VIII

Y entretanto, ¿qué hacía la tití? ¡Ay! es lo único que aliviaba mi

rabioso tormento: sufrir, sufrir probablemente cien veces más que

yo. Sorprendida por la repentina asiduidad del esposo, doblaba el

cuello; pero se desmejoraba, demacrábase su faz, y sus ojos relucían,

como ascuas atizadas por la fiebre, detrás de los negruzcos párpados.

Cualquier indiferente pensaría al mirarla: «Esta mujer está enferma.

Peligra si no se cuida.»

Ocurrióseme un día hacer lo nunca hecho: seguirla cuando iba por la

mañana a sus devociones. No sospechando que la atisbaba nadie, se

entregaría libremente a aquella pena, único alivio de las mías propias.

Puse por obra mi resolución. Dejando clases y dejándolo todo (¡qué me

importaban las clases! ¡qué me importaba cosa alguna!) me aposté en la

esquina aguardando que saliese Carmen. La vi aparecer, devocionario

en mano, rosario en muñeca, velo de blonda a la cara, no sé si por

modestia o porque el eterno instinto de coquetería de la mujer la

enseña a entrecubrir el rostro cuando en él asoman los estragos la

pena o de la edad. Iba con paso ligero, como persona deseosa de hacer

ejercicio y respirar aire sano. Por la calle de Jorge Juan bajó a la

plaza de Colón, y desde allí, con gran sorpresa mía, en vez de tomar

hacia el Prado para dirigirse a las Pascualas, subió por la ronda

de Recoletos. Diríase que, más que iglesia y oraciones, necesitaba

esparcimiento, soledad, un paseo agitado, la ilusión de cierta libertad

momentánea. Iba aprisa, tan aprisa, que el seguirla me costaba trabajo.

Corría lo mismo que si huyese de sí propia o de algún perseguidor. No

de mí: ni me había visto, ni me evitaría aunque me viese; al menos tal

era mi convicción íntima.

Al final de la ronda dudó un instante qué dirección tomaría; por fin,

describiendo con viveza un arco de círculo, se metió por la luenga

calle de Almagro.

--¡Cosa más rara! --discurría yo--. Lo que es por aquí, no hay ninguna

iglesia de las que ella suele frecuentar.

No la había tampoco en la calle del Cisne, por donde torció hacia

Chamberí. Era evidente que aquel correteo insensato ni tenía objeto,

ni finalidad, ni cosa que lo valga. Al fin llegó a las inmediaciones

de una iglesia; dudó breves instantes, y acabó por no pasar el umbral

del templo. Este suceso, insignificante en apariencia, me dio en qué

discurrir.

¿No iba a la iglesia? ¿Por qué? ¿Es que no se atrevía a consultar

con Dios sus pensamientos? ¿Es que Dios no tenía ya fuerzas para

consolarla? ¿Es que la desesperación avasallaba tanto su espíritu, que

no la permitía acudir adonde siempre encontraron alivio sus males?

Casualmente la misma tarde se vio mi tío obligado a ir al salón de

Conferencias para activar no sé qué intriga, y Carmen se quedó en

casa. Por no infundirla recelo, yo también salí, pero volví al cuarto

de hora. Llamé despacito, a fin de que ella no prestase atención al

campanilleo. Entré haciendo el menor ruido posible hacia su cuarto, y

la sorprendí como deseaba.

Sentada, o, por mejor decir, caída en el diván; con la labor abandonada

sobre el regazo; la cesta de los ovillos de lana a sus pies; las

manos cruzadas y casi crispadas en torno de las rodillas; los ojos

enturbiados por el dolor; la boca contraída en amargo pliegue; los

pies juntos, como si cansados de recorrer penosos caminos aspirasen a

inacción eterna... así la encontré. Había entrado sin que me viese, y

pude considerarla buen rato. Al fin, no sé si el magnetismo con que la

mirada llama por la mirada, u otra causa inexplicable, la avisó de mi

presencia: se estremeció, se puso en pie, y sin decir palabra me dejó

acercarme.

