IV

La señora que daba reuniones vivía en el primero de la casa de mis

tíos. Era viuda de un Subsecretario, y allá en sus mocedades hubo

de presumir de elegantona; hoy tenía el pelo blanco, las formas

exuberantes, corva la nariz, el continente entre severo y meloso, y

todas las pretensiones cifradas en sus dos pares de niñas, muchachas

del género insulso, nerviosas y linfáticas, de estas cuya inutilidad

e intolerable sosera son fruto combinado de la vida anodina, la

deficiencia de instrucción, la estrechez de miras y la frivolidad. «De

la cabecita de esas cuatro no se saca para hacer un frito de sesos»,

afirmaba Luis. Las señoritas del primero eran prueba viviente de que

andaba acertado mi amigo al insistir en la necesidad de crear una mujer

nueva, distinta del tipo general mesocrático. ¿Quién podría sufrir la

vida común con semejantes maniquíes?

Pasábanse todo el día de Dios en la ventana, ya entre cristales, ya

con el cuerpo fuera. Cuando no estaban así, en postura de loritos,

martirizaban el piano, revolvían figurines, charlaban de modas, leían

revistas de salones para husmear las bodas y los equipos de la gente

encopetada, criticaban a sus amigas, fisgoneaban quién entraba en casa

de los vecinos, se miraban al espejo o daban vueltas a sus sombrerillos

y trajes. A falta de otro género de conocimientos, su madre les

inculcaba ideas de nimia corrección social, explicándoles día y noche

lo que era _bien visto_ y _mal visto_, lo que _podían hacer_ y lo que

_no podían hacer_ unas señoritas; y a aquellas criaturas, capaces de

establecer comunicación telegráfica con el primer mequetrefe que pasase

por la acera fronteriza, les parecía tan imposible ir solas hasta la

esquina de la calle, como en ferrocarril a la luna. A falta de su madre

--que padecía un principio de estrechez valvular, y no podía andar

mucho a pie--, las acompañaba una criada zafia y descaradilla, y con

tan excelente rodrigón, ya se atrevían las muchachas a salir a compras,

a misa, a casa de las amigas de confianza, mientras todas cuatro,

juntas, pero sin la maritornes, no se hubieran determinado ni a tomar

un carrete de hilo en la tienda de enfrente.

La noción fundamental de la moral inspirada a las niñas de Barrientos

era la inseparabilidad. La madre se desvivía para meter en la cabeza a

sus cuatro retoños que el toque de la fraternidad estribaba, no solo en

vestir tan idéntico que si una de las hermanas compraba, verbigracia,

un alfiler de cabeza de gallo, las demás revolviesen todas las tiendas

de Madrid buscando otros tres gallos igualitos, sino en pasear y hasta

creo que estornudar a las mismas horas y del mismo modo. Cuando a

una la dolía la cabeza, las otras tres suprimían la salida; si una

aprendía, por afición, a calar madera con sierrecilla, era obligatorio

que a las restantes las entrase igual manía, llenándose la casa de

cajitas enanas y edificios góticos de cinco pulgadas de alto; si una

aprendía cierta sonata al piano, habían de aprenderla las restantes,

y si una se levantaba y salía del gabinete, la seguían las otras en

hilera como las grullas. La madre, viéndolas sometidas al régimen de la

fraternidad forzosa, solía exclamar, cayéndosele la baba: «¡Como están

tan unidas!» Y aprobaban los presentes: «¡Ay! muy unidas... ¡Da gusto

ver una familia así!»

Lo que realmente daba --según Portal, presentado por mí a la señora de

Barrientos-- era pavor, de imaginar que se preparaban con tal régimen

futuras esposas y madres de familia; de pensar que aquellas muñecas

rellenas de serrín, serían, andando el tiempo, base de un hogar,

compañeras de un hombre inteligente, que hubiese probado las amarguras

y los combates de la vida, ejercitando el cerebro, desarrollado sus

ideas y contraído la necesidad de emitirlas.

--¡Yo --exclamaba Luis-- me suicido si me mandan que me amarre al

yugo con una de esas sin sustancia! ¡No creas por eso que prefiero a

tu ideal! Entre la tití y las señoritas de Barrientos, me quedo sin

ninguna; la señora de tu tío (que en mi concepto está algo loca) es

una mujer de otras edades, a quien tocó nacer en el siglo presente,

adornada con virtudes que no necesito y convicciones que me estorban; y

las de Barrientos, unas pavisosas coquetuelas que no veo la necesidad

de que naciesen en este siglo ni en ninguno, porque maldito si sirven

para nada. Créeme, chacho. El hombre de mediano sentido común que

cargue con ellas, a los dos meses las administra algún alcaloide. ¡Dios

me libre de tales plepas! ¿Quién cargará con esas gangas?

