En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las

gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico jesuíta un

prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los últimos

restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y

su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta,

recordándole que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó

mil pesetas para la elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia

libertad de que gozaba en el manejo del dinero, dió dos mil duros al

Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez

Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doña Cristina tembló en

el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parecía escuchar la

risa irónica del doctor Aresti, allá en las minas. Temía la explosión

ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una mujer, que no era

para él más que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los

días y siguió callando, como si pasada la primera impresión de cólera,

sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera

turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su

casa.

Doña Cristina también había perdido su primitiva inquietud al

transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente

ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia

conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía

por todos los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su

marido. El jesuíta la comparó en una reunión de señoras con las mujeres

fuertes de la Biblia y con un sinnúmero de santas, todas princesas ó

consejeras de reyes. «Con señoras tan valerosas, pronto volverá el

reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era otro panegirista que en

las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre risas, la gran treta

que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara de vinagre.

Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora entraba en aquella

iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo de la

victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres

como si fuese de su familia.

El confesor, después de despachar á varias penitentas, sacó la cabeza

por delante del sagrado cajón, lanzando una rápida mirada á la fila de

señoras, mientras musitaba algunas oraciones.

--Me ha conocido--pensó doña Cristina con orgullo--No tardará en

despedir á la que está delante.

Pensaba en la natural sorpresa del confesor al verla allí en verano. La

afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete, aumentaba el

servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, sólo de

tarde en tarde hacía sus visitas al templo de la Residencia. De seguro

que el buen Padre pensaba: «Algo extraordinario le ocurre á mi hija de

confesión.» Y así era efectivamente.

No peligraba la salud de su alma ni traía ningún grave pecado que la

abrumase con su peso. Pero el jesuíta quería que se le dijera todo,

absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus penitentas,

único medio de que éstas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para una

confesión extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.

Primeramente, quería hablarle de cierta carta sorprendida en el despacho

de su esposo.

Sánchez Morueta había llegado el día anterior, después de una

permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio:

millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales

había de tratar nuevos negocios. Esto, según él daba á entender en sus

escasas palabras. Pero doña Cristina dudaba ya de todo desde que dos

días antes de que regresase el millonario, había encontrado revolviendo

los papeles de su mesa, una carta de color gris, perfumada de ámbar y

con la firma de una mujer, una tal Judith, que debía ser una pagana, una

pecadora, á juzgar por su nombre y su manera de escribir. Ella no había

entendido gran cosa; la letra era de rasgos desordenados y fantásticos y

además estaba en francés. Pero las pocas palabras que había podido

adivinar, y más que esto, su instinto femenil, la hicieron comprender

desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el mayor

desenfado. ¡Qué asco! Toda la castidad de doña Cristina, su horror á la

carne vil, se revolvió al contacto de aquel papel. No quiso verlo más y

lo abandonó en el mismo sitio donde lo había encontrado. Sabía lo

necesario: su marido tenía una amante: tal vez por esto pasaba tanto

tiempo fuera de Bilbao...

En el primer momento, doña Cristina experimentó una sensación

desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo.

Sintió por Sánchez Morueta un interés más grande que en los primeros

tiempos de su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la

infidelidad. Tal vez iba á conocer el amor á impulsos de la cólera. Pero

aquello sólo duró un instante: su alma, que parecía despertar é

incorporarse, volvióse del otro lado y continuó su sueño.

Si Pepe tenía una querida ¿á ella qué? Mejor: su indiferencia encontraba

una justificación. Viviría más segura en su castidad: se sentiría más

fuerte, pudiendo echar algo en cara á aquel hombre que parecía dominarla

con su silencio. Era lo que á ella le faltaba. Doña Cristina se había

irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel

hombre que vivía tranquilo, sin acordarse de la religión, cerrando su

casa á los ministros de Dios.

De aquella carta pecadora le había quedado el principio impreso en la

memoria: «_Mon gros loup cheri_». ¿Qué querría decir esto? Y adivinando

algo horrible y grotesco á la par, como los diablos panzudos pintados

en ciertas estampas, sonreía en medio de su repugnancia, pensando en la

figura algo ridícula de su esposo, con su barba de patriarca, enamorando

á una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres, devorándolos.

