Malamente pasó aquella noche Juan Pacheco. Lo mismo fué meterse en la
cama que empezar á saltar en ella, como si el colchón estuviera sembrado
de alfileres, y es el caso que, con tanto saltar, no hacía más que
agitar en su cerebro la idea que aquella tarde había nacido en su
pensamiento: matarse. ¿Qué podía esperar de Dolores después de la burla
que había hecho de su cojera? ¡Nada! Pues si no podía esperar nada de
Dolores, él estaba de más en la vida. Otras muchas cosas pensó; pero á
todas renunció, por no encontrarlas viables; porque si en un principio
le pareció una buena idea la de ponerle fuego por los cuatro costados al
pueblo, luego pensó que era una barbaridad, de la que podía resultar que
se achicharraran los buenos y se pusieran en salvo los malos, como
Dolores y _Meleno_.
Sería la una de la madrugada cuando, después de mucho deliberar,
resolvió ser él solamente el que se quitara de en medio; lo que no pudo
resolver fué el modo de hacerlo, porque se tuvo que levantar para hacer
la hornada; pero esta idea se le coció á él en la mollera, mientras el
pan se cocía en el horno: se quitaría la vida segándose la garganta con
la navaja barbera que tenía su padre para afeitarse. Pero cortarse el
cuello así, sin que aquella descastada lo viera, para que no le saliera
el susto del cuerpo en toda la vida, era una tontería. ¿Iría á casa de
Dolores y se daría el tajo delante de la familia? ¡Bah! ¡No le dejarían!
¿Y cómo hacer?
Estas dudas vino á resolverlas, hacia las ocho de la mañana, un amigote
de Juan: «Dolores había ido á _Cornejilla la Nueva_ hacía un momento.»
Dolores, en efecto, iba muchos días á comer con sus tíos, labradores de
_Cornejilla la Nueva_, que distaba de la Vieja cosa de un kilómetro, y
regresaba por la tarde. Las dos _Cornejillas_ comunicaban por medio de
un camino vecinal, por el que no podían transitar carros, á causa de su
angostura; este camino, poco antes de _Cornejilla la Vieja_, se veía
cortado por un pequeño barranco de dos metros de ancho, que se salvaba
por medio de unos tablones que no tenían otra sujeción que su propio
peso, ni más seguridad que la buena intención de los caminantes; allí
mismo resolvió _Pelotón_ hacer la barbaridad.
Cuando Dolores regresara, él, que estaría esperando... ¡zas!... se
rebanaría el cuello y se dejaría la cabeza colgando de un pedacillo de
carne, para que no hubiera duda en la identificación.
¡Ya vería aquella mujer sin corazón quién era Juan Pacheco!
La impaciencia le tenía de tal modo inquieto, que, no bien hizo que
comía, pues no era cosa de atracarse, según su costumbre, estando
próximo á morir, cogió la navaja, se la metió en el bolsillo y... ¡hala
para el barranco!... que desde aquel día sería célebre. Cuando llegó,
miró la hora en un abultado reloj de plata, que bien pudiera hacer el
oficio de tartera quitándole la máquina, y vió que aun faltaban dos
horas largas para que Dolores regresara, según la que tenía por
costumbre. ¡Cuántas veces la había acompañado por aquel camino...
cuántas!
Dióse Juan á meditar sobre todo lo ocurrido antes de la guerra, en la
guerra y después de la guerra, sacando en consecuencia á qué extremos
llegan los hombres por su mala cabeza; porque ahora que lo miraba
fríamente, no dejaba de comprender que Dolores tenía razón... hasta
cierto punto. Lo cierto es que cuando él vino de la guerra no hablaba de
otra cosa más que de Doña Amparo, y, si es verdad que sólo la gratitud
era la que movía su lengua, el caso es que él no se había ocupado de
decirle á su novia ni una palabrica dulce; y esto, con las cartas tan
llenas de cariño y de zozobra por el estado de su salud, que ella le
había escrito, la verdad era que no estaba bien, y le parecía natural
que Dolores se hubiera enfadado; que mujer era, y, al fin y al cabo, las
mujeres no pueden comprender que un hombre piense en otra sin estar
enamorado de ella. Pero también aquel engaño de citarle en la ventana,
haciendo que él creyera que sería porque ella se estaba muriendo por
decirle algo, y salir luego con aquella andanada, aquellos modales,
aquel modo de cerrar la ventana dándole con ella en las narices y medio
espachurrándole un dedo, que bien negra tuvo la uña días y más días...
