Y entretanto, ¿qué hacía la tití? ¡Ay! es lo único que aliviaba mi
rabioso tormento: sufrir, sufrir probablemente cien veces más que
yo. Sorprendida por la repentina asiduidad del esposo, doblaba el
cuello; pero se desmejoraba, demacrábase su faz, y sus ojos relucían,
como ascuas atizadas por la fiebre, detrás de los negruzcos párpados.
Cualquier indiferente pensaría al mirarla: «Esta mujer está enferma.
Peligra si no se cuida.»
Ocurrióseme un día hacer lo nunca hecho: seguirla cuando iba por la
mañana a sus devociones. No sospechando que la atisbaba nadie, se
entregaría libremente a aquella pena, único alivio de las mías propias.
Puse por obra mi resolución. Dejando clases y dejándolo todo (¡qué me
importaban las clases! ¡qué me importaba cosa alguna!) me aposté en la
esquina aguardando que saliese Carmen. La vi aparecer, devocionario
en mano, rosario en muñeca, velo de blonda a la cara, no sé si por
modestia o porque el eterno instinto de coquetería de la mujer la
enseña a entrecubrir el rostro cuando en él asoman los estragos la
pena o de la edad. Iba con paso ligero, como persona deseosa de hacer
ejercicio y respirar aire sano. Por la calle de Jorge Juan bajó a la
plaza de Colón, y desde allí, con gran sorpresa mía, en vez de tomar
hacia el Prado para dirigirse a las Pascualas, subió por la ronda
de Recoletos. Diríase que, más que iglesia y oraciones, necesitaba
esparcimiento, soledad, un paseo agitado, la ilusión de cierta libertad
momentánea. Iba aprisa, tan aprisa, que el seguirla me costaba trabajo.
Corría lo mismo que si huyese de sí propia o de algún perseguidor. No
de mí: ni me había visto, ni me evitaría aunque me viese; al menos tal
era mi convicción íntima.
Al final de la ronda dudó un instante qué dirección tomaría; por fin,
describiendo con viveza un arco de círculo, se metió por la luenga
calle de Almagro.
--¡Cosa más rara! --discurría yo--. Lo que es por aquí, no hay ninguna
iglesia de las que ella suele frecuentar.
No la había tampoco en la calle del Cisne, por donde torció hacia
Chamberí. Era evidente que aquel correteo insensato ni tenía objeto,
ni finalidad, ni cosa que lo valga. Al fin llegó a las inmediaciones
de una iglesia; dudó breves instantes, y acabó por no pasar el umbral
del templo. Este suceso, insignificante en apariencia, me dio en qué
discurrir.
¿No iba a la iglesia? ¿Por qué? ¿Es que no se atrevía a consultar
con Dios sus pensamientos? ¿Es que Dios no tenía ya fuerzas para
consolarla? ¿Es que la desesperación avasallaba tanto su espíritu, que
no la permitía acudir adonde siempre encontraron alivio sus males?
Casualmente la misma tarde se vio mi tío obligado a ir al salón de
Conferencias para activar no sé qué intriga, y Carmen se quedó en
casa. Por no infundirla recelo, yo también salí, pero volví al cuarto
de hora. Llamé despacito, a fin de que ella no prestase atención al
campanilleo. Entré haciendo el menor ruido posible hacia su cuarto, y
la sorprendí como deseaba.
Sentada, o, por mejor decir, caída en el diván; con la labor abandonada
sobre el regazo; la cesta de los ovillos de lana a sus pies; las
manos cruzadas y casi crispadas en torno de las rodillas; los ojos
enturbiados por el dolor; la boca contraída en amargo pliegue; los
pies juntos, como si cansados de recorrer penosos caminos aspirasen a
inacción eterna... así la encontré. Había entrado sin que me viese, y
pude considerarla buen rato. Al fin, no sé si el magnetismo con que la
mirada llama por la mirada, u otra causa inexplicable, la avisó de mi
presencia: se estremeció, se puso en pie, y sin decir palabra me dejó
acercarme.
