El hombre bueno sigue probando que no es bonachon.
Don Pascual aprovechó la ocasion de que era domingo, y cuando salió de
su casa se encaminó á la de Alfredo.
¿Qué intentaba el desgraciado?
Tal vez iba á verse tratado como su hija cuando se presentó á Clotilde.
El rostro de Bonacha estaba pálido, y su mirada era sombría.
Tampoco aquella mañana se hubiera dicho que era el hombre bonachon y
cándido hasta el último grado de la candidez.
Preguntó por Alfredo, y le contestaron que este acababa de levantarse.
--Pues es absolutamente preciso que yo lo vea,--dijo don Pascual con
una energía que nadie hubiera sospechado en él.
--¿Su nombre de usted, caballero?
--Bonacha.
--El criado no se atrevió á replicar; desapareció, y volvió muy pronto
para decir:
--Pase usted.
--Entró don Pascual en un gabinete ricamente amueblado, y donde se
encontraba Alfredo envuelto en una bata y recostado indolentemente en un
sillon.
Habia creido que el desdichado don Pascual iba á exigirle que se casase
con Paquita, pintándole la triste situacion de esta.
Resuelto estaba el jóven á mostrarse inflexible y aun á rechazar con
dureza al infeliz padre; pero bien pronto se convenció de que se
equivocaba.
Presentóse don Pascual con la cabeza erguida, detúvose un momento, y
luego dijo:
--Caballero, no vengo á pedirle á usted nada, ni siquiera la honra que
me ha robado, y se lo advierto así para que no se tome la molestia de
calcular cómo saldrá mejor del apuro.
Tan sorprendido quedó Alfredo, que no acertó á replicar.
El anciano, con grave tono, prosiguió diciendo:
--Mi desgraciada hija ha guardado para mí el secreto de su falta; pero
yo la he adivinado fácilmente, he guardado silencio, he observado, he
hecho todo lo que puede hacer un espía, y así he conseguido conocer
hasta el último detalle.
--Entonces nada tengo que decirle á usted.
--No he venido para que me diga, sino para que me escuche.
--¿Quiere usted echarme en cara la fealdad de mi conducta?
--No, porque para los abusos como el que usted ha cometido, no hay
calificacion. Cuando un hombre hiere despues de estar seguro de la
impunidad, prueba que es un cobarde.
--¡Caballero!--gritó Saavedra, poniéndose en pié como impulsado por un
resorte y lanzando una mirada terrible á don Pascual.
Empero este permaneció impasible, y arrostró serenamente aquella mirada.
--Le he llamado á usted cobarde...
--Si ha venido usted para ofenderme...
--Aquí estoy para responder, porque yo, cuando ofendo, acepto la
responsabilidad.
--Si ha creido usted que sus canas han de ponerlo á cubierto de mi
enojo...
--Justo seria, ya que mis canas y mi triste situacion le dieron á usted
antes la seguridad de que podia ofenderme sin recibir el castigo que
merecia. De los ultrajes se queja usted, caballero, sin pensar que no
hay ultraje mayor que el que usted ha hecho á mi honra.
--A pesar de todo eso, estoy en mi casa...
--Yo estaba en la mia, y allí fué usted para echar una mancha sobre mi
honor; pero dejemos esto, porque lo que yo he querido, lo que deseo, es
probarle á usted que la honra puede perderse si á uno se la arrebatan;
pero que aun despues de perdida, es posible conservar la dignidad.
--No pongo en duda la de usted, caballero.
--No niego que mi pobre hija, tentada por el demonio de la vanidad, se
habia extraviado; pero sus extravíos no eran criminales. Usted
comprendió que era muy fácil explotar las debilidades de mi hija, y las
explotó sin pensar que heria de muerte á un desgraciado, que no tenia
otro patrimonio ni otra dicha que su honradez, y que, por conservar esta
inmaculada, habia trabajado toda su vida, habia hecho todos los
sacrificios imaginables, habia aceptado todas las privaciones y se habia
resignado con todas las desgracias. Descargó usted el golpe terrible, y
con la conciencia tranquila se ocupó usted en buscar la dicha por otros
medios. Su víctima de usted pidió reparacion, recordando promesas y
juramentos, porque no creia que fuese perjuro el que tanto se envanecia
con su honor; pero usted creyó que á nada estaba obligado, porque se
trataba de una pobre mujer que nada representaba en el mundo; la habia
usted deshonrado, habia usted contraido una deuda, y queriendo pagarla
como buen caballero, tasó usted la honra de toda una familia en mil
duros... ¡Oh!...
Relumbraron como dos carbunclos los ojos de don Pascual, y temblando
convulsivamente á impulsos de la ira, acercóse más á Saavedra, y añadió
con sarcástico tono:
--Sí, pagando la deuda no tenia nadie derecho á poner en duda que es
usted un hombre bien nacido, un caballero, y que abriga usted un corazon
grande y noble.
Alfredo, á pesar de toda su audacia, no se atrevió á levantar la cabeza.
