CAPÍTULO XV

El último esfuerzo.

Pasaron quince dias, que era mucho más tiempo del que se necesitaba para

que Alfredo recibiese la carta y contestase; pero ni habia contestado,

ni la situacion habia cambiado tampoco, y antes de adoptar una nueva

resolucion, la madre y la hija creyeron conveniente ir á la

administracion de correos.

Esperaban que les entregasen firmado por Alfredo el sobre de la carta;

pero su sorpresa fué la más profunda cuando les presentaron la carta

misma intacta y con una nota en que se decia que se devolvia á su

procedencia, porque no habia querido recibirla la persona á quien se

habia dirigido.

Las dos mujeres miraron al empleado como si no entendieran lo que este

decia, y no acertaron á pronunciar una palabra.

--Les explicaré á ustedes lo que esto significa,--dijo el

empleado.--Cualquiera persona está en su derecho de no recibir las

cartas que se le dirigen, y cuando así sucede, se hace lo que está usted

viendo. Ya sea porque al reconocer la letra del sobre haya comprendido

que no le convenia, ó por otra razon cualquiera, ello es que la persona

á quien va dirigida la carta se ha negado á recibirla, y aquí la tiene

usted, y puede llevársela, entregándome el recibo del certificado.

Tampoco entonces acertaron á responder las infelices.

--¿Me han comprendido ustedes?

--Si,--dijo al fin la esposa de Bonacha.

--Pues me quedo con el recibo, y aquí está la carta.

Lo que Paca sentia, no puede hacerse comprender.

Como un autómata que obedece á sus resortes, tomó la carta y la guardó

en el bolsillo.

Salieron de la administracion.

La desdichada jóven no hubiera podido decir dónde sé encontraba.

Apenas podia sostenerse, todo lo veia confuso y vago.

Apoyándose en un brazo de su madre, pudo seguir hasta la calle de

Atocha; pero allí se detuvo, diciendo:

--No puedo más.

--¿Te has puesto mala?

--No; pero... entremos en un coche.

Lo que sufria podia verse en su rostro, cadavéricamente pálido y

desfigurado.

No pudo entonces derramar una sola lágrima.

Cuando estuvo en su casa, se sentó, inclinó la cabeza sobre el pecho, y

quedó inmóvil como una estatua.

La madre fué y vino, gritando sin cesar, amenazando y haciendo

comentarios sobre su situacion.

Esto no era más que un desahogo, pero no un remedio.

Así pasó casi todo el dia.

Indudablemente Alfredo habia reconocido la letra, y para evitarse

disgustos no quiso recibir la carta.

Verdad es que si la hubiera recibido habria sido completamente igual el

resultado.

Lo que el tiempo vale, lo mucho que puede, lo sabia muy bien Saavedra, y

tenia la seguridad de que con el tiempo la desdichada jóven acabaria de

perder la poca fuerza moral que le quedaba, y que se resignaria.

Debia la infeliz encontrarse en más de un apuro que la obligase á gastar

el dinero que hasta entonces no habia querido tocar, cuando esto

hiciese debia renunciar á todas sus aspiraciones.

Uno de los medios que hay para que las personas se aburran y se

desalienten, es dejar que el tiempo pase, y en fuerza de tiempo debia

Paquita desalentarse, porque hacia demasiado uso de sus fuerzas, y por

lo mismo estas debian concluir más pronto.

Empero todavía no se habia resignado; todavía le quedaban alientos para

luchar, y lo único que le faltaba eran los medios.

Pensó si debia arrostrarlo todo, dar á conocer su desgracia á su padre y

emplear los mil duros en hacer un viaje en busca de Alfredo; pero esto

presentaba el inconveniente de que el seductor iba de un punto á otro

sin cesar, y antes de encontrarlo podia haberse concluido el dinero.

Además, hubiera sido preciso dar un escándalo, confesar claramente la

deshonra, porque un viaje como este no podia justificarse de otro modo.

¿No era Clotilde el obstáculo?

Pues si Clotilde rechazaba enérgicamente á Saavedra, debia ser más fácil

conseguir que este se casase con Paquita.

No ideaba la jóven más que locuras.

Ya lo hemos dicho: se encontraba en ese estado de trastorno en que el

juicio se pervierte.

Conferenció con su madre, y al fin decidió hacer el último esfuerzo.

Llegó el dia siguiente.

La madre y la hija salieron á las dos de la tarde de su casa, tomaron un

coche, y fueron á la suntuosa morada del conde de Romeral.