¡tampoco aquello estaba bien! ¿Que había dado lugar á ello? Sí, señor;
si no lo negaba; pero no estaba bien aquello, ¡congrio!, no estaba
bien.
Cuanto más pensaba Juan, más lío se hacía con sus ideas, y á vuelta con
ellas, siempre venía á parar al mismo punto: Dolores tenía razón.
«Pero si tenía razón, lo menos que podía, que debía hacer, antes de
largarse el tajo, era decírselo y aun pedirle perdón. ¿Y quién era el
guapo que lo hacía, si no había un Dios que se acercara á hablarla? ¡Ah!
Si él hubiera podido hablarla, no hubieran llegado las cosas al extremo
que habían llegado; que moza que á él le dejara hablar, era moza
perdida, según las cosas que sabía decirle.»
La idea de hablarle antes de morir se aferró de tal modo á su
pensamiento, que ya no pensó en otra cosa que en lograrlo. Cuando ya
desesperaba de conseguirlo, se le ocurrió un modo que consideró como
infalible: quitaría las tablas que servían de puente y, así, no pudiendo
pasar, no tendría más remedio que detenerse y escucharle, bien que ello
fuera desde la otra orilla. «¿Y si se volvía para atrás? ¡Congrio! ¡Si
se volvía para atrás, de un salto se ponía al otro lado del barranco, la
cogía de un brazo, y quieras que no, tendría que oirle!»
En esto estaba Juan, cuando, á lo lejos, vió avanzar una mujer por el
camino vecinal: ella era sin duda alguna. Con gran entusiasmo puso
_Pelotón_ manos á la obra. Las tablas eran pesadas; pero fuerzas tenía
él más que sobradas, y así, cuando Dolores, que ella era, llegó al
barranco, se encontró con que no podía pasar.
Juan, haciéndose el desentendido, afilaba un palitroque con la navaja
barbera, haciéndose la ilusión de que, de un momento á otro, iba á
sentir á Dolores que le llamaba para que hiciera el favor de poner las
tablas en su sitio.
Dolores, que desde el primer momento comprendió lo que Juan había hecho,
y por qué lo había hecho, sintió una gran alegría y sonrió al pensar en
el chasco que se iba á llevar el mozo, si estaba esperando á que ella le
pidiera que franqueara el paso. Juan, más nervioso que una damisela, y
mirando de reojo á Dolores, sacaba astillas y más astillas del
palitroque, de modo que pronto acabara con él, y no acabara con los
dedos por milagro.
Dolores, que se había sentado en un montoncillo de tierra, tarareaba,
por lo bajo, una canción.
El mozo, que tomaba aquella actitud de Dolores por la más despreciativa
que mujer alguna pudiera tomar para despreciar á un hombre, empezó á
sudar y trasudar y á pensar que, en vista de que ella no decía nada,
debía decirlo de él... pero que no se le ocurría nada.
«Y ¡qué guapa estaba la condenada! ¡También tendría que ver eso de
matarse y que viniera otro con sus manos lavadas y se llevara aquel
pedazo de gloria! ¡¡Recongrio!!»
Y tal era la cara que Juan ponía, que Dolores, que de hito en hito le
miraba, sintió ganas de reir y tuvo lástima del pobre Juan.
No llevaba traza de terminar aquella situación, por cuanto Dolores no
tenía intención de despegar los labios, y á él no se le ocurría por
donde empezar. Tanto coraje le causó esto, que ello sirvió para
desatarle la lengua.
--¿Te vas á estar así hasta la noche?--dijo.
