Describir, ¡qué digo describir!, dar idea, siquiera aproximada, del
entusiasmo con que fué recibido _Pelotón_ en _Cornejilla la Vieja_,
sería tarea punto menos que imposible. Chillando los chicos delante,
gritando los hombres detrás, y saludando con los pañuelos, desde puertas
y ventanas, las mujeres, fué llevado en hombros hasta el Ayuntamiento,
donde fué agasajado y festejado por demás.
Allí, en el salón de sesiones, en medio de un griterío ensordecedor, el
Alcalde propuso que se diera á la plaza del pueblo el nombre de Juan
Pacheco; un concejal dijo que era mucho mejor asignarle una pensión;
otro, que hacer las dos cosas; por último, se acordó dejar el asunto
para la primera sesión.
En todo aquel día pudo Juan disponer cinco minutos de su persona; todos
le asediaban con preguntas y más preguntas, y más de cien veces tuvo que
repetir cómo había recibido la herida.
¿Y por la noche en casa de Dolores? Si apenas pudo preguntarla:
--¡Hola!... ¿Cómo estás, chica?
Nada; á contar de nuevo la acción, y á decir cómo había luchado contra
dos... y cómo á los dos los había hecho polvo; cosa que no le parecía de
mayor cuantía, porque es lo que decía él:
--El que uno sea torpe _pa_ aprender la instrucción no es razón _pa_ no
ser listo en dar leña antes que se la den á uno.
El caso es que _Pelotón_ seguía siempre el relato hasta su salida del
hospital, y que, si bien era parco en lo que al hecho de armas se
refería, era de oir cómo se eternizaba hablando de Doña Amparito.
Contemplábale Dolores con ojos fijos, y oíale sin rechistar. No parecía
muy contenta la moza, que digamos, y algún pesar oculto parecía
dominarla.
Los cinco ó seis primeros días fueron de ajetreo continuo para el héroe:
hoy comía aquí, mañana cenaba allá... Y luego, á casa de la novia, á
repetir el hecho ante los padres y las visitas, y á entusiasmarse
hablando de la linda enfermera. Dolores, que en los días transcurridos
aun no había escuchado de su novio ni una palabra cariñosa, hacía
puntilla, sin levantar cabeza en todo el rato.
Al séptimo día, el mozo decidió quitarse ya el uniforme y vestir, como
antaño, el pantalón de pana y el chaquetón de paño burdo; lo cual que
fué como dar la señal para que empezara á decaer el entusiasmo público,
y para que el Ayuntamiento, que aun no se había puesto de acuerdo,
cesara en las discusiones de que si había de ser el nombre á la plaza,
la pensión, ó las dos cosas á la vez.
Aquella noche hubo protestas por parte de los padres de la novia, porque
se había quitado las prendas militares. Dolores, que parecía muy
nerviosa, nada dijo, y escuchó por milésima vez los elogios que su novio
hacía de aquella tan decantada Amparito.
A la hora de despedirse, y cuando le llegó el turno á ella, díjole á
_Pelotón_, muy bajito:
--Juan, si quieres hacer el favor, espera junto á la reja de mi cuarto,
que he de hablarte sin que nadie nos oiga.
Algo le sorprendió al mozo el encargo; pero cumplióle y esperó donde se
le había pedido.
Poco tardó Dolores en salir á la ventana llevando un paquetito en las
manos. Al verla Juan, exclamó:
--Más impaciente me tenías, que el día que te esperé aquí mismo _pa_ que
me dijeras que sí... que me querías... ¿Qué te sucede?
--Poca cosa--replicó Dolores, con no poca sequedad--. Quería, en primer
lugar, darte este paquete.
Tomó Juan el paquete que Dolores le alargaba, y examinando el contenido,
lanzó una exclamación:
--¡Congrio...! ¡Estas son mis cartas!
--Y todos cuantos regalos tengo tuyos--añadió Dolores.
--¿Es que no tienes sitio _pa_ guardarlos?
--Lo he tenido, y lo tengo... pero no sé si lo tendré en lo sucesivo.
--¿Qué _quiés_ decir con eso?
--Que todo tiene su límite, Juan, y que mi paciencia ha llegado al suyo;
que desde que has venido no sabes hablar más que de tu bendita Doña
Amparo, sin que hayas encontrado ocasión de decirme: «Dolores, cuánto
he _penao_ porque no te veía». Que, sin saberlo, nos has enterado á
todos de que estabas _enamorao_ como un burro, que cada uno se enamora
como lo que es, de tu Doña Amparito, y que, como yo soy moza que tiene
derecho á que el hombre que se case con ella no piense más que en su
mujer, pues se me ha ocurrido que tú debes volverte á la guerra á que te
den otro tiro, ó marcharte donde quieras... porque ¡vamos! que tú á
mí... ¡tú á mí no me cuentas más lo que te ha pasado con ella!
Y la hermosa hembra, echando lumbre por la cara, cerró con fuerza la
ventana.
Juan, que parecía haberse quedado atontado con aquel discurso, quiso
impedirlo con la mano; pero sólo consiguió que medio le pillara un dedo.
Sacudió la mano con fuerza, y chupóse después el dedo para mitigar el
dolor que, á lo que parece, sirvió para devolverle el habla.
--¡¡Recongrio...!! ¿Pues no se atreve á decir que estoy _enamorao_ de la
otra...? Lo que tú tienes es que estás enrabiada porque ves que yo... y
que ella... y que tú... ¡Y que puedes esperar sentada, si piensas que yo
he de venir á rogarte...! ¡A mí con humos...!
Y _Pelotón_, recogiendo el paquete que había dejado caer al suelo por la
fuerza del dolor del dedo, salió de allí botando, y tan deprisa como le
permitía su cojera.