CAPÍTULO IX

Las primeras lágrimas.

Juanito estaba más flaco y más pálido que un mes antes, y esta

alteracion no habia pasado desapercibida para la mirada investigadora de

la mujer casamentera.

Como no era la hora de la tertulia, podian hablar con entera libertad.

Además, Juanito era uno de los amigos más antiguos de la casa, y la

viuda le profesaba gran estimacion.

--¿No está usted bien?--le dijo ella apenas lo vió.

Una sonrisa leve y amarga fué la respuesta de Juanito.

--Vamos á ver si nos entendemos,--añadió la viuda;--siéntese usted aquí,

á mi lado... Véte, _Morito_.

El pobre gato tuvo que dejar la silla que ocupaba.

--Señora,--dijo Juanito,--aseguran que la fortuna me sonrie.

--Tenia usted cuatro mil reales de sueldo y dependia su suerte de la

voluntad de un ministro, y ahora tiene doce mil, que puede conservar sin

otras recomendaciones que las de su honradez.

--Ciertamente.

--Pero yo no puedo equivocarme como los demás.

--Doña Robustiana, usted me conoce demasiado bien...

--No quiero acusarlo porque no tomó mis consejos oportunamente.

--Harto me pesa,--respondió Juanito, suspirando tristemente.

--No tiene usted madre, y yo quise serlo...

--Tengo mucho que agradecerle á usted, y mucho de qué acusarme.

--Lo que ya se hizo no puede deshacerse; pero tampoco debe perderse la

esperanza de que se remedie el mal.

--¡Remedio!... no lo hay.

--¿Y por qué?

--Paquita se ha deslumbrado y creo que se ha enamorado ciegamente, y aun

cuando no fuese así, no seria posible que rechazase á un hombre como

Saavedra para casarse con un hombre como yo, ni yo tampoco he de

exigirle que por mi felicidad haga semejante sacrificio.

La viuda desplegó una sonrisa irónica, y preguntó:

--¿Cree usted que don Alfredo de Saavedra se casará con Paquita?

--Al ménos así parece que sucederá.

--Es usted muy jóven, y yo soy vieja; conozco el mundo, y usted no lo

conoce, aunque se ha empeñado en hacernos creer que es un hombre muy

corrido y casi cansado de la vida. Si yo no tuviese del corazon humano

el conocimiento que tengo, no habrian salido de mi casa con marido

muchas mujeres que entraron sin él y sin esperanzas de tenerlo. Y no

vaya usted á decirme que algunos de esos matrimonios son desgraciados,

porque yo nada tengo que ver con eso. Si una mujer necesita marido, se

lo proporciono, y á ella le toca ver si le conviene, aunque si hemos de

decir la verdad, tanta razon tendrian ellos para quejarse como ellas.

--¿Adónde va usted á parar, doña Robustiana?

--Quiero convencerlo á usted de que no me equivoco fácilmente en esta

clase de asuntos.

--Estoy convencido.

--Paquita no se casará con Alfredo, porque yo sé muy bien lo que una

mujer tiene que hacer para casarse, y ella está haciendo todo lo

contrario.

--Tiene usted el don de adivinar.

--¿Lo cree usted así?

--Lo creo, porque conozco antecedentes de mucha importancia.

--Explíquese usted, porque hoy hemos de hablar con franqueza y hemos de

combinar nuestro plan de campaña.

--Le confiaré á usted un secreto.

--Sepamos.

--Don Alfredo de Saavedra ama á otra mujer rica y de elevada clase.

--¿Lo ve usted?

--Y esa mujer le corresponde.

--Ya pareció aquello.

--Mis noticias son exactas, puesto que...

--Sí, esa mujer amada por Saavedra debe ser la hija del conde de

Romeral.

--Exactamente.

--¿Y es posible que pierda usted la esperanza?... Recobre usted la

tranquilidad, que más ó ménos tarde, Paquita se verá abandonada;

comparará entonces el corazon de usted con el de Saavedra, y haciéndole

justicia, le amará.

