Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer.
Con una ansiedad indescriptible aguardaba Paquita carta de Alfredo; pero
habia trascurrido una semana, y la carta no llegó.
Durante este tiempo tuvo la jóven motivo para comprender en toda su
extension su desgracia.
Esperó otros cuatro dias, y como la situacion era la misma, decidió
escribir á su amante.
Hé aquí la carta de Paquita:
«Mi querido Alfredo: Cuento los dias, cuento los minutos.
»¿Por qué no me escribes?
»¿Te ha sobrevenido alguna desgracia?
»¿Te has olvidado de mí?
»No quiero creerlo, porque mi situacion es demasiado horrible.
»Mis presentimientos se han realizado, y bien pronto me será imposible
ocultar mi deshonra.
»Respetables intereses deben haberte obligado á salir de Madrid, y esos
mismos intereses te detendrán; pero hay algo que vale mucho más que
todos esos intereses, más aún que toda tu fortuna, y ese algo es mi
honor.
»Preciso es que de todo te desentiendas, de todo te olvides, para acudir
á salvar mi honor, que debe ser el tuyo; para poner á cubierto nuestras
debilidades y la suerte de una criatura inocente, y que algun dia puede
pedirnos cuenta de nuestra conducta.
»No te hablo de mi amor, porque has visto ya que no he reparado en
sacrificios, y que para satisfacer hasta tus más leves deseos, he
olvidado todos mis deberes y mi propia conveniencia.
»Ha llegado tu vez, y ahora espero de tí las pruebas; ahora estás tú
obligado á consumar todos los sacrificios sin vacilaciones.
»No te exijo que olvides el honor ni quiero que eches sobre tu
conciencia la carga enorme de graves faltas; sino que, por el contrario,
lo que quiero es que cumplas tus promesas, lo cual es honrarse, y que
evites que tu conciencia te acuse algun dia.
»El dolor me trastorna.
»Desde que nos separamos, el sueño huye de mis ojos.
»Lloro noche y dia.
»¡Cuánto sufro, Alfredo, cuánto sufro!
»Si no cumples tu deber, ¿qué será de mí?
»Y cuando mi honrado padre conozca la deshonra de su hija, ¿qué le
sucederá?
»No podrá el infeliz soportar golpe tan terrible.
»Con todo se ha resignado; lo mismo con la pobreza que con los infinitos
sinsabores de la vida. Estaba tranquila su conciencia y esperaba en la
eternidad los goces que en este mundo le negaba la fortuna; pero con lo
que no se hubiera resignado, con lo que no se resignará, es con la
deshonra.
»Somos pobres; pero, no lo dudes, tenemos el sentimiento del honor como
los ricos, y quizá más aún, porque es lo único que tenemos.
»Si nos arrebatan el honor, ¿qué nos queda?
»Tú me has arrojado al fondo de un abismo, y tú eres la única persona
que puede salvarme.
»Alfredo, salva mi honor y quítame despues la vida.
»No me importa morir; pero que mi padre no conozca la horrible
desgracia.
»Toda su vida ha sido un mártir, y ya que no otra cosa, que pueda al
ménos morir tranquilamente, que no me maldiga, porque sólo Dios sabe lo
que la maldicion de mi padre produciria en mi alma.
»No eres, no puedes ser un miserable depravado: tienes sentimientos
generosos, y si no por cariño, por compasion, Alfredo, siquiera por
compasion, corre, ven, sálvame, y luego huye de mí, si es que mi
presencia te enfada, que yo devoraré en silencio mi dolor y mis
amarguras, y no turbaré tu dicha con la importunidad de mis quejas, sino
que te dejaré en completa libertad para que goces y seas dichoso.
»No puedo más, Alfredo, no puedo más... Ven y salva á tu víctima
infeliz, compadece á mi padre, piensa que tú tambien eres padre, y haz
por tu hijo lo que por mí no harias.»
El sentimiento habia sublimado la inteligencia de Paca.
Nadie hubiera esperado semejante carta de la hija de don Pascual; pero
el sentimiento, cuando llega á cierto grado, iguala todas las
inteligencias.
No habia meditado Paca para escribir.
Las elocuentes frases de su carta se habian escapado de su alma sin que
ella misma pudiera apreciar todo su mérito en ningun sentido.