Ya podía conjeturarse quién, pues las señoritas de Barrientos tenían

novio todas, aunque de muy diverso pronóstico matrimonial: dos había

de casaca, y dos de pasatiempo. Los de casaca se dirigían a la segunda

y tercera de las niñas, Aurora y Concha; los de entretenimiento a la

mayor y menor, Camila y Raimunda. Eran los de casaca un par de buenos

muchachos, que esperaban, el uno por la notaría y el otro por la

efectividad de capitán, para ofrecer el cuello a la coyunda; y los

de entretenimiento, dos estudiantes de leyes, asociados para aquellos

amoríos, amigos de cháchara, pero más recelosos de la Vicaría que toro

corrido de la puya.

Como las muchachas de Barrientos estaban «tan unidas», yo he de decir

en toda verdad que cuando asistía a sus saraos me era imposible no

confundirlas, y también a sus novios, de una manera a veces muy cómica.

Viéndoles pegados a sus respectivas damiselas, conseguía orientarme;

pero en cuanto se deshacían los dúos, me quedaba en ayunas de cuál era

_el de_ Raimunda ni cuál _el de_ Concha. Hasta tal punto me mareaba el

amoroso rigodón, que se me puso en la cabeza que el novio de Aurora, el

futuro notario, chico muy formal y dulce, la mejor proporción de los

cuatro pretendientes, hablaba más con Camila, la mayor de las hermanas,

que con su misma novia. Camila tendría veintiséis o veintisiete

años largos de talle, y aunque ajustada al patrón uniforme de la

insignificancia fraternal, me parecía que alguna vez, sobre todo cuando

cantaba acompañándola al piano Raimunda, revelábase en ella una mujer

distinta, nada espiritual por cierto. Al modular las notas de algún

tango o cancioncilla, sus labios se entreabrían, el canto enronquecido

y arrullador salía de ellos como chorro candente, sus ojos se nublaban,

y transformaba su cara empalidecida una especie de deliquio. Aquella

pobre joven debía de estar muy fatigada de su larga soltería.

A casa de Barrientos bajaba yo con la tití una vez por semana, los

jueves, día señalado para las recepciones. No sabiendo qué hacer, y en

la imposibilidad de dar conversación a Carmiña, se la daba a Camila,

lo cual me distraía un poco, pues lentamente, bajo el artificio de su

educación convencional, iba descubriéndose la naturaleza más fogosa

que yo había encontrado nunca. La proximidad de un individuo de mi

sexo producía en Camila un efecto que encubría disimulando; a veces

adoptaba la expresión cándida y bobalicona de sus hermanas, pero no

siempre podía mandar en sus ojos ni en su fisonomía delatora. A no

estar yo tan subyugado por otro orden de sentimientos, Camila hubiera

sido un peligro para mí; y no porque me gustase, que no me gustaba poco

ni mucho, sino porque mujeres de tal condición no necesitan gustar para

constituir riesgo. Son el clásico fuego junto a la estopa.

En los saraos barrientescos, tití se manifestaba como cumple a su

estado, absteniéndose de cuanto trascendiese a profanidad: siempre

moderada en el vestido y adorno, hallábase tan dispuesta a dar palique,

en el rincón del sofá, a las señoras formales, como a teclear polkas y

rigodones para que bailase la gente moza.

A lo que no se prestaba nunca era a tocar allí el piano formalmente.

No sé si la tití era una profesora, o algo menos: seguramente una

aficionada notable. Es imposible sacar mejor partido de un instrumento

seco, ingrato y duro como el piano, en que el sonido no se liga al

sonido sino a fuerza de inteligencia y sensibilidad en el ejecutante.

No se podía comparar la ejecución de Carmiña a esa catarata de notas

sonoras, metálicas y brillantes que tanto se aplaude en los conciertos;

jamás la vi romper a sudar mientras tocaba, ni hago memoria de que

saltase cuerda alguna en el arrechucho de una serie de octavas o de

una escala cromática doble. Su manera despuntaba por lo suave, tersa,

matizada y sobria. No daba una pifia, ni aplicaba el pedal cuando no

hacía falta. Tenía gusto en la elección de piezas: no recuerdo que

estudiase _fantasías_ sobre motivos de ópera alguna. Cogía, sí, la

ópera entera, e iba leyéndola, divagando, deteniéndose más en los

pasajes reconocidamente hermosos, y manifestando al traducirlos que

había entendido muy bien su sentido recóndito, el pasional inclusive.

Sus trozos predilectos eran sonatas de Beethoven o de Schumann.

También tocaba música de iglesia, pero decía ella que no se prestaba

el piano, y que tenía capricho de un buen armonio. Capricho, ¡ay! que

llevaba pocas trazas de cumplirse, pues mi tío no parecía muy inclinado

a aflojar cuartos para fines meramente recreativos.

