II

El día llegó por sus pasos contados, después de los trámites

inevitables de toda convalecencia: el ala de pollo, devorada con

placer y golosina; el sopicaldo frecuente; los paseos por la casa, con

el mismo gusto que si fuesen algún viaje por países hermosísimos; y

después de ejecutar tantas acciones indiferentes con la ilusión que ya

no producen cuando son actos de la vida diaria, el _alta_, el regreso

al mundo de los sanos, que, en vez de júbilo, causa inexplicable

melancolía, análoga quizá a la del navegante que después de haberse

acercado al puerto seguro, se arroja al Océano otra vez.

Permitiéronme salir a la calle embozado en mi capita, a las horas

de sol, de ese generoso luminar madrileño, alivio de los achacosos,

alegría de los vagos y consuelo de los tristes. Una mano desconocida,

sin duda la piadosa diestra de la tití, había descolgado de la pared de

mi cuarto el espejo, para impedirme que comprobase lo que los médicos

llaman el _hábito exterior_ de la enfermedad. Con el alta volvió el

espejo a su clavo, y cuando me vestía, pude echar una ojeada a mi

_coram vobis_. La ropa me revelaba que había pegado un estirón, y la

azogada luna me dio otra noticia más sorprendente, demostrándome que

se había cumplido el ciclo de mi desarrollo físico y realizádose la

plenitud de mi ser. Una especie de vegetación suave, pero tupida, me

guarnecía el mentón, dando a mi fisonomía aspecto tan singular, que

apenas me reconocí. ¡Barba, Dios mío, barba! ¡El signo de la dignidad

viril; el noble atributo de la hombría de bien; el fenómeno que señala

el ritmo completo de las funciones fisiológicas; el adorno que negó la

naturaleza a las razas inferiores, obscuras y salvajes; el símbolo de

la lealtad; el distintivo de la aristocracia en sus orígenes; aquello

que se les repelaba a los traidores, y por que juraban los caballeros

sin tacha, como sobre sagrada reliquia!

Apenas podía creer que fuese realmente _barba_ lo que orlaba mis

mejillas con cerco de tan dulce sombra. Admirábame, a manera de hombre

que ve cumplirse en su organismo, sin anuencia de su voluntad, arcanas

leyes de la naturaleza. Tocaba aquel vello oscuro, lo acariciaba,

lavábalo con agua y jabón, pasábale el peine, y me costaba trabajo

reprimir la tentación de ir a retratarme en seguida. Nunca hice tanto

gasto de espejo como al punto en que me convencí de que era hombre

barbado. En mí surgía, con la entera virilidad, secreto orgullo y

cierta conciencia de la legitimidad de la pasión. Antes, cuando pensaba

a solas en el enigma de mi enamoramiento loco, y me acusaba por

dejarme llevar sin defensa de la corriente romántica, solía buscando

argumentos contra mí mismo, acordarme de mi faz casi lampiña, de mis

mejillas lisas y redondas como las de una damisela, y del ligero trazo

al difumino sobre el labio superior, único rasgo grave que realzaba

una fisonomía por demás juvenil. Ahora me parecía que hasta el bigote

se había robustecido y espesado, y contemplando mis ojos, agrandados

por la enfermedad, y mis facciones, acentuadas por la transformación,

sentía cual si hubiese subido un peldaño de la escala humana,

pareciéndome que ya ni los grandes sentimientos ni las grandes acciones

eran en mí ridiculez.

Además --con algún rubor lo declaro-- comprendía que mi exterioridad,

lo que llamaba mi estampa Luis, había mejorado en tercio y quinto con

la aparición de la barba. Claro que no pretendía darla de buen mozo,

ni era semejante vanidad lo que me complacía, sino la idea de que en

parecer _más hombre_ se cifraba el principal y tal vez el solo canon de

la estética varonil.

Una cosa me cohibía, aguándome el gustazo de las barbas. Y era cierta

deficiencia, no orgánica, sino social: la carencia de algo tan

preciso para existir entre nuestros semejantes, en medio de nuestra

civilización, como la sangre para el proceso biológico. Me faltaba,

¿quién no lo adivina?, metal acuñado; y el metal acuñado es padre de

todo aplomo y arrogancia, y fundamento hasta de esa labor imaginativa

que cristaliza en nuestro cerebro los ensueños y las aspiraciones

poéticas. ¿Qué hace la criatura humana privada de tan indispensable

emolumento? Ni aun la pasión es lícita al que carece de palanca de

oro. Poned a un hombre en la fuerza de la juventud, con energía y

plasticismo de ilusiones, y atadle las manos por falta de un pedazo de

papel mugriento con la efigie de Mendizábal o de Lope de Vega, y veréis

lo que es bueno en materia de berrinches vergonzantes. Sin dinero,

solo no agacha las orejas el descarado petardista, el corsario capaz

de apostarse en la esquina de un callejón para dar caza a las pesetas

ajenas, y que ya ha perdido esa delicada película de decoro que es al

alma lo que al cuerpo la epidermis.

