El refran debia cumplirse, y una mañana, al presentarse en su oficina,
supo Juanito que estaba cesante.
El golpe no podia ser más terrible.
Habia perdido el objeto de su amor, y perdia tambien su empleo, que era
lo mismo que perder la comida, puesto que no tenia otro recurso para
vivir.
El fingido calavera quedó anonadado.
Le perseguia la más negra fatalidad, mientras que la fortuna sonreia á
la mujer que lo miraba desdeñosamente y lo rechazaba con espantosa
crueldad.
¿Qué le era posible hacer en tan triste situacion?
Nada tenia que hacer más que acudir á los que otras veces lo habian
protegido, para que empleasen su influencia y lo repusiesen en su
empleo.
En hacerlo así se ocupó Juanito, y despues de dos semanas consiguió que
le diesen una carta, recomendándolo al conde de Romeral, que necesitaba
los servicios de un jóven honrado, bien educado y de mediana
inteligencia.
No le ofrecian otra cosa á Juanito, y le fué preciso aceptar, pidiéndole
á Dios que el conde lo encontrase de su agrado.
Eran las tres de la tarde cuando nuestro jóven, despues de ponerse su
corbata más vistosa y sus guantes de color de perla, fué á la suntuosa
morada del conde de Romeral.
Tenia este una hija jóven y hermosa, y que debia heredar su título y sus
riquezas, y Juanito, pensando como Paquita pensaba, soñando como habia
soñado siempre, supuso que era posible que su persona interesase á la
hija del conde, en cuyo caso debia considerar hecha su fortuna.
El mes de Agosto corria, y debemos advertir que las señoras de Bonacha
debian muy pronto regresar á su humilde vivienda de la calle de San
Lorenzo.
Lo que habia sucedido en la deliciosa casa de recreo, lo sabremos
despues; pero ahora es preciso que fijemos toda nuestra atencion en el
desdichado pretendiente.
--¿El señor conde?--preguntó.
--Tiene visita,--le respondieron.
--No importa, esperaré, porque he de entregarle una carta da su amigo el
señor don Pedro de Almendares.
--¡El señor de Almendares!... Eso es otra cosa. Se pasará recado á su
excelencia, porque la visita que tiene es de mucha confianza, y tal vez
no haya inconveniente para que sea usted recibido.
El criado desapareció, volviendo un minuto despues para decir:
--Pase usted, caballero.
Siguió Juanito al sirviente, y despues de atravesar muchas habitaciones
ricamente amuebladas, entró en una donde habia tres personas: el conde,
su hija y el amigo de tanta confianza á quien habia aludido el criado.
El conde de Romeral tenia sesenta y cinco años: era de escasa estatura,
enjuto de carnes, de rostro aguileño, pálido y enfermizo, y ojos
pequeños, redondos y hundidos.
Recostado en un ancho sillon y envuelto en su bata, apenas podia
distinguírsele, pues estaba colocado en el sitio más oscuro de la
habitacion.
Indolente por carácter y por costumbre, era uno de esos hombres que
hacen un gran sacrificio cuando tienen que ocuparse de algun negocio, y
aunque para los suyos tenia más servidores de los que en realidad
necesitaba, faltábale todavía uno que á todas horas se encontrase á su
disposicion y que se ocupase de ciertas pequeñeces en que no podian
entender los demás.
No tenia el conde más hijos ni parientes que la bellísima jóven que á su
lado se encontraba, y en ella habia concentrado todo su cariño.
El conde de Romeral era un hombre honrado en todos sentidos, y puede
decirse que no tenia más defecto que su pereza.
En cuanto á su carácter, presentaba contrastes dignos de mencion, pues
mientras unas veces se le veia caer en una melancolía profunda, otras
veces hablaba, bromeaba y reia como un niño.
Si se enfadaba, no duraba su arrebato más de medio minuto, y luego
parecia muy pesaroso de haberse dejado llevar por la cólera.
Con semejante padre, era la jóven completamente feliz, y ella disponia á
su antojo y como absoluta dueña, pues el anciano no queria tomarse la
molestia de mandar.