Cada día se confirmaba que mi tío Felipe sufría honda crisis: no

estaría enfermo del cuerpo, pero debía de estarlo, y gravemente, del

espíritu. Su carácter, más desabrido y agrio, sus períodos de murria

y silencio, la indiferencia en que a ratos caía, indicaban no era su

estado de ánimo el propio de un hombre a quien mira con buenos ojos la

fortuna, que ha triunfado en su pequeña escaramuza por la existencia, y

es dueño de una esposa joven y envidiable como Carmiña Aldao.

Repito que le observaba sin cesar. No me ocupaba en otra cosa; aunque

en apariencia me distrajese, volvía siempre al foco o centro de mi

vida sentimental, que eran Carmiña y su marido --y aún creo que

debiera invertir el orden--. El odio puede ser más irritante y activo

que el amor, y yo por odio me convertí en anatómico de dos almas. La

historia de mi loca pasión por la tití se reducía a un espionaje, pues

me bastaba saber las vicisitudes de su espíritu, juzgándome feliz si

andaban acordes con las del mío propio. Pues bien: hacia la época a

que voy refiriéndome --el mes de mayo-- hube de notar (no era ilusión)

que la inexplicable acedumbre de mi tío para con su mujer revestía

carácter de desvío absoluto. Este desvío, acentuándose gradualmente, se

manifestó sin rebozo en dos síntomas.

El primero fue tan significativo en el terreno material, que no

dejaría duda ni al más topo. Había en la casa, contiguo al despacho,

un gabinete o dormitorio interior, estucado, que servía de ropero:

allí colgaba mi tío su vestuario, allí colgaba algún trasto estorboso,

y allí se aseaba. En esta alcoba supletoria existía también una cama

de hierro, doblada y arrimada a la pared. Pude cerciorarme de que a

principios del mes de mayo la cama recibió colchones y sábanas, y mi

tío pasó las noches en ella.

El segundo indicio, puramente moral, aún resultó para mí más luminoso y

me produjo mayor satisfacción interna. Fue percibir en el semblante y

en toda la persona de la tití --desde que se realizó esta separación--

un cambio favorabilísimo. ¿Habéis visto la flor lacia y mustia, que al

segarle con delicado corte de tijera el tallo e introducirla en agua,

yergue la cabeza, adquiere color, frescura y gallardía, y lozanea

saliéndose del vaso de cristal? Pues así revivió la mujer incomparable,

cuando sin intervención suya, sin tener que acusarse de nada, se

aflojó el lazo que había apretado en mal hora su generosa decisión.

Seguramente los mártires de la leyenda cristiana irían al suplicio muy

animados, cantando muchos himnos y todo lo que ustedes gusten; pero

figurémonos que sin necesidad de quemar incienso ante los ídolos, ni

de apostatar de la fe, ni de recibir un triste libelo, en aquellos

instantes terribles, obtuviesen la conservación de la dulce vida...

y crean ustedes que los mártires, sobre todo siendo jóvenes y llenos

de esperanza, se pondrían tan contentos. ¿Pues qué? ¿Acaso el mismo

Hijo del Hombre, en el Huerto, no se volvió a su Padre, implorando que

pasase de él aquel cáliz, si era posible?

Mi tití no tenía que beber el cáliz ya. No era culpa suya si el esposo

se alejaba. Podía cumplir su programa moral, ser buena a toda costa, y

al mismo tiempo no apurar la hiel de deberes tan amargos. Yo veía que

los negros ojos de Carmiña recobraban el brillo y la húmeda suavidad de

la ventura; que sus ojeras, perdiendo el amoratado color, solo rodeaban

de ligero cerco obscuro los luceros de la cara; que su tez perdía el

tono de la bilis estancada y reprimida, para adquirir el arrebol de

nácar que presta la sangre cuando circula normalmente; que hasta su

buen apetito y su risa delataban el equilibrio de las funciones. Mi tía

iba poniéndose guapa.

La satisfacción se revelaba hasta en su modo de herir las teclas.

Alegres y brillantes valses, cadenciosas polkas, brotaban de sus

dedos, saltando como mariposas juguetonas y aladas de un matorral.

Arpegios rápidos, marchas y galopes sonoros nacían de sus manecitas, ya

redondeadas y llenas, como son las de las mujeres felices. Otras veces

volvía a Schumann y a Beethoven, pero con una reposada languidez que

imprimía a aquellas ensoñadoras divagaciones mayor encanto. Las teclas

no gemían, ni rezaban ya, o al menos su rezo se parecía a acción de

gracias fervorosa.

Hasta en el traje de Carmiña me pareció advertir indicios de ese

renacimiento moral que presta valor a los objetos exteriores y nos

lleva a reflejar en ellos la situación de nuestro espíritu. Se componía

más; su peinado, siempre sencillo, tenía algunos toques de coquetería

modesta; prendía a veces una rama de lila en el pecho; otras un bonito

y limpio _fichú_ blanco alegraba su traje, habitualmente obscuro.

