A los quince días fué publicado el artículo que Jacinto escribiera en su
primera noche de escritor cómico.
Cuando Martínez terminó de leerlo, en alta voz para que todos los
compañeros, incluso el Jefe, lo oyeran, el autor recibió una ovación en
toda regla.
El Jefe, arrellanado en un sillón, movía convulsivamente su enorme
vientre á impulso de la risa.
--Eso, hombre, eso...--decía, entrecortadamente, mirando á
Jacinto.--Éste, á su vez, con una gran tristeza reflejada en el
semblante, miraba á todos y estaba como asustado ante aquella explosión
de risa que había causado su artículo.
--¿Quién te ha cambiado chico?--dijo Pepe.
--Si me lo dicen, no lo creo--agregó Gutiérrez.
--Hay que ver qué gracia tiene eso del encuentro con el compañero al ir
á empeñar la alhaja--refunfuña el Jefe entre grandes carcajadas.
--Y que eso es verdad, ¿eh? Eso le sucede á cualquiera.
--¿Y lo de los chicos disputándole la cordilla al gato?
Jacinto sentía ganas de pegar, de morder á todos aquellos que se reían
de sus desdichas, bien que no supieran que eran suyas; sentía una gran
angustia que le ahogaba y ganas de llorar... de llorar mucho... Nunca
hubiera creído que en la desgracia se pudiera aprender el difícil arte
de hacer reir á los demás. Él, que nunca había podido escribir nada
cómico en sus tiempos de relativa felicidad, lo había escrito cuando la
amargura más grande laceraba su corazón.
Cuando salió de la oficina, le parecía que no llegaba nunca á su casa;
le tardaba el momento de verse en ella, de verse entre los suyos, entre
aquellos nenes queridos y aquella dulce compañera, que no se reía de sus
tristezas, sino que las compartía.
V
Pasaron días. Luisito no mejoraba gran cosa. Las cuarenta pesetas que
dieron por la pulsera se acabaron; se acabaron las cincuenta que
mandaron los padres de Jacinto, junto con una cariñosa carta, en la que
decían que, en cuanto el chico estuviera en condiciones, lo enviasen al
pueblo; acabáronse, en fin, tantas cosas, que no parecía sino que había
sonado la hora del Juicio final para aquella casa.
Jacinto sentía que le faltaba el valor para soportar _aquello_. Pensó
escribir algún otro artículo; pero esto era tan lento y producía tan
poco, que no podía resolver nada por el momento.
A tal punto llegó aquel estado, que un día ya no tuvo más remedio que
aceptar por bueno el único camino que se abría ante sus ojos: empeñó la
paga; total... nada: firmar mil pesetas por cuatrocientas, é intereses
_módicos_, eso sí.
Aquella operación, al pronto, dió un respiro en la casa: se atendió con
mayor holgura á Luisín, y se compraron algunas cosas indispensables.
Sin embargo, poco duró este compás de espera; y como enfermedad que
remite para volver luego con más ímpetu, así volvieron los ahogos, con
nuevas fuerzas y nuevos bríos, á la casa, pues, á las escaseces ya
habituales en ella, hubo que añadir la que originaba el tener que pagar
aquellos _módicos_ intereses, que restaban la quinta parte de la paga.
Jacinto llegó á dudar de lo divino y á sentir desprecio por lo humano;
su corazón, en el que la desgracia clavaba sus garras despiadadamente,
empezaba á manar sangre.
Por primera vez pensó que no debía haberse casado; que debía haber hecho
lo que tantos otros que, despreciando los juicios de una sociedad que le
da á un hombre veintidós duros y medio para que constituya un hogar,
buscan por otros caminos, que ella llama inmorales, la satisfacción de
justos anhelos.
Jacinto, que no fumaba para no gastar; Jacinto, que jamás se permitía la
inocente distracción de ir una noche al café á pasar un rato con los
amigos, porque comprendía que aquellos dos reales hacían falta en su
casa; Jacinto, que considerábase feliz con el amor de los suyos, sintió
ganas de reir ante aquella avalancha que se le venía encima, ante la
visión de aquella inhumana sociedad, creadora de muchos males y de pocos
bienes, que caía sobre él aplastándole despiadadamente.
El Destino, considerando que Jacinto estaba ya bastante entrenado en el
sufrimiento, apretó bruscamente el tornillo: Luisín empeoró tan rápida é
inesperadamente, que el médico llegó á temer un desenlace funesto, si no
se le sacaba de Madrid lo antes posible.
Jacinto sintió agotarse sus energías y desvanecerse los restos de su
entereza. El agua le llegaba al cuello y experimentó verdadero terror al
pensar que la salvación se hacía imposible. La situación era de
verdadero apuro: su paga, empeñada; la casa, dos meses sin pagar; la
tienda, no muy al corriente... y una falta absoluta de recursos, y, lo
que era peor, de medios para arbitrarlos. ¡Aquello era horrible!
La pobre Claudia, imagen viviente y resignada del dolor, sufría en
silencio, para no aumentar la pesadumbre de su esposo, y buscaba los
rincones para desahogar su angustiado corazón, llorando sin que la
vieran.
Los hermanitos de Luisín, amedrentados por el triste ambiente que
reinaba en la casa, iban y venían por ella como almas en pena, sin
atreverse á jugar, y si acaso lo hacían, en su adorable inocencia,
metíanse en el último rincón de la casa para que no les riñeran.
¡Era preciso sacar á Luisito de Madrid! Y ¿cómo hacer esto? ¿Cómo
realizar aquel milagro indispensable? No obstante, era preciso,
absolutamente preciso el realizarlo.