Además de estas cualidades, era el conde muy sencillo, lo mismo en su
lenguaje que en sus costumbres, pues á lo único que le daba valor en el
mundo era á la honra.
Dotado de un gran fondo de benevolencia, juzgaba favorablemente á todo
el mundo, y por consiguiente no habia nada más fácil que engañarlo.
Su hija, que tenia veintidos años, era un verdadero prodigio de belleza,
y aunque habia heredado muchos de los nobles sentimientos de su padre,
estaba muy lejos de ser tan benévola y tan sencilla como este.
Juanito la contempló admirado mientras saludaba, y al fijar la atencion
en la otra persona que se encontraba allí, no pudo el jóven pretendiente
contener una exclamacion de sorpresa y de disgusto.
Habia reconocido al dichoso Alfredo, á su odiado rival.
Alfredo saludó ceremoniosamente á Juanito, pero como se saluda á la
persona á quien ya se conoce.
Vióse Juanito obligado á corresponder cortésmente al saludo, y el conde,
con su llaneza característica, dijo:
--¿Segun veo, se conocen ustedes?
--Sí,--respondió el pretendiente.
Y para que no se le acusase de grosero ó mal educado, añadió:
--Tengo ese honor.
Contentóse Alfredo con hacer un movimiento de cabeza.
El anciano tomó la carta que le presentó Juanito, y con mucha dulzura le
dijo que se sentase.
Luego entregó á su hija el papel, mandándole que leyese, so pretexto de
que la debilidad de sus ojos no se lo permitia á él.
En aquellos momentos la situacion de Juanito era un tanto peligrosa, y
sobre todo muy penosa.
Las veces que por casualidad se habia encontrado con Alfredo en la
vivienda de la familia Bonacha, el jóven empleado, siguiendo su
costumbre de aparecer el hombre rico y calavera, habló de los muchos
recursos con que contaba para vivir desahogadamente, para satisfacer
todos sus caprichos y para pagar todas sus locuras.
Y despues de haberse dado tan impremeditadamente los aires de gran
señor, solicitaba una ocupacion muy subalterna y mezquinamente
retribuida, alegando como título principal la circunstancia de no contar
con recursos para atender ni aun á sus más urgentes necesidades.
Todo esto tenia que hacerlo en presencia de Alfredo, que por añadidura
era su afortunado rival.
Pensó tambien el infeliz jóven que tal vez valia más que la que llevaba,
la recomendacion del aristocrático calavera, y que quizás de este
dependia el resultado de la pretension, pues era amigo íntimo del conde
y de su hija, y debia ejercer en aquella casa grandísima influencia.
¿Se concibe humillacion igual?
Y Juanito no podia quejarse de la fortuna, puesto que lo que entonces le
sucedia era obra suya exclusivamente: eran consecuencias inevitables de
la série de necedades y tonterías que habia cometido.
¿No comprenden esto los desdichados que se dejan extraviar?
Alfredo se recostó indolentemente en el sillon que ocupaba, y miró al
desdichado Juanito con un si es no es de irónica burla, capaz de hacer
perder la paciencia aun al hombre que tuviese tanta calma como don
Pascual.
Juanito experimentaba un malestar inexplicable, y era posible que
cometiese muchas torpezas.
Alternativamente se ponia su rostro pálido como el de un cadáver, ó
colorado como una cereza.
Para colmo de desdichas, la hija del conde tenia que leer en voz alta, y
por consiguiente Alfredo se enteraria del contenido de aquella carta, en
que se presentaba al pretendiente como á un pobre infeliz en todos
sentidos.
Hubiera querido Juanito que en aquellos momentos se lo tragase la
tierra, y á serle posible habria recogido aquella carta y renunciado á
la colocacion que debia darle de comer.
Nada de esto le hubiera sucedido á presentarse toda su vida modesto,
aunque con dignidad y enorgulleciéndose, no con las corbatas de vivos
colores y el dinero que no tenia, sino con su honradez y su pobreza.
