Hay coincidencias. Quien lo niegue desconoce el juego variadísimo y
complicado de la vida sentimental; quien lo niegue vegeta; no vive.
Al otro día de la fecha, memorable para mí, de la que en novelesco
estilo se llamaría _la escena del diván_, entró mi tío a la hora del
almuerzo, teniendo en las manos una carta: y al desplegarla, dijo con
tono del que da una rara noticia:
--¿No sabes quién está en Madrid?
Carmiña, levantando los ojos, que tenía clavados en el mantel, preguntó
con la indiferencia del que espera pocas contingencias felices:
--¿Quién?
--El Padre Moreno.
¡Que si la hizo eco la nueva! Una impresión fulminante. Saltó en la
silla y exclamó con voz entrecortada de júbilo:
--¿Que está... aquí? ¿Desde cuándo? ¿Y por qué no vino a vernos ya?
--Pues está hace dos días:... pero toma, entérate de la carta, y verás
en qué consiste que no haya venido.
Tití se apoderó del papel con esa rapidez de movimiento que delata
la emoción. Leyó para sí prontamente, interrumpiendo la lectura con
frecuentes exclamaciones.
--¡Ay, Jesús! ¡Y yo que no sabía nada! ¡Pues el Padre no me había
escrito ni esto! ¡Ave María Purísima! ¡Qué decidido! ¡Ay, pobre!...
Cojo el velo y allá me voy. ¿Vienes, Felipe?
--Ve tú ahora --dijo el marido demostrando que no le atraía la
excursión--. Yo iré por la tarde, o mañana. No estoy vestido, y tengo
que contestar una carta muy larga a Castro Mera.
--¿Pero qué le sucede al Padre? --interrogué con curiosidad--. ¿Puede
saberse? Sentiré que sea cosa mala.
--¡Vaya si es mala! --exclamó con su acostumbrada vehemencia mi tía--.
Y que se lo estaba profetizando siempre. Me le sacan de Marruecos, un
clima tan caliente, y le meten allá en Compostela a aguantar humedades
y fríos. Es natural; ha cogido una enfermedad y a Andalucía en busca
de mejor temperatura. Y apenas llega ya a Andalucía, ve que el mal es
más grave de lo que pensó, y tiene que venirse aquí a que le hagan una
operación, probablemente dolorosa. ¿Y sabes dónde se encuentra? En San
Carlos. Tiene allí un amigo, el médico Sánchez del Abrojo. Hay que ir a
verle sin tardanza. Su carta es alarmante; se conoce que el Padre está
aprensivo. Pues él poca aprensión acostumbraba gastar... Valiente como
él solo. Para que diga que va a morirse... Allá me voy sin más.
--Almuerza primero --advirtió su marido.
¡Valiente almuerzo! En el comedero de un pájaro cabría. Antes de los
postres se levantó, y a poco rato volvió a presentarse vestida de
mañana, con aquel sencillo trajecito negro y aquel velo de blonda que
yo conocía tan bien. Entró como indecisa, apoyándose en la sombrilla de
tafetán tornasol y sacudiendo los guantes, que no se había calzado aún.
Miró a su marido y le hizo seña, llevándosele a un rincón para decirle
algo muy reservado. Por discreción me aparté, pero no tanto que no
viese el gesto indefinible que acostumbraba hacer mi tío cuando se veía
obligado a gastos que no figuraban en su presupuesto. La tití no tardó,
sin embargo, en deslizar en su bolsillo un billete dado por el esposo.
Por la tarde aproveché las pocas horas que tenía libres, yéndome
también a San Carlos. Quiso la casualidad que al doctorcillo Saúco le
tocase aquel día hacer guardia pues era uno de los seis profesores que
turnan en la asistencia del hospital. Mi paisano manifestó gran alegría
al verme y se empeñó en hacerme cumplidamente los honores de la casa.
--Es preciso que veas las clínicas, y los baños, y el museo, y el
paraninfo, con el techo de Padró... Mira, tu fraile no está en ninguna
clínica, ya lo supondrás: le hemos dado el cuarto que se reserva para
los enfermos de campanillas. Es un fraile muy tratable; ya nos hemos
hecho tan amigos en las pocas horas que hace que le conozco. Sube... es
por aquí, al final de este pasillo, antes de la balconada... ¿Se puede
entrar?... Que sí... Pasa, hombre.
Pasé, en efecto, y el fraile, al ver entrar, una visita, se incorporó
trabajosamente en la butaca.
A un mismo tiempo veía yo dos figuras, y las dos eran del Padre Moreno;
pero ¡cuán diferentes! La primera, la que yo había conocido en el
Tejo pocos meses antes: aquel moro tostado por el sol del África, de
brillantes ojos, cetrina tez, vigorosas proporciones, negro pelo,
cuello robusto, voz timbrada y viril, fuertes músculos, viva complexión
y ánimo resuelto. Y la segunda, la actual, un hombre amarillo como los
cirios, consumido, de ojos pálidos, de mejillas hundidas, en que la
descuidada barba tendía una triste pincelada azul, negruzca a trechos;
de cabello que casi se había vuelto gris; de manos enflaquecidas, de
labios sumidos, de encorvado dorso.
