Dos bribones que se entienden.
Tenemos que presenciar una escena que en nada se parece á las que ya
hemos pintado, porque es preciso que el lector se convenga de que
Eduardo era un mozo que valia mucho, y que, como decirse suele, servia
lo mismo para un barrido que para un fregado.
No hemos tenido ocasion de verlo más que en la vivienda de doña
Robustiana, ni de oirlo más que cuando hablaba sublimemente con la
sensible Adela.
Era Eduardo uno de esos hombres que tienen habilidad para hablar á cada
uno en su lenguaje y para dar á su rostro la expresion, ahora cándida,
luego picaresca, ya triste como un entierro, ya alegre como una boda.
Por esta razon tenemos que reconocerle el mérito que se reconoce á un
actor consumado.
Lástima era que un hombre dotado de tan clara inteligencia se hubiese
extraviado hasta el punto de llegar á ser un miserable, tan digno de
compasion como de castigo.
Eduardo no tenia corazon, y sin embargo era débil alguna vez; cuando se
trataba del bello sexo, estaba sujeto á caprichos, y estos le habian
producido ya más de un disgusto; pero cuando se trata de las pasiones,
la criatura no escarmienta, ni es posible que se corrija, porque la
causa está en su propia organizacion.
Se recordará que el futuro esposo de Adela se permitia ser demasiado
galante con la criada de la viuda, y sobre este punto vamos á dar
explicaciones.
Juana era bonita, bastante bonita para llamar la atencion de cualquier
hombre, y bien podia suceder que alguno se enamorase de ella, si no
ciegamente, con interés sobrado para cometer alguna locura.
En este caso se encontraba Eduardo, y como á Juana, contra su costumbre,
le pareció bien mostrarse esquiva, avivóse más lo que no sabemos si
llamar pasion del amante de Adela, quedando así probado que los
inconvenientes y los obstáculos encienden el deseo, son combustible
añadido á la hoguera.
Empeñóse el truhan en satisfacer su anhelo, y como Juana se empeñó en
resistir, defendiéndose heróicamente en la antesala, los pasillos y la
escalera, lo que primero fué un capricho sin importancia, llegó á ser
una cuestion grave, hasta de amor propio.
No era posible que Eduardo se resignase á verse derrotado cuando se
trataba de una fregona; pero no le ocurrió pensar que al empeñarse en
aquella lucha iba á quedar preso en las redes que él mismo tendia.
Ablandóse al fin Juana, aunque poco, y permitió ciertas franquezas, que
del caso no son, cuando bajaba á las doce de la noche para abrir la
puerta de la calle al truhan, llevando en una mano la luz y en la otra
la llave.
Tenia Juana su novio, como ya sabemos, que la queria con las mejores
intenciones y la mejor buena fe; pero ella no queria privarse de
divertirse cuanto pudiera, porque decia que la juventud dura poco, y es
preciso aprovecharla.
Cuando era ya cosa convenida el casamiento de Eduardo, creyó este que
podia arriesgar algunas promesas deslumbradoras, puesto que dinero habia
de sobrarle para cumplirlas con el dinero de su mujer.
La sirviente necesitaba un dote, y para reunirlo no era bastante lo que
ahorraba de su salario, resultando de todo esto que acabó por escuchar
al tahur y le dió una cita para poder hablar despacio y tranquilamente.
Cada quince dias gozaba Juana de completa libertad por algunas horas, y
esta libertad la aprovechó para el arreglo del asunto que nos ocupa.
Las ocho acababan de dar, y el café del Sur, situado en la Plaza del
Progreso y esquina á la calle de Lavapiés, estaba ya ocupado hasta el
último rincon.
En el café del Sur se representan comedias, se baila, se canta, se fuma
mucho tabaco virginia, se bebe mucho aguardiente, se oye un lenguaje que
puede ruborizar á un coracero y se respira una atmósfera pesada y
nauseabunda, capaz de resentir los pulmones más firmes.
