Otro celoso que quiere vengarse.
¡Qué feliz era Adela!
El sacerdote acababa de bendecir la union de la jóven con Eduardo, con
el hombre sensible, cariñoso y tierno, con el hombre sublime hasta el
último grado de la sublimidad.
Eduardo habia conseguido que le prestasen algun dinero, y pudo
presentarse con ropa nueva, llevando su audacia hasta el punto de poner
en uno de los ojales de su frac una cruz de Isabel la _Católica_.
--¿Qué es eso?--le preguntó Adela.
--Una de las condecoraciones que tengo.
--Yo no sabia...
--Ya me conoces,--repuso el tahur,--y sabes que no soy vanidoso.
--Pero si tienes esas distinciones...
--Hago uso de ellas en ciertas solemnidades y nada más, y aun eso, más
que para dar importancia á mi persona, para cumplir exigencias sociales,
y sobre todo para que se vea que te has casado con un hombre que algo
representa en el mundo.
Lo que sintió Adela no puede explicarse.
¡Casada con un hombre que tenia una cruz!
No sospechaba la infeliz que debia ser crucificada.
Se casaron al amanecer, descansaron hasta las once, y á esta hora fueron
á almorzar á la fonda del Cisne.
Muchos de sus amigos habian sido convidados, y casi todo el dia se pasó
alegremente.
Adela se sentia tan orgullosa, que no se hubiera cambiado por una reina.
La esposa y la hija de Bonacha, aunque invitadas tambien á la fiesta, no
asistieron, porque no era posible que Paquita quisiera presenciar la
dicha de Adela, ni mucho ménos exponerse á que le preguntáran cuándo se
casaba ella.
Ocho dias antes habia recibido la infeliz los mil duros con que le
pagaban su honor, y fácil es comprender el estado de su ánimo.
¿Habia aceptado el dinero?
No; pero tuvo que guardarlo, porque al dia siguiente fué á devolverlo
al mayordomo, y se encontró con que este habia partido para ir á
reunirse á su señor.
Conservó Paquita aquellos billetes para hacer de ellos el uso que exigia
su dignidad; pero le era preciso esperar hasta que volviese Alfredo.
No más que una semana trascurrió, despues de haberse casado Adela con
Eduardo, cuando una mañana tuvo Juana por conveniente maltratar á
_Morito_.
--¿Qué significa esto?--dijo la viuda con acento colérico.
--Significa,--respondió la sirviente,--que yo estoy aquí para servirla á
usted; pero no para aguantar las impertinencias de un gato.
--Pues si no quieres sufrirlas, tendrás que buscar nuevo acomodo.
--Ahora mismo, porque ni un minuto quiero estar en una casa de donde me
echen.
--Puedes hacer lo que te parezca mejor.
--Pues déme usted la cuenta, y tal dia hará un año.
Cruzáronse algunas frases más, todas ágrias hasta el último grado de
acritud.
Doña Robustiana pagó á su sirviente, y esta se fué.
Aunque ya sabemos lo que significaba su despedida, diremos que el dia
anterior habia recibido mil reales de Eduardo y debia irse á vivir con
una amiga suya.
El tahur habia satisfecho así todos sus deseos, y se consideraba el
hombre más dichoso del mundo.
Empero no bien habian pasado otros cuatro dias cuando sentia la
necesidad de nuevas emociones, y se acordó de su antigua vida,
suspirando tristemente y pensando que era insoportable la monotonía de
su nueva existencia.
Siempre Adela á su lado, siempre su suegra frente á él, y si conseguia
dejarlas por espacio de una hora y con cualquiera pretexto, era para ver
á Juana.
Juana y Adela debian, por consiguiente, constituir el martirio de
Eduardo.
Un hombre como él, no podia vivir así.
Ya era dueño absoluto del dinero de aquellas dos infelices, dueño de una
gran parte de la fortuna que poseian.
¿Por qué habia de seguir guardando consideraciones?