Daba dolor ver así a Aben Jusuf. Creo que si le encuentro en la calle
no le conozco; tanto le había envejecido y desemblantado el mal. Él, en
cambio, me reconoció a pesar de mis barbas, y con voz que intentaba ser
como la de otros tiempos, me saludó:
--¡Hola!... Felices, don Salustio... ¿Conque también usted viene a ver
a este pobre fraile?
--¡Vaya! --me apresuré a decir medio abrazándole--, y con mucho gusto.
Ya sabe usted que se le quiere, Padre Moreno, y que tiene en mí un
amigo de verdad. He sentido bastante saber que está usted malo. ¿Cómo
se encuentra? ¿Qué es ello?
Con regazos de su antigua marcialidad, me contestó Aben Jusuf:
--¿Que qué tengo? Hijo, poca cosa... Una pierna que casi no sé si es de
mi cuerpo o del ajeno. ¡Una pierna que tal vez sea preciso... rsss o
ssrrr!
Hizo el ademán del que saja con un bisturí y del que sierra con un
serrucho. Protesté estremeciéndome.
--Vamos, Padre... Valdrá más el ruido que las nueces. En diciendo que
le reconocen y que le lavan la pupa con sublimada... ya está usted de
alta.
--Bien, bien; eso se verá... y eso es lo que menos importa. Dios sabe
lo que ha de hacer conmigo.
--¿No le decíamos todos --interrumpí regañando-- allá en la Ullosa, ¿se
acuerda?, que no le convenía el clima de Compostela? Aquella humedad,
aquel frío... ¡Para un sarraceno!
--Mire usted, caballero Salustio... lo que más conviene es hacer lo que
se debe. Créalo... ¿Me ve usted en este estado, con la pierna así y
con esta cara que parece que acaban de desenterrarme? Pues no me hallo
descontento, ni cosa que lo valga. En todas partes se pueden coger
enfermedades... En todas. Los males vienen pronto. Paciencia. Diga
--añadió haciendo un esfuerzo y señalando hacia la mesilla colocada a
su lado--, ¿quiere un buen habano? No tenga reparo en aceptar, que
casi puede decirse que fuma usted de lo suyo. El doctor Saúco ya tuvo
la amabilidad de aceptar uno, y lo alabó.
Volví la cabeza y vi el cajón abierto, con falta de dos puros no más,
con sus ataduritas de los colores nacionales, y comprendí para qué
objeto le había pedido cuartos Carmiña a su esposo.
--Padre Moreno --respondí-- ni fumo ni le puedo dar cigarros, porque
soy un estudiantillo que no se permite esos lujos; pero algo haré
por usted. Vendré aquí a menudo; y si necesita que le velen o que le
acompañen, a todo me ofrezco.
--Mil gracias. Aquí me atienden perfectamente. Ningún enfermo con
familia se puede alabar de mejor asistencia. Solo el doctor Saúco, que
me abandona... Me mata de sed.
--¿No quiere usted admitir favores míos? --exclamé un tanto molestado
por el tono en que se expresaba el fraile.
--Al contrario. Los quiero admitir, sí. Y tanto los quiero admitir...
que he de pedirle uno muy gordo.
--¿De qué se trata?
--Ya hablaremos, ya hablaremos --respondió él mordiendo la punta del
puro y disponiéndose a prenderle fuego.
Saúco, entendiendo a media palabra, se acercó al fraile, y señalando un
frasquito:
--Ahí queda la poción... No se olvide usted de tomarla a cada cuarto de
hora...
Nos dejó libres, y entonces el fraile se preparó a hablar, echando una
lenta y golosa chupada.
--Y ese favor que quiere pedirme... sepamos... ¿está en mi mano hacerlo?
--Claro que sí. De otro modo no se lo pediría.
--Sepamos con qué se come el favor.
--Pues allá va. Mi enfermedad no es en la lengua. Hablo más claro que
nunca. Lo diré en dos palabras. Con cualquier pretexto... queda a cargo
de usted el inventarlo, y sin dilación ninguna... yo le ruego... que
se marche de casa de su tío, a una posada.
Me quedé mudo, sin saber qué cara poner.
--Se lo suplico a usted, caballero --insistió el fraile--. Ya ve usted
cómo tienen sus achaques al Padre Moreno, para que llegue a suplicar
estas cosas. Que si estuviese en mi estado normal, pudiendo andar
con mis piernas y servirme de mis brazos... no le pediría a usted...
¡Caramelo! ¡Qué había de pedir!
Incorporose en la silla, olvidado de su padecimiento, transfigurado,
echando chispas. Desde que había empezado el corto diálogo, se animaba
gradualmente; sus pómulos de cera dejaban transparentar la infusión de
la sangre, y me pareció verle restaurado a su prístino ser, arrogante,
intrépido, como en sus tiempos mejores.
