Cuando evoco el recuerdo de los días siguientes, creo evocar el de una
larga pesadilla; y sin embargo, no pasarían de quince; ¡pero en ellos
mi estado moral fue tan violento y penoso! Mi tío, después del episodio
del comedor, en vez de alejarse de su mujer, se mostraba con ella más
que nunca... ¿diré rendido? no; pero solícito y afanoso, como quien
echa de ver que ha descuidado el cultivo de una finca importante y se
propone reparar la omisión. A alguna idea semejante, característica de
la naturaleza codiciosa del hebreo, respondía indudablemente aquel no
apartarse de Carmiña ni de día ni de noche, aquella especie de frenesí
conyugal, aquella intimidad restablecida plenamente, con circunstancias
propias de luna de miel. Y si no eran rasgos de propietario celoso de
sus derechos, ¿qué significaban la frialdad repentina que me demostraba
a mí, el no dirigirme la palabra en la mesa, el concederme solo pocas,
agrias y secas frases, cuando antes puede decirse que solo charlaba
conmigo? Mi posición en la casa, durante la cruel quincena, llegó a
ser humillante, análoga a la de un pariente sostenido por caridad,
o un importuno tácitamente despachado a cada momento y que no acaba
de entender las indirectas. Aquella tirantez debieron de percibirla
hasta los criados, aunque eran dos ejemplares célticos traídos del
riñón de Galicia, que a duras penas empezaban a desasnarse, cuanto más
a leer en el alma de sus amos --lectura que es la borla de doctor de
los sirvientes--. Pero la hostilidad y el desdén de mi tío eran tales,
que saltaban a los ojos. Notolos Camila Barrientos, y una noche se
emancipó hasta embromarme disimuladamente sobre lo celoso que era el
tío y lo desagradable que resultaba la posición de un muchacho alojado
en casa de un matrimonio. Como yo estaba tan desequilibrado, recuerdo
que se me fue la lengua y contesté muy destempladamente a la presunta
señorita candorosa. La cual, en vez de formalizarse, me pidió excusas
en voz queda, y como yo se las implorase a mi vez, me dijo algo que me
preocupó, no sé si porque a la sazón todo me preocupaba.
--Su tío de usted me parece que ha cambiado muchísimo de carácter.
Antes era una persona bastante corriente; bromeaba con nosotras, estaba
de buen humor... discutía... Ahora parece, o enfermo, o maniático. ¿No
se ha fijado usted? Pues fíjese: lo notó mamá lo mismo que nosotras.
Camila, al decir esto, apoyaba el dedo en la frente. En idéntico sitio
se me clavó a mí la idea sugerida por la señorita.
--Efectivamente --pensé-- que es raro pasar de la total indiferencia
por una mujer, a tales extremos. ¿Estará mi tío lunático?
Semejante conjetura... ¿lo confesaré? se me presentó desde el primer
instante, no negra y fúnebre como debiera, sino en cierto modo, grata
y consoladora. «Si se vuelve loco, pierde de hecho la soberanía
doméstica, la autoridad sobre su mujer, la fuerza moral y el carácter
de jefe de familia. Un loco es un ser que carece de alma y la humanidad
racional lo expulsa de su seno. El loco no posee derechos sociales y
civiles; el loco no tiene mujer, ni hijos, ni amigos siquiera. Si mi
tío se trastorna, igual que si se divorciase. El lazo roto queda,
y ella sola en el mundo, porque un loco no acompaña, ni presente ni
ausente. ¿Habrá, en efecto, manía?...» La tensión de mi voluntad
llegaba a desearlo. ¡Y de ahí a otros deseos va tan poco!
