Juanito empieza á vengarse.
No habian trascurrido quince minutos, cuando se presentó Clotilde
envuelta en una ancha bata, que si no permitia que se dibujasen muchas
de sus bellísimas formas, en cambio dejaba que otras se viesen tal vez
más de lo que convenia.
Acababa de salir del lecho, y su rubia cabellera estaba en desórden.
A pesar de esto, nunca habia parecido la jóven tan arrebatadora.
Saludó á Juanito como se saluda á las personas de confianza, y le dijo
que se sentase, mientras ella hacia lo mismo.
No le faltaron á Clotilde pretextos para justificar su presencia allí,
y con la habilidad de las mujeres del gran mundo, fué prolongando la
conversacion y dándole el giro que le convenia.
Juanito estaba como fascinado y sin querer contemplaba aquellos
hechizos, preguntándose más de una vez si Paquita merecia la pena de que
ningun hombre sufriese por ella el más leve disgusto.
Pero estas reflexiones no podian hacerle cambiar de resolucion, sino
que, por el contrario, más que nunca estuvo decidido á descargar el
terrible golpe contra Alfredo, ocurriéndosele además que era posible que
la hija del conde no perdonase jamás al que la habia engañado y que
pensase en otro hombre.
¿Por qué Juanito no habia de conseguir algun dia interesar el corazon de
Clotilde?
Así su venganza seria completa y le tocaria su vez de mirar
desdeñosamente á Paquita.
Era jóven, creia que el cielo lo habia dotado de belleza personal, y le
parecia que esto era suficiente para encender el corazon de una mujer.
Se equivocaba, porque no sabia que de lo que ménos se enamora la mujer
es de la belleza física, y que sobre este punto sus aspiraciones y
sentimientos están muy por encima de los del hombre. El talento, el
valor, la gloria, la posicion social y otras circunstancias por el
estilo, hacen que una mujer se enamore, más que de la juventud ó la
hermosura, del cuerpo.
Su pobreza no le parecia un inconveniente á Juanito, pues sobre este
punto discurria como la hija de Bonacha, recordando los ejemplos de
matrimonios entre personas de fortuna muy desigual.
No hay que decir que ambos juzgaban por las apariencias, pues cuando
habian visto casarse á una mujer pobre con un hombre rico, ó á una mujer
rica con un pobre, no se habian tomado la molestia de examinar y buscar
la verdadera causa, no habian tenido en cuenta las circunstancias de más
valor.
Hacer un doble negocio, matar dos pájaros de un tiro, como suele
decirse, es una cosa muy bella, y Juanito creyó que esto era lo que iba
á conseguir.
Sin saber cómo, acabó Clotilde por hablar de Alfredo, y con la mayor
indiferencia preguntó cómo este y Juanito se conocian.
El jóven vió el cielo abierto: la ocasion se le presentaba antes de que
él la buscase, y quiso aprovecharla.
Principió por desplegar una sonrisa maliciosa, y luego respondió:
--Nos conocimos en cierta casa.
--¡Cierta casa!--replicó Clotilde.--¿Y qué quiere decir eso? ¿Usted no
piensa que semejantes palabras pueden traducirse de una manera nada
favorable para Alfredo y para usted?
--¡Señorita!...
--Dicen que es usted un hombre de muy buenas costumbres.
--No creo haber dado motivo para que se ponga en duda.
--Cierta casa, con el tono que usted lo ha dicho, significa el lugar
donde la honra no es lo que más resplandece.
--Siento mucho haber cometido la torpeza de expresarme mal.
--Cuando uno se equivoca y rectifica, nada se ha perdido.
--Hace bastante tiempo que conozco á la familia de un empleado, cuya
honradez raya en la exageracion, y en casa de esa familia es donde por
primera vez ví á don Alfredo de Saavedra.
--¿Y quién es ese empleado?