Volvió lentamente la cabeza Dolores, para mirarle, y contestó con la
mayor gravedad:
--No sé que te pueda importar mucho el que me esté ó no me esté; pero,
de todos modos, bien se comprende que aquí me tengo que estar hasta que
venga alguien que vuelva las tablas á su sitio y se pueda pasar.
--¿Y no estoy yo aquí para ponerlas?--replicó Juan con creciente
coraje.
--Entonces, ¿para qué te has tomado el trabajo de quitarlas?
--¿Y si no hubiera sido yo?
--No puede ser nadie más que tú, porque no hay otro en el pueblo que
tenga más mala sangre.
--¿Que yo tengo mala sangre? Ahora mismo vas á verlo--exclamó Juan, que,
como se ve, perdía en seguida los estribos--. Yo he sido el que ha
quitado las tablas, sí, señor, yo he sido; pero no te creas que las he
quitado para detenerte y estarme recreando en mirarte, que moza con tan
mal corazón como el que tú tienes, no es para que la mire nadie: las he
_quitao pa_ que no tengas más remedio que ver de lo que es capaz Juan
Pacheco.
Levantóse Dolores, un tanto sobresaltada, al ver á Juan esgrimir la
navaja, y acercóse al borde del barranco.
--Las he _quitao, pa_ que veas cómo, por tu culpa, me rebano ahora mismo
el pescuezo, y _pa_ que veas, de paso, si es mala la sangre que tengo.
--Pero ¿para qué quieres matarte, pedazo de bárbaro?--replicó Dolores
muy azorada, al ver la fiera actitud de Juan.
--¡_Pa_ no verte!
--¿Pues tienes más que no mirarme?
--¿No mirarte sabiendo que te puedo ver?
--¿Qué falta te hago yo para nada, si para ti no hay más que una mujer
en el mundo?
--Eso, eso que tú has dicho: una _na_ más.
--¡Tu Amparito!
--¡No, congrio: mi Dolores! Y puesto que tú ya no me quieres, ahora vas
á ver lo que hago.
Y al decir esto, con tanta furia se llevó la navaja al cuello, que
Dolores, espantada, dió un grito horrible y se tapó la cara con las
manos.
Al oir el grito dado por Dolores, suspendió Juan la operación del
degüello; pero no tan pronto que el filo de la navaja no causara un
pequeño corte en la piel. Breves momentos permanecieron en aquella
actitud. Descubrió su cara temerosa Dolores, y, con enérgico acento,
dijo:
--Tira eso, Juan; tira eso ahora mismo.
Lentamente bajó el brazo Juan.
--¡Que tires eso, te digo!--volvió á repetir la moza.
Juan miró la navaja, miró después á Dolores, y sintiendo sobre sí el
influjo del mirar de ella, arrojó violentamente la navaja al fondo del
barranco. Cuando Dolores le vió tirarla, dejóse caer en el montoncillo
de tierra y rompió á llorar con gran desconsuelo.
Ver Juan que Dolores lloraba y plantarse de un brinco á su lado, fué
cosa de un segundo.
Sentóse Juan junto á Dolores, rodeó su cintura con un brazo, y,
sacándola el pañuelo, que asomaba en uno de los bolsillos del
delantalillo, por no estar muy seguro del suyo, quiso secar aquellas
lágrimas que se vertían por su culpa.
--Quita de ahí, bruto; déjame en paz--decía Dolores con entrecortado
acento, porque la acción de Juan habíala conmovido muy de veras.
--Dolores... Dolorcicas--decía éste, hecho pura jalea--; no llores ó
bajo por la navaja, que bien merecido me tengo, por bruto, quitarme de
en medio; no llores, Dolorcicas, y, mírame ya una vez con aquel cariño
con que me mirabas antes.
--Como te lo mereces tanto--contestaba la moza sorbiéndose las lágrimas.
--No me lo merezco, ni poco, ni mucho, ni _na_; pero tú eres muy buena
para negarlo. Mira que tú no sabes lo que he _penao_ por ti en este
tiempo.
--¿Por mí, ó por la otra?
--No me hables más de la otra, que ni tan siquiera por casualidad me
acuerdo de ella.
