la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en
primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio
de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los
juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones
de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían
delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón
formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba
que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las
boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al
momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío.
Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas,
encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros
arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un
molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra
profundamente aplastada.
La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las
fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente,
como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los
gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por
sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba
algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se
hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las
abrumadas bestias.
Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no
ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más
gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan
con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión
los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á
los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar
carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario
trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la
miseria campestre.
El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo,
recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por
el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos,
de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos
Olímpicos.
--Sí; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de
corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.
Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre
el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor
se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.
Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio
vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían
haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella
tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle,
estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio
tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de
aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los
comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra,
cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar
su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su
imagen.
Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de
San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que
se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa,
resultaban comunes á toda una raza.
El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían
las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de
voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca»,
que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión
varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la
Vendée. El odio al _guiri_, al español de pantalones rojos llegado de
las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como
una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad
madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de
los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con
su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.
Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y
poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo
del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen
infranqueables.
Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del
Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni
alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos
donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En
todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y
confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por
lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad.
Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el
bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el
suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de
haber dado al mundo un santo de fama universal.
Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó
el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas
de los _aizkoralaris_ ó partidores de leña y la apuesta de los
barrenadores, quedaba para la tarde.
Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los
del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras
repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado
desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la
fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle
huyendo de la atmósfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de
tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas
por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta,
guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con
la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre
como un fusil.
Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una
taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón
cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el
alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el
viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad
sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una
entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que
contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido
la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y
estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que
cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin
pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.
El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los _versolaris_, los
trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía
florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos
campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una
gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las
rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la
muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del
chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de
viva voz, un _versolari_ iniciaba el tema, seguro de que al momento
surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el
razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la
interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al
público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus
versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de
fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las
grandes ciudades.
Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias
de los _versolaris_ y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de
producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana
alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma
sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran
espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento
divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los _versolaris_ eran
graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes
de comprender sus palabras.
El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los
hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los
versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la
tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación,
ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la
belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del
cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven
en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los
sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la
hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á
vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.
Más de una hora llevaban los _versolaris_ lanzándose razonamientos de
balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre
volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la
voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas
del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de
cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran
renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún
admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste,
después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.
A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió
á ella la gente, oyendo el silbido del _chistu_, que hacía locas
escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los
_versolaris_ se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la
fiesta.
Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros,
fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores
sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar?
No había que tener miedo por cantidad más ó menos: _había cartera_ de
sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros,
habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas
en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á
ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar
perdón.
La fiesta comenzó por la lucha de los _aizkoralaris_. Habían colocado en
el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados
en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el _chistu_ y el
_dambolin_, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus
hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y
subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.
Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los
mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de
toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de
leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de
Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como
leñadores á aquellos rústicos.
Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas
marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un
golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de
aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin
necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían
los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el
crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno
de los _aizkoralaris_ iba delante de los otros; les avanzaba por
momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de
pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer
el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un
tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de
los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién
era el vencedor.
Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda,
confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y
otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes
arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el
momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia
tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.
La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros,
cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus
instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso
adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron
al espacio libre.
Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su
mirada por encima de los hombros que tenían delante.
El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados,
ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El
_Chiquito de Ciérvana_ se pavoneaba con la palanca al hombro,
presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en
la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.
--¡Olé, mi niño!--gritaban los mineros. _¡Ené el Chiquito!..._ Ahora se
va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí _hay cartera_ para él!
Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las
plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus
carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las
recogiesen. El _Chiquito_ sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus
protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto
taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de
todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se
despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre
las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían
perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó
llegase más adelante sería el vencedor.
Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las
piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que
formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el
orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie,
con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer:
sus brazos mostraban la regularidad de una máquina.
Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos.
Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y
levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los
movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén
del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos:
rugían _¡haup! ¡haup!_ al doblarse por la cintura, señalando cada golpe
con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con
los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún
que el barrenador.
Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza.
Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una
aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una
carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el
_¡haup! ¡haup!_ de los acompañantes con una regularidad mecánica,
interrumpidos algunas veces por el _¡brrr!_ de los barrenadores, que al
respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga.
Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes
humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes,
fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía.
Transcurrieron algunos minutos. El _Chiquito_ trabajaba más aprisa que
su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la
veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo
movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y
cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que
pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero.
¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!...
--¡Olé, _Chiquito_!--gritaron agitando sus manos cargadas de
pedrería.--_¡Haup!... ¡haup!_
Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que
servían de auxiliares á su barrenador.
La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos
los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate,
entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos
contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del
nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El
hombre-caballo frente al hombre-buey. El _Chiquito de Ciérvana_,
vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer
arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le
rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que
mugían junto á su oído _¡haup! ¡haup!_ Él era quien reglamentaba los
movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por
ellos como lo hacía su contrincante.
En cambio, el _Chiquito_ deteníase algunas veces, lanzaba en torno una
mirada satisfecha, se escupía en las manos, y agarrando de nuevo el
perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente aún no se había
detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando
la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.
Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la marcha de la lucha.
El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á otra sin
levantar la vista. El _Chiquito_ le llevaba aún un agujero de ventaja
como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su
alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro por cada
peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban
su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del
país. ¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!...
La segunda hora de la lucha se desarrolló en silencio. La gente parecía
anonadada por la monotonía del espectáculo. La espera interminable
embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto no hubo
gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á
iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el
_Chiquito_ que hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.
Aresti presentía este suceso desde mucho antes. El _Chiquito_ se detenía
á descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresión de
triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habíanse sucedido al lado
de él varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el
relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban tenían que
gritar _¡haup, haup, haup!_ con más lentitud, esforzándose en vano por
animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra como si fuese una
bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo, sin poder
salir de su paso.
El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la
cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el
busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y
recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales,
muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de
actividad.
Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí
ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían
como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de
su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con
_Cordón Rouge_. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla
en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus
enemigos.
Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso.
¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!...
Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces
con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más
de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra
de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...
Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los
acompañantes del _Chiquito_, se colocaban á ambos lados quitándose las
chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su
corpulencia; mugían _¡haup, haup!_ con toda la fuerza de sus pulmones,
como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del
barrenador.
El _Chiquito_ cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus
protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado
por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á
imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran
cosa.
--¡Arrea, ladrón!--mugían sus ricos padrinos--¡Fuerza... porrones! ¡Me
caso con tu madre!...
Y de este modo iban intercalando en el continuo _¡haup, haup!_ toda
clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que
hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para
caer de nuevo en el desaliento.
Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El _Chiquito_ estaba en
la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente
había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en
torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con
el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.
Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les
permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas
gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que
los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la
fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor
del guipuzcoano.
Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El
gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos
de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna
próxima.
Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido
como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á
muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de
huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En
el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.
Dentro del casino encontró al _Chiquito_ tendido en una banqueta,
envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño
poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones
algunos de las minas.
--¿Qué dice usted de esto, doctor?--preguntaron á Aresti con
desesperación.
Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían
civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne,
le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro
de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el
vencido.
Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena
gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la
banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían
atiborrado á todas horas.