--¡Ah!--exclamó Juanito, empezando á reanimarse.

--Deje usted este asunto á mi cargo, que yo lo arreglaré.

--Pero el secreto que acabo de confiarle...

--Lo explotaré con habilidad...

--Piense usted...

--Es usted un niño.

--Doña Robustiana...

--Hemos terminado.

--Pues bien; queda en manos de usted mi porvenir, mi felicidad, mi vida.

--¿Ama usted de veras á Paca?

--Con frenesí.

--Pues será usted su marido.

En el colmo del entusiasmo besó con ternura filial Juanito las redondas

manos de la viuda, y esta juró una y otra vez que cumpliria lo que habia

prometido.

El cumplimiento de esta promesa debia ser una nueva desgracia para

Juanito.

Separáronse, y al dia siguiente la viuda fué á visitar á la familia

Bonacha.

La recibieron muy bien; pero con esa benevolencia que el superior

dispensa al inferior.

Disimuló doña Robustiana y dijo para sí:

--Antes de cinco minutos me habreis pagado la ofensa.

Y luego añadió en vez alta:

--No pensaba venir hoy; pero he pasado por la esquina, y me parecia un

crímen no subir.

--Mucho le agradecemos á usted sus demostraciones cariñosas,--respondió

la esposa de don Pascual.

Doña Robustiana miró muy atentamente á Paquita, y despues de algunos

minutos le preguntó:

--¿Conoces á la hija del conde de Romeral?

--No,--respondió la jóven.

--Pero la conocerá cuando se case,--se apresuró á decir la esposa de

Bonacha,--porque entonces se visitará con toda esa gente.

--En cuanto á la hija del conde...

--¿Qué?

--Nada, nada,--respondió la viuda.

Sus reticencias, el tono con que hablaba y hasta sus gestos, daban mucho

valor á lo que acababa de decir, por más que al parecer no hubiese dicho

nada.

Estremecióse Paquita y densa palidez cubrió su rostro.

--¿Pero por qué,--dijo,--nombra usted ahora la hija del conde de

Romeral?

--Por nada, absolutamente por nada... es que me ha ocurrido... En fin,

hablemos de tu próxima felicidad.

--Doña Robustiana, las palabras de usted tienen mucha intencion, y se lo

digo así, porque siempre hablo con mucha claridad.

--Pues bien; ya que te empeñas me explicaré, aunque no pensaba hacerlo,

porque estos asuntos son muy delicados.

--¿Qué quiere usted decir?--preguntó la madre de Paquita, que empezaba á

dejarse arrebatar por la cólera.

--Digo lo que es verdad, y cuando sucede una cosa, la culpa no es mia,

sino de quien la hace. Y basta con esto, porque el buen entendedor no

necesita muchas palabras. Estoy mortificándote, no se me oculta; pero

todo esto prueba que me intereso mucho por tu suerte. Ahora averigua,

reflexiona y determina lo que te parezca mejor; pero me tomaré la

libertad de aconsejarte, que no dejes pasar mucho tiempo para hacer tu

boda, pues me parece mejor sistema el de Adelita. Ya sabes aquel refran

que dice, que pájaro en mano vale más que ciento volando.

No es posible que se comprenda el efecto que produjeron estas palabras.

La madre y la hija hablaban á la vez y le exigian á doña Robustiana

terminantes explicaciones.

¿Qué más podia decir la viuda?

Sin embargo, tan apurada se vió, que acabó por exclamar:

--¡Hablaré, hablaré!

--Ya escuchamos.

--Don Alfredo de Saavedra está enamorado, ó por lo ménos es novio, de la

hija del conde de Romeral, y ella lo ama, y el padre aprueba esos

amores, y el casamiento es asunto tratado muy formalmente. Este

compromiso no puede romperse sin producir un escándalo, y como las

personas de cierta clase tienen al escándalo más miedo que á la muerte,

debe suponerse que la hija del conde se casará con Saavedra aunque se

odien.

