Desde aquella terrible tarde en que, á hombros, había subido á la casuca
á su pobre Pedro; desde aquella terrible noche que pasó él solo velando
el cadáver de su hijo; desde que, al día siguiente, le hubo dejado
enterrado junto á su madre, el señor Jaime no había vuelto á entrar en
su casa, á la cual ya miraba como á panteón de su felicidad. Aquella
noche espantosa, el pobre viejo creyó volverse loco, y no aseguramos
nosotros que su razón quedara muy completa.
Tampoco volvió á embarcarse en la _Carlota_; la vela, los remos y el
timón fueron trasladados á la habitación que hacía las veces de almacén,
y ella fué amarrada en su pequeño puerto, al abrigo de unas elevadas
rocas.
Flaco, encorvado, perdidas por completo las energías, aniquilado, en
suma, pasaba la mayor parte del día en el pequeño cementerio del pueblo,
donde su mujer y su hijo estaban enterrados el uno junto al otro. Por
las noches dábase á vagar por los acantilados, y cuando el cansancio le
rendía, íbase hacia la casuca, se echaba junto á ella y desde allí
contemplaba el mar, desde allí miraba á la _Carlota_, que, amarrada,
parecía participar de las tristezas de su dueño. En el bolsillo guardaba
la llave de su morada; pero un día que quiso entrar en ella, creyó
morir; no pudo atravesar el umbral de aquella puerta, no se atrevió á
turbar el silencio de muerte que allí dentro reinaba.
Gastadas las economías de Pedro en su entierro, el señor Jaime carecía
de recursos; pero no por eso, al pronto, le faltó lo indispensable: los
vecinos, los otros pescadores de la aldea y las mujeres, sobre todo,
desvivíanse por atender al pobre viejo... ¡Era tan desgraciado! La una
un poco de pan; la otra un pedazo de carne; aquí le hacían entrar hoy
para que comiera caliente; allá apartaban un poco de la cena, y Pepina,
la chica mayor de la casa, echaba hacia él acantilado en busca del señor
Jaime, para que se lo comiera. Pero poco á poco, y á medida que la
terrible impresión que causó la muerte de Pedro se fué borrando de la
memoria de las gentes, algunos dieron en observar que, unos más, otros
menos, todos tenían desgracias que contar; que había que conformarse con
ellas, y que ya iba siendo hora de que el señor Jaime se conformara con
la suya: ni era el único padre que había perdido á su hijo, ni lo
sería. Tenía casa, y si no entraba en ella, era porque no le daba la
gana; porque todo aquello de que se moriría de pena allí dentro y demás
cosas que decía, no eran más que tonterías; todos tenían casas, y no
porque se muriera alguno de la familia se iban los demás á vivir al
campo. Tenía una hermosa lancha, que podía vender, ya que él era
demasiado viejo para ir solo á pescar; porque todo aquello de no
quererse desprender de ella, porque la lancha era como algo suyo, de lo
que no podría desprenderse sin perder la vida, no eran más que chocheces
de viejo. En el pueblo había muchos que cuando vinieron mal dadas,
tuvieron que vender la lancha y todo lo que fué preciso para poder
subsistir, y por eso nadie se murió, que precisamente para no morirse es
para lo que la vendieron. Y, sobre todo, ¡qué caramba!, ellos eran
pobres también y harto hacían con remediarse ellos mismos.
En medio de la indiferencia que por todo sentía, en medio del estado de
idiotez en que el viejo cayó, no dejaba de alcanzársele que tenían
razón; así, pues, para acabar con las murmuraciones, decidió aceptar el
puesto que, para guardar las vacas, le ofreció el alcalde de la aldea,
contemporáneo suyo y amigo de la niñez. «Después de todo, ¿qué más podía
apetecer? Vivir siempre en el campo, entre aquellos animales, más nobles
que la mayoría de las personas.» Empezó su nueva vida; el pescador
trocóse en apacentador de vacas. Todas las mañanas, al amanecer, íbase
hacia el monte con ellas, llevando en un zurroncillo el modesto yantar
del día. Pero es el caso que, dondequiera que se hallaba, el pensamiento
del viejo estaba siempre muy lejos, y, por lo tanto, poca ó ninguna
atención prestaba al ganado, que campaba por sus respetos; con
frecuencia le ocurría que, llegada la noche, no se daba cuenta de que el
ganado, cansado de esperar, se echaba á dormir en el campo. Más de una
vez tuvo que ir el hijo del alcalde en su busca; y era de oir al
muchacho:
--¡Eh, señor Jaime!... ¿Se ha quedado usted dormido ó es que está usted
chocho?
