Las primeras lágrimas.
Juanito estaba más flaco y más pálido que un mes antes, y esta
alteracion no habia pasado desapercibida para la mirada investigadora de
la mujer casamentera.
Como no era la hora de la tertulia, podian hablar con entera libertad.
Además, Juanito era uno de los amigos más antiguos de la casa, y la
viuda le profesaba gran estimacion.
--¿No está usted bien?--le dijo ella apenas lo vió.
Una sonrisa leve y amarga fué la respuesta de Juanito.
--Vamos á ver si nos entendemos,--añadió la viuda;--siéntese usted aquí,
á mi lado... Véte, _Morito_.
El pobre gato tuvo que dejar la silla que ocupaba.
--Señora,--dijo Juanito,--aseguran que la fortuna me sonrie.
--Tenia usted cuatro mil reales de sueldo y dependia su suerte de la
voluntad de un ministro, y ahora tiene doce mil, que puede conservar sin
otras recomendaciones que las de su honradez.
--Ciertamente.
--Pero yo no puedo equivocarme como los demás.
--Doña Robustiana, usted me conoce demasiado bien...
--No quiero acusarlo porque no tomó mis consejos oportunamente.
--Harto me pesa,--respondió Juanito, suspirando tristemente.
--No tiene usted madre, y yo quise serlo...
--Tengo mucho que agradecerle á usted, y mucho de qué acusarme.
--Lo que ya se hizo no puede deshacerse; pero tampoco debe perderse la
esperanza de que se remedie el mal.
--¡Remedio!... no lo hay.
--¿Y por qué?
--Paquita se ha deslumbrado y creo que se ha enamorado ciegamente, y aun
cuando no fuese así, no seria posible que rechazase á un hombre como
Saavedra para casarse con un hombre como yo, ni yo tampoco he de
exigirle que por mi felicidad haga semejante sacrificio.
La viuda desplegó una sonrisa irónica, y preguntó:
--¿Cree usted que don Alfredo de Saavedra se casará con Paquita?
--Al ménos así parece que sucederá.
--Es usted muy jóven, y yo soy vieja; conozco el mundo, y usted no lo
conoce, aunque se ha empeñado en hacernos creer que es un hombre muy
corrido y casi cansado de la vida. Si yo no tuviese del corazon humano
el conocimiento que tengo, no habrian salido de mi casa con marido
muchas mujeres que entraron sin él y sin esperanzas de tenerlo. Y no
vaya usted á decirme que algunos de esos matrimonios son desgraciados,
porque yo nada tengo que ver con eso. Si una mujer necesita marido, se
lo proporciono, y á ella le toca ver si le conviene, aunque si hemos de
decir la verdad, tanta razon tendrian ellos para quejarse como ellas.
--¿Adónde va usted á parar, doña Robustiana?
--Quiero convencerlo á usted de que no me equivoco fácilmente en esta
clase de asuntos.
--Estoy convencido.
--Paquita no se casará con Alfredo, porque yo sé muy bien lo que una
mujer tiene que hacer para casarse, y ella está haciendo todo lo
contrario.
--Tiene usted el don de adivinar.
--¿Lo cree usted así?
--Lo creo, porque conozco antecedentes de mucha importancia.
--Explíquese usted, porque hoy hemos de hablar con franqueza y hemos de
combinar nuestro plan de campaña.
--Le confiaré á usted un secreto.
--Sepamos.
--Don Alfredo de Saavedra ama á otra mujer rica y de elevada clase.
--¿Lo ve usted?
--Y esa mujer le corresponde.
--Ya pareció aquello.
--Mis noticias son exactas, puesto que...
--Sí, esa mujer amada por Saavedra debe ser la hija del conde de
Romeral.
--Exactamente.
--¿Y es posible que pierda usted la esperanza?... Recobre usted la
tranquilidad, que más ó ménos tarde, Paquita se verá abandonada;
comparará entonces el corazon de usted con el de Saavedra, y haciéndole
justicia, le amará.