La madre y la hija quedaron anonadadas.

La primera apenas podia respirar, y tal fué su trastorno, que tuvo que

acudir á su remedio favorito de beber agua y vinagre.

Paquita tambien temblaba; pero no á impulsos de la ira, sino del terror.

Habia inclinado sobre el pecho la cabeza, y no se atrevia á arrostrar la

mirada de la viuda.

¡Infeliz!

Algunos dias antes le hubiera sobrado valor para soportar el golpe.

¿Qué seria de ella, si Alfredo de Saavedra la abandonaba?

Nosotros, que conocemos el terrible secreto de su amor, podemos apreciar

sus mortales angustias.

Doña Robustiana no creyó conveniente prolongar aquella visita, y se

dispuso á salir.

La jóven, que pocos minutos antes se habia mostrado tan orgullosa, se

acercó á la viuda, la cogió las manos, se las estrechó cariñosamente, y

le dijo con humilde tono:

--Doña Robustiana, usted me quiere casi tanto como mi madre.

--Creo que sí.

--No puede usted desear que yo me vea en ridículo.

--Me parece que no tengo un alma tan depravada.

--Pues bien; yo le suplico...

--De lo que hemos hablado nada sabrá Adela ni ninguno de los amigos que

me visitan.

--Gracias.

--Hago excepcion de Juanito, porque ya sabes que este...

--Sí, esta empleado en la misma casa del conde de Romeral, y supongo que

por él habrá usted tenido esas noticias.

--¡Si lo vieses!... El pobre está que pueden ahogarlo con un cabello.

Paquita suspiró tristemente.

--Te ama como no puede amarte ningun hombre.

La esposa de don Pascual volvió á tomar parte en la conversacion, y

dijo:

--Lo que tiene Juanito es rábia porque mi hija no lo ha querido, y para

vengarse se ocupa en llevar y traer chismes y cuentos.

--Si es verdad que Saavedra y la hija del conde se aman, lo que á

consecuencia de esto pueda suceder no es culpa de Juanito.

Despidióse y salió doña Robustiana, dejando en aquella casa el gérmen de

profundos trastornos.

Cuando la madre y la hija quedaron solas, entregáronse á todos los

trasportes de la desesperacion.

La madre amenazaba terriblemente.

La hija juraba que no cederia con facilidad, que disputaria palmo á

palmo el terreno, y que antes consentiria morir que declararse vencida.

No habian trascurrido dos horas, cuando Alfredo se presentó.

Lo mismo que le habia sucedido algunos dias antes en casa del conde, le

sucedió al entrar en la vivienda de Bonacha, es decir, que al primer

golpe de vista comprendió que algo muy grave sucedia.

La esposa de don Pascual, con pretexto de atender á sus faenas, fué y

vino, dejando á los dos enamorados en libertad completa para que

hablasen.

No era posible que Paquita se encerrase en su dignidad y se mostrase

reservada lo mismo que Clotilde.

Habia entre ambas grandísima diferencia, y sobre todo la hija de Bonacha

habia perdido su fuerza moral, y su situacion la obligaba á colocarse en

otro terreno y á seguir distinto sistema.

Fijó en Alfredo una mirada, que más que severa era dolorosa, y le dijo:

--¿Recuerdas todo lo que ha sucedido desde que tuve la debilidad de

amarte ciegamente?

--No lo he olvidado,--respondió Saavedra con una frialdad espantosa.

--Pues bien; es preciso que yo sepa lo que debo esperar.

--Debes esperar que yo te ame siempre.

--Eso es muy vago.

--¿Pues qué más deseas?

--Lo que exige mi honor, que he sacrificado por tí.

--Paca, te aconsejo que dejes ese tono trágico, porque...

