CAPÍTULO XIX

El hombre bueno sigue probando que no es bonachon.

Don Pascual aprovechó la ocasion de que era domingo, y cuando salió de

su casa se encaminó á la de Alfredo.

¿Qué intentaba el desgraciado?

Tal vez iba á verse tratado como su hija cuando se presentó á Clotilde.

El rostro de Bonacha estaba pálido, y su mirada era sombría.

Tampoco aquella mañana se hubiera dicho que era el hombre bonachon y

cándido hasta el último grado de la candidez.

Preguntó por Alfredo, y le contestaron que este acababa de levantarse.

--Pues es absolutamente preciso que yo lo vea,--dijo don Pascual con

una energía que nadie hubiera sospechado en él.

--¿Su nombre de usted, caballero?

--Bonacha.

--El criado no se atrevió á replicar; desapareció, y volvió muy pronto

para decir:

--Pase usted.

--Entró don Pascual en un gabinete ricamente amueblado, y donde se

encontraba Alfredo envuelto en una bata y recostado indolentemente en un

sillon.

Habia creido que el desdichado don Pascual iba á exigirle que se casase

con Paquita, pintándole la triste situacion de esta.

Resuelto estaba el jóven á mostrarse inflexible y aun á rechazar con

dureza al infeliz padre; pero bien pronto se convenció de que se

equivocaba.

Presentóse don Pascual con la cabeza erguida, detúvose un momento, y

luego dijo:

--Caballero, no vengo á pedirle á usted nada, ni siquiera la honra que

me ha robado, y se lo advierto así para que no se tome la molestia de

calcular cómo saldrá mejor del apuro.

Tan sorprendido quedó Alfredo, que no acertó á replicar.

El anciano, con grave tono, prosiguió diciendo:

--Mi desgraciada hija ha guardado para mí el secreto de su falta; pero

yo la he adivinado fácilmente, he guardado silencio, he observado, he

hecho todo lo que puede hacer un espía, y así he conseguido conocer

hasta el último detalle.

--Entonces nada tengo que decirle á usted.

--No he venido para que me diga, sino para que me escuche.

--¿Quiere usted echarme en cara la fealdad de mi conducta?

--No, porque para los abusos como el que usted ha cometido, no hay

calificacion. Cuando un hombre hiere despues de estar seguro de la

impunidad, prueba que es un cobarde.

--¡Caballero!--gritó Saavedra, poniéndose en pié como impulsado por un

resorte y lanzando una mirada terrible á don Pascual.

Empero este permaneció impasible, y arrostró serenamente aquella mirada.

--Le he llamado á usted cobarde...

--Si ha venido usted para ofenderme...

--Aquí estoy para responder, porque yo, cuando ofendo, acepto la

responsabilidad.

--Si ha creido usted que sus canas han de ponerlo á cubierto de mi

enojo...

--Justo seria, ya que mis canas y mi triste situacion le dieron á usted

antes la seguridad de que podia ofenderme sin recibir el castigo que

merecia. De los ultrajes se queja usted, caballero, sin pensar que no

hay ultraje mayor que el que usted ha hecho á mi honra.

--A pesar de todo eso, estoy en mi casa...

--Yo estaba en la mia, y allí fué usted para echar una mancha sobre mi

honor; pero dejemos esto, porque lo que yo he querido, lo que deseo, es

probarle á usted que la honra puede perderse si á uno se la arrebatan;

pero que aun despues de perdida, es posible conservar la dignidad.

--No pongo en duda la de usted, caballero.

--No niego que mi pobre hija, tentada por el demonio de la vanidad, se

habia extraviado; pero sus extravíos no eran criminales. Usted

comprendió que era muy fácil explotar las debilidades de mi hija, y las

explotó sin pensar que heria de muerte á un desgraciado, que no tenia

otro patrimonio ni otra dicha que su honradez, y que, por conservar esta

inmaculada, habia trabajado toda su vida, habia hecho todos los

sacrificios imaginables, habia aceptado todas las privaciones y se habia

resignado con todas las desgracias. Descargó usted el golpe terrible, y

con la conciencia tranquila se ocupó usted en buscar la dicha por otros

medios. Su víctima de usted pidió reparacion, recordando promesas y

juramentos, porque no creia que fuese perjuro el que tanto se envanecia

con su honor; pero usted creyó que á nada estaba obligado, porque se

trataba de una pobre mujer que nada representaba en el mundo; la habia

usted deshonrado, habia usted contraido una deuda, y queriendo pagarla

como buen caballero, tasó usted la honra de toda una familia en mil

duros... ¡Oh!...

Relumbraron como dos carbunclos los ojos de don Pascual, y temblando

convulsivamente á impulsos de la ira, acercóse más á Saavedra, y añadió

con sarcástico tono:

--Sí, pagando la deuda no tenia nadie derecho á poner en duda que es

usted un hombre bien nacido, un caballero, y que abriga usted un corazon

grande y noble.

Alfredo, á pesar de toda su audacia, no se atrevió á levantar la cabeza.