--Mal hecho--respondió Dolores, ya más serena.
--¡Congrio! ¿Y por qué?
--Porque no debe olvidarse nunca el bien que se nos hace. Yo ni la he
olvidado, ni la olvidaré.
--¿Tú?
--¿Cómo olvidar el cariño con que te cuidó y te atendió en el hospital?
--¡_Miá_ que eres buena! Pero, entonces, dejando á un _lao_ lo de mi
cojera, que ya me barruntaba yo que era una añagaza del cochino de
_Meleno_, ¿no hiciste lo que hiciste por celos?
--¿Por celos? ¡En tan poco te crees que me tengo yo!
--Tienes razón: ella, en su esfera, es un ángel; tú, en la tuya, eres
otro... y cada oveja con su pareja... y Dios con todos, Dolorcicas.
--¿Sabes el placer más grande que yo tendría?
--Cuál.
--Conocer á esa señora. Te aseguro que, como cayera en mis manos, dos
besos en los que se llevara toda mi alma no se los quitaba nadie.
--No se los quitaría nadie; pero yo te aseguro que los que yo te voy á
dar, tampoco te los quita á ti ni el mismísimo _Sursum corda_.
Y Juan, abrazándose á Dolores, como náufrago que se ahoga, buscó su
fresca boca con afán; huíale Dolores, entre risas sofocadas; lucharon
algunos momentos y, al fin, sucumbió la muchacha, que vió ahogadas sus
risas por una lluvia de besos.
Hay que hacer constar aquí, que aquella era la primera vez que Dolores
consentía á Juan propasarse. Tanto le había visto sufrir al pobrecillo,
que no pudo negarle aquella preciada recompensa. En aquel momento
Dolores advirtió que en el cuello de Juan había sangre; sobresaltóse al
pronto, pero en seguida se convenció de que no era más que un arañazo.
--Merecido tenías que te hubiera dejado matarte--dijo cariñosamente la
moza.
--Esta será la señal de mi felicidad, Dolores de mi alma.
La noticia de la boda de Juan con Dolores corrió por el pueblo como un
reguero de pólvora; aquélla se celebró á los dos meses de lo ocurrido
junto al barranco. ¡Ah! el pueblo recobró la tranquilidad, porque el pan
volvió á tener su peso, con gran contentamiento del Alcalde, que más de
una vez vió peligrar la vara.
Y nosotros, seguros ya de la felicidad de nuestro buen amigo Juan,
salimos de _Cornejilla la Vieja_ para no volver más, con gran
satisfacción nuestra; porque la verdad es que la mayoría de los pueblos
de España convidan bien poco á visitarlos.
¡Yo me caso con ella!
Muchas lágrimas le había costado á la señora Rita su hijo Ramón; pero ya
no lloraba, ya no reprendía... ya no aconsejaba siquiera... ¿Para qué?
Ni ella con su cariño de madre, ni Benito, hermano de Ramón, con sus
reflexiones, habían conseguido traer á éste al buen camino. ¡Todo era
inútil! Ramón seguía frecuentando la taberna y olvidando el trabajo.
--¿Por qué no vas á la fábrica?--decíale Benito con tono
bondadoso.--Mira que con mi jornal solamente no podemos atender á las
necesidades de la casa.
--Yo no pido nada--respondía Ramón secamente.
--No pides nada, es verdad; pero no es la primera vez que he tenido que
pagar deudas tuyas.
--Has hecho mal.
--Ya que madre y yo te seamos indiferentes, piensa, al menos, que estás
comprometido con la Inés; que en el pueblo se murmura que no te portas
con ella como un hombre de bien, y que es preciso que demuestres que lo
eres.
--Los del pueblo podían ocuparse en sus asuntos y dejar á los demás en
paz.
Y, por regla general, Ramón, dando media vuelta, se alejaba dejando á su
hermano con la palabra en la boca.
Estaba visto que no podía hacer carrera de su hermano, y que ni él ni su
madre podían contar con Ramón para nada.