Creyó que representaba un mal papel.
Si encontraba á sus amigos, se le burlaban, llamándole esposo manso y
otras cosas por el estilo.
Y Adela se mostraba cada dia más exigente para que le guardasen cierta
clase de consideraciones, porque ella se habia casado para verse
halagada en su amor propio, y no para otra cosa necesitaba un marido.
Por fin, una tarde, despues de haber comido, dijo Eduardo que tenia que
hacer, y salió.
Su esposa pensaba haber ido á paseo, luego al café, y por último al
teatro ó á la tertulia de doña Robustiana.
--¿Tardarás mucho en volver?--le habia preguntado Adela á su marido.
--No lo sé,--respondió él;--pero haré lo posible para venir pronto.
--Te aguardaré vestida.
--Como quieras.
--Si ya no es hora de ir á paseo, iremos desde luego al café ó al
teatro.
Llegó la noche, y Eduardo no habia vuelto.
Adela y su madre se vistieron cubriéndose de adornos, y determinaron
pasar la noche en el café.
Pero dieron las nueve y el infiel esposo no se presentaba.
--¡Dios mio!...--exclamó la jóven.--¿Le habrá sucedido alguna desgracia?
Doña Cecilia se contentó con hacer un gesto de disgusto.
A las nueve y media estaba la esposa profundamente abatida, y á las diez
se quitó los guantes y las flores y los lazos que adornaban su cabeza.
La madre seguia callada; pero no por prudencia, sino porque queria
reunir toda la cantidad de bilis posible, para dejarla escapar de una
vez.
A las diez y media perdieron las esperanzas.
Adela cambió su lujoso vestido por una bata, dejóse caer en un sillon y
empezó á llorar.
--No tengas cuidado,--le decia entonces su madre,--que ninguna desgracia
le habrá sucedido. Luego lo verás entrar bueno y sano, y diciendo que
sus negocios no le han permitido volver antes; pero si esto sucede otra
vez, la culpa será tuya. Te he dado consejos que no has querido seguir.
A los hombres es menester tenerlos muy sujetos, porque si se les deja en
libertad abusan. La cabra tira siempre al monte, y tu marido será como
todos. Si yo me hubiese descuidado, ¡pobre de mí! pero me mantuve
siempre firme, y así conseguí que tu padre anduviese siempre derecho. Si
te muestras indulgente, puedes considerarte perdida. Verdad es que aquí
estoy yo, que no permitiré que tu marido se burle de tí.
--Tal vez...
--Si le hubiera sucedido una desgracia, ya lo sabríamos.
--Sus quehaceres...
--¿Y qué negocios tiene tu marido? Ningunos, porque no se ocupa más que
en comer y en pasear, y la buena vida que lleva te la debe á tí, puesto
que tuyo es todo cuanto hay en la casa. No digo que Eduardo no te
quiera; pero la verdad es que ha hecho un gran negocio al casarse
contigo.
--Piensa que no es ningun descamisado.
--¿Pues qué tiene? Las esperanzas de heredar á su tio, y si éste vive
cien años y quiere dejar á otro su fortuna, ni aun eso tendrá. Luego has
de pensar que lo del tio gallego es una cosa muy oscura, pues parece
natural que se le hubiese dado parte de vuestro casamiento, y que él
hubiera contestado poniéndose en relaciones contigo.
Adela suspiró tristemente.
Empezaba á comprender una verdad horrible.
--Tarde ó temprano todo se descubre,--prosiguió diciendo la madre,--y
sabe Dios lo que al fin resultará.
Haciendo estos y otros comentarios, siguieron la conversacion.
Ya habian dado las once cuando sonó la campanilla y entró Eduardo,
dejándose caer en una silla, limpiándose el sudor que corria por su
frente, y diciendo:
--¿Cenamos ya?
Era de ver el semblante de las dos mujeres.
--Yo no quiero cenar,--dijo Adela.
