CAPÍTULO XVIII

La fortuna vuelve la espalda á Juanito.

Pasaron tres meses.

A don Pascual se le habia visto constantemente triste y meditabundo.

A las nueve de la mañana salia de su casa, iba á tomar chocolate á un

café, y despues se encaminaba á su oficina.

Una vez cumplidos sus deberes, dirigíase á una de esas fondas que casi

merecen llamarse bodegones, y tomaba algun alimento, sin que nunca

excediese el gasto de dos ó tres reales.

Desde allí volvia á su casa para no salir hasta otro dia, y unas veces

sentado y otras paseándose, miraba á su alrededor, levantaba los ojos al

cielo y suspiraba dolorosamente.

Lo que pasaba en su alma no es posible hacerlo comprender.

Su salud se quebrantaba visiblemente y sus fuerzas disminuian con

rapidez; pero él aseguraba que se sentia completamente bueno.

Distraíase con mucha facilidad, y trabajando en su oficina se quedaba á

veces inmóvil como si se hubiese petrificado, y pasaba así una ó dos

horas.

Un ruido cualquiera le hacia salir de su distraccion, estremecíase como

si despertase del más profundo sueño, y continuaba su trabajo.

Muchas veces le hablaban y no respondia, porque no habia oido.

Creyeron algunos que don Pascual empezaba á perder la razon.

Lo que el infeliz perdia era la existencia en medio de una agonía lenta

y horrorosa.

El golpe habia sido demasiado terrible, y no podia soportarlo.

El extravío de su hija, la deshonra; habia caido sobre don Pascual como

una montaña de plomo.

Forzoso era que sucumbiese.

Por fin recibió una carta en que su esposa le decia que Paquita estaba

mejor, hasta el punto de que muy pronto podrian volver á Madrid.

Lo que esto significaba lo comprendió perfectamente don Pascual.

Pensó entonces que era preciso averiguar lo que su hija habia

determinado en cuanto al fruto de su deshonra.

Hombre de conciencia recta, no era posible que Bonacha consintiese que

la madre abandonara al hijo inocente, que no le habia pedido la vida.

Tal era la situacion de aquella familia desdichada, cuando Alfredo

volvió por fin á la córte.

Entonces Clotilde se mostró más dispuesta á transigir.

¿Qué hubiera sucedido si supiese la verdad en cuanto á la deshonra de

Paquita?

No lo sabemos; pero sí podemos asegurar que en semejante caso el conde

no habria consentido que su hija se casara con Alfredo.

De las explicaciones que mediaron entre este y Clotilde, resultó lo que

debia resultar, que Juanito, despechado por los celos más ó ménos

fundados, habia querido herir alevosamente.

Juanito fué desde aquel momento, y en opinion de Clotilde, un hombre

ruin hasta el último grado de la ruindad.

¿Podia ella consentir que un hombre semejante continuara ocupando en su

casa un puesto de confianza?

No.

La sentencia fué pronunciada, y Juanito debia encontrarse otra vez sin

recursos para vivir.

Esto era doblemente horrible en los momentos en que pensaba casarse.

Pero ¿qué le importaba á Clotilde la suerte de Juanito?

Lo que le importaba era su dignidad, que creia ofendida.

Aquel hombre, que nada representaba en el mundo, que nada valia, habia

querido hacerla instrumento de su venganza, de sus propios intereses, de

sus ruines pasiones.

Perdonar esto no parecia generosidad, sino estupidez y falta de decoro.

Era aquella una cuestion de dignidad en opinion de Clotilde.

No quiso hacer partícipe á su padre de lo que sucedia, porque habiendo

de ser el mismo el resultado, quiso evitarle disgustos.

Cuando una mujer se empeña en conseguir lo que parece imposible, triunfa

más ó ménos tarde.

Clotilde empezó por hablar de la falta de inteligencia de Juanito.