Nada le importaba en el fondo este descubrimiento, pero quería

comunicárselo al Padre Paulí, y que éste la ayudara con sus consejos.

Además, tenía que hablarle de la niña, rogando que la diese un buen

repasón. Estaba en la edad de los caprichos y las _tonterías_, y ella,

después de la tarde en que la había sorprendido en el jardín con el

ingenierillo, sentía cierta intranquilidad. Hasta había efectuado un

registro minucioso en el cuarto de la niña, presintiendo cartitas

escondidas, algo que revelase la certeza del noviazgo. Nada había

encontrado; pero le daba el corazón que algo existía. Tal vez lo

guardaba oculto la _aña_ Nicanora, complaciente siempre con la señorita.

Había terminado su confesión la señora arrodillada delante de ella, y

doña Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese absuelta la del

lado opuesto. Se abrió por fin el ventanillo y Pepita vió por encima de

los hombros de su madre una sombra que murmuraba:

--¡Hola Cristina! ¡hija mía! ¿A qué obedece esta visita tan

extraordinaria?...

Pepita no oyó más: su madre pegó la cabeza á la rejilla, ahogándose las

palabras de la penitenta y el confesor en un confuso murmullo.

La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de la dura carne juvenil

la incrustación de los tacones de sus botas, leía en su devocionario

automáticamente, mientras pensaba lo que diría al confesor.

Estaba junto á su mamá y llegaban hasta ella algunas de sus palabras

como un lejano susurro.

Pepita comprendió que su madre hablaba de una carta que debía

interesarla mucho, á juzgar por las veces que la nombró. La joven púsose

á temblar pensando en las que tenía ocultas, como una prueba de delito,

allá en su hotel de Las Arenas. Pero doña Cristina levantó la voz un

poco más, como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso

y Pepita la oyó decir con gran dificultad, vacilando á cada sílaba

«_Mon... gros... loup... cheri..._»

No: aquello no iba con ella... ¿Pero por qué decía su madre tales cosas?

¿Qué lobo era aquel, en francés, que su madre llevaba tan trabajosamente

hasta los oídos del buen Padre? Y Pepita se mordía los labios para no

reír, sin saber ciertamente por qué le regocijaba esta frase que no

había encontrado nunca en sus libros cuando la enseñaban francés.

Luego cesó de oír. Hablaba el confesor, y su voz, ahogada por la

rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba hasta

Pepita como el balbucear de un pequeñuelo: «Ña... ña... ña». Debía reñir

á la madre á juzgar por lo encogida que ésta se mostraba, con la cabeza

entre los hombros, como si la abrumase el interminable regaño del

confesor.

La voz de doña Cristina volvió de nuevo al oído de su hija:

--Es verdad Padre: yo tengo la culpa. ¡Pero es una esclavitud tan

dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocación me

llamaba á otra parte. Pero la juventud se engaña siempre y ¡era yo

entonces tan niña!...

Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo el «Ña... ña... ña»

siempre con tono de reproche durante muchos minutos.

--¿Cree usted Padre--volvió á murmurar la señora--que no he hecho yo

nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería aquel en

que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que

le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes...

Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado

respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los

hombres.

Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más imperioso, como si diese una

orden, y doña Cristina achicábase ante la reja, obediente á su director,

pero anonadada por el sacrificio que la imponía.

--Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco que eso me produce!

¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no hay otro

remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son

sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias

de la vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué

repugnancia, Dios mío!...

El «Ña... ña... ña» tomó una expresión interrogante.

--Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros tiempos, á preocuparme

de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este

sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á Dios.

El murmullo del confesor sonó largamente, como si diese consejos. De vez

en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus afirmaciones de

penitenta sumisa.

--Así lo haré, Padre.

--_¿Ña... ña... ña?_

--Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré acordarme de mis tiempos de

vanidad.

--_¿Ña... ña... ña?_

--¿Quiere usted que sea hoy mismo? ¿Después de haber recibido al

Señor?... Bien: porque usted lo dice. Será un nuevo sacrificio.