No tardé en dar el paso que me separaba del terreno en que ya se
desatan las voliciones y nos arrastran al crimen --al crimen mental,
único frecuente en nuestra enervada época--. Recuerdo que aquellos días
me tentó el diablo a dedicarme a lecturas dramáticas y tempestuosas,
de esas que agitan el corazón y nublan la conciencia, y entre ellas
se contó una traducción de _Hamlet_, que me produjo efecto muy hondo,
induciéndome a comparar la irresolución, la ebullición moral y la
inacción física del extraño príncipe de Dinamarca con mis propios
sentimientos. Y enmedio de la lectura, me hirió de pronto, embargando
mis potencias, aquella rara frase: «Cuando acaricio a mi segundo
esposo, mato segunda vez al primero.» Comprendí entonces que mientras
más virtuosa e invencible es una mujer, más fatalmente desea su
enamorado la muerte del marido; y vi también, por modo clarísimo, que
mi pasión desatada no era sino el odio antiguo a mi tío el hebreo, odio
inveterado ya, que había tomado distinta forma, pero que subsistía
implacable.
Si el deseo matase como la estricnina, por la voluntad, cien veces
fallece mi tío. A solas, con los codos en la mesa y la frente sostenida
entre mis palmas febriles, yo me saciaba del sueño fúnebre, y me
entregaba al detestable goce de figurarme a D. Felipe extendido en el
ataúd, con los ojos cerrados y las manos cruzadas. La pujanza con que
me dominaba este deseo era tal, que nunca me subyugó así ansia amorosa.
Si me hubiesen dicho entonces: «Elige entre tu tía vencida, demente,
roja de vergüenza y de pasión, o tu tío rígido, yerto, cadáver», sin
vacilar optaría por lo segundo.
Claro es que no se me ocultaba la monstruosidad de la idea. Tanto la
comprendía, que ansiando libertarme de la absurda y estéril figuración,
solicité más que nunca el trato de Portal, única persona capaz de
librarme de mis obsesiones y combatir a los endriagos y vestiglos de
la fantasía con las armas de la risa y del ingenio. Desgraciadamente,
mi simpático Sancho Panza andaba entonces ocupadísimo, no solo en la
labor de fin de curso, sino con su otra gran labor sentimental. A
pesar de sus alardes de independencia y despreocupación, de asegurar
que él tomaba _aquello_ con extraordinaria tranquilidad y filosofía,
si se perdiese mi oportunista, que le buscasen al canto de _Mo_. No
desperdiciaba coyuntura de amar perdidamente.
Para ver algunos ratos a Portal fue preciso seguirle a su polo
magnético, o sea a casa de los _Mos_. Me empeñé en ser presentado, y no
habría transcurrido media hora desde la presentación, cuando percibí
lo que mi orensano se guardaba bien de confesar: que el padre de _Mo_
era al mismo tiempo que cabeza de patriarcal familia... _ministro del
Señor_, o en lenguaje más llano, clérigo protestante.
¿Por qué se lo tendría tan calladito el camarada? Yo lo había
sospechado alguna vez, sin verdadero fundamento puesto que Luis, al
preguntarle las condiciones del _futuro suegro_, invariablemente
respondía: «Conste que no voy allí con carácter de yerno...: pero el
papá de _Mo_ es un sujeto apreciabilísimo... y la mamá... ¡Ah! Lo que
es esa... No he visto nada igual.» El cuidado en no especificar la
profesión del apreciable sujeto no había dejado de escamarme... Repito
que me cercioré de la verdad al poco rato de haberme sentado en el sofá
del señor Baldwin --que así se llama el pastor.
Este tenía el tipo agigantado y pletórico de la pura raza sajona: eran
sus patillas del mismo color que la tez, exceptuando la frente, blanca
y tersa como la de un niño. En tres años de residencia en Madrid no
había logrado amoldar su laringe a la pronunciación española; y ningún
inglés de sainete o caricatura dice cosas más grotescas que el señor
Baldwin cuando intentaba servirse de nuestro idioma para algo que no
fuese gruñir: «_Buons dis... com stá._»
Nadie encontraría explicación satisfactoria al fenómeno de que la
comunión evangélica hubiese enviado a tierras apostolizables tan tosco
misionero, a no existir la misionera o pastora mistress Baldwin mujer
singular, a quien tuve desde el primer instante por un milagro en su
género.
