CAPÍTULO VIII

Cómo se llega al fondo del abismo.

La esposa y la hija de Bonacha habian estado tres ó cuatro dias como el

que recibe un fuerte golpe en la cabeza.

Grandes esfuerzos tenian que hacer sus facultades intelectuales, para

darse cuenta de su nueva situacion.

Se habian encontrado con tres ó cuatro sirvientes, que las agobiaban en

fuerza de respeto y de toda clase de consideraciones, y en todo se

vieron atendidas como no era posible que siquiera imaginasen.

Para el que no tiene la costumbre de mandar, los criados son un estorbo,

una gran molestia.

La esposa de don Pascual hubiera preferido estar sola con su hija; pero

ésta, mintiendo como siempre, aseguraba encontrarse muy bien.

No hay que decir que los criados conocieron bien pronto que aquellas dos

mujeres no se habian visto nunca en situacion igual, pues no se atrevian

á dar órdenes, como quien está acostumbrado á hacerlo así, y

particularmente al comer cometian muchas torpezas.

Al dia siguiente se presentó Alfredo para saber si sus buenas amigas

habian descansado, y los dias siguientes les hizo tambien una visita, ya

por la mañana temprano ó al oscurecer.

Cuando Alfredo iba se paseaban por el jardin, y si la madre se cansaba y

se sentaba á la sombra, los dos jóvenes iban y venian hablando de su

amor, cruzando miradas de fuego y permitiéndose algunas sencillas

libertades, que para Paquita no tenian ninguna importancia.

Algunos dias almorzó allí el calavera, y cuando pasó una semana le dijo

á la jóven que era un martirio insoportable hablar siempre en presencia

de un testigo.

¿Cómo podia remediarse esto?

Para Saavedra era muy fácil, puesto que á las diez ó las once, hora en

que la madre dormia, la hija podia muy bien asomarse á la ventana de su

dormitorio, que daba al jardin, y allí, aspirando el aire puro y fresco

de la noche, contemplando el purísimo cielo y dejando que la

imaginacion se remontase en alas de las más risueñas ilusiones, podian

pasar dos ó tres horas de incomparable delicia.

Para entrar Alfredo en el jardin, no encontraria ningun inconveniente,

puesto que aquella era su casa.

Paquita hizo alguna resistencia; pero se dejó vencer.

La ventana estaba á tres piés del suelo, y bajo la misma habia un banco

de piedra, de manera que los dos amantes se encontrarian bien cerca el

uno del otro.

Paquita, para acallar sus escrúpulos, se hizo el siguiente razonamiento:

--Si es peligroso hablar con el hombre á quien se ama, igual es el

peligro estando á solas que con un testigo cualquiera. Cuando mi madre

nos acompaña, no sabe lo que Alfredo me dice, y por consiguiente de nada

sirve su presencia. Lo que Alfredo exige de mí nada tiene de particular,

y mientras yo quiera guardarme, es inútil toda vigilancia, así como

tambien lo seria si yo me propusiera olvidar mis deberes.

A las diez de la noche estaba Paquita puesta á la ventana, y Alfredo en

el jardin, en pié y junto al asiento de piedra.

Una hora despues, que á la jóven le habia parecido un minuto, Alfredo se

colocó sobre la piedra.

Así podian hablar más bajo y evitaban que algun curioso los escuchase.

¿Qué se decian?

Lo que se dicen siempre los enamorados.

Era más de la una de la madrugada cuando se separaron.

Saavedra dijo que pensaba volverse á Madrid; pero no se tomó semejante

molestia, pues se quedó allí en su dormitorio, y á la mañana siguiente

representó el papel de que acababa de llegar para hacer su visita de

costumbre.

Tres noches despues, los dos enamorados pasaban sin sentir el tiempo,

con las manos entrelazadas y cruzando frases de inmensa ternura.

Luego se quejó Alfredo del cansancio consiguiente á permanecer en pié y

parado tres ó cuatro horas, mostrando deseos de sentarse y que hiciese

lo mismo á su lado Paquita.

Estar sentados ó en pié le pareció á la jóven completamente igual, y se

atrevió á salir de la casa, haciendo compañía en el jardin á su amante.

Llegó un dia en que se cansaban tambien de estar sentados, y paseaban

cuando la luna esparcia sus nacarados resplandores.

Paso tras paso se llega sin sentir á la cumbre de la montaña que nos

parece inaccesible, ó al fondo del abismo que habíamos mirado con

horror.

Ninguna mujer se pierde en un solo dia, porque su perdicion es una obra

lenta, de cuyos adelantos ella misma no se apercibe.

