XII

Al otro día del Certamen se celebraba el baile del Casino. La tití

asistiría, porque su marido la obligaba a exhibición continua mientras

durasen las fiestas y fuese preciso imponerse y ganar prestigio contra

los dochanistas. Me preparé a concurrir también al _festival_ (así

decía _La Aurora_), y a las diez ya vagaba como alma en pena al través

de aquellos salones, no ocupados a la sazón sino por el Presidente

y algún individuo de la directiva, que daban los últimos toques a

la decoración y se enteraban de cómo andábamos de flores, polvos de

arroz y horquillas en el tocador, «digno de _Las mil y una noches_»,

afirmación de _La Aurora_ también.

Empezó a acudir la gente en pelotones, pues es raro que en bailes

de provincia entre una familia sola, antes suelen reunirse para

arrostrar la situación desairada de los primeros momentos. Divanes y

banquetas fueron alegrándose con los colores delicados del traje de

las señoritas, y al tocar la orquesta la primera polka, seis u ocho

parejas salieron ya bailando con ímpetu, teniendo el salón por suyo. En

poco tiempo aumentó la concurrencia de tal modo, que la circulación se

hizo difícil. Y Carmiña sin presentarse.

A eso de las doce menos cuarto realizó su entrada del brazo de don

Apolo, que desplegaba con ella galantería senil. No hay mujer en el

mundo, al menos el mundo tal cual hoy le conocemos, que, por santa que

sea, no trate de parecer algo mejor en un baile; y Carmen, a pesar

de su completa abnegación, de fijo había consagrado aquella noche

un ratito al espejo. Llevaba su acostumbrado vestido blanco, pero

refrescado, adornado con piñas de rosas; en el pelo flores naturales

y alguna joya discretamente prendida. Sus largos guantes de Suecia

disimulaban la ya angulosa línea de sus brazos. No diré que estuviese

bonita: había allí tantas caras radiantes y juveniles, que a ellas con

justo título pertenecían los honores de la belleza plástica. Mis ojos,

sin embargo, apartándose de los lozanos botones en flor, iban en busca

de la rosa mística, de la hermosura puramente espiritual, patente en un

rostro consumido por la pasión y la lucha. Si yo no viese allí aquel

rostro, tal vez hubiese bailado con las lindas muchachas que aguardaban

pareja. Pero no quise. Mirarla a hurtadillas era mejor.

A su lado estaba Añejo. Ella le oía y contestaba con afabilidad,

tratando de no levantar la voz ni hacer ademanes en que se fijase

el concurso. ¿De qué le hablaría don Apolo tan seguido y tan

acaloradamente? Supe después que del éxito de su gran _Elegía a la

rota del Guadalete_, oída con suma benignidad por el rey Alfonso XII

e impresa a expensas de una corporación doctísima. Mi tío dejó a su

mujer entregada a la _rota del Guadalete_, y dando una vuelta por el

salón, no tardó en reunirse con el director de _El Teucrense_, que, muy

deferente y solícito, se le acercó diciendo:

--¿Don Felipe, qué hay? ¿Qué se le ocurre?

Estaban tan cerca de mí, que pude oír la respuesta. Con voz más

quebrantada de lo que acostumbraba, respondió mi tío:

--Hombre, días pasados me sentí muy bien... Pero hoy no sé cómo ando.

Tengo un cansancio y un hormigueo en los pies... Y a veces dolores.

Creo que estoy perdido de reuma. Las pensiones de la vejez, que

empiezan a cobrarse ya.

--Eh, qué vejez, ni qué rabo de gaita, ¡si es usted un muchacho!

