La honradez y el corazon de don Pascual.
Doña Robustiana debia dar una prueba más de su buen corazon y de su
ingenio, y sobre todo era preciso que se cumpliera su propósito de ser
ella la que casase á Paquita.
Preciso era ya confesarle claramente lo que habia sucedido á
consecuencia de los amores de Alfredo, y la esposa de don Pascual dijo
un dia:
--Pecho al agua.
Y sin más ni más fué á ver á la viuda.
Como era consiguiente, la conversacion recayó sobre la conducta de
Alfredo de Saavedra, y cuando doña Robustiana dijo que nada de lo
sucedido le sorprendia, exclamó la madre de Paquita:
--¡Ay!... pues no lo sabe usted todo; pero es usted nuestra mejor amiga,
y ya no queremos ocultarle la verdad...
Interrumpióse, empezando á llorar.
Suspiró tristemente la viuda, y dijo:
--He adivinado lo que ustedes ocultaban, y por consiguiente no se
mortifique usted en decírmelo. La desgracia es horrible; pero como ya no
tiene remedio, lo que debe hacerse es ver cómo se repara. Nadie está
libre de un momento de debilidad, y Paquita es digna de compasion más
que de castigo.
--La pobrecita, tan inocente, tan crédula... ¡hija de mi alma!
De crédula ni de inocente habia tenido nada Paquita, y la causa de su
perdicion habian sido sus necedades.
--Pues veamos,--repuso la viuda,--en qué puedo yo ayudarles á ustedes,
pues aún quedan muchos recursos para evitar que la falta sea conocida.
--Nos ha ocurrido que un viaje seria lo mejor, y aunque puede
justificarse para el mundo con la falta de salud, las dificultades son
en cuanto á mi marido...
--Y que les seria á ustedes preciso estar por lo ménos tres ó cuatro
meses fuera de Madrid.
--A Dios gracias, contamos con recursos bastantes en estos momentos.
--No es poco, pues con el dinero todo se consigue.
--Tambien mi marido es crédulo, y representando nosotras bien el papel,
creo que todo se conseguiria.
--Déjeme usted reflexionar.
Guardó silencio y meditó la viuda.
--Hé aquí mi plan,--dijo despues de algunos minutos.
--Veremos si le ha ocurrido á usted lo mismo que á mí.
--Paquita se ha desmejorado bastante.
--Como que apenas duerme ni come.
--Desde hoy debe quejarse á todas horas, ya de dolores de cabeza, ya de
malestar, y cuando pasen algunos dias se levantará tarde, se acostará
temprano, y no querrá salir, asegurando que le faltan las fuerzas.
--Muy bien.
--Entre tanto, yo hablaré á todos los amigos del triste estado de
Paquita, y diré que me parece que tiene mala enfermedad y que temo que
se desenvuelva una tísis, lo cual á nadie debe sorprender, porque
Paquita es de pocas carnes y de organizacion débil, y ya sabe usted que
los que están robustos no creen que pueden vivir los que están flacos.
--Prosiga usted.
--Irán todos los amigos á visitar á Paquita, y la encontrarán pálida y
ojerosa. Ella tendrá buen cuidado de estar siempre mal vestida y
despeinada, porque los enfermos no tienen ganas de adornarse.
--Tiene usted mucho talento, doña Robustiana.
--Suspirará tristemente, hablará muy poco y de vez en cuando toserá, que
yo le aseguro á usted que apenas la hayan oido toser, han de darla por
muerta.
--No se equivoca usted.
--Don Pascual querrá que á su hija la vea un médico; pero ella se
resistirá, y yo entre tanto habré ponderado el talento y la ciencia de
cierto médico que ha hecho prodigiosas curaciones de esa clase de
enfermedades.
--¿Y ese médico?...
--Es persona de mi más completa confianza, y además debe usted tener
entendido que cuando se trata de estos asuntos, no hay médico que no sea
honrado y reservado, siquiera por egoismo.