El anciano, con voz ahogada por el coraje, prosiguió diciendo:

--Y el miserable que hace eso con una mujer indefensa y con un viejo

débil, el que así escarnece la virtud, abusa de la inocencia, explota

las debilidades y se burla de todo lo que es más respetable, de todo lo

que es sagrado; el miserable que mancha el honor de una familia para

satisfacer un capricho, un impuro deseo; el que se atreve á tasar el

valor de esa honra y el reposo, y hasta la vida de un honrado padre, se

ofende luego, y se levanta airado y amenazador porque le llaman cobarde.

--¡Oh!...

--Poco viviré, porque la herida ha sido mortal; pero quiero que mi

conciencia esté tranquila; quiero probar que si la cobardía de usted me

ha deshonrado, no he perdido el noble sentimiento de la dignidad.

--Basta, basta;--murmuró Alfredo con voz ronca.

--Hoy mismo quedará hecha la renuncia de mi empleo.

--Pero...

--Y en cuanto al precio de la honra de mi hija, que es mi honra...

¡Oh!...

El infeliz don Pascual sacó los mil duros en billetes, y con fuerza

convulsiva los arrojó al rostro de Saavedra.

Rugió este como el leon cuando se siente herido.

Volvió á ponerse en pié.

Centellas se escaparon de sus ojos.

Sus mejillas habian enrojecido como si fuese á brotar la sangre.

--Yo,--gritó don Pascual,--el infeliz que nada representa en el mundo y

que nada vale, el anciano débil, he tenido bastante valor para sellar

las mejillas del miserable que manchó mi honra.

--¡Salga usted, salga usted!--exclamó Alfredo, sin poder apenas

contenerse.

Empero don Pascual cruzó los brazos, irguió la cabeza y dijo:

--Aquí estoy... Puede usted vengarse... Aquí estoy, porque el valor me

sobra para aceptar por completo la responsabilidad de mis acciones...

¿Por qué se detiene usted?... Le he ofendido gravemente, está usted en

su casa, y tiene derecho hasta para matarme... ¡Oh!... pero en estos

momentos es usted el que ha de temblar, porque á mí no hay nada,

absolutamente nada que pueda infundirme terror. Cuando la vida es un

tormento insoportable, no es posible tener miedo. Usted espera gozar, y

yo no espero más que sufrir... Una sola cosa habia que me hiciese

agradable la existencia: la satisfaccion de mi propia honradez, el amor

de mi pobre hija... ¡Ah!... cuando sea usted padre...

El infeliz anciano empezaba á perder las fuerzas, y tuvo que

interrumpirse.

Despues de algunos momentos, y con voz que parecia llevarse tras sí el

alma, exclamó:

--¡Pobre hija mia!... Yo no tenia en el mundo más que mi hija, y usted

abusó de su inocencia; la colocó usted en la pendiente que ha de

llevarla hasta el fondo del abismo, y ya no hay poder humano que la

detenga, porque dado el primer paso dará el último, porque la

desesperacion la ha trastornado... ¡Pobre hija mia!... ¡Hija de mi

alma!...

Desapareció la ira de Alfredo, y empezó á sentirse conmovido.

No, no era posible mirar con indiferencia el dolor de aquel padre

infeliz.

Ya que otra cosa buena no hiciese, quiso Saavedra dirigir algunas

palabras dulces y cariñosas al anciano; pero este, recobrando por un

momento la energía, retrocedió y dijo:

--Hemos concluido... Ahora duerme la conciencia de usted, pero algun dia

despertará.

Y haciendo grandes esfuerzos para sostenerse, salió.

Largo rato pasó antes de que Alfredo pudiera desaturdirse.

--¡Oh!... Ese hombre... me ha impresionado no sé cómo... Pero nada puedo

hacer... Me amenaza con mi propia conciencia... ¿Pues es mia la culpa,

si su hija ha sido débil?... Me parece que doy á este asunto una

importancia que no tiene. ¿Qué es esto más que una calaverada como otra

cualquiera?... Digno es de consideracion y lástima el padre; pero bien

sabe Dios que no he querido hacerle mal alguno, sino, por el contrario,

beneficios. ¿Quién habia de creer que tuviese la energía que ha

demostrado?... Y asegura que va á dejar el empleo, y como no puede

dejarlo á medias, es decir, como no puede renunciar la parte que á mí me

debe, se quedará sin nada, y tras la deshonra sufrirá la miseria...

¡Oh!... eso no, eso no, pues á pesar de mis calaveradas, no soy un

miserable, como me ha dicho, no lo soy, pues algo noble queda en mi

alma.

Llamó Alfredo á su mayordomo, y le dijo:

--Recoge esos billetes, y ahora mismo corre y entrégalos al gobernador

para que los distribuya como mejor le parezca en los establecimientos de

beneficencia, y ten cuidado de no pronunciar mi nombre, porque no quiero

que se sepa quién hace la obra de caridad.

El criado obedeció.

Entonces le ocurrió á Saavedra decir:

--¿Y mi hijo?... Porque supongo que ya soy padre... Ni siquiera lo ha

nombrado don Pascual... ¡Oh!... no, no abandonaré á esa criatura

inocente, que debe la existencia á mis locuras.

Nos parece que las locuras de Alfredo habian acabado, pues por más que

él se esforzase para desentenderse de su conciencia, no era posible que

esta dejase de atormentarlo.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 28 / 37 题