Dolores

(Segunda parte de «Juan Pacheco».)

Firme y decidido era el propósito que habíamos hecho de no volver á

_Cornejilla la Vieja_ por nada de este mundo; pero tales y tan

alarmantes son las noticias que llegan hasta nosotros acerca de nuestro

antiguo amigo Juan Pacheco, que nos vemos obligados á quebrantar

nuestros propósitos, en gracia á la antigua y buena amistad que con él

nos une.

Desesperado, en efecto, anda el bueno de _Pelotón_. La noche que Dolores

le había puesto de patitas en la calle, dándole aquellas tan grandes

calabazas, firmemente había creído Juan que aquello no había sido sino

hijo del orgullo y de la soberbia, del despecho que había causado en la

moza el oir ponderar tanto las excelencias de aquella Doña Amparito, que

tan solícita y cariñosamente le había cuidado en el hospital; y por eso

Juan, tachando aquel acto de arbitrario y falto de toda razón y

fundamento, se había ido á su casa chupándose el dedo que medio le había

espachurrado con la ventana, y afirmando, con toda la entereza propia de

un varón ofendido, que no sería él quien diera su brazo á torcer, ni

fuera á doblar la cabeza en demanda de olvido y reconciliación.

--«¿Que ella había tomado el rábano por las hojas, confundiendo la

gratitud con el amor? Bueno; pues mejor. Sí, estaba enamorado como un

animal, según ella misma había dicho. ¡Todo lo que quisiera! Pero ir él

á doblar la cabeza... ¡congrio!... eso sí que no... ¡Pues estaría bueno!

Si eso pasaba de solteros, ¿qué iba á suceder después de casados? ¡No,

no... y no! Mas no era ese el motivo por el que Dolores había realizado

aquel acto, á todas luces injusto; eso no había sido más que un pretexto

como otro cualquiera; _Meleno_ se lo había hecho ver bien claro: el

verdadero motivo era su cojera; esa, esa era la verdadera madre del

cordero, y no otra. Bien claro se veía que aquella arrogante moza, cuya

belleza era famosa, no sólo en el pueblo, sino en todo el contorno,

tenía á menos casarse con un cojo... ¡Mala peste en ella y en todas las

mujeres guapas! Por el solo hecho de ser bonitas, ya creen que todo se

lo merecen.»

Pero es el caso, que como en cosas de amor más entereza suele mostrar la

mujer que el hombre, resultó que así como Dolores cada vez se mostraba

más firme en su resolución, Juan, por el contrario, cada día flaqueaba

más en la suya; y fuera porque al no ver ya á la Doña Amparo, que ojos

que no ven, corazón que no siente, el recuerdo de ella y la impresión

que le causaron se fuera borrando poco á poco del corazón de Juan; fuera

porque nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, ó fuera porque, en

realidad, nunca había dejado de querer á Dolores, es lo cierto que el

hombre empezó á sentir unos desfallecimientos y desmayos que bien

parecía que la vida se le iba en ellos; que tan delante de los ojos

tenía siempre la imagen de ella, que en todo el día veía otra cosa, y

que aquellos desmayos que sentía, trocábanse á veces en raptos de furor

que le empujaban hacia casa de la moza para ver _con qué derecho_ le

había dado aquellas calabazas. Tomaba, en efecto, el camino de la casa;

pero es el caso que siempre, al llegar, sentía desfallecer su entereza y

se veía asaltado por mil dudas y vacilaciones. Veinte veces avanzaba y

otras tantas retrocedía, hasta que, por último, y renegando de todo lo

renegable, íbase á su casa y se ponía á trabajar, asegurando que lo

menos que debían hacer con él era ahorcarlo, ya que no tenía valor para

ponerse enfrente de Dolores.

El estado en que llegó á verse Juan, repercutió en el pueblo, y no faltó

quien propusiera ir á ver á Dolores, para rogarla que volviera de su

acuerdo; porque lo cierto era que, desde que Juan estaba tan

desesperado, no había Cristo que comprara un panecillo con el peso justo

ni con el cocido en su punto.