Si desde el primer momento se le dijese adónde paso á paso habia de

llegar, retrocederia espantada; pero no se le exige más que un paso, uno

solo, y cuando ha dada el primero se le ruega que dé el segundo, y así

concluye insensiblemente por llegar adonde le parecia un imposible.

Cuando comprende su verdadera situacion se horroriza y quiere

retroceder; pero ya es tarde.

La que no evita el primer paso, da el último.

¿Se comprende ahora la triste situacion de Paquita?

No habia llegado al último punto de su perdicion, pero llegaria.

En la casa de recreo debia dejarse todas sus ilusiones, todas sus

esperanzas, y algo más, que más que las esperanzas valia.

Lo que sabemos ya que Juanito habia hecho para vengarse, acabó de

decidir al desalmado Alfredo.

Si antes se habia detenido por algunos escrúpulos, estos desaparecieron,

y exclamó:

--¡Bonito papel represento!... Guardar consideraciones á esta clase de

gente, es una estupidez.

Y decidido á no reparar ya en nada, fué aquella noche á la casa de

campo.

Paquita le salió al encuentro en el jardin.

No comprendia la desdichada que su reputacion estaba ya perdida en

opinion de los criados; no comprendia que un hombre como Alfredo, si

podia casarse con la que hubiera olvidado sus deberes, no se casaria

jamás con la que olvidaba su decoro.

Dice el adagio, que no basta ser buenos, sino que es menester parecerlo

tambien.

A la mujer se la perdona todo, ménos el escándalo.

Hay cierta clase de faltas que á la mujer le hacen más ó ménos mal,

segun se cometen.

Una inconveniencia es á veces para una mujer mucho peor que la deshonra.

El mundo es muy celoso de su dignidad, y no perdona á quien se olvida de

cierta clase de consideraciones.

De lo que aquella noche sucedió nada podemos decir, puesto que el

resultado es lo que nos interesa, y hemos de verlo muy pronto.

Alfredo volvió á las cinco de la madrugada á su casa de Madrid, y se

acostó.

Cuando Paquita salió aquella mañana de su dormitorio, estaba triste y

preocupada.

Alfredo no fué aquel dia, ni tampoco al siguiente, sino á las once de la

noche.

Una semana despues se habló del regreso á Madrid, porque el señor

Bonacha decia que se encontraba muy mal sin los cuidados de su esposa.

La madre y la hija volvieron, pues, á la calle de San Lorenzo.

Su antigua habitacion les parecia horrible.

No hay nada peor que subir, si despues ha de descenderse.

Todo les parecia muy malo allí.

Determinaron tomar una criada, porque ya no comprendian que sin criados

pudiera vivirse. Además, sus recursos habian triplicado, gracias á la

proteccion de Alfredo y á los ahorros que hizo don Pascual mientras

vivió solo.

Fueron á visitar á doña Robustiana; pero ya Paquita no parecia

envanecerse con el amor de Saavedra.

La viuda preguntó cuándo se verificaba el matrimonio, y la esposa de don

Pascual respondió:

--Veremos, porque ahora tiene Alfredo necesidad de hacer un viaje para

arreglar asuntos de mucho interés, y no volverá hasta el mes de Octubre.

--Bien me parece eso,--repuso doña Robustiana,--muy bien, con tal que

ese hombre cumpla sus promesas.

--Si usted lo conociese, no dudaria.

--Pues, hija, puedes decir que eres muy afortunada, si bien es verdad

que tú mereces eso y mucho más.

--¿Y Adela?--preguntó la esposa de Bonacha.

--No tardará quince dias en casarse, pues ya están arreglando los

papeles.

--¡Tan pronto!...

--Eduardo queria esperar para que sus intereses estuviesen en órden,

porque ya saben ustedes que es el hombre más delicado del mundo; pero

como ellas no miran el interés, porque el dinero les sobra, han querido

que la boda se haga inmediatamente para emprender un largo viaje antes

del otoño.

--Tampoco Adela puede quejarse de la fortuna.

--Eduardo la adora; pero no es tan rico como el señor de Saavedra, ni

representa en la sociedad tan brillante papel.

--¿Y qué más puede pedir la hija de un cerrajero?--replicó Paquita.

--Si es honrada, puede pedir mucho.

La jóven palideció, y su madre se apresuró á decir:

--Mi hija tambien es honrada.

--Nadie lo ha puesto en duda.