Habíase puesto Paquita su mejor ropa, habíase adornado con el más

cuidadoso esmero.

Esto era una torpeza, como otras muchas que habia cometido.

Si Clotilde era bella y elegante, Paquita no queria aparecer ménos

seductora.

No pensó que en sus adornos estaba el sello de su modesta clase, y que,

más que otra cosa, debia ponerse en ridículo.

Entró en la morada del conde, quedando en el coche la esposa de don

Pascual.

Hé ahí otra torpeza.

La hija quiso evitar que su madre se dejase arrebatar por la cólera, y

no pensó que debia formarse de su decoro una triste idea al presentarse

sola, y con el fin que se presentaba.

Encontró muchos inconvenientes en los criados, porque era más difícil

ver á Clotilde que á su padre; pero ella encareció tanto la importancia

del asunto que la llevaba, que al fin uno de los sirvientes le dijo:

--Espere usted, y veremos.

Sentóse Paquita en una antesala.

A los pocos minutos se presentó una mujer jóven y bella, y bastante bien

vestida.

Creyó la hija de don Pascual que aquella era Clotilde, y se puso en pié

y saludó; pero era una doncella, que despues de contestar al saludo,

preguntó:

--¿Cómo se llama usted?

--Soy la hija de don Pascual Bonacha.

--Mi señorita no tiene costumbre de recibir á nadie, porque como puede

usted comprender...

--¡Su señorita!

--Eso he dicho.

Paquita conoció su error, quedándose avergonzada.

La doncella prosiguió diciendo:

--Pero tanto han encarecido el asunto que á usted la trae...

--Sí, es de mucha importancia, de mucha gravedad, y no creo que su

señorita de usted se arrepienta de haberme recibido.

--La verá usted.

Desapareció la sirviente.

Paquita volvió á sentarse.

Trascurrieron cinco minutos, que fueron para ella cinco siglos.

Levantóse una cortina, y Clotilde se presentó vestida sencillamente y

sin ningun adorno.

Su doncella la siguió, y se quedó junto á la puerta en actitud

respetuosa.

La hija del conde atravesó la antesala, saludó con un movimiento de

cabeza á la víctima de Alfredo, y le preguntó:

--¿En qué puedo complacerla á usted?

Lo primero que á Paquita le ocurrió pensar, fué que Clotilde era

excesivamente hermosa.

Los celos la atormentaron horriblemente, y tambien se sintió

trastornada, porque empezó á comprender que le seria imposible entrar en

cierta clase de explicaciones, ni mucho ménos entablar una discusion en

aquella antesala en presencia de la sirviente y cuando la actitud de

Clotilde era una cortés despedida.

Sin embargo, ya no podia retroceder, y haciendo sobrehumanos esfuerzos

para recobrar la calma y dominar su trastorno, dijo:

--Debo suponer que no le es á usted desconocido mi nombre.

--No.

--Pues bien; en la situacion en que me encuentro se hace preciso...

--Señorita,--interrumpió Clotilde,--le evitaré á usted la molestia de

explicarse.

--Es que...

--No ignoro que tiene usted, ó ha tenido, relaciones de cierta clase con

Alfredo de Saavedra; pero cualquiera que sea el estado de esas

relaciones, le advertiré dos cosas: primera, que mi decoro no me permite

escuchar el relato de historias ó sucesos de esa clase; y segunda, que

hace ya algunos meses que devolví á Saavedra su más completa libertad,

no habiendo entre él y yo más relaciones que las de una buena amistad.

De todo esto puede usted deducir que no tengo interés alguno en los

amores de Saavedra, y que no puedo influir en ningun sentido para que

adopte tal ó cual resolucion. Si es que Saavedra le ha vuelto á usted la

espalda, lo siento; pero la culpa no es mia, y sobre todo, como nada

puedo hacer en favor de usted, no quiero saberlo.

--A pesar de esas razones...

--Repito que hablarme á mí de ese asunto es como hablar á otra persona

cualquiera, y perdóneme usted que no la escuche más, porque ya le he

dicho que mi decoro me lo prohibe.

Y no bien hubo pronunciado la hija del conde estas palabras, se inclinó

y se dirigió á la puerta, mientras la sirviente levantaba la cortina.

Paquita quedó anonadada.

La vergüenza la hizo enrojecer.

La ira produjo en ella el más profundo trastorno.

Clotilde atravesó el umbral, y cayó la cortina.

La doncella quedó inmóvil.

La desdichada hija de don Pascual se oprimió el pecho.

Dejó escapar un grito desgarrador.