Cuando me vio a su lado, súbitamente, adoptando una resolución,
pronunció algo semejante a lo que leerán ustedes:
--Oye, Salustio: voy a pedirte un favor por Dios y por lo que más
quieras. Que no hagas estas tonterías de acecharme y de seguirme:
Tú llevarás la mejor intención del mundo; pero confiesa que es una
conducta rara... y, sobre todo, que me haces mucho daño, creyendo
hacerme bien; que me angustias. Te lo repito: me afliges, me mortificas
atrozmente. Si es eso lo que te propones...
--Carmen --le contesté con no menor vehemencia, y nombrándola, acaso
por primera vez, sin el diminutivo regional--: tú ves visiones,
y quieres hacérmelas ver a mí. Ni te molesta el interés que te
demuestro, ni ese es el camino. Al contrario, te agrada: es lo único
que te consuela. Y como te consuela y te agrada, pobre mártir, por
eso, cabalmente por eso, tienes escrúpulos de una compensación tan
insignificante, y has determinado privarte de ella. Lo sé, lo sé, lo
adivino...
--Pues adivinas tonterías, y no sabes lo que te dices --contestó ella
briosamente, muy nerviosa--. Ni hay tal alivio, ni tal compensación, ni
absolutamente nada de eso. El llamarme mártir es un romanticismo bobo.
Hazme el obsequio de decirme en qué soy mártir. ¡Mártir, mártir! ¡A
cualquier cosa llaman martirio! ¡Qué ridiculez!
Bajo el influjo de su exaltación, accionaba, sus mejillas se
arrebataban, llenábanse sus ojos de reprimidas lágrimas. No me arredré:
comprendí lo campal de la batalla, y que la misma cólera de mi tía daba
un mentís a sus afirmaciones. Conocí que estaba la señora de Unceta
en uno de esos momentos en que el sentimiento hierve y se desborda, y
en que se puede sacar partido de la fermentación del alma. Si yo me
hallase enteramente dueño de mí, tranquilo y frío, tenía asegurada la
mejor parte en la lucha; pero lo malo es que yo también empezaba a
descomponerme. Mi sangre bullía, mi lengua no acertaba a dar forma a
los pensamientos.
--Tití, cálmate --la dije--. Razonemos. No me niegues que tu vida es
un martirio... Mira que yo, con esta manía de acecharte, sé mejor que
tú misma lo que te pasa. Te he seguido día por día. ¡Como no pienso en
otra cosa!
--Muy mal hecho --declaró la tití llorando casi.
--Muy mal, convenido, como quieras... detestablemente... pero es
así. Desde el Tejo, desde tu conferencia con el fraile... ya ves que
te lo confieso sin ambajes ningunos... desde el Tejo no he perdido
ripio. He visto la paciencia valerosa de los primeros días... y la
procesión que andaba por adentro; que andaba, señora, no me lo oculte
usted. Después la alegría de la emancipación, cuando... cuando se...
aflojaron ciertos nudos. ¡Ay, tití! ¡Qué alegre y qué guapa te habías
puesto entonces! Y luego... _lo de ahora_... la calentura, la quina que
tragas, lo que te consumes allá en tu interior... No, déjame acabar,
que he de decírtelo. ¿Conque no es esto suplicio, y suplicio cruel?
¿O los martirios solo consisten en aquellas salvajadas que cuenta el
Año Cristiano, los potros y los ecúleos, y los garfios de hierro que
arrancan las costillas? ¡Carmen, Carmen! A otros engañarás, a mí no. No
solo eres mártir, sino que eres santa, y a los santos...
Completé la frase con la acción; me incliné, y cogiendo a bulto
por donde pude la bata de mi tía, la besé. Ella se echó atrás con
violencia, y gritó entre ahogado llanto:
--Como vuelvas a decir ni a hacer bobadas así... o me voy de casa,
o digo a mi marido que te ponga en la calle. Me estás molestando,
pero de verdad, con tus consuelos, y tus novelerías, y tus comedias.