Luego aseguró que este tenia la mala costumbre de discutir sobre las

órdenes que se le daban, y por último lo acusó de curioso, porque se

habia tomado la libertad de hacer toda clase de averiguaciones para

descubrir lo que habia querido ocultársele.

Y todo esto era verdad, todo lo habia hecho Juanito; pero no porque

quisiese hacerlo, sino porque con una habilidad admirable lo habia

puesto Clotilde en el resbaladero, sin que él viese el lazo que se le

tendia.

La curiosidad, llevada á cierto punto, es una falta gravísima y hasta

peligrosa, y el conde no podia perdonar á Juanito.

Además, la jóven estaba disgustada, y el padre lo sacrificaba todo para

que su hija estuviese contenta.

Tenia necesidad el conde de salir de Madrid por consejo de los médicos,

y aprovechando esta ocasion, despidió á Juanito.

Tan horrible desgracia la conoció el jóven precisamente en los momentos

en que acababa de recibir una carta de Paquita anunciando su completo

restablecimiento y su vuelta á Madrid.

No podia llegar más á tiempo.

Poco le faltó á Juanito para volverse loco.

Sin empleo ni esperanzas de conseguir otro, temió que la familia Bonacha

lo rechazase; pero aun cuando no sucediese así, ¿cómo casarse sin medios

de atender á sus nuevas obligaciones?

Acudió á doña Robustiana, porque esta era, como suele decirse, el paño

de lágrimas de Juanito.

--Todo se arreglará,--respondió la viuda, que era optimista por

naturaleza.

--¿Cómo ha de arreglarse?

--No lo sé; pero ello es que se arreglará.

--Al señor de Almendares no puedo acudir, porque creerá que yo he dado

motivos para que el conde me despida.

--Por de pronto, puede usted contar con el amor de Paquita, y luego,

«como no hay bien ni mal que cien años dure...»

--El remedio llegará tarde.

--Deje usted rodar la bola, que la dicha viene cuando ménos se espera.

--Ahora que Paquita habia recobrado la salud...--exclamó Juanito.

--Usted tambien recobrará su empleo.

Algo se tranquilizó Juanito, por más que las palabras de la viuda no

tuviesen ningun valor.

A las diez de aquella noche encontrábanse en la estacion del

ferro-carril del Mediodía don Pascual Bonacha y Juanito.

Saludáronse, y al jóven le pareció conveniente hablar de su desgracia

mientras llegaba el tren.

--Tengo,--dijo,--que darle á usted una noticia muy desagradable.

--¡Desagradable!--replicó Bonacha distraidamente.

--Sí.

--¿Qué sucede?

--Me he quedado sin empleo.

--Es una gran desgracia.

--Adivino de dónde ha partido el golpe, y me vengaré cuando se me

presente la ocasion.

--¿No estaba usted empleado en casa del conde de Romeral?

--Sí.

--¿Y no tiene ese conde una hija?

--Veo que no necesita usted más explicaciones.

--No.

--Ese miserable Alfredo de Saavedra...

--Basta, basta.

--Y mi situacion es doblemente terrible en estos momentos.

--Siempre es horrible quedarse sin recursos para vivir.

--¿Pero usted todavía ignora que yo estaba decidido á casarme muy

pronto?

--¡Casarse!...

--Sí.

--Entonces le han hecho á usted un gran beneficio.

--¡Don Pascual!...

--¿De qué se admira usted?

--Me sorprende que hable usted así, porque un hombre de las sanas ideas

de usted no es posible que se muestre contrario al matrimonio. Más de

una vez le he oido á usted dar su opinion sobre este punto, y...

--Los hombres cambian de opinion.

--Usted, que tiene una esposa modelo de virtudes...

--Es verdad; pero empiezo á comprender que la familia es una enorme

carga, que no siempre puede soportarse, y en este sentido hablo contra

el matrimonio.

--Si usted supiese quién es la mujer elegida por mi corazon...

