¡Qué a pechos lo tomó mi madre! El tropiezo momentos antes de llegar a
la meta la desatinó. Sus cartas tenían que leer. Díjome claramente que
me creía entregado a vicios o dominado por alguna bribonaza, la cual
bribonaza me apartaba del estudio.
--Tu madre es muy lógica y razonable en eso --afirmaba Portal--. ¡Cómo
ha de concebir que por patoso y desaborío hayas perdido el año! La
verdad es que nadie se lo figura. Si Belén fuese la culpable... hombre,
entonces...
El resultado de las sospechas de mi madre fue llamarme a Galicia.
Quería verme por sus ojos, regañarme con su propia boca, enterarse
de cómo me había dejado la enfermedad, averiguar a ciencia cierta el
nombre y las truhanerías de la supuesta pirindonga, embaucadora y
sonsacadora de inocentes alumnos... Mamá, desde la Ullosa, pretendía
saber al dedillo todos los riesgos, emboscadas y escollos en que puede
estrellarse un joven de mi edad, perdido en la vorágine cortesana.
Desde este punto de vista, sus cartas eran a veces un tesoro de
advertencias cómicas.
Su primer pregunta, al llegar yo a la Ullosa, fue algo parecido a esto:
«¿En qué mano caíste? Vamos, sé franco con tu madre. No me ocultes
nada. ¿Estás malo? Yo haré que te vea el médico de Cebre, que es una
gran cosa. ¿Y tus tíos? ¿Por fin te dieron la patada, verdad? ¿Te
fuiste de allí porque no podías resistirlos? ¿Tu tía es una empalagosa?
Ya me lo sospechaba yo.» Todo se lo sospechaba la buena de mamá,
menos lo único cierto...; y de fijo que si alguien se lo indica, ella
responde con indignación: «Mi hijo no es capaz de andar en líos con
señoras casadas. Tiene más decencia y mejores principios que todo eso.
¿Lo oye usted?»
Desde que descansé en la Ullosa, mi mayor deseo --¿quién no lo
adivina?-- fue ver a la tití. ¿Dónde se encontraba? De fijo en el
Tejo o en Pontevedra... No necesité mucho tiempo para averiguarlo: mi
madre, con su pandilla de espías y noticieros, se mostraba siempre muy
enterada de la vida exterior de aquel matrimonio. Justamente revelaba
entonces mamá gran alegría y satisfacción por una particularidad que la
lisonjeaba mucho: Carmen Aldao no estaba encinta...
--Puede que no tengan hijos --me decía sin disimular el júbilo.
Y yo, con tono y acento muy distintos, impulsado por otras esperanzas,
bien diferentes de las de mi madre, contestaba sordamente:
--¡Puede que no los tengan!
Pocos días después, mi madre se manifestó alborotada y preocupada por
noticias frescas, también referentes al matrimonio. Con aire misterioso
vino cierta mañana a despertarme, trayendo en la mano una carta de
Pontevedra.
--¿No sabes lo que escribe Josefina Montero? --preguntó en tono
enfático, que no se explicaba por la importancia de la nueva--. Tus
tíos se han ido a los baños de la Toja.
--¿Está enferma Carmen? --pregunté con ansiedad.
--No, es él... Tiene un golpe de erisipela feroz.
Todavía añadió mamá otro parrafito chismográfico.
--En Pontevedra no hay más conversación sino de Candidiña, la mujer del
señor de Aldao, y lo que va a suceder entre ella y su hijastra. ¿No
sabes? El viejo, después que se casó de tapadillo y negó la boda a puño
cerrado los primeros meses, de repente se desvergonzó y... me sale de
bracete con la chiquilla. Es una irrisión verlos por las calles, ella
tan maja y tan sobresaliente y él arrastrando los pies. El bajón que ha
dado en poco tiempo D. Román no te lo quiero decir. Un espectro. Ella
parece que le hizo tragar que ya tuvo un mal parto; y el viejo está que
se le cae la baba pura. Te digo que ahí se prepara un sainete. Algunos
cuentan si Castro Mera los visita o no los visita... Habladurías; pero
bien empleadas le están al vejete. Últimamente ella encargó a París un
sombrero. ¿Qué tal? ¡Candidiña con sombrero de París!