En esta ocasión tuve mil de hablarla a solas, porque mi tío se marchaba

de casa con diferentes pretextos, y siempre andaba de cabildeos

políticos, tejiendo intrigas de menor cuantía, relacionadas con sus

proyectos de veraneo en Pontevedra y el influjo que allí deseaba

reconquistar. Las tiranías locales, aunque piden frecuentes viajes

a la corte, también imponen al tirano residencia en sus dominios.

Sucedíale a mi tío lo que a muchos caciques de su misma exigua talla:

que no poseyendo condiciones para volar con sus propias alas en Madrid,

consiguen dominar una provincia merced al favor de personajes más

altos; pero faltándoles este puntal, la acometida de otra medianía

hace tambalearse su efímero poder. El adversario de mi tío era Dochán,

ambiciosillo rastrero, de habilidad suma, que ya le tenía minados

todos los caminos y tomadas todas las vueltas. Había empezado por

fundar, contra _El Teucrense_, otro periodiquín llamado _La Aurora de

Helenes_; esta hoja ladradora y procaz llenaba sus tres páginas con

ataques a mi tío y a ciertos paniaguados suyos que, desatendidos por

Sotopeña, iban inclinándose hacia el partido conservador o reformista,

únicamente por recurso; porque veían al Santo indiferente a sus quejas,

sordo, desde lo alto de la hornacina, a sus postulaciones, y ya se

permitían de vez en cuando, seguros de que nada lograban por medio

del incienso, apelar a la intimidación y dirigirle estocadas. ¡Ancha

y pródiga mano y paciencia heroica necesitaba el Santo bendito para

satisfacer a todos sus coterráneos, que fundaban en sus milagros la

aspiración de hacer del presupuesto la quinta provincia gallega!

A mi tío _La Aurora_ le daba con las de alambre. Salían a relucir

diariamente enjuagues y chanchullos: el alquiler de la casa para

oficina de Correos, los solares famosos, los expedientes de

carreteras... todo, todo; la eterna miseria de los escándalos de

provincia, basura removida sin cesar, que nunca se entierra, y no por

indignación vengadora, sino por odios personales, o por desesperación

de que otro haya sido autor de la fechoría y usufructuario también.

Aparte de las concusiones, le arrojaban a la faz la dureza de su

corazón, ajeno a los afectos de familia, y su guerra contra Luciano

Aldao, a quien sitiaba por hambre, cerrándole el camino de la deseada

prebenda del Hospital: en efecto, mi tío desplegaba encarnizamiento

horrible contra su cuñado: si pudiese, le reduciría a la miseria.

He dicho que me encontraba muchas veces solo con Carmiña, sentado cerca

del piano, oyéndola juguetear con las teclas, o viéndola hacer labor y

repasar la ropa, tarea doméstica que desempeñaba a las mil maravillas.

Decir que no se me ocurriese arriesgar un paso decisivo, sería mentir:

yo, como es natural, pensé, no solo en la posibilidad de declararme,

sino en la probabilidad de sorprender dormida a la virtud, y robar a

su sueño lo que su vigilia no me otorgaría nunca: pensé también que el

temporal apartamiento de los cónyuges coadyuvase a mi propósito... Sí,

todo lo pensé, y nada hice entonces. Tenía miedo, mucho miedo a que un

desplante mío malograse lo obtenido ya: ¿no valía más gozar tan dulce

intimidad que exponerme a una ruptura, un castigo, un extrañamiento?

Calma...

¿Qué podía yo desear? Interrumpidas las relaciones entre ella y

su dueño, libre casi, y yo a su lado... Lo demás que lo hiciese

el tiempo... o alguna circunstancia fortuita como la de mi

enfermedad, circunstancia que yo aguardaba siempre, con la viva fe

de los enamorados, fiando en que nuestra convivencia y la soledad

de aquella mujer acabarían por inclinarla hacia mí, de modo tan

insensible como se inclina el sauce hacia el agua. Y así era. Sin

pecar de fatuo comprendía que mi presencia agradaba; que Carmiña se

entretenía charlando conmigo; que su juventud se entendía bien con

mi juventud; que el interés de su vida lo constituía mi trato, y que

la santa «pintada sobre fondo de oro», según la frase de Portal, iba

destacándose de la niebla mística, y entrando en más humano ambiente.

Mi mismo respeto, mi cautela para no espantarla, contribuían a captarme

su corazón. ¡Ah! Era evidente: habían reflorecido aquellos días tan

hermosos del Tejo, porque a veces las pupilas de tití adquirían la

misma expresión que la tarde en que salimos a pescar en la ría; y su

voz, inflexiones parecidísimas a las que tuvo en los supremos instantes

de mi grave enfermedad... Yo no sabré encarecer lo azucarado de

aquellas proximidades y aquellos coloquios, tan inocentes en el terreno

positivo.

Empezaba a mostrarme suma confianza. Hablome varias veces de asuntos

de familia, de cómo Candidiña había escrito una carta pidiendo perdón

por su boda, y ella había respondido con otra atestada de buenos

consejos.

