los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó,
cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si
su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que
lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la
importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de
la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos
inventados por las religiones.
El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la
humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un
componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á
su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de
haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus
sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos
animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no
duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la
necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción.
En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste
(deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea
sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte
de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su
vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un
cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal
colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas
satisfacciones morales.
--Hacer el bien á los semejantes--continuó Aresti--sin esperanza de
recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los
hombres del _materialismo_, es ser más idealista que el devoto que
compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de
la tierra.
El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las
religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se
desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo
nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y
mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y
al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni
en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de
socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos
los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido
siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de
la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba
generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de
la conciencia colectiva.
Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el
menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello
eran _filosofías alemanas_, monsergas confusas que habían inventado los
impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en
Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el
Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los
_filósofos_!...
Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y
desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello
no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que
consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos
electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de
Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión
personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral
cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo
ante las señoras sus energías de apóstol.
Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma
religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la
esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las
inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el
cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los
naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino
estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en
amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un
individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la
humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose
sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el
pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale
saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el
trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo
y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el
esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.
El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza
de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser
hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia.
El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución
incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de
sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea
justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de
humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas.
¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las
explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la
injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é
ignorantes?
En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que
le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había
descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser
siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la
tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento.
Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica
aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra:
suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía
empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación
dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus
necesidades.
El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios,
el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco
podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la
abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el
pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.
--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--decía el
médico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á
la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los
acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto
y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y
hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No
mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la
realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que
salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha,
suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo,
pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la
humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son,
como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas
sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.
Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis!
¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado
por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la
actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del
trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban
contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que
la ensalzasen.
La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su
sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su
instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación,
queriendo auxiliar á Urquiola.
--No entiendo esa moral--dijo á Aresti con voz ruda.--Nada me importa:
esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos
con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la
humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...
Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba
al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni
soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para
que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y
doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan
buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...
--A eso conduce vuestra moral--añadió con dureza.--A hacer infeliz á una
pobre criatura, buena como una santa.
Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él,
convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y
Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza
humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en
silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.
Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía
un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento
ruidoso y que no volviese.
--Ya que no crees en nada de la religión--dijo tras una larga pausa, con
una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es
para tí nuestro divino redentor?
¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva,
como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos
ojos azules que le miraban con desprecio!...
--¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo
con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su
sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y
practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las
autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos
que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.
Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las
explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta
calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de
ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado
su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta!
Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.
--¿Has oído, Pepe?--gritó mirando á su esposo.--¿Y tú consientes estas
atrocidades en tu casa?
Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como
asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.
--Me voy--siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su
esposo.--No quiero escuchar más á este hombre.
Y dirigiéndose á Pepita, añadió:
--Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu
padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.
Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un
momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de
presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en
nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de
«poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le
inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar _al
tío_ y acabó por marcharse en busca de las señoras.
Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como
anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el
silencio.
--Pepe, adiós--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo
una mano á su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes
eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.
--¡No te vayas así!--exclamó el millonario con ansiedad.--De seguro que
estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina
es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la
paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á
las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has
estado fuertecito...
--Adiós, Pepe--volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza
que ahora caía débil y sin voluntad.--Que seas muy feliz.
--Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará:
ya sabes que otras veces también habéis regañado...
--Adiós, adiós.
Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando
excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus
espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco
fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.
IX
A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los
obreros de las minas.
Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor
Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca
minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,
afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero
que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En
Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á
navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su
deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un
gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los
mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su
petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la
música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros
de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la
propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las
fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los
representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría
taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de
las teorías revolucionarias.
El _Milord_, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de
los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en
la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á
sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la
vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres
con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían.
Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando
en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la
montaña. Ahora, el _Milord_ hablaba con terror de frecuentes robos de
dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían
ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á
armar!...
Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa
de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de
los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda
circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría,
y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques
inactivos esperando una carga que no llegaría nunca.
--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de
Inglaterra.--Esto va á ser la muerte de las minas.
Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los
peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres
eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas
presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las
huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían
mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los
compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito
de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas
que los otros pudieran conseguir.
--¡Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al _Milord_ y á otros
contratistas.--¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que
el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...
Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las
costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las
empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo
se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el
fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco
perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á
que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro.
Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban
el jornal para no morirse de hambre.
El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor
del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe,
y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de
Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña.
--Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen
perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al
cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de
badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que
llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las
Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...
Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de
hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más
escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.
A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos
por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas
nocturnas.
Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos
los notables de Gallarta. El _Chiquito de Ciérvana_, el barrenador
famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de
Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía
verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de
allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no
fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia
al lado de su barrenador.
Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y
menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse
con el _Chiquito de Ciérvana_, que era la gloria más grande de las
Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que
pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable
cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los
detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta
por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la
lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones
que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la
apuesta.
Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que
en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de
cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al
dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.
En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo.
Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra
aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las
canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos
artistas.
Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos
de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los _pobres
cuitados_ de Guipúzcoa. El _Chiquito de Ciérvana_ era vigilado y mimado
como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por
las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía
y bebía.
--¿Cómo va ese valor?--le preguntaban tentándole los brazos duros y
elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con
una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su
resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el _Chiquito_ se dejaba
agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos
recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle
el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.
Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa
victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho
_Cordón Rouge_, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su
superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona _sangardúa_
de sus montañas.
Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á
Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla
su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos
admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por
ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía
interés por ella.
Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer
el trabajo del _Chiquito_. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién
era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba
el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su
barrenador.
Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos
del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el _Chiquito_?... Y
como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes.
Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de
Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles,
echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con
retos á los bilbaínos de las minas.
La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El
_Chiquito_ había salido el día antes con varios de sus admiradores para
estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron
después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el
convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los
mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de
cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión.
Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de
pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las
que _tienen cartera_.
Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había
comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de
caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las
calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas
mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si
fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á
gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única
autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que
un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de
escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos
de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro
sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de
uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.
Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una
verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba
con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con
altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión
campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado
desafiarles?... _¡Pobres cuitados!_