Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos á los balcones de

la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en

primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio

de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los

juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones

de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían

delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón

formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba

que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las

boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al

momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío.

Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas,

encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros

arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un

molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra

profundamente aplastada.

La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las

fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente,

como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los

gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por

sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba

algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se

hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las

abrumadas bestias.

Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no

ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más

gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan

con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión

los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á

los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar

carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario

trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la

miseria campestre.

El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo,

recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por

el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos,

de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos

Olímpicos.

--Sí; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de

corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.

Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre

el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor

se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.

Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio

vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían

haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella

tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle,

estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio

tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de

aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los

comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra,

cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar

su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su

imagen.

Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de

San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que

se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa,

resultaban comunes á toda una raza.

El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían

las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de

voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca»,

que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión

varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la

Vendée. El odio al _guiri_, al español de pantalones rojos llegado de

las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como

una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad

madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de

los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con

su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.

Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y

poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo

del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen

infranqueables.

Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del

Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni

alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos

donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En

todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y

confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por

lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad.

Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el

bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el

suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de

haber dado al mundo un santo de fama universal.

Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó

el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas

de los _aizkoralaris_ ó partidores de leña y la apuesta de los

barrenadores, quedaba para la tarde.

Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los

del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras

repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado

desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la

fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle

huyendo de la atmósfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de

tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas

por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta,

guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con

la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre

como un fusil.

Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una

taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón

cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el

alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el

viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad

sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una

entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que

contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido

la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y

estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que

cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin

pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.

El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los _versolaris_, los

trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía

florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos

campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una

gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las

rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la

muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del

chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de

viva voz, un _versolari_ iniciaba el tema, seguro de que al momento

surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el

razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la

interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al

público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus

versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de

fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las

grandes ciudades.

Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias

de los _versolaris_ y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de

producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana

alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma

sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran

espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento

divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los _versolaris_ eran

graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes

de comprender sus palabras.

El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los

hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los

versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la

tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación,

ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la

belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del

cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven

en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los

sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la

hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á

vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.

Más de una hora llevaban los _versolaris_ lanzándose razonamientos de

balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre

volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la

voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas

del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de

cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran

renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún

admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste,

después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.

A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió

á ella la gente, oyendo el silbido del _chistu_, que hacía locas

escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los

_versolaris_ se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la

fiesta.

Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros,

fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores

sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar?

No había que tener miedo por cantidad más ó menos: _había cartera_ de

sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros,

habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas

en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á

ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar

perdón.

La fiesta comenzó por la lucha de los _aizkoralaris_. Habían colocado en

el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados

en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el _chistu_ y el

_dambolin_, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus

hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y

subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.

Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los

mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de

toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de

leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de

Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como

leñadores á aquellos rústicos.

Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas

marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un

golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de

aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin

necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían

los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el

crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno

de los _aizkoralaris_ iba delante de los otros; les avanzaba por

momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de

pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer

el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un

tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de

los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién

era el vencedor.

Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda,

confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y

otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes

arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el

momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia

tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.

La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros,

cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus

instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso

adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron

al espacio libre.

Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su

mirada por encima de los hombros que tenían delante.

El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados,

ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El

_Chiquito de Ciérvana_ se pavoneaba con la palanca al hombro,

presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en

la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.

--¡Olé, mi niño!--gritaban los mineros. _¡Ené el Chiquito!..._ Ahora se

va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí _hay cartera_ para él!

Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las

plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus

carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las

recogiesen. El _Chiquito_ sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus

protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto

taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de

todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se

despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre

las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían

perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó

llegase más adelante sería el vencedor.

Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las

piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que

formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el

orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie,

con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer:

sus brazos mostraban la regularidad de una máquina.

Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos.

Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y

levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los

movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén

del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos:

rugían _¡haup! ¡haup!_ al doblarse por la cintura, señalando cada golpe

con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con

los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún

que el barrenador.

Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza.

Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una

aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una

carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el

_¡haup! ¡haup!_ de los acompañantes con una regularidad mecánica,

interrumpidos algunas veces por el _¡brrr!_ de los barrenadores, que al

respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga.

Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes

humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes,

fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía.

Transcurrieron algunos minutos. El _Chiquito_ trabajaba más aprisa que

su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la

veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo

movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y

cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que

pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero.

¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!...

--¡Olé, _Chiquito_!--gritaron agitando sus manos cargadas de

pedrería.--_¡Haup!... ¡haup!_

Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que

servían de auxiliares á su barrenador.

La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos

los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate,

entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos

contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del

nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El

hombre-caballo frente al hombre-buey. El _Chiquito de Ciérvana_,

vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer

arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le

rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que

mugían junto á su oído _¡haup! ¡haup!_ Él era quien reglamentaba los

movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por

ellos como lo hacía su contrincante.

En cambio, el _Chiquito_ deteníase algunas veces, lanzaba en torno una

mirada satisfecha, se escupía en las manos, y agarrando de nuevo el

perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente aún no se había

detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando

la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.

Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la marcha de la lucha.

El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á otra sin

levantar la vista. El _Chiquito_ le llevaba aún un agujero de ventaja

como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su

alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro por cada

peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban

su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del

país. ¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!...

La segunda hora de la lucha se desarrolló en silencio. La gente parecía

anonadada por la monotonía del espectáculo. La espera interminable

embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto no hubo

gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á

iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el

_Chiquito_ que hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.

Aresti presentía este suceso desde mucho antes. El _Chiquito_ se detenía

á descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresión de

triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habíanse sucedido al lado

de él varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el

relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban tenían que

gritar _¡haup, haup, haup!_ con más lentitud, esforzándose en vano por

animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra como si fuese una

bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo, sin poder

salir de su paso.

El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la

cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el

busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y

recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales,

muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de

actividad.

Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí

ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían

como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de

su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con

_Cordón Rouge_. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla

en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus

enemigos.

Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso.

¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!...

Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces

con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más

de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra

de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...

Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los

acompañantes del _Chiquito_, se colocaban á ambos lados quitándose las

chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su

corpulencia; mugían _¡haup, haup!_ con toda la fuerza de sus pulmones,

como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del

barrenador.

El _Chiquito_ cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus

protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado

por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á

imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran

cosa.

--¡Arrea, ladrón!--mugían sus ricos padrinos--¡Fuerza... porrones! ¡Me

caso con tu madre!...

Y de este modo iban intercalando en el continuo _¡haup, haup!_ toda

clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que

hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para

caer de nuevo en el desaliento.

Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El _Chiquito_ estaba en

la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente

había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en

torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con

el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.

Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les

permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas

gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que

los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la

fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor

del guipuzcoano.

Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El

gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos

de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna

próxima.

Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido

como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á

muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de

huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En

el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.

Dentro del casino encontró al _Chiquito_ tendido en una banqueta,

envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño

poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones

algunos de las minas.

--¿Qué dice usted de esto, doctor?--preguntaron á Aresti con

desesperación.

Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían

civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne,

le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro

de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el

vencido.

Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena

gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la

banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían

atiborrado á todas horas.

El intruso · 第 19 / 23 段