VII

Cuando evoco el recuerdo de los días siguientes, creo evocar el de una

larga pesadilla; y sin embargo, no pasarían de quince; ¡pero en ellos

mi estado moral fue tan violento y penoso! Mi tío, después del episodio

del comedor, en vez de alejarse de su mujer, se mostraba con ella más

que nunca... ¿diré rendido? no; pero solícito y afanoso, como quien

echa de ver que ha descuidado el cultivo de una finca importante y se

propone reparar la omisión. A alguna idea semejante, característica de

la naturaleza codiciosa del hebreo, respondía indudablemente aquel no

apartarse de Carmiña ni de día ni de noche, aquella especie de frenesí

conyugal, aquella intimidad restablecida plenamente, con circunstancias

propias de luna de miel. Y si no eran rasgos de propietario celoso de

sus derechos, ¿qué significaban la frialdad repentina que me demostraba

a mí, el no dirigirme la palabra en la mesa, el concederme solo pocas,

agrias y secas frases, cuando antes puede decirse que solo charlaba

conmigo? Mi posición en la casa, durante la cruel quincena, llegó a

ser humillante, análoga a la de un pariente sostenido por caridad,

o un importuno tácitamente despachado a cada momento y que no acaba

de entender las indirectas. Aquella tirantez debieron de percibirla

hasta los criados, aunque eran dos ejemplares célticos traídos del

riñón de Galicia, que a duras penas empezaban a desasnarse, cuanto más

a leer en el alma de sus amos --lectura que es la borla de doctor de

los sirvientes--. Pero la hostilidad y el desdén de mi tío eran tales,

que saltaban a los ojos. Notolos Camila Barrientos, y una noche se

emancipó hasta embromarme disimuladamente sobre lo celoso que era el

tío y lo desagradable que resultaba la posición de un muchacho alojado

en casa de un matrimonio. Como yo estaba tan desequilibrado, recuerdo

que se me fue la lengua y contesté muy destempladamente a la presunta

señorita candorosa. La cual, en vez de formalizarse, me pidió excusas

en voz queda, y como yo se las implorase a mi vez, me dijo algo que me

preocupó, no sé si porque a la sazón todo me preocupaba.

--Su tío de usted me parece que ha cambiado muchísimo de carácter.

Antes era una persona bastante corriente; bromeaba con nosotras, estaba

de buen humor... discutía... Ahora parece, o enfermo, o maniático. ¿No

se ha fijado usted? Pues fíjese: lo notó mamá lo mismo que nosotras.

Camila, al decir esto, apoyaba el dedo en la frente. En idéntico sitio

se me clavó a mí la idea sugerida por la señorita.

--Efectivamente --pensé-- que es raro pasar de la total indiferencia

por una mujer, a tales extremos. ¿Estará mi tío lunático?

Semejante conjetura... ¿lo confesaré? se me presentó desde el primer

instante, no negra y fúnebre como debiera, sino en cierto modo, grata

y consoladora. «Si se vuelve loco, pierde de hecho la soberanía

doméstica, la autoridad sobre su mujer, la fuerza moral y el carácter

de jefe de familia. Un loco es un ser que carece de alma y la humanidad

racional lo expulsa de su seno. El loco no posee derechos sociales y

civiles; el loco no tiene mujer, ni hijos, ni amigos siquiera. Si mi

tío se trastorna, igual que si se divorciase. El lazo roto queda,

y ella sola en el mundo, porque un loco no acompaña, ni presente ni

ausente. ¿Habrá, en efecto, manía?...» La tensión de mi voluntad

llegaba a desearlo. ¡Y de ahí a otros deseos va tan poco!