En aquella ocasión, la escasez de _guita_ se traducía en mí por gran

decadencia en el ramo de indumentaria. Entre la batalla de todo

el invierno y el estirón de la enfermedad, no había prenda que me

sirviese. Lo noté al vestirme para la primer salida, y cuando mi tití

me despidió en la puerta, encargándome que «volviese temprano por causa

del frío», me abochorné de mis pantalones rabicortos y de mi capa

vetusta. «Parezco un cesante», pensé con rabia.

Recuerdo que fue lo primerito de que hablamos Portal y yo mientras

bajábamos, por las calles de Serrano y Lista hacia el paseo de la

Castellana. Hacíamos rumbo al _candelero_ de Colón, cuando dije a mi

amigo:

--Chico, no hay cosa más cargante que no disponer de un céntimo. A

veces me entran ganas de echarlo todo a rodar y marcharme a Buenos

Aires. Con lo que sé me basta para ganarme la vida allí. Es una

ridiculez andar como ando, con este tipo y este pergeño, y no poder

irse en derechura al sastre: «Hágame usted un traje de mezclilla, que

estamos en primavera.» Aquí me tienes reducido a un _chupiturqui_ que

parece la chaquetilla del pirata Barbarroja, y a esta capa indecente.

No nos acerquemos a Recoletos, que encontraremos conocidos. El

descubridor de las Américas nos manda volver atrás.

Así lo hicimos. Portal, echando a broma mis contrariedades, me preguntó:

--¿Y para cuándo son los sablazos a las mamás?

--¡Ya comprenderás que no deja de habérseme ocurrido! Por ahí

acabaré..., pero me molesta. Mi madre hace demasiado; hace prodigios.

No habrá otro remedio... Mal va a sentarla el petitorio, después de

que mi tío la avisó de que le pasará la cuenta del médico.

--¿Eso hará?

--Eso. ¿Qué te creías tú? Y lo prefiero. Me avergonzaría que pagase

él los gastos de mi enfermedad. Gracias a Dios, correrá con ellos mi

madre. Mi tío está sufriendo en su carácter un cambio, para empeorar,

por supuesto. Antes era únicamente antipático. Ahora se ha hecho

aborrecible. El menor extraordinario le sobrexcita. Yo le atisbo y me

froto las manos, porque veo que en mi tití se establece correlación de

sentimientos, y que conforme él se vuelve más tacaño, más cominero y

más duro, ella se retrae más, y la intimidad matrimonial se la lleva el

diablo.

--Chacho --advirtió Portal deteniéndose, con el movimiento

característico que ejecutamos cuando una conversación nos

interesa--, en la historia de tus tíos noto que armas unos embrollos

psicológicos tales, que no ocurriendo nada en ese matrimonio, al

menos exteriormente, cuando hablas tú parece que existe un drama. Ni

comprendo al marido ni al galán. Explícate.

--Verás --contesté, apoyándome en su brazo, porque aún me sentía un

poco débil--. La situación me parece bien sencilla, aunque en ella,

como en toda cuestión amorosa y matrimonial, hay siempre algo de

inexplicable. Ni en amor ni en filosofía conseguirás nunca entender

las substancias. Soy el primero a reconocer que es una anomalía mi

entusiasmo por esa mujer, ni conquistable ni hermosa.

--Sí, hijo, anomalía, o manía, hablando pronto --afirmó el

oportunista--. He visto poco de eso. Si vivieses recluido en algún

seminario... ¡Corcho! entonces... El hombre reprimido está expuesto

a cometer _ene_ disparates por una escoba con faldas. Pero teniendo

libertad y la suerte de haberle caído en gracia a una hembra tan

principal como Belén... ¿No sabes? Coche, ¡tiene coche ya!... Tanto

la calenté la cabeza que la mujer no ha sosegado hasta exprimir al

bolsista. Lo sé porque ayer volvió a preguntarme por tu salud... La

chica no te quiere enfermo.

