IV

Desde aquella terrible tarde en que, á hombros, había subido á la casuca

á su pobre Pedro; desde aquella terrible noche que pasó él solo velando

el cadáver de su hijo; desde que, al día siguiente, le hubo dejado

enterrado junto á su madre, el señor Jaime no había vuelto á entrar en

su casa, á la cual ya miraba como á panteón de su felicidad. Aquella

noche espantosa, el pobre viejo creyó volverse loco, y no aseguramos

nosotros que su razón quedara muy completa.

Tampoco volvió á embarcarse en la _Carlota_; la vela, los remos y el

timón fueron trasladados á la habitación que hacía las veces de almacén,

y ella fué amarrada en su pequeño puerto, al abrigo de unas elevadas

rocas.

Flaco, encorvado, perdidas por completo las energías, aniquilado, en

suma, pasaba la mayor parte del día en el pequeño cementerio del pueblo,

donde su mujer y su hijo estaban enterrados el uno junto al otro. Por

las noches dábase á vagar por los acantilados, y cuando el cansancio le

rendía, íbase hacia la casuca, se echaba junto á ella y desde allí

contemplaba el mar, desde allí miraba á la _Carlota_, que, amarrada,

parecía participar de las tristezas de su dueño. En el bolsillo guardaba

la llave de su morada; pero un día que quiso entrar en ella, creyó

morir; no pudo atravesar el umbral de aquella puerta, no se atrevió á

turbar el silencio de muerte que allí dentro reinaba.

Gastadas las economías de Pedro en su entierro, el señor Jaime carecía

de recursos; pero no por eso, al pronto, le faltó lo indispensable: los

vecinos, los otros pescadores de la aldea y las mujeres, sobre todo,

desvivíanse por atender al pobre viejo... ¡Era tan desgraciado! La una

un poco de pan; la otra un pedazo de carne; aquí le hacían entrar hoy

para que comiera caliente; allá apartaban un poco de la cena, y Pepina,

la chica mayor de la casa, echaba hacia él acantilado en busca del señor

Jaime, para que se lo comiera. Pero poco á poco, y á medida que la

terrible impresión que causó la muerte de Pedro se fué borrando de la

memoria de las gentes, algunos dieron en observar que, unos más, otros

menos, todos tenían desgracias que contar; que había que conformarse con

ellas, y que ya iba siendo hora de que el señor Jaime se conformara con

la suya: ni era el único padre que había perdido á su hijo, ni lo

sería. Tenía casa, y si no entraba en ella, era porque no le daba la

gana; porque todo aquello de que se moriría de pena allí dentro y demás

cosas que decía, no eran más que tonterías; todos tenían casas, y no

porque se muriera alguno de la familia se iban los demás á vivir al

campo. Tenía una hermosa lancha, que podía vender, ya que él era

demasiado viejo para ir solo á pescar; porque todo aquello de no

quererse desprender de ella, porque la lancha era como algo suyo, de lo

que no podría desprenderse sin perder la vida, no eran más que chocheces

de viejo. En el pueblo había muchos que cuando vinieron mal dadas,

tuvieron que vender la lancha y todo lo que fué preciso para poder

subsistir, y por eso nadie se murió, que precisamente para no morirse es

para lo que la vendieron. Y, sobre todo, ¡qué caramba!, ellos eran

pobres también y harto hacían con remediarse ellos mismos.

En medio de la indiferencia que por todo sentía, en medio del estado de

idiotez en que el viejo cayó, no dejaba de alcanzársele que tenían

razón; así, pues, para acabar con las murmuraciones, decidió aceptar el

puesto que, para guardar las vacas, le ofreció el alcalde de la aldea,

contemporáneo suyo y amigo de la niñez. «Después de todo, ¿qué más podía

apetecer? Vivir siempre en el campo, entre aquellos animales, más nobles

que la mayoría de las personas.» Empezó su nueva vida; el pescador

trocóse en apacentador de vacas. Todas las mañanas, al amanecer, íbase

hacia el monte con ellas, llevando en un zurroncillo el modesto yantar

del día. Pero es el caso que, dondequiera que se hallaba, el pensamiento

del viejo estaba siempre muy lejos, y, por lo tanto, poca ó ninguna

atención prestaba al ganado, que campaba por sus respetos; con

frecuencia le ocurría que, llegada la noche, no se daba cuenta de que el

ganado, cansado de esperar, se echaba á dormir en el campo. Más de una

vez tuvo que ir el hijo del alcalde en su busca; y era de oir al

muchacho:

--¡Eh, señor Jaime!... ¿Se ha quedado usted dormido ó es que está usted

chocho?