Manifesté mi indignación contra semejante abuso, y pocos días más
adelante supe, por la acostumbrada estafeta que comunicaba los
acontecimientos a mamá, cómo muy en breve regresarían a Pontevedra mi
tío y su mujer.
--Dicen que Felipe viene bastante mejorado. Lo dudo.
Y preguntando yo por qué dudaba de la mejoría, respondiome moviendo la
cabeza:
--Al tiempo, en fin, ahora vienen a Pontevedra porque quieren armar
unas fiestas muy lucidas, más lucidas que las del año anterior; tu
tío y Castro Mera son los que revuelven el cotarro... Dicen que no
se habrán visto otras iguales. Intrigas de ellos; yo te enteraré,
para que no te chupes el dedo como los bobos. Dochán... ¿no conoces
tú a Dochán? pues es un tuno muy largo, aún más largo que tu tío, al
menos para estas intriguillas de por aquí; en Madrid no sé; hablo de
esta tierra. Así que Dochán vio que tu tío se casaba, tomaba el tole
y dejaba el campo libre, discurrió que él podía hacerse dueño de la
provincia agarrándose a los faldones de Sotopeña. Procuró metimiento
con Lupercio Pimentel, le llevó la corriente, supo adularle en dos o
tres cuestiones... En fin, él se las arregló de manera que Sotopeña
diese de codo a tu tío y empezase a servirse para todo de Dochán. Por
poco le revientan lo de la casa de Correos; solo que Castro Mera paró
el golpe. Pero minaron el terreno en cuanto se refiere a la Diputación:
echaron abajo al Presidente, que era suyo, y plantaron a otro: dos
cuartos de lo mismo en las Comisiones; en fin, no hay hechura de tu tío
que no dance. Ahora, solo para darle un bofetón --como que desde que
se casó don Román, tu tío anda en pugna con el cuñado-- le regalaron a
este la plaza que pretendía en el hospital. Felipe está que brama; y
no sabiendo qué hacer para desprestigiar al _Santo_, dicen que mandó
poner en _El Teucrense_ unos artículos terribles descubriendo mil
picardías... Además, Castro Mera, que es listo como una pólvora, tanto
revolvió y tanto hizo, que consiguió que no le brindasen a Lupercio
Pimentel la presidencia del Certamen literario... ¿se dice así? eso, el
Certamen. A pretexto de que nos hacía falta un literato muy famoso, les
metió en la cabeza convidar a uno que se llama... ¿me acordaré? Sí...
don Apolo Añejo...
Echeme a reír: conocía al personaje por las pullas de la crítica
festiva, por la continua zumba de los estudiantes, que habían
personificado en el autor famoso elegido por los pontevedreses la
literatura de redoma y la poesía momificada.
--Parece --continuó mamá muy seria-- que ese señor es el más nombrado
en Madrid. Te cuento esto solo para que veas que llevan la pugna a
todos los terrenos tu tío y Dochán. Están a matar. No se sabe quién
triunfará; pero ya es una cuestión que se ha enzarzado tanto, que andan
furiosos y un día se pegan. ¡Y los periódicos! _El Teucrense_ y _La
Aurora_ no hacen sino insultarse. Si se comen... figúrate qué chiripa.
Damos a la Peregrina una misa cantada.
Al saber que mis tíos estaban de vuelta en Pontevedra, entrome
invencible afán de ver a Carmen otra vez y resolví ir a toda costa a
las fiestas. No dejó de ser empresa bastante ardua: mamá, impresionada
por mi fracaso en la carrera, lejos de decirme como otros años:
«Diviértete y come, que bastante trabajas en invierno», me repetía la
consigna de estudiar, de estudiar a destajo, de recobrar lo perdido.
No obstante, puse tal empeño que conseguí la apetecida licencia: y mi
madre se decidió a acompañarme, porque le saldría más cara mi estancia
en la fonda que en su casita. Salimos, pues, hacia la capital, la
_Helenes_ de los revisteros. Inmediatamente que llegamos, pasé a ver a
mis tíos; no así mamá, detenida por una cuestión de etiqueta.
