no pudo negarle aquella preciada recompensa. En aquel momento

Dolores advirtió que en el cuello de Juan había sangre; sobresaltóse al

pronto, pero en seguida se convenció de que no era más que un arañazo.

--Merecido tenías que te hubiera dejado matarte--dijo cariñosamente la

moza.

--Esta será la señal de mi felicidad, Dolores de mi alma.

La noticia de la boda de Juan con Dolores corrió por el pueblo como un

reguero de pólvora; aquélla se celebró á los dos meses de lo ocurrido

junto al barranco. ¡Ah! el pueblo recobró la tranquilidad, porque el pan

volvió á tener su peso, con gran contentamiento del Alcalde, que más de

una vez vió peligrar la vara.

Y nosotros, seguros ya de la felicidad de nuestro buen amigo Juan,

salimos de _Cornejilla la Vieja_ para no volver más, con gran

satisfacción nuestra; porque la verdad es que la mayoría de los pueblos

de España convidan bien poco á visitarlos.

¡Yo me caso con ella!

Muchas lágrimas le había costado á la señora Rita su hijo Ramón; pero ya

no lloraba, ya no reprendía... ya no aconsejaba siquiera... ¿Para qué?

Ni ella con su cariño de madre, ni Benito, hermano de Ramón, con sus

reflexiones, habían conseguido traer á éste al buen camino. ¡Todo era

inútil! Ramón seguía frecuentando la taberna y olvidando el trabajo.

--¿Por qué no vas á la fábrica?--decíale Benito con tono

bondadoso.--Mira que con mi jornal solamente no podemos atender á las

necesidades de la casa.

--Yo no pido nada--respondía Ramón secamente.

--No pides nada, es verdad; pero no es la primera vez que he tenido que

pagar deudas tuyas.

--Has hecho mal.

--Ya que madre y yo te seamos indiferentes, piensa, al menos, que estás

comprometido con la Inés; que en el pueblo se murmura que no te portas

con ella como un hombre de bien, y que es preciso que demuestres que lo

eres.

--Los del pueblo podían ocuparse en sus asuntos y dejar á los demás en

paz.

Y, por regla general, Ramón, dando media vuelta, se alejaba dejando á su

hermano con la palabra en la boca.

Estaba visto que no podía hacer carrera de su hermano, y que ni él ni su

madre podían contar con Ramón para nada.

Efectivamente: Ramón, dominado por sus ideas levantiscas y por su

holgazanería, sobre todo, no estaba dispuesto á escuchar razones ni á

seguir consejos.

¡Cuanto sufría el pobre Benito!, muchacho honrado, trabajador y formal

como pocos; amante de su madre y de su casa, como nadie. Él no podría

casarse nunca; él no podría decirle á Rosa, aquella muchacha fornida y

fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de pronunciado seno y recias

caderas, que la quería con toda su alma. ¿Cómo iba él á crearse nuevas

necesidades si apenas podía con las actuales? ¿Cómo iba él á exponerse á

que ella no quisiera á su madre, á la buena señora Rita y...? A él sí

que le quería, se lo decía con sus relucientes ojos siempre que se

encontraban; pero dice el refrán que «el casado casa quiere», y... ¡No;

él no abandonaría nunca á su madre!

Ramón era el azote de todas aquellas personas á las que, por ley

natural, debía amar tanto.

Inútilmente la madre de Inés aconsejaba á ésta constantemente que dejara

á Ramón.

--No puedo, madre, no puedo--respondía la muchacha invariablemente.--Yo

sé que es malo, lo sé... pero no puedo dejarlo.

Bien sabía ella que iba á ser desgraciada, que lo era ya; pero el mal no

tenía remedio.

--Si yo te quiero ahora más que á nada en el mundo--la dijo Ramón un

día--, ¿qué será, Inés, si accedes á ser mía? Entonces yo seré como

vosotros queréis que sea; trabajaré y ahorraré para casarme en seguida,

porque no podré vivir sin tenerte á todas horas.

La pobre Inés, creyendo en la sinceridad de aquellas palabras, y

pensando que su sacrificio sería base de la redención de su novio, fué

débil y entrególe su honor inmaculado. Y es lo cierto que, desde

entonces, la infeliz perdió todo el ascendiente que tenía sobre Ramón y

que llegó á verse tratada brutalmente por aquel hombre.

No fué esto lo peor; lo peor fué que en el pueblo se empezó á murmurar,

porque Ramón se fué de la lengua más de lo debido, y bien pronto

comprendió la pobre muchacha que su falta era ya conocida de todos.

Inés sentía su alma hacerse pedazos al pensar en su madre. ¿Qué

sucedería cuando llegara el momento inevitable en que ella se

enterara... ¡Nada...! Si hubiese tenido padre, otra cosa hubiera sido;

pero su madre... su madre no pudo hacer más que llorar, llorar como

ella, sin tregua ni consuelo, sentirse morir de pena, y adorar á su hija

tanto más cuanto más desgraciada la veía.

Hubo conferencias con Ramón; súplicas... ruegos... amenazas... ¡Todo fué

inútil! ¡El se casaría cuando quisiera!

