Al otro día del Certamen se celebraba el baile del Casino. La tití
asistiría, porque su marido la obligaba a exhibición continua mientras
durasen las fiestas y fuese preciso imponerse y ganar prestigio contra
los dochanistas. Me preparé a concurrir también al _festival_ (así
decía _La Aurora_), y a las diez ya vagaba como alma en pena al través
de aquellos salones, no ocupados a la sazón sino por el Presidente
y algún individuo de la directiva, que daban los últimos toques a
la decoración y se enteraban de cómo andábamos de flores, polvos de
arroz y horquillas en el tocador, «digno de _Las mil y una noches_»,
afirmación de _La Aurora_ también.
Empezó a acudir la gente en pelotones, pues es raro que en bailes
de provincia entre una familia sola, antes suelen reunirse para
arrostrar la situación desairada de los primeros momentos. Divanes y
banquetas fueron alegrándose con los colores delicados del traje de
las señoritas, y al tocar la orquesta la primera polka, seis u ocho
parejas salieron ya bailando con ímpetu, teniendo el salón por suyo. En
poco tiempo aumentó la concurrencia de tal modo, que la circulación se
hizo difícil. Y Carmiña sin presentarse.
A eso de las doce menos cuarto realizó su entrada del brazo de don
Apolo, que desplegaba con ella galantería senil. No hay mujer en el
mundo, al menos el mundo tal cual hoy le conocemos, que, por santa que
sea, no trate de parecer algo mejor en un baile; y Carmen, a pesar
de su completa abnegación, de fijo había consagrado aquella noche
un ratito al espejo. Llevaba su acostumbrado vestido blanco, pero
refrescado, adornado con piñas de rosas; en el pelo flores naturales
y alguna joya discretamente prendida. Sus largos guantes de Suecia
disimulaban la ya angulosa línea de sus brazos. No diré que estuviese
bonita: había allí tantas caras radiantes y juveniles, que a ellas con
justo título pertenecían los honores de la belleza plástica. Mis ojos,
sin embargo, apartándose de los lozanos botones en flor, iban en busca
de la rosa mística, de la hermosura puramente espiritual, patente en un
rostro consumido por la pasión y la lucha. Si yo no viese allí aquel
rostro, tal vez hubiese bailado con las lindas muchachas que aguardaban
pareja. Pero no quise. Mirarla a hurtadillas era mejor.
A su lado estaba Añejo. Ella le oía y contestaba con afabilidad,
tratando de no levantar la voz ni hacer ademanes en que se fijase
el concurso. ¿De qué le hablaría don Apolo tan seguido y tan
acaloradamente? Supe después que del éxito de su gran _Elegía a la
rota del Guadalete_, oída con suma benignidad por el rey Alfonso XII
e impresa a expensas de una corporación doctísima. Mi tío dejó a su
mujer entregada a la _rota del Guadalete_, y dando una vuelta por el
salón, no tardó en reunirse con el director de _El Teucrense_, que, muy
deferente y solícito, se le acercó diciendo:
--¿Don Felipe, qué hay? ¿Qué se le ocurre?
Estaban tan cerca de mí, que pude oír la respuesta. Con voz más
quebrantada de lo que acostumbraba, respondió mi tío:
--Hombre, días pasados me sentí muy bien... Pero hoy no sé cómo ando.
Tengo un cansancio y un hormigueo en los pies... Y a veces dolores.
Creo que estoy perdido de reuma. Las pensiones de la vejez, que
empiezan a cobrarse ya.
--Eh, qué vejez, ni qué rabo de gaita, ¡si es usted un muchacho!