--Padre... --murmuré--. Poco a poco... Eso no es tan fácil como usted
cree; y me parece que, cuando menos, tengo el derecho de preguntar:
¿por qué se me pide que dé ese paso?
--Yo tengo el derecho de no contestarle --respondió el Padre--; pero no
quiero hacer uso de él, y respondo sin ambajes, categóricamente, con
arreglo a mi genio y a mi tipo. Deseo que salga usted de casa de D.
Felipe, porque no debió de entrar en ella nunca; porque si está aquí
el hijo de mi padre no se comete semejante pifia; porque a su tío le
cegó el buen deseo... o la idea ruin de ahorrar unos ochavos... cuando
discurrió la incongruencia de que usted viviese a mesa y mantel con un
matrimonio joven... o nuevo, o como se le antoje llamarle; y porque en
todo este arreglo de vida familiar, ha habido poca prudencia y tacto
y ninguna sal en la mollera, y es tiempo de poner coto a semejantes
chapucerías.
Dijo esto el Padre con tono cada vez más coercitivo; pero de repente
le vi palidecer, llevarse la mano al muslo y derrumbarse en el sillón,
exhalando un gemido sordo.
--¡Ay... ay... Moreno, Moreno! --pronunció hablando consigo mismo--:
Moreno, ¡qué echadito estás a perder! Hijo, eres una pura plasta...
Salustio, ¿quiere usted pasarme este vaso de agua o de porquería, que
está ahí? ¿La cucharita? Apuremos esta pócima.
Hice lo que me pedía; tomó el remedio, y recostó la cabeza sobre el
almohadillado del respaldo. Así que dio señales de reanimarse, anudé la
desatada conversación:
--Padre... usted comprende que yo no puedo salir ahora de casa de mis
tíos. Llamaría la atención. Los exámenes se acercan; estamos a las
puertas de junio...
El Padre me miró con leve expresión burlona.
--No entre usted a examen. Se lo aconseja Silvestre Moreno. Lo que es
este año... perdigón, como dicen ustedes.
No dejó de amoscarme aquella ironía y aquel afán de meterme en lo que,
a mi entender, ni le venía al fraile moro.
--Hablemos con calma, Padre --dije resueltamente--. Usted, con ese
ruego o, mejor dicho, esa orden de despejar el terreno que me está
dando, parece suponer cosas que... vamos... que pueden redundar en
ofensa de Carmen.
--De la señora de su tío de usted.
--Bien, de la señora de mi tío... Como usted guste. Hablemos sin
circunloquios ni reservas mentales. A mí no me duelen prendas. Hace un
año próximamente que nos hemos conocido... ¿verdad? y aquel mismo día
conocí yo también a la señorita de Aldao. A un tiempo supimos usted y
yo que ella se casaba sin amor y hasta con repugnancia verdadera; y
al saberlo... usted, Padre, aprobó... y yo desaprobé y protesté, y lo
dije. ¿Se acuerda de nuestra conversación, la tarde de la boda en el
soto del Tejo, cuando usted rezaba sus horas tan pacífico y yo casi
lloraba? ¿Sí o no? ¿Se acuerda?
--Sí, señor... me acuerdo... --contestó el fraile--. ¿Y a qué viene
recordármelo?
--¿A qué? Yo aseguraba que aún había medio de deshacer la boda;
profetizaba que era un desatino, pero gordo... y usted me mandó a
paseo... y me dijo que tenía una jumera. ¿Es verdad, o es mentira?
--Como el Evangelio. Y la tenía usted; solo que por lo patético y lo
fino.
--Bueno: el asunto es que usted no hizo maldito caso de mis
presentimientos. Ha pasado un año, y en él ha perdido usted de vista a
Carmiña. Vuelve a encontrarla... y como se lo pronostiqué: desgraciada,
triste, enferma de repulsión... ¡y ahora el Padre no querrá confesar
que me sobraba razón por cima de los pelos!
--Lo que oigo --gritó el fraile ya montado en cólera-- me da ganas
de enviar al rábano la pata mala, y levantarme y hacer con usted una
atrocidad. Todo es puro desatino y absurdos sin ningún fundamento:
perdone usted si me expreso tan rotundamente... ¿Carmen desgraciada?
¿Y por qué? Va usted a descifrarme el enigma. ¿En qué la falta su
esposo? ¿Qué motivos razonables de disgusto la da? ¿No la quiere,
no la acompaña? ¿No la trata bien, según su carácter, que cada cual
tenemos el nuestro? ¿Qué plato le ha tirado a la cabeza? ¡Me indignan
--y repito que pido a usted excusas si la forma es ruda y poco
parlamentaria--las alharacas con que usted me viene!
