III

Apenas Jacinto se vió en la calle, soltó un formidable resoplido que

ensanchó su corazón.

Enfiló la calle de Fuencarral, á paso ligero; metióse por la de

Jacometrezo, atravesó la plaza del Callao y, por el postigo de San

Martín, desembocó en la plaza de las Descalzas.

Al llegar allí, su paso, antes rápido, se hizo tan lento, que frente á

la estatua de Piquer se detuvo. Dió otro resoplido, semejante al

anterior, y quedóse mirando al ilustre fundador del piadoso

establecimiento.

--«Francisco Piquer, yo te saludo--dijo Jacinto descubriéndose--.

Perdona que no lo haya hecho antes; pero mejor que yo sabes tú, que

nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena. Aquí, donde todo el

mundo conoce el nombre de Soriano, de Lerroux y otros, sin olvidar á

Melquiades Álvarez, son pocos los que conocen el tuyo. ¿En qué piensas,

en qué meditas, ilustre bienhechor de los madrileños? ¿Es que el

escultor que te retrató te dió esa actitud queriendo representar que

meditas tu grande obra, ó es que pensó en simbolizar así la actitud de

media humanidad? No lo sé; pero ¡vive Dios! que el tal acertó. Con el

dedo en la frente nos pasamos la vida la inmensa mayoría de los

mortales; pero nada sacamos en limpio, y raro es el que no tiene que

acudir á lo que tú sacaste de la tuya. Tú pensaste en los desvalidos, y

éstos, aunque no piensan en ti para nada, ni saben cómo te llamas,

acuden á recibir de tu obra el modesto préstamo que, momentáneamente,

enjuga sus lágrimas: con esto les basta. Pero es lo que tú dirás: ¿Qué

me importa que ellos no sepan cómo me llamo yo, si yo sé cómo se llaman

ellos? Doscientas veces habré pasado por aquí, y otras tantas he

cometido la ingratitud de no fijarme en ti; lo cual no debe extrañarte,

porque en este mundo, bien sabes que nadie se fija más que en aquel que

puede servir de algo; y yo, dicho sea con franqueza, no creí que nunca

necesitara de ti para nada. Hoy me encuentro con que me haces falta, y

aquí me tienes confesando mi error. Pero no creas que llego hasta ti

acongojado y abatido, como otros, no; vengo á pedirte unas pesetillas

por esta pulsera, que me costó muchas privaciones poder comprar; pero

vengo contento, alegre y con la esperanza de podértelas devolver pronto.

¿Tú crees que esto es motivo para entristecerme? ¡Quiá, hombre, quiá!

Mira tú lo triste que yo estaré, cuando en este momento estoy hilvanando

un artículo cómico... que ya verás... ya verás. Además, has de saber que

tu obra caerá pronto en ruinas; lo que tarden en llegar al Poder

Soriano, Lerroux y otros... sin olvidar á Melquiades Álvarez, que nos

tienen prometido formalmente hacer de España y de los españoles, el

símbolo de la felicidad.

A ti, Pontejos--dijo Jacinto, volviéndose hacia la estatua del

marqués,--ni te saludo, ni nada tengo que decirte, porque nunca te

necesitaré para nada.»

Jacinto, pensando que tal vez estaba llamando la atención, interrumpió

su monólogo, diciendo:

--«Vamos, hijo mío, vamos; los malos tragos, pasarlos pronto, y además,

que en casa te están esperando.»

Y como si esta última reflexión diera nuevos bríos á su decaída

voluntad, avanzó resueltamente hacia el benéfico establecimiento.

Cuando llegó frente á la ventanilla del tasador, Jacinto, al pronto, se

quedó como petrificado; después se puso sumamente encendido.

¿Qué le había sucedido ante aquella ventanilla, tras de la cual, un

hombre alto y delgado, de mirar frío é indiferente, esperaba á que le

alargaran la alhaja en cuestión?

Aquel hombre alto y delgado era un empleado de la misma oficina de

Jacinto, Negociado 4.°; uno de los que _se las buscaban_ con otro empleo

que, por ser por la tarde, era compatible con el del Estado.

Saludáronse rápidamente, pues el otro, á fuerza de acostumbrado á tales

encuentros, era prudente; y tras del frotar en la piedra con la pulsera,

de tal manera que á Jacinto le parecía que le estaban frotando con lija

en el corazón, y tras de probar con el ácido la nobleza del metal, el de

al lado de allá de la ventanilla formuló la frase sacramental:

--Cuarenta pesetas.

--Bueno... si... está bien--respondió Jacinto, que estaba deseando

largarse de allí cuanto antes.

--¿Qué nombre...?

--¿Nombre? Jacinto sintió que su cara se ponía como la lumbre.--El caso

es que la pulsera es de una vecina que está enferma... y..., pero

póngalo usted al mío...

--Es igual--replicó el otro llenando un talón, con el que Jacinto tuvo

que ir recorriendo ventanillas, que concluyeron de dar al traste con la

poca serenidad que le quedaba.

Cuando se vió en la calle con aquellas 40 pesetas que tantas angustias

le costaron, dió un tercer resoplido, que dejó chiquititos á los dos

anteriores.

Renegando de su suerte y de aquel maldito encuentro, dirigióse

precipitadamente, por la calle del Arenal, á la Puerta del Sol; entró en

un botica y compró lo recetado por el médico; después, en un «Cuatro

Caminos, por Fuencarral», fué á su casa.

Aquella noche, Jacinto obligó á su esposa á que se acostara, y él quedó

velando á Luisín, para suministrarle la cucharada recetada, cada dos

horas, combinada con la leche y los caldos.

A la luz de un mal quinqué, pues en la casa no había luz eléctrica, que

entonces costaba un ojo de la cara, porque las Compañías no se habían

decidido á darla _perdiendo dinero_, Jacinto preparó las cuartillas y

se dispuso á escribir su primer artículo cómico.

_La ocasión era la más propicia_: la quietud de la noche, el silencio,

sólo interrumpido por el débil toser de alguno de los niños; la triste y

amarillenta luz del quinqué, todo, en fin, era adecuado para poner el

ánimo de Jacinto _en condiciones_; y así debió ser, sin duda, por cuanto

la pluma del pobre oficinista rasgueaba febrilmente, sin detenerse ni un

instante, sobre el papel.

Cuando por la mañana tempranito se levantó Claudia, lo encontró dormido,

de bruces, sobre las cuartillas; después de dar la última cucharada al

niño, el sueño y el cansancio habían rendido al infeliz.

Claudia, rodeando amorosamente con sus brazos el cuello de su marido, le

dió un apasionado beso, que le hizo despertar sobresaltado.

--Acuéstate un poco; hasta la hora de la oficina puedes dormir tres

horas--dijo Claudia con ternura.

--¿Por qué no mandas recado de que no puedes ir?

--No, no; para qué faltar; esta tarde dormiré otro poco... ¡Ah! pero no

creas que le ha faltado nada al pequeñín á sus horas...

--Ya lo sé--respondió Claudia, sonriendo tristemente.

--¿No has dormido?

Claudia respondió con un signo negativo de cabeza, y se fué hacia la

cocina para preparar el desayuno á Jacinto y á los niños; ella, sin que

Jacinto lo supiera, hacía ya tiempo que no lo tomaba, para poder así

aumentar las raciones de los demás.

Al levantarse Jacinto, quedaron á la vista las cuartillas; el artículo

estaba terminado; sobre el satinado del papel veíanse pequeños

circulitos opacos...

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. · 第 6 / 34 题