Volvía en sí, sobresaltado, el señor Jaime; sonreía dulcemente, por toda
respuesta, á las groseras palabras del pilluelo, y recogiendo el ganado
volvía á casa, donde aún había de escuchar cosas más desagradables.
Estas y otras causas dieron lugar á que el alcalde le tratara cada vez
más áspera y desconsideradamente, diciendo que el abuelo estaba ya
chiflado y no servía para nada. No recordaba, al hablar y al proceder
como lo hacía, que ambos habían jugado juntos siendo niños; no recordaba
que se distinguieron, entre todos los chicos de la aldea, por el gran
cariño que se profesaban; por regla general, el corazón del hombre no se
acuerda nunca de cuando fué corazón de niño... ¡Qué lástima!
Los pilluelos de la aldea le hacían burla y le tiraban piedras. Él los
miraba sin enojo y sonreía, sonreía tiernamente al contemplarlos y no se
quejaba de las pedradas que recibía; él también había tenido un niño, un
precioso chiquillo, tan guapo como su madre... que sabe Dios si alguna
vez habría tirado también piedras contra algún pobre viejo. Pero no;
Pedro no había tirado nunca piedras contra un desvalido, que ni su madre
ni él le habían permitido nunca tal desmán.
Un día, no pudiendo ya sobreponerse á la angustia que le dominaba, el
señor Jaime, después que hubo encerrado el ganado y que hubo escuchado
unos cuantos insultos de todos los de la casa, que ya le trataban como á
un idiota, salióse sigilosamente de ella y se fué á los acantilados, al
lado de su querida casita, junto á la cual durmió. ¡Qué consuelo sintió
junto á ella! Momentos hubo en que creyó oir rechinar la puerta y que su
Carlota y su Pedro salían á buscarle tendiendo sus amorosos brazos para
aprisionarle en ellos. ¡Pero todo fué un sueño! Allá abajo estaba la
lancha amarrada en su puertecito.
Al otro día, en toda la mañana se movió del mismo sitio. Sentado en el
suelo, con las piernas recogidas, los brazos cruzados sobre las rodillas
y apoyada en ellos la cabeza, el señor Jaime parecía madurar algún
proyecto, alguna resolución extrema. Por la tarde viósele por el campo
recogiendo florecillas silvestres, que, más tarde, fué á depositar sobre
las tumbas de los seres queridos, ante las que se le vió orar
fervorosamente; al anochecer volvió al acantilado.
V
Serían las doce de la noche, cuando el señor Jaime, con paso vacilante,
se acercó á su antigua morada. Con mano temblorosa buscó la llave en uno
de los bolsillos de su derrotado pantalón, y no sin gran trabajo, la
introdujo en la cerradura, que resistió al primer intento; cedió, por
fin, al segundo, y la puerta se abrió, no sin gran escándalo de sus
mohosos goznes.
Precipitóse el anciano, más bien por desfallecimiento de sus energías
que por mandato de la voluntad, en la primera habitación, y dejándose
caer sobre el banco que en otro tiempo sirviera de mesa á él y á su
hijo, prorrumpió en convulsivos sollozos.
Largo rato permaneció en aquel estado. Cuando el caudal de sus lágrimas
se hubo agotado, incorporóse penosamente y con la vista recorrió la
estancia, mirando amorosamente los objetos que en ella había: allí
estaba todo, todo lo que había sido testigo de su felicidad.
Un profundo suspiro, un quejido del alma desgarrada resonó en aquel
cuartucho.
El señor Jaime, cambiando de aspecto y recobrando, al parecer, sus
perdidas energías, dió á entender con su nueva actitud que alguna
resolución inquebrantable le había llevado allí. En efecto: empezó á
recoger todos cuantos muebles y objetos de madera había en la casa y con
ellos formó un montón junto á uno de los tabiques, hecho de tablas; bajo
ellos puso la vela de la _Carlota_, y sobre ella arrojó el alquitrán que
contenía un pequeño cubo que en un rincón había; recogió los remos y,
arrastrándolos por uno de sus extremos, los sacó fuera de la casa;
descansó unos momentos y después los condujo, con no poco trabajo, hasta
la embarcación.
¡Pobre _Carlota_! Despintada completamente, parecía haber envejecido
tanto como el amo. Al sentir que aquél volvía á su bordo, mecióse
suavemente en el agua, sintiéndose revivir. El señor Jaime sufrió una
nueva congoja. Repuesto de ella y una vez embarcados los remos, empezó
una nueva tarea; la de lastrar la lancha con gruesos pedazos de roca
desprendidos de las peñas. Cuando el calado de la _Carlota_ hubo
aumentado, á juicio del señor Jaime, lo necesario, suspendió la
operación y regresó á la casuca. A lo lejos se sintió el reloj de la
iglesia que daba dos campanadas lentas y solemnes...
