Escribí a mamá una carta de estudiante legítima, que partía los
corazones a fuerza de exagerar mi situación y el estado de mi
guardarropa.
«La capa imposible. He preguntado a un sastruco de mala muerte lo
que costaría su arreglo, y dice que veinticinco pesetas poniéndole
buenos embozos, y veinte si se los pone inferiores. Como la pobre
está tan tronitis, creo que son de esta última clase los que se le
deben echar. Mi sombrero, más indecente todavía que la capa; por
donde tiene pelo, que no es por todas partes ni mucho menos, lo
tiene verde, casi color de esmeralda, y por donde no lo tiene, está
cubierto de un barniz tornasolado de grasa, o de goma, o no se de
qué, que revuelve el estómago mirarlo. Ítem. Mis pantalones mejores
amenazan romperse. Los peores ya se rompieron, y además todos ellos
me sirven para los brazos mejor que para las piernas. Por hoy basta
de calamidades, pero conste que necesito ropa sin remedio.»
Toda madre atiende a estas demandas si la queda un solo céntimo
disponible. Mamá me giró dinero para vestirme, aunque al mismo tiempo
me encargaba la mayor parsimonia, quejándose amargamente, por variar,
de mi tío. Es cierto que el residir yo en su casa le ahorraba a ella
parte de gastos de hospedaje; pero en cambio los de médico, que no
habían sido flojos, los de botica, y todos los demás, de cualquier
género que fuesen, recaían sobre la pobre señora, agobiándola
precisamente aquel año, cuando las rentas habían descendido la mitad
con la emigración y la baratura de los trigos _de fuera_.
Entre estas lástimas del orden económico andaban mezcladas otras que
pertenecían a la esfera del sentimiento. Mi madre lamentaba que le
hubiesen ocultado la gravedad de mi mal, porque, eso sí, para venir a
verme en momentos tales, no le faltaría a ella dinero nunca. Añadía
--con aquella graciosa manera suya de confundir y barajar las cosas
más incoherentes-- calurosas protestas contra el doctorcillo Saúco,
un chico de nuestro país, «tan gallego como nosotros», que al año de
estar en Madrid buscándose la vida, ya se creía con derecho a cobrar
duro por visita, lo cual era todo un escándalo. «El médico de Cebre,
que lleva tanto tiempo de práctica, me asiste por seis ferrados de
trigo anuales.» ¡Cuarenta y pico de duros en médico! Este dato lo
tenía mi madre clavado en el corazón, y, en su concepto, el hecho de
ser gallego el doctor Saúco hacía más escandalosa la exorbitancia de
sus honorarios. Las cuentas de botica que le había enviado mi tío, la
horrorizaban también. Los medicamentos a la fuerza debían de estar
amasados con oro. En fin, el asunto es que yo hubiese salido adelante,
y estuviese ya bueno y guapo y con barba corrida...
Para mí, el asunto es que tenía ropa aceptable, y con ella podía
presentarme ante la gente, de un modo adecuado a los ensanches y
prolongaciones de mi cuerpo y a la eflorescencia de mi barba. En
cuanto me puse de nuevo de pies a cabeza, estrenando un traje de
entretiempo, barato, pero de agradable color y mediano corte, pareciome
que recobraba la verdadera salud. Hasta entonces no había cesado mi
dolencia; aún pesaba sobre mí, en forma de vestimenta menguada y pobre.
Al salir a la calle llevaba, retozándome dentro, un regocijo bullicioso
y pueril, más propio de algún chicuelo que de hombre hecho y derecho
y barbado. ¡Tanto influye en nuestro espíritu la cáscara del ropaje,
indispensable requisito o pasaporte que nos exige la sociedad!