--Y a mí me indigna su modo de sentir y de pensar de usted, Padre
--repliqué no menos airado que el moro--. ¿De modo que en no tirando
platos ni solfeando con una tranca, ni trayéndose a casa una pindonga,
ya no tiene derecho a quejarse una mujer como Carmen Aldao? ¿Lo cree
usted de buena fe? ¿Se atrevería a jurar que no es indispensable en
el matrimonio la paridad y la simpatía de las almas, el cariño mutuo,
todo lo que allí falta y faltará siempre? ¿Piensa usted que una mujer
elevada, sincera, efusiva, amante, puede resignarse a vivir con un
hombre sórdido, bajo, inmoral e intrigante, esclavo de la materia?
¿Es así? Según el criterio de usted, en extendiendo los dedos y
refunfuñando cuatro palabras en latín, las incompatibilidades más
profundas desaparecen, y los espíritus se asimilan y se funden por
ensalmo. Una bendición... y acabose todo. ¿Ya no hay más?
--Y para usted --replicó el Padre, dominándose y articulando con voz
sonora y profunda-- el matrimonio es asunto de mero deleite; en no
gustándole el cónyuge a la cónyuge, y viceversa... lazo roto. Dios ha
de crear para nuestro uso propio y exclusivo un ser exento de faltas,
enteramente conforme al patrón que se traza nuestra fantasía; y si
resulta que no es aquello, ¡zas! allá van el sacramento y los deberes
al traste. El sensualismo...
Esta palabra cruda y teológica me hirió en el alma, y salté protestando.
--Padre, ustedes los sacerdotes que ejercen en el confesonario, y se
han abstenido del trato con mujeres, no distinguen de colores, no ven
más que un aspecto de las cosas, y a veces calumnian los sentimientos
más nobles y más limpios. Calumnia involuntaria, pero calumnia al
fin, y calumnia que irrita a los que nos sentimos inocentes. Usted,
al parecer, me atribuye la suposición de que mi tía no es feliz con
su marido porque este no la agrada así... materialmente, en sus
condiciones físicas. Lo cual es una enormidad, y ¡no se lo perdono a
usted!
--¡Naranjas y piñones! --exclamó el fraile ya fuera de sí--. ¿Conque no
hay sensualidad del espíritu ni extravíos de la imaginación? Y, además,
a mí no me venga usted con flores retóricas. Yo no comulgo con ruedas
de molino. Detrás de esos descontentos que usted supone, habría --si
no fuesen inventados por usted-- lo que hay en el fondo de todas las
cosas de la misma índole: el fuego de la concupiscencia y el aguijón
del diablo. Por fortuna nada de eso existe más que en la fantasía
de usted. Carmen es feliz con su esposo, todo lo feliz que se puede
ser por acá, en este valle de... rabietas: su conciencia y su honor
están intactos, y si yo quiero que usted se salga de la casa, no es
porque vea en su presencia peligro, sino porque puede verlo el mundo,
y la fama con un soplo se enturbia. Usted, que me recordaba hace poco
nuestra conversación en el soto del Tejo, ¿se acuerda también de lo
que tratamos en la Ullosa? Me parece que le dije que no le tendría por
hombre honrado si se acercaba de una manera sospechosa a la mujer de su
tío.
¿Por qué me escocieron tanto estas palabras del fraile? ¿Es que veía
surgir formidable obstáculo, no al logro de mis deseos, pues no los
fijaba en cosa concreta, sino a mi reciente y deliciosa plenitud de
felicidad ideal? No lo sé. Solo afirmo que sus palabras me encresparon,
y que en un arranque de independencia y rebeldía, determinado a echarlo
todo a rodar, exclamé:
--Pues, Padre, tengo el sentimiento de decirle lo que no le he dicho
hasta la fecha. Que es usted para mí una persona respetabilísima,
apreciable como pocas, simpática, digna; que estoy convencido de ello y
que lo repetiré en todas partes; pero de ahí a que le tome por doctor
infalible en cuestiones de moral, va tanto como de aquí a Montevideo.
Yo puedo ser honrado a carta cabal, aunque no se lo parezca, y si,
porque me interesa una mujer que es infeliz --infeliz, infeliz, aunque
usted lo niegue--, pierdo para usted el prestigio de hombre honrado,
juro que me importa un bledo. Vamos a llevar la cuestión al terreno más
arduo para que vea que soy franco y que no me duelen prendas más que a
usted. Suponga que, efectivamente, estoy enamorado de mi tía Carmen.
Pues esto será una desgracia para mí, y acaso un peligro para ella (ya
ve que concedo bastante); pero lo que es a mi honradez... ni le quita
ni le pone.
Hice de propósito, una pausa, a fin de que la frase siguiente cayese
como una piedra sobre el cráneo de Aben Jusuf.
--¡Ni a la de ella tampoco!
