Juan Pacheco

La operación fué laboriosa; pero al fin se consiguió extraer la bala,

que había penetrado en la parte superior del muslo derecho del soldado

Juan Pacheco, más conocido por el sobrenombre de _Pelotón_ desde que,

por su larga permanencia en el de _los torpes_, había llegado éste á

estar constituído por él solamente.

Con sumo cuidado se le condujo desde la sala de operaciones del hospital

militar en que se hallaba, á una de las camas preparadas para recibir á

los heridos de la acción librada pocas horas antes.

Cuando los efectos del cloroformo se extinguieron, _Pelotón_, á causa de

los violentos dolores que sentía en la herida, pues la bala había

interesado el hueso, empezó á quejarse con toda la fuerza de sus

pulmones, que era mucha, pues los tenía capaces de dar cabida á un

ciclón.

Al oir los quejidos del herido, una hermana que á prevención había

quedado junto al lecho, trató de consolarle amorosamente:

--Tenga paciencia, hermano, que otros han sufrido mucho más... ¿Qué sabe

usted lo que son dolores fuertes?--decíale como supremo argumento.

Suspendió _Pelotón_ unos segundos sus lastimeros lamentos para mirar con

ojos extraviados á la hermana, como dando á entender que no le parecía

una razón muy convincente el que otros hubieran sufrido más, para que él

no estuviera viendo las estrellas.

La fuerza del dolor y el estado de debilidad en que el herido se

encontraba, pronto le dejaron sumido en un estado grande de postración.

Cuando _Pelotón_ abrió los ojos nuevamente, el primer quejido de la

serie que se disponía á lanzar, quedó contenido en sus labios por la

sorpresa que experimentó.

Entre las muchas señoras que caritativa y generosamente desempeñaban el

cargo de enfermeras en aquel hospital, había una, llamada Doña Amparo,

que atraía la atención de cuantos la veían, por su radiante hermosura.

Se podía apostar, sin miedo á perder, que no tenía más de veinticinco

años. Morena, de ojos grandes y negros, como su pelo, que cubría, en

parte, con una cofia blanca como la nieve. Su semblante, algo aniñado,

tenía una expresión dulce y bondadosa, la sonrisa, un poco tristona,

jugueteaba continuamente en sus finos y rojos labios. Si hubiera sido

más alta, habría parecido delgada; pero, dada su mediana estatura, sus

carnes estaban en lo justo para que las formas guardaran un admirable

concierto. Era el tono de su voz tan suave y persuasivo, que, cuando

suplicaba algo, era una orden para el que la oía. El aroma de todas las

flores de la tierra parecía encerrado en aquella mujer, y no había allí

herido alguno que no sintiera aliviarse sus sufrimientos cuando ella se

acercaba: tal era la mujer que _Pelotón_ vió ante sí.

Doña Amparito, como la llamaban más comúnmente, enfriaba con la cuchara

el caldo de una taza que tenía en la mano.

--¿Se siente usted más aliviado?--preguntó á _Pelotón_.

Este, sintiendo que la lengua se le volvía un estropajo, contestó con un

movimiento afirmativo de cabeza.

--Pues á tomar ahora este caldito y á seguir descansando... ¿verdad?

Y decía aquello de una manera, con un tonillo, que no había más remedio

que tomarse el caldo sin replicar.

Desde aquel momento, Doña Amparito vino á ser una obsesión para el pobre

soldado, y éste á convertirse en el punto negro de las hermanas de la

Caridad y de las demás enfermeras; todas temblaban cuando tenían que

acercarse á la cama de _Pelotón_ para algo.

El herido oponía una resistencia heroica á tomar nada que no viniera de

manos de la bella enfermera. ¿Qué culpa tenía él de que los alimentos le

nutrieran más... de que las medicinas le produjesen mejor efecto cuando

ella se las daba que cuando se las daban las otras?

Y no es que las demás señoras, como las hermanas, no fueran cariñosas

con él... ¡qué disparate!...; es que aquélla... aquélla tenía un modo de

hacer las cosas que... ¡vamos!... él no se lo sabía explicar, pero

cuando ella se acercaba, con ella venía la salud, la vida, la alegría...

¡Si daba gusto sufrir para que _ella_ consolara con sus palabras llenas

de amor y de ternura! ¿Es que tenía él la culpa de tener fe en que con

sus cuidados se había de poner bueno? ¿Que las hermanas se enfadaban?

¿Que los médicos le reñían? ¿Que ella misma le había reprendido alguna

vez por su terquedad? Ella, hasta regañando, daba gusto oirla, y en

cuanto á los demás... ¡los demás, que le presentaran el artículo de las

Ordenanzas en que se prohibía tener fe en una persona! ¡Porque fe y nada

más era lo que él sentía por aquella señora tan guapa! Y decían que era

viuda de un capitán, muerto en la campaña aquella, y que por honrar la

memoria de su esposo se había consagrado á cuidar á los heridos mientras

durara la guerra.

--¡Viuda!--decíase _Pelotón_.--¡Qué cochino enemigo habrá sido el que ha

matado al marido! ¡Pobrecita!

Llegó para _Pelotón_ el terrible momento: había quedado cojo; pero

estaba curado, dado de alta, con la licencia absoluta en el canuto y con

una cruz en el pecho.

* * * * *

Mohino y cabizbajo salió Juan del hospital. No sabía lo que le pasaba;

iba triste, y no sabía por qué. Al abandonar el hospital le parecía

abandonar el lugar de toda alegría y de toda felicidad que pudiera haber

en la tierra. De todos se había despedido, y aunque aún le sonaba en los

oídos el tono socarrón con que el médico le había dicho: «Cuídate,

_Pelotón_, que aunque estás curado... no estás bueno», lo que aún le

parecía estar oyendo eran las palabras de ella:--«Ya ha cumplido usted

con la patria; ahora á cumplir con los padres... y con la novia, porque

usted tendrá novia.»--¡Congrio, si tenía novia!... ¡La moza más garrida

y más guapa de _Cornejilla la Vieja_!... Y por cierto, que Dolores, que

así se llamaba, no debía estar muy satisfecha del novio, porque, á decir

verdad, las cartas que la había escrito desde el hospital habían sido

bien cortas... y bien lacónicas.

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. · 第 17 / 34 题