Recurrir al padre de Juan, dueño de la tahona, era cosa inútil: aparte

del cariño paternal que profesaba á su hijo, era tal la admiración que

sentía por él, desde que volvió de la guerra en calidad de héroe, que se

sentía incapaz de reprender á aquel vástago que tanto lustre daba á la

dinastía de los Pachecos de _Cornejilla la Vieja_.

Se pensó en acudir al Alcalde para que llamara al orden al panadero;

pero como quiera que aquél era carnicero, y también se quedaba en el

peso con lo que podía, resultó que su llamada al orden sólo sirvió para

que el padre de Juan lo mandara á paseo; y como no había más panadería

en el pueblo que aquélla, el problema del pan llegó á convertirse en un

problema sin solución.

Juan pasaba de los períodos de exaltación á los de un decaimiento

profundo con la mayor rapidez; y eran tales sus lamentaciones, en estos

últimos, que á buen seguro que de ser él un poco más decidido, ya

hubiera hecho un disparate gordo.

Siempre que podía, procuraba hacerse el encontradizo con Dolores; pero

de nada le servía, porque la chica le huía como si fuera el demonio.

¿Es que Dolores le había dado calabazas efectivamente porque tuviera á

menos casarse con un cojo? ¡No! Dolores seguía queriendo á Juan lo mismo

que antes, más quizá, porque también ella admiraba un poquitillo el

valor de que _Pelotón_ había dado pruebas en la guerra; pero Dolores

estaba herida en lo vivo, desde que se dió cuenta de que su novio estaba

enamorado, bien que sin saberlo, de aquella Doña Amparo; y no era ella

mujer que sufriera esto. Sufría tanto ó más que Juan; pero no se daba á

los arrebatos que éste: guardaba sus penas en el corazón, para ella

sola, y mostrábase afable y cariñosa con las gentes; al revés que Juan,

que no había guapo que se acercara á decirle una palabra.

No pasó inadvertida, ni mucho menos, para la chica, la mudanza que se

operaba en su ex novio, y que éste cada vez podía menos vivir sin ella;

pero guardábase muy bien de que él encontrara ocasión de hablarla: muy

segura tenía que estar de que Juan había vuelto á la realidad para

perdonarlo... ¡aunque se estuviera muriendo por hacerlo. ¿Que Juan

sufría mucho? ¡Más había sufrido ella oyendo aquellos interminables

relatos de lo que le había sucedido con aquella bendita señora!

Al fin, sucedió lo que tenía que suceder, tratándose de una moza tan

hermosa como Dolores: los mozos del pueblo, que al principio se habían

abstenido de decirla nada, pensando que la riña con Juan sería cosa

pasajera, al ver que ésta se prolongaba y que ello parecía cosa seria,

empezaron á cortejar á la moza.

Esquiva se mostró ella con todos, y no muy decididos ellos; pero al fin,

hubo uno que se aventuró á espetarla su declaración.

Cuando esto llegó á oídos de Juan, creyó que se volvía loco; pero cuando

creyó rabiar, fué cuando supo que el atrevido había sido _Meleno_... ¡su

mejor amigo!

Saber esto, y echar á correr hacia una tierra en la que el _Meleno_ se

hallaba _binando_ tranquilamente, fué todo uno.

Cuando _Meleno_ se vió venir á Juan, en aquella actitud tan fiera,

tembló por sus narices, pues demasiado sabía á lo que venía, y los puños

que tenía. «Pero, ¿no era libre la Dolores para hacer lo que quisiera,

puesto que habían reñido?»

No pudo seguir adelante en sus razonamientos, porque, lo mismo fué

llegar Juan junto á _Meleno_, y que caer sobre éste una lluvia horrible

de puñetazos. Y con tanta fuerza daba Juan, y tan malamente se defendía

_Meleno_, que, á no ser por otro mozo del pueblo que á la sazón pasaba

por la carretera, muy próxima al lugar del suceso, seguramente que allí

se pusiera el punto final á la historia de _Meleno_.