--protestó el periodista--. Cuidarse y no criar bilis, que ya

fastidiaremos a los de _La Aurora_ y a la gente que nos impone el

_Santo_. Si le da la gana de mandar, que mande en Compostela, donde

posee su distrito y donde ha empleado hasta a los _correcanes_ de la

catedral. De aquí hemos de espantarle. Mire usted, D. Vicente tendrá

todo el talentazo que guste y que la gente le reconoce; pero en sus

protecciones toca el violón más que nadie. ¡Cuidado con haber entregado

el pueblo a Dochán, a Paredes, a Rivas Moure, a Requenita y a toda esa

chusma de _La Aurora_! Hay días que le entran a uno ganas de hacer una

barbaridad. Ayer en el Certamen me cansé de llamarles pillos; y se lo

tragaron, porque hoy no chistan.

Mi tío moderó el celo del seide, repitiendo:

--Calma, calma y mala intención... A D. Vicente ya le haremos ver que

no le queda más remedio sino venirse a buenas y transigir. Crea usted

que a estas horas está harto de Dochán y de los compromisos en que le

pone... el asunto de los muebles...

No quise oír más, y dejando al cacique y al periodista engolfados en su

diálogo, me interné en el salón, atraído por la tití.

Noté que estaba muy acompañada; varias señoras de lo más granado de

la población habían ido aproximándose y formando en torno de ella y

del señor Añejo ese núcleo superior que inevitablemente se constituye

en todo baile o sarao, para desesperación de las que en él no tienen

cabida. Un incidente vino a poner de relieve lo que indico.

Cuando las señoras consiguen organizar el susodicho núcleo, desplegan

habilidad felina para defenderlo y evitar la ingerencia de elementos

extraños o heteróclitos. La media docena de damas que, con mi tití

enmedio, presidían moralmente el baile, realizando una ingeniosa

captación de los divanes, extendiendo las faldas, haciendo que no

veían, habían obtenido el deseado aislamiento. Dos o tres tentativas

de inmixtión fueron desconcertadas rápidamente. Pero sobrevino una

que demostró la unión, la sorprendente armonía con que se verificaban

los movimientos en el pequeño cuerpo de ejército femenil. Y fue que

entró por la puerta grande --casi fronteriza al diván-- el señor

de Aldao, dando la derecha a su esposa, la cual, a decir verdad,

venía muy bonita con su traje claro y su cabello rubio empolvado y

crespo. La pareja se dirigió como una saeta al diván; y las señoras,

con admirable prontitud, se ensancharon, ahuecaron los trajes, y

fingiéndose distraídas y abanicándose precipitadamente, imposibilitaron

la colocación de la intrusa. Esta, llena de sagacidad, a despecho de

su inexperiencia, vio desde lejos la maniobra, y tirando del brazo de

su sexagenario marido, le apartó del sitio peligroso. Hubo un momento

de curiosa ansiedad en el salón; el lance ocurría durante el descanso,

y los hombres habían salido, quedando casi despejado el centro de la

sala y permitiendo enterarse de todo. La improvisada señora vaciló;

no sabía a qué lado dirigirse; temía otro desaire. Por fin, lo hizo

hacia la izquierda, sentándose en la esquina de una banqueta ocupada

por algunas señoras, de las menos encopetadas del pueblo; como que

entre ellas se contaba la familia de un concejal, almacenista de vinos,

y la de un fomentador de San Andrés. El marido de Candidiña, después

de acomodarla, hubo de hacer lo que todos, retirarse, dejándola en

la embarazosa situación de una mujer sola, blanco de ojeadas poco

benévolas, y a quien nadie dirige la palabra. Miró alrededor con cierta

angustia, y su rosada faz de angelote se puso repentinamente seria.

Para aparecer menos cohibida, hizo gestos, se arregló los encajes del

escote, se pasó la mano por el pelo, puso bien la cola, abanicose, y

olió la flor que llevaba en el hombro, casi rozando con la mejilla. Su

espíritu imploraba un salvador... y el salvador no tardó en aparecer,

en figura de Castro Mera, que de frac, obsequioso y meloso, con el

requiebro en los labios y la insolencia en las pupilas, cruzó el

salón y se acercó a la señora de Aldao, mostrando más desenfado del

conveniente. La conversación entre Candidiña y el diputado provincial

pasó a animado cuchicheo, y las señoras sentadas al lado de la de D.

