CAPÍTULO XVII

La declaracion.

Aquella misma tarde se presentó Juanito.

¡Pobre Juan!

Paquita revelaba en su semblante el abatimiento y la tristeza más

profunda.

Saludó á su amigo con débil voz, tosió tres ó cuatro veces, y guardó

silencio.

--Usted es de confianza,--dijo la madre,--y como tengo mucho que hacer,

porque hemos de irnos mañana...

--Si he de estorbar, me iré.

--Nada de eso... con su permiso.

Y la esposa de don Pascual se fué á la cocina.

--¡Mañana!--murmuró tristemente Juanito.

Paquita suspiró, inclinó la cabeza y tosió.

--Se van ustedes...

--Y Dios sabe si volveremos á vernos,--respondió al fin la jóven.

--¿Qué dice usted?

--¡Ah!... siento en el corazon el frio de la muerte...

--¡Paca, Paca!--exclamó con espanto el jóven.

--Estoy resignada, y casi espero con ansiedad el instante supremo de

dejar este mundo. ¿Qué es la vida?

--¡La vida!--murmuró maquinalmente Juanito.

--Siempre luchando, siempre sufriendo, siempre corriendo tras un

fantasma que se desvanece al tocarlo...

--Es verdad.

--Ilusiones que se desvanecen como el humo.

--¡Ilusiones!...

--Esperanzas que se pierden...

--¡Las esperanzas!--dijo el jóven, que parecia un eco de Paquita.

El desdichado sufria mucho en aquellos momentos.

--Y el corazon entre tanto se destroza

--¡Pobre corazon mio!

--Y así llega la vejez...

--Yo quisiera ser viejo.

--Pero no lo es usted.

--Ni usted tampoco.

--Sí,--dijo Paquita;--he llegado á la decrepitud, cuando no tengo más

que veinte años, porque he sufrido mucho, y vivir es sufrir, y cada dia

representa para mí un año...

--Y para mí un siglo.

Paca tosió.

Juanito suspiró lánguidamente.

Miráronse, y bajaron los ojos.

Ella se oprimió el pecho, y él apretó los puños como si estuviese

desesperado.

¡Bonito papel estaba representando el pobre Juan!

No sabemos en qué novela habia leido Paquita, lo que acababa de decir.

Para las mujeres que no tienen entendimiento, las novelas son un gran

recurso.

Verdad es que Juanito se encontraba en el mismo caso.

Ella guardaba silencio, y á él le tocaba lucirse con otras cuantas

frases de enamorado de melodrama.

--¡Qué triste es la soledad!--exclamó.--Y la soledad más horrible es la

del alma, la del corazon, en medio del bullicio del mundo. ¿Qué es la

vida sin amor y sin ilusiones? Un desierto donde por todas partes nos

rodea el calcinado arenal, sin que la vista alcance á descubrir el verde

ramaje de una palmera, ni llegue al oido el dulce susurro del

cristalino arroyo que ha de apagar nuestra sed devoradora.

Paquita volvió á toser.

--¡Ah!...--prosiguió diciendo Juanito.--Se va usted, y yo me quedo; se

va usted...

--En busca de la muerte, y usted se queda...

--Muriendo entre los vivos y sin el consuelo de que nadie comprenda mi

dolor... ¡Oh!... ¿Dónde habrá un alma para mi alma, dónde para mi

corazon habrá un corazon?

--¡Juanito, Juanito!...

--¡Qué!... ¿pues no digo la verdad?

--¡Ay!...

--¡Paquita!...

--Las palabras de usted son horriblemente amargas.

--Es que la hiel de que está impregnado mi espíritu...

--Es usted injusto.

--¡Injusto!

--Tiene usted vida...

--¿Para qué me sirve?

--Se queja usted de la soledad, no encuentra usted un corazon...

--¿Hay alguno para mí?

--Tal vez; pero...

Interrumpióse Paquita, hizo un gesto doloroso, y luego añadió:

--Debo resignarme, porque mia es la culpa.

--¿Qué quiere usted decir?

--Si nadie le comprende á usted, ¿quién puede apreciar lo que pasa en mi

alma?