Trabajo, y no poco, le costó al otro mozo lograr separarlos; pero pudo

conseguirlo, no tanto por la abundancia de sus fuerzas, como por

agotamiento de las de Juan, á fuerza de moler á su contrario.

Jadeantes y sudorosos, cada cual por su estilo, quedaron todos tres.

--¡Pero, hombre!... ¡Parece mentira que dos amigos tan... amigos como

vosotros, hagáis esto!--dijo el mozo, tercero en la refriega.

--¿Amigo yo de ese... charrán?--replicó Juan despreciativamente,

liándose á la cintura la caída faja.

--Bueno. ¿Se puede saber á qué ha venido esto?--preguntó _Meleno_,

arreglándose, á su vez, los desperfectos.

--¡_Demasiao_ sabes tú á lo que viene! Pero, mira, para que lo sepas

mejor, te voy á decir, para tu gobierno, que mientras yo viva, ni tú, ni

quien valga más que tú, le ha de decir _na_ á la Dolores. ¿Te has

_enterao_?

--¿Es que se va á hacer monja?

--Se hará... lo que le dé la gana; eso te tiene á ti sin _cuidao_. Lo

que no tienes que olvidar es que mientras yo aliente, no habrá quien se

acerque á la Dolores _pa_ decirla «buenos ojos tienes»... ¡Por éstas!

Y al decir esto, Juan hizo una cruz con los dedos índice y pulgar de la

mano derecha, dando en ella tan fuerte beso, que más parecía besar en

fresca boca de mujer que en dedos propios y no muy limpios.

Más ganó Juan con este hecho, para su causa, que con todo lo que hasta

entonces había intentado; porque no bien supo Dolores lo ocurrido,

cuando sintió que toda su entereza se venía á tierra, y que se le

deshacía la capa de hielo con que cubriera su corazón: ella conocía muy

bien á Juan, y, por lo tanto, sabía muy bien que aquello no era

bravuconería, sino cariño puro y de la mejor ley.

Decidió, pues, la moza, suavizar sus rigores para con Juan y hasta

perdonarlo, como ya en su fuero interno lo había hecho; pero antes se

propuso hacerle rabiar un poco, y á ello ajustó desde entonces su

conducta.

Ya no huía las ocasiones de encontrarse con él; aunque procuraba no dar

lugar á que la hablara, porque sabía que esto era lo que más le

desesperaba.

La primera vez que se encontraron, que fué en la plaza, Dolores iba

acompañada de una amiga. Al ver á Juan, ambas cuchichearon un momento

entre risas contenidas, lo cual causó en aquél un azoramiento terrible.

Tentado estuvo de volver atrás para no cruzarse con ellas; pero

comprendiendo que esto era una retirada vergonzosa, siguió avanzando. Al

cruzarse con ellas, sintió decir á Dolores, en voz alta y bien

clara:--«La verdad, chica, que hay hombres brutos.»--Y á renglón

seguido, dos alegres carcajadas resonaron en sus oídos, haciéndole el

efecto de un escopetazo.

Juan, que al oir lo dicho por Dolores se había quedado parado en seco,

pensando que aquello de bruto iba por él, al oir las risas de las dos

amigas, salió de estampía, poniéndose colorado como un tomate.

--«¡Congrio! ¿Qué duda había de que Dolores le había llamado bruto, y de

que se iban riendo de él?»

Pero esto era una señal de que Dolores no le quería, y si Dolores no le

quería, aquello era también señal de que él no podía vivir; porque esa

era la verdad: él no podía vivir ya sin Dolorcicas.

De tal manera se le metió corazón adentro la idea de que la moza no le

quería ni pizca, que el hombre cayó en la melancolía más terrible; y

olvidándose del quehacer á que se dirigía, echó carretera adelante,

deseoso de hallar algún sitio donde estar pudiera á solas con sus

tétricos pensamientos, sin ver ni hablar á nadie; que no hay nada que

haga tomar tanto asco á las gentes, como las desgracias amorosas.