No tardé en dar el paso que me separaba del terreno en que ya se

desatan las voliciones y nos arrastran al crimen --al crimen mental,

único frecuente en nuestra enervada época--. Recuerdo que aquellos días

me tentó el diablo a dedicarme a lecturas dramáticas y tempestuosas,

de esas que agitan el corazón y nublan la conciencia, y entre ellas

se contó una traducción de _Hamlet_, que me produjo efecto muy hondo,

induciéndome a comparar la irresolución, la ebullición moral y la

inacción física del extraño príncipe de Dinamarca con mis propios

sentimientos. Y enmedio de la lectura, me hirió de pronto, embargando

mis potencias, aquella rara frase: «Cuando acaricio a mi segundo

esposo, mato segunda vez al primero.» Comprendí entonces que mientras

más virtuosa e invencible es una mujer, más fatalmente desea su

enamorado la muerte del marido; y vi también, por modo clarísimo, que

mi pasión desatada no era sino el odio antiguo a mi tío el hebreo, odio

inveterado ya, que había tomado distinta forma, pero que subsistía

implacable.

Si el deseo matase como la estricnina, por la voluntad, cien veces

fallece mi tío. A solas, con los codos en la mesa y la frente sostenida

entre mis palmas febriles, yo me saciaba del sueño fúnebre, y me

entregaba al detestable goce de figurarme a D. Felipe extendido en el

ataúd, con los ojos cerrados y las manos cruzadas. La pujanza con que

me dominaba este deseo era tal, que nunca me subyugó así ansia amorosa.

Si me hubiesen dicho entonces: «Elige entre tu tía vencida, demente,

roja de vergüenza y de pasión, o tu tío rígido, yerto, cadáver», sin

vacilar optaría por lo segundo.

Claro es que no se me ocultaba la monstruosidad de la idea. Tanto la

comprendía, que ansiando libertarme de la absurda y estéril figuración,

solicité más que nunca el trato de Portal, única persona capaz de

librarme de mis obsesiones y combatir a los endriagos y vestiglos de

la fantasía con las armas de la risa y del ingenio. Desgraciadamente,

mi simpático Sancho Panza andaba entonces ocupadísimo, no solo en la

labor de fin de curso, sino con su otra gran labor sentimental. A

pesar de sus alardes de independencia y despreocupación, de asegurar

que él tomaba _aquello_ con extraordinaria tranquilidad y filosofía,

si se perdiese mi oportunista, que le buscasen al canto de _Mo_. No

desperdiciaba coyuntura de amar perdidamente.

Para ver algunos ratos a Portal fue preciso seguirle a su polo

magnético, o sea a casa de los _Mos_. Me empeñé en ser presentado, y no

habría transcurrido media hora desde la presentación, cuando percibí

lo que mi orensano se guardaba bien de confesar: que el padre de _Mo_

era al mismo tiempo que cabeza de patriarcal familia... _ministro del

Señor_, o en lenguaje más llano, clérigo protestante.

¿Por qué se lo tendría tan calladito el camarada? Yo lo había

sospechado alguna vez, sin verdadero fundamento puesto que Luis, al

preguntarle las condiciones del _futuro suegro_, invariablemente

respondía: «Conste que no voy allí con carácter de yerno...: pero el

papá de _Mo_ es un sujeto apreciabilísimo... y la mamá... ¡Ah! Lo que

es esa... No he visto nada igual.» El cuidado en no especificar la

profesión del apreciable sujeto no había dejado de escamarme... Repito

que me cercioré de la verdad al poco rato de haberme sentado en el sofá

del señor Baldwin --que así se llama el pastor.

Este tenía el tipo agigantado y pletórico de la pura raza sajona: eran

sus patillas del mismo color que la tez, exceptuando la frente, blanca

y tersa como la de un niño. En tres años de residencia en Madrid no

había logrado amoldar su laringe a la pronunciación española; y ningún

inglés de sainete o caricatura dice cosas más grotescas que el señor

Baldwin cuando intentaba servirse de nuestro idioma para algo que no

fuese gruñir: «_Buons dis... com stá._»

Nadie encontraría explicación satisfactoria al fenómeno de que la

comunión evangélica hubiese enviado a tierras apostolizables tan tosco

misionero, a no existir la misionera o pastora mistress Baldwin mujer

singular, a quien tuve desde el primer instante por un milagro en su

género.