--protestó el periodista--. Cuidarse y no criar bilis, que ya
fastidiaremos a los de _La Aurora_ y a la gente que nos impone el
_Santo_. Si le da la gana de mandar, que mande en Compostela, donde
posee su distrito y donde ha empleado hasta a los _correcanes_ de la
catedral. De aquí hemos de espantarle. Mire usted, D. Vicente tendrá
todo el talentazo que guste y que la gente le reconoce; pero en sus
protecciones toca el violón más que nadie. ¡Cuidado con haber entregado
el pueblo a Dochán, a Paredes, a Rivas Moure, a Requenita y a toda esa
chusma de _La Aurora_! Hay días que le entran a uno ganas de hacer una
barbaridad. Ayer en el Certamen me cansé de llamarles pillos; y se lo
tragaron, porque hoy no chistan.
Mi tío moderó el celo del seide, repitiendo:
--Calma, calma y mala intención... A D. Vicente ya le haremos ver que
no le queda más remedio sino venirse a buenas y transigir. Crea usted
que a estas horas está harto de Dochán y de los compromisos en que le
pone... el asunto de los muebles...
No quise oír más, y dejando al cacique y al periodista engolfados en su
diálogo, me interné en el salón, atraído por la tití.
Noté que estaba muy acompañada; varias señoras de lo más granado de
la población habían ido aproximándose y formando en torno de ella y
del señor Añejo ese núcleo superior que inevitablemente se constituye
en todo baile o sarao, para desesperación de las que en él no tienen
cabida. Un incidente vino a poner de relieve lo que indico.
Cuando las señoras consiguen organizar el susodicho núcleo, desplegan
habilidad felina para defenderlo y evitar la ingerencia de elementos
extraños o heteróclitos. La media docena de damas que, con mi tití
enmedio, presidían moralmente el baile, realizando una ingeniosa
captación de los divanes, extendiendo las faldas, haciendo que no
veían, habían obtenido el deseado aislamiento. Dos o tres tentativas
de inmixtión fueron desconcertadas rápidamente. Pero sobrevino una
que demostró la unión, la sorprendente armonía con que se verificaban
los movimientos en el pequeño cuerpo de ejército femenil. Y fue que
entró por la puerta grande --casi fronteriza al diván-- el señor
de Aldao, dando la derecha a su esposa, la cual, a decir verdad,
venía muy bonita con su traje claro y su cabello rubio empolvado y
crespo. La pareja se dirigió como una saeta al diván; y las señoras,
con admirable prontitud, se ensancharon, ahuecaron los trajes, y
fingiéndose distraídas y abanicándose precipitadamente, imposibilitaron
la colocación de la intrusa. Esta, llena de sagacidad, a despecho de
su inexperiencia, vio desde lejos la maniobra, y tirando del brazo de
su sexagenario marido, le apartó del sitio peligroso. Hubo un momento
de curiosa ansiedad en el salón; el lance ocurría durante el descanso,
y los hombres habían salido, quedando casi despejado el centro de la
sala y permitiendo enterarse de todo. La improvisada señora vaciló;
no sabía a qué lado dirigirse; temía otro desaire. Por fin, lo hizo
hacia la izquierda, sentándose en la esquina de una banqueta ocupada
por algunas señoras, de las menos encopetadas del pueblo; como que
entre ellas se contaba la familia de un concejal, almacenista de vinos,
y la de un fomentador de San Andrés. El marido de Candidiña, después
de acomodarla, hubo de hacer lo que todos, retirarse, dejándola en
la embarazosa situación de una mujer sola, blanco de ojeadas poco
benévolas, y a quien nadie dirige la palabra. Miró alrededor con cierta
angustia, y su rosada faz de angelote se puso repentinamente seria.
Para aparecer menos cohibida, hizo gestos, se arregló los encajes del
escote, se pasó la mano por el pelo, puso bien la cola, abanicose, y
olió la flor que llevaba en el hombro, casi rozando con la mejilla. Su
espíritu imploraba un salvador... y el salvador no tardó en aparecer,
en figura de Castro Mera, que de frac, obsequioso y meloso, con el
requiebro en los labios y la insolencia en las pupilas, cruzó el
salón y se acercó a la señora de Aldao, mostrando más desenfado del
conveniente. La conversación entre Candidiña y el diputado provincial
pasó a animado cuchicheo, y las señoras sentadas al lado de la de D.