--Que venga primero Carmen --dijo--, que es más joven.
Yo no me paré en tales requisitos y fui... ¿qué es ir? Corrí; creo que
me llevaron las piernas solas a aquella casa. Era un piso chiquito,
donde habían metido apresuradamente algunos muebles, residuos de la
antigua habitación de mi tío Felipe, hoy alquilada para oficinas de
Correos. Los trastos eran viejos y pocos: pero mi tití había conseguido
prestarles un aspecto muy agradable de orden y limpieza. La doncella,
la galleguita desasnada en Madrid, me conoció, me recibió en palmas y
me dejó pasar, sin tomarse ni el trabajo de anunciarme, considerándome
parte integrante de la familia.
Entré. Siempre me gustaba sorprender así a Carmiña, porque dada la
vehemencia de su carácter, la era muy difícil reprimirse en los
primeros momentos y no dejar asomar a la superficie el alma. Acerté de
medio a medio, pues al sentir el ruido de mis pasos, al verme en la
salita donde estaba haciendo labor, la impresión fue tan fuerte, que no
sabía qué contestar a mi saludo: se trababa su lengua. De tal modo se
sobrecogió, que yo era el que permanecía relativamente sereno, dueño de
mí, a pesar de mi estudiantil inexperiencia para los casos pasionales.
Cogí sus manos, que en la palma humedecía ligero y helado sudor; la
arrastré hasta la ventana, y clavé los ojos en su rostro, que encontré
más pálido, más desencajado que nunca. Pugnaba por que nos sentásemos
como en visita, muy formales; pero no lo consentí, y la mantuve junto
a los vidrios, sin saciarme de ver su cara. Estábamos tan cerca,
que yo siendo más alto, podría bien fácilmente inclinarme y robarle
el supremo bien, el sello de amor, el ansiado beso, favor dulcísimo
que implica los restantes; pero me detuvo, más que el respeto, la
piedad, el temor de cubrir de vergüenza aquellas mejillas mustias. Si
la besase, de fijo quedaría una mancha roja en la faz. Sí; yo veía
el beso apetecido señalado como la marca que imprimía allá en otros
tiempos el hierro candente del verdugo. No; besarla nunca. Reprimiendo
la tentación, estrujaba sus manos, incrustaba mis dedos en la palma
trémula. Consiguió por fin llevarme hacia el sofá, y sentándose en él,
me señaló la butaca, donde me hundí. Entonces con acento suplicante y
opaco murmuró:
--Déjame, Salustio; anda.
Aquella voz me rasgó el pecho. La solté. Ya me encontraba tan turbado
como ella y comprendía que ni uno ni otro podíamos expresarnos por
medio de palabras, y el único lenguaje sería el abrazo largo y mudo.
Con gran sorpresa mía, Carmen se rehizo, cobró aliento, se echó atrás y
pronunció con firmeza:
--Salustio, una vez te dije que no me siguieses ni me importunases. Ha
llegado el caso de repetírtelo. No vuelvas por aquí, y menos cuando yo
esté sola. No me hagas más desgraciada de lo que soy. ¿Quieres ponerme
en el compromiso de avisar a tu tío y cerrarte la puerta? Pues no me
arredra el hacerlo. Hay ocasiones en que rompo por todo.
Tardé en responder, haciendo un llamamiento a mi sangre fría. Me
recogí, y sin cólera, como el que ruega objeté:
--Ya que me echas, permíteme hablar. Quieres que no venga. No puedo
vivir sin verte. Tú tampoco respiras; estás desmejoradísima, enferma y
triste. Te has ido poniendo así desde el día de tu matrimonio. ¿No te
sirve de alivio verme y hablar conmigo un rato? ¿Por qué te niegas a
recibir esta distracción o este consuelo? ¡Si vieses lo que has variado
desde que te dejé! ¿Que no? Bueno, no volveré a molestarte; pero
explícame siquiera en qué te perjudican mis visitas. ¿Es tu marido que
se opone? ¿O eres tú la que escrupulizas y me despides?