Disipado aquel sentimiento de vaga nostalgia que noté en los primeros
instantes de mi convalecencia, entrome una especie de hervor de
vitalidad, de ansia de movimiento, que se tradujo en hacer visitas
a todos mis conocidos, adquirir relaciones nuevas, salir, hablar...
todo menos la necesaria y desesperante aplicación al estudio. Los
libros me inspiraban tedio, un tedio que quería ocultarme a mí mismo,
por vergüenza, pero que era real y efectivo; mi cabeza estaba como
oxidada, y los goznes de mi entendimiento y de mi memoria se resistían
a funcionar. La primera vez que comprobé este fenómeno, me causó una
especie de terror. «¡No puedo, no puedo! ¡Ay, Dios mío, qué va a ser
de mí este año!» Dos o tres veces realicé el esfuerzo penoso que
consiste en poner en tensión la voluntad para obligar a la inteligencia
a concentrarse y funcionar metódicamente, sin irse por esos cerros o
entregarse a una inercia dormilona. La pícara no quería obedecer. Y,
en cambio, el cuerpo, antojadizo y rebosando lozanía, resistíase a la
sujeción y a la encerrona. Mi deseo mayor era _flanear_, callejear,
tomar el sol, detenerme aquí y allí sin objeto, pasear solamente por
el gusto de sentir que mis músculos y mis tendones poseían elasticidad
y vigor propios de gimnasta. Como suele suceder en los años en que la
corriente vital asciende aún, después de mi enfermedad encontrábame más
animoso que antes, y la subida de la savia primaveral, combinada con
la impetuosa salud, me espoleaba causándome una ebullición interna,
volcánica, semidolorosa.
Mi primer visita fue a la calle del Clavel, a la casa de huéspedes de
doña Jesusa. La encontré como siempre, ordenada, pacífica, limpia en
lo que cabe, con su jilguero cantarín en el mismo rincón del pasillo;
y a sus inquilinos idénticos, siguiendo cada uno la pendiente de su
carácter. A Trinito me lo hallé tumbado a la bartola, y al pobre
Dolfos estudiando con furia. El cubano, en aquellos últimos tiempos
de la carrera, no necesitaba más que dar un repaso; su memorión le
sacaba de apuros. En cambio Dolfos, cuyas facultades de comprensión
y asimilación disminuían con la progresiva debilidad del cuerpo y la
anemia cerebral, se pasaba el día, y acaso la noche, encorvado sobre el
libro mortífero. ¡Cómo estaba el infeliz aquel! Cuando se levantó para
abrazarme, tuve ese movimiento involuntario de retroceso que realizamos
ante la muerte pintada en un rostro. El asiduo era un espectro. En su
faz amarilla, ni aun brillaban sus ojos atónicos y apagados. Lo que se
veía mucho, por lo descarnado de las mejillas, eran los dientes oscuros
en las encías pálidas y flácidas. Sus orejas se despegaban del cráneo
de un modo aterrador, como si fuesen a caerse al suelo. Sentí su mano
viscosa entre las mías, y noté en ella juntos el ardor de la calentura
y el sudor de la agonía próxima. Su aliento era ya la descomposición
de un estómago que no tiene jugos digestivos. Le dije las tonterías y
vulgaridades de cajón.
--Cuidarse... Me parece que aras demasiado... No conviene exagerar...
El número uno ante todo... Prudencia, prudencia. ¿Por qué no sales y
tomas aires de campo? ¡Te encuentro algo flacucho!...
Y el maniático con una sonrisa casi suplicante, que pedía excusas,
respondiome:
--Ya ves, ahora, para lo que falta... Pocas son las malas fadas,
como dices tú; hasta junio solamente... En examinándome y saliendo
con bien... ¡plam! a casa, junto a la viejuca... Va a chochear de
contenta... va a ponerse a bailar, aunque no puede menearse de su
butaquita. ¡Y yo! --Interrupción a cada palabra por una tos que
parecía salir de una olla rota--. Yo... mira, yo... para ser franco...
contentísimo también. Porque chico, la aciertas... es demasiada
sujeción, y lo que es este verano... te aseguro que he de correr
liebres y que he de beber mosto. No; si ya hasta se me ocurre que
este género de vida... me perjudicará... a la salud. La comida no me
aprovecha y tengo una poquita... ¡ay!... nada más que una poquita... de
expectoración. Pero no vale la pena; conozco el remedio. En llegando a
Zamora...
--Pues mira --insté--, lo que convenga... hacerlo pronto. Esas cosas
que atañen a la salud, en tiempo... porque si no... ¿quién sabe a lo
que te expones? Ea, hoy sales a dar una vuelta conmigo...
El asiduo se alarmó como si le propusiese cometer algún crimen.
--¿Una vuelta? Estás loco. ¡Tú no te fijas en lo que tengo que hacer!
Esos condenados _puertos y señales marítimas_ y esa... indecente...