Volvía en sí, sobresaltado, el señor Jaime; sonreía dulcemente, por toda

respuesta, á las groseras palabras del pilluelo, y recogiendo el ganado

volvía á casa, donde aún había de escuchar cosas más desagradables.

Estas y otras causas dieron lugar á que el alcalde le tratara cada vez

más áspera y desconsideradamente, diciendo que el abuelo estaba ya

chiflado y no servía para nada. No recordaba, al hablar y al proceder

como lo hacía, que ambos habían jugado juntos siendo niños; no recordaba

que se distinguieron, entre todos los chicos de la aldea, por el gran

cariño que se profesaban; por regla general, el corazón del hombre no se

acuerda nunca de cuando fué corazón de niño... ¡Qué lástima!

Los pilluelos de la aldea le hacían burla y le tiraban piedras. Él los

miraba sin enojo y sonreía, sonreía tiernamente al contemplarlos y no se

quejaba de las pedradas que recibía; él también había tenido un niño, un

precioso chiquillo, tan guapo como su madre... que sabe Dios si alguna

vez habría tirado también piedras contra algún pobre viejo. Pero no;

Pedro no había tirado nunca piedras contra un desvalido, que ni su madre

ni él le habían permitido nunca tal desmán.

Un día, no pudiendo ya sobreponerse á la angustia que le dominaba, el

señor Jaime, después que hubo encerrado el ganado y que hubo escuchado

unos cuantos insultos de todos los de la casa, que ya le trataban como á

un idiota, salióse sigilosamente de ella y se fué á los acantilados, al

lado de su querida casita, junto á la cual durmió. ¡Qué consuelo sintió

junto á ella! Momentos hubo en que creyó oir rechinar la puerta y que su

Carlota y su Pedro salían á buscarle tendiendo sus amorosos brazos para

aprisionarle en ellos. ¡Pero todo fué un sueño! Allá abajo estaba la

lancha amarrada en su puertecito.

Al otro día, en toda la mañana se movió del mismo sitio. Sentado en el

suelo, con las piernas recogidas, los brazos cruzados sobre las rodillas

y apoyada en ellos la cabeza, el señor Jaime parecía madurar algún

proyecto, alguna resolución extrema. Por la tarde viósele por el campo

recogiendo florecillas silvestres, que, más tarde, fué á depositar sobre

las tumbas de los seres queridos, ante las que se le vió orar

fervorosamente; al anochecer volvió al acantilado.

V

Serían las doce de la noche, cuando el señor Jaime, con paso vacilante,

se acercó á su antigua morada. Con mano temblorosa buscó la llave en uno

de los bolsillos de su derrotado pantalón, y no sin gran trabajo, la

introdujo en la cerradura, que resistió al primer intento; cedió, por

fin, al segundo, y la puerta se abrió, no sin gran escándalo de sus

mohosos goznes.

Precipitóse el anciano, más bien por desfallecimiento de sus energías

que por mandato de la voluntad, en la primera habitación, y dejándose

caer sobre el banco que en otro tiempo sirviera de mesa á él y á su

hijo, prorrumpió en convulsivos sollozos.

Largo rato permaneció en aquel estado. Cuando el caudal de sus lágrimas

se hubo agotado, incorporóse penosamente y con la vista recorrió la

estancia, mirando amorosamente los objetos que en ella había: allí

estaba todo, todo lo que había sido testigo de su felicidad.

Un profundo suspiro, un quejido del alma desgarrada resonó en aquel

cuartucho.

El señor Jaime, cambiando de aspecto y recobrando, al parecer, sus

perdidas energías, dió á entender con su nueva actitud que alguna

resolución inquebrantable le había llevado allí. En efecto: empezó á

recoger todos cuantos muebles y objetos de madera había en la casa y con

ellos formó un montón junto á uno de los tabiques, hecho de tablas; bajo

ellos puso la vela de la _Carlota_, y sobre ella arrojó el alquitrán que

contenía un pequeño cubo que en un rincón había; recogió los remos y,

arrastrándolos por uno de sus extremos, los sacó fuera de la casa;

descansó unos momentos y después los condujo, con no poco trabajo, hasta

la embarcación.

¡Pobre _Carlota_! Despintada completamente, parecía haber envejecido

tanto como el amo. Al sentir que aquél volvía á su bordo, mecióse

suavemente en el agua, sintiéndose revivir. El señor Jaime sufrió una

nueva congoja. Repuesto de ella y una vez embarcados los remos, empezó

una nueva tarea; la de lastrar la lancha con gruesos pedazos de roca

desprendidos de las peñas. Cuando el calado de la _Carlota_ hubo

aumentado, á juicio del señor Jaime, lo necesario, suspendió la

operación y regresó á la casuca. A lo lejos se sintió el reloj de la

iglesia que daba dos campanadas lentas y solemnes...