Echose atrás nuevamente en el sofá, y antes de responder me miró. Por
instantes resplandecían sus pupilas y se transfiguraba su rostro. Su
voz era entera y pura al contestarme:
--Los dos. Mi marido, si comprendiese lo que ocurre, naturalmente que
lo desaprobaría; y yo, que estoy enterada, lo desapruebo. Sí, es verdad
que ando enferma y triste, y parece que ni ganas tengo de vivir; pero
no es porque tú no vengas... Al revés. ¿Cómo te lo explicaré? Atiende
bien, trataré de descifrártelo. Un día me dijiste que no atentarías a
mi honra... Mi honra es mía y nadie atentará contra ella, porque no lo
consentiré; pero para hablar tú así, es que yo te he dado lugar a que
pienses disparates. Esto es culpa mía, culpa mía solo; desde luego te
digo que en mi conducta hay mucho que censurar. En vez de dar consejos
a Cándida, vale más que me observe a mí misma... Ahora me parece que he
soltado un despropósito. ¡Ni en mi conducta, ni en mis hechos descubro
nada que pueda avergonzarme realmente... solo que mejor sería que no
hubiesen mediado entre nosotros ciertas... tonterías, tonterías tuyas!
Hago mal en hablar contigo de estas cosas; pero siento allá en mis
adentros que es mejor que nos expliquemos.
--Expliquémonos --suspiré.
--Verás con qué claridad. Tú te has figurado que yo no quiero a
mi marido, y hasta que siento por él... así... una especie... de
repugnancia. Has tenido valor de decírmelo. Pues supón que fuese
verdad. Una mujer que teme a Dios... ¡mira que hablo seriamente! tiene
que querer a su marido... y yo he resuelto querer al mío... o morir.
Estoy completamente segura de que si no consigo llegar a quererle tanto
que lo confieses tú mismo... me muero. Solo con que puedan los extraños
dudar de ese cariño, me convenzo de que he obrado mal hasta hoy. Yo me
he obligado solemnemente a _quererle_, en presencia de quien no olvida
las promesas ni consiente los perjurios. No le debo tan solo fidelidad,
sino _amor_, y... en ese punto... Por eso me irrito cuando me llamas
_santa_. ¡Bonita _santa_ estoy! ¡La burla que tendrás hecha de mí! Pero
ya se acabó... No has de reírte.
No sabía qué replicar. Contra aquella mujer no tenía argumentos. En el
fondo de mi conciencia, su sacrificio me parecía unas veces hueco y
vano, otras admirable y sublime; unas veces quintesenciado, artificioso
y estéril, otras espontáneo, heroico y provechosísimo a la moralidad
de las generaciones futuras. Era mi doble naturaleza presentándome
el pro y el contra de la idea del matrimonio cristiano; eran el
tradicionalista y el racionalista que yo llevaba en mí, enzarzados y
arañándose.
--¿Sabes --prosiguió ella-- lo primero que conviene hacer cuando quiere
uno ir derechito por el buen camino? Apartar estorbos y tropiezos.
Por eso te repito que no basta haberte salido de casa, sino que es
necesario no venir por aquí mucho, y menos cuando Felipe no esté. Ni es
decoroso ni conveniente; compréndelo tú mismo y valdrá más.
El decreto no me sobrecogió. Lo esperaba. Estaba seguro de que Carmen
había de parapetarse tras ese muro de papel que consiste en alejar
materialmente a un hombre, cuando ese hombre no ignora que es querido.
El destierro importaba poco: no así aquella bizarría de la voluntad
nunca vencida, que en el propio sufrimiento buscaba nuevos bríos...
--Bien --murmuré tomando el sombrero--. Me echas de tu casa, sin
tener en cuenta lo respetuoso que ha sido siempre mi porte contigo
y la consideración absoluta que te he guardado. Creo que me harás
justicia confesando que no me he extralimitado nunca. Te veía abatida y
lastimada, y aspiraba a servirte de consuelo. No me lo permites. Pues
como lo que está dentro del alma a la cara tiene que salir, yo te digo
que, no pudiendo verte de cerca ni un minuto, haré las tonterías que
son naturales: te seguiré cuando salgas, te pasearé la calle, y en el
teatro te miraré.
--No harás eso --respondió-- porque como yo no daré pábulo, la gente te
tomará por loco.