Si me llamas santa otra vez, créelo, no te dirijo la palabra en mi
vida, suponiendo que te mofas de mí descaradamente. ¡Cuidado con mi
santidad! ¿Y quién te mete a ti a hablar de santos? Tú tienes unas
ideas religiosas... así... nada más que medianas; lo que es de santos,
confiesa que no entiendes ni pizca. Vaya, que si yo fuese santa...
¿para qué quería más? ¡Pues ya me había caído el premio gordo! ¡Santa!
Me daría por contenta con ser buena, sin añadiduras. Tú no has leído
vidas de santas ni de santos. Lo menos que hicieron fue dejarse
cortar la cabeza o asar en las parrillas (al decir esto, se rio
nerviosamente). ¿Crees tú que se contentaron con morir, y que por esa
hombrada sola se fueron al cielo derechitos? ¡Anda, anda! La vida de
los santos, antes del instante de prueba, había sido ya una serie de
méritos. No habían aborrecido a nadie; habían dominado constantemente
sus pasiones, y habían vivido como ángeles. Y yo...
--Y tú te juntas al que aborreces --interrumpí--, y tú te alejas del
que... te es simpático... y tú trituras tus pasiones como la santa más
pintada. No me vengas con santas a mí... Ninguna hizo más que tú.
--¡Avemaría, qué barbaridad! --exclamó sinceramente--. Si no estuviese
tan incomodada por tus desatinos, ahora me reía a carcajadas. Hay para
estarse riendo un año (y al decir esto se le soltó una lágrima gruesa,
rápida y de esa bonita forma de perla que tienen las de las imágenes).
Te digo que sí, que a carcajadas me reía, hombre. Las santas que siendo
reinas se fueron a los hospitales a cuidar enfermos asquerosos; las
santas que andaban llenas de cilicios que les hacían llagas y costras;
las santas que comían diariamente un mendrugo de pan o unas hierbas
cocidas y mezcladas con ceniza... ¡Hijo! No más simplezas; soy una
pecadora... y esta conversación es ociosa y tontísima. No viene al caso
que la llevemos adelante.
Sentí una revolución en mi ser. No me reprimo en aquel instante si
me ofrecen la gloria. Estábamos solos en la casa, porque los criados
hallábanse recluidos en la cocina, al extremo del largo pasillo.
Comprendí que rara vez vería a mi tití tan fuera de su reserva
acostumbrada; o, mejor dicho, no reflexioné sobre el caso, sino que me
dejé llevar del instinto, el más seguro consejero en guerra y en amor,
y ataqué a la pobrecilla con este inesperado ardid:
--Pues ya que te empeñas... pecadora serás. Si es pecado lo que se hace
contra toda voluntad, lo que nos impone una fuerza superior a nosotros
mismos... entonces, pecadora eres, a pesar de tus buenos propósitos.
Alzó la cabeza y me miró con inquietud y ansiedad.
--¿Que te repugna tu esposo? --osadamente--. ¿Que no le puedes sufrir?
Pues más mérito si le sufres. ¿Que mi compañía te presta... alguna
distracción... o algún consuelo? Pues más mérito... más mérito si
huyes de mí, y no me permites que me acerque, y ahora mismo te desvías
y te arrinconas en el diván para no tocarme ni al pelo de la ropa.
¡Santa, santiña! También para ti hay tentación y corona... No todos los
cilicios son de cerdas, ni es el pan duro y las hierbas sin sal la
comida que peor sabe... ¿Verdad, Carmiña? ¿Verdad? Di que sí.
Articulé estas últimas palabras en voz baja, y con ese tono pasional,
que ni se finge, ni se oye impunemente. Fascinada por el mismo terror
que la causaban sus impresiones, mi tití calló, volviendo el rostro.
Así permaneció un momento, que yo aproveché para asir otra vez su
vestido (no me atreví a las manos) y besarlo con tal unción, que ella
gritó como si la mordiese en su carne:
--¡Salustio! ¡Salustio!... De vergüenza estoy que no sé lo que me
pasa... O te vas, o salgo a la ventana y grito... Te digo que te
vayas... y también que no vuelvas a hablarme en tu vida de semejantes
cosas... Es ridículo y bochornoso... Pero tú ¿qué te has figurado?