Cuando me vio a su lado, súbitamente, adoptando una resolución,

pronunció algo semejante a lo que leerán ustedes:

--Oye, Salustio: voy a pedirte un favor por Dios y por lo que más

quieras. Que no hagas estas tonterías de acecharme y de seguirme:

Tú llevarás la mejor intención del mundo; pero confiesa que es una

conducta rara... y, sobre todo, que me haces mucho daño, creyendo

hacerme bien; que me angustias. Te lo repito: me afliges, me mortificas

atrozmente. Si es eso lo que te propones...

--Carmen --le contesté con no menor vehemencia, y nombrándola, acaso

por primera vez, sin el diminutivo regional--: tú ves visiones,

y quieres hacérmelas ver a mí. Ni te molesta el interés que te

demuestro, ni ese es el camino. Al contrario, te agrada: es lo único

que te consuela. Y como te consuela y te agrada, pobre mártir, por

eso, cabalmente por eso, tienes escrúpulos de una compensación tan

insignificante, y has determinado privarte de ella. Lo sé, lo sé, lo

adivino...

--Pues adivinas tonterías, y no sabes lo que te dices --contestó ella

briosamente, muy nerviosa--. Ni hay tal alivio, ni tal compensación, ni

absolutamente nada de eso. El llamarme mártir es un romanticismo bobo.

Hazme el obsequio de decirme en qué soy mártir. ¡Mártir, mártir! ¡A

cualquier cosa llaman martirio! ¡Qué ridiculez!

Bajo el influjo de su exaltación, accionaba, sus mejillas se

arrebataban, llenábanse sus ojos de reprimidas lágrimas. No me arredré:

comprendí lo campal de la batalla, y que la misma cólera de mi tía daba

un mentís a sus afirmaciones. Conocí que estaba la señora de Unceta

en uno de esos momentos en que el sentimiento hierve y se desborda, y

en que se puede sacar partido de la fermentación del alma. Si yo me

hallase enteramente dueño de mí, tranquilo y frío, tenía asegurada la

mejor parte en la lucha; pero lo malo es que yo también empezaba a

descomponerme. Mi sangre bullía, mi lengua no acertaba a dar forma a

los pensamientos.

--Tití, cálmate --la dije--. Razonemos. No me niegues que tu vida es

un martirio... Mira que yo, con esta manía de acecharte, sé mejor que

tú misma lo que te pasa. Te he seguido día por día. ¡Como no pienso en

otra cosa!

--Muy mal hecho --declaró la tití llorando casi.

--Muy mal, convenido, como quieras... detestablemente... pero es

así. Desde el Tejo, desde tu conferencia con el fraile... ya ves que

te lo confieso sin ambajes ningunos... desde el Tejo no he perdido

ripio. He visto la paciencia valerosa de los primeros días... y la

procesión que andaba por adentro; que andaba, señora, no me lo oculte

usted. Después la alegría de la emancipación, cuando... cuando se...

aflojaron ciertos nudos. ¡Ay, tití! ¡Qué alegre y qué guapa te habías

puesto entonces! Y luego... _lo de ahora_... la calentura, la quina que

tragas, lo que te consumes allá en tu interior... No, déjame acabar,

que he de decírtelo. ¿Conque no es esto suplicio, y suplicio cruel?

¿O los martirios solo consisten en aquellas salvajadas que cuenta el

Año Cristiano, los potros y los ecúleos, y los garfios de hierro que

arrancan las costillas? ¡Carmen, Carmen! A otros engañarás, a mí no. No

solo eres mártir, sino que eres santa, y a los santos...

Completé la frase con la acción; me incliné, y cogiendo a bulto

por donde pude la bata de mi tía, la besé. Ella se echó atrás con

violencia, y gritó entre ahogado llanto:

--Como vuelvas a decir ni a hacer bobadas así... o me voy de casa,

o digo a mi marido que te ponga en la calle. Me estás molestando,

pero de verdad, con tus consuelos, y tus novelerías, y tus comedias.