--Pero de esto no he dicho nada a Felipe --añadió--. Sería probable

que se enfadase mucho; y ¿a qué provocar discusiones y malos humores

y tonterías? ¿No te parece que hice bien? Yo creo que no es ninguna

acción reprensible el haber contestado a Cándida. ¿Qué sacábamos de

darla un bufido? Ella con eso no había de volverse más formal. Al

contrario, tal vez mi carta influya para sentarle la cabeza a aquella

_tolitatis_... Mira, esto de que Candidiña es una _tolitatis_ te

lo digo a ti: que a la gente... ¡líbreme Dios! Si las primeras en

desacreditar a una mujer son las personas de su familia, nunca honra

tendrá. Yo quiero que Cándida tenga honra, ya que se ha casado con mi

padre. Estoy deseando llegar allá para hartarla de sermones. Ella no es

tonta; la demostraré la cuenta que trae cumplir con su deber. ¿Sabes

lo que voy a decirla? Pues lo siguiente, y en tono bien categórico:

«Cándida, mira, sé buena, que no te pesará. Si eres buena, te prometo

que aunque no tengas hijos, he de hacer que mi padre te deje cuanto

pueda; que asegure tu suerte para toda la vida. Mi pobre padre, por

un orden natural, poco tiempo ha de vivir; conserva su decoro los

años que viva, y después libre quedas... Yo haré que la pobreza no te

angustie... Seré tu mejor amiga, te querré mucho, iré contigo a lodos

lados, no sufriré que te haga nadie un desaire ni una mala partida...

He de conseguir que te trates con todo el señorío de Pontevedra...

¡Vaya! ¿Qué te pensabas tú? Con la del Gobernador, con los marqueses

del Remo, con la familia de Filgueira... pero no avergüences a mi

padre... ¿lo oyes? porque entonces tendrás en mí la enemiga peor...»

Todo esto he de encajárselo a la chiquilla..., ¡y si así no consigo

nada!... Espero que conseguiré... ¡ojalá!... Cándida es una aturdida,

pero no creo que se atreva a cometer el mayor crimen de una mujer...

que es faltar a su marido. ¡No, de eso no puede ser capaz!

Cuando hablaba así, articulando palabras para mí tan funestas, me

comería a besos su sagrada boca.

--Por desgracia --añadía--, Felipe no me permitirá que trate a Cándida.

Esto sí que me lo temo. ¡Mis consejos serían tan convenientes para la

infeliz! Y no es igual... ¡quia! es enteramente distinto aconsejar

por carta, que de viva voz. Felipe ni quiere oír hablar de que yo la

trate. Dice que si en público se dirige a nosotros, debemos volver las

espaldas. Te aseguro que esto me tiene disgustadísima.

Prometí que le conseguiría una entrevista clandestina con Cándida, o

que iría yo mismo a transmitir los recados.

--¡Bah! no... guasas tuyas --contestó la tití--. ¡Valiente embajador!

Lo que harías sería levantar de cascos a mi madrastra. No conviene. No

tienes tú formalidad ni suposición para semejante envío de recaditos.

Te tiemblo, Salustio... Esa cabeza... Mira: otro lío que me trae muy

cavilosa, mucho, es el de mi hermano. El pobre, cargado de familia:

todos los años un chico: papá sin darle gran cosa... y cuanto le diese,

insignificante para mantener el pico a tanta gente menuda. Por eso

pretende el empleíto del Hospital u otra colocación... ¿Qué trabajo le

costaría a Felipe apoyarle? Pues le hace una guerra a muerte... y mi

hermano lo va a conseguir por Dochán... ¡Figúrate qué vergüenza! ¡El

mayor enemigo de mi marido! Parece que hasta don Vicente Sotopeña se

manifestó sorprendido y disgustado al ver que Felipe le tira a degüello

al pariente más próximo de su mujer. Tú ya sabes que don Vicente

Sotopeña es tan amante de la familia... Nada, por Felipe, se moriría de

hambre mi hermano...

--Tú --interrumpí-- a tu hermano poco tienes que agradecerle...

Acuérdate que no quiso tenerte en su casa.

Tití no contestó. Parpadeó, y sus grandes pupilas me contemplaron un

segundo. Indudablemente iba humanizándose y saliendo del fondo de oro.

--No importa --contestó--. Que él se haya portado mejor o peor

conmigo, no quita para que yo le desee buena suerte y me parezca mal

perjudicarle. Es mi hermano, tiene muchos hijos, y es un prójimo. No

sé qué daría por que Dios le tocase en el corazón a Felipe. Te aseguro

que...

Vi favorable coyuntura para entrar en materia, y dije:

--Vamos, tití, confiesa que no eres muy dichosa con tu cónyuge.

V

Carmiña no se arredró. Esperaba, sin duda, desde que nos hablábamos

así confidencialmente, que tarde o temprano se me fuese a mí la lengua

y saliese a relucir la cuestión vedada, la eterna manzana conyugal.