Entró el viejo en la casa; pasó una última mirada por su recinto; cogió
del hogar un cuchillo de afilada punta, que se puso en la faja, buscó en
sus bolsillos una mugrienta caja de fósforos, encendió uno y lo aplicó á
la vela impregnada de alquitrán. Cuando vió que las llamas hacían presa
en los objetos amontonados encima, salió de la casa, cuya puerta cerró
con llave y descendió lo más rápidamente que pudo hasta la _Carlota_.
Una vez en ella, de pie, mirando hacia la casa, esperó.
El semblante fúnebre, amarillo, del señor Jaime había cambiado
completamente de expresión: sonreía y parecía el ser más feliz de la
tierra; sus ojos habían recobrado el brillo y la viveza de la juventud,
y un ligero tinte sonrosado cubría sus mejillas.
Del interior de la casa empezaron á salir por sus muchas grietas y
rendijas, hilos de espeso y negro humo; poco después vióse brillar en el
tejado un punto rojo.
--¡Ahora!--exclamó el viejo. Con el cuchillo cortó las amarras de la
lancha, y con un remo _fincó_ con fuerza para sacar á la _Carlota_ de su
puertecito. Cuando ésta salió al mar, el marinero colocó los remos en
los toletes y empezó á bogar lentamente. El punto rojo que apareciera en
la techumbre de la casa fuése bien pronto agrandando, hasta convertirse
en un penacho de llamas.
El señor Jaime, desde el banco en que remaba, veía cómo éstas devoraban
el hogar en que nació.
Cuando por la intensidad del fuego comprendió que ya nada ni nadie
podría salvarla, el viejo marinero dejó de remar; quitó los remos y los
dejó sobre los bancos. La _Carlota_, que navegaba perezosamente á causa
de la gran carga que llevaba y del poco impulso que le dieran los
remos... ¡ella, que siempre navegó rápida y gallarda con la vela!, se
detuvo casi instantáneamente.
--Ahora nosotros, todos los que quedamos, á un tiempo--murmuró el señor
Jaime.
Con un pedazo de cuerda ató los remos fuertemente á uno de los bancos;
después, con otra cuerda, ató sus pies al palo de la lancha. Miró
nuevamente hacia tierra, y viendo que la intensidad de las llamas
empezaba á decrecer por falta de combustible, sacó el cuchillo de la
faja, y, arrodillándose, empezó á quitar madera de junto á la quilla,
con la afilada punta.
Algunos nubarrones vagaban por el cielo ocultando la luna á su paso.
Allá, á lo lejos, se veían las llamas que consumían los restos de la
casuca; algunos vecinos se movían junto á ella, como sombras proyectadas
por una linterna mágica.
El señor Jaime trabajaba con afán, y, por fin, el agua empezó á penetrar
en la lancha: poco á poco, primero; más rápidamente, después.
El viejo, entonces, arrojando el cuchillo, se puso en pie, cruzó las
manos sobre el pecho y, mirando al cielo con amor infinito, exclamó con
voz entrecortada por los sollozos:--«Al fin vamos á reunirnos de nuevo.»
El agua, precipitándose por encima de las bordas de la _Carlota_, hundió
á ésta rápidamente, ahogando las últimas palabras del infeliz pescador.
Bajo las aguas sintióse al desgraciado agitarse desesperadamente durante
unos segundos; después... ¡nada!... El agua recobró su alterada
tranquilidad...
El fuego habíase ya extinguido... La luna, horrorizada, negó su luz al
terrible cuadro, ocultándose tras un negro nubarrón...
* * * * *
Al amanecer, un vaporcito mercante pasó por aquel lugar, revolviendo con
las paletas de su hélice las tranquilas aguas, que amorosas guardaban en
su seno al viejo pescador...
Epílogo.
Han pasado quince años. Rodaleda, sintiendo el influjo de la vecina
capital, que había llegado á ser uno de los principales puntos de
veraneo, había progresado de una manera notable.