--¡Ah!--exclamó Juanito, empezando á reanimarse.
--Deje usted este asunto á mi cargo, que yo lo arreglaré.
--Pero el secreto que acabo de confiarle...
--Lo explotaré con habilidad...
--Piense usted...
--Es usted un niño.
--Doña Robustiana...
--Hemos terminado.
--Pues bien; queda en manos de usted mi porvenir, mi felicidad, mi vida.
--¿Ama usted de veras á Paca?
--Con frenesí.
--Pues será usted su marido.
En el colmo del entusiasmo besó con ternura filial Juanito las redondas
manos de la viuda, y esta juró una y otra vez que cumpliria lo que habia
prometido.
El cumplimiento de esta promesa debia ser una nueva desgracia para
Juanito.
Separáronse, y al dia siguiente la viuda fué á visitar á la familia
Bonacha.
La recibieron muy bien; pero con esa benevolencia que el superior
dispensa al inferior.
Disimuló doña Robustiana y dijo para sí:
--Antes de cinco minutos me habreis pagado la ofensa.
Y luego añadió en vez alta:
--No pensaba venir hoy; pero he pasado por la esquina, y me parecia un
crímen no subir.
--Mucho le agradecemos á usted sus demostraciones cariñosas,--respondió
la esposa de don Pascual.
Doña Robustiana miró muy atentamente á Paquita, y despues de algunos
minutos le preguntó:
--¿Conoces á la hija del conde de Romeral?
--No,--respondió la jóven.
--Pero la conocerá cuando se case,--se apresuró á decir la esposa de
Bonacha,--porque entonces se visitará con toda esa gente.
--En cuanto á la hija del conde...
--¿Qué?
--Nada, nada,--respondió la viuda.
Sus reticencias, el tono con que hablaba y hasta sus gestos, daban mucho
valor á lo que acababa de decir, por más que al parecer no hubiese dicho
nada.
Estremecióse Paquita y densa palidez cubrió su rostro.
--¿Pero por qué,--dijo,--nombra usted ahora la hija del conde de
Romeral?
--Por nada, absolutamente por nada... es que me ha ocurrido... En fin,
hablemos de tu próxima felicidad.
--Doña Robustiana, las palabras de usted tienen mucha intencion, y se lo
digo así, porque siempre hablo con mucha claridad.
--Pues bien; ya que te empeñas me explicaré, aunque no pensaba hacerlo,
porque estos asuntos son muy delicados.
--¿Qué quiere usted decir?--preguntó la madre de Paquita, que empezaba á
dejarse arrebatar por la cólera.
--Digo lo que es verdad, y cuando sucede una cosa, la culpa no es mia,
sino de quien la hace. Y basta con esto, porque el buen entendedor no
necesita muchas palabras. Estoy mortificándote, no se me oculta; pero
todo esto prueba que me intereso mucho por tu suerte. Ahora averigua,
reflexiona y determina lo que te parezca mejor; pero me tomaré la
libertad de aconsejarte, que no dejes pasar mucho tiempo para hacer tu
boda, pues me parece mejor sistema el de Adelita. Ya sabes aquel refran
que dice, que pájaro en mano vale más que ciento volando.
No es posible que se comprenda el efecto que produjeron estas palabras.
La madre y la hija hablaban á la vez y le exigian á doña Robustiana
terminantes explicaciones.
¿Qué más podia decir la viuda?
Sin embargo, tan apurada se vió, que acabó por exclamar:
--¡Hablaré, hablaré!
--Ya escuchamos.
--Don Alfredo de Saavedra está enamorado, ó por lo ménos es novio, de la
hija del conde de Romeral, y ella lo ama, y el padre aprueba esos
amores, y el casamiento es asunto tratado muy formalmente. Este
compromiso no puede romperse sin producir un escándalo, y como las
personas de cierta clase tienen al escándalo más miedo que á la muerte,
debe suponerse que la hija del conde se casará con Saavedra aunque se
odien.