_legislación de obras públicas_... ¡ya ves que no es lo más difícil...!
pues no acaban de entrarme. A veces se me figura que mi cabeza es una
espumadera: echo en ella párrafos y más párrafos... Al minuto no queda
ni gota. ¡Ay! ¡Si yo pudiese apretar, apretar los sesos! No creas; un
día hasta me até un pañuelo por las sienes... Lo que se me ha quitado
ahora son las jaquecas que padecía al principio. Del mal el menos.
Siquiera no tengo que acostarme y quedarme a oscuras. Únicamente...
la cuestión del estómago... Pero en yendo este año a unas aguas
minerales... ya me dijo Saúco que me pondría como nuevo. Lo que tengo
es nervioso, puramente nervioso... Ganas de acabar.
Dejele con sus consoladoras esperanzas y su obstinación honrada y
absurda, para enterarme de cómo andaba el bueno de Trini. ¡Ah! De
monises, rematadamente mal: ni un cuarto para hacer bailar a un
ciego. Pero en cambio, de gloria... _¡ssss!_ Trinito, que para todo
poseía la misma facilidad desastrosa, se había aprendido la jerga o
caló de la crítica gacetillera, _fusilando_ sin escrúpulo frases y
hasta conceptos enteritos de escritores conocidos y celebrados; y
sin omitir ni las frialdades jocosas que el género impone, ni unas
cuantas citas trastrocadas y de cuarta mano, ponía él de oro y azul
a los más pintados maestros y compositores del mundo; pues por ahora
su especialidad era la crítica musical, aunque alimentaba siniestros
propósitos de correrse a la artística, a la dramática y a la literaria,
si a mano venía. Como al ramo de crítica musical se dedican pocos
autores, y no deja de _hacer bien_ en un diario, aunque son contados
los lectores que se enteran, Trinito había logrado en poco tiempo que
«le abriese sus columnas» cierto periódico muy autorizado y popular;
y a cada acontecimiento musical que sobrevenía, les endilgaba a los
suscriptores dos columnas y media de aquellas que le habían abierto.
Cobrar no cobraba por su prosa un céntimo partido por la mitad;
pero sus escarceos críticos le valían entrada gratis en teatros y
conciertos, relación con cantantes, etcétera; y esperaba él que más
adelante, cuando «se diese a conocer», le reportarían ventajas mayores.
Portal estaba muy gracioso describiendo los artículos de Trini.
--El tupé más colosal del siglo. Lo mismo habla de Mozart y de
Beethoven, que si desde chiquito les hubiese tratado tú por tú. A
Arrigo Boito le adivina las intenciones, y Saint-Saëns que no se
descuide ni se caiga, que no habrá perdón para él. Da gusto verle
encararse con Ambrosio Thomas preguntándole _si cree que por ese camino
se va a alguna parte_, y tirarse como un gato a los ojos de Wagner
cuando _incurre en monotonía_. Te aseguro que es divino el muchacho.
¿Pues con los cantantes? A la pobre de la Sgarbi me la puso de vuelta y
media porque dice que no entró a tiempo en no sé qué cavatina. Estaba
con la Sgarbi, por lo del retraso, como si la infeliz mujer le debiese
dinero o le hubiese dado calabazas. Tú ya sabes lo patoso, lo manso que
es a diario Trinito... Pues escribiendo parece un dragón. Se come a la
gente.
También visité la casa de Pepa Urrutia, mi antigua patrona vizcaína,
por el interés que me inspiraba siempre el desastrado Botello. Me llevé
chasco. Botello había desaparecido, tragado quizás por la oscura boca
de la miseria o lanzado a desconocidas regiones por la dura mano de la
necesidad. La casa de la Pepa rebosaba de alumnos de Arquitectura y
Minas, con algunos huéspedes de paso; y el puesto de don Julián, aquel
valenciano trápala que en otros tiempos llevaba la batuta, ocupábalo
(según pude inferir de algunas indiscreciones de los comensales, entre
los cuales había uno bastante conocido mío, Mauricio Parra), el señor
de Téllez de los Roeles de Porcuna, noble sin dinero, hombre ya entrado
en años, de majestuosa presencia, pero más tronado que Botello mismo,
si estar más tronado cupiese.