¿Era posible que Alfredo leyese la carta con indiferencia?
¿Era posible que abandonase á la mujer que todo se lo habia sacrificado?
Sí era posible, por más que no lo parezca.
Alfredo tenia que cumplir otro compromiso, que aunque no tan sagrado,
era para él de mucha importancia.
Además, parecíale horroroso casarse con Paquita, á quien él mismo, en
presencia de sus amigos, habia hecho objeto de las más sangrientas
burlas.
No, Saavedra no podia ser esposo de la hija de don Pascual, no podia
serlo sin deshonrarse, segun él mismo creia.
Y entre su deshonra y la de aquella infeliz, no era dudosa la eleccion,
tratándose de un hombre de sus circunstancias y carácter.
Alfredo debia luchar, debia sufrir; pero al fin triunfaria su vanidad,
su amor propio, su orgullo desmedido y su perversion moral.
Debia pensar Alfredo que cuando se casase con Paquita, Clotilde lo
miraria con profundo desden, y que en los círculos de lo que se llama
gran mundo se aguzaria el ingenio para inventar epígramas.
Lo repetimos, el demonio de la vanidad debia decidir la cuestion.
Una vez escrita la carta, encontróse Paquita con que no sabia cómo
dirigirla.
¿Qué hacer para salir de este apuro?
Consultó con su madre, y despues de discurrir largamente, resolvieron ir
á la casa de Saavedra para preguntar á los criados del mismo.
Hiciéronlo así.
Nunca lo hubieran hecho, porque fueron recibidas con mucha frialdad,
casi con desden, á pesar de que el mayordomo de Alfredo las conocia.
--Ahora,--dijo el criado, que debia estar bien instruido por su
señor,--se encuentra el señor don Alfredo en Santander; pero no estará
allí más que tres ó cuatro dias, porque asuntos de interés lo llaman á
Francia.
Volvieron á su casa la madre y la hija, y aquel mismo dia quedó la carta
en el correo.
Otra vez contaron los minutos con angustioso afan; pero el tiempo pasó
sin que recibiesen ninguna carta.
Volvieron á ver al mayordomo de Alfredo.
El criado dijo:
--Cuando el señor de Saavedra sale de Madrid no nos escribe sino en caso
de absoluta necesidad, porque no cree que está obligado á dar cuenta de
sus acciones á su servidumbre.
--¿Pero dónde se encuentra?--preguntó Paquita.
--No lo sabemos con seguridad, aunque suponemos que debe estar en Paris
ó en Lóndres.
--¿Y cuándo volverá?
--Tampoco el señor de Saavedra dice eso á sus criados.
Todas las preguntas, observaciones y razonamientos fueron completamente
inútiles.
¿Habia recibido Alfredo la carta?
Debia suponerse que sí, pero esto no era más que una suposicion.
Despues de quince dias de mortal angustia, el mayordomo de Alfredo se
presentó á las señoras de Bonacha, diciéndoles:
--El señor de Saavedra me escribe desde Lóndres, y me manda entregar
esto á ustedes y advertirles que recibió su carta.
Y al mismo tiempo presentó el criado un pliego, que aunque no muy
voluminoso, lo era más que una carta cualquiera.
La hija de don Pascual exhaló un grito de alegría.
Por fin Alfredo contestaba, y tal vez se justificaba y aun anunciaba su
regreso.
El criado añadió:
--El mismo dia que el señor don Alfredo me escribió, debia salir de
Lóndres para Francia y Alemania; de manera, que ignoro dónde se
encuentra en estos momentos.
No bien hubo pronunciado estas palabras, salió.
Paquita daba entre sus manos vueltas al pliego, como si tuviese miedo de
abrirlo.
Sus manos temblaban convulsivamente.
--Acaba,--le dijo su madre.
La jóven rompió al fin el sobre.
No era una carta lo que este contenia, sino cinco billetes de cuatro mil
reales, es decir, mil duros.
La madre dejó escapar una exclamacion de sorpresa.
La hija exhaló un grito desgarrador, y perdió el conocimiento.
No se necesitaban explicaciones.
Alfredo habia tasado en mil duros el honor de la hija de don Pascual, y
pagaba la deuda.
Esto no necesita comentarios.
La última esperanza se habia desvanecido.