CAPÍTULO XX

Bonacha se explica con su mujer.

Don Pascual cumplió su propósito, y renunció el destino.

La renuncia, como era consiguiente, fué aceptada.

Cuando ya no tenia remedio, fué cuando Bonacha dijo á su familia que se

habia quedado sin empleo.

Mostrando tanta firmeza, compensaba la debilidad de toda su vida.

Su esposa, dejándose arrebatar por la ira, acusó y reconvino con las más

duras palabras al pobre anciano.

La hija tambien puso el grito en el cielo, porque abrigaba la esperanza

de casarse con Juanito, y que este viviese á costa del suegro mientras

otro recurso no habia.

La situacion era en verdad bien crítica.

Cesante el padre, cesante el futuro marido, ¿qué iba á suceder?

Si al ménos uno de los dos hubiera contado con el recurso del empleo, no

se habrian apurado tanto, ni la madre ni la hija.

Esta podia otra vez trabajar; pero cosiendo diez ó doce horas diarias,

apenas ganaria una peseta, con cuya cantidad no habia ni para cubrir la

sexta parte de las atenciones, y eso contando vivir muy modestamente,

con esa modestia que se parece mucho á la miseria y que casi no es

vivir.

--¿Te has propuesto,--decia furiosa la esposa de Bonacha,--te has

propuesto matar de hambre á tu familia?

Don Pascual sonrió; pero no con la candidez que lo hemos visto sonreir

otras veces, sino con una expresion indefinible.

--¿No has pensado que tienes la obligacion de mantener á tu familia?

--Sí.

--Pues ahora veremos cómo se hace el milagro.

--Muy sencillamente.

--Me picas la curiosidad, y quiero conocer el secreto.

--Muriéndose, no es preciso comer,--dijo don Pascual.

--¡Pascual, Pascual!...

--Todas las necesidades,--dijo con dulzura el hombre

bonachon,--concluyen en la sepultura.

--Si no te has vuelto loco, quieres hacernos perder el juicio.

--¿Os infunde miedo la muerte?

--Más vale que calles, porque se me apura la paciencia...

--Te probaré que no estoy loco,--repuso Bonacha.

--Si la prueba consiste en alguna de tus necedades...

--Puesto que te empeñas, será. Toda mi vida, y particularmente contigo,

he sido débil: ahora me habia propuesto demostrar energía; pero por una

sola vez, hoy no más, seré débil como siempre lo he sido.

--No te comprendo, y en cuanto á tu debilidad...

--Ten alguna paciencia, que voy á explicarme.

--Lo deseo.

Don Pascual le dijo á su hija:

--Véte.

--¡Que me vaya!...

--Sí, yo te lo mando.

--¿Y por qué ha de irse?

--Porque no quiero que oiga lo que voy á decir.

--Pero...

--Paca, te he mandado salir,--replicó imperiosamente don Pascual.

Su hija tembló y obedeció.

Arrepintióse la madre de haber provocado aquellas explicaciones, porque

comprendió lo que debia suceder.

Cuando marido y mujer quedaron solos, el rostro del primero cambió,

volviendo á ser el mismo hombre á quien hemos visto ya frente á

Saavedra, y provocando la cólera de este.

--Pascual,--dijo tímidamente la esposa,--tú estás trastornado...

--Tal vez.

--Sin duda tu salud...

--Es buena.

--No quiero que te incomodes, porque si caes enfermo será peor.

Reconozco que me he dejado arrebatar; pero es tan triste nuestra

situacion...

--Calla y escúchame.

--Te veo tan alterado que...

--No perderé la calma, descuida.

--Mañana hablaremos...

--Ha de ser ahora.

--Obedezco y te escucho.

--Si toda tu fortuna, tu dicha, tu porvenir, consistiese en una joya

que con ciega confianza depositases en manos de un amigo íntimo, de un

pariente...

--Pascual, Pascual,--interrumpió temblando la descuidada madre.

--Y si esa persona, en vez de guardar cuidadosamente el depósito...

--Basta, basta.

--Mi hija era mi única felicidad; mi honra, era mi único tesoro...

No se necesitaban más explicaciones.

La esposa de don Pascual, anonadada, cayó de rodillas, cruzó las manos y

exclamó:

--¡Perdóname, perdóname!...

--Yo te he perdonado; pero es menester que tambien te perdone Dios y que

te perdone tu hija.

--¡Compadéceme, esposo mio!...

--Ahora levanta la voz, pregúntame por qué he dejado ese empleo que

debia á la proteccion del miserable que nos ha deshonrado; pregúntame

con qué hemos de cubrir las necesidades de la vida, y por último, díme

si todavía te espanta la muerte.

Un raudal de lágrimas corrió por las mejillas de la esposa de don

Pascual.

La infeliz no pudo articular una sílaba.

--Si no tenemos que comer, moriremos sin exhalar una queja, que ya que

hemos perdido la honra, debemos siquiera conservar la dignidad. Hace

tres dias que arrojé al rostro del miserable seductor los mil duros con

que habia querido pagar nuestro honor, con que habia querido cicatrizar

las heridas abiertas en mi alma. Y le llamé cobarde y le hice temblar, y

volví á mi casa con la conciencia tranquila.

--¡Mátame, Pascual, mátame!...

--Te matará la conciencia con tormentos los más horribles.

--¡Dios mio!

--Ahora quiero saber lo que habeis hecho con la criatura inocente que

debia su existencia á vuestras debilidades.

--Esa criatura ha muerto.

--¡Que ha muerto!

--Mira.

La esposa sacó una carta, que aun no hacia dos horas que habia recibido,

y en la que le participaban que la tierna criatura habia dejado de

existir, á pesar de los cuidados de su honrada nodriza.

--¡Hé aquí con cuánta facilidad,--murmuró don Pascual,--resuelve la

muerte las situaciones más difíciles! Dios lo ha dispuesto así; pero...

¡ah!... siento no haber podido estampar un beso en la frente pura de ese

ángel, porque al fin era el hijo de mi hija; era...

No pudo proseguir, porque la voz se ahogó en su garganta.

Trascurrieron algunos minutos, durante los cuales no se percibió otro

ruido que el de los sollozos de la esposa de don Pascual.

Este rompió al fin el silencio para decir:

--Nuestra hija piensa casarse con un hombre honrado, quiere engañar al

que de buena fe le ofrece su ternura y deposita en ella su honor...

--Exageras, Pascual.

--¡Que exagero!...

--Mientras nuestra hija sea una esposa fiel, de nada podrá quejarse

Juanito. Lo pasado pasó, y así como ella no le pide cuentas de lo que ha

podido hacer antes de casarse...

--No prosigas.

--Reflexiona bien...

--Nuestra hija va á cometer otra falta, quizá más grave que la primera;

pero no le pondré obstáculos, porque no quiero ser responsable de su

suerte.

--Ya que se le presenta esa proporcion...

--Hemos concluido.

Y no quiso escuchar más el desgraciado Bonacha, sino que tomó el

sombrero y salió.

No necesitó preguntar Paquita para saber lo que habia sucedido, pues

curiosa en demasía, habia estado escuchando.

Con el rostro lívido y descompuesto se presentó la jóven á su madre.

--¡Todo lo sabe!--exclamó esta.

Paquita no quiso seguir la conversacion.

Ya ves, lector, de lo que es capaz un hombre como Bonacha.

Esas criaturas que parecen débiles, son las más fuertes en ciertas

situaciones.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 29 / 37 题