Andando, andando, vino á dar con sus huesos en _Fuente Nueva_, lugar

algo distante del pueblo, donde se encuentran los tres únicos árboles

que hay en el lugar, y que se mantienen á expensas de la humedad que

les presta la fuente que da nombre al sitio.

Sentóse en el suelo, apoyando la espalda en el tronco de uno de aquellos

árboles, y sacando un interminable pañuelo de entre los pliegues de la

faja, lo pasó repetidamente por sus húmedos ojos.

Después que hubo llorado un buen rato, quedóse mirando á la fuente, y

luego á los árboles. Cuando se hubo cansado de mirar á todas partes,

cuando hubo ablandado todas las piedras que por allí había con unos

suspiros que para sí los hubiera querido D. Quijote en su época de

penitencia, soltó una serie de «congrios» interminable, y otra de

«recongrios» más larga aún; añadió después que se hacía la _tal_ en

_Meleno_ y que se iba á hacer la _cual_ en todo el pueblo; soltó tres

bufidos que levantaron una nube de polvo de la carretera, y cayó en

honda meditación.

Aquella situación era insostenible, y era preciso ponerle fin. Para

lograr esto, lo primero que hacía falta era encontrar ocasión de hablar

con Dolores... y Juan creyó haberla encontrado: Dolores se sentaba todas

las tardes á coser á la puerta de su casa; iría allí, y quieras que no,

tendría que oirle.

Para no demorar tal resolución, decidió ponerla en práctica al siguiente

día.

Llegó, aunque muy despacio para _Pelotón_, el día siguiente, y llegó la

tarde. Juan, contoneando la cojera más de lo acostumbrado, y haciendo un

acopio de energías inverosímil, llegó hasta la puerta de la casa de su

tormento y quedó parado en ella sin decir palabra.

Dolores, en efecto, estaba cosiendo, en la puerta de la casa; Juana, la

criada, cosía también, sentada al lado del ama, y ambas charlaban.

Dolores, que inclinada sobre la costura vió la sombra de una persona que

se paraba en la puerta, levantó la cabeza para ver quién era. Al ver á

Juan y, sobre todo, al ver la cara tan compungida, á la par que fiera,

que traía, sintió grandes deseos de echarse á reir; pero se contuvo.

Quedóse mirándole un momento, y después, con el tono más natural del

mundo, dijo á la Juana, á la par que ella lo hacía:

--Recoge la costura, Juana, que vamos á tener visita.

--¿Que vamos á tener visita ha dicho usted?

--Sí, mujer. ¿No sabes que en viendo á un cojo es visita segura?

Juan tosió dos veces seguidas; Dolores, con la mayor seriedad, metióse

portal adelante con el cestillo de la labor. Juana, mirando á _Pelotón_

y no comprendiendo lo que pasaba, se encogió de hombros y siguió á su

ama.

Al ver cómo le dejaban plantado, Juan soltó un «congrio» formidable; el

puño izquierdo lo llevó á las narices, apretando en ellas como si

quisiera desgajarlas; con la mano derecha se echó la zarpa á la gorra, y

de tal modo comenzó á tirar de ella, que una de dos: ó soltaba la gorra,

ó con ella se llevaba la cabeza.

Dolores, desde una puerta entornada, veía á Juan en aquella actitud

desesperada, y gozaba en ello; que sabido es lo que agrada á una mujer

ver sufrir por ella al hombre á quien quiere, y Dolores quería, y mucho,

á Juan.

Al fin éste dejó de tirar de la gorra, no sin que ésta hubiera dado de

sí en forma que podía servir para cabeza mucho mayor, y dejó quietas las

narices; tosió fuerte varias veces, subióse la faja con ambas manos, y

soltando otro «congrio», que hizo desternillarse de risa á Dolores, se

ausentó de allí, marcando la cojera de una manera espantosa.

Al día siguiente, cuando el pan se puso á la venta, hubo un motín en el

pueblo, porque panecillo había que no llegaba á los cien gramos, ni

mucho menos, y es lo que decían las mujerucas:--«¿Por qué no le dará la

locura por hacer los panecillos dobles?»

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. · 第 20 / 34 题