El anciano, con voz ahogada por el coraje, prosiguió diciendo:
--Y el miserable que hace eso con una mujer indefensa y con un viejo
débil, el que así escarnece la virtud, abusa de la inocencia, explota
las debilidades y se burla de todo lo que es más respetable, de todo lo
que es sagrado; el miserable que mancha el honor de una familia para
satisfacer un capricho, un impuro deseo; el que se atreve á tasar el
valor de esa honra y el reposo, y hasta la vida de un honrado padre, se
ofende luego, y se levanta airado y amenazador porque le llaman cobarde.
--¡Oh!...
--Poco viviré, porque la herida ha sido mortal; pero quiero que mi
conciencia esté tranquila; quiero probar que si la cobardía de usted me
ha deshonrado, no he perdido el noble sentimiento de la dignidad.
--Basta, basta;--murmuró Alfredo con voz ronca.
--Hoy mismo quedará hecha la renuncia de mi empleo.
--Pero...
--Y en cuanto al precio de la honra de mi hija, que es mi honra...
¡Oh!...
El infeliz don Pascual sacó los mil duros en billetes, y con fuerza
convulsiva los arrojó al rostro de Saavedra.
Rugió este como el leon cuando se siente herido.
Volvió á ponerse en pié.
Centellas se escaparon de sus ojos.
Sus mejillas habian enrojecido como si fuese á brotar la sangre.
--Yo,--gritó don Pascual,--el infeliz que nada representa en el mundo y
que nada vale, el anciano débil, he tenido bastante valor para sellar
las mejillas del miserable que manchó mi honra.
--¡Salga usted, salga usted!--exclamó Alfredo, sin poder apenas
contenerse.
Empero don Pascual cruzó los brazos, irguió la cabeza y dijo:
--Aquí estoy... Puede usted vengarse... Aquí estoy, porque el valor me
sobra para aceptar por completo la responsabilidad de mis acciones...
¿Por qué se detiene usted?... Le he ofendido gravemente, está usted en
su casa, y tiene derecho hasta para matarme... ¡Oh!... pero en estos
momentos es usted el que ha de temblar, porque á mí no hay nada,
absolutamente nada que pueda infundirme terror. Cuando la vida es un
tormento insoportable, no es posible tener miedo. Usted espera gozar, y
yo no espero más que sufrir... Una sola cosa habia que me hiciese
agradable la existencia: la satisfaccion de mi propia honradez, el amor
de mi pobre hija... ¡Ah!... cuando sea usted padre...
El infeliz anciano empezaba á perder las fuerzas, y tuvo que
interrumpirse.
Despues de algunos momentos, y con voz que parecia llevarse tras sí el
alma, exclamó:
--¡Pobre hija mia!... Yo no tenia en el mundo más que mi hija, y usted
abusó de su inocencia; la colocó usted en la pendiente que ha de
llevarla hasta el fondo del abismo, y ya no hay poder humano que la
detenga, porque dado el primer paso dará el último, porque la
desesperacion la ha trastornado... ¡Pobre hija mia!... ¡Hija de mi
alma!...
Desapareció la ira de Alfredo, y empezó á sentirse conmovido.
No, no era posible mirar con indiferencia el dolor de aquel padre
infeliz.
Ya que otra cosa buena no hiciese, quiso Saavedra dirigir algunas
palabras dulces y cariñosas al anciano; pero este, recobrando por un
momento la energía, retrocedió y dijo:
--Hemos concluido... Ahora duerme la conciencia de usted, pero algun dia
despertará.
Y haciendo grandes esfuerzos para sostenerse, salió.
Largo rato pasó antes de que Alfredo pudiera desaturdirse.
--¡Oh!... Ese hombre... me ha impresionado no sé cómo... Pero nada puedo
hacer... Me amenaza con mi propia conciencia... ¿Pues es mia la culpa,
si su hija ha sido débil?... Me parece que doy á este asunto una
importancia que no tiene. ¿Qué es esto más que una calaverada como otra
cualquiera?... Digno es de consideracion y lástima el padre; pero bien
sabe Dios que no he querido hacerle mal alguno, sino, por el contrario,
beneficios. ¿Quién habia de creer que tuviese la energía que ha
demostrado?... Y asegura que va á dejar el empleo, y como no puede
dejarlo á medias, es decir, como no puede renunciar la parte que á mí me
debe, se quedará sin nada, y tras la deshonra sufrirá la miseria...
¡Oh!... eso no, eso no, pues á pesar de mis calaveradas, no soy un
miserable, como me ha dicho, no lo soy, pues algo noble queda en mi
alma.
Llamó Alfredo á su mayordomo, y le dijo:
--Recoge esos billetes, y ahora mismo corre y entrégalos al gobernador
para que los distribuya como mejor le parezca en los establecimientos de
beneficencia, y ten cuidado de no pronunciar mi nombre, porque no quiero
que se sepa quién hace la obra de caridad.
El criado obedeció.
Entonces le ocurrió á Saavedra decir:
--¿Y mi hijo?... Porque supongo que ya soy padre... Ni siquiera lo ha
nombrado don Pascual... ¡Oh!... no, no abandonaré á esa criatura
inocente, que debe la existencia á mis locuras.
Nos parece que las locuras de Alfredo habian acabado, pues por más que
él se esforzase para desentenderse de su conciencia, no era posible que
esta dejase de atormentarlo.