El señor Jaime, con una mano empuñaba la caña del timón y con la otra la
escota de la vela. Pedro, sentado á proa, de espaldas á su padre,
parecía sumido en hondas preocupaciones.
La _Carlota_ saltaba gallarda y airosamente sobre las pequeñas olas que
salían á su encuentro. Ocho días había permanecido anclada en su pequeño
puerto á causa del temporal, y, al salir nuevamente á la mar, parecía
querer demostrar su alegría en sus jugueteos con las olas. Su casco,
bien cuidado y pintado de blanco, se inclinaba coquetonamente á impulsos
del viento que ceñía su vela triangular. Amanecía dulce y soñadoramente.
Nada hablaban en alta voz los dos pescadores; pero bien podía decirse
que en su interior más hablaban que políticos en la oposición.
--«Diablo de muchacho--decíase el padre--, qué fuerte le ha entrado. En
mis tiempos no nos enamorábamos así. ¿Que una muchacha nos decía que no?
¡Pues á otra! Bien enamorado estuve yo de la Gabriela, y, sin embargo,
pues cuando me dejó plantado por el _Bisojo_... pues... _¡na!_ Pasé unos
días malos... después vinieron los buenos, me declaré á Carlota, me casé
con ella... y bendita sea la hora en que lo hice; que ésta me salió
buena, y hay que ver cómo le salió la Gabriela al _Bisojo_... Pero anda,
que ahora, se enamora un muchacho de una mujer... y ya parece que no
hay otra en el mundo; ¡cuando hay más que pescados en la mar!»
--Me parece que debemos dar fondo--dijo Pedro, interrumpiendo el
soliloquio de su padre.
El señor Jaime miró hacia tierra para orientarse, y después hizo virar
la lancha y soltó la escota de la vela. Pedro recogió ésta sujetándola
con la misma escota al palo; después arrojó al agua un pesado pedazo de
hierro que, sujeto á un _cabo_, hacía las veces de ancla.
El viejo, entretanto, sacaba de un cesto las _liñas_ que habían de
servir para la pesca del calamar; una vez preparadas, se situaron cada
uno en una banda y empezaron la tarea que debía durar hasta el
anochecer.
--Parece que hoy se da bien--dijo al cabo de un rato el señor Jaime,
tirando rápidamente de su aparejo para que no se desengancharan del
anzuelo tres hermosos calamares que inútilmente querían defenderse
soltando fuertes chorros de tinta.
--Bien hace falta, si hemos de llevar lo que el tío Juan nos ha
encargado--replicó Pedro, tirando á su vez de la liña.
La pesca, que, como el señor Jaime había dicho, se dió bien, continuó
hasta las doce, sin que ni el uno ni el otro hablaran más que lo
indispensable.
A las doce en punto se suspendió la pesca; recogiéronse los aparejos y
se dispuso el almuerzo.
Todos los esfuerzos que el padre hizo, durante aquél, para entrar en
conversación con el hijo, fueron inútiles. Pedro no respondía más que á
un tema, y precisamente ese tema era el que su padre no quería tocar de
ningún modo.
El pobre enamorado, desde hacía días iba volviéndose cada vez más
taciturno y más reservado. Mientras comía, sus ojos miraban hacia
tierra. No sabía él, á punto fijo, hacia dónde caía Madrid; pero él
miraba hacia allá, muy lejos, y seguramente que alguna vez sus miradas
pasarían sobre aquella maldita ciudad en la que se encontraba lo que él
más quería en el mundo; porque es lo cierto que, aun viéndose
traicionado, aun viéndose insultado y ofendido como se veía, él seguía
queriendo á Julia... ¿Por qué no había él de ir á Madrid? ¿Por qué su
padre se obstinaba en no dejarle? ¿No tenía el dinero que con tanta
alegría y tantos afanes ahorrara para casarse? ¿Qué mejor empleo podía
darle que en ir á Madrid, buscar á aquel hombre, arrancarle el corazón
y hacérselo añicos, como él lo había hecho con el suyo?
Pedro miraba á su padre cuando aquél no le veía, y después tornaba á
reconcentrarse en sí mismo.
Concluído que fué el almuerzo, Pedro dijo á su padre:
--Échese usted á dormir un poco, que yo seguiré pescando.
--Echémonos los dos: el mar duerme también, y tiempo nos queda de sobra
para pescar lo que nos falta.
--Yo no tengo sueño, padre; échese usted.
--Bueno; pero no me dejes dormir mucho; ya sabes que no me gusta.
--No tenga usted cuidado, que yo le llamaré.
El viejo tumbóse boca arriba en el fondo de la lancha; púsose la boina
sobre la cara, y, á los pocos momentos, un rumor sordo, que fué
aumentando hasta alcanzar la categoría de formidable ronquido, anunció
que dormía como un lirón.
* * * * *
Más de dos horas habían pasado cuando el señor Jaime empezó á
rebullir perezosamente. Llamó á su hijo en forma que apenas se le
entendía y volvió á quedar inmóvil unos segundos; después
incorporóse, como sobresaltado, y, restregándose los ojos, llamó
nuevamente:--«Pedro»--dijo pensando que éste se hallaba detrás de
él.--«Pedro»--volvió á repetir. Y como Pedro no le contestara ni él
oyera ruido alguno á su espalda, volvióse precipitadamente, quedando
pálido como el marfil, por la emoción que sufrió: ¡Pedro no estaba en la
lancha!