¿Quién pintará la metamorfosis que al oír esta última herejía se
obró en el semblante del fraile sarraceno? Sus ojos vibraron llamas
y fuego, rodando en las órbitas, con todo el brío de sus tiempos
mejores; las facciones, ya tan acentuadas de suyo se movieron como si
las levantase un cataclismo interior, dibujándose en ellas arrugas
profundas y fuertes, rígidas, casi metálicas; en el primer momento, no
pudiendo hablar, aspiró desesperadamente el aire, según debe de hacer
el que se asfixia. Pero aquella violenta impresión no se derramó en
palabras, porque el hombre segundo, el que la religión de Cristo había
injertado en el bravío tronco de aquella alma de africano, se sobrepuso
y venció; y recobrando, mediante un esfuerzo inaudito, la serenidad...
respondiome en voz algo bronca:
--Pues... señor mío... si está usted tan conforme consigo mismo y no ve
en su comportamiento nada digno de censura, no tenemos más que hablar.
Usted cree que introducirse en las casas, bajo la protección y el
amparo de los parientes próximos, a fin de atentar en una forma o en
otra a su honor y combinar _pian pianino_ el adulterio y el incesto,
no son acciones reprobables ni hay en ellas nada que desdiga de los
principios de un caballero cumplido. Yo pienso de diferente manera;
pero como usted, por otra parte no tiene principios religiosos, mi voz
carece de autoridad sobre usted, y cuanto le diga le suena a mojiganga.
Cese, pues, toda conversación ociosa, y desde hoy cese usted también
de ver y de tratar al Padre Moreno. Porque yo, en cumplimiento de mi
obligación, no podría menos de dirigir a usted alguna advertencia que
de fijo se le haría impertinente... y no tenemos tampoco la flema en
el bolsillo. Deje a este pobre enfermo, y siga su rumbo. Pero tenga
entendido lo que voy a añadir: aquí no habrá lucha; porque Carmen,
aunque no es santa ni virgen, como usted dice sacrílegamente, es mujer
de bien y sabe a lo que está obligada; y si lucha hubiese... entre
usted, joven y lleno de recursos y de atractivos, y Silvestre Moreno,
envejecido ya, y probablemente enfermo de lo que ha de llevarle al
hoyo... Moreno sería el vencedor. No le digo más.
Yo escuchaba paseando por la habitación de arriba abajo y con las
manos metidas en los bolsillos, sintiendo en mi interior, en el
estómago y en las entrañas, esa trepidación ardiente que notamos en
circunstancias críticas. Mi batalla era secreta, y no por eso menos
empeñada y furiosa. Luchaba con mi orgullo, con mi pasión, con mi carne
toda, para no volverme y decir al fraile... lo que le dije por fin, en
irresistible impulso de mi conciencia y de mi alma.
--Padre... respecto a luchas y victorias, hablaremos; pero tocante
a lo otro... para que vea usted... ¡tiene usted razón! Razón que le
sobra. No es delicado vivir en esa casa... lo comprendo, lo reconozco:
mi misma posición es humillante, particularmente desde hace algún
tiempo... y saldré de ella, palabra de honor, pronto, pronto... lo más
pronto posible. No dude que saldré... y adiós, Padre.
Mostré querer marcharme sin tenderle las manos, y él me llamó con
cordialidad súbita.
--Venga acá, venga acá... Usted en religión pensará como quiera, pero
conserva un fondo de sentimientos delicados que me agrada. Y vamos a
ver, ¿qué mal le ha hecho a usted Carmen para que dude de que yo sería
el vencedor en la lucha, si tal lucha existiese?
--Padre, de eso no quería tratar; conste que es usted quien me pincha.
Supongamos que hay lucha... si no... ¿a qué viene esta discusión?
Hay lucha... pues usted vencerá... ¡estoy cierto de que sí! en lo
exterior, en el terreno positivo... ¿me explico? ¿me entiende?
--¡Demasiado! --contestó gravemente el fraile.
--Y lo mejor de todo... es que yo, en ese particular, no deseo --tan
cierto como que quiero a mi madre-- que salga usted derrotado.
--Adelante --articuló Aben Jusuf ceñudo y pensativo.
--Mi victoria es de otro género... _¡Mi reino no es de este mundo!_
--pronuncié con ligera ironía, que el Padre debió de encontrar
pesada--. Hay una esfera en la cual siempre saldré triunfante... y
esa me basta... ¡Y usted ahí sí que no llega! Ese es el imperio de la
libertad. ¡En el quinto piso del alma, Padrecito... ni usted... ni
nadie!...
El moro callaba. Alzó sus ojos al techo de la enfermería, y las
movibles facciones de su rostro adquirieron una expresión, casi
desconocida para mí, de exaltado misticismo. Sonrió luminosamente, y me
dijo con mezcla de unción y desdén:
--En todos los pisos entra Jesucristo cuando se le antoja.
Al salir pregunté al doctorcillo Saúco qué padecía el fraile. Mi
paisano movió la cabeza.
--¿Qué ha de tener? Era un hombre como una loma... Tenía cuerda para
cien años; pero hizo una vida impropia de naturalezas tan robustas.