--Cualquiera que sea.

--Me parece que ya no está bien guardar este secreto.

--Amigo mio, le advierto á usted que no soy curioso.

--La mujer que ha de participar de mi suerte, es su hija de usted.

--¡Mi hija!--dijo don Pascual con asombro.

--Sí.

--¡Mi hija!... Imposible.

--¿Acaso?...

--No basta que usted la quiera.

--¿Pues qué más se necesita?--preguntó Juanito.

--Que ella corresponda á ese amor.

--Y corresponde, y quiere ser mi esposa, y mientras ha estado ausente

nos hemos escrito todos los dias.

No se le alcanzaba al honrado don Pascual que su hija se casase con

Juanito ni con ningun hombre, como no fuese Alfredo.

Dudó el anciano si soñaba, y se pasó las manos por la frente y se

restregó los ojos.

Juanito pensó lo peor que podia pensar, es decir, que porque habia

perdido su empleo se le miraba con desden.

--Señor don Pascual, espero que Dios me abrirá camino, y como soy

honrado y trabajador, encontraré donde ganar el sustento.

--¡Honrado!...

--Me parece que no hay motivo para ponerlo en duda.

--Peor para usted.

--¿Peor para mí?

--Eso he dicho.

Empezó Juanito á sospechar que Bonacha habia perdido la razon, y despues

de algunos momentos, le dijo:

--No puedo creer que la honradez sea una desgracia.

--Yo tampoco creia otras cosas; pero el tiempo... En fin, si mi hija

quiere casarse con usted, que se case; pero conste que yo no tomo parte

en este asunto.

No sabemos adónde hubieran ido á parar en el trascurso de la

conversacion; pero fueron interrumpidos por el silbido de la locomotora,

y tuvieron que acudir para recibir á las viajeras.

Poco despues se presentaron estas.

Hubo abrazos, saludos cariñosos, sonrisas y lágrimas.

Entraron en un coche y se alejaron de la estacion.

Paquita parecia haber recobrado toda la alegría de otro tiempo.

Llegó el instante de entrar en cierta clase de explicaciones, porque la

jóven preguntó á su novio:

--¿Y qué novedades hay por Madrid?

--Ninguna buena,--respondió tristemente Juanito.

--¿Pues qué sucede?

--Hoy me he quedado sin empleo.

--¡Sin empleo!--exclamaron la madre y la hija.

--Y en estos momentos, en estas circunstancias... ¡oh!... estoy

desesperado.

Todos guardaron silencio.

Los semblantes, que estaban alegres, revelaron la más profunda tristeza.

Largo rato pasó sin que se percibiese otro ruido que el que producia el

coche al rodar sobre el empedrado de las calles.

Por fin Juanito reanudó la conversacion, para decir que ya no le parecia

conveniente guardar el secreto de sus amores, y que lo habia dado á

conocer á don Pascual.

Al estupor sucedió la ira, y las dos mujeres se desataron en

improperios contra Saavedra, acusándolo de la desgracia de Juanito.

Don Pascual escuchaba y callaba, y cuando fué interpelado por su esposa,

respondió:

--Todo me parece bien, y así se lo he dicho á este caballero.

--¿Con que te parece bien que lo dejen sin destino?

--Nadie sabe dónde está ni en qué consiste su fortuna.

En vano habló la esposa de don Pascual, porque este continuó guardando

silencio.

El carruaje llegó á la calle de San Lorenzo.

Las viajeras necesitaban descansar, y Juanito se despidió, prometiendo

volver al siguiente dia.

La madre y la hija, mientras cenaban, hablaron sin cesar de su viaje, de

la nueva situacion de Juanito y de la maldad de Alfredo de Saavedra.

Dos horas despues se habian acostado y dormian.

Don Pascual no pudo conciliar el sueño, pensando en la inocente criatura

fruto de la debilidad de su hija.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 27 / 37 题