Román empezaron a secretear entre sí, no sin algún severo fruncimiento

de cejas y algún movimiento de cabeza que desaprobaba enérgicamente.

Yo contemplaba a mi tití desde lejos, y pude notar que no perdía

detalle de esta escena. Dos o tres veces advertí en su rostro señales

de contrariedad y desazón reprimida, y esos movimientos nerviosos mal

disimulados que se escapan a la mujer cuando las conveniencias sociales

la obligan a permanecer en un punto y su deseo la lleva a otro. No

pudiendo contenerse más, hizo a D. Apolo una graciosa indicación con

la cabeza y la mano, y el cantor del Guadalete se inclinó, ofreciendo

el brazo con apresuramiento y deferencia. Cruzaron el salón, y, a

mi parecer, tití lo verificaba con la dignidad de una reina, con la

ligereza de un hada y con la divina sonrisa de una virgen. Y sin dejar

de sonreír, entre la expectación general, acercose a su madrastra, la

tendió la mano, y mientras Cándida balbucía, temblando de emoción y de

sorpresa: «Muchas gracias... Carmiña...», la honesta y sublime mujer

se inclinó, posó los labios en la frente de la chicuela, y empujándola

familiarmente por los hombros, la enganchó casi del brazo de Añejo a la

vez que ella tomaba el de Castro Mera, diciendo con dulce autoridad:

--¡Me toca a mí!

Cuando atravesaron el recinto para ir a instalarse en el diván, se

oiría el volar de una mosca. En cambio, medio minuto después las

acaloradas conversaciones _sotto voce_ remedaban el zumbido de una

colmena:

--Hizo mal.

--No, pues a mí me parece que muy bien.

--Es una escena, de todos modos.

--¿Usted lo haría?

--Yo no; yo pienso de otra manera; soy muy poco _democrática_; esa

fregatriz no es para alternar con las señoras desde sus principios.

--Pero, en fin, es la mujer de su padre, y consentir que le ponga en

berlina...

--¿Usted cree que al cabo no le pondrá? Es un golpe de efecto.

--No, un rasgo de humildad y de modestia. Es muy buena Carmiña: mire

usted que la conozco desde que nació.

--Yo también, señora.

--¿Y el marido?

--¡Ay! ¡Unceta! Ese es más atravesado que Caín; va a armar la de

pópulo, porque desde que se casó el suegro no quiere tratarle.

--¡Jesús! ¡A ver qué cara pone cuando vuelva del salón de descanso!...

--Mire usted con qué expansión le habla la hijastra a la madrastra...

Etcétera, etcétera.

Mi tía, en efecto, dirigía la palabra cariñosamente a Cándida, le

hacía los honores y la presentaba a las demás señoras del grupo,

quienes, comprendiendo la buena obra, se asociaban a ella por medio

de sonrisas y atenciones. De común acuerdo manifestaron a Castro Mera

cierta frialdad, y el tenorio provinciano cesó de revolotear alrededor

del grupo. Entonces me acerqué yo. El señor de Aldao, asomándose a la

puerta del salón, buscaba con la vista a su mujer, y esta radiante de

orgullo, le hizo una seña, a que el viejo obedeció con cuanta agilidad

permitían sus años, acercándose al diván. Si mi tití no se encontrase

sobradamente recompensada de su acción generosa por la satisfacción de

su conciencia, la daría mejor premio la alegría pueril que iluminó el

rostro del viejo al encontrar a su mujer sentada allí, en medio de la

crema de la sociedad. Entre la hija y el padre se entabló un diálogo en

que nada significaban las palabras, y todo la expresión. Sobre la faz

de Carmiña, coloreada por la excitación del suceso, creí ver escrita

en caracteres de luz esta divisa: «Honrar padre y madre».

El reverso de la medalla fue la entrada de mi tío. No puedo expresar la

transformación de su rostro judaico cuando, al regresar al salón, se

dio cuenta de la gran novedad. Primero mostró no querer acercarse al

diván; después cambió de propósito, y fue aproximándose lentamente. Ya

al lado de su mujer, y haciendo que no veía a D. Román ni a Cándida,

ordenó:

--Vámonos, que es tarde.