Esto no mengua en nada el crédito de que goza el café del Sur, pues
precisamente se ha establecido para hacer comedias que diviertan á los
concurrentes y para que allí se beba y se fume, sin que á nadie deba
hacerse responsable de la mala calidad del tabaco, á nadie más que al
gobierno, que no lo vende mejor.
Junto á una de las mesas encontrábase Eduardo.
Habia bebido ya una copa de ron, y empezaba á beber la segunda, en tanto
que aspiraba con verdadera delicia el humo del tabaco que en su pipa se
quemaba, pipa que se habia guardado muy bien de sacar en presencia de
su futura.
Juana entró en el café.
Se habia puesto su mejor ropa, y aunque el vestido era de percal, tenia
mucho que ver cómo arrastraba una larga cola, que producia un ruido
bastante desagradable, en tanto que con la mano izquierda levantaba la
falda para no pisarla y lucir sus botas de color azul celeste, y con la
diestra abria, cerraba y agitaba el abanico.
Una lluvia de piropos cayó sobre la sirviente; pero ella, sin tomar en
consideracion tales atrevimientos, atravesó el café y fué á sentarse
frente á Eduardo.
--Ea,--dijo,--aquí me tiene usted, y ahora veremos si puede convencerme
de lo que no se convenceria la más tonta. ¿Lo entiende usted?
--Ante todo, es preciso que digas lo que quieres tomar.
--Yo no soy cumplimentera, ni hago remilgos como ese talego con quien se
va usted á casar, porque ha de saber usted que nací en el barrio de
Maravillas y allí todo el mundo habla muy claro.
Interrumpióse Juana, porque el mozo se acercó, preguntando:
--¿Qué se ofrece?
--Café con media tostada de abajo,--dijo la sirviente.
Pocos momentos despues estaba complacida.
--Mira, Juana, á mí no me vengas con música celestial, porque yo te
conozco demasiado bien. Tú necesitas hacer tu negocio; yo tengo
necesidad de satisfacer mi capricho, y por consiguiente...
--Poco á poco.
--¿Te ofendes?
--No; pero...
--Hablemos con claridad, como dices que hablan los de tu barrio. En este
pícaro mundo los que andan con escrúpulos de monjas.
--Entiendo.
--Todos van á su negocio, y el que no lo hace...
--Que no soy torpe.
--Voy á decir que te den una copita.
--Mire usted, me gusta; pero la señora tiene el olfato más fino que un
perro.
--No quiero que te comprometas, aunque muy pronto has de dejar á doña
Robustiana y cambiar de vida.
--La que paso no puede ser peor.
--No ignoras que voy á casarme.
--¡Y lo dice usted con tanto descaro!
--Sí, porque tengo la seguridad de que tú no crees que estoy enamorado
de Adela.
--Me parece que ni usted ni nadie puede enamorarse de semejante mujer;
pero así dormirá usted tranquilo.
--Me caso con Adela...
--Por el dinero, ¿no es verdad?
--Sí.
--¿Y con ese dinero?...
--Obsequiaré á otra que pueda satisfacer mi gusto.
--Y eso es una picardía.
--Puedes darle el nombre que mejor te parezca; pero es una cosa que me
agrada, que me conviene. Una picardía parece tambien que tú busques de
cierta manera el dote que necesitas para casarte con tu Manolo, y sin
embargo, lo harás feliz y tú podrás ser tambien dichosa sin que la
conciencia te atormente.
Juana siguió tomando el café, y aunque era muy habladora, guardó
silencio.
Eduardo prosiguió así:
--Me casaré dentro de una semana, y aunque Adela quiere emprender viajes
á lo gran señora, yo haré que desista de su propósito, porque la vida de
Madrid me agrada mucho más que la que me espere por esos mundos de Dios.
Apenas nos casemos me haré cargo de cuanto posee mi robusta suegra, y tú
podrás inmediatamente dejar de servir.
