--¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición al champagne.

Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil

duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos perdido

por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si apareces

en las minas.

Cada cual se alejaba, después de desahogar su cólera, con la

precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los compañeros, sin

acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota que borra

toda amistad.

El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompió á llorar.

--¡Don Luis! ¡Don Luis!...

Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil que los lamentos de

los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas del

hospital.

Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós comilonas y agasajos, el

trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado con envidia por sus

antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras acompañando á

los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser un

trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si

volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un

remordimiento las grandes cantidades que había hecho perder á los

señores.

--Me iré--gemía.--¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me embarcaré en el

primer barco que salga para América.

Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían para llevarse al

_Chiquito_: querían agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No

debía entristecerse: ya habían visto todos que era un gran barrenador.

Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con aquellos señores

tan fanfarrones: él no era más que un _mandado_. Su contrincante le

esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.

Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como un testimonio de su

gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.

Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer; la gente se había

esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las puertas de las

tabernas. Los _versolaris_, cada vez más ebrios, espoleados por el gran

suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el triunfo de los de la

tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que provocaban el

regocijo de los aldeanos.

Iban alejándose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos

de campesinos bebían el último trago con los del pueblo, antes de

emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa

lucha durante la velada en la casería.

En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se

había reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un

_aurresku_, la gran danza vasca que tenía algo de rito primitivo. Un

ágil bailarín que era el conductor del _aurresku_ lo iniciaba con el

paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y después de

pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una serie

de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar

en el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había

ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición

social, se negase á este honor. Aresti había visto á señoras de la

rancia nobleza admitiendo el _aurresku_ con campesinos y marineros. Era

una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer

apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos.

Ella no hacía más que completar el cuadro, mientras él, al son de las

interminables escalas del pito, parecía hablar con los pies, con la

mímica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y

alardes inauditos de agilidad gimnástica, que recordaban á Aresti las

danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de Aclimatación de

París.

El público elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero

hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del doctor. Aquel

_aurresku_ no le llamaba la atención; él los había visto danzados por

reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto _aurresku_

bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado

para nadie, por ser la danza vascongada la más honesta del mundo.

Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un fondín que servía de

alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él sentía también

el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como una

curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de

encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían

ido á pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del

lugar de la derrota.

El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas

de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedería

era como una antesala del convento.

A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo el camino recto que

atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había caído

durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y

limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas

de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del

vapor, la nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los

robledales. Los rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el

verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos

vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.

Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto monumental y

aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio

de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la

iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la

estatua de mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da

acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos

túneles de hojarasca, ofrecían su fresca sombra de tonos verdosos.

El doctor contempló con cierta admiración el edificio enorme y

aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas tenían un

arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra

arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si

quisieran ser conocidos de lejos.

La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda

de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con un escudo de

armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos

rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo,

de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas,

lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.

A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos alas del monasterio, de

rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificación,

enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto de la

cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.

A un lado extendía su corriente el río Urola, pasando bajo un puente

metálico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto

lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban á hacer

ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el monasterio.

Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de

mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los altares

eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de

color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de

fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo

de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una

sensación de dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y

bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitería. Los

segmentos de la cúpula estaban ocupados por grandes escudos de las

naciones donde la Orden ignaciana había adquirido más arraigo; las

_provincias_ de la Compañía, como ella las llamaba en su ensueño de

dominación universal.

El doctor abandonó la iglesia después de haber distraído con su

presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas

ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de

distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa

del santo.

En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa solicitud de todos los

parásitos que viven á la sombra de un monumento frecuentado por

viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la que se

vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas

para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San

Ignacio?...

Se indignó el mendigo ante esta concurrencia. ¡Largo de allí! ¿No tenían

bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y él fué

quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía á un patio

descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una

campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar

por él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas

cuantas piezas de cobre.

--Ahora mismo saldrá el hermano.

Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el

agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la

antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había abarcado

en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo

dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación.