Clotilde, que así se llamaba la hija del conde, leyó lo siguiente:
«Señor conde de Romeral.
»Mi estimado amigo: El dador, don Juan Gonzalez, es un jóven muy
desgraciado, pues acaba de quedar cesante, perdiendo así el único
recurso con que contaba para comer. Lo conozco hace algunos años, y de
muy buena voluntad lo he protegido en cuanto me ha sido posible, pues
así lo merece por sus buenas costumbres y su triste situacion.
»Si usted acepta sus servicios, no creo que se arrepentirá, porque me
parece que tiene bastante inteligencia para los asuntos en que usted ha
de emplearlo, y con todos sus jefes ha probado ser obediente y discreto.
»Tiene muy buena letra, y conoce bastante bien la ortografía.
»Me intereso mucho por su suerte, y le agradeceré que le dispense su
proteccion.
»Ruego á usted haga presente mis cariñosos recuerdos á Clotilde, y usted
disponga de su mejor amigo, Q. B. S. M.--PEDRO DE ALMENDARES.
»P. S. No he visto estos dias á nuestro amigo Alfredo, y por esta razon
no he podido rogarle que una su recomendacion á la mia, para que el
jóven Gonzalez quede al servicio de usted.»
Este último detalle era un golpe más terrible que ninguno.
Cuando el señor de Almendares hacia mencion de Alfredo, era porque la
recomendacion de este tenia muchísima importancia, y ya no podia dudarse
de que, si Juanito obtenia el empleo de que tanto necesitaba, lo deberia
en gran parte al rival á quien tanto odiaba, al hombre á quien habia
querido tratar de potencia á potencia.
El pretendiente no conocia el contenido de la carta, porque esta la
habia recibido cerrada: si la hubiese leido, tal vez no la habria
entregado.
La sorpresa le aturdió.
Apenas acertaba á darse cuenta de lo que le sucedia, y hubo momentos en
que creyó que estaba soñando.
--Vean ustedes una coincidencia bien rara,--dijo el conde.
--Ciertamente,--añadió su hija.
Y dirigió á Saavedra una mirada, que queria decir:
--Decide sobre la suerte de este desgraciado.
Alfredo volvió á cambiar de postura.
Desplegó una dulce sonrisa, y le dijo al conde:
--Ya ha visto usted que este caballero no me es desconocido, y por
consiguiente no necesito que me lo recomiende el señor de Almendares. Le
agradeceré á usted mucho que lo tome á su servicio, y si por cualquiera
razon no le conviene hacerlo así, le hablaré al ministro para que sea
nuevamente colocado con un ascenso.
Juanito, para cumplir los deberes que impone la buena educacion, debió
dar las gracias á su rival; pero tal era su turbacion, que no pudo
articular una silaba.
--Señor Gonzalez,--dijo el conde,--bien puede usted asegurar que es el
hombre más afortunado del mundo. Se quedará usted á mi servicio, si es
que le conviene, y yo haré por usted cuanto me sea posible. Si prefiere
usted una posicion oficial, nuestro amigo Saavedra se la ofrece; pero
en esta época de agitacion y revueltas políticas, ningun empleado puede
considerarse seguro, aunque cumpla su deber, mientras que en mi casa
tendrá usted asegurado su porvenir.
--Gracias, señor conde,--dijo por fin Juanito.
--¿Cuánto sueldo tenia usted?
--Cuatro mil reales.