Venía este tal a Madrid a asuntos graves e importantísimos, pues se
trataba nada menos que de un pleito de tenuta sostenido contra la casa
más ilustre quizá de nuestra nobleza, a fin de recobrar unos mayorazgos
que le detentaban muy contra razón y fuero. Todos los días, en la
mesa redonda, refería el buen señor Téllez de los Roeles las causas,
orígenes, bases, razones y fundamentos de su derecho inconcuso a los
dos mayorazgos de Solera de Hijosa y Mohadín, que sin justicia retenía
la casa ducal de Puenteancha, citando el privilegio rodado concedido a
su ascendiente el maestre de Alcántara, en virtud del cual su línea,
adornada con el don de la masculinidad, era incuestionablemente la
llamada a suceder. Vi al señor Téllez cuando me lo presentó sin
ceremonia Mauricio Parra, y no pude menos de admirar el evidente corte
aristocrático de su figura, que era prolongada, bien barbada como la
de los apóstoles de los Museos, de ancha frente, que coronaban con
dignidad mechones grises; la estatura aventajada, finas las manos, y
toda la persona revestida de un carácter de autoridad, resignación
y tristeza casi mística que imponía consideración y respeto. La
misma pobreza de su ropa, raída y esmeradamente cepillada, le hacía
simpático; el modo de caerle el abrigo era elegante, y su aspecto nunca
delataba incuria, desaseo o sordidez. Yo, mirando al señor Téllez,
juzgaba maliciosos y desvergonzados a los muchachos estudiantes que
suponían a aquella persona tan decente extralegales influencias sobre
Pepa Urrutia. ¿Era capaz de ejercitarlas? ¿No sería más bien que el
corazón de la patrona, blando y caritativo de suyo, se había derretido
aún más viendo al pariente de los duques de Puenteancha, sucesor en el
marquesado de Mohadín de los Infantes y acaso en una o dos grandezas,
reducido a la mayor estrechez? Lo cierto es que Pepita profesaba al
señor de Téllez inexplicable veneración; que todo le parecía poco
para su regalo; que se cree fundadamente que no le presentaba la
cuenta nunca, y que se interesaba hasta el delirio por el éxito de las
pretensiones del Marqués de Mohadín..., _in partibus infidelium_.
Hízome gran impresión aquel tipo original, con quien más adelante hube
de trabar relaciones que en nada interesan al curso y desarrollo de
la presente historia. La del respetable litigante la contaría yo de
muy buena gana, si tuviese aptitudes de narrador; pero ella es tan
peregrina, que no quedará en el olvido; se impondrá a la atención de
los que pasan su vida escudriñando los repliegues del corazón ajeno,
acaso para distraer nostalgias del propio.
Cierro la lista de las distracciones que encontré en la convalecencia,
y con las cuales creí engañar el tiránico afecto enseñoreado de mi
alma, diciendo que penetré en dos círculos sociales muy distintos:
en casa de una señora que daba reuniones, y en la de un importante
personaje político, jefe de partido, escritor y sabio, a quien me
presentó Mauricio Parra, que era de sus prosélitos fervientes.
Yo también comulgaba, y no con menos devoción en la creencia de
Mauricio; yo me contaba entre los devotos de aquel insigne repúblico,
a quien llamaré Don Alejo Nevada, y le reconocía por _jefe_ cuando mis
fiebres amorosas dejaban lugar a las políticas.
Creía además, o mejor dicho, deseaba que el entusiasmo político borrase
mis preocupaciones de otra índole, pues me encontraba en un momento
de esos en que con sinceridad nos proponemos combatir nuestra locura,
aplicando todos los derivativos que conoce la ciencia. Mi entusiasmo
por Nevada me infundía esperanzas de que su vista y trato refrigerante
serenasen mi cabeza, trayéndome a aquel camino de las _líneas
rectas_ en mal hora abandonado, al cual la severa figura del que yo
interiormente llamaba _mi jefe_ debía ayudarme a volver.