Máquinas de esa potencia, están mejor andando que paradas. Él, si no se
ha parado del todo, ha clavado, cuando menos, ruedas muy importantes...
y ahí tienes las resultas. Lo que padece es serio. Regularmente se
impondrá la operación.
X
Mi posición en casa de mis tíos fue desde aquel día extremadamente
embarazosa. No veía el modo de salir de allí, y lo deseaba muy de
veras, porque además de la actitud de mi tío, se me había grabado en
lo más vivo la afirmación del moro: que era depresivo sostenerse a
expensas del marido de Carmen. Se me hacía totalmente insufrible la
estéril y dolorosa convivencia, que me obligaba a adivinar y casi a
presenciar las intimidades conyugales y atentaba al carácter romántico
de mi amor.
¿De qué me servía vivir bajo el mismo techo? Desde la entrevista con el
fraile se había producido un cambio en la tití. Me dirigía las palabras
indispensables, y se desviaba de mí como si yo estuviese apestado. No
me desesperaba del todo, porque comprendía la causa, y adivinaba la
batalla secreta de aquel espíritu superior; no obstante mi situación
implicaba tal tirantez, tantos rozamientos penosos, tamaña dosis de
pachorra en momentos dados, que no había resistencia que alcanzase, ni
yo podía responder de que a lo mejor no saltase el resorte.
Por ahora, la victoria del fraile era puramente material. De la moral
podía gloriarme yo. ¡Y dijese lo que dijese el moro... cuán débiles
mis armas y pertrechos! El Padre, apoyándose en creencias y principios
arraigados en el alma de aquella mujer; teniendo por cómplices a la ley
y a la sociedad; con el cielo en una mano y el infierno en la otra,
para premiar la virtud o castigar el delito... y yo, sin más que el
sentimiento; yo, que representaba para Carmen la infracción del deber,
la mancha del honor, el atropello de las convicciones, la vergüenza, el
crimen y la pérdida del alma. No militaba en mi favor sino la fuerza
que en los minerales se conoce por afinidad, y por amor en los seres
orgánico-racionales: fuerza que en todos existe latente y solo aguarda
favorable ocasión para revelar su poder. Y así, inerme, o, mejor dicho,
armado únicamente con las armas naturales, sabía que en mí recaería
el triunfo; que todos los dictados de la razón, todos los preceptos y
mandamientos de la religión, todos los sermones del Padre, no bastarían
para que aquella mujer no _aborreciese_ a su marido y me _quisiese_ a
mí muy de adentro... ¡Este era el lauro!
Lauro noblemente ganado si yo salía, cuanto antes, de casa de mi tío.
Irme pronto... ¿De qué manera? Ese problemita sí que no se resuelve
fácilmente en mis circunstancias. Había que decirle a D. Felipe: «Me
voy.» A mi madre: «Dispóngase a pagar un dineral de posada, o lo que
para sus medios equivale a un dineral.» Y al mundo, al microscosmos de
nuestro círculo: «Salgo de aquí. Piensen lo que gusten, yo salgo. Bien
comprenderán que hay gato encerrado cuando me voy quince o veinte días
antes de los exámenes.»
Determinado a romper por todo antes que dejarme estar, fui, no
obstante, dando largas. No me atrevía a volver a San Carlos mientras
no pusiese por obra mi resolución. Mi tía, en cambio, visitaba al
Padre diariamente, y por ella y por el doctorcillo Saúco sabía yo
noticias del estado del enfermo, que, a decir verdad, era lastimoso.
Habían hecho con el pobre Aben Jusuf verdaderas diabluras: suponiendo
que tenía la enfermedad en el hueso de la pierna, le cloroformizaron
dos veces para abrirle calicatas en la tibia por medio de barrenos y
berbiquíes.
--Nada --exclamaba el doctorcillo--, que con toda su ciencia (digámoslo
muy bajo), Sánchez del Abrojo y el marqués de la Salud le yerran la
cura. Han trabajado en él como los carpinteros en la madera. Te digo
que me le han destrozado al infeliz; él creyó dos o tres veces que
era la de vámonos, y pidió los sacramentos y se dispuso en regla... Es
mozo terne y bragado. No tenía miedo ninguno, por más que confesaba
que no le hacía pizca de chiste el morir. ¡Qué lástima de hombre! Pues
que aquí te corto, y allí te sajo, y acullá te pincho...; y luego
salimos con que no había tal caries del hueso, sino una inflamación del
periostio...
--A mí háblame en castellano claro. Nada de palabrotas.
--Chico, periostio es la membrana que rodea...
--Bueno: ¿qué se deduce de esa membrana? ¿Que el fraile escapa o se las
lía?
--No sabemos. Muy comprometido se encuentra, y mucho tiempo andará
con muletas, si llega a contarlo. Siempre le quedará un portillo.
Lo que te juro es que yo no he visto hombre de más amistades ni que
inspire mayores simpatías. Todos le queremos bien, lo mismo internos
que profesores; lo mismo las hermanas que los mozos del anfiteatro.