--Tiene usted razon.
--Desde el momento en que amenace un peligro á Paquita, Juanito, que la
ama, la adorará, y aquí está el punto grave de la cuestion.
--Juanito es bueno.
--El médico asegurará que su hija de usted no puede salvarse si no pasa
los rigores del frio en un clima más templado, como el de Valencia ó
Andalucía, y es imposible que don Pascual se oponga al viaje.
--¿Y si intenta pedir una licencia para acompañarnos?
--La licencia no han de dársela para tanto tiempo como ustedes han de
estar fuera de Madrid.
--Capaz es de dejar el destino.
--No lo dejará, porque es el único recurso con que cuenta para atender á
la curacion de su hija.
--¿Y dice usted que Juanito?...
--Convencido de que ya Paquita no ama á don Alfredo de Saavedra, hará su
declaracion formal.
--Y se escribirán...
--Y cuando Paquita salga de su apuro y vuelva á Madrid saludable y
alegre...
--Comprendo, comprendo.
--Pues si le parece á usted bien...
--Sí, sí.
--Manos á la obra, que Dios nos protegerá.
--Hoy mismo empezaremos.
La esposa de don Pascual y doña Robustiana se abrazaron y se dirigieron
las palabras más cariñosas.
Aquel mismo dia, cuando don Pascual volvió á su casa, se encontró
acostada á su hija.
--¿Qué es esto?--preguntó.
--Me duele mucho la cabeza; pero no es nada de cuidado,--respondió la
jóven.
Hizo Bonacha un gesto de disgusto, y guardó silencio.
Paquita apenas tomó alimento, asegurando que la comida le repugnaba.
Cuando llegó la noche, la viuda habló á sus tertulianos de la enfermedad
de Paquita.
Esta supo representar admirablemente su papel.
Fueron á visitarla sus amigos, y antes de una semana todos decian que la
jóven no podia vivir.
Don Pascual se concretaba á preguntar á su hija si se sentia mejor; pero
ni siquiera nombró á los médicos.
¿Cómo se explicaba esto en un hombre tan cariñoso, y que siempre habia
llevado hasta la exageracion los cuidados por su hija?
Era inexplicable su conducta.
Otra semana pasó, y como don Pascual no parecia dispuesto á cambiar de
sistema, su mujer le dijo:
--¿En qué piensas?
--En trabajar lo mismo que siempre,--respondió Bonacha.
--Nuestra pobre hija está cada dia peor.
--Ya lo veo.
--¡Y lo dices con esa calma!...
--Sufro y me resigno, porque Dios lo manda así.
--Pero resignarse no es abandonarse.
--¿Y qué quieres decir?--replicó don Pascual, mientras tomaba el
sombrero para salir.
--Quiero decir, que es preciso que á nuestra hija la vea un médico.
--¡Un médico!--exclamó Bonacha con acento de profunda sorpresa.
--Sí.
--¿Y qué ha de hacer el médico?
--Curarla.
Cambió de expresion el rostro de don Pascual.
No era en aquellos momentos el hombre cándido y bonachon.
Fijó una mirada profunda en su esposa, y despues de algunos momentos
dijo:
--Me parece que el médico nada puede hacer.
Tembló la esposa de Bonacha y bajó los ojos, como si no se atreviese á
arrostrar la mirada de su marido.
Este se puso el sombrero, tomó el baston y dijo sencillamente:
--Hasta luego.
¿Sospechaba la verdad?
Su mujer hubiera querido averiguarlo; pero no se atrevió á provocar
explicaciones sobre este punto.
Pasaron otros tres dias, y ya todos los amigos mostraban extrañeza
porque á la jóven la tuviesen en tal abandono, sin acudir á los socorros
de la ciencia.
--Viéndolo estás,--dijo la mujer al marido;--la gente murmura, y tiene
sobrada razon.
