IV

A los quince días fué publicado el artículo que Jacinto escribiera en su

primera noche de escritor cómico.

Cuando Martínez terminó de leerlo, en alta voz para que todos los

compañeros, incluso el Jefe, lo oyeran, el autor recibió una ovación en

toda regla.

El Jefe, arrellanado en un sillón, movía convulsivamente su enorme

vientre á impulso de la risa.

--Eso, hombre, eso...--decía, entrecortadamente, mirando á

Jacinto.--Éste, á su vez, con una gran tristeza reflejada en el

semblante, miraba á todos y estaba como asustado ante aquella explosión

de risa que había causado su artículo.

--¿Quién te ha cambiado chico?--dijo Pepe.

--Si me lo dicen, no lo creo--agregó Gutiérrez.

--Hay que ver qué gracia tiene eso del encuentro con el compañero al ir

á empeñar la alhaja--refunfuña el Jefe entre grandes carcajadas.

--Y que eso es verdad, ¿eh? Eso le sucede á cualquiera.

--¿Y lo de los chicos disputándole la cordilla al gato?

Jacinto sentía ganas de pegar, de morder á todos aquellos que se reían

de sus desdichas, bien que no supieran que eran suyas; sentía una gran

angustia que le ahogaba y ganas de llorar... de llorar mucho... Nunca

hubiera creído que en la desgracia se pudiera aprender el difícil arte

de hacer reir á los demás. Él, que nunca había podido escribir nada

cómico en sus tiempos de relativa felicidad, lo había escrito cuando la

amargura más grande laceraba su corazón.

Cuando salió de la oficina, le parecía que no llegaba nunca á su casa;

le tardaba el momento de verse en ella, de verse entre los suyos, entre

aquellos nenes queridos y aquella dulce compañera, que no se reía de sus

tristezas, sino que las compartía.

V

Pasaron días. Luisito no mejoraba gran cosa. Las cuarenta pesetas que

dieron por la pulsera se acabaron; se acabaron las cincuenta que

mandaron los padres de Jacinto, junto con una cariñosa carta, en la que

decían que, en cuanto el chico estuviera en condiciones, lo enviasen al

pueblo; acabáronse, en fin, tantas cosas, que no parecía sino que había

sonado la hora del Juicio final para aquella casa.

Jacinto sentía que le faltaba el valor para soportar _aquello_. Pensó

escribir algún otro artículo; pero esto era tan lento y producía tan

poco, que no podía resolver nada por el momento.

A tal punto llegó aquel estado, que un día ya no tuvo más remedio que

aceptar por bueno el único camino que se abría ante sus ojos: empeñó la

paga; total... nada: firmar mil pesetas por cuatrocientas, é intereses

_módicos_, eso sí.

Aquella operación, al pronto, dió un respiro en la casa: se atendió con

mayor holgura á Luisín, y se compraron algunas cosas indispensables.

Sin embargo, poco duró este compás de espera; y como enfermedad que

remite para volver luego con más ímpetu, así volvieron los ahogos, con

nuevas fuerzas y nuevos bríos, á la casa, pues, á las escaseces ya

habituales en ella, hubo que añadir la que originaba el tener que pagar

aquellos _módicos_ intereses, que restaban la quinta parte de la paga.

Jacinto llegó á dudar de lo divino y á sentir desprecio por lo humano;

su corazón, en el que la desgracia clavaba sus garras despiadadamente,

empezaba á manar sangre.

Por primera vez pensó que no debía haberse casado; que debía haber hecho

lo que tantos otros que, despreciando los juicios de una sociedad que le

da á un hombre veintidós duros y medio para que constituya un hogar,

buscan por otros caminos, que ella llama inmorales, la satisfacción de

justos anhelos.

Jacinto, que no fumaba para no gastar; Jacinto, que jamás se permitía la

inocente distracción de ir una noche al café á pasar un rato con los

amigos, porque comprendía que aquellos dos reales hacían falta en su

casa; Jacinto, que considerábase feliz con el amor de los suyos, sintió

ganas de reir ante aquella avalancha que se le venía encima, ante la

visión de aquella inhumana sociedad, creadora de muchos males y de pocos

bienes, que caía sobre él aplastándole despiadadamente.

El Destino, considerando que Jacinto estaba ya bastante entrenado en el

sufrimiento, apretó bruscamente el tornillo: Luisín empeoró tan rápida é

inesperadamente, que el médico llegó á temer un desenlace funesto, si no

se le sacaba de Madrid lo antes posible.

Jacinto sintió agotarse sus energías y desvanecerse los restos de su

entereza. El agua le llegaba al cuello y experimentó verdadero terror al

pensar que la salvación se hacía imposible. La situación era de

verdadero apuro: su paga, empeñada; la casa, dos meses sin pagar; la

tienda, no muy al corriente... y una falta absoluta de recursos, y, lo

que era peor, de medios para arbitrarlos. ¡Aquello era horrible!

La pobre Claudia, imagen viviente y resignada del dolor, sufría en

silencio, para no aumentar la pesadumbre de su esposo, y buscaba los

rincones para desahogar su angustiado corazón, llorando sin que la

vieran.

Los hermanitos de Luisín, amedrentados por el triste ambiente que

reinaba en la casa, iban y venían por ella como almas en pena, sin

atreverse á jugar, y si acaso lo hacían, en su adorable inocencia,

metíanse en el último rincón de la casa para que no les riñeran.

¡Era preciso sacar á Luisito de Madrid! Y ¿cómo hacer esto? ¿Cómo

realizar aquel milagro indispensable? No obstante, era preciso,

absolutamente preciso el realizarlo.

