Y digo por fortuna, porque, a la verdad, el ser apaleado e inutilizado
a causa y en defensa de mi tío me parecía la mayor primada del mundo.
Era indudable que en concepto de sobrino de don Felipe Unceta me habían
pegado, y esta injusticia de la suerte me envenenaba la sangre. Hasta
entonces, en diferentes camorras con compañeros, yo había vapuleado sin
recibir. Ahora me zurraban a traición, y el palo a mi tío iba dirigido
moralmente; pero al fin daba en mi cuerpo. ¡Rayos y truenos! En mi
interior repetía: «Rivas Moure... ¡Ah! Yo te pillaré.»
Hubiese dedicado a esta caza el día, si la casualidad no lo dispusiese
de otro modo, quizá más oportuno y conducente a mis planes. Presentose
en mi casa azoradísimo, a cosa de las once, cuando aún tenía yo la mano
envuelta en paños de árnica, el director de _El Teucrense_, descolorido
y desencajado, y en pocas palabras me enteró de que le ocurría un
lance... un lance serio, comprometidísimo: y era que _La Aurora_, sobre
haber lucido para él de tan desapacible modo, ahora, a las diez de la
mañana, le había enviado dos padrinos, los señores Dochán y Rivas Moure
cuya visita tenía por objeto buscar «solución honrosa» al conflicto
provocado por la mañana a la salida del baile.
--De modo que --decía el pobre diablo, pues en el fondo no era otra
cosa el director-- aquí me tiene usted, después de que me han agredido
brutalmente, metido de cabeza nada menos que en un desafío. ¡Le
digo que nuestra misión es una serie de amarguras! Un desafío... Yo
había pensado en usted para padrino: en usted y en don Felipe, si
quisiese... pero de seguro no querrá... por lo cual, si le parece,
iremos ahora a solicitar el concurso del señor Castro Mera. No, a mí
no crea que me intimida el lance como lance... Solo que siempre son
disgustos: tiene uno hermanas, familia a la cual se debe... y no agrada
la idea de dejarla en el desamparo...
Me volví en la cama --estaba acostado-- y solté la risa.
--Tranquilícese --contesté al bueno del director--. No dejará usted
desamparadas a sus hermanas por ahora. Es más: si se guía usted por
mí, y si Castro Mera me entiende y se adapta a mis instrucciones, le
prometo que ni siquiera habrá lance. Voy a levantarme y saldremos
reunidos. Usted hágame el favor de enderezar el cuerpo, de ladear el
sombrero y de encender un puro y fumar con mucho garbo mientras andemos
por esas calles de Dios. Porque esté seguro de que nos siguen los pasos
y nos atisban. Al ir a casa de Castro Mera, daremos un rodeo para pasar
por delante de la redacción de _La Aurora_... Que sí, hombre, que sí;
que no saldrá nadie ni con junquillo. Respondo yo. ¡Ay!... Y por la
calle... ni la palabra del objeto de nuestra correría. Procuraremos
hablar alto, y de cosas indiferentes: de _Os Turrichaos_, del frac de
don Apolo Añejo, o de las chicas guapas, o de un rayo que las divida...
pero del desafío, ni esto.
Salimos, en efecto, juntos, no sin que yo, por lo que _potest
contingere_, me hubiese provisto de un recio palo de tojo, cortado
en mi monte patrimonial de la Ullosa, y capaz de dar mucho juego,
manejado con arte. El director del _Teucrense_, siguiendo mis consejos,
iba engallado y firme, aunque no tan provocativo y matón como yo
le quisiera. Al acercarse a la esquina por donde había que torcer
para pasar ante la redacción de _La Aurora_, mostró olvidarse de lo
convenido, e inclinarse a echar por el camino más corto; pero no lo
sufrí, y girando resueltamente hacia la izquierda, me metí por la calle
que nos conducía a la misma boca del lobo, a la temida redacción...
«Ánimo. Nada de prisas. Nada de torcer la cabeza.», deslicé al oído de
mi apadrinado. No me engañaba al presumir que serían notados nuestros
menores pasos y movimientos. Detrás de los cristales de las vidrieras
había curiosos ojos, oídos que pretendían sorprender algún fragmento
de nuestra conversación, lenguas, que comentaban nuestra actitud,
y particularmente la del periodista. La imprenta de _La Aurora_, a
planta baja, estaba entreabierta: allá en el fondo se veía la máquina,
los galerines con la composición, y dos o tres hombres de blusa que
rodeaban a un individuo de americana, en quien reconocimos al punto al
famoso Requenita, iniciador de la zambra del Casino.
--Ahora se nos echan encima --murmuró el de _El Teucrense_ apretándome
el codo.
--Haga usted como yo --respondí--; mire usted para dentro frunciendo
mucho las cejas.