Si me llamas santa otra vez, créelo, no te dirijo la palabra en mi

vida, suponiendo que te mofas de mí descaradamente. ¡Cuidado con mi

santidad! ¿Y quién te mete a ti a hablar de santos? Tú tienes unas

ideas religiosas... así... nada más que medianas; lo que es de santos,

confiesa que no entiendes ni pizca. Vaya, que si yo fuese santa...

¿para qué quería más? ¡Pues ya me había caído el premio gordo! ¡Santa!

Me daría por contenta con ser buena, sin añadiduras. Tú no has leído

vidas de santas ni de santos. Lo menos que hicieron fue dejarse

cortar la cabeza o asar en las parrillas (al decir esto, se rio

nerviosamente). ¿Crees tú que se contentaron con morir, y que por esa

hombrada sola se fueron al cielo derechitos? ¡Anda, anda! La vida de

los santos, antes del instante de prueba, había sido ya una serie de

méritos. No habían aborrecido a nadie; habían dominado constantemente

sus pasiones, y habían vivido como ángeles. Y yo...

--Y tú te juntas al que aborreces --interrumpí--, y tú te alejas del

que... te es simpático... y tú trituras tus pasiones como la santa más

pintada. No me vengas con santas a mí... Ninguna hizo más que tú.

--¡Avemaría, qué barbaridad! --exclamó sinceramente--. Si no estuviese

tan incomodada por tus desatinos, ahora me reía a carcajadas. Hay para

estarse riendo un año (y al decir esto se le soltó una lágrima gruesa,

rápida y de esa bonita forma de perla que tienen las de las imágenes).

Te digo que sí, que a carcajadas me reía, hombre. Las santas que siendo

reinas se fueron a los hospitales a cuidar enfermos asquerosos; las

santas que andaban llenas de cilicios que les hacían llagas y costras;

las santas que comían diariamente un mendrugo de pan o unas hierbas

cocidas y mezcladas con ceniza... ¡Hijo! No más simplezas; soy una

pecadora... y esta conversación es ociosa y tontísima. No viene al caso

que la llevemos adelante.

Sentí una revolución en mi ser. No me reprimo en aquel instante si

me ofrecen la gloria. Estábamos solos en la casa, porque los criados

hallábanse recluidos en la cocina, al extremo del largo pasillo.

Comprendí que rara vez vería a mi tití tan fuera de su reserva

acostumbrada; o, mejor dicho, no reflexioné sobre el caso, sino que me

dejé llevar del instinto, el más seguro consejero en guerra y en amor,

y ataqué a la pobrecilla con este inesperado ardid:

--Pues ya que te empeñas... pecadora serás. Si es pecado lo que se hace

contra toda voluntad, lo que nos impone una fuerza superior a nosotros

mismos... entonces, pecadora eres, a pesar de tus buenos propósitos.

Alzó la cabeza y me miró con inquietud y ansiedad.

--¿Que te repugna tu esposo? --osadamente--. ¿Que no le puedes sufrir?

Pues más mérito si le sufres. ¿Que mi compañía te presta... alguna

distracción... o algún consuelo? Pues más mérito... más mérito si

huyes de mí, y no me permites que me acerque, y ahora mismo te desvías

y te arrinconas en el diván para no tocarme ni al pelo de la ropa.

¡Santa, santiña! También para ti hay tentación y corona... No todos los

cilicios son de cerdas, ni es el pan duro y las hierbas sin sal la

comida que peor sabe... ¿Verdad, Carmiña? ¿Verdad? Di que sí.

Articulé estas últimas palabras en voz baja, y con ese tono pasional,

que ni se finge, ni se oye impunemente. Fascinada por el mismo terror

que la causaban sus impresiones, mi tití calló, volviendo el rostro.

Así permaneció un momento, que yo aproveché para asir otra vez su

vestido (no me atreví a las manos) y besarlo con tal unción, que ella

gritó como si la mordiese en su carne:

--¡Salustio! ¡Salustio!... De vergüenza estoy que no sé lo que me

pasa... O te vas, o salgo a la ventana y grito... Te digo que te

vayas... y también que no vuelvas a hablarme en tu vida de semejantes

cosas... Es ridículo y bochornoso... Pero tú ¿qué te has figurado?