--Yo tampoco,--añadió su madre.
Las dos esperaban explicaciones; pero Eduardo no tuvo por conveniente
darlas.
Su silencio las mortificaba horriblemente.
--¿Estás mala?--preguntó el tahur á su esposa.
--Estoy buena.
--Yo tambien, á Dios gracias, muy buena,--dijo doña Cecilia con acento
irónico.
--Me alegro.
No era posible que la madre se contuviese más.
Su cólera estalló.
--Ya se conoce,--dijo,--que debias tener mucho cuidado por nuestra
salud.
--No habia motivos para abrigar ningun temor.
--Te vas, te paseas, te diviertes, y vuelves á tu casa á la hora de
dormir. Y entre tanto, tu mujer se viste, espera, representa un triste
papel llorando, porque cree que te ha sucedido alguna desgracia, y
cuando vienes no te se ocurre más que pedir la cena.
--Si he venido tarde, ha sido...
--Porque te agradaba estar solo, porque ya te cansas de tu mujer.
Adela dejó escapar un raudal de lágrimas.
--Bien, muy bien,--dijo Eduardo,--no me faltaba más que una escena.
--Caballero,--gritó doña Cecilia con creciente arrebato,--no toleraré
que trate usted así á mi hija; y si esto se repite, adoptaré una
resolucion enérgica.
Pensó Eduardo que lo mejor era terminar de una vez aquella violenta
situacion, y poniéndose en pié, replicó enérgicamente:
--Señora, usted no es mi mujer, usted no es nada para mí...
--¡Que no soy nada!...
--No tiene usted derecho á pedirme cuentas de mi conducta, porque sobre
este punto me entenderé con mi esposa.
--Lo que usted quiere es abusar de su inocencia, de su candidez, de su
bondad. Ha visto usted que á la pobrecita le falta el valor para hablar
fuerte...
--Basta, señora.
--Ahora es preciso que todo quede en claro.
--Pues bien; se empeñan ustedes en ajustarme la cuenta del tiempo que
estoy fuera de casa, y les probaré que no soy uno de esos hombres que se
dejan dominar.
--¿Y es usted aquel que siempre estaba suspirando?...
--Yo soy bondadoso, pero no débil; estoy dispuesto á ser un marido
cariñoso, pero no un Juan Lanas; y si era esto lo que ustedes querian,
han podido buscar otro.
--Tenga usted entendido...
--Está usted hiriendo mi dignidad,--gritó Eduardo.
--Usted está pasando buena vida con nuestro dinero...
--El dinero de usted no lo necesito para nada, y puesto que se me trata
así, puesto que las ofensas llegan á tal punto, ahora mismo saldré de
esta casa para no volver, y ustedes se quedarán con su dinero y yo con
mi decencia, que vale mucho más.
Adela se atrevió al fin á tomar parte en la conversacion, porque las
amenazas de su marido eran demasiado terribles.
--¡Eduardo, Eduardo, mio!...--exclamó con acento de angustiosa súplica.
Y quiso acercarse á él para abrazarle y hacerle salir de la habitacion.
--Déjame,--replicó bruscamente el tahur.
La madre estaba ciega de ira, y era ya imposible que se contuviese.
--¡Que se irá con su decencia!--exclamó irónicamente.--¡Miren la
decencia con el bolsillo vacío!...
--Tienen ustedes mucho dinero,--gritó Eduardo;--pero deben ustedes
considerarse honradas á mi lado.
--¡Honradas!...
Y doña Cecilia, que no habia olvidado las costumbres de sus buenos
tiempos, apoyó las manos en las caderas y gritó fuera de sí:
--Oiga usted, señor hambriento, es preciso que usted sepa...
--Señora, antes de hablar conmigo es menester que se lave usted para que
se le quiten las manchas del carbon de la fragua...
--¡Silbante!...
--¡Cursi!--gritó Eduardo con toda la fuerza dé sus pulmones.
Esta palabra produjo un efecto inconcebible.
