El médico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de

aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respiró

satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos.

Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en el encuentro con su

primo, que seguramente sería el último. La injuria á Sánchez Morueta le

mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído sobre su alma.

¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre ellos,

matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un

pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como

los hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma,

separándose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia:

Aresti estaba solo en el mundo.

Varios grupos de muchachos corrían vociferando por las riberas del

Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de la cruz.

¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después de

la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles,

escalando las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de

aquella Bilbao tradicional.

Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados después hasta la

ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quería vengar en

aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por

otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza en la

ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión

con la ligera porosidad de la madera vieja.

La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el tardo descenso de

las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían viendo el

cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mártires,

insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas.

Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su hornacina, era la que

más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!... Y la silbaban

é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas, mostrando

á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un

gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si

quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la

piedad del marinero: iba á salvar á la Virgen.

Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de manejar el remo, y,

levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió con él un

golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua para

no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en

aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre

las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...

Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con

movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoció al

_Barbas_.

--Lo de hoy no vale nada--gritaba.--No me parece mal que les metan mano

á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente, pero después

de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido la

batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del

monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los

ladrones de aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas

ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A

cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, ¡dinamita... roño!

¡dinamita!

Aresti se alejó para que no le viese aquel energúmeno, que parecía

enardecido por la sangre de la reciente lucha.

Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico las minas, con su

población miserable, roída por las necesidades materiales y la

desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos

picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el

trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y

feliz. Después del choque provocado por el fanatismo dominador, vendría

la huelga de los infelices, la reclamación imperiosa de la miseria.

Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas montañas que cerraban el

horizonte: una horda hambrienta que algún día caería sobre la población

como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba

amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los

enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y

bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en

nombre del pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos

sitiadores llevarían la miseria como bandera, y como grito de combate el

derecho á la vida.

Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza

origen de tantos males. ¿Para qué servían los tesoros de las minas? Se

había embellecido exteriormente la población, tomando el aspecto de una

capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ría por las

chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que antes.

Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos

de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus

manos en los bienes materiales.

Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de

tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo sería más

pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la

vida.

La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que aún no conocía

el valor del hierro, era más feliz, con la paz de un trabajo lento y

ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna,

con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza

disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros

beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del

intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse

al lado de los favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio

de una participación en el botín.

El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus entrañas de hierro,

había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos y para qué el

parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de

todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para

dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria,

con el alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los

odios sociales!...

Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban vida para veinte

años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después vendría el

agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo al

descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había

cubierto durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la

tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos,

á los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se

aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el

hierro que habían respetado los métodos antiguos. En Gallarta se

derribaban casas enteras, construidas algunos años antes, para

aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la

época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se

aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras

esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles

todas las extratagemas de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra

pobre y estéril, sin la menor partícula de hierro, y entonces vendría el

¡sálvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta á la pobreza, la

fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engañaba su hambre

trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su

vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en el arca de su

riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.

La Fortuna habría pasado un momento por aquella tierra, como por otros

países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao ofrecería el aspecto

de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes, llenando el

mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos cementerios

de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche, la

ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo

el mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus

contados barcos, tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin

pájaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, serían

ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen

aún más trágica la soledad de las metrópolis muertas.

Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueños de tanta

riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de

la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus

complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y

seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos

del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su

puerto, la existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra

roja arrancada de la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire

de sus pulmones, y al faltar de repente, caería la villa ostentosa con

repentina muerte, desaparecería, como el decorado de una comedia de

magia, aquella riqueza creada de la noche á la mañana, que era para la

masa infeliz una opulencia insultante.

Tal vez algún día los pasos de los raros transeuntes despertasen el

mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero

al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que el mar

enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en

tarde remontase su corriente algún barco mercante.

Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser

la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre

y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del

remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus

calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los

que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de

hambre ante los palacios de los ricos.

Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos

hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban

hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la

tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola

como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban,

como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.

Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los

invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto

antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una

catástrofe providencial y salvadora.

Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el

agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol

ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la

lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se

detuviera en las revueltas de la corriente.

Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del

crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti,

elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo

de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba,

rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban

aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen

inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites.

Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún

tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados

sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas

hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como

una estrella perdida en la noche.

El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por

el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo.

Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las

religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos

ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las

leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante

el negro secreto de la muerte!

El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído

por él, lo seguía á lo largo de la ribera.

Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen

los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que habían mantenido á los

hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la

humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez,

con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias

terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...

No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y

debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los

hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos

hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de

la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses

del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos.

Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr

siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa

desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos

primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras

sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las

dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia

Social.

FIN

Playa de la Malvarrosa (Valencia).

Abril-Junio de 1904.

* * * * *

DEL MISMO AUTOR

NOVELAS

=Arroz y tartana.= _Una peseta._

=Flor de Mayo.= _Una peseta._

=La Barraca.= _3'50 pesetas._

=Entre naranjos.= _3 pesetas._

=Cañas y barro.= _3 pesetas._

=Sónnica la cortesana.= 3 pesetas.

=La Catedral.= 3 pesetas.

CUENTOS

=Cuentos valencianos.= _Una peseta._

=La Condenada.= _Una peseta._

VIAJES

=París= (_agotada_).

=En el país del Arte= (_Tres meses en Italia_). 1'50 ptas.

El intruso · 第 23 / 23 段