Nada de la inglesa seca y angulosa, tipo convencional en las letras

y en el arte. Muy al contrario. Para pintar a mistress Baldwin

fielmente, hay que servirse de los tonos más armoniosos y suaves, las

líneas más exquisitas y el más discreto claroscuro. Su rostro poseía

esa uniformidad de color que hace tan aristocráticas las cabezas al

pastel; sobre su blancura de perla destacábase el gris de acero de los

ojos, en los cuales resplandecían algunas chispas áureas al sonreír.

Sus facciones finas, pero de grandioso dibujo, expresaban constante

afabilidad artificiosa, ya casi natural a fuerza de persistencia.

Vestía con dignidad y decoro sumo: de azul marino o de negro,

generalmente de seda, lo cual hacía que al andar o al sentarse su ropa

tuviese un crujido señoril; llevaba al cuello una cadena de oro de

muchas vueltas, sostén de la sabonetilla siempre en hora, reluciente

por virtud del uso; y sobre sus cabellos grises, del gris polvoriento

con que encanecen las rubias, alisados en bandós, usaba una especie

de platito de encaje blanco, nítido de limpieza, planchado como una

servilleta y acentuaba el óvalo algo ajado, pero de contorno puro, de

su faz.

Desde que se entraba en la esfera de aquella mujer de tan distinguido

continente, era imposible no ver en ella el punto matemático donde

todos los radios tenían que converger y unirse. Su marido, hombrachón

que la hubiese pulverizado de una guantada; sus hijos, alguno de

ellos ya con veinte años y un aspecto de vigor para dar envidia a la

raquítica raza española; sus hijas, entre las cuales descollaba _Mo_;

sus tertulianos, y... es preciso decirlo de una vez, sus feligreses,

sus ovejas, marchaban a paso redoblado por la ruta que les señalaba

la mano prolongada, flexible, adornada con anticuados anillos, de la

pastora.

Semejante mujer había nacido para el trono, o por mejor decir, para

cardenal-ministro de un rey absoluto. Rebosaba en ella ese don de

mando, esa autoridad encubierta por dulcísimas formas, patrimonio de

las abadesas. Su sonrisa y sus modales tan refinadamente adamados,

encubrían la voluntad más templada y férrea que ha dado nunca de

sí la tierra de la perseverancia y del cerrado fanatismo. Bajo las

apariencias hercúleas del marido, no había sino un pelele, un muñeco

de trapos, que jamás poseyó la energía necesaria para sostener su

desairado papel de apóstol de una creencia aborrecible a la inmensa

mayoría de los españoles, y que a los mismos descreídos o racionalistas

no nos cae en gracia. El señor Baldwin se larga de España con viento

fresco a las primeras de cambio, si no le mantuviese la barra de acero,

forrada en piel de guante, que tenía por esposa. Ella, la pastora, era

quien se aferraba en hacer reflorecer los áureos tiempos de la calle

de la Madera durante los años revolucionarios; ella, quien ideaba

obras pías con fines de propaganda y ediciones de libros catequéticos;

ella, quien... ¿Pero a dónde voy con reseñar las proezas de la matrona

insigne? La verdad es que al ver así a mistress Baldwin, recostada en

su butaca, apoyados los pies en un cojín, el codo puesto en el velador

cargado de álbumes, ilustraciones, revistas y enormes diarios ingleses,

era cosa de pensar que aquella señora vivía consagrada exclusivamente

a recibir a sus amigos con un _chic_ de duquesa anciana.

Cuando entré yo en casa de los pastores, serían las cinco de la tarde.

Dispensome la pastora atentísima acogida; y no digo _cordial_, porque

de cordialidad no se trataba allí. Hízome sentar frontero a ella, y me

preguntó minuciosamente por mi familia, mis estudios, mis aficiones.

Al saber que me gustaba la música, puso los ojos en blanco, y su cara

adquirió expresión beatífica. ¡Oh! ¡La _mioúsica_! Luego, al tratarse

de mi carrera, elevó otro salmo entusiasta a la ciencia. ¡Oh! ¡La

_sciensia_! Después, sonriéndome con una sonrisa que parecía estrenada

para mí, me fue enseñando multitud de tesoros que formaban un pequeño

museo: hierbajos, algas y conchas recogidas en Australia por ella, y

que guardaba prensadas entre hojas de libros: y por último, en tono

misterioso y confidencial, apoyó el dedo en la boca, y con el mismo

aspecto extático, silabeó: «Van a cantar las niñas.»