--He pensado muchas veces si lo estaré --respondí en un acceso de
lirismo, sintiendo que el corazón se me ablandaba como mantequilla en
verano--. Otras me parece que tú no estás tampoco en tu sano juicio.
Ese plan de querer a tu marido o morir... verás mi franqueza... es
hermoso, muy hermoso: ni presumes toda la hermosura que encierra.
Solo que es la hermosura de la enajenación mental. ¿Has leído el
_Quijote_? Pues eso... pues eso. Eres un quijote hembra. Me despides...
¡Te acordarás de mí! Me barres... Tu corazón me recogerá. Adiós, por
segunda vez te lo digo... Soy profeta. Al tiempo.
Me lancé a la calle y paseé sin rumbo, yendo a dar con mi cuerpo en un
banco de la Alameda, a tales horas solitaria. La sombra de los árboles
gigantescos, la frescura, la perspectiva del río, debieran recrearme;
pero ni observé el cuadro. Mi idea fija me vedaba la contemplación de
la naturaleza. Cada derrota exaltaba más mi espíritu; cada demostración
palmaria de la fortaleza moral de tití me dejaba más ilusionado, más
convencido de que en ella, y solo en ella, se cifraba la perfección
femenina. Y por otro lado se me representaban claramente las
dificultades, los tropiezos hasta la esterilidad de la aspiración, que,
a poder ser cumplida y satisfecha, no dejaría en pos de sí más que
drama, conflicto, vergüenza y dolor para aquella misma mujer a quien yo
intentaba subir al pináculo y a la cual deseaba tantos bienes y glorias.
Devanando estos pensamientos, atravesaba las fiestas de la Peregrina
sin advertir su bullicio mareante. Para mí, ni los paseos en la
Alameda, con su música y sus señoritas vestidas de alegres colores
veraniegos, ni el teatro con su compañía de zarzuela que nos brindaba
_La Mascota_ por décima vez, ni las funciones de iglesia, ni los bailes
de los círculos de recreo, nada, en fin, de lo que compone el programa
de unos festejos provincianos, tenía el menor atractivo, como no me
sirviese de pretexto para ver a mi tití, aunque solo fuera de paso;
¡verla pasar con su marido, descolorida, desmejorada, triste, fea para
todos, menos para mí!
En el paseo sorteaba las vueltas para cruzarme con ella una vez más.
En los templos, por la mañana, solía encontrarla, y mientras ella oía
misa, rezaba o leía en su libro, yo allí me dejaba estar, hasta que
mis amigos y mi madre misma se enteraron --pues en los pueblos cunde
rápidamente la más insignificante noticia-- de que frecuentaba las
iglesias, y me dieron broma con mi devoción, suponiendo que alguna
linda muchacha era el imán que me atraía. En el teatro, mientras me
suponían absorto en la contemplación de tal o cual señoritinga de
las que descollaban por su palmito o su elegancia en el vestir, yo
miraba furtivamente hacia aquel palco platea donde la mujer de mi tío
se sentaba modestamente vestida, peinada sin pretensiones, compuesta
y grave en su actitud. ¿Notó ella que la miraba? ¿Volvió la cabeza
hacia donde me encontrase? Mentiría si dijera que no. La volvió, en
efecto y varias veces, con disimulo, pero con una especie de angustia.
Probablemente aquel movimiento solo quería decir: «Sobrino, a ver si me
comprometes.»
Moviose aquellos días de los festejos gran zalagarda en Pontevedra: la
pugna entre mi tío y Dochán alcanzaba su plenitud, y sobreexcitada por
la presencia de los beligerantes, daba lugar a una guerra horrible de
personalidades y de ataques groseros, ya dirigidos a cara descubierta.
