Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de

los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó,

cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si

su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que

lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la

importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de

la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos

inventados por las religiones.

El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la

humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un

componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á

su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de

haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus

sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos

animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no

duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la

necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción.

En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste

(deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea

sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte

de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su

vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un

cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal

colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas

satisfacciones morales.

--Hacer el bien á los semejantes--continuó Aresti--sin esperanza de

recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los

hombres del _materialismo_, es ser más idealista que el devoto que

compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de

la tierra.

El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las

religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se

desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo

nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y

mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y

al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni

en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de

socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos

los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido

siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de

la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba

generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de

la conciencia colectiva.

Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el

menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello

eran _filosofías alemanas_, monsergas confusas que habían inventado los

impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en

Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el

Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los

_filósofos_!...

Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y

desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello

no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que

consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos

electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de

Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión

personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral

cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo

ante las señoras sus energías de apóstol.

Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma

religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la

esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las

inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el

cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los

naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino

estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en

amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un

individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la

humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose

sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el

pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale

saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el

trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo

y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el

esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.

El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza

de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser

hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia.

El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución

incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de

sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea

justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de

humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas.

¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las

explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la

injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é

ignorantes?

En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que

le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había

descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser

siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la

tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento.

Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica

aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra:

suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía

empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación

dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus

necesidades.

El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios,

el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco

podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la

abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el

pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.

--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--decía el

médico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á

la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los

acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto

y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y

hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No

mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la

realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que

salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha,

suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo,

pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la

humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son,

como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas

sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.

Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis!

¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado

por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la

actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del

trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban

contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que

la ensalzasen.

La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su

sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su

instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación,

queriendo auxiliar á Urquiola.

--No entiendo esa moral--dijo á Aresti con voz ruda.--Nada me importa:

esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos

con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la

humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...

Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba

al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni

soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para

que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y

doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan

buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...

--A eso conduce vuestra moral--añadió con dureza.--A hacer infeliz á una

pobre criatura, buena como una santa.

Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él,

convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y

Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza

humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en

silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.

Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía

un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento

ruidoso y que no volviese.

--Ya que no crees en nada de la religión--dijo tras una larga pausa, con

una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es

para tí nuestro divino redentor?

¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva,

como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos

ojos azules que le miraban con desprecio!...

--¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo

con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su

sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y

practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las

autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos

que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.

Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las

explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta

calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de

ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado

su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta!

Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.

--¿Has oído, Pepe?--gritó mirando á su esposo.--¿Y tú consientes estas

atrocidades en tu casa?

Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como

asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.

--Me voy--siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su

esposo.--No quiero escuchar más á este hombre.

Y dirigiéndose á Pepita, añadió:

--Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu

padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.

Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un

momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de

presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en

nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de

«poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le

inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar _al

tío_ y acabó por marcharse en busca de las señoras.

Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como

anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el

silencio.

--Pepe, adiós--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo

una mano á su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes

eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.

--¡No te vayas así!--exclamó el millonario con ansiedad.--De seguro que

estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina

es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la

paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á

las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has

estado fuertecito...

--Adiós, Pepe--volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza

que ahora caía débil y sin voluntad.--Que seas muy feliz.

--Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará:

ya sabes que otras veces también habéis regañado...

--Adiós, adiós.

Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando

excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus

espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco

fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.

IX

A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los

obreros de las minas.

Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor

Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca

minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,

afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero

que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En

Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á

navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su

deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un

gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los

mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su

petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la

música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros

de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la

propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las

fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los

representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría

taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de

las teorías revolucionarias.

El _Milord_, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de

los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en

la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á

sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la

vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres

con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían.

Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando

en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la

montaña. Ahora, el _Milord_ hablaba con terror de frecuentes robos de

dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían

ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á

armar!...

Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa

de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de

los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda

circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría,

y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques

inactivos esperando una carga que no llegaría nunca.

--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de

Inglaterra.--Esto va á ser la muerte de las minas.

Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los

peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres

eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas

presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las

huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían

mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los

compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito

de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas

que los otros pudieran conseguir.

--¡Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al _Milord_ y á otros

contratistas.--¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que

el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...

Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las

costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las

empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo

se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el

fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco

perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á

que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro.

Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban

el jornal para no morirse de hambre.

El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor

del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe,

y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de

Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña.

--Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen

perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al

cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de

badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que

llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las

Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...

Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de

hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más

escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.

A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos

por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas

nocturnas.

Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos

los notables de Gallarta. El _Chiquito de Ciérvana_, el barrenador

famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de

Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía

verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de

allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no

fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia

al lado de su barrenador.

Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y

menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse

con el _Chiquito de Ciérvana_, que era la gloria más grande de las

Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que

pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable

cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los

detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta

por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la

lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones

que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la

apuesta.

Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que

en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de

cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al

dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.

En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo.

Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra

aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las

canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos

artistas.

Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos

de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los _pobres

cuitados_ de Guipúzcoa. El _Chiquito de Ciérvana_ era vigilado y mimado

como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por

las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía

y bebía.

--¿Cómo va ese valor?--le preguntaban tentándole los brazos duros y

elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con

una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su

resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el _Chiquito_ se dejaba

agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos

recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle

el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.

Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa

victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho

_Cordón Rouge_, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su

superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona _sangardúa_

de sus montañas.

Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á

Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla

su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos

admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por

ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía

interés por ella.

Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer

el trabajo del _Chiquito_. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién

era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba

el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su

barrenador.

Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos

del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el _Chiquito_?... Y

como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes.

Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de

Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles,

echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con

retos á los bilbaínos de las minas.

La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El

_Chiquito_ había salido el día antes con varios de sus admiradores para

estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron

después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el

convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los

mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de

cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión.

Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de

pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las

que _tienen cartera_.

Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había

comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de

caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las

calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas

mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si

fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á

gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única

autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que

un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de

escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos

de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro

sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de

uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.

Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una

verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba

con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con

altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión

campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado

desafiarles?... _¡Pobres cuitados!_

El intruso · 第 18 / 23 段