Nos tiene seducidos por lo campechano y lo animoso. Diariamente vienen
a visitarle muchas señoras. Nos da lástima. Es un tío que ha cumplido
bien con las obligaciones de su profesión, haciendo una vida y llevando
un régimen muy contrarios a su temperamento... Lo que sucede es lógico;
no debe quejarse; así es que no se queja; dice y repite que está
conforme con cuanto disponga Dios. Lo repito; mimado de señoras, como
nadie. Una de las más asiduas es tu tía.
Ocurrióseme, al decir esto el doctorcillo, que para hablar un momento a
solas con la Carmen, lo mejor era esperarla a la entrada o a la salida
del hospital. Así lo hice. Al verla bajarse del tranvía de Atocha,
acerqueme a ella con rapidez. Sorprendiose, y al través del velo de
blonda pude notar el vivo rubor que se extendió por su rostro.
--Hola... ¿Tú por aquí, Salustio? --preguntó disimulando--. ¿Vienes a
ver al Padre? Sube, que entraremos juntos.
--No vengo a ver al Padre, sino a ti --contesté resueltamente--. Como
en casa te me escurres de entre los dedos, tengo que arreglármelas para
encontrarte en otros sitios. ¿Quieres hacerme el favor de apartarte de
la puerta y oírme? Cuestión de un minuto.
Dudó, y por fin se avino a aproximarse a la esquina de la calle del
Fúcar.
--Quiero decirte --pronuncié tratando de hablar con aplomo y no
sabiendo reprimir la agitación-- que me voy de tu casa. Me voy sin
aguardar a que pasen los exámenes. Pretexto, yo lo buscaré; pierde
cuidado. Pero no quiero estar más allí.
--Tú... Pues haces bien... Ya me lo esperaba.
--¿Hago bien, verdad?
--Sí... Yo creo que sí.
--Eso quería saber... Nada más. Ahora... vuélvete a San Carlos. Si pasa
alguno y nos ve aquí... Vuélvete. No: antes escucha otra palabrita. Me
voy de tu casa, pero no me aparto de ti. Contigo estoy siempre, a todas
horas. ¿Me has entendido?
Por detrás del enrejado de blonda la vi parpadear, demudarse, querer
contestar algo y no poder... Me parecía que el golpear de su corazón
hería a intervalos la estirada seda de su corpiño, y que en sus labios
palpitaba una frase pretendiendo salir... Mas, en vez de hablar,
alargome la mano, que cogí y deshice entre las mías. ¡Ay, Dios!
no sabía soltarla... La evidencia de ser querido era para mí tan
contundente y tan deliciosa, que me sentía del todo enajenado, en esa
situación psíquica en que somos capaces de un desatino, y conociendo
bien que es desatino, conocemos igualmente que no podríamos dejar de
cometerlo. Estábamos los dos así, aturdidos, ella sin desprender su
mano, yo sin aflojarla... Pasó un chiquillo silbando y arrastrando un
carrito de madera; el estrépito del tranvía hizo retemblar el suelo...
y nos encontramos desasidos, ella caminando hacia el hospital, yo
inmóvil en la misma esquina.
Aquel día, al regresar a casa, planteé la cuestión de cambio de
alojamiento. El pretexto se me había ocurrido al quedarme plantado en
la bocacalle como un guarda cantón. Aseguré a mi tío que para salir
airoso de los exámenes, necesitaba repasar con mis condiscípulos. Él me
miró, calando con sus duras pupilas hasta el hondo de mi pensamiento.
--Tu verás lo que haces --respondiome--. No te digo ni sí ni no. Las
fondas cuestan. No sé cómo lo tomará tu madre.
Y al mismo tiempo su expresión, más repulsiva cada vez, parecía añadir:
«Vete enhorabuena. Tu presencia es enfadosa. Hice mal en traerte
conmigo. Cuanto menos bultos, más claridad.»
Fuera de allí, pues, escribí a mi madre que me convenía repasar...
etcétera... y me instalé en casa de doña Jesusa. La compañía de Portal
me hizo bien, y por vez primera, después de bastantes meses, pensé en
una cosa muy sencilla, muy insignificante, muy tonta... ¡En que sería
conveniente aprobar el curso!
¡Realidad brutal y opresora! Cuando más queremos construir libremente
el edificio de la vida soñada, acudes y nos pegas un empellón,
recordándonos que hay en nuestro existir parte de mecanismo, de
engranaje fatal, del que solo nos evadimos por medio de la poesía, la
locura, el amor o la muerte. ¡Insufrible serie de ruedecitas dentadas,
que van mordiéndose y comunicándose el movimiento esclavizador de
nuestra fantasía y de nuestra sangre impetuosa, las cuales reclaman
imprevistos, aventura, romance, drama!