La madre y la hija quedaron anonadadas.
La primera apenas podia respirar, y tal fué su trastorno, que tuvo que
acudir á su remedio favorito de beber agua y vinagre.
Paquita tambien temblaba; pero no á impulsos de la ira, sino del terror.
Habia inclinado sobre el pecho la cabeza, y no se atrevia á arrostrar la
mirada de la viuda.
¡Infeliz!
Algunos dias antes le hubiera sobrado valor para soportar el golpe.
¿Qué seria de ella, si Alfredo de Saavedra la abandonaba?
Nosotros, que conocemos el terrible secreto de su amor, podemos apreciar
sus mortales angustias.
Doña Robustiana no creyó conveniente prolongar aquella visita, y se
dispuso á salir.
La jóven, que pocos minutos antes se habia mostrado tan orgullosa, se
acercó á la viuda, la cogió las manos, se las estrechó cariñosamente, y
le dijo con humilde tono:
--Doña Robustiana, usted me quiere casi tanto como mi madre.
--Creo que sí.
--No puede usted desear que yo me vea en ridículo.
--Me parece que no tengo un alma tan depravada.
--Pues bien; yo le suplico...
--De lo que hemos hablado nada sabrá Adela ni ninguno de los amigos que
me visitan.
--Gracias.
--Hago excepcion de Juanito, porque ya sabes que este...
--Sí, esta empleado en la misma casa del conde de Romeral, y supongo que
por él habrá usted tenido esas noticias.
--¡Si lo vieses!... El pobre está que pueden ahogarlo con un cabello.
Paquita suspiró tristemente.
--Te ama como no puede amarte ningun hombre.
La esposa de don Pascual volvió á tomar parte en la conversacion, y
dijo:
--Lo que tiene Juanito es rábia porque mi hija no lo ha querido, y para
vengarse se ocupa en llevar y traer chismes y cuentos.
--Si es verdad que Saavedra y la hija del conde se aman, lo que á
consecuencia de esto pueda suceder no es culpa de Juanito.
Despidióse y salió doña Robustiana, dejando en aquella casa el gérmen de
profundos trastornos.
Cuando la madre y la hija quedaron solas, entregáronse á todos los
trasportes de la desesperacion.
La madre amenazaba terriblemente.
La hija juraba que no cederia con facilidad, que disputaria palmo á
palmo el terreno, y que antes consentiria morir que declararse vencida.
No habian trascurrido dos horas, cuando Alfredo se presentó.
Lo mismo que le habia sucedido algunos dias antes en casa del conde, le
sucedió al entrar en la vivienda de Bonacha, es decir, que al primer
golpe de vista comprendió que algo muy grave sucedia.
La esposa de don Pascual, con pretexto de atender á sus faenas, fué y
vino, dejando á los dos enamorados en libertad completa para que
hablasen.
No era posible que Paquita se encerrase en su dignidad y se mostrase
reservada lo mismo que Clotilde.
Habia entre ambas grandísima diferencia, y sobre todo la hija de Bonacha
habia perdido su fuerza moral, y su situacion la obligaba á colocarse en
otro terreno y á seguir distinto sistema.
Fijó en Alfredo una mirada, que más que severa era dolorosa, y le dijo:
--¿Recuerdas todo lo que ha sucedido desde que tuve la debilidad de
amarte ciegamente?
--No lo he olvidado,--respondió Saavedra con una frialdad espantosa.
--Pues bien; es preciso que yo sepa lo que debo esperar.
--Debes esperar que yo te ame siempre.
--Eso es muy vago.
--¿Pues qué más deseas?
--Lo que exige mi honor, que he sacrificado por tí.
--Paca, te aconsejo que dejes ese tono trágico, porque...