--Un pobre que se llama don Pascual Bonacha, y que tenia seis mil reales
de sueldo, aunque ahora tiene doce mil, gracias á la proteccion que don
Alfredo le dispensa.
--Si esa familia es honrada, no ha podido emplear mejor su influencia
nuestro amigo.
--Vivian con bastante estrechez.
--¿Tiene muchos hijos ese don Pascual?
--Una hija que ha cumplido veinte años, y de la que algunos dicen que es
bastante bella.
Por un instante palideció el rostro de Clotilde; pero acostumbrada á
disimular, desplegó una sonrisa, acercóse más á Juanito y le preguntó:
--¿Usted no opina lo mismo en cuanto á la belleza de esa jóven?
--Me parece graciosa, y nada más.
--¡Graciosa!...
--Pero es algo vanidosa.
Clotilde fijó una mirada profunda y fascinadora en el jóven, y dijo:
--¿Y cómo Alfredo ha hecho relaciones con esa familia?
--Lo ignoro, aunque, segun parece... En fin, estos asuntos son muy
delicados, y no quiero mezclarme en ellos.
Otra vez palideció la hija del conde; pero hizo nuevos esfuerzos para
dominarse.
--Comprendo,--murmuró.
--Si usted adivina, conste que yo nada he dicho.
--Ocupando la posicion que usted ocupa en esta casa, creo que me debe
hablar con franqueza.
--Es que...
--Sin embargo, no quiero averiguar vidas ajenas. Ya veo que Saavedra
sostiene amorosas relaciones con la hija de don Pascual Bonacha, y que
protege al padre...
--Y ha hecho en favor de esa familia más de lo que debia esperarse:
¿Puedo ser más franco?--añadió Juanito como quien se decide á dar un
paso peligroso.--Deseo para don Alfredo de Saavedra la tranquilidad y la
dicha; pero ustedes son antes para mí, y quiero darles pruebas de
lealtad.
Así llegó la conversacion á tomar el carácter que deseaba Juanito, lo
mismo que Clotilde.
Esta ya no intentó disimular.
Las explicaciones fueron interesantísimas desde aquel momento.
Juanito dijo la verdad de todo lo que habia sucedido, sin olvidarse de
la elocuente circunstancia de haber cedido Alfredo su casa de campo á la
familia Bonacha para que pasase allí la fuerza del calor del estío.
Despues hizo algunos comentarios con la peor intencion del mundo.
Clotilde escuchó con tanta ansiedad como angustia.
Más de una vez se tornó lívido su rostro y sombría su mirada.
Prometió no decir á nadie quién le habia dado tan graves noticias, y
atormentada por los celos y trastornada por la ira, salió del despacho.
En su semblante se revelaba la borrasca espantosa que agitaba su
espíritu.
Juanito empezó á sentirse poseido de terror ante su propia obra; pero ya
no podia retroceder. Habia dado el primer paso, y le seria forzoso dar
el último.
Algunas horas despues se presentó Alfredo de Saavedra.
No tuvo necesidad de explicaciones, pues apenas miró á Clotilde
comprendió que algo muy grave sucedia, y reflexionando le fué fácil
adivinar la verdad.
¡Pobre Juanito!
Desde aquel momento debia contarse el hombre más desdichado del mundo.
Alfredo no se dejaba arrebatar fácilmente; estaba dotado de gran fuerza
de voluntad, y sabia dominarse.
Buscar á Juanito para pedirle cuenta de su proceder, le pareció á
Saavedra que era equivalente á olvidar su dignidad y á rebajarse hasta
la pequeñez de su ruin enemigo; pero como tampoco queria castigarlo sólo
con el desprecio, decidió á su vez vengarse cruelmente y de tal manera,
que á Juanito no le quedase duda de la inmensa distancia que entre ambos
habia.
Por su parte, Clotilde no pensaba tampoco entablar una lucha para
disputar á Paquita el corazon de Alfredo, porque esto hubiese sido
honrar demasiado á la hija de Bonacha.