Entró el viejo en la casa; pasó una última mirada por su recinto; cogió

del hogar un cuchillo de afilada punta, que se puso en la faja, buscó en

sus bolsillos una mugrienta caja de fósforos, encendió uno y lo aplicó á

la vela impregnada de alquitrán. Cuando vió que las llamas hacían presa

en los objetos amontonados encima, salió de la casa, cuya puerta cerró

con llave y descendió lo más rápidamente que pudo hasta la _Carlota_.

Una vez en ella, de pie, mirando hacia la casa, esperó.

El semblante fúnebre, amarillo, del señor Jaime había cambiado

completamente de expresión: sonreía y parecía el ser más feliz de la

tierra; sus ojos habían recobrado el brillo y la viveza de la juventud,

y un ligero tinte sonrosado cubría sus mejillas.

Del interior de la casa empezaron á salir por sus muchas grietas y

rendijas, hilos de espeso y negro humo; poco después vióse brillar en el

tejado un punto rojo.

--¡Ahora!--exclamó el viejo. Con el cuchillo cortó las amarras de la

lancha, y con un remo _fincó_ con fuerza para sacar á la _Carlota_ de su

puertecito. Cuando ésta salió al mar, el marinero colocó los remos en

los toletes y empezó á bogar lentamente. El punto rojo que apareciera en

la techumbre de la casa fuése bien pronto agrandando, hasta convertirse

en un penacho de llamas.

El señor Jaime, desde el banco en que remaba, veía cómo éstas devoraban

el hogar en que nació.

Cuando por la intensidad del fuego comprendió que ya nada ni nadie

podría salvarla, el viejo marinero dejó de remar; quitó los remos y los

dejó sobre los bancos. La _Carlota_, que navegaba perezosamente á causa

de la gran carga que llevaba y del poco impulso que le dieran los

remos... ¡ella, que siempre navegó rápida y gallarda con la vela!, se

detuvo casi instantáneamente.

--Ahora nosotros, todos los que quedamos, á un tiempo--murmuró el señor

Jaime.

Con un pedazo de cuerda ató los remos fuertemente á uno de los bancos;

después, con otra cuerda, ató sus pies al palo de la lancha. Miró

nuevamente hacia tierra, y viendo que la intensidad de las llamas

empezaba á decrecer por falta de combustible, sacó el cuchillo de la

faja, y, arrodillándose, empezó á quitar madera de junto á la quilla,

con la afilada punta.

Algunos nubarrones vagaban por el cielo ocultando la luna á su paso.

Allá, á lo lejos, se veían las llamas que consumían los restos de la

casuca; algunos vecinos se movían junto á ella, como sombras proyectadas

por una linterna mágica.

El señor Jaime trabajaba con afán, y, por fin, el agua empezó á penetrar

en la lancha: poco á poco, primero; más rápidamente, después.

El viejo, entonces, arrojando el cuchillo, se puso en pie, cruzó las

manos sobre el pecho y, mirando al cielo con amor infinito, exclamó con

voz entrecortada por los sollozos:--«Al fin vamos á reunirnos de nuevo.»

El agua, precipitándose por encima de las bordas de la _Carlota_, hundió

á ésta rápidamente, ahogando las últimas palabras del infeliz pescador.

Bajo las aguas sintióse al desgraciado agitarse desesperadamente durante

unos segundos; después... ¡nada!... El agua recobró su alterada

tranquilidad...

El fuego habíase ya extinguido... La luna, horrorizada, negó su luz al

terrible cuadro, ocultándose tras un negro nubarrón...

* * * * *

Al amanecer, un vaporcito mercante pasó por aquel lugar, revolviendo con

las paletas de su hélice las tranquilas aguas, que amorosas guardaban en

su seno al viejo pescador...

Epílogo.

Han pasado quince años. Rodaleda, sintiendo el influjo de la vecina

capital, que había llegado á ser uno de los principales puntos de

veraneo, había progresado de una manera notable.