Estaba, pues, dispuesta al combate.

--¿Y por qué no he de ser dichosa? --contestó dejando asomar a sus

mejillas un carmín puro--. La dicha (no te rías de estos términos) está

en nosotros mismos. El que cumple con su obligación y de buena gana, es

feliz. ¿A que no me lo niegas?

--¿Pues no he de negártelo? La felicidad del ser humano consiste en

realizar plenamente su destino y los fines propios de la vida, y uno de

los fines principalísimos en tu sexo es el amor y la maternidad. Tú no

amas ni tienes hijos; luego...

Al tocar este registro, al asestar contra el corazón de la noble

mujer este dardo impregnado de ponzoña, vi que ella no esperaba tan

rudo ataque. Se puso del color de la grana; sus ojos se entornaron

dolorosamente; abrió primero la boca para respirar y beber el aire,

como quien recibe tremendo golpe, y luego la cerró, como el que

comprende la necesidad de callar a toda costa. Pude conocer mejor el

efecto que le había causado mi estocada, en que guardó silencio. Y al

fin salió con este argumento endeblísimo:

--Cuando Dios no ha querido darme hijos, Él sabrá por qué. Nunca

debemos rebelarnos contra la voluntad de Dios, que conoce mejor que

nosotros lo que nos hace falta.

--Bien, corriente; así será, pero una cosa es resignarse, es decir,

fastidiarse, y otra ser feliz. Tú feliz no eres.

--No sé de dónde lo sacas. No parece sino --repuso ella buscando una

evasión-- que me ves por los rincones de la casa llorando. Pues me

parece que...

--¡Ay, tití! --exclamé acercándome a pretexto de revolver en la

canastilla de los hilos y de jugar con los carretes y las estrellas

de crochet--. ¡Ay tití! ¡Las cosas que podía yo contestarte! ¡Ay si

te dijese clarito por qué no lloras! ¿Crees que no atisbamos, que no

miramos, que no vemos los demás? ¡Bobiña! ¡Pues si yo me paso la vida

pendiente de lo que tú haces... de lo que tú sientes... oyéndote la

respiración! ¿No había de saber por qué esta temporada te baila la

alegría en el cuerpo?

Dije esto con todo el fuego que el caso requería. La pobre tití no

contaba tampoco con el empleo del cuchillo tan traidor, de hoja

triangular, que ensancha la herida. Se demudó, y seria, entera, firme,

se levantó y salió del gabinete, dirigiéndose al interior de la casa.

¿Me atreveré a referir cuál fue el resultado de nuestra conferencia?

Sí; porque en la historia que voy narrando, el lector no puede ver más

que un aspecto de los sucesos, el que tenían para mí; y al través de

mis ojos es como ha de contemplar el alma de la mujer fuerte. Yo no

juro, pues, que los hechos fuesen cual voy a referirlos; solo afirmo

que así se me representaban.

Hizo la casualidad que aquel día diesen un sarao las señoras de

Barrientos. Siempre estas cachupinadas se verificaban los jueves;

pero tratábase de una extraordinaria, por coincidir el jueves con

los días de la señora; que tenía el mal gusto de llamarse Ascensión,

nombre sumamente difícil de pronunciar. El caso es que en honor de

doña Ascensión se armaba aquella noche baile, sus miajas de concierto

casero, y un cachito de _buffet_. Mi tía se vistió y arregló con esmero

evidente; púsose el traje blanco, que no había vuelto a salir desde

la noche de bodas; colocó no sin gracia sus joyas en pecho y cabeza;

se empolvó, se rizó el pelo ocultando algo, según exigía la moda, su

vasta frente; entreabrió el corpiño destapando la garganta, y en suma,

procuró --¡caso notable!-- presentarse de manera que pudiese atraer

las miradas y el deseo. Ya estaba emperejilada así cuando nos sentamos

a la mesa; y noté que, con una especie de coquetería febril intentaba

conseguir que se fijase en ella su marido. Me estremecí hasta los

tuétanos. No puedo explicar lo que sufría, y aquel suplicio, yo mismo

me lo había preparado, sembrando en el alma de la esposa el recelo y

los escrúpulos, rasgando brutalmente el velo con que aún procuraba

cubrirse para disculpar la alegría de su emancipación. Mis palabras

habían abierto sus ojos; a la luz de mis indiscretas afirmaciones veía

su contento por la ruptura de la intimidad matrimonial, y se espantaba

de semejante estado, que no la parecía ortodoxo, ni mucho menos,

por lo cual resolvía cargar valerosamente con la cruz y restablecer

el trato con su esposo. Marchaba a la unión, como el soldado a la

toma del reducto, donde ha de llover sobre su pecho la muerte. ¡Y yo

presenciándolo, yo viéndolo, yo sufriéndolo, yo siendo de ello causa

involuntaria!