Rugió doña Cecilia, y quiso arrojarse sobre el tahur.
Gritó Adela pidiendo socorro, mientras intentaba contener á su madre.
Los criados acudieron, y sujetaron á Eduardo, que juraba y maldecia como
si se encontrase en una taberna.
Agitábanse todos, y todos hablaban á la vez.
Cruzábanse los improperios y las palabras más groseras.
La infernal gritería puso en conmocion á todos los vecinos de la casa, y
muchos acudieron y llamaron, los unos con el buen fin de prestar
socorro, y los otros para averiguar lo que sucedia.
--¡Así se trata á un caballero como yo!--exclamaba Eduardo.
--¡Nos ha llamado cursis!--gritaba fuera de sí doña Cecilia.
--¡Qué escándalo, qué horror!--decia la pobre Adela.
Y los criados suplicaban, y resonaba sin cesar la campanilla, agitada
por los vecinos.
Para poner término á tan violenta escena, no quedó más recurso que sacar
medio arrastrando á la madre y encerrarla en otra habitacion; y Eduardo,
queriendo tambien contribuir á la paz, tomó su sombrero y salió de la
casa, jurando que no volveria si no le daban cumplida satisfaccion.
Desmayóse Adela.
Los vecinos invadieron todas las habitaciones.
Fueron en busca de un médico, y eran ya más de las dos de la madrugada
cuando la calma se restableció completamente.
Todas las ilusiones de Adela se habian desvanecido.
Su situacion habia cambiado.
Eran las diez de la mañana, y Eduardo no habia vuelto.
Entonces se entabló la discusion entre doña Cecilia y Adela.
Esta lloraba, se desesperaba y acusaba á su madre de cuanto sucedia.
La madre empezaba tambien á arrepentirse de haberse dejado arrebatar por
la cólera, porque temia que Eduardo cumpliese su propósito de no
volver, en cuyo caso la jóven se quedaria mucho peor que antes de
haberse casado.
Pero no queria doña Cecilia dar su brazo á torcer, como suele decirse, y
replicó:
--Olvidas que nos ha llamado cursis, y sobre ser esto una ofensa, es una
injusticia.
--Antes le llamaste tú hambriento y perdido, y no sé cuántas cosas más.
--Eso no es una razon.
--Tenia que defenderse.
--Y sobre todo, yo dije la verdad, porque hambriento es el que no cuenta
con recursos para vivir, y antes de casarse no tenia Eduardo más que la
noche y el dia. Acuérdate de la ropa que llevaba, mientras que ahora va
vestido como un gran señor. Y entonces no se ocupaba más que en escribir
versos para tí, y ahora...
--Pues con decir todo eso he ganado mucho,--dijo Adela.
--Déjalo, que ya volverá como vuelven los gorriones cuando se les corta
el pico.
--Tú no conoces á Eduardo.
--Pero ya voy conociéndolo por mi desgracia.
Dieron las once.
Tampoco el marido parecia.
Trascurrieron las horas con horrible lentitud.
Era preciso adoptar una resolucion.
Adela quiso ir á buscar á su marido.
Doña Cecilia no se opuso, porque tenia ya por lo ménos tanto miedo como
la hija.
Pero ¿dónde estaba Eduardo?
Hé ahí lo que no podian adivinar.
Despues de mucho discurrir, decidieron ir á pedir consejo á doña
Robustiana, porque esta clase de gente, como desconoce la verdadera
dignidad; hace público cuanto ha de ponerla en ridículo.
Vistiéronse, y ya iban á salir, cuando se presentó un criado, diciendo
que acababa de llegar un hombre que queria verlas.
--No estamos para ver á nadie.
--Asegura que ha de tratar de un asunto de mucho interés, y segun se
explica, trae noticias del señorito.
Estas palabras, verdaderamente mágicas entonces, produjeron su efecto.
El hombre en cuestion fué recibido.
Era Manolo.