El pueblo, en sí, permanecía el mismo; que en esto sucede con los

pueblos lo que con las personas: unas se transforman con los años, otras

permanecen apegadas á _su tiempo_ y sus ranciedades; pero, en cambio,

toda la parte de la costa había variado completamente de aspecto. La

carretera había sido arreglada. A lo largo de ésta se habían edificado

numerosos hoteles y casas de recreo, con bellos jardines y pequeños

muelles, los que estaban en el lado del mar. Numerosos coches y

automóviles circulaban por aquel camino; un tranvía eléctrico corría por

el lado izquierdo, hasta el monte _Padruco_, en el que se había

edificado un hermoso «Hotel para viajeros» y donde existían algunos

_restaurants_ para recreo de los veraneantes que concurrían á ellos para

comer, disfrutando de un panorama bellísimo.

Un lujoso faetón, arrastrado por dos hermosos caballos bayos, avanzaba

por la carretera en dirección á Rodaleda. Ocupaban el pescante un señor

gordo, mofletudo, ya encanecido, que era el que guiaba, y una hermosa

mujer que, al parecer, había entrado ya en el otoño de la vida; detrás

de ellos un menudo lacayo avisaba con agudas voces á los peatones que se

interponían ante el coche.

Al llegar á la entrada de Rodaleda, frente por frente á la casa que

habitara Julia, el señor detuvo violentamente los caballos. El lacayo,

saltando con ligereza al suelo, corrió á sujetar de las riendas á los

fogosos animales.

Descendió el caballero trabajosamente, y dió la mano á la señora para

que lo hiciera.

--¿Es aquí?--preguntó el acompañante de la señora.

--¡Sí!--replicó ella, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta de la

casa.

El señor, acercándose á los caballos, dióles algunas palmadas en el

cuello, llamándolos al mismo tiempo por sus nombres; después siguió á la

señora, que no era otra que Julia, la bella aldeana de otros tiempos.

Hallábase ésta perpleja é indecisa ante la puerta cuando llegó él.

--¿Qué pasa?--preguntó.

--¡Que la puerta está cerrada!

--¡Bah!

Tanteó el caballero la resistencia que podía ofrecer aquélla, con un

empujón, y viendo que ésta no podía ser mucha, le aplicó una fuerte

patada; la puerta, medio carcomida por el tiempo, se abrió de par en

par.

--¡Ya está abierta!... Ya puedes entrar... y despachar cuanto antes.

Mira que es gusto venir á recrearse en cosas viejas, feas... y

desagradables. No comprendo que se tenga capricho en ver los lugares

donde se han pasado miserias y privaciones.

--Hombre... ¡es la casa donde nací!

--Sí, no digo que no; pero la casa donde naciste se halla en la

actualidad con el techo hundido, cayéndose de vieja... y llena de

alimañas.

--¡Pues no entres tú!--dijo Julia algo contrariada.

--De eso puedes estar bien segura. Por eso te he dicho que despaches

pronto.

Y el caballero volvió hacia el coche, mientras Julia, previo

remangamiento de faldas, penetraba vivamente conmovida, en su antigua

morada. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pedazos del cántaro;

el cestito, completamente podrido y negro, estaba sobre la apolillada y

derrengada mesa. Julia contempló los objetos de aquella estancia y acto

continuo penetró en la alcoba. El primer objeto en que se fijó su vista

fué el collar que permanecía sobre la almohada tal y como Pedro lo había

dejado. Lo cogió con mano temblorosa y estuvo mirándolo largo rato.

--«Yo creí que lo había perdido aquel día--dijo limpiándolo con su fino

pañuelo de batista.--¡Pobre Pedro!... ¡Pobre niño!...--murmuró con

emoción.

Julia, sintiendo su corazón angustiado, guardó en el seno el collar y

salió á la primera habitación; paseó su mirada por ella nuevamente... y

en seguida traspuso la puerta de entrada.

--Vamos, ¿has terminado?--dijo al verla salir el caballero, con tono de

aburrimiento.

--Sí, hombre, sí; ya he terminado--respondió Julia maquinalmente y

absorbida, al parecer, por un pensamiento.

--¿Qué te ocurre ahora?

--Me ocurre... que hemos podido abrir la puerta, pero no sé cómo

podremos cerrarla.

El caballero prorrumpió en ruidosas carcajadas; cuando hubo reído á su

gusto, exclamó:

--Ten cuidado no te vayan á robar.

--No tengo cuidado de que me roben, por desgracia; pero es mi casa y no

quiero dejarla á merced de nadie.

Nueva explosión de risa en el señor gordo. Julia, encendida como la

grana, mirábale con ira... con odio. En aquel momento, un jovenzuelo

flaco, sucio y desarrapado, se acercó tímidamente, mirando fijamente á

Julia.

--Ahora que esto se está poniendo de moda y que se está construyendo

tanto por aquí, pronto harán desaparecer ese adefesio, para levantar en

su lugar alguna buena finca.