Efectivamente: Ramón, dominado por sus ideas levantiscas y por su
holgazanería, sobre todo, no estaba dispuesto á escuchar razones ni á
seguir consejos.
¡Cuanto sufría el pobre Benito!, muchacho honrado, trabajador y formal
como pocos; amante de su madre y de su casa, como nadie. Él no podría
casarse nunca; él no podría decirle á Rosa, aquella muchacha fornida y
fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de pronunciado seno y recias
caderas, que la quería con toda su alma. ¿Cómo iba él á crearse nuevas
necesidades si apenas podía con las actuales? ¿Cómo iba él á exponerse á
que ella no quisiera á su madre, á la buena señora Rita y...? A él sí
que le quería, se lo decía con sus relucientes ojos siempre que se
encontraban; pero dice el refrán que «el casado casa quiere», y... ¡No;
él no abandonaría nunca á su madre!
Ramón era el azote de todas aquellas personas á las que, por ley
natural, debía amar tanto.
Inútilmente la madre de Inés aconsejaba á ésta constantemente que dejara
á Ramón.
--No puedo, madre, no puedo--respondía la muchacha invariablemente.--Yo
sé que es malo, lo sé... pero no puedo dejarlo.
Bien sabía ella que iba á ser desgraciada, que lo era ya; pero el mal no
tenía remedio.
--Si yo te quiero ahora más que á nada en el mundo--la dijo Ramón un
día--, ¿qué será, Inés, si accedes á ser mía? Entonces yo seré como
vosotros queréis que sea; trabajaré y ahorraré para casarme en seguida,
porque no podré vivir sin tenerte á todas horas.
La pobre Inés, creyendo en la sinceridad de aquellas palabras, y
pensando que su sacrificio sería base de la redención de su novio, fué
débil y entrególe su honor inmaculado. Y es lo cierto que, desde
entonces, la infeliz perdió todo el ascendiente que tenía sobre Ramón y
que llegó á verse tratada brutalmente por aquel hombre.
No fué esto lo peor; lo peor fué que en el pueblo se empezó á murmurar,
porque Ramón se fué de la lengua más de lo debido, y bien pronto
comprendió la pobre muchacha que su falta era ya conocida de todos.
Inés sentía su alma hacerse pedazos al pensar en su madre. ¿Qué
sucedería cuando llegara el momento inevitable en que ella se
enterara... ¡Nada...! Si hubiese tenido padre, otra cosa hubiera sido;
pero su madre... su madre no pudo hacer más que llorar, llorar como
ella, sin tregua ni consuelo, sentirse morir de pena, y adorar á su hija
tanto más cuanto más desgraciada la veía.
Hubo conferencias con Ramón; súplicas... ruegos... amenazas... ¡Todo fué
inútil! ¡El se casaría cuando quisiera!
Se suspendieron las recriminaciones para ver si por el camino de la
dulzura se conseguía algo de aquel hombre sin conciencia; pero nada se
consiguió, y Ramón fué, más que nunca, el tirano de aquellos dos
hogares, sumidos en la más negra desesperación, por su culpa.
Un día sucedió lo que tenía que suceder. El final de una partida de
_mus_, fué el principio de una batalla campal. Insultos,
imprecaciones... blasfemias... navajas, cuyas hojas brillan en el aire
como relámpagos... y un cuerpo que cae desplomado al suelo...
* * * * *
Más de un mes había transcurrido desde el trágico fin de Ramón, y aun no
habían cesado los comentarios que de él se hacían, sobre todo, en lo
referente á la pobre Inés.
Por dondequiera que iba el bueno de Benito, siempre llegaban á sus oídos
rumores de conversaciones, en las que su hermano no salía muy bien
librado.
Aquella situación se iba haciendo intolerable; la falta cometida por su
hermano la sentía Benito pesar sobre su conciencia, como si fuera él
quien la hubiera cometido.