Nada de la inglesa seca y angulosa, tipo convencional en las letras
y en el arte. Muy al contrario. Para pintar a mistress Baldwin
fielmente, hay que servirse de los tonos más armoniosos y suaves, las
líneas más exquisitas y el más discreto claroscuro. Su rostro poseía
esa uniformidad de color que hace tan aristocráticas las cabezas al
pastel; sobre su blancura de perla destacábase el gris de acero de los
ojos, en los cuales resplandecían algunas chispas áureas al sonreír.
Sus facciones finas, pero de grandioso dibujo, expresaban constante
afabilidad artificiosa, ya casi natural a fuerza de persistencia.
Vestía con dignidad y decoro sumo: de azul marino o de negro,
generalmente de seda, lo cual hacía que al andar o al sentarse su ropa
tuviese un crujido señoril; llevaba al cuello una cadena de oro de
muchas vueltas, sostén de la sabonetilla siempre en hora, reluciente
por virtud del uso; y sobre sus cabellos grises, del gris polvoriento
con que encanecen las rubias, alisados en bandós, usaba una especie
de platito de encaje blanco, nítido de limpieza, planchado como una
servilleta y acentuaba el óvalo algo ajado, pero de contorno puro, de
su faz.
Desde que se entraba en la esfera de aquella mujer de tan distinguido
continente, era imposible no ver en ella el punto matemático donde
todos los radios tenían que converger y unirse. Su marido, hombrachón
que la hubiese pulverizado de una guantada; sus hijos, alguno de
ellos ya con veinte años y un aspecto de vigor para dar envidia a la
raquítica raza española; sus hijas, entre las cuales descollaba _Mo_;
sus tertulianos, y... es preciso decirlo de una vez, sus feligreses,
sus ovejas, marchaban a paso redoblado por la ruta que les señalaba
la mano prolongada, flexible, adornada con anticuados anillos, de la
pastora.
Semejante mujer había nacido para el trono, o por mejor decir, para
cardenal-ministro de un rey absoluto. Rebosaba en ella ese don de
mando, esa autoridad encubierta por dulcísimas formas, patrimonio de
las abadesas. Su sonrisa y sus modales tan refinadamente adamados,
encubrían la voluntad más templada y férrea que ha dado nunca de
sí la tierra de la perseverancia y del cerrado fanatismo. Bajo las
apariencias hercúleas del marido, no había sino un pelele, un muñeco
de trapos, que jamás poseyó la energía necesaria para sostener su
desairado papel de apóstol de una creencia aborrecible a la inmensa
mayoría de los españoles, y que a los mismos descreídos o racionalistas
no nos cae en gracia. El señor Baldwin se larga de España con viento
fresco a las primeras de cambio, si no le mantuviese la barra de acero,
forrada en piel de guante, que tenía por esposa. Ella, la pastora, era
quien se aferraba en hacer reflorecer los áureos tiempos de la calle
de la Madera durante los años revolucionarios; ella, quien ideaba
obras pías con fines de propaganda y ediciones de libros catequéticos;
ella, quien... ¿Pero a dónde voy con reseñar las proezas de la matrona
insigne? La verdad es que al ver así a mistress Baldwin, recostada en
su butaca, apoyados los pies en un cojín, el codo puesto en el velador
cargado de álbumes, ilustraciones, revistas y enormes diarios ingleses,
era cosa de pensar que aquella señora vivía consagrada exclusivamente
a recibir a sus amigos con un _chic_ de duquesa anciana.
Cuando entré yo en casa de los pastores, serían las cinco de la tarde.
Dispensome la pastora atentísima acogida; y no digo _cordial_, porque
de cordialidad no se trataba allí. Hízome sentar frontero a ella, y me
preguntó minuciosamente por mi familia, mis estudios, mis aficiones.
Al saber que me gustaba la música, puso los ojos en blanco, y su cara
adquirió expresión beatífica. ¡Oh! ¡La _mioúsica_! Luego, al tratarse
de mi carrera, elevó otro salmo entusiasta a la ciencia. ¡Oh! ¡La
_sciensia_! Después, sonriéndome con una sonrisa que parecía estrenada
para mí, me fue enseñando multitud de tesoros que formaban un pequeño
museo: hierbajos, algas y conchas recogidas en Australia por ella, y
que guardaba prensadas entre hojas de libros: y por último, en tono
misterioso y confidencial, apoyó el dedo en la boca, y con el mismo
aspecto extático, silabeó: «Van a cantar las niñas.»