Sintió que repentinamente renacian sus fuerzas.

Quiso seguir á la hija del conde pero la sirviente se lo estorbó, y le

dijo:

--Tranquilícese usted, señorita... Ya veo que sufre usted mucho; pero

debe usted considerar que la culpa no es de nadie más que de don

Alfredo. Todos los hombres son lo mismo, y si quisiera usted tomar mi

consejo, no le pesaria: engañe usted al primero que se la presente, y

así se vengará sin que le remuerda la conciencia por aquello de que

paguen justos por pecadores, pues repito que todos ellos son iguales y

merecen la misma pena. Cuando se tranquilice usted y reflexione, se

convencerá de que usted hubiera hecho lo mismo que mi señorita.

Por fin el llanto corrió por las mejillas de Paquita.

--¿Viene usted sola?--preguntó la doncella.

--No.

--Me alegro, porque está usted muy agitada... la acompañaré hasta la

puerta.

Paquita siguió maquinalmente á la criada, entrando en el coche y

dejándose caer pesadamente.

El vehículo se puso en movimiento.

Entre tanto, la hija del conde se preguntaba:

--¿Cómo esta mujer se atreve á dar este paso?

Y luego pensó que por Juanito le seria posible obtener explicaciones y

hacerse bien cargo de su situacion.

Ya sabemos que Juanito no podia descubrir el terrible secreto, porque lo

ignoraba y ni siquiera lo sospechaba.

Sin embargo, Clotilde podia hacer algunas deducciones, y adivinar lo que

no se le decia claramente.

Por de pronto, tenia ya una prueba de que Alfredo habia abandonado á la

hija de don Pascual, y esto halagaba el amor propio de Clotilde y

facilitaba una reconciliacion con su antiguo amante.

¿Cómo habia de suponer Paquita que iba á favorecer á su rival?

Y así lo habia hecho.

Y lo peor de todo era que contra su voluntad, y poco á poco, iba ella

misma publicando su deshonra.

Cuando la madre y la hija estuvieron en su casa, exclamaron:

--¡Ya no hay esperanza!

No so equivocaban: Alfredo no se casaria con la hija de don Pascual.

La infeliz jóven habia hecho el último esfuerzo.

Ya le era forzoso resignarse.

En vez de emplear el tiempo en lo que no habia de producirle ningun

buen resultado, debia invertirlo en poner á cubierto su honor en cuanto

era posible que lo pusiese.

Le convenia salir de Madrid; pero esto presentaba muchas dificultades:

su padre y el dinero.

En cuanto á lo segundo, ¿por qué no habian de hacer uso de los veinte

mil reales?

Si de todas maneras no habian de conseguir otra cosa de Alfredo, al

ménos con aquella cantidad podian más fácilmente poner en práctica

cualquiera resolucion.

Pensaba la madre que tan deshonrada quedaba su hija tomando los mil

duros como devolviéndolos.

No hay que decir que esto era un error.

Paquita mostró algunos escrúpulos; pero al fin se convenció.

Veinte mil reales son tentadores para los que de la verdadera dignidad

no conocen más que el nombre.

Otra idea le ocurrió á la esposa de don Pascual.

--Me parece,--dijo,--que debes tomar al pié de la letra el consejo que

te dió la doncella de tu rival. Los hombres todos son iguales, y ninguno

merece compasion. Salgamos ahora de este apuro, y que luego Juanito

pague lo que hizo Alfredo.

--Pero eso...

--Tú has sido demasiado crédula, has sido tonta y han abusado de tu

buena fe, lo cual prueba que para los crédulos no hay compasion. ¿Por

qué has de tener escrúpulos cuando no los han tenido para engañarte?

Además, engañando á Juanito lo harás dichoso, porque te ama, mientras

que al engañarte á tí te han hecho sufrir mucho. Y para que no te quede

duda de que todos los hombres son iguales, piensa lo que le ha sucedido

á la pobre Adela, que se casó con un hombre que parecia un santo, que no

tenia que comer, mientras que ella es rica, y antes de un mes ya enseñó

las uñas, y hoy lo tienes hecho un perdido, sin hacer caso de su pobre

mujer y gastando el dinero de ella en divertirse y en obsequiar á otras.

--Todo eso está bien; pero papá...

--Descuida, que á tu padre tambien le haremos ver lo negro blanco.

--Es imposible.

--Para esto nos ayudará tambien doña Robustiana.

--No sé cómo.

--Tengo mi plan, y triunfaremos.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 24 / 37 题