El pueblo, en sí, permanecía el mismo; que en esto sucede con los
pueblos lo que con las personas: unas se transforman con los años, otras
permanecen apegadas á _su tiempo_ y sus ranciedades; pero, en cambio,
toda la parte de la costa había variado completamente de aspecto. La
carretera había sido arreglada. A lo largo de ésta se habían edificado
numerosos hoteles y casas de recreo, con bellos jardines y pequeños
muelles, los que estaban en el lado del mar. Numerosos coches y
automóviles circulaban por aquel camino; un tranvía eléctrico corría por
el lado izquierdo, hasta el monte _Padruco_, en el que se había
edificado un hermoso «Hotel para viajeros» y donde existían algunos
_restaurants_ para recreo de los veraneantes que concurrían á ellos para
comer, disfrutando de un panorama bellísimo.
Un lujoso faetón, arrastrado por dos hermosos caballos bayos, avanzaba
por la carretera en dirección á Rodaleda. Ocupaban el pescante un señor
gordo, mofletudo, ya encanecido, que era el que guiaba, y una hermosa
mujer que, al parecer, había entrado ya en el otoño de la vida; detrás
de ellos un menudo lacayo avisaba con agudas voces á los peatones que se
interponían ante el coche.
Al llegar á la entrada de Rodaleda, frente por frente á la casa que
habitara Julia, el señor detuvo violentamente los caballos. El lacayo,
saltando con ligereza al suelo, corrió á sujetar de las riendas á los
fogosos animales.
Descendió el caballero trabajosamente, y dió la mano á la señora para
que lo hiciera.
--¿Es aquí?--preguntó el acompañante de la señora.
--¡Sí!--replicó ella, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta de la
casa.
El señor, acercándose á los caballos, dióles algunas palmadas en el
cuello, llamándolos al mismo tiempo por sus nombres; después siguió á la
señora, que no era otra que Julia, la bella aldeana de otros tiempos.
Hallábase ésta perpleja é indecisa ante la puerta cuando llegó él.
--¿Qué pasa?--preguntó.
--¡Que la puerta está cerrada!
--¡Bah!
Tanteó el caballero la resistencia que podía ofrecer aquélla, con un
empujón, y viendo que ésta no podía ser mucha, le aplicó una fuerte
patada; la puerta, medio carcomida por el tiempo, se abrió de par en
par.
--¡Ya está abierta!... Ya puedes entrar... y despachar cuanto antes.
Mira que es gusto venir á recrearse en cosas viejas, feas... y
desagradables. No comprendo que se tenga capricho en ver los lugares
donde se han pasado miserias y privaciones.
--Hombre... ¡es la casa donde nací!
--Sí, no digo que no; pero la casa donde naciste se halla en la
actualidad con el techo hundido, cayéndose de vieja... y llena de
alimañas.
--¡Pues no entres tú!--dijo Julia algo contrariada.
--De eso puedes estar bien segura. Por eso te he dicho que despaches
pronto.
Y el caballero volvió hacia el coche, mientras Julia, previo
remangamiento de faldas, penetraba vivamente conmovida, en su antigua
morada. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pedazos del cántaro;
el cestito, completamente podrido y negro, estaba sobre la apolillada y
derrengada mesa. Julia contempló los objetos de aquella estancia y acto
continuo penetró en la alcoba. El primer objeto en que se fijó su vista
fué el collar que permanecía sobre la almohada tal y como Pedro lo había
dejado. Lo cogió con mano temblorosa y estuvo mirándolo largo rato.
--«Yo creí que lo había perdido aquel día--dijo limpiándolo con su fino
pañuelo de batista.--¡Pobre Pedro!... ¡Pobre niño!...--murmuró con
emoción.
Julia, sintiendo su corazón angustiado, guardó en el seno el collar y
salió á la primera habitación; paseó su mirada por ella nuevamente... y
en seguida traspuso la puerta de entrada.
--Vamos, ¿has terminado?--dijo al verla salir el caballero, con tono de
aburrimiento.
--Sí, hombre, sí; ya he terminado--respondió Julia maquinalmente y
absorbida, al parecer, por un pensamiento.
--¿Qué te ocurre ahora?
--Me ocurre... que hemos podido abrir la puerta, pero no sé cómo
podremos cerrarla.
El caballero prorrumpió en ruidosas carcajadas; cuando hubo reído á su
gusto, exclamó:
--Ten cuidado no te vayan á robar.
--No tengo cuidado de que me roben, por desgracia; pero es mi casa y no
quiero dejarla á merced de nadie.
Nueva explosión de risa en el señor gordo. Julia, encendida como la
grana, mirábale con ira... con odio. En aquel momento, un jovenzuelo
flaco, sucio y desarrapado, se acercó tímidamente, mirando fijamente á
Julia.
--Ahora que esto se está poniendo de moda y que se está construyendo
tanto por aquí, pronto harán desaparecer ese adefesio, para levantar en
su lugar alguna buena finca.
