El tren corría con una velocidad espantosa; á lo menos, así lo creía
Jacinto, en su deseo de no llegar nunca á Madrid. El matrimonio, con los
dos niños, ocupaba un modesto departamento de tercera, el cual le
ofrecía la única comodidad que podía ofrecer un cajón de madera: iban
solos. Merced á esta dichosa casualidad, se habían podido instalar
desahogadamente. Los dos chiquitines, echados en opuesto sentido,
ocupaban uno de los bancos, que el amor maternal había procurado
mullirles con algunas ropas; pero no eran ellos mozos que repararan en
ciertas pequeñeces y dormían á pierna suelta, cubiertos ambos con una
misma manta.
Claudia, en uno de los extremos del banco opuesto, reclinaba la cabeza
en la pared del coche, cuya dureza soportaba, merced á le blandura que
le proporcionaba su espléndida cabellera. Jacinto, en el otro extremo,
daba vueltas y más vueltas en su magín al pavoroso problema que ya
llevaba planteado á Madrid.
Dentro de cinco días cobraría su paga; pero ella vendría á sus manos
mermada con el quinto del prestamista y los diez duros adelantados
graciosamente por el habilitado. Con el resto, si es que resto podía
llamarse á lo que quedaba, había que atender á un sinfín de necesidades.
¿Qué diría el casero, viendo que transcurría un mes más sin pagarle?
Jacinto sudaba copiosamente al pensar en este capítulo...
¿Para qué se empeñaron sus padres en que estudiara, en que fuera
señorito? ¿Por qué no le dejaron en el pueblo, entregado á las faenas
del campo, como su padre? ¿Qué adelantaba él con saber, si ello no le
servía más que para sufrir?
Llegaron á Madrid, llegaron á la silenciosa morada; corrieron los chicos
en busca de sus juguetes, de sus cajas, de sus gorros de papel, de sus
palitroques con cuerdas que hacían las veces de látigos, y sus alegres
vocecillas ahuyentaron las sombras, el silencio que reinaba en ella. Ya
no se les reñía porque jugaran; al contrario, los padres deseaban sus
gritos, sus voces, sus carreras por el pasillo, sus lloriqueos, porque
así les parecía más risueña la vida.
Descansaron aquel día sin contratiempo alguno; pero al siguiente, no
bien se hubo levantado Jacinto para ir á la oficina, la portera cayó
sobre ellos como maza de plomo que les machacara los cráneos.
El administrador había estado, dejándole encargado que, cuando
regresaran, les advirtiera que de no pagar, por lo menos, un mes de los
atrasados, se procedería al desahucio.
Jacinto sintió que el cielo se les desplomaba encima y le aplastaba.
La portera, una buena mujer que quería mucho á Claudia y á los niños,
viendo á Jacinto tan apurado, se permitió darle un consejo.
--El señorito--dijo--debe ir á ver al propietario y hablar con él; tiene
mejor corazón que el administrador, y quizá consiga un mes de plazo.
Jacinto asió el consejo como tabla salvadora, y fuése á la oficina,
resuelto á ponerlo en práctica al salir de ella.
El recibimiento que le hicieron en la oficina fué por todo extremo
cariñoso.
Pepe dijo que el chico _ya no tenía remedio y que, por lo tanto, había
que conformarse_: á mal tiempo, buena cara.
Las horas transcurrieron para Jacinto lenta y penosamente, oyendo
aquellas frases de ritual. ¿Quién les diría á sus compañeros que él,
Jacinto, tenía que cometer la felonía de olvidar al chiquitín para
pensar en el enojoso asunto que tenía que ventilar al salir de allí?
Llegó, por fin, el momento de abandonar aquel lóbrego Negociado, y
Jacinto, á todo escape, sintiendo que el estómago se le subía á la
garganta, como el día que fué á empeñar la pulsera, se encaminó á casa
del propietario.