Hízolo así; Requenita, fingiendo no habernos visto, se internó en las
profundidades de la redacción: nadie asomó, ni ganas, y en paz y en
gracia de Dios llegamos al portal de Castro Mera.
Nos recibió el diputado provincial de babuchas blancas y en mangas de
camisa; también él acababa de salir de la cama en aquel momento y se
disponía a rasurarse.
Apenas enterado del objeto de nuestra visita noté con sorpresa que
estaba tan aturrullado y receloso, como si a él mismo, y no al
periodista, tocase cruzar el hierro. Al verle que se le podía recoger
con cucharilla, comprendí la necesidad de que yo me atribuyese
facultades dictatoriales.
--Déjenme ustedes a mí --les dije--. Respondo de lo que ocurra. En
último caso, me bato por el señor. Pero pierdan cuidado, que no llegará
la sangre al río. Todo esto de los desafíos es guagua. No sé a qué
viene tenerlos tanto asco, si al fin nunca vemos enterrar a ningún
individuo muerto en un _lance de honor_. Esta madrugada corrimos más
peligro con los garrotes de esos mamarrachos. ¿Quiere usted quedar
bien, sí o no? Pues denme plenos poderes y facultades omnímodas. Usted,
señor director, ya no nos hace maldita la falta. Se va usted a su
redacción, o a su casa, o a donde se le antoje, y escribe usted para el
número de mañana un artículo que en sustancia diga esto: «Los barateros
y rufianes que se reúnen en número de cinco para agredir a dos personas
inermes, son víctimas de un caso fulminante de _canguelitis_ cuando las
cosas se formalizan y se llevan al terreno del honor.» Como al partido
de ustedes lo que más le conviene es inutilizar a Dochán; aluda usted
claramente a Dochán mismo, y asegure que sus seides forman la nueva
cuadrilla de apaleadores. Esta tarde leeremos el artículo y le daré el
vistobueno. Lo demás corre de mi cuenta.
Recuerdo que Castro Mera me dio un golpecito en la espalda, murmurando:
--¡Chico listo! Veo que conoce usted la brújula... Sostener al tío
contra viento y marea... ¡Soberbio! No tiene Dochán un segundo por el
estilo.
Llevé aquel negocio militarmente. Castro Mera y yo nos _personamos_ en
casa de Dochán, sin aguardar a que él viniese a buscarnos y sospechase
que huíamos de la quema. Un tanto sorprendido por lo enérgico de
nuestra actitud, el jefe de los enemigos de mi tío hizo llamar a Rivas
Moure, que entró en la sala cabizbajo y nos saludó sin mirarnos a
la cara. Le medí desde el primer instante con ojeada despreciativa,
afectando dirigir la conversación a Dochán exclusivamente. Mi arenga
se dividió en tres puntos: primero, que sentíamos que los señores de
_La Aurora_ se nos hubiesen adelantado, porque desde la emboscada del
Casino, nuestro apadrinado deseaba encontrar alguien en quien castigar
debidamente la indigna agresión; segundo, que siendo el ofendido el
director de _El Teucrense_, entendía que el duelo durase hasta quedar
inutilizado uno de los combatientes; tercero, que no podía contentarse
con un palito más, dado con la hoja de un sable sin filo, sino que
exigía la pistola, a veinte pasos, avanzando, hasta conseguir «sus
propósitos».
A medida que yo hablaba, el semblante irónico y cauteloso de Dochán
se oscurecía, y Rivas Moure, que tenía un hociquito de comadreja,
exangüe y mal barbado, fijaba con azoramiento las pupilas en la punta
de sus botas, no atreviéndose a levantar la consternada faz. Por último
rompieron el silencio, se resolvieron a mirarse, y puestos de acuerdo
con aquella ojeada, Dochán articuló:
--Lo que ustedes proponen... no se han fijado ustedes bien... Yo no
puedo aceptar responsabilidades gravísimas. Vivimos en una época y en
un país civilizado...
--Pues a veces parece mentira, y si no que lo diga el Sr. Rivas Moure
--contesté volviéndome hacia el catedrático suplente, el cual torció la
cabeza y se puso verdoso.
--En fin, nosotros... --balbuceó Dochán.
--Nuestro deber es impedir una escena cruenta... un día de luto...
--El duelo es inmoral --añadió sentenciosamente Dochán, levantando un
dedo corto y peludo.