No pisé su casa sin religiosa emoción de neófito. He notado que cuando
nos acercamos a los personajes célebres, de quienes se habla en todas
partes y a quienes se juzga con criterio muy distinto y contradictorio,
a veces con la más salvaje grosería y la maledicencia más inconsiderada
y ponzoñosa; a quienes un día tras otro la caricatura, las sátiras de
los periodiquines y los sueltos aviesos y ladradores de la sección
política exponen en la picota a pública vergüenza; he notado, digo,
que cuando nos llegamos a estos personajes, parece que la injuria,
la calumnia, el humo y el polvo mismo de la batalla les han puesto
aureola, y lejos de movernos a irreverencia todo lo que hemos oído
y leído, redobla nuestro acatamiento. Entré poseído de ese respeto
involuntario --que muchos considerándolo ridículo, encubren bajo una
franqueza chabacana y de mal gusto-- en la residencia de Don Alejo
Nevada.
La casa no tenía sin embargo, nada de imponente, como no fuese su
propia austera sencillez y la voluntaria abstención del lujo barato
moderno, deslumbrador para los incautos. El edificio era antiguo,
desahogado y alto de techos: pasado el recibimiento, descansábamos en
una pieza que adornaba vasta anaquelería abarrotada de libros. Allí
esperábamos y allí se leían periódicos o se discutía a media voz,
mientras llegaba el turno de ser introducido en el despacho contiguo y
saludar al grande hombre.
Cuando me tocó la vez, entré aturdido y ciego, enredándome en los
muebles y tropezando con las sillas. Al dar la mano a Nevada humedecía
mi diestra ligero trasudor, y el corazón me latía fuerte. No supe
decir más que frases balbucientes y torpes. Tuve conciencia de mi
falta de aplomo, y la fría amabilidad con que Nevada me sentó a su
lado y me dirigió preguntas, acabó de aturrullarme. Sin embargo, poco
a poco fue normalizándose mi circulación y disipándose la niebla que
hasta entonces me oscurecía los rasgos de Nevada: vi claramente su
faz de rey mago, que parecía desprendida de algún tríptico medieval,
su barba de nieve, sus ojos tranquilos, dormidos tras los espejuelos,
sus mejillas rosadas como de figura de porcelana, el dibujo anguloso
de sus facciones, la calma de sus movimientos. Aquella impasibilidad
sin mezcla de arrogancia alguna, aquella llaneza y tibieza de la
expresión, aquella palabra glacial, que servía de verbo a una política
abstracta, profética y pacienzuda, me parecieron entonces el colmo
de la sabiduría. Nada más distinto de como solemos representarnos a
un agitador y a un radical que aquel viejo apacible, semejante a las
figuritas de cerámica que retratan la ancianidad en el arte de los
pueblos de Oriente. Nevada, con su trato afable y mate y su yerta
conversación, encarnaba a maravilla las _líneas rectas_ que debían
predominar en mi cerebro.
Así que recobré ánimo, aprecié también el aspecto del despacho, y todos
y cada uno de sus detalles contribuyeron a afianzar en mi espíritu la
consideración. Tanta modestia y seriedad me cautivaron. El sillón que
mi jefe ocupaba, de cuero negro con grandes y doradas tachuelas; la
ancha mesa; la anaquelería cargada de libros y subiendo hasta el techo,
lo mismo que la de la antecámara; los estantes, que en vez de ricos
chirimbolos, lucían reproducciones en yeso, lo más barato y modesto que
en arte cabe poseer; las anchas fotografías y grabados, único adorno
de las paredes, todo revelaba la misma formalidad, la misma carencia
de pretensiones, y el mismo propósito de huir de la vulgaridad por
medio de la sobriedad espartana; e indicaban aficiones científicas
los instrumentos de observación, colocados en otras rinconeras, los
termómetros y giróscopos de Benot o Echegaray, un microscopio, una
hermosa caja de compases.
La conversación del repúblico era como su nido: apagada, sorda, sin
brillo alguno, aunque en ocasiones importante y firme, y en otras
profunda. Sus palabras, pronunciadas por una voz sin inflexiones,
una voz gris, y en estilo castizo, se me grababan en el cerebro cual
si las inscribiese acerado punzón. Cuando ya dejé desbordar algo mi
entusiasmo, revelándolo en dos o tres frases, no se estremeció músculo
ni fibra de aquella fisonomía; los ojos no brillaron, los espejuelos
sí; no observé en el semblante ni la dilatación de la vanidad, ni la
inconsciente efusión de la simpatía que responde a la simpatía; solo
contestó a mis protestas un «vamos, vamos» inerte. La apacibilidad de
Nevada me impulsó a extremar mis vehemencias, empeñándome en arrancar
del trozo de sílex la chispa; recuerdo que le dije que estaba decidido
a todo, y que me considerase como _recluta disponible_. El jefe me
preguntó entonces mi nombre y señas, y lo apuntó cuidadosamente, con
bien sentado pulso, en un libro. Supe después que también llevaba,
en papeletas, como un catálogo de biblioteca, el índice de todos los
comités del partido en España, y me pareció que semejante idea de
catálogo, de clasificación y de método, introducida en el hervor de una
comunicación joven y entusiasta, pintaba al hombre.