No, no era posible que la hija del conde olvidase su orgullo de raza,
porque antes preferia destrozarse ella misma el corazon y morir.
No habia dado á los amores de Alfredo con Paquita más importancia que la
que se da á una locura de la juventud; pero que la mortificaba, porque
heria su amor propio y porque podia tener muy graves consecuencias.
El conde, recostado en un sillon, ocupábase en leer un periódico, y
Clotilde y Alfredo, en otro extremo de la habitacion, ojeaban
distraidamente un álbum, y pudieron hablar con entero descuido.
--Nubes hay,--dijo Alfredo,--que empañan el cielo de tu alegaría, y
sentiré que esas nubes entrañen contra mí una tormenta.
--Se equivoca usted, caballero,--replicó severamente Clotilde.
Saavedra hizo un gesto, como si quisiese decir:
--Mal principia la conversacion.
--De mujeres como yo,--añadió la hija del conde,--no deben temerse
tormentas, porque cierta clase de arrebatos iracundos se los prohibe la
dignidad á las señoras.
--¿Y qué me importa que te domines y aparentes calma, si el resultado,
ha de ser para mí peor que si desahogases tu enojo con las palabras más
duras?
--El resultado habia de ser el mismo siempre cuando se trata de un
hombre que se olvida hasta de los deberes que le impone su distinguida
clase.
--¡Clotilde!...
--He concluido.
--Necesito explicaciones.
--No las daré.
--Sin duda un error...
--El error es imposible cuando hay pruebas...
--Tal vez alguna calumnia...
--No.
--Y en último caso, creo que tengo el derecho de defenderme, y la
defensa es imposible cuando ignoro de qué se me acusa.
--Yo tambien tengo el derecho de disponer de mi corazon.
--Ciertamente; pero cuando se han adquirido compromisos...
--Basta, caballero.
--Si no me das las explicaciones que necesito, acudiré á tu padre.
--Y mi buen padre le echará á usted en cara la fealdad de su proceder, y
le preguntará si es un error ó una calumnia la desinteresada proteccion
que usted dispensa á cierta familia que hoy ocupa su casa de recreo de
las cercanías de Hortaleza.
Arrugóse el entrecejo del jóven.
Por un instante relumbraron sus ojos con fulgor siniestro.
--Está bien,--dijo con grave tono.
--¿Consiste en eso la defensa de usted?
--No me defiendo de lo que es absurdo, porque esto no lo hacen más que
los estúpidos. Gente ruin ha querido herirme, suponiendo lo que no
existe ni puede existir, porque para esa gente es inconcebible que se
haga un beneficio sin otra mira que la satisfaccion de hacerlo.
Clotilde desplegó una sonrisa irónica.
--Yo soy el ofendido,--añadió Alfredo.
--Pues no espere usted de mí la reparacion.
--El tiempo lo pone todo en claro, y habrá que hacerme justicia.
--Pues bien; entre tanto...
--Habrá una víctima inocente.
--De seguro no será usted, caballero.
--Lo será esa honrada familia, porque me será preciso volverle la
espalda para probar así la pureza de mis intenciones, y cuando de esta
ya no quede duda, creo que tú misma serás la primera en proteger á esos
desgraciados.
Creyó Clotilde que no debia continuar la conversacion, y fué á sentarse
cerca de su padre.
Disimuló Alfredo como mejor pudo, y algunos momentos despues salió, fué
á su casa, y mandó que para aquella noche se preparase su berlina, con
objeto de ir á la casa de campo.
Cuando pasó el dia sin que nadie lo hubiese molestado, empezó á
tranquilizarse Juanito, suponiendo que Alfredo no habia podido adivinar
de dónde habia partido el golpe.
Ahora lector, si bien te parece, iremos á la casa de campo para conocer
la verdadera situacion de la infeliz Paquita.