--Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué

cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que

deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro

hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que

descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.

Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la

fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más

leve movimiento.

--¿Y _aquello_?--preguntó misteriosamente el doctor.--¿Se olvidó ya por

completo?...

El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un

movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las

palabras de su primo. No debía recordarle _aquello_: le causaba

vergüenza y repugnancia.

Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de

su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al

despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose

entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos

primos.

Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer

comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las

puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como

si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»

El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban

á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con

satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no

dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!...

Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente

con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su

lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de

enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico,

le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la

prohibición, obsequiaba al tío.

Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á

Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que

le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el

cigarro con que le había alegrado poco antes.

Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo

iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola

en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito

de la obra.

--¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy _profunda_? Pues el segundo

tomo todavía es mejor.

Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti,

como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más

notables que se habían publicado en el siglo: las «_Respuestas á las

objeciones más comunes contra la religión_» del Padre Segundo Franco, un

jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por

tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa

ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición

y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como

crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse.

Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas,

con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la

Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro.

--Usted debía leerlo, doctor--dijo con impertinencia el abogado de

Deusto.

Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de

las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se

probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier

vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:

--Joven--dijo con gravedad desdeñosa,--hace muchos años que leo lo que

mejor me parece, sin necesidad de consejero.

Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su

primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.

Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían

mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle,

buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora

animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el

médico.

Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que

preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de

Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan

hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y

honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de

grandeza.

Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus

enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el

abogado, cuyas palabras le irritaban.

--¿Y qué tiempos fueron esos?--preguntó irónicamente.

Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella

oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios

literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un

vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del

Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los

_Jaunes_ prudentes y valerosos; cuando la mala peste del _maketismo_ no

había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los

vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á

los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus

descendientes habían derrotado á los _guiris_ y los _ches_ de pantalones

rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus

libertades.

Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos

batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de

historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias

nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de

Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de

hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.

--No: Vizcaya no tiene apenas historia--continuó el doctor,--y por esto

posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo

que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está

en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que

pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo

colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para

explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á

la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes

cabelludos y zafios que en Padura gritaban _¡sabelian, sabelian sarrtu!_

avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el

vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que

obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede

producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi

primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que

pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín

moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas

industriales, que todos aquellos _Jaunes_, sucios, barbudos y llenos de

costras.

Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío,

temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á

la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que

la discusión no quedase ahogada.

--No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas

tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo

rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.

Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas

fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el

afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que

experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á

la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella

lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el

deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la

dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los

jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de

las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.

Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento.

Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y

miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran

vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas?

Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por

dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San

Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la

revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de

evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que

mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo

conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...

Aresti le interrumpió:

--Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo,

el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.

Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á

caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como

apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto

muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su

fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya

conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la

masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio!

Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán

por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes

religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los

ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver!

¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los

tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de

sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban

su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También

les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los

poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido.

¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos;

hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de

los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban

destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no

podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo.

Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á

los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu

religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los

magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si

buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse

engañar por absurdas propagandas...

¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin

voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida

ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los

conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y

especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los

conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un

cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían

insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían

hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó

menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de

empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban

contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se

lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las

cuestiones del trabajo?...

Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle

aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que,

por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.

El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el

joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus

palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el

deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin

consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella

casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una

calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su

pensamiento.

A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y

rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que

éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los

directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase

superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no

iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y

locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero

enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de

la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía

por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser

oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.

El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de

modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el

cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa

transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su

verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de

experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro.

Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la

tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los

oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida

que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única

fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como

á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte,

declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que

únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la

tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el

ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.

Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.

--¿Y la caridad?--gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral

cristiana?

--¡La caridad!--contestó el médico sonriendo con sarcasmo.--Es el medio

de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los

desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el

buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que

perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral

cristiana.

Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería

más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una

aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban

el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas

del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin

excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no

dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar.

La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes

bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas

de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de

los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se

equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne

con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que

ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo.

Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba,

entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de

que su Dios los había maldecido.

Los privilegiados empleaban la religión como un escudo. «Nada de esperar

en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y había que

ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo podía ser

feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la muerte;

dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia

le quieren arrebatar...»

Así se expresaban los que tenían interés en que continuase en la tierra

todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias. ¿Cómo no habían

de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba el

camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que

la quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden

sobornar con dádivas á los sacerdotes?

El cristianismo había engañado al pobre, manteniéndolo en su triste

estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el

carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el extremo de su

cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á él!...

Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio

á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban.

Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie

de funcionario invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos

sus buenos servicios, levantándole viviendas, derramando el dinero á

manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...

Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas enrojecidas. ¿Qué

horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía

acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber

provocado al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase.

Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado

por la sorda y desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de

Deusto temía aparecer vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al

doctor con exclamaciones burlonas ó con gestos escandalizados. «Está

loco: este hombre está loco.» Aprovechando una pausa de Aresti, _colocó_

la objeción que tenía preparada. Criticar era fácil. Pero ya que el

doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, debía decir cuál

era la suya.

Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era posible que no lo

entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto. Además, una moral

con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la mañana como un

sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el

pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera

etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral

para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo

de los humanos, tenía forma.

--Yo--dijo Aresti con sencillez--adoro la Justicia Social como fin y

creo en la Ciencia como medio.

Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La

moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que

era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la

Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo _no_

donde el catecismo dice _sí_ y _sí_ donde dice _no_, se tiene hecha y

derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con

esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los

pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los

grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta

definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.

Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la

proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia

podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque

Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna.

Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de

impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas.

Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero

materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda

desmoralización.

El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba

al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de

existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo

tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de

podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían

castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin

miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que

no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción

de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los

semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que

contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al

infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben

apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie

hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos

á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el

crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea

posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.

--¿Es esta su moral, doctor--preguntaba irónicamente el abogado.--¿No es

esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...

Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de

lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza

baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó

los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho

no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer

tendría razón al elogiar sus cualidades.

Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios,

con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y

las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos

atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era

que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los

períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente?

El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de

moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una

regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que

porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre

no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la

violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad

desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á

desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma

parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia

podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de

inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los

que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad

egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la

vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra

sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.

El intruso · 第 17 / 23 段