--Déjame de Belenes --contesté--. ¿Nos sentamos en este banco? --añadí

indicando uno entoldado por frondosa acacia.

--Corriente. Pero barremos la casa. Confiésate del todo. A ver si

determino tu verdadero estado moral.

El sol, que picaba agradablemente, calentando mis piernas y mis pies y

la parte de tronco que yo sacaba de la zona de sombra producida por el

árbol, me infundía en las ideas claridad y optimismo, causándome a la

vez cierta impresión que puede llamarse de _irrealidad de las penas_;

benéfica operación mediante la cual el alma elimina el gas mortífero

del dolor y respira el oxígeno de la esperanza, sin causa ni motivo,

solo por la virtud reparadora que lleva consigo la existencia.

--También a mí --contesté-- me han entrado ganas de hacer examen. Se me

figura que vivo rodeado de fantasmas, y que esos fantasmas me los he

forjado yo mismo. Se me ocurre si no habrá tal pasión, ni tal odio, ni

nada. Chacho, ¿qué te parece?

Y al decirlo apoyé la mano en el hombro de Luis. Mi amigo, opuesto

siempre a dar pábulo a la curiosidad de los transeúntes, y además

muy poco demostrativo, al menos con los varones, se apartó, y dijo

mirándome con un reposo lleno de inteligente sagacidad:

--Buena señal cuando conoces tu extravagancia. Capítulo primero.

Hagamos historia. Mientras estabas malito, ¿te figuraste que la mujer

de tu tío te manifestaba cariño, amor o qué sé yo qué?

--Tampoco entiendo lo que era. Ojalá fuese _amor_; pero pudo ser

cariño, piedad, indulgencia.

--Y al cesar el peligro ¿cesaron las demostraciones?

--Sí, de repente. Hoy solo noto en ella... la simpatía involuntaria

que siempre noté; una especie de atracción, que, comparada a la

repulsión que la inspira su marido... ya es algo.

--¿Y él? ¿Él? Capítulo segundo e importantísimo. ¿Él se escama? ¿Hay

celotipia?

--No. Casi no entró en mi cuarto.

--¿Y a qué atribuyes tú esa indiferencia?

--A dos cosas puede atribuirse: la primera a que mi tío no es tonto, y

sabe de qué madera está hecha su mujer.

Portal, sin abrir la boca, dejó oír el sonido de una _u_ repetida y

prolongada.

--¿No lo crees? Segunda explicación. A mi tío su mujer no le importa.

Nunca la quiso, y desde hará dos meses se ha despegado totalmente de

ella.

--¿Por qué?

--Sospecho que por la boda de su padre, aquel señor de Aldao, que

debe de estar ido, cuando hizo la melonada de casarse en secreto con

una chicuela hija de un cabo de carabineros, que tendrá dieciséis o

diecisiete años y la mayor cabeza de viento que se conoce en las cuatro

provincias. A mi tío se le atravesó la boda; empezó por armar escándalo

con su mujer, lo mismo que si ella fuese responsable de las chocheces

del papá; y desde ese día casi no la ha vuelto a dirigir la palabra. Se

está fuera todo el tiempo que puede, y escatima hasta un ochavo. Nunca

fue espléndido; pero ahora sufre una crisis de avaricia. De rechazo,

no por celos ¡quia!, tiembla que yo le sea gravoso. Uno de los motivos

por que no quiero hablarle del mal estado de mi guardarropa, es porque

le creo capaz de ofrecerme prendas suyas de desecho. Te digo que está

el hombre medio lunático; se figura que el señor de Aldao tendrá

sucesión, y que la tití quedará desheredada, y anda caviloso; ninguna

conversación le distrae; cuando la gente le pregunta qué le duele,

responde que no sabe, que es un poco de murria... Solo el verle da

hipocondría.

Portal reflexionó algunos instantes, y clavando en mí las pupilas,

intensas y escrutadoras, repitió:

--¿Estás seguro de que ese hombre no tiene celos?

--No --repliqué con energía--. _Siento_, conozco que no los tiene.

Aunque me lo jurasen frailes descalzos. No tiene celos.