Una doncellita de ojos alegres y vivarachos le introdujo en el despacho,
diciéndole que esperara... ¡Terrible espera!
Unos segundos después, un caballero anciano, de rostro sonriente,
penetró en la habitación.
A las primeras palabras de Jacinto diciendo quién era, el rostro del
caballero se estiró cuarta y media, adquiriendo una seriedad pavorosa.
«Él no podía hacer nada en el asunto; su administrador era el encargado
de todo lo concerniente á las casas. Comprendía la crítica situación en
que se hallaba Jacinto; pero _eran tantos los que se hallaban en
igualdad de circunstancias_... que, sintiéndolo mucho, no podía demorar
ni un solo día el desahucio... ¡Eran dos meses ya! ¡Por aquel camino
iría derechito á la ruina, á verse en el mismo estado en que se hallaba
Jacinto, y eso...!»
Inútiles fueron los ruegos y las súplicas del pobre oficinista, que ya
veía á su mujer y á sus hijos en la calle...
Lentamente, limpiándose el sudor que brotaba copiosamente de su frente,
bajó Jacinto las escaleras. En la puerta de la calle, detúvose unos
momentos; miró para arriba, para abajo, á las casas de enfrente, como si
se hallara en una ciudad desconocida, y, por fin, tomó calle arriba con
paso reposado, cual hombre feliz que pasea sus ocios.
La espantosa crisis nerviosa que interiormente sacudía al infeliz duró
algunos instantes; después, su organismo, falto ya de energías, sufrió
un aplanamiento enorme; los nervios, que llegaron al máximum de tensión,
amenazando romperse, aflojaron poco á poco, dejando que se apoderara del
cuerpo un enervamiento, una laxitud semejante al crepúsculo del sueño.
Jacinto, al llegar al final de la calle, se volvió á mirar la casa de
donde había salido, como si quisiera fotografiarla en su memoria;
después reanudó su marcha, hablando consigo mismo.
«--En verdad que hace falta cinismo--decíase--para venir á pedirle á
este pobre hombre que me esperara un mes... ¡Pobrecillo! Pedirle á un
infeliz que no tiene más que ocho casas una cosa así... es una infamia.
Comprendo que al que no tiene más que una, se le pida que espere, porque
no va á dar la casualidad que los cuatro inquilinos que tenga se vean en
tan triste situación; pero no á un hombre que tiene ocho casas y ochenta
inquilinos... ¡Si á todos les da por no pagar..., lo que él dice: la
ruina! ¡Pobre!»--Suspendió Jacinto un momento su humorístico monólogo,
para que no le oyeran unos que junto á él pasaron, y después lo reanudó
así:
«--¡Ah, Luisito, hijo mío: en verdad te digo que ahora pienso que has
hecho bien en morirte! ¡Qué desgracia tan grande para ti, si hubieras
llegado á ser hombre... y á tener ocho casas...! ¡Y qué desgracia tan
horrible que hubieras tenido inquilinos como tu padre, que no puede
pagar...! ¡Me estremezco de horror al pensar que hubieras llegado á
tener ocho casas..., porque tu corazón hubiera tenido que llegar á
endurecerse como una piedra! El Señor te ha demostrado su particular
afecto no dejándote llegar á ser hombre, y llevándote consigo.
Intercede, hijo mío, con Él, por tus hermanitos y por tu pobre madre,
porque yo... ¡yo no sé ya lo que podré hacer por ellos!»
Cuando Jacinto entró en su casa y Claudia supo lo ocurrido, hubo de
exclamar, con angustiado acento:
--Dios mío... ¡qué poca caridad!
--¿Poca?--replicó Jacinto.--Poca, no: mucha, pero mal entendida.
--¡Qué haremos, Jacinto, qué haremos!
--Nada, hija mía, nada; no apurarse, sobre todo; á mal tiempo buena
cara, como dice mi compañero Pepe.