Román empezaron a secretear entre sí, no sin algún severo fruncimiento
de cejas y algún movimiento de cabeza que desaprobaba enérgicamente.
Yo contemplaba a mi tití desde lejos, y pude notar que no perdía
detalle de esta escena. Dos o tres veces advertí en su rostro señales
de contrariedad y desazón reprimida, y esos movimientos nerviosos mal
disimulados que se escapan a la mujer cuando las conveniencias sociales
la obligan a permanecer en un punto y su deseo la lleva a otro. No
pudiendo contenerse más, hizo a D. Apolo una graciosa indicación con
la cabeza y la mano, y el cantor del Guadalete se inclinó, ofreciendo
el brazo con apresuramiento y deferencia. Cruzaron el salón, y, a
mi parecer, tití lo verificaba con la dignidad de una reina, con la
ligereza de un hada y con la divina sonrisa de una virgen. Y sin dejar
de sonreír, entre la expectación general, acercose a su madrastra, la
tendió la mano, y mientras Cándida balbucía, temblando de emoción y de
sorpresa: «Muchas gracias... Carmiña...», la honesta y sublime mujer
se inclinó, posó los labios en la frente de la chicuela, y empujándola
familiarmente por los hombros, la enganchó casi del brazo de Añejo a la
vez que ella tomaba el de Castro Mera, diciendo con dulce autoridad:
--¡Me toca a mí!
Cuando atravesaron el recinto para ir a instalarse en el diván, se
oiría el volar de una mosca. En cambio, medio minuto después las
acaloradas conversaciones _sotto voce_ remedaban el zumbido de una
colmena:
--Hizo mal.
--No, pues a mí me parece que muy bien.
--Es una escena, de todos modos.
--¿Usted lo haría?
--Yo no; yo pienso de otra manera; soy muy poco _democrática_; esa
fregatriz no es para alternar con las señoras desde sus principios.
--Pero, en fin, es la mujer de su padre, y consentir que le ponga en
berlina...
--¿Usted cree que al cabo no le pondrá? Es un golpe de efecto.
--No, un rasgo de humildad y de modestia. Es muy buena Carmiña: mire
usted que la conozco desde que nació.
--Yo también, señora.
--¿Y el marido?
--¡Ay! ¡Unceta! Ese es más atravesado que Caín; va a armar la de
pópulo, porque desde que se casó el suegro no quiere tratarle.
--¡Jesús! ¡A ver qué cara pone cuando vuelva del salón de descanso!...
--Mire usted con qué expansión le habla la hijastra a la madrastra...
Etcétera, etcétera.
Mi tía, en efecto, dirigía la palabra cariñosamente a Cándida, le
hacía los honores y la presentaba a las demás señoras del grupo,
quienes, comprendiendo la buena obra, se asociaban a ella por medio
de sonrisas y atenciones. De común acuerdo manifestaron a Castro Mera
cierta frialdad, y el tenorio provinciano cesó de revolotear alrededor
del grupo. Entonces me acerqué yo. El señor de Aldao, asomándose a la
puerta del salón, buscaba con la vista a su mujer, y esta radiante de
orgullo, le hizo una seña, a que el viejo obedeció con cuanta agilidad
permitían sus años, acercándose al diván. Si mi tití no se encontrase
sobradamente recompensada de su acción generosa por la satisfacción de
su conciencia, la daría mejor premio la alegría pueril que iluminó el
rostro del viejo al encontrar a su mujer sentada allí, en medio de la
crema de la sociedad. Entre la hija y el padre se entabló un diálogo en
que nada significaban las palabras, y todo la expresión. Sobre la faz
de Carmiña, coloreada por la excitación del suceso, creí ver escrita
en caracteres de luz esta divisa: «Honrar padre y madre».