--¿Y qué dirá Manolo?
--No soy adivino; pero tú eres sobradamente lista, y le harás ver que lo
negro es blanco.
--Bien, eso corre de mi cuenta.
--Tendrás dinero abundante, aunque no me parece prudente que lo gastes
en adornos, porque infundiria sospechas que no podrias desvanecer.
--¿Y si algun dia se descubre el negocio?
Eduardo se encogió de hombros con indiferencia, apuró el contenido de la
copa, dejó escapar una bocanada de humo, y respondió:
--Mi esposa hará entonces lo que le parezca mejor, y tú te arreglarás
con Manolo lo mejor que te parezca.
--Considere usted que si ya estoy comprometida...
--Jugarás el albur como yo lo juego, en la inteligencia de que no he de
abandonarte, y si te decides por mí, nos reiremos de todo el mundo.
--En ese caso, lo mejor que puede hacer Manolo...
--Es arreglarse con mi mujer.
La sirviente soltó una carcajada, porque le parecia muy gracioso lo que
acababa de decir Eduardo.
Este añadió:
--Los dos son tontos, y se entenderian perfectamente.
--Eso no puede suceder.
--Pero al ménos se contarán sus penas y se consolarán, mientras que
nosotros pasaremos la vida lo mejor que nos sea posible. Ya sabes que á
la fortuna la pintan calva, y si pierdes la ocasion...
--Es usted capaz de dar tentaciones á un santo.
--Como tú no tienes de ángel más que el rostro...
--Te veo,--replicó Juana, haciendo uno de esos mohines que caracterizan
á la gente de su clase.
--¿Estamos conformes?
--Que sí.
--Me parece que ahora no te mostrarás tan esquiva, y por de pronto me
tratarás con la franqueza que debe haber entre nosotros.
--Mientras estoy con doña Robustiana, es preciso que tengamos prudencia.
--Sí, mucha prudencia; pero...
--Déjame en paz.
--Siento que no te atrevas á tomar una copa.
--Ya lo haré cuando nadie tenga derecho á pedirme cuenta de mi conducta.
--¿Sabes lo que pienso?
--Lo sabré si me lo dices.
--Si Manolo no fuese un estúpido, me agradeceria lo que hago en su
favor, puesto que de aquí á un año será rico.
--Para que veas lo que son las cosas. Yo hago un sacrificio para
favorecer al pobre Manolo, y si él supiera la verdad, se pondria hecho
una fúria.
--Ya te he dicho que es un estúpido.
Así continuaron hablando hasta despues de las nueve.
No habian fijado la atencion en la comedia que se representaba, ni
siquiera se habian apercibido de que de vez en cuando resonaban aplausos
estrepitosos, con los que el público demostraba su agrado por lo
admirablemente bien que los actores trabajaban.
--Ya es muy tarde,--dijo la sirviente.
--Pues no te detengas, que pronto nos veremos otra vez.
--¿Irás esta noche?
--Sí.
--Tambien irá tu novia, y aunque sé que no la quieres...
--¿Tienes celos?
--No, pero...
--Juana mia, deja que ruede la bola, pues al final de la funcion hemos
de ser felices, y nos reiremos de todos.
Llamó Eduardo y pagó, agotando todos sus recursos; pero esto no le hacia
perder la tranquilidad, porque era uno de esos hombres que tienen un
tesoro de esperanzas.
Salieron del café, y junto á la puerta se despidieron cariñosamente y
se separaron, tomando en opuestas direcciones.
No habia dado tres pasos Juana, cuando fué detenida por un hombre, que
parecia ser un artesano.
Era el llamado Manolo.
--¿Adónde vas por aquí?--preguntó, mientras su entrecejo se arrugaba.
--Pues ya lo ves, voy á mi casa,--respondió ella.
--¿Y de dónde vienes, paloma?--replicó Manolo irónicamente.