Pasábase las noches de claro en claro luchando con sus ideas; sostenía
vivos altercados con su conciencia, que, en verdad, nada le reprochaba;
discutía acaloradamente con su madre y sostenía larguísimas
conversaciones con Rosa, exponiéndola razones irrefutables para
convencerla de que debía perdonarle la traición que bullía en su
cerebro, puesto que era en beneficio del descanso de Ramón y de la paz y
el sosiego de la pobre Inés. Y tanto y tanto bregó con la una, y tan
elocuente se mostró con la otra, que al fin, aunque lo cierto es que
nunca habló con ellas, sino consigo mismo, logró convencerlas, y Benito
pudo poner en práctica el proyecto que hacía días le tenía en aquel
estado tan lamentable.
Una tarde, pálido y tembloroso, poseído de una grande emoción, tanto por
el acto que iba á realizar como por la incertidumbre del acogimiento que
pudiera tener, se presentó en el ancho portalón de la casa de Inés. La
imagen de Rosa se le presentó allí nuevamente más hermosa que nunca;
pero Benito dióla las últimas y más poderosas razones que podían
servirle de justificante para su conducta, y aquélla, anegada en llanto,
desapareció para siempre.
Las dos mujeres, sentadas una enfrente de otra, cosían cuando Benito
hizo su aparición. Al verle la señora Juana, madre de Inés, exclamó con
enojo:
--¡Tú aquí!
--Yo, señora Juana, yo mismo--respondió todo azorado Benito.
--Creí que no nos volveríamos á ver más.
--¡Señora Juana!...
--Madre--interrumpió Inés--, Benito es bueno... ¿Por qué le habla usted
así al pobre?... ¡Qué culpa tiene él!...
--Si él hubiera influído lo necesario con su hermano...
--¡No diga usted eso, por lo que más quiera, señora Juana!--exclamó
Benito con fogosidad en él no acostumbrada.
--¡Madre!...
--Puede que me equivoque, tal vez...; pero vete, Benito, vete. ¿Cómo
quieres que te vea con calma viendo á mi hija? ¿Cómo quieres que hable,
qué quieres que diga si me recuerdas al autor de nuestra desgracia?
Inés, levantándose con presteza, fuése hacia su madre, besándola y
acariciándola con ternura.
--¿Qué será de mi pobre hija--continuó la señora Juana entre sollozos--;
quién la amparará cuando yo falte, cuando quede sola en el mundo?... ¡Mi
pobre hija no tendrá quien vele por ella; porque ¿quién ha de casarse
ya?...
Benito, que estaba escuchando con la cabeza baja y dándole más vueltas á
su gorra que rueda de molino, exclamó al oir á la madre de Inés:
--¡Yo!
Al escuchar aquella contestación, quedaron ambas mujeres mudas y
perplejas.
--¿Tú?--dijo al fin la señora Juana.
--Yo, sí; yo me caso con ella.
Miraba Inés á Benito, sin acertar á comprender sus palabras; sin duda
había oído mal.
Benito, no queriendo dar lugar á que el habla se le cortase, continuó
diciendo:
--A tratar de eso vengo con usted y con ella. Es preciso que Inés
recupere su honra, y es preciso que la gente deje ya tranquilo á mi
hermano en su sepultura. Si Inés quiere, será mi esposa; es el único
medio que he encontrado para reparar el mal que mi hermano le causó.
Inés miró con asombro á Benito durante algunos instantes.
--¿Tú serás el padre del hijo de tu hermano?--preguntó después,
poniéndose más pálida que la cera.
--Yo, Inés; yo seré el padre de esa criatura que ha de venir al mundo;
yo seré tu marido y haré cuanto esté en mano para que seas feliz... si
tú me aceptas.
Inés se acercó lentamente á Benito, y cogiéndole una de sus manos,
estampó en ella un beso, murmurando con los ojos arrasados en lágrimas:
--¡Gracias, Benito!
Y después, echando los brazos al cuello de su madre, la estrechó
amorosamente contra su pecho.
Benito, con la cabeza inclinada sobre el pecho, sintió que una mano
misteriosa arrancaba de su corazón la imagen de Rosa, de aquella
muchacha fornida y fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de
pronunciado seno y recias caderas, á la que nunca se había atrevido á
decir: ¡Te quiero con toda mi alma!...