Hasta me tiembla la voz... ¿No comprendes que es una cobardía muy
grande meterse con quien no tiene defensa?... ¡Cobarde! No me importa
que te parezca mal... Viéndote tan inconveniente me crezco... Ahora te
digo que vas a irte por la posta.
Yo me había corrido algo en aquella extraña conversación. No podía
retroceder; no había términos hábiles. Además, mi sangre, mi cabeza, mi
corazón, eran cráteres furiosos. No contesté, pero mi mismo silencio me
dio fuerzas para sujetarla por la ropa y cogerla con dulce violencia
las manecitas, contra las cuales apoyé mis mejillas ardorosas y mis
ojos, y restregué la frente sintiendo felicidad indecible, balbuciendo
sílabas que pretendían, sin conseguirlo, formar palabras. Levanté
después la cara y miré a Carmiña sonriendo, enajenado de ventura, sin
soltar sus delgadas muñecas. Era mi mirada más elocuente que cuantas
declaraciones pudiesen dirigirse a una mujer. Ella no necesitaba que yo
le dijese lo que sentía; mis ojos, mi actitud, mi turbada voz sobraban
para declararme. Hubo un momento en que por su rostro se esparció otra
sonrisa tan luminosa como la mía; pero duró muy poco, reemplazándola
una expresión de terror vivísima. Sin enfado, sin cólera, en tono
suplicante, exclamó:
--Déjame, por Dios. Tengo que arreglarme y bajar a casa de Barrientos.
--No es verdad. Acaban de salir a paseo. Las he visto. Ni te toco, ni
te sujeto --y al decir esto aflojé las manos--. Quiero convencerte de
lo fácil que es matarle a uno de alegría. ¡Ay! permíteme que respire,
porque soy capaz de ahogarme.
Me levanté y di tres o cuatro agitados paseos por el gabinete. Reía
y lloraba a un tiempo. El convencimiento de la realidad tanto tiempo
sospechada me aturdía, y, a poder, me hubiese alejado de allí como el
niño que roba dulces y tiene prisa de huir para comérselos a solas.
Carmiña, encogida en el ángulo del diván, escondía la cabeza entre las
manos. Lo que para mí era revelación de ventura, constituía para ella
el descubrimiento de un crimen. Ahora veía la mujer fuerte que yo no
era meramente el sobrinillo cariñoso y animado, la cara simpática de
la familia, sino el _hombre_ --aquel ser que la mujer apetece como la
materia apetece la forma--, el único _hombre_ del mundo, porque los
demás no tienen existencia real en la esfera del sentimiento... Ahora
comprendía que su alma, al huir de los brazos conyugales, donde solo
quedaba el cuerpo inerte, se iba en busca de otra alma, la mía, sin
saberlo y sin permiso de la honrada voluntad. Ahora averiguaba por
qué no tenía ánimos para entrar en la iglesia, por qué adelgazaba,
por qué sufría, por qué le hacía daño el sonido de las teclas al
recorrerlas sus dedos, por qué se sentía tan alterada y tan... así...
cuando la mujer buena ha de poseer un espíritu apacible, respirar
placidez y serenidad, y dejar las crispaciones y las borrascas para las
conciencias culpables y los corazones manchados e infieles...
En medio de mi alteración adiviné todo esto. El respeto, la lástima, el
cariño delirante me dictaron la línea de conducta más discreta. Y fue
acercarme a ella y decirla:
--Carmiña, ya me voy... Salgo de casa. No quiero que tengas por mí ni
un minuto de contrariedad. No te pregunto nada. Sé cuanto me importaba
saber. Ahora no te acecho más. Soy para ti como un hermano... ¿lo oyes?
Quita esas manos de la cara, y déjame que te vea... que ya me marcho.
Separó las manos y apareció con los ojos secos, asombrados, mortalmente
pálida. Pero al verme sonreír y dirigirme hacia la puerta, su mirada
fue calmándose y destellando luz.