Juana, con el fin de tomarse algun tiempo para reflexionar, dijo:
--No vengo del sermón, ya puedes figurártelo.
--Sí, me lo figuro.
--Esta tarde he paseado por la Montaña del Príncipe Pio.
--Mientras yo te esperaba en Chamberí, segun lo convenido.
--Salí tarde, porque la señora me entretuvo, y creí que ya no te
encontraria.
--Y despues de la Montaña...
--Viéndolo estás.
--Pero en alguna parte te habrás detenido.
--Detenerme... ¡Pues tiene la señora buen genio para hacerla esperar!
--Juana,--replicó Manolo con tono que algo tenia de amenazador,--tú has
creido que puedes burlarte de mí; pero te equivocas.
--¿Y por qué dices eso?
--Demasiado bien lo sabes.
--Mira, si tienes mal humor, puedes romperte la cabeza contra una
esquina, pues no es justo que yo lo pague.
--¡Juana!...
--No puedo detenerme.
--Ahora tienes prisa, y cuando estabas en el café...
--¿Y qué?--interrumpió la sirviente, convenciéndose de que ya era inútil
negar.--Tú ves visiones.
--¿Con que no sales ahora del café?
--Sí.
--Pues entonces...
--Será menester decírtelo todo.
--No necesito que me digas que has estado en conversacion con ese
silbante que va de visita á casa de tu señora.
--Me ofendes, Manolo.
--Yo no hago más que decir lo que ha sucedido.
--Pues bien; he venido á buscar á ese hombre, porque mi señora me lo ha
mandado así, para decirle que no falte esta noche, pues no sé lo que
sucede con doña Adela, y hay miedo de que el casamiento se desbarate.
Ahora,--añadió Juana, como si en realidad fuese la ofendida,--quéjate
cuanto quieras, acúsame; pero no vuelvas á mirarme en toda tu vida,
porque yo no puedo querer á un hombre que desconfia de mí.
Interrumpióse como si no pudiese hablar, y llevó el pañuelo á los ojos
para enjugar sus lágrimas ó aparentar que las enjugaba.
--Adios,--dijo con voz ahogada;--hasta el Valle de Josafat.
Y dió un paso para alejarse.
Manolo la detuvo, diciendo:
--Espera.
--Déjame.
--¿Por qué lloras?
--Por nada, puesto que no tengo motivos para llorar... Déjame, y busca
otra que te quiera más que yo, otra que sea más honrada...
--No he puesto en duda tu cariño ni tu honradez...
--¡Despues de tanto tiempo y tantos sacrificios!...
--Que la gente nos mira.
--Pues déjame.
--No creo que he cometido ninguna gran falta; pero tú tienes un
genio:...
--Si á tí te ofendiesen, veríamos.
--No hablemos más de este asunto: mis quejas son siempre de cariño... Se
acabó... Te acompañaré, si es que mi compañía no te desagrada.
Se limpió Juana los ojos y envolvió á su amante en una mirada ardiente.
Siguieron por la calle de la Magdalena, y entraron en la del Ave-María.
Cuando llegaron á la vivienda de la viuda, estaban los dos amantes
reconciliados y se hablaban más cariñosamente que nunca.
Despidiéronse y se separaron.
Ya empiezas á comprender, lector, hasta qué punto era afortunada la
sensible Adela; pero su desgracia puede decirse que era obra de ella
misma.
Quiso casarse á toda costa con un hombre de cierta clase, y aceptó el
primero que se le habia presentado.
Ni la madre ni la hija se cuidaron de averiguar si aquel hombre era lo
que parecia.
Era un marido, y con esto tenian bastante.
Todo esto será demasiado desagradable, tal vez horrible; pero
desgraciadamente es verdad; pues no lo hemos inventado, sino que nos
hemos concretado á referir lo que hemos visto más de una vez.
Las novelas más interesantes se encuentran en la vida real, y basta
copiarlas para hacer un libro.
Volvamos á la familia Bonacha.