--Me engañas, Alfredo,--interrumpió la jóven sin poder contenerse.
--¡Que te engaño!...
--Amas á otra.
--No es verdad.
--Tengo pruebas.
--Todo lo adivino... ¡Oh!... ese mozalbete estúpido se ha empeñado en
que yo me rebaje hasta el punto de darle una leccion durísima. No te
pido explicaciones, porque no las necesito.
--No he visto á Gonzalez hace ya mucho tiempo.
--Pero él habrá hecho llegar hasta tí sus mentiras, porque está
desesperado, y como el valor le falta para disputarme tu amor, hace lo
posible para desunirnos. Ya se ha ocupado de tí en casa del conde de
Romeral, y ciertamente no te favorece mucho lo que ha dicho. Lo he
despreciado y lo he perdonado; pero ahora veo que mi generosidad lo
alienta, y me será preciso adoptar otra resolucion.
--Todo el mundo dice que es convenido tu casamiento con la hija del
conde.
--Todo el mundo puede decir lo que quiera; pero la verdad es que no
pienso casarme.
--Pues dame una prueba de tu amor, una prueba de la rectitud de tus
intenciones; una de esas pruebas que no dejan lugar á dudas y que me
tranquilice para siempre.
--¿En qué puede consistir esa prueba?--dijo Alfredo mientras encendia un
cigarro.
--Nuestros amores no pueden tener más que un término: unirnos con lazos
indisolubles...
--Paca,--interrumpió Saavedra,--asuntos tan graves no pueden tratarse
ligeramente.
--Ahora no tenemos que hacer otra cosa,--repuso Paquita.
--Te equivocas, porque esta misma noche debo partir.
--¡Te vas!...--exclamó Paquita con acento de terror.
--Pero volveré, descuida.
--¡Te vas!...--volvió á decir la jóven.
--He recibido una carta que me obliga á ponerme en camino
inmediatamente.
--¿Y mi honra, Alfredo, y mi honra?--gritó desesperadamente la infeliz.
--De todo eso hablaremos oportunamente, pues debes pensar que irse de
Madrid no es irse del mundo.
La calma de Alfredo atormentó á la desgraciada jóven como no puede
imaginarse.
Sintió la infeliz que le faltaban las fuerzas.
Un raudal de lágrimas se escapó de sus ojos.
Saavedra hizo un gesto de disgusto, y se puso en pié, diciendo:
--Si así te dejas arrebatar, jamás nos entenderemos.
--¡Estoy perdida!...
--Te dejas dominar por la primera impresion; pero cuando reflexiones
recobrarás la calma.
--¡Dios mio!...
--No he venido para oirte llorar.
--¡Oh!...
--Adios... Creo que dentro de pocos dias volveré; pero si mis asuntos me
obligan á detenerme, no pierdas por eso la tranquilidad, puesto que ya
comprendes que más ó ménos tarde he de venir.
La jóven quiso hablar, y no pudo.
Sentíase medio ahogada.
Acudió la madre á tomar parte en la conversacion, porque era imposible
que permaneciese mucho tiempo callada.
--¿Pero qué es esto?--dijo.--Me parece, don Alfredo, que un hombre de la
clase de usted...
--Señora, puede usted evitarse la molestia de darme lecciones que no
estoy dispuesto á recibir; y en cuanto á lo demás, ya he dado
explicaciones á su hija de usted, y todo quedará arreglado.
Quiso la madre replicar; pero Alfredo no escuchó, y salió sin dar tiempo
á que le dirigiesen nuevas reconvenciones.
--Ya lo ves,--dijo la madre;--este hombre no me gustaba... Seria la
primera vez que yo me hubiese equivocado.
Paquita guardaba silencio y lloraba.
Su madre no podia comprender todavía todo lo horrible de la situacion.
Bien puede decirse que la suerte de la jóven estaba decidida.
A quien más compadecemos es al honrado don Pascual.