Salía yo a tiempo que entraba un fuerte sostén del partido, prócer de
tan alta alcurnia como pingüe hacienda, tipo bien diferente y a un
opuesto al de Nevada, cabeza de enérgico diseño, meridional, respirando
pasión, modelada con rasgos hondos y valientes curvas, como en lava del
Vesubio. El contraste entre aquellos dos personajes políticos hacía
sorprendente su estrecha unión y amistad. A pesar de la presencia del
prócer, Nevada al despedirme, me acompañó hasta la puerta.
Seguí yendo los domingos por la mañana a casa de mi jefe, aficionándome
a la tertulia de la antesala, donde se ventilaban problemas de
actualidad, y la conversación, al par que de miasmas políticos, se
cargaba alguna que otra vez de efluvios intelectuales, sobre todo
si Mauricio Parra alternaba en ella. Traté de presentar allí a Luis
Portal; pero el orensano no quiso, porque, según decía: «en esa ermita
no entran más que los devotos, y ya sabes que yo... _nequaquam_».
Nuestras polémicas en la antesala eran a media voz. Generalmente
leíamos la prensa, que se amontonaba en grandes cascadas sobre la mesa
central. Los personajes que descollaban en la reunión eran un síndico
de vinateros, hombre acomodado y de influencia, que solía ejercer
altos cargos municipales; cierto tipógrafo socialista, de quien a
veces, en nuestra zozobra de noveles conspiradores, sospechábamos que
fuese agente provocador e hiciese bajo cuerda la política de Cánovas;
un cura zorrillista que no formaba opinión sobre cosa alguna divina
ni humana mientras no consultaba a don Manuel y este resolvía la
consulta --y el elemento estudiantil, no escaso ni pacífico. Tanto que
muchas veces, en ocasión de entrar el prócer o algún personaje de alto
fuste, y cuando oíamos el rumor alternado del diálogo en el despacho
vecino, nos entraba ansia de esa atmósfera de disputa que ha sido por
largo tiempo ambiente propio de la política española; y vencidos de
nuestro antojo apelábamos al recurso de irnos a otro piso de la misma
casa, la redacción de un periódico masónico, donde veían la luz actas
del Gran Oriente mantuano, el legítimo, el ajustado al rito antiguo
escocés. Allí podíamos subir el diapasón y despacharnos a nuestro
gusto. Mauricio Parra llevaba la batuta. Aquel muchacho, dotado de
inteligencia no inferior a la de mi amigo Luis, era su polo opuesto,
en el sentido de que tenía temperamento batallador, carácter acerbo y
díscolo, poquísima transigencia, decidida afición a contradecir, y bajo
estas espinas y abrojos, un gran fondo de ternura y tal vez un candor
de que no adolece el sagaz Portal. La vida, con su roce y su desgaste,
no había conseguido limar los ángulos del carácter de Mauricio, ni
atenuar la crudeza de sus opiniones, generalmente paradójicas. Para
muestra de esas trasladaré lo que decía de mi carrera y del espíritu
que en ella domina.
