--Pobrecito--decía el hermano enseñándola,--pero decentito y limpio.

Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales... hasta

ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras

curiosean su alma.

El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y desahogadas proporciones.

Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja. La cama de hierro

se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en la puerta.

Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor

artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos

de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los

propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en

la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y

sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se

establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas

y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por

el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo.

Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido

mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y

además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras,

figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los

tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes

imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos

propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.

Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito

para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios

espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los

jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la

cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos

sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón

acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo

único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba

prohibido, era mal visto por los superiores.

--Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?--dijo el hermano con el deseo de

prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba

con tanta atención.

Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo

había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el

hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio

monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles

frutales.

Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían

ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.

Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de

pronto una duda y quisiera salir de ella.

--Es un señor muy rico, ¡muy rico!--dijo el hermano, adivinando su

curiosidad.--Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de

Bilbao y que le llaman...

Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo

el ruido de los pasos.

--¡Pepe!...--gritó el doctor.

La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta.

--¡Luis!... ¡Primo!...--exclamó éste no menos sorprendido.

Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia

semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.

El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para

detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo

respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los

Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas

horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían

á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría

una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente

con el personaje.

Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato.

--¿Tú aquí?...

Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro.

Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en

él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la

voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de

extraordinario desde la última vez que se habían visto.

Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de

lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el

hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis

días y le faltaban cuatro.

--¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?

--Sí--contestó el millonario con sencillez.--Me sienta perfectamente: no

tienes más que mirarme.

Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del

enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su

mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus

primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.

El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida

en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada

por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de

la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora

aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía

misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la

tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba

de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su

director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una

descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla

para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las

siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los

dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho

durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.

Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la

extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era

superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el

refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos

años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los

primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura

de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad,

empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse

de la humana insignificancia.

El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel

Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus

agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba

nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.

--Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi

mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir

de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia

cristiana, como dice....

Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba.

Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía,

queriendo imponer su convicción:

--Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu

error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los

tratases!

Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios,

pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el

Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones

cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de

Bilbao.

--Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría

para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es:

penas y maldiciones.

Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como

en presencia de un enfermo; de «un caso interesante».

--¿Y qué es eso que llevas ahí?--dijo de pronto, agarrando el libro que

su primo conservaba cerrado en una mano.

Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en

pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los

_Ejercicios espirituales de San Ignacio_, explicados por el Padre

Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido

sobre los últimos años del reinado de Isabel II.

Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa

cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad,

hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo

capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza

humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más

conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de

maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una

piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto,

como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir

en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los

dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón,

venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias

del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio

preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con

el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe

malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de

tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las

almas después de los santos ejercicios.

Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á

meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se

meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la

misericordia de Dios.

--¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan

vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?

La firme mirada de Aresti turbó á su primo.

--Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me

callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto

bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la

tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen

susurrándome cuentos al oído.

El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir:

--Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas

meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni

nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y

no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no

encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.

Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna

sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto

desesperado.

Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una

página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de

horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso

é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le

acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y

complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar;

también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se

enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la

lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido.

Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una

grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de

la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos

mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que

con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre,

que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues

eres hombre de humo ó tierra.»

--¡Lee esto! ¡lee esto!--decía el millonario abriendo el libro por

aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.--¡La

Muerte!--murmuraba luego.--Se habla de ella muchas veces, pero sin

pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué

horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar

el pasto del gusano....

Después, en voz baja, dijo al doctor:

--Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo

que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con

creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y

bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á

engaños.

Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba

la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades

de un negocio.

Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado,

por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices.

--Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente

simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías

callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que

todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases

con la inmensa equivocación de que hay algo?...

El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se

separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza,

como si fuesen otros hombres.

Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora

callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese

escuchado de lejos parte de la conversación.

Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los

ojos y parecía decirle:

--¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte!

X

A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del

mes de Septiembre.

El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas

y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de

Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los

patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los

cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión

popular era el _ultimátum_ que lanzaban los trabajadores.

Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores

cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de

la villa.

No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con

gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos

rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al

santuario de Begoña.

El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y

los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso,

que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más

insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.

En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón

estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la

romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban

nerviosamente sus _cachabas_, oyendo las burlas de la gente de las

fábricas.

Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran

menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de

Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la

tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...

Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.

Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones

de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á

él, husmeaba sus manos.

--¿Buscas la bronca, eh?...--dijo al médico.--Tú vienes porque te gustan

estas cosas, y yo me voy por no verlas.

Se marchaba á cazar _chimbos_ á cualquier parte: le interesaba huir de

Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.

--El aire huele á pólvora, querido _Planeta_: van á llover palos. Al

venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la

que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos

los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de

Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las

iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías.

El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el

zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto,

para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre

dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en

ver estas cosas.

Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la

posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y

los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el

jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo

que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos

veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina

blanca.

--En esto llevas razón, Luis--dijo el capitán enardeciéndose.--Si me

voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba

al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta

para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y

carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si

aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los

amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin

tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy

darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como

señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en

el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue

pronto el momento de matar perros liberales.

El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se

mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse

cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le

irritaba.

--Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez

Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en

el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante

hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta

tarde camino de Begoña.

El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino

hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había

sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.

--Es otro hombre--dijo Iriondo con tristeza.--Aquella casa ya no es la

misma.

Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que

teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.

--¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres

mi amigo y quieres á Pepe. ¡Ay, _planeta_! Aquello ya no es casa, es un

convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por

traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados.

No se separa de él un instante.

Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban;

todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño

inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no

haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez

Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo

le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de

tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario

callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar

sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes

imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el

viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal

atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é

independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes

se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el

Pepe que él conoció.

--Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el

escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que

había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de

su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor

salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La

mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No

sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla

de ella, pero á las minas no llegan estas cosas.

Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un

periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía

en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una

esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda

del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí

le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba

concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había

provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de

la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un

escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la

influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.

--Y Pepe--continuó el capitán,--sin enterarse de nada; y si algo sabe,

como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es

mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que

Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus

necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida

y absoluta la de esa gente!...

Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo

la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta

los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la

casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al

servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas

tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen

del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario

del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y

acciones.

La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros

que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó

se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo!

¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana;

obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras

á los cargadores del Nervión!...

--Pues, ¿y en los altos hornos?--exclamó después el capitán,--Allí va á

haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los

beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se

fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno.

Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas

no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los

que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la

calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan

como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se

inscriben en las sociedades de obreros católicos.

El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad,

irritaban al marino.

--Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el

traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á

mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante

á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que

encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por

arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más

fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué

porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras

la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima

á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas

en su alma.»

Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se

despidió de Aresti.

--Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez

vaya en ella Pepe con su escapulario.

El intruso · 第 21 / 23 段