Se suspendieron las recriminaciones para ver si por el camino de la

dulzura se conseguía algo de aquel hombre sin conciencia; pero nada se

consiguió, y Ramón fué, más que nunca, el tirano de aquellos dos

hogares, sumidos en la más negra desesperación, por su culpa.

Un día sucedió lo que tenía que suceder. El final de una partida de

_mus_, fué el principio de una batalla campal. Insultos,

imprecaciones... blasfemias... navajas, cuyas hojas brillan en el aire

como relámpagos... y un cuerpo que cae desplomado al suelo...

* * * * *

Más de un mes había transcurrido desde el trágico fin de Ramón, y aun no

habían cesado los comentarios que de él se hacían, sobre todo, en lo

referente á la pobre Inés.

Por dondequiera que iba el bueno de Benito, siempre llegaban á sus oídos

rumores de conversaciones, en las que su hermano no salía muy bien

librado.

Aquella situación se iba haciendo intolerable; la falta cometida por su

hermano la sentía Benito pesar sobre su conciencia, como si fuera él

quien la hubiera cometido.

Pasábase las noches de claro en claro luchando con sus ideas; sostenía

vivos altercados con su conciencia, que, en verdad, nada le reprochaba;

discutía acaloradamente con su madre y sostenía larguísimas

conversaciones con Rosa, exponiéndola razones irrefutables para

convencerla de que debía perdonarle la traición que bullía en su

cerebro, puesto que era en beneficio del descanso de Ramón y de la paz y

el sosiego de la pobre Inés. Y tanto y tanto bregó con la una, y tan

elocuente se mostró con la otra, que al fin, aunque lo cierto es que

nunca habló con ellas, sino consigo mismo, logró convencerlas, y Benito

pudo poner en práctica el proyecto que hacía días le tenía en aquel

estado tan lamentable.

Una tarde, pálido y tembloroso, poseído de una grande emoción, tanto por

el acto que iba á realizar como por la incertidumbre del acogimiento que

pudiera tener, se presentó en el ancho portalón de la casa de Inés. La

imagen de Rosa se le presentó allí nuevamente más hermosa que nunca;

pero Benito dióla las últimas y más poderosas razones que podían

servirle de justificante para su conducta, y aquélla, anegada en llanto,

desapareció para siempre.

Las dos mujeres, sentadas una enfrente de otra, cosían cuando Benito

hizo su aparición. Al verle la señora Juana, madre de Inés, exclamó con

enojo:

--¡Tú aquí!

--Yo, señora Juana, yo mismo--respondió todo azorado Benito.

--Creí que no nos volveríamos á ver más.

--¡Señora Juana!...

--Madre--interrumpió Inés--, Benito es bueno... ¿Por qué le habla usted

así al pobre?... ¡Qué culpa tiene él!...

--Si él hubiera influído lo necesario con su hermano...

--¡No diga usted eso, por lo que más quiera, señora Juana!--exclamó

Benito con fogosidad en él no acostumbrada.

--¡Madre!...

--Puede que me equivoque, tal vez...; pero vete, Benito, vete. ¿Cómo

quieres que te vea con calma viendo á mi hija? ¿Cómo quieres que hable,

qué quieres que diga si me recuerdas al autor de nuestra desgracia?

Inés, levantándose con presteza, fuése hacia su madre, besándola y

acariciándola con ternura.

--¿Qué será de mi pobre hija--continuó la señora Juana entre sollozos--;

quién la amparará cuando yo falte, cuando quede sola en el mundo?... ¡Mi

pobre hija no tendrá quien vele por ella; porque ¿quién ha de casarse

ya?...

Benito, que estaba escuchando con la cabeza baja y dándole más vueltas á

su gorra que rueda de molino, exclamó al oir á la madre de Inés:

--¡Yo!

Al escuchar aquella contestación, quedaron ambas mujeres mudas y

perplejas.

--¿Tú?--dijo al fin la señora Juana.

--Yo, sí; yo me caso con ella.

Miraba Inés á Benito, sin acertar á comprender sus palabras; sin duda

había oído mal.

Benito, no queriendo dar lugar á que el habla se le cortase, continuó

diciendo:

--A tratar de eso vengo con usted y con ella. Es preciso que Inés

recupere su honra, y es preciso que la gente deje ya tranquilo á mi

hermano en su sepultura. Si Inés quiere, será mi esposa; es el único

medio que he encontrado para reparar el mal que mi hermano le causó.

Inés miró con asombro á Benito durante algunos instantes.

--¿Tú serás el padre del hijo de tu hermano?--preguntó después,

poniéndose más pálida que la cera.

--Yo, Inés; yo seré el padre de esa criatura que ha de venir al mundo;

yo seré tu marido y haré cuanto esté en mano para que seas feliz... si

tú me aceptas.

Inés se acercó lentamente á Benito, y cogiéndole una de sus manos,

estampó en ella un beso, murmurando con los ojos arrasados en lágrimas:

--¡Gracias, Benito!

Y después, echando los brazos al cuello de su madre, la estrechó

amorosamente contra su pecho.

Benito, con la cabeza inclinada sobre el pecho, sintió que una mano

misteriosa arrancaba de su corazón la imagen de Rosa, de aquella

muchacha fornida y fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de

pronunciado seno y recias caderas, á la que nunca se había atrevido á

decir: ¡Te quiero con toda mi alma!...

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. · 第 21 / 34 题