--Ese adefesio es mío, y nadie podrá hacerlo desaparecer sin mi

consentimiento; y el que quiera edificar una buena finca, no lo hará

seguramente en este solar.

El caballero, sin parar su atención en el tono agresivo de Julia, se

encogió de hombros. Julia habíase fijado en aquel jovenzuelo que, á

pocos pasos, estaba mirándola embelesado. Acercóse á él; aquel rostro no

le era desconocido.

--¿Cómo se llama usted?--preguntó Julia al individuo en cuestión.

--Pascual--contestó tímidamente el interrogado.

--¿El hijo de la Pepona?

El jovenzuelo contestó que sí con un movimiento de cabeza, sin dejar de

mirar á Julia ni un momento.

--¿No te acuerdas de mí?--preguntó ésta.

Movimiento de duda en el aludido.

--Soy Julia... Julia... ¿No te acuerdas?

El muchacho asintió con otro movimiento de cabeza, pues el hablar

parecía habérsele bajado á los talones, y siguió mirando como si

estuviera hipnotizado.

Pensó Julia un momento y luego, encarándose con Pascual, le dijo:

--Te voy á dar un encargo, ¿lo cumplirás? ¿Sí? Bueno, pues mira: toma

este duro para ti, y con este otro te encargas de que arreglen la

cerradura de esa puerta; echas la llave y la guardas hasta que yo vuelva

dentro de dos ó tres días, ¿me entiendes? No te pesará. He de hablar

contigo y has de contarme muchas cosas.

La voz del caballero resonó malhumorada, diciendo:

--A este paso nos tendremos que volver á casa sin llegar al Padruco...

¡Vaya una tardecita!

Separóse Julia de Pascual, después de cambiar con él las últimas

palabras, y corrió hacia el hombre gordo.

--¡Qué impaciente eres, hijo mío!--dijo subiendo al carruaje.

--¡Y tú qué pesada!--replicó él ocupando su asiento en el pescante,

junto á Julia.--¿Y quién es ese personaje con el que te has mostrado tan

generosa?

--Ese personaje era hace quince años un rapacillo--respondió Julia dando

un suspiro.

--¿Te vas á poner tierna ahora?

--¿Y por qué no? Recordando aquellos tiempos...

--Bueno; recuerda todo lo que quieras; pero no vuelvas á contar la

historia del imbécil del pescador que se mató...

--Tú no te matarías, si yo te abandonara, ¿verdad?

--¡No, por cierto!

--Porque tú no me quieres como me quería aquél.

--No sé si te quiero más ó menos; pero lo que si sé, es que si todos los

que has querido y has abandonado... ó te han abandonado, hasta _nuestros

días_... se hubieran matado, excuso decirte.

Julia, al oir las groseras palabras de aquel hombre, dichas con tono

despectivo, sintió que la sangre se agolpaba en el corazón; sintió un

arrebato de ira que la impulsaba á insultarle; pero la dignidad,

maltrecha, aniquilada por el servilismo y la sumisión á _los amos_,

durante tanto tiempo, no tuvo fuerzas para rebelarse.

Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas, y al través de ellas vió la

dulce imagen de Pedro.

El señor gordo volvió la cabeza para mirar á Julia, y al verla en

aquella actitud, exclamó con tono agrio:

--Si vas á tomarlo por lo dramático, más vale que te tires al mar,

chiquilla.

Julia comprendió que se la avisaba de que no era aquella su misión; su

misión junto _al amo_ era la de sonreir y alegrarle la vida; si tenía

penas, allá ella con las que fueran; él no tenía nada que ver con eso.

--Vas llamando la atención... y la cosa no es muy agradable.

Efectivamente: los ocupantes de otros carruajes que se cruzaban con el

del señor gordo, fijábanse en Julia.

Esta, comprendiéndolo, hizo un poderoso esfuerzo sobre sí misma, y la

sonriente máscara, eterna careta de su vida, volvió á su rostro; tragó

su asco, su odio hacia aquel hombre que tan groseramente la había

tratado, que tan brutalmente le había recordado su esclavitud, y las

palabras alegres y cariñosas volvieron á brotar de sus labios para

complacerle.

¿Para qué disgustarle, para qué romper la cadena, si detrás de aquél

tendría que venir otro que sería igual?

El señor gordo, para desfogar su disgusto, fustigó fuertemente á los

caballos, que, no acostumbrados á un trato semejante, salieron al

galope, arrastrando velozmente al carruaje, entre una densa polvareda,

hacia el monte Padruco...

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. · 第 16 / 34 题