Cuatro vi acercarse al piano pero ya entre ellas, mis ojos habían

distinguido a _Mo_, sin necesidad de seguir la dirección de las miradas

de Luis. Hube de confesar interiormente que, respecto a hermosura, no

exageraba el oportunista. Por lo regular nos inclinamos a encontrar

defectos físicos en las novias de nuestros amigos, como si así

desahogásemos el involuntario despecho que causa la felicidad ajena,

la amorosa sobre todo. Pues a pesar de esta tendencia, me vi precisado

a reconocer que valía un imperio la señorita _Mo_. Deliciosa mezcla

o fusión de los dos tipos paterno y materno, atestiguaba a la vez la

fidelidad y legalidad de la pastora y las ventajas del cruzamiento

entre sajones y normandos para la selección sexual. El color, la

frescura de amanecer, la plasticidad del tipo, procedían indudablemente

del pastor, que allá en sus verdes años sería un mocetón como un roble;

y la finura de los rasgos, la distinción y pulcritud, de la madre.

Sus ojos eran los de la pastora, ya acerados y dominadores, bañados

aún en el fluido amoroso de la juventud. Por lo demás, Portal la había

fotografiado: era exactísimo lo del oro del pelo, casi ceniza, lo de

la blancura, y hasta lo de los hoyos tentadores que se dibujaban, a

cada jugueteo del reír, en las mejillas tersas, aterciopeladas por el

vello de un cutis del Norte, que aún no había curtido el recio clima

continental de la metrópoli española.

Semejante pedazo de hembra explicaba todos los desvaríos en que

pudiese caer el más escéptico y sesudo de los mortales. Si a los dones

naturales reunía la señorita _Mo_ aquella sorprendente cultura de que

mi amigo hablaba siempre, no se podía negar que Luis, al descubrir la

joya británica, había tenido un hallazgo. Involuntariamente me sentí

penetrado de consideración hacia Portal; convine en que aquel mozo

había sabido desenterrar la gran mujer, y justifiqué sus hipérboles y

su jactancia.

Al pronto, la casa de los _Mos_ me causó la misma impresión favorable,

por su aspecto de orden y bienestar. La familia Baldwin había elegido

una calle aseada y tranquila, sin malos olores de mercados y tiendas,

ni estrépito de coches; desde sus ventanas se recreaba la vista en

el arbolado de un jardín fronterizo, ventana inestimable en Madrid;

en su saloncito los muebles eran prácticos y cómodos: había libros,

grabados, flores; la familia aparecía limpia, sociable, disciplinada...

Mi respeto hacia el pesquis de Luis se acrecentó, y a hurtadillas le

dirigí un guiño que en nuestra charla familiar se traducía así: «¡Al

pelo!»

Transcurridos los primeros instantes, después de haber visto y admirado

los tesoros botánicos y zoológicos de la pastora, cuando las niñas se

llegaron al piano para cantar, recordé que Luis me había ensalzado a su

_Mo_ como a «la mujer del porvenir», hembra superior al nivel general

de su sexo, libre de preocupaciones enfermizas; varonil en el mejor

sentido de la palabra, que es el que implica fuerza, entendimiento

y resolución. Hablo, por supuesto, poniéndome en lugar de Luis; pues

quien haya seguido el desarrollo de mi vida afectiva al través de estas

páginas, comprenderá de sobra que no prefiero tal clase de mujer, sino

que estoy por _la otra_, la del pasado, la que por espacio de diez

y nueve siglos ha venido siendo el ideal de la humanidad; la que en

cierto modo ya lo era antes, pues sus rasgos esenciales difieren poco

de los que trazaba Salomón en un bosquejo que no se ha borrado de

la memoria humana. Pero aunque no me fuese posible aceptar más tipo

femenino que el que cifraba Carmen, colocándome en el punto de vista de

mi amigo, era capaz de discernir si _Mo_ realizaba aquel prodigio de la

sociedad futura: la _mujer nueva_.