No pudo ya Juanito contenerse, y cayendo de hinojos, cogió una de las

manos de Paquita, la estrechó fuertemente y exclamó:

--Compadézcame usted...

--¡Ya es tarde!

--¡Tarde!...

--Usted no puede tener fe en mi amor, no puede usted comprender lo que

los desengaños...

--Me hace usted sufrir mucho.

--Levántese usted...

--Una sola palabra, una sola...

--Que puede venir mi mamá.

--¿Y qué me importa?--replicó Juanito fuera de sí.

Y apretó más y más la mano de Paquita, y á tal punto llegó su entusiasmó

que le produjo un vértigo, y sin miramiento alguno, sin darse cuenta de

lo que hacia, sin respeto á la inmaculada pureza de Paquita, besó con

frenesí aquella mano, que temblaba, que abrasaba...

--¡Jesús!--se oyó exclamar.

Y la madre apareció.

Turbado y confuso se levantó Juanito, con el pantalon empolvado, los

cabellos en desórden, la corbata desarreglada...

Paquita se cubrió el rostro con las manos.

--Reconozca usted--dijo severamente la esposa de don Pascual,--que abusa

usted indignamente de mi confianza.

--Señora, todo mi delito consiste...

--Ya lo he visto.

--La pasion me trastorna...

--Así se excusan todos los que cometen cierta clase de faltas.

--No es un crímen amar...

--Pero sí es un crímen hacer lo que usted estaba haciendo.

--Me reconviene usted con demasiada dureza, me rechaza tal vez porque

soy pobre...

--Eso no.

--Si su hija de usted acepta mi amor...

--¿Quiere usted que se exponga á otro desengaño? Ya ve usted cómo se ha

quebrantado su salud...

--Yo soy más pobre, pero más honrado que ese otro miserable.

--En fin, Paquita decidirá; pero me parece...

--Hable usted, hable usted,--dijo Juanito con acento suplicante á la

jóven.

Levantó esta la cabeza, y como si estuviese profundamente conmovida,

dijo:

--Si Dios quiere conservarme la vida; le daré á usted una prueba de que

hay corazones que sientan como el suyo.

Juanito juró que era el hombre más dichoso del mundo, y continuando la

conversacion, convinieron en escribirse diariamente, ó por lo ménos con

la frecuencia que lo permitiese la salud de Paquita.

Aquella noche Juanito, en el último punto de su entusiasmo, abrazó y

besó á doña Robustiana.

Al dia siguiente pensó que debia atenuar los efectos de todo lo que

habia hecho contra Saavedra, y decidió hablar á Clotilde para que esta

se convenciese de que su antiguo amante no se ocupaba de otra mujer.

¿Era posible que á la hija del conde se le ocultase la verdad?

No se le ocultaria, y de lo que se convenceria era de que Juanito lo

habia hecho todo impulsado por los celos, y sin otro fin que el de hacer

á Saavedra todo el mal imaginable.

Como se comprende, así se conseguia justificar al miserable seductor, y

este no tendria que hacer más que gozar del triunfo que sus mismos

enemigos le habian proporcionado tan torpemente.

Ya tenia Paquita novio, ya podia estar segura de casarse, y por

consiguiente sufrió ménos por no poder comprar los adornos que

necesitaba para embellecerse.

Llegó el momento de partir.

El padre y la hija se abrazaron.

El primero apenas pronunció algunas palabras.

No podia dudarse de que conocia el terrible secreto, y nos inclinamos á

creer que en su poder estaban los mil duros que habian desaparecido del

cofre.

Juanito pasó tres dias de mortal angustia.

Cuando recibió la primera carta, de Paquita, la leyó siete veces, la

besó más de mil, y luego fué á dar parte de su dicha á doña Robustiana.

--¿Lo ve usted?--decia esta.

--Todo lo debo al talento y á la habilidad de usted.

--Me felicitaré si son ustedes más dichosos que Adela y Eduardo.

--Eduardo es un miserable.

Nada más sucedió entonces que sea digno de mencion.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 26 / 37 题