--Lo inmoral, Sr. Dochán --respondí muy despacio, recalcando las
sílabas--, es que nuestras costumbres políticas se hayan rebajado
tanto, que forme parte de ellas el insulto, el apaleamiento y la
agresión traicionera, sin que nadie proteste con un acto digno. El
señor director de _El Teucrense_ ha sido agredido de la manera más
vil, cuando ni tenía medios de defensa ni amigos que le guardasen las
espaldas; y bastante hace al admitir una satisfacción en el terreno
que pisan los caballeros, pues estaría en su derecho si, imitando
y llevando a la perfección los procedimientos de su adversario, le
clavase una bala en la sien, donde quiera que lo encontrase. Conste
así, y ruego a ustedes que tomen este asunto con toda la seriedad que
exigimos. Esperamos pronta respuesta, y volveremos a recogerla a las
cuatro de la tarde.
Castro Mera y yo salimos de allí disputando. El abogado estaba atónito
de mi ardimiento, y a la vez alarmadísimo, temiendo que los otros se
las _tendrían tiesas_.
--Amigo Castro --le dije--, esta tarde, a las cuatro y media, redactará
usted un modelo de acta que dará las doce. Esa gente es tan osada y
cínica como blanca de sangre. Capaces de atacar por la espalda cuando
van en mayor número, no lo son de ponerse en un lance uno a uno ante
el cañón de una pistola. Solo pido de plazo hasta las cuatro y media.
Estoy tan seguro del resultado que no apuesto, porque sería, en
puridad, robarle a usted los cuartos.
Realizáronse completamente mis vaticinios. A la tarde, Dochán y Rivas
Moure, hechos un caramelo de puro corteses, nos ofrecieron todo género
de satisfacciones, jurando que solo la exagerada caballerosidad y
delicadeza de su apadrinado había sido causa de una mala inteligencia,
y de una provocación que, en su entender, «no procedía». No solamente
el redactor jefe de _La Aurora_, señor Requena, da a ustedes las
satisfacciones más cumplidas...
--Sí... pero ¿y el bastonazo? --pregunté encarándome con Rivas Moure.
--Aquí somos gente formal --interrumpió Dochán--. No atribuimos
importancia a lo que carece de ella... Un acaloramiento... Cuando
asiste uno a bailes y fiestas y pasa algún rato en el _buffet_... Usted
comprende... Por lo demás...
--Bueno, pues que conste en el acta la borrachera del señor redactor
--indicó Castro Mera, que, ya envalentonado por el giro que tomaba la
cosa, se permitía hasta decir chistes...
--¿Y qué es lo que iban ustedes a hacer además de dar en el acto las
satisfacciones más cumplidas?
--Pues además... queríamos decir a ustedes... que de hoy en adelante
_La Aurora_ no... vamos, que guardará consideraciones... a _El
Teucrense_... y... y a su director... Porque es realmente aflictivo que
en el _estadio de la prensa_ se realicen esos pugilatos... La prensa,
en cumplimiento de... de su misión sagrada... debe marchar unánime,
gestionando los intereses vitales de la región... Duele presenciar
ciertos espectáculos.
--Vamos --dije a media voz, pero no tanto que no pudiese oírlo Rivas
Moure--. De ayer a hoy han descubierto que la misión de la prensa...
¡Botarates! Gato escaldado...
Extendió el acta Castro Mera, con todas aquellas retractaciones y
satisfacciones que pudiésemos desear; firmáronla por su apadrinado
ellos, y por el nuestro nosotros; y así que la doblamos y la guardó
Castro Mera en su bolsillo, reinó embarazoso silencio, hasta que lo
rompió Dochán, proponiendo que nos fuésemos al café a solemnizar el
fausto desenlace de tan enojoso asunto. Aceptamos, y nos instalamos
ante una mesa donde el camarero depositó inmediatamente el servicio
de café y la clásica garrafita de coñac. Fundiose el hielo y la
conversación se hizo animada. Los padrinos de _La Aurora_ estaban
indudablemente satisfechos, por la terminación, si no muy gloriosa,
al menos bien pacífica del lance, y hasta se permitían bromear con
nosotros y manifestar una cordialidad que parecía anuncio de próxima
reconciliación entre los partidos _dochanista y uncetista_. Aquella era
la ocasión que espiaba yo para extraerme la hiel del cuerpo. Rompiendo
el mutismo que guardaba y dejando mi café intacto, me puse de pie y
dije lo más alto que pude:
--Señor Rivas Moure... usted creía sin duda que al sentarme aquí era
con ánimo de tomar café en su compañía. Pues estaba equivocado, muy
equivocado. Lo que yo buscaba era coyuntura favorable de decirle a
usted que no tomo ¡ni gloria! con los cobardes que apalean a traición.
Y sin añadir palabra más, cogí la taza del café abrasando, y la arrojé
contra la cara de Rivas, donde se estrelló, poniéndole de perlas.
Alzose un tumulto; se interpusieron; Castro Mera me sacó de allí...
y a poco oía un regular sermón de mi madre, trémula de susto y de
indignación contra «ese pillete de Rivas, que ya el año pasado engañó a
una muchacha, y la plantó, con un chiquillo en el vientre».