--Es una miseria, y no comprendo cómo podia usted atender á todas sus
necesidades. Bien es verdad, que con su buena conducta ha podido hacer
milagros. Yo le hubiera ofrecido á usted doble de lo que tenia; pero
ahora le ofrezco triple, es decir, cincuenta duros cada mes, porque
tengo la obligacion de complacer al mismo tiempo á dos de mis mejores
amigos, al señor de Almendares y al señor de Saavedra. Soy muy
caprichoso, como todos los viejos, y á mi hija la sucede casi lo mismo,
y para ciertos asuntos, que no tienen más importancia que la que
nosotros les damos, es para lo que tenemos necesidad de los servicios de
usted. Será usted, como si dijésemos, nuestro secretario íntimo, y si se
pasa un mes sin que tenga usted que hacer nada, en cambio llegará un dia
que trabaje usted con exceso. ¿Le parece á usted bien? Creo que sí, y
por consiguiente nada tenemos que hablar. Mañana vendrá usted á las
diez, se instalará en mi despacho, y luego veremos si hay algo que
hacer. Lo que mi hija disponga, aunque sea un desatino, está bien
dispuesta, y si yo doy una órden y ella otra contraria, hay que obedecer
ante todo lo que ella mande, porque si no se enfadaria, y yo no quiero
que á mi lado nadie se disguste. Ya irá usted conociendo las
interioridades de la casa, y en cuanto á nuestros amigos, le advierto
que el señor de Saavedra es el único verdaderamente íntimo, porque sus
relaciones con nosotros tienen un carácter y un fin distinto de las
relaciones con los demás.
No necesitaba Juanito más explicaciones para comprender que Alfredo
amaba á Clotilde y era correspondido con conocimiento y aprobacion del
conde.
Hasta cierto punto, era esto muy agradable para el infeliz pretendiente,
pues le daba la seguridad de que, más ó ménos tarde, Paquita recibiria
un desengaño.
Además, se le presentaba la ocasion de vengarse terriblemente, sin
provocar un lance con su rival.
Las heridas abiertas en el amor propio producen vértigos.
Mucho odiaba Juanito á Saavedra; pero su ódio se encendió más y más
desde que se vió humillado y representó el más triste de los papeles.
Le atormentaba horriblemente la sola idea de que el pan que habia de
comer, se lo debia precisamente á su afortunado rival.
Mal que le pesase, tenia que reconocer su pequeñez en comparacion de
Alfredo, y como no tenia valor para rechazar abiertamente lo que se le
ofrecia, era forzoso que pensara en vengarse.
Maquinalmente pronunció Juanito algunas frases de gratitud, y
prometiendo cumplir su deber como mejor pudiera, despidióse y salió.
Cuando se encontró en la calle, miró á todos lados como si no
reconociese el sitio.
Su cabeza se abrasaba, y apenas podia respirar.
El infeliz tuvo que volverse á su casa para entregarse allí con libertad
completa á sus amargas reflexiones.
Una y otra vez acusó á Paquita, que lo despreciaba, que no hacia
justicia á sus nobles sentimientos y sanas intenciones.
Se veia despreciado por un hombre que amaba á otra.
¿No reconoceria Paquita su error cuando recibiese el terrible desengaño?
¿No amaria entonces al que con la mejor buena fe le ofrecia su ternura?
Así creyó Juanito que debia suceder; pero con esto no quedaba
satisfecha, pues necesitaba que sufriese mucho su odioso rival.
No hay enemigo pequeño, dice el adagio, y el más pequeño es á veces el
más temible.
Acordóse Juanito de la fábula del águila y el escarabajo.
Si Alfredo era el águila, Juanito podia muy bien hacer lo que el
escarabajo habia hecho.
Sobre ser escasa la inteligencia de Juanito, hay que tener en cuenta que
estaba profundamente trastornado.
Lo que acababa de suceder habia sido muy desagradable tambien para
Alfredo.
No estaba este tranquilo, y con ansiedad aguardaba una ocasion en que
poder advertirle á Juanito, que ni una palabra dijese sobre sus
relaciones con la familia Bonacha.
Si el aristocrático calavera hubiese comprendido que una tempestad
horrorosa agitaba el alma del jóven cursi, no habria perdido un instante
para ir á buscarlo y exigirle que guardase silencio.
Empero no dió Saavedra tanta importancia al asunto, y en esto consistió
su torpeza.
Llegó el dia siguiente.
A las diez en punto de la mañana entraba Juanito en la suntuosa morada
del conde.
Estaba el jóven pálido y ojeroso, porque la noche anterior apenas habia
dormido.
Los criados lo recibieron muy bien, y se instaló en el despacho, segun
las órdenes que tenia.