Hasta me tiembla la voz... ¿No comprendes que es una cobardía muy

grande meterse con quien no tiene defensa?... ¡Cobarde! No me importa

que te parezca mal... Viéndote tan inconveniente me crezco... Ahora te

digo que vas a irte por la posta.

Yo me había corrido algo en aquella extraña conversación. No podía

retroceder; no había términos hábiles. Además, mi sangre, mi cabeza, mi

corazón, eran cráteres furiosos. No contesté, pero mi mismo silencio me

dio fuerzas para sujetarla por la ropa y cogerla con dulce violencia

las manecitas, contra las cuales apoyé mis mejillas ardorosas y mis

ojos, y restregué la frente sintiendo felicidad indecible, balbuciendo

sílabas que pretendían, sin conseguirlo, formar palabras. Levanté

después la cara y miré a Carmiña sonriendo, enajenado de ventura, sin

soltar sus delgadas muñecas. Era mi mirada más elocuente que cuantas

declaraciones pudiesen dirigirse a una mujer. Ella no necesitaba que yo

le dijese lo que sentía; mis ojos, mi actitud, mi turbada voz sobraban

para declararme. Hubo un momento en que por su rostro se esparció otra

sonrisa tan luminosa como la mía; pero duró muy poco, reemplazándola

una expresión de terror vivísima. Sin enfado, sin cólera, en tono

suplicante, exclamó:

--Déjame, por Dios. Tengo que arreglarme y bajar a casa de Barrientos.

--No es verdad. Acaban de salir a paseo. Las he visto. Ni te toco, ni

te sujeto --y al decir esto aflojé las manos--. Quiero convencerte de

lo fácil que es matarle a uno de alegría. ¡Ay! permíteme que respire,

porque soy capaz de ahogarme.

Me levanté y di tres o cuatro agitados paseos por el gabinete. Reía

y lloraba a un tiempo. El convencimiento de la realidad tanto tiempo

sospechada me aturdía, y, a poder, me hubiese alejado de allí como el

niño que roba dulces y tiene prisa de huir para comérselos a solas.

Carmiña, encogida en el ángulo del diván, escondía la cabeza entre las

manos. Lo que para mí era revelación de ventura, constituía para ella

el descubrimiento de un crimen. Ahora veía la mujer fuerte que yo no

era meramente el sobrinillo cariñoso y animado, la cara simpática de

la familia, sino el _hombre_ --aquel ser que la mujer apetece como la

materia apetece la forma--, el único _hombre_ del mundo, porque los

demás no tienen existencia real en la esfera del sentimiento... Ahora

comprendía que su alma, al huir de los brazos conyugales, donde solo

quedaba el cuerpo inerte, se iba en busca de otra alma, la mía, sin

saberlo y sin permiso de la honrada voluntad. Ahora averiguaba por

qué no tenía ánimos para entrar en la iglesia, por qué adelgazaba,

por qué sufría, por qué le hacía daño el sonido de las teclas al

recorrerlas sus dedos, por qué se sentía tan alterada y tan... así...

cuando la mujer buena ha de poseer un espíritu apacible, respirar

placidez y serenidad, y dejar las crispaciones y las borrascas para las

conciencias culpables y los corazones manchados e infieles...

En medio de mi alteración adiviné todo esto. El respeto, la lástima, el

cariño delirante me dictaron la línea de conducta más discreta. Y fue

acercarme a ella y decirla:

--Carmiña, ya me voy... Salgo de casa. No quiero que tengas por mí ni

un minuto de contrariedad. No te pregunto nada. Sé cuanto me importaba

saber. Ahora no te acecho más. Soy para ti como un hermano... ¿lo oyes?

Quita esas manos de la cara, y déjame que te vea... que ya me marcho.

Separó las manos y apareció con los ojos secos, asombrados, mortalmente

pálida. Pero al verme sonreír y dirigirme hacia la puerta, su mirada

fue calmándose y destellando luz.

La prueba · 第 12 / 24 题