Cuatro vi acercarse al piano pero ya entre ellas, mis ojos habían
distinguido a _Mo_, sin necesidad de seguir la dirección de las miradas
de Luis. Hube de confesar interiormente que, respecto a hermosura, no
exageraba el oportunista. Por lo regular nos inclinamos a encontrar
defectos físicos en las novias de nuestros amigos, como si así
desahogásemos el involuntario despecho que causa la felicidad ajena,
la amorosa sobre todo. Pues a pesar de esta tendencia, me vi precisado
a reconocer que valía un imperio la señorita _Mo_. Deliciosa mezcla
o fusión de los dos tipos paterno y materno, atestiguaba a la vez la
fidelidad y legalidad de la pastora y las ventajas del cruzamiento
entre sajones y normandos para la selección sexual. El color, la
frescura de amanecer, la plasticidad del tipo, procedían indudablemente
del pastor, que allá en sus verdes años sería un mocetón como un roble;
y la finura de los rasgos, la distinción y pulcritud, de la madre.
Sus ojos eran los de la pastora, ya acerados y dominadores, bañados
aún en el fluido amoroso de la juventud. Por lo demás, Portal la había
fotografiado: era exactísimo lo del oro del pelo, casi ceniza, lo de
la blancura, y hasta lo de los hoyos tentadores que se dibujaban, a
cada jugueteo del reír, en las mejillas tersas, aterciopeladas por el
vello de un cutis del Norte, que aún no había curtido el recio clima
continental de la metrópoli española.
Semejante pedazo de hembra explicaba todos los desvaríos en que
pudiese caer el más escéptico y sesudo de los mortales. Si a los dones
naturales reunía la señorita _Mo_ aquella sorprendente cultura de que
mi amigo hablaba siempre, no se podía negar que Luis, al descubrir la
joya británica, había tenido un hallazgo. Involuntariamente me sentí
penetrado de consideración hacia Portal; convine en que aquel mozo
había sabido desenterrar la gran mujer, y justifiqué sus hipérboles y
su jactancia.
Al pronto, la casa de los _Mos_ me causó la misma impresión favorable,
por su aspecto de orden y bienestar. La familia Baldwin había elegido
una calle aseada y tranquila, sin malos olores de mercados y tiendas,
ni estrépito de coches; desde sus ventanas se recreaba la vista en
el arbolado de un jardín fronterizo, ventana inestimable en Madrid;
en su saloncito los muebles eran prácticos y cómodos: había libros,
grabados, flores; la familia aparecía limpia, sociable, disciplinada...
Mi respeto hacia el pesquis de Luis se acrecentó, y a hurtadillas le
dirigí un guiño que en nuestra charla familiar se traducía así: «¡Al
pelo!»
Transcurridos los primeros instantes, después de haber visto y admirado
los tesoros botánicos y zoológicos de la pastora, cuando las niñas se
llegaron al piano para cantar, recordé que Luis me había ensalzado a su
_Mo_ como a «la mujer del porvenir», hembra superior al nivel general
de su sexo, libre de preocupaciones enfermizas; varonil en el mejor
sentido de la palabra, que es el que implica fuerza, entendimiento
y resolución. Hablo, por supuesto, poniéndome en lugar de Luis; pues
quien haya seguido el desarrollo de mi vida afectiva al través de estas
páginas, comprenderá de sobra que no prefiero tal clase de mujer, sino
que estoy por _la otra_, la del pasado, la que por espacio de diez
y nueve siglos ha venido siendo el ideal de la humanidad; la que en
cierto modo ya lo era antes, pues sus rasgos esenciales difieren poco
de los que trazaba Salomón en un bosquejo que no se ha borrado de
la memoria humana. Pero aunque no me fuese posible aceptar más tipo
femenino que el que cifraba Carmen, colocándome en el punto de vista de
mi amigo, era capaz de discernir si _Mo_ realizaba aquel prodigio de la
sociedad futura: la _mujer nueva_.