Cuando la tití estuvo engalanada del todo, acudió a solicitar las

alabanzas, los requiebros, digámoslo así, del marido. Encerraba un

elemento profundamente trágico la acción de aquella mujer santa

y pura, de aquella señora recatadísima, remedando los artificios

de las cortesanas cuando procuran agradar, no ya al indiferente

recién llegado, sino al mismo hombre que las infunde repulsión y

aborrecimiento.

--¿Qué te parece, Felipe? --preguntaba la infeliz--. ¿Qué te parece?

¿Está bien? ¿Te gusta como me he peinado? ¿Hace mal aquí esta rosa?

Y mi tío ¡bendición de la Providencia! posaba en su mujer una mirada

distraída y rápida, respondiendo con indiferencia profunda:

--Perfectamente... Los hombres entendemos poco de eso.

No lograron nada sus tretas de sublime y honesta coquetería. Nada,

nada. Tuve el gusto de comprobarlo. Mas no por eso tragué menos saliva,

ni paladeé menos hieles. Yo hubiese besado sus pies llamándola santa y

heroína... y la hubiese estrangulado, considerando que la santa era una

mujer, y esta mujer se brindaba a otro hombre.

Lo inútil del sacrificio iluminó el rostro de la piadosa sacerdotisa

del hogar. Leí en la cara de Carmiña un gozo sereno, esa sedación

plácida que experimentamos después de haber salvado un gran peligro,

y que presta tan simpática expresión al semblante de los marinos

veteranos. El sentimiento del deber cumplido se unía al de la

indulgencia de la suerte, para ensanchar su alma. Mas sin duda no

quería que yo se lo dijese; temía a mi sagacidad. Los primeros días

huyó de mí. Costome trabajo reanudar aquellas sabrosas y dulces

pláticas de las largas tardes de mayo, cerca del piano o del costurero.

Lo conseguí por último, y ella se prestó, entregándose nuevamente a

la confianza desde que pudo advertir que no hacía alusiones al asunto

escabroso.

Un día, no sé por qué resbaladizos senderos, que yo untaba de jabón a

propósito, llegó la tití a interrogarme acerca de mis amoríos y mis

noviazgos. Ella aseguraba que yo tenía novia. Yo solía entretenerla

contando historias de mis amigos, por supuesto, las contables, pues

me cortaría la lengua antes que derramar en los oídos de Carmiña una

palabra ofensiva, o de dudoso sentido. ¡Eso nunca! Y sin embargo,

cuando me preguntó de mí mismo, entrome un arrechucho tal de franqueza,

que desembuché todo, absolutamente todo lo relativo a Belén, escogiendo

formas y términos, pero sin quitar punto ni coma en lo esencial.

Confesión auricular entera complaciéndome en inmolar en aras de la

virtud la negra oveja del pecado. Me escuchaba tití con los ojos

dilatados de curiosidad, el seno oprimido, el ceño un tanto fruncido;

y, al final, no pudo menos de exclamar con voz opaca:

--¡Ay, Dios mío! ¿Y _eso_... sigue? ¿Vas a ver a _esa_... señorita

muchas veces?

--¡Señorita! --contesté risueño--. ¡Valiente señorita nos dé Dios! No,

tití... ya no voy a ver a esa señorita, como tú dices...

--Bueno; a esa... mujer.

--A esa mujer. Hace lo menos quince o veinte días que no piso aquella

casa. Si quieres que no vuelva a pisarla nunca, basta con que digas:

«Salustio, te prohíbo que te acerques a Belén». Y no me acerco en mi

vida. Nada, no me acerco. Palabra de honor.

--¡Hombre... prohibir!... Yo no soy nadie para prohibirte eso. Pero me

parece muy mal, muy mal, que vayas ahí ni a ningún sitio donde peques

mortalmente; y si es lo mismo pedírtelo que mandártelo... te suplico

que no vayas. Te lo ruego.

--Es lo mismo. No iré, tití, no iré. El pecado no me importa cosa

mayor... pero por darte gusto, por darte gusto... ¿entiendes?

--Pues no me satisface que lo hagas por darme gusto: debes hacerlo por

no ofender a Dios.

--¿Te contentas con que no lo haga?

--A falta de pan, buenas son tortas --respondió festivamente,

revelando que la causaba verdadera alegría mi promesa.

¡Malicia y vanidad! Me figuré que también a ella la movía un impulso

humano al rogarme que no viese más a la pecadora.

--Mira --le dije espontáneamente--, si dejo de ir a casa de Belén, no

me lo agradezcas ni miaja. Puedo jurarte que no la quiero; que no me

hace feliz esa historieta.

--Y entonces, ¿por qué vas?

--Pssh... Tonterías en que cae uno por... por sosera.

--¿No es bonita?

--Bonita sí; pero ¿qué importa su hermosura? Un objeto que no nos

interesa nunca es hermoso, tití. Esto de la hermosura tiene su busilis,

como todo. Está en el corazón. Allí sí que se ve claramente lo bonito y

lo feo.