_El Teucrense_ y _La Aurora de Helenes_ eran los puestos estratégicos
elegidos por los combatientes para disparar desde allí contra el
enemigo. Órgano _El Teucrense_ de mi tío, había llegado al extremo de
acusar sin rebozo a Dochán de acciones penadas por el Código, no siendo
de las menos graves la de haberse llevado a su casa muebles comprados
para alhajar los salones de la Diputación. Había cierto sofá, ciertas
cortinas y cierta alfombra a que _El Teucrense_ no cesaba de sacudir el
polvo. Los dochanistas, en cambio, imputaban a los de mi tío enjuagues
mayúsculos: y como el cadáver a flor del agua, tornaban a subir a la
revuelta superficie de la política local los chanchullos viejos y
enterrados, los que ya han prescrito, los que en Madrid ni vuelven a
nombrarse --los solares expropiados, por ejemplo--. Pero todavía estas
armas, con ser de tan envenenado filo, no bastaban a los dochanistas,
que empezaban a inmiscuirse en la vida privada, hablando del objeto de
don Felipe Unceta al casarse con la hija de «un propietario rico»; de
cómo las segundas nupcias del suegro le «reventaban»; de la inquina
entre el yerno, el suegro y el cuñado; y, por último, deslizando
insinuaciones sobre malos tratamientos a la esposa, basadas en la
decadencia física de esta... A todo se aludía en aquellos momentos,
excepto a lo que verdaderamente existía en el fondo de mi alma y en
el de la pobre tití... Es que los malignos y los maldicientes, en
fuerza del propio instinto dañino que les guía y de la brutalidad de
su saña, no toman en cuenta los móviles puramente sentimentales de la
humana conducta, ni las delicadezas psíquicas, y llegan a tener ojos y
no ver, a tener oídos y no oír. Ante aquella mujer modesta, retraída,
apenas engalanada, desmejorada y flacucha, tipo enteramente opuesto
al de la adúltera de melodrama que pintan los artículos morales y
los folletines, nadie se imaginaba, ni por asomos, que le saltase
el corazón en el pecho cuando veía pasar a un alumno de ingenieros,
sobrino de su marido, ni que este sobrino se encontrase pronto a dar
por ella el porvenir entero y a mirar con indiferencia al resto de las
mujeres. ¡Ah! ¡Si pudiesen sospecharlo! ¡Qué hallazgo para la facción
Dochán!
Aunque mi tío aparentase gran serenidad y soberano desdén (estilo
político aprendido en Madrid) hacia las pestilentes habladurías de _La
Aurora_, yo comprendía que le llegaban al alma, y de puertas adentro le
veía exasperado, acentuando más la acritud y desigualdad de carácter
ya demostrada en Madrid; cosa rara, pues la ecuanimidad de mi tío
era en otros tiempos forma propia de su índole cautelosa y prudente.
En Pontevedra se susurraba que el ataque de erisipela había sido muy
grave, y hasta se lanzaban ciertas especies que no es lícito repetir
ni estampar, calumniando su conducta y atribuyéndole libertinaje
desenfrenado. Particularmente los dochanistas subrayaban con atroz
malignidad aquello de «¿No sabe usted? Estuvo en la Toja temporada
larga; veinte días lo menos.» Observando a mi tío, no pude menos de
advertir en él muy graduado el decaimiento físico, cuyos primeros
síntomas habíamos advertido casi a la vez la señorita de Barrientos
y yo. Dos o tres veces vino a vernos quejándose de inapetencia, y
diciendo a mi madre: «Benigna, mujer, hazme unas papas a tu modo... así
como en la aldea... a ver si me despiertan el estómago.» Al pronto,
el plato humeante le atraía, y abriendo un boquete en la harina de
maíz, derramaba en él la leche y se preparaba a devorar; pero a la
segunda cucharada se le acababa el apetito. «No hay cosa que me guste.
Tengo además un cansancio... ¡si vieses! Y me parece que debo de
haber enflaquecido. Los pantalones se me caen.» Al formular estas
quejas el hebreo, mi madre le miraba fijamente, con viva expresión
de inteligente curiosidad. Los ojos de mamá hablaban, querían decir
algo importantísimo y luego... chitón. Una circunstancia me extrañó
entonces, y fue advertir cómo mi madre apartaba cuidadosamente el vaso,
el plato, la servilleta y los cubiertos de que se había servido mi tío,
y los encerraba en el aparador bajo llave. Cierto día que la criada
tocó a aquel depósito, la echó mi madre una chillería muy fiera.
--Tengo dicho que ahí no... Eso es para D. Felipe... Hay tazas de sobra
en el alzadero, mujer.