--Si es preciso llamar á un médico para que el mundo no se ocupe de mi
hija, que el médico venga.
Y segun se habia convenido, fué á visitar á la enferma el médico amigo
de doña Robustiana.
El honrado don Pascual continuó encerrado en su reserva.
Al cabo de una semana declaró el médico que era imposible que Paquita se
salvase si no pasaba algunos meses bajo la influencia del clima benigno
de alguna de las provincias del Mediodía, y designó los puntos que le
parecian más convenientes.
No se opuso don Pascual al viaje, ni mucho ménos pensó en pedir licencia
para acompañar á su familia.
Guardando siempre su tenaz silencio, se fué en busca de un prestamista,
tomó dos mil reales, que debian servir para los primeros gastos del
viaje, y firmó un recibo de tres mil y quinientos, cantidad que debia
descontársele de su paga en virtud de providencia judicial y en el
espacio de unos once meses.
Entre tanto, su esposa quiso empezar á hacer uso de los veinte mil
reales pera comprar vestidos y adornos, pues hay que advertir que á
pesar de todas sus desgracias, no se habian curado radicalmente, ni
habian escarmentado aquellas dos infelices.
Abrió el cofre en cuyo fondo guardaba el dinero; pero este habia
desaparecido.
Quedó la esposa de don Pascual inmóvil, sin aliento, con la mirada fija
y abiertos los ojos como si fuesen á saltar de sus órbitas.
Hay que advertir que dos dias antes habian despedido á la criada, y que
despues de haberse ido esta, habia tenido en la mano los mil duros la
esposa de don Pascual.
No podia, por consiguiente, sospecharse un robo, y mucho ménos cuando no
se veian en el cofre señales de violencia.
Trascurrieron algunos minutos.
--Me equivoco,--murmuró por fin la mujer de Bonacha.
Y empezó á sacar una por una cuantas prendas habia en el cofre.
Los mil duros no parecian.
--¡Paca, Paca!--gritó la madre.
--¿Qué quieres?--respondió la hija, que acostumbrada ya á representar su
papel de enferma, no se movia fácilmente.
--Ven, ven...
--¿Para qué?
--Los mil duros...
--Bien, traelos.
--Pero...
--Déjame tranquila, mamá.
--Esto es horrible...
--Debes tener en consideracion que estoy enferma.
--Los mil duros, los mil duros...
--No grites, no alborotes...
--Han desaparecido.
Levantóse al fin la jóven, mientras decia:
--Mamá, tienes la cabeza trastornada, lo cual debe consistir en tu edad.
--Si alguna de las dos está loca, debes ser tú, y si no piensa en lo que
te ha sucedido.
--¿Quieres armar un escándalo?
--Lo que quiero es morirme,--dijo la madre, revolviendo una y otra vez
las prendas, que del cofre habia sacado.
La jóven comprendió entonces toda la gravedad de lo que sucedia; pero
abrigó la esperanza de que su madre hubiese guardado en otro cajon el
dinero y que no se acordase.
Desde el cofre fueron á una cómoda, y luego á la única mesa que tenia el
cajon.
No estaban los billetes en ninguna parte.
Puede decirse que revolvieron la casa y registraron hasta el interior de
los colchones.
¿Quién las habia robado?
Y todo estaba en su lugar, sin que pareciese que nadie habia tocado al
contenido de los cajones.
Hicieron todas las suposiciones imaginables; pero no adivinaron la
verdad.
Perder mil duros era una gran desgracia; pero habia que tomar tambien en
consideracion cómo habia desaparecido aquel dinero.
No podian decir una sola palabra á don Pascual.
--¿Y cómo podremos ahora hacer el viaje?
--Tu padre no querrá acudir á un prestamista.
--Y si acude le pedirá una miseria.
--Y tenemos muchos gastos que hacer.
--Necesito por lo ménos tres vestidos.
--Yo tambien.
