Apenas Jacinto se vió en la calle, soltó un formidable resoplido que
ensanchó su corazón.
Enfiló la calle de Fuencarral, á paso ligero; metióse por la de
Jacometrezo, atravesó la plaza del Callao y, por el postigo de San
Martín, desembocó en la plaza de las Descalzas.
Al llegar allí, su paso, antes rápido, se hizo tan lento, que frente á
la estatua de Piquer se detuvo. Dió otro resoplido, semejante al
anterior, y quedóse mirando al ilustre fundador del piadoso
establecimiento.
--«Francisco Piquer, yo te saludo--dijo Jacinto descubriéndose--.
Perdona que no lo haya hecho antes; pero mejor que yo sabes tú, que
nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena. Aquí, donde todo el
mundo conoce el nombre de Soriano, de Lerroux y otros, sin olvidar á
Melquiades Álvarez, son pocos los que conocen el tuyo. ¿En qué piensas,
en qué meditas, ilustre bienhechor de los madrileños? ¿Es que el
escultor que te retrató te dió esa actitud queriendo representar que
meditas tu grande obra, ó es que pensó en simbolizar así la actitud de
media humanidad? No lo sé; pero ¡vive Dios! que el tal acertó. Con el
dedo en la frente nos pasamos la vida la inmensa mayoría de los
mortales; pero nada sacamos en limpio, y raro es el que no tiene que
acudir á lo que tú sacaste de la tuya. Tú pensaste en los desvalidos, y
éstos, aunque no piensan en ti para nada, ni saben cómo te llamas,
acuden á recibir de tu obra el modesto préstamo que, momentáneamente,
enjuga sus lágrimas: con esto les basta. Pero es lo que tú dirás: ¿Qué
me importa que ellos no sepan cómo me llamo yo, si yo sé cómo se llaman
ellos? Doscientas veces habré pasado por aquí, y otras tantas he
cometido la ingratitud de no fijarme en ti; lo cual no debe extrañarte,
porque en este mundo, bien sabes que nadie se fija más que en aquel que
puede servir de algo; y yo, dicho sea con franqueza, no creí que nunca
necesitara de ti para nada. Hoy me encuentro con que me haces falta, y
aquí me tienes confesando mi error. Pero no creas que llego hasta ti
acongojado y abatido, como otros, no; vengo á pedirte unas pesetillas
por esta pulsera, que me costó muchas privaciones poder comprar; pero
vengo contento, alegre y con la esperanza de podértelas devolver pronto.
¿Tú crees que esto es motivo para entristecerme? ¡Quiá, hombre, quiá!
Mira tú lo triste que yo estaré, cuando en este momento estoy hilvanando
un artículo cómico... que ya verás... ya verás. Además, has de saber que
tu obra caerá pronto en ruinas; lo que tarden en llegar al Poder
Soriano, Lerroux y otros... sin olvidar á Melquiades Álvarez, que nos
tienen prometido formalmente hacer de España y de los españoles, el
símbolo de la felicidad.
A ti, Pontejos--dijo Jacinto, volviéndose hacia la estatua del
marqués,--ni te saludo, ni nada tengo que decirte, porque nunca te
necesitaré para nada.»
Jacinto, pensando que tal vez estaba llamando la atención, interrumpió
su monólogo, diciendo:
--«Vamos, hijo mío, vamos; los malos tragos, pasarlos pronto, y además,
que en casa te están esperando.»
Y como si esta última reflexión diera nuevos bríos á su decaída
voluntad, avanzó resueltamente hacia el benéfico establecimiento.
Cuando llegó frente á la ventanilla del tasador, Jacinto, al pronto, se
quedó como petrificado; después se puso sumamente encendido.
¿Qué le había sucedido ante aquella ventanilla, tras de la cual, un
hombre alto y delgado, de mirar frío é indiferente, esperaba á que le
alargaran la alhaja en cuestión?
Aquel hombre alto y delgado era un empleado de la misma oficina de
Jacinto, Negociado 4.°; uno de los que _se las buscaban_ con otro empleo
que, por ser por la tarde, era compatible con el del Estado.
Saludáronse rápidamente, pues el otro, á fuerza de acostumbrado á tales
encuentros, era prudente; y tras del frotar en la piedra con la pulsera,
de tal manera que á Jacinto le parecía que le estaban frotando con lija
en el corazón, y tras de probar con el ácido la nobleza del metal, el de
al lado de allá de la ventanilla formuló la frase sacramental:
--Cuarenta pesetas.
--Bueno... si... está bien--respondió Jacinto, que estaba deseando
largarse de allí cuanto antes.
--¿Qué nombre...?
--¿Nombre? Jacinto sintió que su cara se ponía como la lumbre.--El caso
es que la pulsera es de una vecina que está enferma... y..., pero
póngalo usted al mío...
--Es igual--replicó el otro llenando un talón, con el que Jacinto tuvo
que ir recorriendo ventanillas, que concluyeron de dar al traste con la
poca serenidad que le quedaba.
Cuando se vió en la calle con aquellas 40 pesetas que tantas angustias
le costaron, dió un tercer resoplido, que dejó chiquititos á los dos
anteriores.
Renegando de su suerte y de aquel maldito encuentro, dirigióse
precipitadamente, por la calle del Arenal, á la Puerta del Sol; entró en
un botica y compró lo recetado por el médico; después, en un «Cuatro
Caminos, por Fuencarral», fué á su casa.
Aquella noche, Jacinto obligó á su esposa á que se acostara, y él quedó
velando á Luisín, para suministrarle la cucharada recetada, cada dos
horas, combinada con la leche y los caldos.
A la luz de un mal quinqué, pues en la casa no había luz eléctrica, que
entonces costaba un ojo de la cara, porque las Compañías no se habían
decidido á darla _perdiendo dinero_, Jacinto preparó las cuartillas y
se dispuso á escribir su primer artículo cómico.
_La ocasión era la más propicia_: la quietud de la noche, el silencio,
sólo interrumpido por el débil toser de alguno de los niños; la triste y
amarillenta luz del quinqué, todo, en fin, era adecuado para poner el
ánimo de Jacinto _en condiciones_; y así debió ser, sin duda, por cuanto
la pluma del pobre oficinista rasgueaba febrilmente, sin detenerse ni un
instante, sobre el papel.
Cuando por la mañana tempranito se levantó Claudia, lo encontró dormido,
de bruces, sobre las cuartillas; después de dar la última cucharada al
niño, el sueño y el cansancio habían rendido al infeliz.
Claudia, rodeando amorosamente con sus brazos el cuello de su marido, le
dió un apasionado beso, que le hizo despertar sobresaltado.
--Acuéstate un poco; hasta la hora de la oficina puedes dormir tres
horas--dijo Claudia con ternura.
--¿Por qué no mandas recado de que no puedes ir?
--No, no; para qué faltar; esta tarde dormiré otro poco... ¡Ah! pero no
creas que le ha faltado nada al pequeñín á sus horas...
--Ya lo sé--respondió Claudia, sonriendo tristemente.
--¿No has dormido?
Claudia respondió con un signo negativo de cabeza, y se fué hacia la
cocina para preparar el desayuno á Jacinto y á los niños; ella, sin que
Jacinto lo supiera, hacía ya tiempo que no lo tomaba, para poder así
aumentar las raciones de los demás.
Al levantarse Jacinto, quedaron á la vista las cuartillas; el artículo
estaba terminado; sobre el satinado del papel veíanse pequeños
circulitos opacos...