El reverso de la medalla fue la entrada de mi tío. No puedo expresar la
transformación de su rostro judaico cuando, al regresar al salón, se
dio cuenta de la gran novedad. Primero mostró no querer acercarse al
diván; después cambió de propósito, y fue aproximándose lentamente. Ya
al lado de su mujer, y haciendo que no veía a D. Román ni a Cándida,
ordenó:
--Vámonos, que es tarde.
Carmiña no se arredró. Obediente hasta el fanatismo en tantas
ocasiones, en alguna era insubordinada hasta la heroicidad. Púsose en
pie, sin apresurarse nada; se despidió de su padre, de D. Apolo, de
las señoras; y por último, echando a Cándida los brazos al cuello, la
dijo no sé qué al oído. El efecto del secreteo fue tal, que la muchacha
exclamó con decisión:
--Si te vas tú, yo también quiero irme: Román, marchémonos en seguida.
Y, en efecto, las dos señoras tomaron a un tiempo sus abrigos, y solo
en la calle se separaron, dirigiéndose a sus respectivas casas.
El que tenga la paciencia de leerme puede juzgar de la marejada
que en el baile se produjo. Donde se desató más tempestuosa fue en
el bando de Dochán. Formose un círculo, en que un redactor de _La
Aurora_, Requenita, comentaba durísimamente la acción de sacar a la
señora de Unceta del baile, escurriéndose desde ese terreno al de
las apreciaciones sobre la conducta política y privada de mi tío.
Por allí cerca andaba el director de _El Teucrense_, que replicó de
manera insultante, diciendo que al menos el mobiliario de mi tío no
era adquirido por ninguna corporación, y disparando luego contra el
mismo Requenita, con alusiones a los fondos de cierta suscripción, que
habían dado fondo en el fondo del bolsillo del redactor de _La Aurora_.
La disputa paró en una especie de reto. «Ahí fuera me lo dirá usted,
si quiere», contestó Requenita a la provocación más directa de su
adversario. Intervinimos, les calmamos, y al parecer quedó arreglado
todo.
A eso de las cinco de la madrugada, que es tanto como decir que era día
claro, salíamos juntos del Casino el director de _El Teucrense_ y yo.
Habíamos cenado, y aturdidos por el sueño y unas copas de detestable
seudo-Champaña, mirábamos con sorpresa, parpadeando la luz solar,
cuando al poner el pie en la calle se arrojaron sobre nosotros cuatro
o cinco individuos, vociferando interjecciones. Eran los de la turbia
_La Aurora_ periodística. Nos amanecía a palos. Venían armados de
garrotes, y el primer lampreazo cayó, sonoro y magnífico, sobre las
espaldas del director de _El Teucrense_, que retrocedió, pálido de
susto, gritando: «¡Indecentes... canallas!» El siguiente fue para mí,
y me alcanzó en el sombrero, que por fortuna resguardó mi cabeza. Pero
segundaron, y sentí el golpe en la mano, tan doloroso, que encendió mi
furia, y en vez de pedir auxilio, me arrojé sobre el que acababa de
herirme, le desarmé, y con su propio bastón le perseguí, sin conseguir
pegarle, porque apeló a la fuga. A todo esto ya se habían reunido
varios rezagados del baile, con esa prontitud que tienen las gentes
para enterarse de los acontecimientos y acudir a su teatro. Levantaron
del suelo al del _Teucrense_, que se quejaba de puntapies y pisotones,
amén de los bastonazos; y a mí también quisieron acudirme con remedios
farmacéuticos y caseros, éter, agua, vinagre. Mi juvenil orgullo se
rebeló. Protesté. «Si no tengo nada. Total un palo en la mano. ¿Ven
ustedes? No hay hueso roto. La manejo bien.» La agresión había sido tan
imprevista, que yo no sabía el nombre de mi apaleador. «Se llama Rivas
Moure. Es uno que por influencias de Dochán desempeña interinamente
una cátedra del Instituto.» Sin querer, y como si masticase alguna
cosa pesada e indigesta, al retirarme a mi casa iba murmurando: «Rivas
Moure, Rivas Moure.» La mano me escocía. Por fortuna era la izquierda.