--Me engañas, Alfredo,--interrumpió la jóven sin poder contenerse.

--¡Que te engaño!...

--Amas á otra.

--No es verdad.

--Tengo pruebas.

--Todo lo adivino... ¡Oh!... ese mozalbete estúpido se ha empeñado en

que yo me rebaje hasta el punto de darle una leccion durísima. No te

pido explicaciones, porque no las necesito.

--No he visto á Gonzalez hace ya mucho tiempo.

--Pero él habrá hecho llegar hasta tí sus mentiras, porque está

desesperado, y como el valor le falta para disputarme tu amor, hace lo

posible para desunirnos. Ya se ha ocupado de tí en casa del conde de

Romeral, y ciertamente no te favorece mucho lo que ha dicho. Lo he

despreciado y lo he perdonado; pero ahora veo que mi generosidad lo

alienta, y me será preciso adoptar otra resolucion.

--Todo el mundo dice que es convenido tu casamiento con la hija del

conde.

--Todo el mundo puede decir lo que quiera; pero la verdad es que no

pienso casarme.

--Pues dame una prueba de tu amor, una prueba de la rectitud de tus

intenciones; una de esas pruebas que no dejan lugar á dudas y que me

tranquilice para siempre.

--¿En qué puede consistir esa prueba?--dijo Alfredo mientras encendia un

cigarro.

--Nuestros amores no pueden tener más que un término: unirnos con lazos

indisolubles...

--Paca,--interrumpió Saavedra,--asuntos tan graves no pueden tratarse

ligeramente.

--Ahora no tenemos que hacer otra cosa,--repuso Paquita.

--Te equivocas, porque esta misma noche debo partir.

--¡Te vas!...--exclamó Paquita con acento de terror.

--Pero volveré, descuida.

--¡Te vas!...--volvió á decir la jóven.

--He recibido una carta que me obliga á ponerme en camino

inmediatamente.

--¿Y mi honra, Alfredo, y mi honra?--gritó desesperadamente la infeliz.

--De todo eso hablaremos oportunamente, pues debes pensar que irse de

Madrid no es irse del mundo.

La calma de Alfredo atormentó á la desgraciada jóven como no puede

imaginarse.

Sintió la infeliz que le faltaban las fuerzas.

Un raudal de lágrimas se escapó de sus ojos.

Saavedra hizo un gesto de disgusto, y se puso en pié, diciendo:

--Si así te dejas arrebatar, jamás nos entenderemos.

--¡Estoy perdida!...

--Te dejas dominar por la primera impresion; pero cuando reflexiones

recobrarás la calma.

--¡Dios mio!...

--No he venido para oirte llorar.

--¡Oh!...

--Adios... Creo que dentro de pocos dias volveré; pero si mis asuntos me

obligan á detenerme, no pierdas por eso la tranquilidad, puesto que ya

comprendes que más ó ménos tarde he de venir.

La jóven quiso hablar, y no pudo.

Sentíase medio ahogada.

Acudió la madre á tomar parte en la conversacion, porque era imposible

que permaneciese mucho tiempo callada.

--¿Pero qué es esto?--dijo.--Me parece, don Alfredo, que un hombre de la

clase de usted...

--Señora, puede usted evitarse la molestia de darme lecciones que no

estoy dispuesto á recibir; y en cuanto á lo demás, ya he dado

explicaciones á su hija de usted, y todo quedará arreglado.

Quiso la madre replicar; pero Alfredo no escuchó, y salió sin dar tiempo

á que le dirigiesen nuevas reconvenciones.

--Ya lo ves,--dijo la madre;--este hombre no me gustaba... Seria la

primera vez que yo me hubiese equivocado.

Paquita guardaba silencio y lloraba.

Su madre no podia comprender todavía todo lo horrible de la situacion.

Bien puede decirse que la suerte de la jóven estaba decidida.

A quien más compadecemos es al honrado don Pascual.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 18 / 37 题