Si lo realizaba, no tardaría ella en manifestarlo, y en percibirlo

yo. La seguí atentamente con los ojos cuando se acercaba al piano, a

fin de acompañar a Alicia, su hermana segunda, que representaba de

catorce a quince años, y llevaba todavía suelto y colgando el hermoso

cabello semialbino. La chica perfiló una canción inglesa, que es tanto

como decir sosa y agria, cuya letra sentimental trataba --a lo que

pude advertir-- de un niño huérfano, abandonado por ciertos tíos muy

crueles, que pide limosna, y acaba por quedarse tiesecito entre la

nieve una noche de _Christmas_, a la puerta de un palacio donde se

celebra espléndido festín. Acabada la tonadilla, sustituyó a Alicia su

hermana Beth o Elizabeth, entonando otra canción no menos insulsa, solo

que en ella no se trataba de niño huérfano, sino de la aspiración del

alma que quiere tener alas para volar a la gloria, a la verita de los

querubines. «_¡Wings!_ --mayaba la chiquilla--. _¡Wings... my God...

wings!_»

Pensé que después de la segunda cantata no nos diesen más música, pero

engañeme, porque inmediatamente salió al redondel un chiquitín, Edward,

de calcetines cortos, pierna al aire y guedeja blonda; el cual nos

regaló (ni al diablo se le ocurre) el terceto de _los ratas_ en _La

Gran Vía_. ¡El terceto de _los ratas_! ¡Quién imaginara verlo salir de

labios de aquel angelito, nacido en la quinta parte del mundo, pues

Edward era australiano!

No se había agotado el catálogo de las sorpresas: así que hubo cantado

y representado el benjamín, veo que se levanta la pastora, elige un

cuaderno de música y se arrima al piano, rodeada de sus hijos. Calose

la pastora las gafas de oro: quitose delicadamente sus mitones de

seda, que puso bien doblados, sobre el velador; y contrayendo las

cejas y apretando los labios como quien ejecuta una acción importante

y absorbente, y acompañándose ella misma, rompió a entonar un cántico

religioso, en que andaban como por su casa las _souls_ y los _sins_

(no pude entender más del texto). Al concluir la primer estrofa, toda

la familia, agrupada en torno del instrumento, coreó el estribillo,

y el mismo reverendo Baldwin, acercándose, poniendo su diestra sobre

la cubierta del piano, arqueando su poderoso y elefantino esternón,

sostuvo con voz becerril los falsetes de las muchachas. Miré a la cara

de la pastora, y también a _Mo_. De los semblantes de las dos mujeres

se había borrado la expresión habitual, en la una fina e insinuante, en

la otra alegre y juvenil, sustituyéndolas --especialmente en la madre--

cierta exaltación sombría y dura, como se nota en los personajes de

algunos cuadros de martirio. Volvime a ver qué gesto ponía Luis, y vi

que no estaba en la habitación.

Acabado el concierto, nos brindaron una taza de té excelente,

acompañada de una copa de Jerez y de ciertas golosinas que, si no

recuerdo mal, se llaman _cracknells_. Me convidaron a que volviese,

a que frecuentase la casa, y la pastora, sobre todo, me dijo con

sorprendente cortesía:

--¡Oh! ¡Oh! Creemos que usted no dejará de venir a vernos de cuando en

cuando...

Al salir desahogué con Portal:

--Esta gente será buenísima, todo lo que gustes; pero, vamos, que en

devoción no se quedan atrás de la tití. Me huelen más a sacristía: te

lo advierto.

--Ya sabes --respondió mi amigo secamente-- que los protestantes

observan y practican su religión. No son como nosotros.

--¿Lo dices en son de alabanza?

--Sí y no --repuso un poco amostazado--. Sobre eso habría mucho que

hablar.

--¿Y por qué tu _Mo_, esa señorita tan ilustrada, les deja a sus

hermanos cantar adefesios y los canta ella?

--¡Qué sé yo! --exclamó el oportunista--. ¡Qué importa! Vamos, ¿qué

tal? ¿No es guapa?

--De primera. Eso no puedo negártelo.

La prueba · 第 11 / 24 题