No obstante, al llegar a su plenitud los festejos, en el estado de
mi tío se verificó un cambio favorable: le vi repentinamente alegre
y animado; aseguró que recobraba el apetito; y no sé si por esto o
porque era inminente la llegada de D. Apolo Añejo, a quien él mismo
había invitado a presidir el Certamen, con el fin de dar en la cabeza
a Pimentel y a los sotopeñistas, se lanzó de nuevo al combate contra
Dochán, y se exhibió mucho, en compañía de su esposa, en calles, paseos
y diversiones.
De D. Apolo Añejo se habló bastante aquellos días en Pontevedra,
discutiéndose con osadía sus méritos y aptitudes para presidir nada
menos que un Certamen local. ¡Notoria injusticia, regatear siquiera a
tan perínclito varón la palma, ya mustia por la edad, y el laurel, más
seco que el de los vasares de cocina, sancionados por cincuenta años
de consecuencia literaria, de fidelidad a la escuela poética, cuyo
busilis está en nombrar las cosas de un modo absolutamente contrario a
como las nombra todo el mundo, llamando al agua _linfa_; a los vasos,
_cráteras_; al café, _haba insomnífera_; y al té, _salutífera sinense
droga_! Ni eran tan fósiles las rimas de D. Apolo, que no le hubiesen
servido de escalón para trepar a ciertos puestos administrativos, y
aun una penumbra política, donde se mantenía, no sin fruto. Diríase a
primera vista que para don Apolo había de ser un compromiso el discurso
del Certamen; pero el clásico vate lograba ocultar tan diestramente
su ignorancia en casi todas las cuestiones humanas y divinas, que
esperábamos que sucediese lo mismo en los Juegos florales de Helenes.
Mi tío se multiplicaba a todas horas (frase tomada de una crónica
de _El Teucrense_) para organizar una lucida recepción a don Apolo.
Los dochanistas le creaban mil dificultades. Ya se entendían con el
director del orfeón «Ecos del Lérez», a fin de que no se prestase a
dar serenata al señor de Añejo; ya intrigaban en el Casino suscitando
obstáculos a la velada literaria en su honor; ya excitaban el amor
propio regional en pro de Lupercio Pimentel, al cabo hijo del país,
y más acreedor a que se le confiase la presidencia del Certamen. Sin
embargo, la llegada de don Apolo determinó un período de tregua; el
amor propio urbano, el deseo de dejar bien a su ciudad, aplacaron
el ánimo de los contendientes; el aspecto entonado del vate, sus
medias palabras, recalcadas y acentuadas con enigmáticas sonrisas, le
conquistaron aprecio y consideración. Deshízose entonces la prensa, sin
distinción de colores, en frases encomiásticas, y dio cuenta minuciosa
de los pasos y movimientos del literato insigne: hoy había salido a la
calle en compañía de Fulano y Mengano; a la tarde le tocaba extasiarse
ante tal iglesia o ruina: a la noche es seguro que iría a «admirar» la
iluminación de la Alameda: ayer se dejó decir que las pontevedresas son
de canela y azúcar...
La mañana del Certamen --víspera de la función de la Divina Peregrina--
reviví en cierto modo aquel mes del año anterior, en que se había
verificado la boda de Carmen y principiado para mí la verdadera
juventud con los primeros estremecimientos de la pasión. Por las calles
de Pontevedra me encontré a Serafín Espiña, tan lejos del sacerdocio
como cuando le conocí; al Alcalde de San Andrés; al Ayudante de Marina,
con toda su familia, mujer, cuñadas y mamones; a D. Wenceslao Viñal,
individuo del jurado, embutido en su levitón y dignificado con su
chistera, y a Castro Mera, del jurado también, calzándose guantes color
de zanahoria.