--Y es señora desde que nació, y su padre es un caballero, y por

consiguiente pertenece á otra clase. Buen papel haria la hija del

cerrajero entre duques y marqueses, como estará mi hija cuando se case.

--Yo deseo la dicha para las dos, y estoy satisfecha, porque me parece

que las dos han conseguido lo que deseaban.

Si la esposa de don Pascual hablaba de viajes de Alfredo, era porque

este habia dicho que tenia necesidad absoluta de salir de Madrid.

Esto no era un verdadero motivo de alarma, y sin embargo, Paquita empezó

á perder la tranquilidad.

Doña Robustiana, con la mejor intencion, le dijo á la jóven:

--Pues los aires del campo no te han sentado muy bien, porque estás más

pálida y ojerosa, y me parece que has perdido algo de tu alegría.

Paquita hizo un gran esfuerzo para sonreir.

--Me siento muy bien,--dijo.

¿Y qué pensaba de todo esto don Pascual?

Aunque parezca inverosímil, su carácter habia cambiado durante la

ausencia de su familia.

Ya no sonreia constantemente: se le veia con frecuencia muy preocupado,

y algunas noches dejaba de leer _La Correspondencia_, lo cual sorprendió

mucho á su esposa.

Tampoco dormia tantas horas como antes, y habia disminuido

considerablemente su apetito.

Sin embargo, don Pascual no estaba enfermo, aunque si hemos de hablar

con exactitud, diremos que su enfermedad era moral.

Así como el instinto le habia dicho á su esposa que Alfredo no era

conveniente para su hija, el instinto tambien le hacia adivinar al

honrado padre grandes desgracias.

No encontraba nada malo en lo que habia visto, y sin embargo, le

desagradaba mucho.

Hizo algunas indicaciones; pero su esposa y su hija le contestaron con

tantos razonamientos, que el infeliz se sintió aturdido, y tuvo que

callar.

Alfredo habia dicho que trabajaba para conseguir un nuevo ascenso, y

tanto ascender asustaba ya á don Pascual Bonacha.

Era este de esos hombres que creen que lo que no se justifica con

claridad, es sospechoso; más aún, que no puede ser bueno.

Así daba una prueba de recto juicio, que nada tiene que ver con el

talento.

Si á don Pascual le hubiese tocado el premio grande de la lotería, antes

de cobrar hubiera enseñado el billete á todo el mundo para que nadie

dudase de que era verdad, y para que de todos fuese conocida la

procedencia de aquel dinero.

Lo mismo le sucedia en cuanto á los adelantos tan rápidos y repentinos

hechos en su carrera.

¿Por qué le protegia tan decididamente un hombre á quien apenas conocia?

Esta pregunta debió hacérsela el mundo, y para explicarse el efecto

intentaria buscar la causa.

Para que esta fuese adivinada no era menester más que una mediana

sagacidad.

Cuando Paquita estrenaba un vestido, don Pascual sufria, y tenia buen

cuidado de hacer público que su hija trabajaba y ganaba cosiendo, y que

el producto de su trabajo lo invertia en comprarse ropa.

Así no daba lugar á que nadie preguntase de dónde salia el dinero que

valian todos aquellos moños, volantes, pendientes y otros adornos por el

estilo, pues era fácil que algun malicioso creyese que don Pascual

explotaba á los que iban á rogarle que despachara pronto un expediente.

El honrado Bonacha era, pues, una víctima de los extravíos de su hija,

así como esta debia ser al mismo tiempo víctima de Saavedra y de sus

propias debilidades.

De todos los personajes que hemos presentado, ninguno es digno de

respetuosa consideracion y lástima sino don Pascual, y aun á este

debemos acusarlo, porque no tuvo valor para hacer cumplir sus deberes á

su esposa y á su hija.

Muchos padres hemos conocido así, y sobre haber sufrido ellos mucho,

han hecho muy desgraciados á sus hijos.

«Quien bien te quiera te hará llorar,» dice el adagio.

Bonacha no habia tenido valor para hacer llorar á su hija.

Muchas veces se hace un beneficio haciendo sufrir, y esto es lo que tal

vez no habia comprendido don Pascual.

El hombre que no se considera con fuerzas para sobrellevar en todos

sentidos la enorme carga de la familia, no debe creársela.

Juanito no se descuidó, y apenas supo que habian regresado la esposa y

la hija de don Pascual, dispúsose á proseguir su obra, yendo á casa de

doña Robustiana precisamente media hora despues que habian salido la

madre y la hija.

A Juanito le faltaba el valor para arrostrar frente á frente la

tormenta, y buscó un camino indirecto.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 17 / 37 题