Callaron un instante el confesor y la penitenta. Doña Cristina volvió la

cabeza, como si descansase antes de entrar en la segunda parte de su

confesión; y al ver tan próxima á Pepita, fijos en el devocionario sus

ojos cándidos, se pegó más á la rejilla. La joven ya no oyó más que un

lejano susurro, sin distinguir una palabra.

Al terminar la confesión, la madre fué á arrodillarse en el centro del

templo y Pepita ocupó su puesto. Poco rato tuvo que esperar. El confesor

despachó rápidamente á la penitenta del lado opuesto, y volvió á abrir

el ventanillo.

--Hola, buena pieza. ¿Eres tú?--dijo cariñosamente á Pepita.--¿Ya has

hecho el acto de contrición? Pues á ver esos pecadillos, á hacer la

colada del alma, que aquí está el Padre Paulí para absolver á las niñas

que son buenas y sumisas.

Y mientras la joven iba soltando con automática regularidad los pecados

de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin importancia,

deseos de humillar á las amigas, desobediencias á su madre, miraba á

través de la rejilla al famoso jesuíta, su cara sin una arruga, la nariz

aguileña, aquella sonrisa dulce que parecía acariciar, pero que á ella

le causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que

extraía las verdades por hondas que se ocultasen.

--Bien, ¿y qué más?--dijo el jesuíta cuando ella se detuvo dando por

terminada la enumeración de sus pecados.

--Nada más, Padre. No recuerdo otros pecados.

--Rebusca bien en tu conciencia, hijita. ¿Nada de nuevo ha ocurrido en

tu vida desde la última vez que nos vimos? Piénsalo. Mira que con el

Padre Paulí no valen engaños: que hasta mí llega un pajarito que me

cuenta todo lo que hacen las niñas embusteras, y que yo sé cuándo me

dicen la verdad y cuándo me mienten.

Pepita comenzaba á sentirse intranquila ante la sonrisa interrogante y

maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo, según afirmaba

su madre. Con él de nada servían los tapujos. Y su inquietud convirtióse

en miedo cuando vió que el sacerdote cesaba de sonreír y la hablaba con

los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmovía desde el púlpito

á la distinguida muchedumbre de sus fieles.

--Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más bonita que tú, y más

rica, pues sus padres eran reyes...

Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes,

sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.

--Un día, en un sarao de la corte, cuando más llamaba la atención por su

hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los

cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa

asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una

horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un

pecado que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba

la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.

Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador horrorizado, hacía

estremecer á la joven. El final de la historia no era más

tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la

princesa, y la desdichada descendía con el peso de su pecado á los

infiernos.

--Vamos, hija mía--dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su

sonrisa después de la historia horripilante.--Tú eres más buena que la

princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor.

Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no

mienten, pero que tiene una correa para castigar á las que son malas y

rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo

para tí, como si lo fuera... ¡Tú tienes un novio!

--No, Padre--dijo Pepita con voz trémula, intentando todavía

defenderse.--Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los

demás... que le tengo cierta simpatía...

--¡Vaya por el amigo!--exclamó bondadosamente el confesor.--Y este amigo

te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de mamá. No digas

que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas

y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si es

inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!...

Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez del pajarito, como si

fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.

La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí tomó entonces un

tono solemne:

--Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido un grave pecado,

pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo has hecho,

indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y espero

que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo

grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe

vivir agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que

es el mundo, querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á

mamá, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si éste puede

ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los

rodean! Vamos que merecías una zurra, como las chicuelas malcriadas que

hacen alguna diablura.

Y su mano blanca se movía tras la rejilla con burlona expresión de

amenaza.

--Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las jovencitas del día,

pídele á tu madre un libro titulado «_La entrada en el mundo._» Si ella

no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de

memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por

otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los

muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad

de Deusto y es una guía completa de lo que debe pensar y hacer en el

mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no

necesita más para ser un modelo de caballeros católicos y excelentes

padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los capítulos que se

titulan «_La elección de estado_» y «_Antes que te cases_»... y verás lo

que le corresponde hacer á la juventud cristiana para conservar pura su

alma y no ofender á Dios. Para la elección de estado hay que meditar

mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santísima Virgen,

tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el bienaventurado y

glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe

escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y

especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo

maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y

sobre todo, de vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro.

Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si éste fuese

el personaje más importante entre todos los citados.

--¿Qué es el director espiritual?--continuó.--El librito lo dice

claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija

vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres

se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os

queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros

confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen

á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de

Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que

_galantería_ mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del

pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes,

chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir

de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan

muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de

nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á

buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que

ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin

venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en

Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del

Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce

que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una

santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese

médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que

entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del

siglo.

La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su

pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:

--Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó

menos como tu tío el médico.

--¡Ay, no, Padre!--se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión

para defender á su novio.--es muy buen católico: me lo dijo el otro día

cuando hablamos en el jardín.

--¡Hum, hum!--tosió el jesuíta--¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas

escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que

puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo

conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...

--Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se

inscribiría en los _Luises_, que haría todo lo que yo le mandase. Crea

usted, Padre, que no es malo.

--¡Je, je!--rió maliciosamente el confesor.--No está mal la resolución.

Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al

matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados.

El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo

un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles

que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú,

hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era

más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la

voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no

podré darte la absolución. ¿Entiendes?...

Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con voz imponente.

--Pero tú eres buena--continuó el jesuíta cambiando de tono--y tú

obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese hombre:

un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la

Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras

á ese individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por

consejo de mi director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las

mujeres, tenéis talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle

saber, de un modo que no deje lugar á dudas, que todo acabó, que ya no

te acuerdas de él, que lo pasado fué una falta de la que te muestras

arrepentida... ¿Estamos?

Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los ojos llorosos, sin que

adivinase el confesor si esta emoción era por la pena del rompimiento ó

por el miedo que le inspiraba su pecado.

--¡Tonta! ¡tontita!--dijo para tranquilizarla.--¡Si todo esto es por tu

bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero como hay

tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu

padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija

de Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los

hombres más útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan

números! Eso de las princesas casándose con pastores, sólo se ve en las

comedias. Aún es pronto para casarte: cuando llegue tu hora, obedece á

tus padres, á mamá sobre todo, pues las mujeres saben más de estas

cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu amigo, tu segundo padre, y

entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que te hará feliz y aun

elevará más tu rango en el mundo.

Calló un momento el jesuíta, como si preparase un avance decisivo.

--¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto porvenir que salen de

nuestra Universidad!... Una joven como tú--continuó--merece unirse con

una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la bondad

de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con

un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de

Estado, y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es

difícil encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola.

Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no.

--¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de él? Es uno de los

alumnos de _punta_ que han salido de nuestra Universidad. Con una docena

como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta población aparecería

como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la reconquista de

España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y olvidada de

Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de

tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el

pobre Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas

maldicientes!... ¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste

no pone los ojos en ellas; porque saben que hace tiempo se siente

inclinado hacia tí, con el amor honesto y respetuoso de un joven

cristiano. Las que te hablan contra él, es porque te tienen envidia.

Después de este hábil halago á la vanidad de la joven, continuó con una

expresión de bondad y tolerancia:

--Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo fué nuestro padre San

Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya ves, era militar,

y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de su persona y

de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso saliente

después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar, para

que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que

entonces se llamaban _botas polidas_... Urquiola es joven, y rebosa en

él la energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al

servicio de Dios. Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de

pensar, hija, que en el mundo no somos todos iguales, que las faltas

cambian según los medios de vida de quien las realiza, y, por ejemplo,

lo que es pecado en el hombre que vive tranquilamente en su casa,

rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no lo es en el soldado

que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es Fermín; un soldado,

un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar ciertas cosas,

porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de su

mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que

tenga á su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué

le miran con tanto agrado tus amigas? Porque están seguras de su

porvenir. Fermín será diputado en las primeras elecciones, figurará en

Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede llegar, cuando se cambie la suerte

de esta nación, que seguramente se cambiará, de no olvidarnos Dios!...

El intruso · 第 14 / 23 段