Jacinto envejeció en un día, un año. No tenía amigos á quienes pedir una
cantidad como la que se precisaba; el prestamista se negó rotundamente á
ampliar el préstamo, porque la parte legal descontable no daba margen
para ello. ¿A quién recurrir? ¿A los padres? Pero ¿no era un crimen, un
verdadero crimen, pedir á los pobres viejos lo que no tenían para ellos
mismos? Y, sin embargo, ¿qué otro remedio quedaba?
Jacinto, loco de dolor, desesperado... cogió la pluma y escribió;
escribió una carta que era el llamamiento supremo de un sentenciado á
muerte, de un agonizante.
Seis días horribles transcurrieron hasta que se recibió la contestación
¡Al fin llegó! Los padres de Jacinto respondían--¡qué padre no
responderá!--al supremo llamamiento de su hijo con un supremo
sacrificio: la respuesta era un pliego de valores; el pliego contenía el
importe de una tierrecita, mal vendida, por la precipitación, y una
carta llena de trazos toscos y temblorosos, faltos de ortografía, pero
llenos de amor y de ternura.
«Veniros con el chico inmediatamente», decía la carta en uno de sus más
torcidos renglones, que á Jacinto y á Claudia les pareció ser escalera
que conducía á la gloria.
Jacinto sintió oprimírsele el corazón al leer aquella carta que rebosaba
amor; Claudia murmuró palabras que nadie oyó, á no ser Dios, por ir á él
dirigidas, y lloró, lloró mucho arrodillada ante la cuna de su hijo.
Al día siguiente, Claudia y sus tres hijos salieron para el pueblo de
los abuelos. Jacinto quedó solo y con muy limitados recursos; pero esto
era lo de menos, lo principal era que el chiquitín se salvara.
Llegó la primera carta de Claudia. Para comprender la ansiedad con que
Jacinto leyó aquella carta, es preciso haber tenido un bebé en trance de
muerte; yo, por lo menos, renuncio á describirla.
Las noticias no eran malas: el nene, al parecer, con el cambio de aires,
se había reanimado algo; el médico del pueblo no desesperaba de
salvarle.
Después de estas noticias, ¿qué podía importarle á Jacinto el pasarse la
mitad de los días sin comer para ir _estirando_ los recursos que le
habían quedado? ¡Nada! Aquel día fué para él un verdadero día de fiesta,
y el principal festejo, la contestación á la carta de Claudia. Qué de
palabras cariñosas para todos; qué de besos para los chicos; ¡qué
párrafo para que lo leyera Luisín... que no sabía leer!; qué de consejos
á Claudia para que no se dejara dominar por las pesadumbres; qué de
conceptos para convencerla de que no se preocupara por él, que _nada le
faltaba_, si no era ellos.
La alegría que Jacinto experimentó con la lectura de aquella carta, y el
descubierto en que se hallaba con su estómago, incitáronle á darse
aquella noche un _banquete_; así, pues, á cosa de las ocho, metióse en
el café de Levante, donde es fama que los dan grandes, y pidió un
_beefteack_ con patatas. Jacinto, que hacía ya mucho tiempo que no se
veía _con una cosa semejante_ ante sus ojos, devoró, más bien que comió,
aquella vianda; que no hay nada que excite tanto el apetito como la
alegría.
Aquella noche se metió en la cama, dispuesto á dormir á pierna suelta;
no quería pensar, no quería sufrir, era preciso dar descanso al
espíritu, dando de mano á las preocupaciones, aun cuando no fuera más
que por unas horas.
Claudia siguió dando noticias diariamente del niño; noticias que, si no
avanzaban en el sentido optimista, tampoco retrocedían al atroz
pesimismo de los últimos días de permanencia en Madrid. Jacinto
contestaba cada dos ó tres días... _por mor de la franquicia_.
La esperanza llegó á germinar en el corazón del oficinista; mas, cuando
ésta echaba raíces más hondas, una bomba vino á estallar sobre el
cerebro del pobre Jacinto, haciendo saltar los sesos, destrozando el
corazón y desgarrando las carnes: la carta de aquel día, de Claudia, era
una verdadera bomba.
«Luisito se muere, Jacinto mío, el nene se nos va á todo escape»--decía
Claudia demostrando su dolor en lo tembloroso de su escritura.--«El nene
se nos va...»--decían aquellos renglones, que parecían sollozar. Jacinto
necesitó leerlos veinte veces para convencerse de que lo escrito por
Claudia quería decir eso... «El nene se muere... el nene se nos va».
Esta carta, recibida por Jacinto en la oficina, causó en todos los
compañeros honda impresión.
--Váyase usted hoy mismo--dijo el Jefe--, y no se preocupe de la vuelta;
tómese los días que necesite.
El permiso ya estaba; pero ¿y el dinero para el viaje? Jacinto, como una
exhalación, dirigióse en busca del habilitado; éste, enterado de lo que
le ocurría á Jacinto, se apresuró á facilitarle lo que pedía: diez
duros. El compañerismo es uno de los pocos instrumentos que, en el
humano concierto, suele dar notas dulces y afinadas.
Cuando el angustiado Jacinto llegó al pueblo, era tarde: «el nene se
había ido ya». El pobrecito había volado al cielo sin poder ver á
«papa», por el que había clamado incesantemente en sus últimos momentos;
su cuerpecito inmóvil, rígido, pálido como la cera, estaba allí,
encerrado en la cajita blanca, esperando los últimos besos de _papa_; su
almita, que había salido de este mundo sin odios ni rencores, moraba ya
en las regiones donde _los unos se aman á los otros_...