Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería

capaz de exhibirse en aquella farsa?...

Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que

llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería

verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los

devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena

senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa

esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El

millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación;

defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían

sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La

madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!...

El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á

Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo

Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por

miedo á los impíos.

--Irá, estoy seguro--dijo el capitán con tristeza.--Lo arrastrarán, la

familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis,

y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de

esta tarde va á ser de cuidado.

El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente

del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é

inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo

más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían

el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre

banderas el mismo rótulo en honor de la _Señora de Vizcaya_. Las gentes

mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía

estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa

contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de

obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al

vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones.

--¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...

Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al

atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que

le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la

boina.

--Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo.

Era el _Barbas_, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas

de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores,

escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo

que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja

compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á

la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta

limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba

con ojos feroces á los obreros.

--¡Bestias!--les gritaba como si cometiesen un crimen.--¡Tenéis la

dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...

El doctor contestó á su saludo alegremente.

--¡Compañero! ¿Tú aquí?...

Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto,

sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado,

ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.

--¿Y el mitin?--preguntó Aresti.--¿No vas al mitin?

El _Barbas_ hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en

bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y

cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro;

reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que

trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos _cataplasmeros_. Y en

esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas

paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento

del obrero.

--Cataplasmeros, doctor--gritaba.--Nada más que cataplasmeros. Este es

un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre

que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas

organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco

á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero

y entonces seguirán al _Barbas_ y á otros como él, y en veinticuatro

horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la

justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede,

aunque acabe el mundo.

Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo

que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres

se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los

enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos

celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el

monte como un perro sin abrigo.

La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba

el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha

oliendo la pólvora.

--¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!--exclamó con alegría, mirando al otro

lado del puente.

Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de

la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una

mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.

Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las

mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la _Señora de

Vizcaya_. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima

de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.

Aresti se vió solo. El _Barbas_ corría hacia el gentío, dando gritos de

entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el

doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre,

lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La

caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella,

creyendo evitar así mayores desmanes.

Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las

calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población

cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos

aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República;

algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence,

viendo en estas loas á la _Señora de Vizcaya_ un hipócrita insulto á la

integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella

Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.

El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de

la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los

cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de

monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas

caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.

Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el

Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte

de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo,

rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.

La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la

manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del _Barbas_.

¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...

Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido

chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo

incendiario, extinguiendo el fuego.

Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer.

Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.

--A la tarde, aquí--se decían unos á otros al alejarse.

Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba

también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los

de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde

las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San

Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la

atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia,

desafiando á los enemigos.

Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el

gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que

desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando

hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de

la tarde con aires de caudillo.

Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse

la romería. Al fin, era un suceso que _amenizaba_ la vida monótona y

gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á

los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente,

para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.

En una mesa cercana disputaban dos señores.

--Me he fijado bien en la manifestación--gritaba uno de ellos.--Todos

eran Pérez y Martínez, todos _maketos_ é hijos de _maketos_, mala gente,

de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro

apellidos vascongados.

Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una

prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.

--Pues, yo los tengo--gritaba su interlocutor con acometividad,--y digo

que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y

¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!

La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el

restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco

para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.

A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca

del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de

las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias

noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador,

al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban

despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca

la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando

las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para

reunirse todas en San Nicolás.

Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas

cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba

desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba

instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de

unos y otros.

Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la

muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló

una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones

interrumpidas por tiros.

Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los

estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno

de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del

desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los

hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario

de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la

muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los

disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un

himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como

respuesta, _La Marsellesa_ ó _La Internacional_.

Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre

avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y

otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con

los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil

cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en

la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto

que iba á subir á Begoña; el _señorio_ de Bilbao, en el que figuraban

las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los

alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las

asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad

creciente del pueblo.

Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se

viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los

bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de

fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas

por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al

mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella

balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas

familias querían darles.

Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar

á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de

Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder

realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las

montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.

--¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran

los liberales!

Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas

aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los

aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que

aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los

impíos de la odiada Bilbao.

Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las

de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar

arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el

gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron

satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal

hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de

resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si

pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió

destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la

cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la

celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil

desconocida por Aresti.

El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la

plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la

fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al

recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la

cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y

comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros

de los revólvers.

Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las

aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los

cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.

En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el

suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban,

manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por

los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba

el combate entre los más resueltos de una y otra parte.

De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de

revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la

romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del

paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros

carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en

la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus

devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó

individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces

se golpeaban, creyendo herir á un enemigo.

Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las

balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los

troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los

combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol

se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le

hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.

En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se

recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre

un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.

--¡Tú acabarás!--decía blandiendo una faca y desviándose de un salto

cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole.

Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna

detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura,

abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma

con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.

Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un

golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un

garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de

espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y

comenzó á dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin

acordarse de que podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la

embriaguez de la sangre.

De pronto se sintió detenido en su avance por una espalda que caía

contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el

raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la

edad. Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara

ensangrentada, y al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer

sobre él haciéndolo rodar por tierra.

Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del caído, levantó el

bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño que resonaba

sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el brazo en

alto al reconocer al hombre que le acometía.

--¡Tú!... ¡tú!...--gritó con una voz que parecía desgarrarle la

garganta.

Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño levantado, las barbas en

desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo de exterminar á la

canalla impía que insultaba á las personas decentes y había hecho

refugiarse á las señoras en la iglesia.

Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza como avergonzado. En el

mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus mejillas

escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le había

escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de

herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era

el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido

y feliz, á aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara

ensangrentada.

El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin expresión, unos ojos

bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la

mano por la barba borrando el escupitajo del odio.

Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como

unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí.

--Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña!

Y le arrastró con paternal solicitud, como si el millonario fuese el

primer estandarte de la romería.

Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho

bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de la gente que

huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil

corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se

agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras,

dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban

algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.

Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San

Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban á

tiros.

La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde aquella altura, rugía

impotente, y en un arranque de desesperación, intentó arrojarse al

asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de

interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que

brillaban cañones de fusil y correajes lustrosos.

Dos compañías de infantería habían entrado en la plaza á paso

gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los _guiris_,

los _ches_, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su

pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la

resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la

boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los

tiros de revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la

romería.

Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente

hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y

hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y

vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos

con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban

en ellos á los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus

hermanos, y que aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El

deber, con su peso férreo é irresistible, mantenía inmóvil á la doble

fila de hombres azules y rojos.

Un oficial vaciló un instante y entregando su sable á un soldado, se

llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le habían

herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se

contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura

de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña

frente á frente con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia,

á manos tal vez de un sacristán, de uno de aquellos efebos católicos

que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando á la

religión y la Virgen.

La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la plaza. Salían en

bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y

emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes.

La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oía cómo se

alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban acceso al

santuario.

--¡Viva la Virgen!--gritaban con el enardecimiento de una lucha en la

que habían llevado la mejor parte.

--¡A Begoña! ¡A Begoña!--aullaba Urquiola agitando el revólver al frente

de un grupo.

Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con frecuentes

descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los que

al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de

protesta.

Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San Nicolás. Un muerto

yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá, los grupos

rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento á

lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á

sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas

declaraciones.

Aresti pasó más de una hora de botica en botica y de café en café,

solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado allí donde

guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención, con

los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos

de la muchedumbre iban después hacia el hospital.

Atendió indistintamente á unos y otros, á los que llevaban en el pecho

el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo del dolor

creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República. La

carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las

aceras y los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza,

haciéndole pensar con lástima en la eterna infancia de los hombres:

¡Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que

estaba allá en lo alto, entre luces y flores, mientras existían en el

mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban

para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de todos los humanos!

Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoña, la

carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las entrañas de madera

del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón roía las

patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería.

El intruso · 第 22 / 23 段