Carmiña no se arredró. Obediente hasta el fanatismo en tantas

ocasiones, en alguna era insubordinada hasta la heroicidad. Púsose en

pie, sin apresurarse nada; se despidió de su padre, de D. Apolo, de

las señoras; y por último, echando a Cándida los brazos al cuello, la

dijo no sé qué al oído. El efecto del secreteo fue tal, que la muchacha

exclamó con decisión:

--Si te vas tú, yo también quiero irme: Román, marchémonos en seguida.

Y, en efecto, las dos señoras tomaron a un tiempo sus abrigos, y solo

en la calle se separaron, dirigiéndose a sus respectivas casas.

El que tenga la paciencia de leerme puede juzgar de la marejada

que en el baile se produjo. Donde se desató más tempestuosa fue en

el bando de Dochán. Formose un círculo, en que un redactor de _La

Aurora_, Requenita, comentaba durísimamente la acción de sacar a la

señora de Unceta del baile, escurriéndose desde ese terreno al de

las apreciaciones sobre la conducta política y privada de mi tío.

Por allí cerca andaba el director de _El Teucrense_, que replicó de

manera insultante, diciendo que al menos el mobiliario de mi tío no

era adquirido por ninguna corporación, y disparando luego contra el

mismo Requenita, con alusiones a los fondos de cierta suscripción, que

habían dado fondo en el fondo del bolsillo del redactor de _La Aurora_.

La disputa paró en una especie de reto. «Ahí fuera me lo dirá usted,

si quiere», contestó Requenita a la provocación más directa de su

adversario. Intervinimos, les calmamos, y al parecer quedó arreglado

todo.

A eso de las cinco de la madrugada, que es tanto como decir que era día

claro, salíamos juntos del Casino el director de _El Teucrense_ y yo.

Habíamos cenado, y aturdidos por el sueño y unas copas de detestable

seudo-Champaña, mirábamos con sorpresa, parpadeando la luz solar,

cuando al poner el pie en la calle se arrojaron sobre nosotros cuatro

o cinco individuos, vociferando interjecciones. Eran los de la turbia

_La Aurora_ periodística. Nos amanecía a palos. Venían armados de

garrotes, y el primer lampreazo cayó, sonoro y magnífico, sobre las

espaldas del director de _El Teucrense_, que retrocedió, pálido de

susto, gritando: «¡Indecentes... canallas!» El siguiente fue para mí,

y me alcanzó en el sombrero, que por fortuna resguardó mi cabeza. Pero

segundaron, y sentí el golpe en la mano, tan doloroso, que encendió mi

furia, y en vez de pedir auxilio, me arrojé sobre el que acababa de

herirme, le desarmé, y con su propio bastón le perseguí, sin conseguir

pegarle, porque apeló a la fuga. A todo esto ya se habían reunido

varios rezagados del baile, con esa prontitud que tienen las gentes

para enterarse de los acontecimientos y acudir a su teatro. Levantaron

del suelo al del _Teucrense_, que se quejaba de puntapies y pisotones,

amén de los bastonazos; y a mí también quisieron acudirme con remedios

farmacéuticos y caseros, éter, agua, vinagre. Mi juvenil orgullo se

rebeló. Protesté. «Si no tengo nada. Total un palo en la mano. ¿Ven

ustedes? No hay hueso roto. La manejo bien.» La agresión había sido tan

imprevista, que yo no sabía el nombre de mi apaleador. «Se llama Rivas

Moure. Es uno que por influencias de Dochán desempeña interinamente

una cátedra del Instituto.» Sin querer, y como si masticase alguna

cosa pesada e indigesta, al retirarme a mi casa iba murmurando: «Rivas

Moure, Rivas Moure.» La mano me escocía. Por fortuna era la izquierda.

La prueba · 第 15 / 24 题