La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al ser tragada por el

monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba de

albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba

el período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos

superpuestos de aquella España católica que aún tenía moros en su

territorio. El cuerpo inferior, el más grande y fuerte, era de grandes

bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y éstas pequeñas y

profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir á cubierto de

sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con

ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de dibujo árabe,

y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes,

que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la

sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país

vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia,

copiada de los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo

artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en

ellas á la caída de la tarde, después de haber leído un libro de

caballerías.

Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la dualidad de carácter

del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al

cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva,

el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido en

humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea,

sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo.

Se abrió la portería y salió el hermano.

--¡Santos y buenos días!--dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al

mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rápida mirada

al visitante.

Era un joven que llamaba la atención por la delgadez del cuello que

hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus orejas abiertas como

abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la piel florecía

con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras

rezumando, con una frescura que atraía á las moscas.

Era el hermano encargado de enseñar la casa del santo. Por debajo de las

sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que andaba sin el

menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los demás

servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin

turbar el aislamiento de los Padres.

Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas de su calzado, que

eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificación

más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido

interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no

pudiendo entrar en el monasterio.

Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada rellano, y entraron

en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la

atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía tocarse

con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso

artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos

encuadramientos.

El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las

telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas:

testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas á la

Compañía. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrás de un

vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras

de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta leía un libro, vestido

con gregüescos y capotillo de vueltas de velludo como un galán del

teatro clásico. Una batería oculta de luces eléctricas iluminaba esta

exhibición de feria.

El hermano no podía ocultar su admiración cada vez que explicaba el

significado de esta parte del altar, no obstante los años que llevaba

enseñándola á los forasteros. Aquella figura de cera era de don Íñigo

de Loyola, cuando aún no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la

Orden. Le representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo

en el sitio de Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fué el

punto de partida de su conversión.

Con voz de _cicerone_ convencido, el hermano explicaba á Aresti la

historia del santo.

--Dios le llamó á su gracia cuando estaba convaleciente, y se olvidó de

todo, á pesar de que era un caballero muy galán y mundano. Porque

nuestro santo padre San Ignacio era militar, ¿sabe usted?... militar.

Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de admiración y respeto.

El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la arrogancia,

los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden había

sido soldado, sonreía con cierta malicia, como si pensase en los

devaneos y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales

alguna habría tocado al santo, cuando aún no pensaba en serlo. Le

llenaba de orgullo la nobleza y el carácter caballeresco de la juventud

del fundador, pensando en las otras Ordenes, que no tenían entre sus

iniciadores más que eremitas miserables, santos piojosos, salidos de las

últimas capas sociales.

Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el monigote de cera,

tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombrío, en el vasco de

carácter complicado, que llenó el mundo con su nombre, siendo cada

período de su vida una contradicción violenta. Primero, el soldado

presuntuoso y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer

bello, y perder la rudeza propia de su país. Después, al convencerse de

que en la vida mundana sus triunfos han terminado, el fanatismo de la

raza que surge con toda la fuerza de una voluntad poderosa.... Entonces

le trastorna la locura de la santidad: es humilde y fiero al mismo

tiempo, se convierte en matón de la Virgen, queriendo dar de puñaladas á

un morisco que blasfema de ella, y poco después se deja apedrear por los

chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo sus piadosas

extravagancias, remedo de las de San Francisco de Asís. Pero la dulzura

poética del solitario de la Umbría, su santidad soñadora, no cabe en el

carácter positivo y práctico de un vasco. Ya que se dedica á Dios, ha de

ser con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe

servir para algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea

renacen en él. Ve que la Iglesia combatida por la protesta luterana

necesita un fuerte auxilio, y lleva á la religión la disciplina del

campamento, fundando, no una Orden, sino una Compañía, organizando un

ejército negro que ofrece á los Papas, formando los soldados en el molde

de su férrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento propio,

con la rigidez de los autómatas, con esa insensibilidad que hace

invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte

de su vida, el vagabundo apedreado por la chiquillería, toma aires de

vice-papa, se hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre

los príncipes, interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y

muere satisfecho de su poder y de haber salvado momentáneamente al

catolicismo conservándole los pueblos latinos.