--Déjeme usted --exclamaba encolerizado Mauricio--. Su carrera de
ustedes, tal como aquí se entiende, es una carrera, ya que no de
obstáculos, de disparates. Estudian ustedes, no cabe duda, diez veces
más que los ingenieros franceses y belgas; pero estudian cosas que
maldita la falta para el ejercicio de la profesión. Aquí sacamos de
quicio todas las carreras por querer elevarlas a sus elementos más
sublimes, prescindiendo de los meramente útiles; y luego resulta que
nuestros ingenieros hacen dramas, hacen leyes, hacen política, lo hacen
todo menos ferrocarriles, puentes y montaje de fábricas. ¿Quieren
ustedes saber cuál es para mí el ideal del ingeniero? El hombre que
dirige a conciencia la construcción de un ferrocarril, y el día de la
inauguración recibe de frac a las comisiones y al Rey, y en seguida,
cuando se trata de que el Rey recorre la línea, se quita el frac, se
planta su blusa, trepa a la locomotora, y actuando de maquinista,
lleva el tren al final del trayecto. ¡No se subiría el hijo de mi
padre a un tren dirigido por Echegaray o Sagasta! Esa gimnasia feroz
de matemáticas, ¿me quieren ustedes decir para qué sirve? En Francia
un ingeniero no estudia la teoría de su profesión sino tres años, y
luego pasa a _centralier_, y blusa al canto, ¡y práctica, y práctica,
y más práctica! Mientras que aquí, sabrán ustedes mucho de buñolería
científica... pero no saben hacer lo que hace un maestro de obras: ¡una
tapia!
--¡Hombre! --le contestaba alguno escandalizado--. ¡No tanto, por Dios!
--¡Ni una tapia! Me ratifico. Son ustedes, a estas alturas, lo que
fueron los médicos allá en el siglo XVIII: una gente atestada de
fórmulas, y sin el menor sentido de la realidad. Entonces los médicos
se habían plantado en Aristóteles: ustedes hoy están en Euclides. Mucho
fárrago de teorías y de proposiciones, muchos conocimientos abstractos,
y nada de anatomía ni de clínica profesional. Para lo más sencillo
se ven ustedes atarugados. Se le pide a uno de ustedes un modelo de
puente, verbigracia, y se toma un trabajo loco, se gasta cinco meses,
lo calcula todo muy bien, resistencias, distancias, coeficientes de
flexión... para que luego les digan a ustedes en el _Creusot_: «Pues
sí, señor, todo eso es óptimo, y muy meritorio y muy laudable, están
ustedes muy fuertes en el cálculo...; pero han perdido el tiempo
lastimosamente, porque aquí tenemos modelitos de puentes hechos ya,
cuyo resultado se conoce por experiencia, y con pedir el modelo núm. 2,
o el núm. 3, salían ustedes del apuro sin tanto descornarse.»
--¡Pero eso --exclamaba yo indignado-- es hacer de nosotros punto menos
que artesanos! Suprímanos usted, y que nos reemplacen los sobrestantes
de caminos.
--Pues eríjame la profesión en sacerdocio, y deje los puentes en el
aire o abra túneles que luego resulten anteojos de teatro --respondiome
el furioso paradojista--. ¿Ha visto usted que los Edison ni los Eiffel
salgan de ninguna Escuela especial? ¿No sabe usted que Eiffel dice a
quien lo quiere oír que _il se fiche_ de las matemáticas? ¿Le parece
a usted que es sano y bueno, en una cosa de carácter eminentemente
práctico, mandar la práctica al rábano, como hacen ustedes? Y además,
¿no es doloroso ver reducir a tal estado a los alumnos, que en esos
años de la carrera, lo más florido y plástico de la vida, no les quede
ni tiempo ni cabeza para adquirir otra clase de conocimientos sino
los puramente técnicos? Da grima ver a los chicos pasar su juventud
sin obtener ni ese barniz tan necesario hoy, que se llama _cultura
general_, y que es como la camisa limpia del entendimiento. Salen
ustedes de ahí aplatanados, atrofiados del cerebro, con los sesos
rellenos de guarismo. Usted y Portal son de lo más lucidito de la
Escuela no en la carrera tal vez, sino en cuanto a que han procurado
ustedes, a salto de mata, apoderarse de algunas ideas, leer algo más
que el libro de texto. Conservan ustedes cierta savia intelectual, que
sería mucho mayor si no estuviesen sometidos a ese régimen depresivo.
Su amigo Luis es un cabezón; de allí podría salir un grande hombre
de estado, un economista... ¡yo qué sé! Y usted que tiene tanta
sensibilidad, tanta fantasía... ¿por qué no había de ser artista, o
escritor, o...?
--Pues si no quiere que Echegaray haga dramas --objeté--, ¿cómo me
aconseja a mí que en vez de mis asignaturas cultive las letras?
No era Mauricio de los que se dejan coger en un renuncio. Se evadía con
sofística habilidad. Nosotros atribuíamos su gran inquina contra la
Escuela, a que en tiempos tuvo que salir de ella por la puerta de los
carros.