--¡Cosa más rara! --murmuró mi amigo, sacudiendo la cabeza

meditabundo--. Porque no puedo convencerme de que sea únicamente

cuestión de la boda del suegro... Eso le pondría furioso unos días;

pero las murrias no penden de la boda. Si no hay celos, otros disgustos

habrá. Un paisano mío me dijo anteayer que en Pontevedra andan muy

mal las cosas, que el Santo del Naranjal le da de codo a don Felipe

y protege a su gran enemigo Dochán, el que le hizo tanta guerra

para que no le pusiesen en casa la oficina de Correos... En algo de

esto consistirá; aunque, realmente, son motivos fútiles para tanto

abatimiento. No lo entiendo. Nadie me quita de la cabeza que ahí hay

_busilis_. Los celos sí que lo explicarían perfectamente; pero tú dices

--insistió el muy porfiado-- que celos no.

--Celos no. ¡Si lo sabré! ¡Ojalá los tuviese, y fundados!

--Oraciones de tontos no llegan al cielo. Y después de todo --añadió

Portal rascándose una oreja--, ¿de dónde sacas que no existe fundamento

para celarse? ¿No me has repetido cien veces que ella le mira con

repugnancia? Si tú lo notas, ¿no había de notarlo él? ¿Y no dices que

ella te hizo muchas carantoñas mientras estabas enfermo? Pues auto en

mi favor. Si él percibe algo, y al mismo tiempo nota que no le cae en

gracia a su señora... blanco y migado...

--¡Te digo que no es eso! --repliqué impaciente--. Te digo que si fuese

así, no me cabría a mí el gozo en el cuerpo, ni necesitaría tomar el

sol para reanimarme. ¡Ay, ojalá! Pero naíta. Mi dicha ya sabes que

carece de elementos positivos, y se funda en el negativo de sorprender

en ella, no solo la repugnancia misteriosa de antes, sino de algún

tiempo acá, otro sentimiento más declarado y más activo. Sí; por mucho

que se reprime y trata de no caer en lo que le parece una maldad

muy grande, no lo logra, y el sentimiento renace más fuerte que su

voluntad. ¿No sabes que yo la estudio constantemente?

--Ya lo sé... ¡Así estudiases las asignaturas! ¿Y qué más averiguas?

--Que antes era solo repulsión, y ahora es aborrecimiento... No lo

dudes, no. Mi felicidad no tiene otra base. Vivo de que le aborrezca.

¿Comprendes lo que en una criatura así significa el odio? ¡Ella, que

es toda simpatía y caridad! Pues le odia. Yo la diseco: nada de cuanto

hace puede escapárseme. Noto que por las mañanas, cuando vuelve de misa

o del confesionario, se vence, le habla con dulzura, hasta con afecto,

y no le mira, por no dejar asomar a sus ojos la luz de _aquello_ que

pretende encubrir a toda costa... Pero a medida que pasan horas, su

vehemencia y espontaneidad vuelven a sobreponerse, y ¡créelo!, si la

voluntad fuese un veneno... mi tío estaría muerto ya.

--¡Me asombras! ¿Y de qué nace ese odio?

--Ya te lo he dicho: en mi concepto, del actual modo de ser de él,

y de que la antipatía enconada puede convertirse así, de pronto, en

saña invencible. Yo no soy persona que haya sentido jamás impulsos de

atentar a la vida de nadie; pero a mi tío, créeme que de algún tiempo a

esta parte le hubiese escabechado de muy buena gana.

El oportunista pegó un brinco sobre el banco de piedra, y se puso a

mirarme lo mismo que se mira a los locos, y a persignarse deprisa.

--¡Hijo... hijo... hijo...! ¡Esta es la cierta! ¡Rematado, rematado! No

es un decir: te encuentro desequilibrado completamente; por Dios, sin

tardanza, duchas, bromuro, régimen tónico...

--Déjame a mí. Cada loco con su tema --respondí sonriente--. Mi gloria

consiste en una quimera, ya lo sé, y quimera extravagante... ¿Qué mal

hago? A mí me basta, y a los demás no les importa. Estoy satisfecho con

cierto paralelismo de sentimientos entre la mujer querida y yo. Si a

mí me inspira repugnancia una persona, repugnancia le inspira a ella;

lo que odio, ella lo odia: podrá no quererme a mí, pero nadie quita

que sus afectos van al compás de los míos. Tú dices que mi tía es una

mujer de otros tiempos, y que el espíritu cristiano y la religiosidad

profunda que dictan sus acciones la hacen incompatible conmigo, que soy

racionalista. Pues mira: podremos _entender_ de diferente modo, pero

_sentimos_ igual. No lo dudes. A cualquier camueso que no conciba estas

honduras y delicadezas, se le figurará que mi tío, el marido, su dueño,

es el obstáculo que hay entre nosotros... ¡Memo quien tal crea! Mi tío

es el lazo que nos une. No pienses que yo le quiero mal porque esté

casado con ella. ¡Qué disparate! Ya sabes que mi tío me es antipático

desde hace _ene_ años... desde que nací; y que ahora mi repulsión se ha

convertido en aversión... porque ella le detesta también. No hay más.