Todo lo anterior significa que yo no estaba demasiado dispuesto a
sufrir el examen. ¡Ay de mí! La atmósfera, cálida ya, de aquellos días
de junio olía terriblemente a calabazas. Estábamos los de la Escuela
que no nos llegaba la camisa al cuerpo; y sobre todo los que, como yo,
se habían permitido divagaciones y extraordinarios, lujo vedado al
alumno de ingenieros. Recordaba con horripilación que tenía en mi hoja
faltas de asistencia no justificadas, con otras de puntualidad, que si
no llegaban al corto número reglamentario, suficiente para fundar la
pérdida del curso, eran bastantes para calificarme de alumno descuidado
y despertar en el tribunal una prevención que había de traducirse por
mayor rigor en las preguntas. Así como el acróbata que ha descansado
mucho tiempo conoce la falta de flexibilidad en sus articulaciones
y teme desgraciarse en la primer plancha, yo, oxidado por mi larga
residencia en el país imaginario, me estremecía pensando en el instante
crítico del llamamiento.
Con ardor de última hora me enfrasqué en los libros. Ciertas
asignaturas no me entraban, no tanto por su dificultad, sino porque
antes de meterles el diente había que sacudir la capa del polvo
gris del aburrimiento y del fastidio. No se necesita gran esfuerzo
intelectual para comprender pasajes como el siguiente, del _Tratado
de las construcciones en el mar_: «Poëy llama la atención sobre una
nube de forma especial (_globo cirro_ y _globo cúmulo_), figurando
bolsas o vejigas, indicio seguro de tempestad inminente, que los
meteorologistas ingleses denominan _Pocky cloud_ o _nube pustulada_...»
Tampoco se requiere ser ningún Newton para hacerse cargo de que «los
_fracto cúmulos_ son las nubes más bajas, según Poëy, irregulares
y desgarradas en sus bordes, que, moviéndose con gran velocidad,
atraviesan rápidamente la región cenital; en lo cual difieren de los
_cúmulos_, que parecen estar inmóviles en el horizonte, por más que,
según algunos, esta inmovilidad sea solo aparente». ¡Pero apréndase
usted el relato de memoria sin omitir sílaba y poniendo mucho cuidado
en no trabucar los _fracto cúmulos_ y los _cúmulos_! ¡Atráquese usted
en dos o tres semanas de _puertos y señales marítimas_, de _caminos
de hierro_, de _economía política_, de _derecho administrativo_, de
_legislación de obras públicas_, cuando en el espíritu no hay sino
conflagración y tormenta, y en la cabeza las vegetaciones azules y
doradas del jardín de la fantasía!
¿Recuerdan ustedes aquella especie de símbolo con que yo solía expresar
mi estado moral y psicológico, suponiendo que mi cerebro era un campo
de batalla donde lidiaban incesantemente las rectas y las curvas,
encarnando las rectas la vida real, el buen sentido y los severos
estudios, y las curvas la imaginación y la pasión? Pues en el último
período de mis trabajos, cuando convenía apretar las clavijas y echarme
en brazos de las rectas, las curvas habían vencido, y un imposible, una
novela, un extravío, un fantasma me sacaban de quicio, entregándome al
desorden y a la irregularidad, y retrasando una vez más el término de
mi carrera --la emancipación.
Quise recobrar en breve plazo el tiempo malamente perdido. El salir mis
tíos a su excursión veraniega me devolvió un poco de serenidad para
consagrarme a los libros. En ellos me sepulté, pasándome las noches
en claro a fuerza de tazas de ese brebaje que conocemos por _café de
exámenes_, y que hacemos echando un puñado de café a hervir en un
puchero hasta que suelta todo el jugo, y bebiéndonos después a pasto
la amarga infusión. Fue aquello una desesperada gimnasia mental, una
carrera loca para recuperar lo que no se asimila en días, ni en meses.
A veces sentía vértigos; parecíame que mi masa encefálica se volvía
caldo y mi sangre se carbonizaba, por falta de sueño, de paseo y de
reposo. Me acostaba cuando ya cantaban los pajaritos; dormía cuatro
horas escasas; y el cuerpo no me pedía alimento; en ciertos momentos
del día tuve hasta fiebre.
Como suele suceder en casos tales, hociqué precisamente en lo más
fácil: en el condenado _derecho administrativo_. Respondí con
lucimiento a dos preguntas, y al formularme la tercera, que carecía
completamente de importancia, advertí como un agujero en mi cabeza, un
espacio vacío donde no se dibujaba ni la nebulosa de una idea referente
a aquella parte del interrogatorio. Lo dije con absoluta sinceridad:
--No me acuerdo.
Y al regresar a casa, con el _suspenso_ sobre el espíritu, ¡empieza a
delinearse sobre el fondo de la memoria la necesaria respuesta...! Como
placa fonográfica que en momentos dados repite los sonidos un tiempo
depositados en ella, mi memoria devolvía automáticamente --cuando no se
necesitaba ya-- la definición y las palabras mismas del libro... De tal
modo me irritó aquella inútil y tardía facultad, que me di un puñetazo
en la frente. Si pudiese emprenderla a cachetes con la memoria... la
emprendo, de fijo.