Aresti admiraba á Íñigo de Loyola como un ejemplar acabado de su raza,

incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas inmateriales, sacando

instintivamente el poder y la riqueza de la santidad ascética, por la

que habían pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por la

penitencia, comidos de parásitos, sin otra fortuna que la soga ceñida á

los riñones.

Había sido un admirable comerciante de la religión: un talento práctico

surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de quiebra,

ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía,

aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban

por toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas,

para la mayor gloria de su Dios.

El hermano sacó al médico de su ensimismamiento, enseñándole la parte

superior del altar. En un relicario de oro estaba el corazón del santo.

Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo, como sabía

todo el mundo, estaba depositado en el _Jesu_ de Roma.

--Sí: lo conozco. Lo he visto--dijo Aresti.

Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al

simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se

interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase

dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.

--¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!--exclamó el hermano mirándolo con

cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos.

--Sí--dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le

admirase aquel pobre hombre.--Estuve cuando la última peregrinación.

El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno

de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad;

muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que

despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía

considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo

todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del

que pasa mucho tiempo condenado al silencio.

Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder

el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin

otro adorno que un retablo.

--Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,--dijo con voz meliflua--y

aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para

entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que

nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa.

Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado

por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.

Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba.

--Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el

suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo.

En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el

suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como

recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del

santo.

--Sería de rabia--dijo Aresti con gravedad imperturbable.

--De rabia y de miedo--contestó el hermano con modestia.--Tal vez el

maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden.

Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez

que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la

admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El

cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el

cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que

quisiera tocar el cielo.

--En esta habitación--dijo el lego--nació nuestro santo fundador. Aquí

tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá

oído hablar de ella....

Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta

impaciencia:

--Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido.

--¡Oh! mucho--dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre.

--Ya esperaba yo--continuó el lego--que un señor como usted conocería al

hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el

tiempo preciso.

Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad

universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus

glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido,

se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de

anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los

frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II.

--Entonces--dijo Aresti--los padres de la Compañía, avisados con tiempo

no serían víctimas de las turbas.

--A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid--contestó el

lego.--El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no

haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los

asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún

día un santo más de nuestra Orden.

Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro

llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el

hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor

devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.

--¿Quiere usted ver el monasterio?--le preguntó.

Esta invitación no la hacía á todos los visitantes: pero con él era

distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el cuerpo

de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería

cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas

del mismo azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes

que trabajaban de carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que

deseaban emanciparse del terruño, prestando sus brazos á la Compañía

para el trabajo reposado y lento de las casas de religión; libres ya de

la lucha por la vida, y teniendo de antemano asegurada la salvación

eterna, sólo con obedecer ciegamente á los superiores.

--¿Quiere usted subir á la biblioteca?--preguntó el hermano.--Tiene poco

que ver: todo en ella es antiguo.

--Lo antiguo era lo mejor--dijo Aresti con gravedad.

--Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo pensase tan sanamente

como usted! No como la gente de ahora que sólo lee novelas y libros

malos contra la religión.

La biblioteca estaba en el último piso; una gran sala, por cuyas

ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde ellas los

montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos de

la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y

latinos, encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores

teológicos, y el resto estaba ocupado por todos los libros escritos en

favor y defensa de la Compañía de Jesús. Aresti leía con curiosidad los

nombres de aquellos autores que le eran desconocidos y á los cuales

atribuía el hermano una fama universal. Realmente, era todo antiguo en

aquella biblioteca: olía á sepultura.

Descendieron á los claustros. El médico temía encontrarse con algún

Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á aquella hora

los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros únicamente

pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose sin

ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio

varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de

mármol obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.

Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda de las que servían de

alojamiento á los seglares durante los diez días que duraban los

ejercicios.

El intruso · 第 20 / 23 段