Claudia movió la cabeza en son de duda y fuése hacia la alcoba.
Jacinto, recorriendo el pasillo de una punta á otra hablaba en alta voz,
gesticulando á la vez, como si discutiera con alguien.
«--Esto no es posible tomarlo en serio; no es posible dejarse llevar de
la desesperación... porque no es posible... ¡no es posible! Esto que me
pasa, á fuerza de ser terrible, es cómico, sí señor, esto es cómico.»
De pronto, dándose una sonora palmada en la coronilla, exclamó:
«--Ya me había yo olvidado de los sabios consejos de mis compañeros--:
«escribe artículos cómicos». Ya no me acordaba de la buena acogida que
tuvo el primero. Esta misma noche escribo el segundo... ¡Y que no estoy
yo en punto de caramelo para escribir artículos cómicos!»
Y siguió paseando mientras hilvanaba su segundo artículo cómico.
Claudia, entretanto, arrodillada junto al lecho, con las manos cruzadas,
imploraba á una imagen de Jesús, colocada á la cabecera.
El Señor parecía contemplarla dulcemente y escuchar sus quejas.
«Caridad... caridad--parecían decirla sus amorosos ojos--; harto sé yo,
pobre mujer, que el amor y la caridad que prediqué, no se practica por
mis más fieles devotos.
_Amaos los unos á los otros_--dije--, y no parece sino que todos ponen
especial empeño en destruirse. Les di una Ley para que se gobernaran, y
ellos, creyéndola insuficiente, no dejan de promulgarlas á cientos, sin
que logren otra cosa que entorpecer la existencia. Puse en la tierra
todo lo necesario y lo superfluo para que el hombre viviera,
obteniéndolo con su trabajo, y he aquí que medio género humano perece
por falta de lo más indispensable. Cuán grande es mi dolor al ver cómo
deshonra mi obra el ser más noble que yo creé. Muchos son los que me
aman, muchos los que me adoran y reverencian; mas pocos serán los que,
cuando la trompeta llame á Juicio, puedan presentarse sin temor ante el
Supremo Juez.»
Cuando Jacinto entró en la alcoba donde se hallaba Claudia, ésta lloraba
con gran congoja. Jacinto se apresuró á levantarla del suelo y á
prodigarla palabras llenas de dulces consuelos.
--Todo se arreglará, Claudia; ten confianza en que todo se
arreglará--decía el valeroso oficinista.
Aquella noche, como en otra de antaño, Jacinto escribió su segundo
artículo cómico, que, en realidad, fué su primer artículo humorístico;
un artículo humorístico de primer orden; al menos, así lo juzgó el
público, dispensándole una acogida entusiasta.
Perseveró el humorista con nuevos artículos, que fueron igualmente bien
acogidos. Siguió riendo, fustigando á muchos de los primeros actores de
la humana comedia, cuyos elevados puestos habían alcanzado sin que se
supiera qué escala moral ó material les había servido para lograrlo, y
elogiando la labor y las grandes cualidades de muchos modestos
racionistas y partiquinos. La sociedad que, como algunas hembras, más
ama á quien más la pega, llegó á convertir á Jacinto en su escritor
favorito.
La suerte, queriendo sin duda reirse de Jacinto y demostrarle que nadie
más humorista que ella, hizo que sus artículos fueran solicitados y
casi... casi, bien pagados. El oficinista pudo llevar un relativo
bienestar á su casa. ¡Cuántas veces pensó el pobre humorista que aquella
holgura no había llegado á tiempo de salvar al pobre Luisín! Pero... ¿no
sería el nene el que le mandaba aquel dinero que entonces ganaba, para
que sus hermanitos se libraran de perecer de hambre como había perecido
él?
¡Pobre Luisín! Lo que no pudo mandarle nunca á su padre fué el vomitivo
que le hiciera arrojar del corazón la materia que lo había asqueado para
siempre...