Se lo dije mirándola con ojos tan expresivos, que, según entiendo, no

pudo dudar.

--Eres un bobo --pronunciaron los labios; pero la animación de la faz,

la involuntaria expansión de la sonrisa, parecían murmurar: «Gracias,

sobrinito. Me sabe a gloria lo que me dices».

Pronto tuvimos otro nuevo pretexto para confidencias y otro interés

común. ¿De qué pensarán ustedes que se trataba? Pues de un suceso que,

al parecer, debía sernos casi indiferente a los dos. Es el caso que mi

compañero Dolfos, el zamorano, no pudo llegar al codiciado término de

sus afanes. El destino le impidió dar cima a la empresa magna y mortal.

Faltábanle, para acabar de subir la cuesta, solo dos escalones, un par

de asignaturas, una bicoca; pero la naturaleza se plantó, diciendo: «No

paso de aquí. Se ha consumido todo el aceite de la lámpara. Conmigo no

se juega impunemente». El asiduo cayó en cama, y todavía, luchando con

la disnea, en el último período de una tisis caseiforme, insidiosa al

pronto y que al final corrió a galope tendido, aún quería llenarse

la cabeza de científico plomo. En el lecho, donde le clavó lo que él

llamaba su «catarro de primavera», no soltaba los libros, y mediante

piadosa engañifa de la imaginación, mientras los demás veíamos ya su

cuerpo en el ataúd y su pobre cerebro estoposo ahíto de matemáticas sin

digerir, él veía el examen decisivo y postrimero, el diploma, la salida

de Madrid, la llegada a Zamora, y la anciana paralítica, que, al oírle

levantaría la cabeza, temblorosa de placer, y no pudiendo moverse del

sillón, extendería las manos para tocar más pronto la ropa del nieto

querido... Mi tití, sabedora de la apurada situación del buen Dolfos,

no se enternecía tanto por él como por la viejecita que esperaba a su

niño, y que, en vez de recibir al ser amado, dejaría caer en la falda,

de las manos inertes, el telegrama horrible...

--¡Dios mío, infeliz anciana, infeliz señora! --exclamaba Carmiña,

inundada de compasión--. ¿Creerás que sueño con ella muchas noches? No

la conozco, pero me la figuro; me parece que estoy viéndola. Me parte

el alma. No sé qué me sucede cuando pienso en lo que la espera. Di, ¿y

él sin aprensión ninguna?

--Ni tanto así. Lleno de ilusiones, persuadido de que en cuanto se meta

el calor y pase esta mala temporada, y se examinen y le aprueben y

salga ingeniero, se largará a Zamora chorreando salud. La condición de

su mejoría es acabar la carrera... y el desdichado no la acaba.

--Dejarle con sus quimeras. Tiempo tendrá de saber lo peor. Cuando

el médico diga que está muy grave... eso sí... entonces... hay que

prepararle y que se confiese. ¿Me das palabra de que no se irá al otro

mundo sin sacramentos?

--Te la doy --respondí, dándole también el corazón en una sonrisa--.

Por ahora no le desengañamos, ¿a qué? ¡Si así es más dichoso!... Ni a

la abuelita de Zamora se le dice nada.

--¿Y no hay esperanza?

--¡Quia! ¡Esperanza! Nos vemos y nos deseamos para conseguir que doña

Jesusa no le eche de casa. La aseguramos que el médico responde de

él...; pero la patrona no es lerda, y bien adivina que el huésped se

las lía por la posta.

A los pocos días advertí a Carmiña que aquella noche me quedaría

velando a Dolfos, el cual se encontraba ya en los últimos. Mi tití se

arrasó en lágrimas al oírlo. Con ímpetu indecible exclamó:

--¡Si vieses de qué buena gana te ayudaría a velar! ¡Me da tanta

lástima!

--Si tú vas a velarle, ten por seguro que cura --murmuré piadosamente.

Me acercaba al pasillo, cuando me llamó para suplicarme que «no me

olvidase del confesor».

No estaba Dolfos para curar, aunque le velasen los serafines. La muerte

no soltaba su presa. La abuela no le verá nunca más en este mundo. Solo

llegará hasta ella un papel azul, seco, breve, transmitido por el rayo,

que será para la anciana otro rayo de dolor... «El hijo de tu hija está

en el féretro; le alumbran cuatro cirios. Aunque vengas y le beses, y

vuelvas a besarle con toda la ternura de tu corazón dos veces maternal,

no abrirá los ojos, no pagará tus caricias, no sonreirá para decirte:

Ya tengo carrera... no te apures... desde hoy seré tu sostén. No. El

telegrama, solo el telegrama... y para ti el eterno desconsuelo, hasta

que la muerte, que parece olvidarte, te recoja desdeñosamente y te

administre la gran medicina.»

La prueba · 第 9 / 24 题