Mi amigo no contestó al pronto. Después exclamó, mirándome compadecido:

--Vámonos a casa. Tienes calentura.

--No creas que estoy trastornado.

--¡Si no digo trastornado! Pero tienes fiebre. Echas chispas por los

ojos. Vas a recaer. ¡Precaución! Embózate... y a casita.

Cuando ya habíamos pasado más allá del monumento colombiano, Portal me

dijo en el tono con que se da una mala noticia.

--¿No sabes quién está, en mi concepto, cien veces más malo que

estuviste tú? ¿Pero sentenciadito?

--¿Quién?

--El empollón de Dolfos.

Así llamábamos en nuestra jerga, amistosa y escolar a un pobre

muchacho zamorano, muy corto de alcances, compañero de estudios y

también de hospedaje el año anterior. Era un chico apocado, insulso,

tristón, el más tenaz y asiduo de todos nosotros, porque, huérfano de

padre y madre, le pagaba la carrera con sus economías una abuelita

casi octogenaria, que le había dicho: «No quiero morirme sin verte

ingeniero.» Su verdadero nombre era Restituto Suárez; pero por su

patria y su aspecto triste, o, como dicen los portugueses, _soturno_,

le habíamos puesto _Dolfos_.

--¿Qué tiene? --pregunté.

--¿Qué ha de tener? Lo natural. Que los cerebros son igual que los

estómagos; no todos pueden resistir una misma comida, y comida fuerte:

no todos son capaces de cenar langosta, verbigracia. Al infeliz se le

ha indigestado el atracón de _binomios_ y _polinomios_, _invariantes_

y _covariantes_, _canonizantes de las cúbicas_, y otras hierbas. ¿Te

parece a ti que no hay más que meterse eso en las casillas de la chola,

de una chola pobre y sin _humus_ ninguno? ¡Claro! como meter... se

mete, a mazo y escoplo, a fuerza de pasarse muchas noches en blanco, de

suprimir todo ejercicio, y de embrutecerse. El desgraciado de Dolfos no

ha gozado, puede decirse, un día de asueto desde que es alumno. No le

ha dicho jamás a una mujer: «por ahí te pudras». ¡Si eso es vivir...!

Y ahora está malo; malo de verdad. No prueba comida; tiene una tos

blanda, que no me hace gracia ninguna; más flaco que un espectro... y

dale que le das a los libros. Quiere ganar el año a toda costa. Como no

gane la Sacramental...

Quedamos en que yo iría en breve a visitar a Dolfos. Según nos

acercábamos a doblar la esquina de la calle de Alcalá, Portal me dio un

empellón, exhalando un grito.

--Mira... mira quién va por allí...

Volví la cabeza. Al trote corto de un jaco no muy fogoso ni de sangre

muy pura, rodaba paseo arriba la victoria donde se reclinaba,

provocativa y tímida a la vez, como suelen las mujeres de su oficio,

Belén, mi pecadora. Ceñida por el corsé, realzada por el traje de paño

verde y el redondo sombrero de castor con plumas, Belén parecía lo

que era en realidad: una gran mujer, digna de precipitar al abismo a

cualquier protector espléndido.

¡Cristo, en cuanto nos guipó! Porque estábamos situados de manera que

sin vernos no podía pasar. Sus ojazos resplandecieron: la alegría se

derramó por su bella cara, pálida y algo retocada de blanquete; en

su agitación, ni acertaba a decir al cochero que parase. Adiviné las

intenciones, y arrastrando a mi amigo, me alejé, después de saludar a

Belén con una sonrisa.

--Es capaz de hacernos subir al coche --dije a Portal--. Huyamos.

Ya en la Plaza de la Independencia, le pregunté por _Mo_.

--¿Qué dice la Gran Bretaña?

--Ayer me presentaron en casa de los padres --respondió mi amigo--.

Otro día te contaré... o, mejor dicho, te llevaré allá. ¡Verás qué

gente!

La prueba · 第 7 / 24 题