Y después vi entrar en el teatro, donde había de verificarse la
literaria solemnidad, a una pareja que llamaba la atención, provocaba
maliciosas risas, hacía volver la cabeza a todo el mundo y proyectaba
con su sombra una silueta de caricatura. Eran el señor de Aldao,
trémulo pocho con el labio colgante y los pies a rastra, y su esposa,
hermoseada, fresca, blanca como la leche, afinada ya, derecha y gentil,
elegantemente vestida de seda lila a pintas negras, y luciendo su
capotita de paja que guarnecía, emboscándose en los cabellos rubios,
una rosa té. Iban de ganchete, y Cándida --he de confesarlo-- no
manifestaba ni descoco ni engreimiento con su nueva posición; solo
cierto gracioso aturdimiento infantil, que la indujo, cuando me vio,
a amenazarme con el abanico, y a sonreírme con boca y ojos, mostrando
unos dientes como piñones entre la cereza partida de los labios.
Yo no entré en el Certamen. Por ser de día y hallarse encendidas las
luces todas, dentro reinaba un calor asfixiante, y no merecía la pena
de arrostrarlo el oír la leyenda _Os Turrichaos_, en octavas reales y
en dialecto, y premiada con un ejemplar de las _Obras de Cervantes_;
el _Himno a Helenes_, tintero de plata; el _Romance a Nuestra Excelsa
Patrona la Divina Peregrina_, florero de bronce y cristal... y otras
obras destinadas al pozo del olvido, a pesar de que don Apolo las llamó
_aromadas flores del poético vergel galaico_. Tampoco el discurso de
Añejo, con sus disertaciones sobre el _gay saber_ y los trovadores de
la Edad Media, me seducía gran cosa. Yo sabía que Carmen estaba allí;
pero prefería verla al salir, que ahogarme y que aguantar el chaparrón
de rimas laureadas. Y a propósito, ya que hago mi autobiografía,
declararé que no profeso gran afición ni a los versos excelentes, y
que los malos, del género Trinito, lejos de exaltarme la fantasía, me
causan una especie de desprecio cómico y de reacción de prosaísmo.
Tengo la arrogancia de creer que mi historia con Carmiña Aldao es más
poesía que el _Himno a Helenes_.
Al concluirse el discurso resonaron aplausos y salieron a la puerta
unos cuantos espectadores, rendidos de calor, agradecidos a que la
perorata solo hubiese durado hora y media. Entre ellos venía el
director de _El Teucrense_, que me tocó en el hombro.
--¿No sabe lo que acaba de hacer su tío? --me preguntó--. Se encuentra
en los pasillos con el suegro y la mujer, y ni siquiera les saluda. No
se habla de otra cosa en el teatro.
--¿Y el discurso de Añejo?
--¡Hombre!... Poquita voz, poquita gracia... unas palabras tan
enrevesadas que casi no se entienden... Nos habló de los trovadores y
de los troveros... nos dijo que caminásemos a la apoteosis de Galicia,
haciendo muchos certámenes por el estilo de este que él preside... y
nos encargó que no nos extraviásemos imitando a los _decadentistas...
decadentistas_, así como suena. Yo no sé que en Pontevedra haya
decadentista ninguno. Me parece que el público entendió: _dentistas_.
Mañana en _El Teucrense_ voy a ver si publico un extracto del discurso:
por eso he tomado apuntes. Ahora vuelta al horno, a ver cuando da fin
esa lata de poesías. No nos llega la camisa al cuerpo, de miedo a
que el autor de _Os Turrichaos_ nos endilgue su leyenda sin perdonar
octava. Esperamos que el Presidente pondrá coto a tamaño abuso. Si no,
como decía el cura tartamudo, te... te... tenemos misita hasta las
cu... cu... cuatro. ¿Qué hace usted ahí? Entre a oír los cantos de la
Musa.
¡Entrar! Preferí darme una vuelta por el pueblo y volver a apostarme a
la puerta cuando racionalmente supuse que faltaba poco para acabarse la
función. Pero sin duda el autor de _Os Turrichaos_ no había perdonado
al público ni una octava, pues todavía esperé largo rato. Por fin
empezó a vaciarse el local. Todo el mundo, al salir, respiraba como
quien se ve libre de una carga enojosa: las fisonomías se dilataban
al contacto del aire fresco, y el sol les infundía regocijo; había
suspiros de satisfacción y voces que sonaban alegres, sacudiendo el
enervamiento de la insufrible ceremonia. Salió Carmen entre su marido
y don Apolo: al paso de este grupo la gente abría camino y oíanse
murmullos de curiosidad.