Si lo realizaba, no tardaría ella en manifestarlo, y en percibirlo
yo. La seguí atentamente con los ojos cuando se acercaba al piano, a
fin de acompañar a Alicia, su hermana segunda, que representaba de
catorce a quince años, y llevaba todavía suelto y colgando el hermoso
cabello semialbino. La chica perfiló una canción inglesa, que es tanto
como decir sosa y agria, cuya letra sentimental trataba --a lo que
pude advertir-- de un niño huérfano, abandonado por ciertos tíos muy
crueles, que pide limosna, y acaba por quedarse tiesecito entre la
nieve una noche de _Christmas_, a la puerta de un palacio donde se
celebra espléndido festín. Acabada la tonadilla, sustituyó a Alicia su
hermana Beth o Elizabeth, entonando otra canción no menos insulsa, solo
que en ella no se trataba de niño huérfano, sino de la aspiración del
alma que quiere tener alas para volar a la gloria, a la verita de los
querubines. «_¡Wings!_ --mayaba la chiquilla--. _¡Wings... my God...
wings!_»
Pensé que después de la segunda cantata no nos diesen más música, pero
engañeme, porque inmediatamente salió al redondel un chiquitín, Edward,
de calcetines cortos, pierna al aire y guedeja blonda; el cual nos
regaló (ni al diablo se le ocurre) el terceto de _los ratas_ en _La
Gran Vía_. ¡El terceto de _los ratas_! ¡Quién imaginara verlo salir de
labios de aquel angelito, nacido en la quinta parte del mundo, pues
Edward era australiano!
No se había agotado el catálogo de las sorpresas: así que hubo cantado
y representado el benjamín, veo que se levanta la pastora, elige un
cuaderno de música y se arrima al piano, rodeada de sus hijos. Calose
la pastora las gafas de oro: quitose delicadamente sus mitones de
seda, que puso bien doblados, sobre el velador; y contrayendo las
cejas y apretando los labios como quien ejecuta una acción importante
y absorbente, y acompañándose ella misma, rompió a entonar un cántico
religioso, en que andaban como por su casa las _souls_ y los _sins_
(no pude entender más del texto). Al concluir la primer estrofa, toda
la familia, agrupada en torno del instrumento, coreó el estribillo,
y el mismo reverendo Baldwin, acercándose, poniendo su diestra sobre
la cubierta del piano, arqueando su poderoso y elefantino esternón,
sostuvo con voz becerril los falsetes de las muchachas. Miré a la cara
de la pastora, y también a _Mo_. De los semblantes de las dos mujeres
se había borrado la expresión habitual, en la una fina e insinuante, en
la otra alegre y juvenil, sustituyéndolas --especialmente en la madre--
cierta exaltación sombría y dura, como se nota en los personajes de
algunos cuadros de martirio. Volvime a ver qué gesto ponía Luis, y vi
que no estaba en la habitación.
Acabado el concierto, nos brindaron una taza de té excelente,
acompañada de una copa de Jerez y de ciertas golosinas que, si no
recuerdo mal, se llaman _cracknells_. Me convidaron a que volviese,
a que frecuentase la casa, y la pastora, sobre todo, me dijo con
sorprendente cortesía:
--¡Oh! ¡Oh! Creemos que usted no dejará de venir a vernos de cuando en
cuando...
Al salir desahogué con Portal:
--Esta gente será buenísima, todo lo que gustes; pero, vamos, que en
devoción no se quedan atrás de la tití. Me huelen más a sacristía: te
lo advierto.
--Ya sabes --respondió mi amigo secamente-- que los protestantes
observan y practican su religión. No son como nosotros.
--¿Lo dices en son de alabanza?
--Sí y no --repuso un poco amostazado--. Sobre eso habría mucho que
hablar.
--¿Y por qué tu _Mo_, esa señorita tan ilustrada, les deja a sus
hermanos cantar adefesios y los canta ella?
--¡Qué sé yo! --exclamó el oportunista--. ¡Qué importa! Vamos, ¿qué
tal? ¿No es guapa?
--De primera. Eso no puedo negártelo.