Alfredo se empeña en hacer algo bueno.
Un mes habia pasado.
Eran las tres de la tarde.
Disponíase á comer doña Robustiana, cuando sonó la campanilla y se
presentó su sirviente, diciéndole:
--Un caballero quiere verla á usted.
--¿No lo conoces?
--Dice que se llama don Alfredo de Saavedra.
--¡Don Alfredo!...
--Y es muy guapo y muy elegante...
--Que entre, que entre,--dijo la viuda sorprendida.
Alfredo se presentó, saludando con la delicadeza que á su clase
convenia, y diciendo despues:
--Señora, hay situaciones en que es preciso apelar á supremos recursos.
--Caballero...
--Ante todo le pido á usted perdon, y le suplico...
--Si en algo puedo serle útil...
--Para pedirle un favor he venido.
--Pues ya escucho.
--Supongo que conoce usted los secretos de la familia Bonacha.
--Sí, conozco todas las desgracias de esas criaturas.
--Así me evito el disgusto de entrar en explicaciones enojosas, tanto
más enojosas para mí, cuanto que tengo que reconocer que soy culpable;
pero crea usted que estoy bien castigado con mi propia conciencia, y que
ya no puedo ser completamente dichoso.
--Aún tiene remedio el mal.
--En su menor parte.
--La infeliz Paca...
--Ya sé que piensa casarse, y yo, sin mengua de mi honor, no puedo dejar
de ser esposo de la hija del conde de Romeral.
--Pues si acaso intenta usted indemnizar con dinero á esa pobre
familia...
--No, porque ya una vez con el dinero ha tenido valor para azotarme el
rostro ese anciano que tan débil parece.
--Entonces...
--Don Pascual dejó su empleo, y yo he sido causa indirecta de que se
quede tambien sin recursos para vivir ese jóven que ha de casarse con
Paquita.
--Si les ofrece usted un destino...
--No se lo ofreceré; pero lo necesitan, y si usted quiere ayudarme, hará
á esos desgraciados un gran beneficio y tranquilizará mi conciencia en
cuanto es posible que se tranquilice.
--No comprendo...
--Está usted bien relacionada.
--Es cierto.
--Nada tendria de particular que encontrase usted á uno de los que
fueron amigos de su difunto esposo.
--Y algunos de ellos han hecho gran fortuna,--dijo doña Robustiana.
--Ese amigo imaginario pudo deber la vida á su esposo de usted.
--Ahora entiendo.
--Es agradecido...
--Sí, pone á mi disposicion su influencia, y yo le pido un empleo para
Bonacha y otro para Juanito.
--Y será usted la madrina, y el regalo consistirá en las dos
credenciales...
--No necesito más explicaciones.
--¿Puedo contar con el auxilio de usted?
--Sí, caballero, porque para hacer un beneficio no debe nadie vacilar.
--Gracias, señora, gracias.
--Por supuesto, que es menester que no se sospeche la verdad, porque mi
amigo Bonacha...
--Lo conozco demasiado bien.
--Estamos de acuerdo.
--Ahora si usted quisiera decirme...
--¿Qué?
--¿Y mi hijo?
--Hay un ángel más en el cielo.
--¡Oh!
--Dios lo ha dispuesto así.
La conversacion no podia prolongarse.
Revelando en el semblante profunda tristeza, púsose en pié el jóven,
ofreció la diestra á la viuda, y le dijo:
--Señora, no habian exagerado al hablarme del noble corazon y de la
clarísima inteligencia de usted.
--Caballero...
--Si se me presentase la ocasion de prestarle á usted algun servicio, me
consideraria feliz.
--Nada valgo, nada puedo...
--Vale usted mucho, señora,--dijo Alfredo.
Y saludando como hubiera podido saludar á una duquesa, salió.
--Lo cortés no quita á lo valiente,--dijo la viuda cuando estuvo
sola.--Este hombre ha hecho una cosa muy mala; pero hay que reconocer
que es muy fino, que tiene mucho talento y... ¡qué bella figura!...
ahora no me sorprende que Paquita perdiese la cabeza por él, porque, la
verdad, si yo me hubiese encontrado en el lugar de Paquita... ¡ay!...
Suspiró la viuda, y se consoló pasando la mano por el lomo á _Morito_.
Desde aquel mismo dia empezó doña Robustiana á preparar el terreno, y lo
hizo con tanta habilidad, que nada sospechó el señor de Bonacha, aunque
vivia muy sobreaviso.
Siguió la viuda dando noticias del estado del asunto, y repitiendo las
palabras de su imaginario amigo.
Despues de quince dias volvió Alfredo á presentarse á la viuda, y le
entregó dos credenciales que daban derecho al mismo sueldo, á doce mil
reales, la una para don Pascual y la otra para Juanito.
--Señora,--dijo Saavedra,--más hubiera pedido por mi voluntad y más me
hubieran dado; pero he temido infundir sospechas.
--Ha procedido usted con mucho acierto.
--Cuando pasen algunos meses, podrá usted acudir nuevamente á su amigo,
y se mejorará la suerte de esa familia, en la inteligencia de que
mientras yo represente algo en la sociedad y usted quiera ayudarme, irá
ascendiendo el esposo de Paca hasta ocupar un puesto distinguido. No
puedo hacer más.
--A pesar de la falta que ha cometido usted, hay que reconocerle nobleza
de sentimientos y una delicadeza bien rara.
--Usted nada necesita; pero si tiene algun otro amigo á quien favorecer,
aproveche usted la ocasion, pues ahora los ministros me servirán en
cuanto yo les pida, y no sabemos lo que podrá suceder mañana si hay
cambio político.
Así doña Robustiana, sin saber cómo, se encontró hecha mujer de gran
influencia.
Si el mundo hubiese visto cómo la trataba Alfredo, no habria podido
adivinar la causa.
Los agraciados recibieron las credenciales.
Juanito quiso casarse inmediatamente.
¡Infeliz!