--Y un sombrero.
--Y yo otra sombrilla.
--Por tí no tengo cuidado, porque puedes arreglarte más fácilmente.
--Es claro; yo aunque vaya llena de harapos, voy bien, ¿no es verdad?
--Pero á tu edad...
--Todavía no soy ninguna vieja.
--Mamá, piensa que ya has cumplido cincuenta y un años.
--Sí; ya sé que soy una jamona; pero me parece...
--¡Jamona!... algo más.
--Mira, Paca, no me tientes la paciencia.
--Bien dice el refran, que las verdades amargan.
--Siempre te empeñas en compararme á tu padre, que es un viejo que no
puede tenerse en pié.
--Tiene cinco años más que tú, y ya ves que no se pone ningun adorno, ni
piensa en ciertas cosas propias de la juventud.
--Tú tampoco deberias pensar, porque tu estado...
--He cometido una falta; pero es menester que sepamos lo que tú has
hecho en tu juventud.
--Paca, que soy tu madre...
--El resultado es que has perdido los mil duros.
--Ya sabes que estaban bien guardados.
--Tan bien guardados, que han desaparecido sin saber cómo.
--¡Oh!... daria lo que me queda de vida por saber quién los ha robado.
Paquita se dió una palmada en la frente, y exclamó:
--¡Ah!...
--¿Qué te sucede?
--Todo lo adivino.
--Explícate.
--Los mil duros los ha cogido papá.
--¡Dios bendito!...
--No lo dudes.
--¿Y habia de estar callado?
--Sí, porque se ha propuesto no decir una palabra respecto á mis
desgraciados amores.
--Ahora recuerdo que cuando le dije que era preciso que viniese un
médico, me miró no sé cómo... ¡Jesús!... estoy temblando.
--Ya no me atreveré á mirar á mi padre frente á frente.
No fué menester más para que la madre perdiese instantáneamente todo su
valor.
Ambas enmudecieron.
Quedaron profundamente abatidas.
Arreglaron los cajones, y esperaron á que don Pascual llegara.
Este se presentó á la hora de costumbre.
Ni la madre ni la hija se atrevieron á mirarlo frente á frente.
--¿Quieres ya comer?...--le preguntó la primera.
--Sí; pero antes me direis cuándo pensais emprender el viaje.
--Cuando sea posible, porque los pobres no hacen las cosas cuando
quieren.
Con mucha calma sacó don Pascual los cien duros que habia tomado del
prestamista, se los entregó á su esposa, y le dijo:
--Con ese dinero podreis atender á los primeros gastos, y yo os enviaré
de la paga cada mes lo suficiente para cubrir con modestia vuestras
atenciones.
--¿Y este dinero?...
--Son dos mil reales que he tomado de un prestamista, firmando un recibo
de tres mil quinientos, y dejando que el juez embargue una parte de mi
sueldo.
--¿No tenias otro recurso?
--Ninguno, y tú misma lo sabes, puesto que en tus manos está cuanto
poseemos,--dijo don Pascual.
--Podia suceder que algun amigo...--repuso su esposa.
--La amistad, con raras excepciones, no es bastante para abrir el
bolsillo, y sobre todo, á mí no me gusta molestar á nadie, y prefiero
hacer un sacrificio.
--Pero cien duros...
--¿Es poco?
--Hay que hacer tantos gastos...
--Cuando se va en busca de la salud, no es menester vestidos ni adornos.
--Siempre dices lo mismo.
--Comamos,--repuso con calma don Pascual.
Su esposa no se atrevió á continuar hablando.
Las dos mujeres supusieron que aquellos dos mil reales procedian de los
veinte mil que habian desaparecido, y acusaron al pobre don Pascual,
porque guardaba para sí la mayor parte, sin consideracion á las
necesidades de su familia, necesidades imperiosas, como para ciertas
mujeres lo son los relumbrantes adornos.