--Ese adefesio es mío, y nadie podrá hacerlo desaparecer sin mi
consentimiento; y el que quiera edificar una buena finca, no lo hará
seguramente en este solar.
El caballero, sin parar su atención en el tono agresivo de Julia, se
encogió de hombros. Julia habíase fijado en aquel jovenzuelo que, á
pocos pasos, estaba mirándola embelesado. Acercóse á él; aquel rostro no
le era desconocido.
--¿Cómo se llama usted?--preguntó Julia al individuo en cuestión.
--Pascual--contestó tímidamente el interrogado.
--¿El hijo de la Pepona?
El jovenzuelo contestó que sí con un movimiento de cabeza, sin dejar de
mirar á Julia ni un momento.
--¿No te acuerdas de mí?--preguntó ésta.
Movimiento de duda en el aludido.
--Soy Julia... Julia... ¿No te acuerdas?
El muchacho asintió con otro movimiento de cabeza, pues el hablar
parecía habérsele bajado á los talones, y siguió mirando como si
estuviera hipnotizado.
Pensó Julia un momento y luego, encarándose con Pascual, le dijo:
--Te voy á dar un encargo, ¿lo cumplirás? ¿Sí? Bueno, pues mira: toma
este duro para ti, y con este otro te encargas de que arreglen la
cerradura de esa puerta; echas la llave y la guardas hasta que yo vuelva
dentro de dos ó tres días, ¿me entiendes? No te pesará. He de hablar
contigo y has de contarme muchas cosas.
La voz del caballero resonó malhumorada, diciendo:
--A este paso nos tendremos que volver á casa sin llegar al Padruco...
¡Vaya una tardecita!
Separóse Julia de Pascual, después de cambiar con él las últimas
palabras, y corrió hacia el hombre gordo.
--¡Qué impaciente eres, hijo mío!--dijo subiendo al carruaje.
--¡Y tú qué pesada!--replicó él ocupando su asiento en el pescante,
junto á Julia.--¿Y quién es ese personaje con el que te has mostrado tan
generosa?
--Ese personaje era hace quince años un rapacillo--respondió Julia dando
un suspiro.
--¿Te vas á poner tierna ahora?
--¿Y por qué no? Recordando aquellos tiempos...
--Bueno; recuerda todo lo que quieras; pero no vuelvas á contar la
historia del imbécil del pescador que se mató...
--Tú no te matarías, si yo te abandonara, ¿verdad?
--¡No, por cierto!
--Porque tú no me quieres como me quería aquél.
--No sé si te quiero más ó menos; pero lo que si sé, es que si todos los
que has querido y has abandonado... ó te han abandonado, hasta _nuestros
días_... se hubieran matado, excuso decirte.
Julia, al oir las groseras palabras de aquel hombre, dichas con tono
despectivo, sintió que la sangre se agolpaba en el corazón; sintió un
arrebato de ira que la impulsaba á insultarle; pero la dignidad,
maltrecha, aniquilada por el servilismo y la sumisión á _los amos_,
durante tanto tiempo, no tuvo fuerzas para rebelarse.
Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas, y al través de ellas vió la
dulce imagen de Pedro.
El señor gordo volvió la cabeza para mirar á Julia, y al verla en
aquella actitud, exclamó con tono agrio:
--Si vas á tomarlo por lo dramático, más vale que te tires al mar,
chiquilla.
Julia comprendió que se la avisaba de que no era aquella su misión; su
misión junto _al amo_ era la de sonreir y alegrarle la vida; si tenía
penas, allá ella con las que fueran; él no tenía nada que ver con eso.
--Vas llamando la atención... y la cosa no es muy agradable.
Efectivamente: los ocupantes de otros carruajes que se cruzaban con el
del señor gordo, fijábanse en Julia.
Esta, comprendiéndolo, hizo un poderoso esfuerzo sobre sí misma, y la
sonriente máscara, eterna careta de su vida, volvió á su rostro; tragó
su asco, su odio hacia aquel hombre que tan groseramente la había
tratado, que tan brutalmente le había recordado su esclavitud, y las
palabras alegres y cariñosas volvieron á brotar de sus labios para
complacerle.
¿Para qué disgustarle, para qué romper la cadena, si detrás de aquél
tendría que venir otro que sería igual?
El señor gordo, para desfogar su disgusto, fustigó fuertemente á los
caballos, que, no acostumbrados á un trato semejante, salieron al
galope, arrastrando velozmente al carruaje, entre una densa polvareda,
hacia el monte Padruco...