--«¡No está..., no está aquí!»--dijo balbuciendo las palabras.--De
pronto, como si un súbito ataque de locura le acometiera, púsose en pie
gritando con toda la fuerza de sus pulmones:
--«¡Pedro!... ¡Pedro!... ¡Pedro!»--Nadie le contestó. Los sollozos le
ahogaron en la garganta el nombre de su hijo, de su Pedro... ¡de su
Pedrín!--«Ah, maldita mujer... ¡maldita, sí!... ¿Quién tenía la culpa de
lo que sucedía, sino ella? Pedro no estaba en la lancha... Pedro se
había tirado al mar para matarse, como único medio de olvidar á la
causante de sus desdichas... ¡Y él que se había echado á dormir tan
tranquilo!... Pero, ¡Dios Santo!... ¿Cómo suponer que Pedro abrigara
aquellas intenciones? No, no era posible aquello; no era posible que su
hijo se hubiera matado así... de aquella manera... estando junto á su
padre. El viejo recorrió afanosamente con la vista todos los rincones de
la embarcación buscando un objeto... un papel...; algo, en fin, que
aclarara sus dudas horribles.» Una ronca exclamación se escapó de su
oprimido pecho, al fijarse en la proa de la lancha: allí, hechas un
reguño, vió las ropas de Pedro. Un júbilo inmenso, una alegría delirante
hizo temblar al señor Jaime, como un azogado. Abalanzóse sobre aquella
prendas, y entre risas y sollozos, entre palabras entrecortadas y
suspiros ahogados, las estrechó centra su pecho, besándolas con loco
frenesí.--«Ya lo decía yo, ya lo decía... ¡No se ha matado, no!... Si se
hubiera tirado al mar para ahogarse, no se hubiera preocupado de
quitarse la ropa. El dejarla aquí es indicio de que quiso ponerse en
condiciones de poder nadar para llegar á... ¿adónde, Dios, adónde? A
tierra, sin duda; ¿pero con qué objeto? ¿Qué idea ha podido sugerirle el
recuerdo de esa...? ¿Habrá querido poner en práctica su deseo de ir á
Madrid, de escaparse, puesto que en tierra sabe que yo lo vigilo?
Lo que sea, no es aquí donde he de averiguarlo; y si es esto último,
como me figuro, quizá todavía nada en dirección á tierra, y en ese
caso... pronto le alcanzará la _Carlota_.»
El señor Jaime, para no detenerse en levar el ancla, sacó de la cesta de
las provisiones un cuchillo de ancha y afilada hoja, y de un tajo cortó
el cabo de aquélla; luego hizo _virar_ la lancha con un remo y la
_Carlota_, cabeceando un momento, como caballo que se impacienta, ciñó
el viento con la vela y hendió con su afilada proa las tranquilas aguas.
El viejo, entornando los ojos, miraba con creciente ansiedad; pero nada
descubría. La distancia á tierra, poco más de una milla, era poca cosa
para un nadador como Pedro, y no tenía miedo de que le hubieran faltado
las fuerzas; un calambre... tampoco era de temer.--«Sin duda--pensó--que
se tiraría al mar en cuanto yo me quedé dormido... y, en ese caso, es
seguro que llegó á tierra hace tiempo; que se puso el traje nuevo; que
cogió sus ahorros, y que carretera adelante camina ya en busca del
ferrocarril.»
Poco faltaba á la _Carlota_ para ganar la costa, cuando el señor Jaime
creyó distinguir un objeto informe que se movía á impulsos del
agua.--«¿Qué es aquello que se ve allí, Jaime?»--se dijo sintiendo que
el corazón le saltaba del pecho.--«Aquello... aquello es... A ver:
orza... orza un poco, Jaime... Así... ¡Qué el diablo me lleve si aquello
que sube y baja en el agua no es...!»
Y el pobre viejo, con voz que la alegría hacía parecer desesperada,
empezó á gritar:--«¡Pedro!... ¡Pedro!... Sí, sí; es Pedro, es mi
Pedro...»
La _Carlota_, con su rápido andar, acortaba por momentos la distancia
que la separaba del objeto que flotaba en las aguas.
El señor Jaime, abandonando el timón y la vela, saltó por encima de los
bancos, hasta la proa de la lancha.
La _Carlota_, falta del impulso del viento, y sólo con la velocidad
adquirida, llegó hasta el cuerpo del infortunado Pedro, que, ahogado,
era mecido por el agua, dándole suavemente con la roda, como si quisiera
acariciarlo.
El desdichado padre, al ver que aquel cadáver era el de su hijo, el de
su Pedro... abrió los brazos y, sin proferir ni una exclamación, cayó de
espaldas en la lancha.
La _Carlota_ siguió rozando el cuerpo del pobre Pedro, como si quisiera
decirle que estaba allí... que subiera á su bordo para reanudar la
marcha...