Jacinto envejeció en un día, un año. No tenía amigos á quienes pedir una

cantidad como la que se precisaba; el prestamista se negó rotundamente á

ampliar el préstamo, porque la parte legal descontable no daba margen

para ello. ¿A quién recurrir? ¿A los padres? Pero ¿no era un crimen, un

verdadero crimen, pedir á los pobres viejos lo que no tenían para ellos

mismos? Y, sin embargo, ¿qué otro remedio quedaba?

Jacinto, loco de dolor, desesperado... cogió la pluma y escribió;

escribió una carta que era el llamamiento supremo de un sentenciado á

muerte, de un agonizante.

Seis días horribles transcurrieron hasta que se recibió la contestación

¡Al fin llegó! Los padres de Jacinto respondían--¡qué padre no

responderá!--al supremo llamamiento de su hijo con un supremo

sacrificio: la respuesta era un pliego de valores; el pliego contenía el

importe de una tierrecita, mal vendida, por la precipitación, y una

carta llena de trazos toscos y temblorosos, faltos de ortografía, pero

llenos de amor y de ternura.

«Veniros con el chico inmediatamente», decía la carta en uno de sus más

torcidos renglones, que á Jacinto y á Claudia les pareció ser escalera

que conducía á la gloria.

Jacinto sintió oprimírsele el corazón al leer aquella carta que rebosaba

amor; Claudia murmuró palabras que nadie oyó, á no ser Dios, por ir á él

dirigidas, y lloró, lloró mucho arrodillada ante la cuna de su hijo.

Al día siguiente, Claudia y sus tres hijos salieron para el pueblo de

los abuelos. Jacinto quedó solo y con muy limitados recursos; pero esto

era lo de menos, lo principal era que el chiquitín se salvara.

Llegó la primera carta de Claudia. Para comprender la ansiedad con que

Jacinto leyó aquella carta, es preciso haber tenido un bebé en trance de

muerte; yo, por lo menos, renuncio á describirla.

Las noticias no eran malas: el nene, al parecer, con el cambio de aires,

se había reanimado algo; el médico del pueblo no desesperaba de

salvarle.

Después de estas noticias, ¿qué podía importarle á Jacinto el pasarse la

mitad de los días sin comer para ir _estirando_ los recursos que le

habían quedado? ¡Nada! Aquel día fué para él un verdadero día de fiesta,

y el principal festejo, la contestación á la carta de Claudia. Qué de

palabras cariñosas para todos; qué de besos para los chicos; ¡qué

párrafo para que lo leyera Luisín... que no sabía leer!; qué de consejos

á Claudia para que no se dejara dominar por las pesadumbres; qué de

conceptos para convencerla de que no se preocupara por él, que _nada le

faltaba_, si no era ellos.

La alegría que Jacinto experimentó con la lectura de aquella carta, y el

descubierto en que se hallaba con su estómago, incitáronle á darse

aquella noche un _banquete_; así, pues, á cosa de las ocho, metióse en

el café de Levante, donde es fama que los dan grandes, y pidió un

_beefteack_ con patatas. Jacinto, que hacía ya mucho tiempo que no se

veía _con una cosa semejante_ ante sus ojos, devoró, más bien que comió,

aquella vianda; que no hay nada que excite tanto el apetito como la

alegría.

Aquella noche se metió en la cama, dispuesto á dormir á pierna suelta;

no quería pensar, no quería sufrir, era preciso dar descanso al

espíritu, dando de mano á las preocupaciones, aun cuando no fuera más

que por unas horas.

Claudia siguió dando noticias diariamente del niño; noticias que, si no

avanzaban en el sentido optimista, tampoco retrocedían al atroz

pesimismo de los últimos días de permanencia en Madrid. Jacinto

contestaba cada dos ó tres días... _por mor de la franquicia_.

La esperanza llegó á germinar en el corazón del oficinista; mas, cuando

ésta echaba raíces más hondas, una bomba vino á estallar sobre el

cerebro del pobre Jacinto, haciendo saltar los sesos, destrozando el

corazón y desgarrando las carnes: la carta de aquel día, de Claudia, era

una verdadera bomba.

«Luisito se muere, Jacinto mío, el nene se nos va á todo escape»--decía

Claudia demostrando su dolor en lo tembloroso de su escritura.--«El nene

se nos va...»--decían aquellos renglones, que parecían sollozar. Jacinto

necesitó leerlos veinte veces para convencerse de que lo escrito por

Claudia quería decir eso... «El nene se muere... el nene se nos va».

Esta carta, recibida por Jacinto en la oficina, causó en todos los

compañeros honda impresión.

--Váyase usted hoy mismo--dijo el Jefe--, y no se preocupe de la vuelta;

tómese los días que necesite.

El permiso ya estaba; pero ¿y el dinero para el viaje? Jacinto, como una

exhalación, dirigióse en busca del habilitado; éste, enterado de lo que

le ocurría á Jacinto, se apresuró á facilitarle lo que pedía: diez

duros. El compañerismo es uno de los pocos instrumentos que, en el

humano concierto, suele dar notas dulces y afinadas.

Cuando el angustiado Jacinto llegó al pueblo, era tarde: «el nene se

había ido ya». El pobrecito había volado al cielo sin poder ver á

«papa», por el que había clamado incesantemente en sus últimos momentos;

su cuerpecito inmóvil, rígido, pálido como la cera, estaba allí,

encerrado en la cajita blanca, esperando los últimos besos de _papa_; su

almita, que había salido de este mundo sin odios ni rencores, moraba ya

en las regiones donde _los unos se aman á los otros_...

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. · 第 7 / 34 题